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Quedarse callados

 

Habían practicado la literatura, que es una especie como otra de la delincuencia y el espionaje y, como ellos, sirve sólo para vivir, o para soportarse un poco. De su súbitamente removida adolescencia a uno le asaltó como imperativo y de pronto un verso: «porque el hombre es un límite del fuego», dijo. Mas se quedó entonces callado. Porque si ese verso un día fue una flecha era ahora un flecha cansada. Sin fuerzas ni fe para imaginarlo capaz de clavarse en algún sitio lo dejó sobre la mesa, para que hiciera al menos compañía al tabaco, y al abandonarlo así sintió que sobre él se hacía la tarde espesa, plural y tibia, como la carne de un sueño o las sombras de un niño con el que hay que extremar los cuidados, como una ausencia que quería ser amable y silenciosamente les ofrecía —ver para creer— que hundieran sus manos en su herida. Pero no hacía falta. Del vivir ya no les quedaba ni la herida.

El trazado de los sueños

 

Adentro nacen y como señores de un corazón perdido, otra agua detrás del agua buscan y agarrados a una estrellada cintura que la historia se enterca en apresar bajo la palabra adolescencia comienzan sus disparos. Y así indagan lavabos, cuerpos, agujeros, o son gusanos ahora y quedan después prendidos de un nombre de muchacha que podría tener también otro y que simplemente tiene nombre para acompañarse con algo, o son aire, espina, un ángel que duerme sobre un niño muy tímido y también el sol convertido en rebanadas y acaso sombra luego, floja cuerda por la que un destino quiere aún (creo que se dice de este modo) abrirse caminos, tener fuego y lento, hacer en el amor chup-chup, acribillar palabras y después de haber mordido de una legión de muchachas sus olvidos se dan cuenta que todo eso no fue sino un trazado, un puzzle, un camino o incluso una broma por la que acabar teniendo sólo el calor de un precipicio en el que encontrarse al fracaso dando muy cortés las buenas noches y además justo antes de tomar forma de balcón o de raíl o de pistola, que es la última forma o pájaro que los sueños se molestan en tomar por aquí cerca.

Tiempo muerto

 

«¿Fernando, es usted Fernando Quintana?», me dijo. Di un sorbo a la cerveza y, sonriente, le señalé la silla. «Sí, soy yo», respondí. Entonces dudó al sentarse, y me temo que lo que era ya una duda cierta le pareció una cursi pedantería, o una fantochada simplemente. Durante un tiempo breve pero que parecía tejido con lento aceite nos resultó obligado miramos como intentando desentrañar quién de los dos era el más imbécil. Pero la vida exige respuestas rápidas y teníamos trabajo. Así hablamos de libros y de los demás aburridos extremos sobre los que supuse que en estos casos resultaba oportuno conversar. Que al ir a pagar la cuenta no hubiera sucedido nada fuera de lo normal y que al despedirnos yo todavía conservara una cordialidad rayana en el entusiasmo es culpa de mi madre. Haber estado bien educado, y más si uno nació en un país zafio, es algo que se paga.

Limbo

 

Hacía tanto tiempo que no teníamos otra cosa que hacer que jugar, silenciosos y ajenos, con los pequeños cristales de colores que quedaron de unos nombres sin sentido que si cada una de las estaciones de afuera de los muros fuera un verso del ave maría Dios podría haber dicho ya algunos cientos enteros. Nosotros, ya digo, barajábamos, sobre barros y muros, cristales pequeños que habían dicho amor, sábana, despedida, precipicio y anillo. Los mezclábamos con sombra y, a veces, si estábamos bien dispuestos, hacíamos ver que reían. Pero durante un larguísimo tiempo, ya que Dios aún no había venido. Por eso creo que cuando vino el ángel deshecho podríamos haberle cerrado la puerta, incluso haberle dicho que no, que no pasara. Pero también sabíamos que la noticia del ángel no tendría noticia, que es falso que haya para el hombre veredicto y que iba a resultar aun más pobre que nosotros. Que iba a disculparse y decimos que llegaba tan tarde porque tenía vergüenza de confesarnos que el destino de Dios es el más triste destino, que no tenía ni sitio, que o no lo había encontrado o no lo había. Como le vimos musgo de agua en los ojos, le invitamos a vino, le enseñamos los nombres con que jugábamos (todo lo que teníamos) y hasta tuvimos piedad nosotros. «No se preocupe, que ya lo sabíamos» obviamente fue lo que dijimos.

SANTIAGO MONTOBBIO

Santiago Montobbio nació en Barcelona en 1966. Poeta y profesor de Teoría de la Literatura y Crítica literaria, publicó por primera vez en la Revista de Occidente en mayo de 1988. Su libro “Hospital de Inocentes” (1989) mereció el reconocimiento de autores como Juan Carlos Onetti, Ernesto Sabato, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite o Camilo José Cela. Ha publicado también “Tierras” (1996), “El anarquista de las bengalas” (2005) y “Absurdos principios verdaderos”, recientemente editada en la colección Biblioteca Íntima. Ha sido traducido a varios idiomas.
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