berlinale

 
El pasado jueves, 5 de febrero, arrancó la 65 edición del festival Internacional de Cine de Berlín —la Berlinale para los amigos. Berlín 2015, como análogamente Cannes, San Sebastián o Venecia, vienen a ser cada vez más el reflejo, de forma específica, de las contradicciones que en la consideración «festival» conducen a la crisis de un sistema en cuanto tal (como manifestación cerrada y en cierto modo discriminatoria), crisis que afecta fundamentalmente a las raíces y demás prolongaciones desde las que se plantea o se construye «el tinglado de los festivales». Reflejo, por supuesto, de otras crisis más amplias al nivel cultura-industria-consumo, índice de unos supuestos que se manifiestan a cada paso en la forma de la decadencia e invalidez de los esquemas convencionales sobre los que se montan unas estructuras.

Si la ignorancia de Berlín a todo cuanto significa o pueda significar cine nuevo, la crisis de un lenguaje, los nuevos planteamientos desde los que iniciar una búsqueda, la reflexión sobre el medio, ha tomado cuerpo decididamente en este 65º Festival, no es sólo como resultante de un sistema específico (el berlinés) desvelado aquí, sino más bien el punto concluyente de la suma de las implicaciones distintas que acceden en Berlín, como, por otra parte, en otros festivales, o en situaciones generales.

Alucinado por la visión de un cine «moderno», entre comillas, jadeante por sus esfuerzos de estar «á la page» y no dejar perder el tren de la «novedad» más engañosa, oportunista entre oportunistas (desde el lado político al cultural, que en definitiva son uno sólo), el Festival de Berlín se ha equivocado de estación. Si «Queen of the Desert» resulta en cualquier caso un film interesante, lo que ya es menos entendible (y con esto estamos ya jugando al «juego de los premios») es su casi seguro Oso de Oro como la mejor película de la Bernlinale. Si el festival –en sus intentos de estar al día– premia también películas como la insufrible “50 sombras de Grey”, “Mr. Holmes”, “Everything will be fine”, “Ixcanul (Ixcanul Volcano)” o “Nadie quiere la noche”, creyendo sin duda que ésas son las obras modernas y nuevas, modelo perfecto de exhibicionismo y oportunismo, de mimetización de las fórmulas brillantes de «cine joven», el festival sólo revela su incompetencia y marginación, su puesta en situación «out». Y si, al mismo tiempo, Berlín ignora olímpicamente (cuando no desprecia) las obras auténticamente válidas y rigurosas, que las hay, las únicas aportaciones de creadores sean Terrence Malick, Jafar Panahi, Werner Herzog, Isabel Coixet, Patricio Guzmán u Olivier Hirschbiegel, las posibles perspectivas que tuvieron lugar, Berlín consigue que uno se sienta bastante desconcertado por su criterio.

El fenómeno, por generalizable que sea a otras esferas, a otros festivales, no deja de ser lamentable, en su correlación cultural. Desde los sistemas de intereses de todo tipo en juego, desde los criterios de selección de obras por países, desde los cerrados márgenes de «competición», desde los postulados que presiden la inclusión de un jurado, desde la exclusivización de unos votos y unos premios, desde la necesidad de esos mismos premios para unas cinematografías incipientes y de mercados reducidos, desde la consiguiente contradicción de ello, desde las presiones que convierten un festival de cine, tanto en una feria “de baratijas” al mejor postor, como en un equilibrio desequilibrado de intereses industriales o políticos.

Desde los supuestos de «contestación» institucionalizada, a la necesidad de una auténtica radicalización. Desde los asentamientos en un sistema cerrado (con apariencia de «libre confrontación»), a la realidad de una dialéctica cultural abierta. Desde la absorción de las corrientes más aparatosamente «diferentes», a la realización consecuente de un cine realmente imbricado en la problemática compleja de una compleja y pavorosa realidad. Desde un cine acomodaticio, convencional, apoyado en los esquemas burgueses del arte, a un cine de agresión. Desde la torpe y primaria realidad inmediata, a la imaginación.

Mr. Arriflex