dosmillones

En uno de los primeros artículos publicados en este blog,  titulado “Cultura e Internet”, recordaba yo la lectura de la novela “La voz de los muertos”, escrita por Orson Scott Card, y cómo encontré en sus páginas a uno de los personajes de ficción más sugerentes que he conocido. Se trataba de Jane, una especie de hada madrina de Ender, el protagonista, en forma de inteligencia artificial con vida propia que se comunicaba a través de la red de ansible –un término utilizado en la literatura de ciencia-ficción para describir un hipotético dispositivo de comunicación más rápida que la luz– que surcaba las galaxias. Me pareció la imagen más hermosa del computador con vida propia, y naturalmente, no era la vieja historia de la máquina que se rebela contra su creador, el hombre, sino del ser vivo que surge del artificio, en este caso la red de comunicaciones.

Cuando Card escribió la novela, Internet era un sueño que acababa de comenzar, pero el escritor tuvo visión de futuro, como buen autor de ciencia-ficción, y ya imaginó un ser que surgía de las ondas hertzianas que envuelven nuestro planeta. La red, como gustan llamarla algunos –porque suena más latino y menos comercial, y, ¿por qué no?, más sugerente–, tiene también, en cierto modo, vida propia, pero una vida que dirigen los cientos de millones de personas que se conectan a ella desde cualquier punto del globo.

En la  actualidad,  Internet es ya un hecho cotidiano e imparable y los blogs –que constituyen una parte muy importante de la web— son un amplísimo foro público para todos aquellos que aman la cultura y que, con mayor o menor acierto, van dejando caer sus letras con la esperanza no sólo de que alguien las lea sino de que las cuestione, las aprecie y las adopte como propias. Es decir, con la esperanza de generar un proceso comunicativo directo emisor-receptor, que tome el texto como pretexto para elaborar disquisiciones de variopinto tono y, frecuentemente, ajenas a las letras que las generan.

Contamos, pues, con un canal, con los integrantes –-activos y pasivos-– del mismo y con una serie de mensajes a los que, de momento, seguiremos suponiendo interesantes. Y utilizo el verbo suponer en la creencia de que es esa la intención última de quienes crean una bitácora. Al menos esa fue la mía cuando inauguré, ‘empujado’ en cierta medida por mi hermano, este blog al que han acudido generosamente tantos y tan buenos visitantes.  Nunca imaginé que “El Faro del Fin del Mundo” llegaría a alcanzar tanta difusión y tan sorprendente acogida por parte de los lectores. A todos ellos, sin excepción, quiero darles mis más sinceras gracias y enviarles, desde Chile, un fuerte y entrañable abrazo.

Luis Irles