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Es innegable que la Tierra está calentándose. Lo que hay que hacer ahora es trazar un límite. El número más importante en la Tierra es, casi con seguridad, el 450. Y casi con la misma seguridad puede decirse que no es una cifra que tenga mucho significado para la mayoría de los políticos. Al menos, no por ahora.

Cualquiera que no tenga una seria manía ideológica sabe ya, a estas alturas, que el calentamiento global es un problema cada vez más cercano. Incluso en Estados Unidos, por fin, empiezan a borrarse los efectos de 20 años de desinformación por parte del sector energético: los huracanes Katrina y Gore y el avanzado deshielo del Ártico disiparon la mayor parte de las dudas. Pero son muchos menos los que se hacen cargo de la auténtica magnitud del problema y de la velocidad a la que puede echársenos encima.

Para explicarlo brevemente: antes de la Revolución Industrial, la concentración atmosférica de dióxido de carbono era de casi 280 partes por millón. El CO2, por su estructura molecular, regula la cantidad de energía solar que se queda atrapada en el fino envoltorio de nuestra atmósfera. Marte, que tiene muy poco, es un planeta frío; Venus, que tiene mucho, es un infierno. Nosotros estábamos en el lugar ideal, que permitió que la civilización humana se desarrollase. Sin embargo, a medida que quemábamos carbón, gas y petróleo, el dióxido de carbono extra producido por esa combustión empezó a acumularse en la atmósfera. A finales de los 50, cuando empezó a medirse, tenía unas concentraciones atmosféricas ya superiores a las 315 partes por millón.Ahora, esa cifra es de 380 partes por millón, y crece cada vez con más rapidez: desde hace unos años, añadimos alrededor de 2 partes por millón anuales. Y, como era de prever, la temperatura ha empezado a aumentar.

240 Hace 20 años, cuando la opinión pública empezó a ser consciente del calentamiento global, nadie sabía exactamente cuánto dióxido de carbono era demasiado. Los primeros modelos climáticos elaborados por ordenador predijeron lo que podía ocurrir si se duplicaba el volumen de CO2 en la atmósfera, hasta 550 partes por millón. Pero en los últimos años, los especialistas se han mostrado inclinados a colocar el límite de peligro alrededor de las 450 partes por millón. Ése es el punto en el que el climatólogo más destacado de Estados Unidos, James Hansen, de la NASA, ha dicho que tenemos que detenernos si queremos evitar que la temperatura aumente más de dos grados Celsius. ¿Por qué es un número mágico el de dos grados? Porque, por lo que sabemos, ése es el punto en el que el deshielo de las capas de la Antártida y Groenlandia sería rápido e irrevocable. Sólo el hielo que cubre Groenlandia haría que el nivel del mar subiera unos siete metros, más que suficiente para cambiar la Tierra de forma casi irreconocible.

Hasta ahora, los esfuerzos diplomáticos para tomar medidas enérgicas sobre el cambio climático se han visto obstruidos por un par de factores. Uno, la intransigencia de varios países –entre ellos los Estados Unidos– donde el 5% de la población mundial produce la cuarta parte del dióxido de carbono del planeta. Incluso suponiendo que el próximo presidente se decida a emprender un nuevo rumbo, las negociaciones internacionales que entonces puedan reanudarse seguirán entorpecidas por falta de un objetivo real y comprensible. En el Tratado de Kioto era tan importante el proceso como el resultado, puesto que se trataba de empezar a construir la infraestructura para un sistema internacional de controles del carbono. Pero aún no se daban las condiciones para fijar un objetivo real, urgente y definitivo.

Ahora ya ha llegado el momento. En vez de vagas promesas, lo que necesitamos son cifras. Será muy difícil parar en el límite de 450 partes por millón; hará falta un cambio tecnológico y social a gran escala, con las inversiones de capital económico y político que implica una transformación de ese tipo.

Y aunque consigamos aunar la voluntad política, eso no resolverá el problema: la Tierra seguirá calentándose, con consecuencias muy graves, por no decir catastróficas. Ahora bien, sin un objetivo tan fácil de vigilar como la media del Dow Jones o el volumen del PIB, las posibilidades de progresar de manera clara y centrada son casi nulas. En el futuro será fácil identificar a los hombres y mujeres de Estado: serán los que lleven una pequeña insignia que diga “450” en la solapa. En cierto sentido, ése es quizá el único número que importa.

Bill McKibben

El profesor McKibben es autor del libro “Deep Economy” (Times Books, Nueva York).