El Café de l'Òpera

El Café de l’Òpera

Anoche, conversando con mi hermano, evocamos la época vivida en Barcelona. Recuerdos imborrables de unos años repletos de sueños e ilusiones… Hablamos de amigos, ciudades, personajes. Él no se acordaba muy bien de un lugar que a veces nos gustaba frecuentar: un café bohemio en plena Rambla. Un café propicio para las tertulias, especialmente atractivas para él, que tanto ama la literatura. Yo le mencioné el nombre de ese emblemático local, un local que sigue manteniendo su encanto y su sabor. Me pidió entonces que escribiera algo sobre ese Café bohemio, cosa en realidad imposible. Imposible en dos sentidos: por un lado porque en el fondo se trata de algo así como de que trace la biografía de un mito. Y un mito es imposible de biografiar, de racionalizar. Se me dirá que el Café de la Ópera, –o Café de l’Òpera, que es su nombre en catalán– es un mito grande en una ciudad grande, pero, guste o no, la existencia del mito pervive. Y dada la existencia del mito, yo en todo caso tendría que hacer como Levi-Strauss cuando analizó hace años las extrañas y variadas mitologías que se han ido creando a lo largo del tiempo: o sea, utilizar el pensamiento salvaje. Es decir, un pensamiento sin rodeos, en caos, en fuga, en irracionalidad, en alucinación, en el lenguaje imposible del goce y del dolor. En una palabra , el orden del caos de la noche, porque en cierto modo el pensamiento salvaje está unido al pensamiento de la noche, y en la noche se cruzan todos los caminos.

¿Cómo biografiar entonces a un mito sino a través de los desplazamientos de un sueños sin fin, un sueño que nos ha mantenido despiertos durante más de 30 años?

Por supuesto que hay otra manera de analizarlos: reduciéndolos a su esqueleto. Eso fue lo que hizo por ejemplo Borges al estudiar en profundidad nuestro mito occidental por excelencia. O sea, la guerra de Troya. Borges se reía: ¿Cómo es posible que tanta muerte y tantos años de lucha se produjeran sólo porque una muchacha ‘fácil’ llamada Helena se hubiera ido de casa con un niñato rubio y además ambiguo llamado Paris? ¿Cómo la historia de aquella ramera se había convertido en nuestro mito? Obviamente porque la cantó la Musa, y ya se sabe lo que son las Musas cuando se ponen a cantar. Casi como las sirenas de Ulises: cantan para atraerte y despedazarte.

Pero el Mito de el Café de la Ópera no lo creó el canto de las musas o de las sirenas. El mito de el Café de la Ópera lo creó sencillamente eso: la realidad ilusoria de que el tiempo no te atrapa sino, al contrario, que eras tú quién podías atrapar al tiempo, mientras el tiempo se bebía otro whisky, con poco hielo, por favor.

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Otro de mis autores favoritos, Robert Graves, también descarnó el mito de Troya, entre bromas y veras, en un delicioso librito donde se nos dejaba intuir otra verdad más dura: en realidad tantos muertos y tantas batallas no se produjeron por Helena, sino por la necesidad de controlar el comercio del Mar Negro.

¿Se destruye así el mito? En absoluto. Íbamos al Café de la Ópera, ese pacífico campo de batalla, para restablecernos de las heridas del trabajo o del estudio diario, de nuestras vidas sin demasiado sentido, y encontrarnos aquí, donde nos hacíamos la ilusión de que podíamos establecer otro mundo, otro lugar donde nosotros fuéramos realmente dueños de nuestras vidas y nuestros destinos. A ese otro mundo lo llamábamos conversar.

Porque en el Café de la Ópera se podía atrapar el tiempo, la otra atracción auténtica de este lugar fue convertirse en el espacio de la palabra. O del silencio. Obviamente, sin conversación, sin palabras no hay tertulia posible. La palabra nocturna crea el espacio vivo de la magia real. Los sueños se van abriendo paso poco a poco. El mundo de la literatura está lleno de tertulias famosas. Pero esas tertulias eran restringidas, círculos de iniciados, la palabra se sostenía en labios de unos pocos.

En el Ópera la palabra se fue haciendo poco a poco algo real. Igual que las soledades y las compañías femeninas. Igual que los gestos, las imágenes, los sitios en que cada uno se sentaba o se acodaba en la barra.

El tiempo se detenía, la palabra se hacía palpable, los cuerpos y los gestos se reconocían… Nos reconocíamos tanto que inevitablemente algo tenía que surgir de aquel “otro trabajo” de palabras y de ideas. Hasta en el exilio, decía Brecht, hay que saber regar el pequeño árbol del jardín. ¿Florecerá el árbol?, se preguntaba Brecht. No importaba. Lo importante era el empeño. Y en este exilio interior que habíamos elegido (casi paralelo al exilio cada vez menos exterior de muchos) comenzaron a surgir cosas.

Un tipo de cosas que suponía una especie de reinauguración de la vida, y que era la que arrastraban los mayores, los que venían lamiéndonos las heridas de la lucha por la democracia. Nos habíamos quedado en hueco, como un vacío por dentro, como unos ojos que, al modo de la obra de Duchamp, sólo veían a través de la cerradura; o, al modo de las esculturas de Calder, láminas débiles y quietas que sin embargo se movían con cualquier soplo y hacia ninguna parte.

La soledad de lo colectivo, la orfandad de lo común y compartido, la necesidad de rellenar ese hueco, ese vacío, fue una de las primeras cosas que nos llevaron al Café de la Ópera o a El Cuatre Gats. Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos adquiriendo unas curiosas señas de identidad. Por supuesto que era una manera especial de vivir el momento que se extendía por toda España, pero las señas d identidad del famoso Café de la Ópera se habían convertido ya en una especie de rito cotidiano. Y aunque poco a poco cada uno se fue acostumbrando de nuevo a la verdad indestructible de su propia soledad , el mito y el rito de ese local siguió existiendo, casi sin necesidad de nombrarlo.

Así pasaron varios años. Pero un día, cualquier día, apareció el alba y fue como si se desvaneciera el sueño y el tiempo no quisiera tomar ya tragos con nosotros y la palabra se hubiera convertido en susurro. La memoria y los sueños siempre mienten. Nuestra vida está hecha de la materia con la que se tejen los sueños, nos avisó Shakespeare como nadie. Muchos de mis sueños se han quedado impregnados en las paredes de el Café de la Ópera y en otros muchos lugares entrañables de Barcelona. Por eso he dejado hablar a mis sueños. De modo que hoy me reencuentro con ellos. Volver es un tango inolvidable. Y esta noche sé que he vuelto al Ópera… He vuelto durante unas horas a mi querida Barcelona.

L. Ximénez de Notal

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