Johannes Brahms (1833-1897)

Johannes Brahms (1833-1897)

Brahms no es obvio; le gusta ocultar la belleza de sus obras detrás de un velo, y uno llega a apreciar esa belleza solamente a través de un sólido conocimiento de cada obra.
                                                                                            Max Reger

Ignoro si a alguno de nuestros lectores les suena la película “¿Le gusta a usted Brahms?”, una adaptación de la novela homónima de Françoise Segan que el director Anatole Litvak llevó a la pantalla en 1961. Lo mejor de aquel film era la fabulosa interpretación de Ingrid Bergman –a la que acompañaban los recordados Anthony Perkins e Yves Montand–  y su banda sonora, con una importante presencia de la obra de J . Brahms, cuyas melodías fueron cruciales en el desarrollo argumental. François Truffaut, al día siguiente, tituló su crítica en “Les Cahiers du Cinema” con tan sólo dos palabras: “Brahms, sí”.

Exactamente lo mismo opino yo, porque Brahms es –a mi modesto entender– uno de los compositores más importantes del siglo XIX y sus obras combinan lo mejor de los estilos clásico y romántico, partiendo de formas y estructuras clásicas a las que imprime el más pronunciado romanticismo alemán de la época. El “clasicismo romántico o romanticismo clásico” de Brahms fue un fenómeno único en su tiempo, ya que no seguía las tendencias marcadas por la moda musical de su época, representada por Richard Wagner. Brahms hizo revivir una tradición musical como ningún otro compositor había conseguido desde Beethoven.

La obra de Brahms parte de unas referencias clásicas claras: el clasicismo vienés de Haydn, Mozart y, sobre todo, Beethoven, aunque en su música también está presente la influencia de los primeros compositores románticos: Schubert, Schumann o Mendelssohn. De toda su obra musical, debo confesarles que siento una especial predilección por su Tercera sinfonía, escrita por Brahms en Wiesbaden en 1883. La partitura fue editada por Simrock al año siguiente y, como tantas partituras famosas en la historia de la música, ésta lleva una dedicatoria. Lo curioso es que la dedicatoria, dirigida al pianista y director de orquesta Hans von Bülow, está fechada en 1890, siete años después del estreno de la obra.

La clase de recepción que tuvo la Tercera sinfonía de Brahms puede medirse, quizá, por la reacción inicial de Eduard Hanslick. En los círculos musicales de Viena en las postrimerías del siglo XIX, Hanslick fue uno de los críticos más influyentes y respetados, a pesar de que no era del todo imparcial. Hanslick idolatraba a Johannes Brahms y a su música con la misma pasión con la que detestaba a Anton Bruckner y a su música, sólo porque al inocente de Bruckner se le había ocurrido declarar públicamente su admiración por Richard Wagner, a quien Hanslick también detestaba. “Si la Primera sinfonía de Brahms puede ser caracterizada como patética o apasionada, y la Segunda sinfonía puede definirse como pastoral, la Tercera es sin duda la Heroica de Brahms”, parece que escribió el famoso crítico.

A primera vista, la comparación de la Tercera sinfonía de Brahms con la Heroica de Beethoven se antoja un poco fuera de lugar, y el mismo Hanslick se dio cuenta de ello, ya que poco después matizó su afirmación diciendo que el carácter heroico de la Tercera sinfonía de Brahms era evidente sólo en los movimientos primero y cuarto, ya que en los otros dos había pasajes que estaban más cerca del romanticismo crepuscular de Robert Schumann y Félix Mendelssohn. Otro detalle que pareciera contradecir la afirmación original de Hanslick es el hecho de que, de las cuatro sinfonías de Brahms la tercera es la que se interpreta con menor frecuencia, y ello se debe probablemente a que sin ser una partitura muy difícil, sí es un trabajo muy íntimo y personal que requiere de una gran intuición para su correcta interpretación, y requiere también de cierta cercanía al espíritu musical de Brahms.

La Tercera sinfonía fue estrenada en Viena el 2 de diciembre de 1883 bajo la batuta de Hans Richter. Cinco semanas después se estrenó en Berlín bajo la dirección de Joseph Joachim, y en enero de 1884 fue tocada por primera vez por la Filarmónica de Berlín, bajo la dirección de Franz Wüllner. Por cierto, la obra tuvo el dudoso honor de ser una de las tantas piezas sinfónicas adaptadas por Waldo de los Ríos, quien convirtió el hermoso tercer movimiento de la sinfonía en una especie de balada rítmica, con coros, percusiones, bajo eléctrico y otros instrumentos totalmente inadecuados.

Estoy convencido de que Anatole Litvak –al que siempre se le recordará por sus películas “Mayerling” y “La noche de los generales”– jamás hubiera aceptado incluirla en su casi olvidado film. Y Truffaut, lógicamente, habría enmudecido.

Mr. Arriflex

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