Por Mario Alvarado

Cour de Marbre -- Château de Versailles

Cour de Marbre — Château de Versailles

Ya Francisco Salvador estaba en la Cour de Marbre, presto a entrar al palacio. Sobre su cabeza, la balaustrada que coronaba el frontis del palacio y alrededor de la Cour de Marbre y la Cour Royale, dieciocho estatuas lo vigilaban, representando las catorce virtudes reales y las cuatro partes del mundo, África, Asia, América y Europa, porque la gloria del Gran Rey debía ser conocida en todo el universo. Las estatuas lo miraban entre inquietas y sorprendidas. Largo tiempo fue esperada su llegada y ahora que estaba allí, las estatuas no sabían como reaccionar y lo miraban a hurtadillas, comentando al oído, unas con otras, sus inaudibles impresiones. La estatua que representaba a África, intentaba inútilmente escuchar a través de su cabeza de elefante sobre un cuerpo humano, y golpeaba molesta, su pie sobre una cabeza de león, mientras que la que representaba a América iba de un lado a otro de la balaustrada, agitando las enormes plumas en su cabeza y en su cintura, seguida por un cocodrilo que nunca la abandonaba, tratando infructuosamente de entender lo que oía porque no hablaba francés… Pero nada de esto se dio cuenta el joven estudiante.

Francisco Salvador ingresó con decisión al vestíbulo desde donde arrancaba la Escala de la Reina hasta los Grands Appartements. Esta escalera había sido construida con finos mármoles policromados, a excepción de los peldaños que eran de piedra. Era ésta una escala noble y majestuosa, pero de ningún modo comparable a su hermana mayor, la antigua escala de Los Embajadores.

Esta se encontraba exactamente en la entrada opuesta, al frente de la Escala de la Reina, siempre manteniendo el equilibrio, la simetría y la correspondencia, y daba acceso a los Grands Appartements del Rey. Esta escala estaba hecha de mármoles franceses, rojos, verdes, blancos y grises. Este acceso era usado por los embajadores cuando presentaban sus credenciales al Rey y era la entrada oficial al piano nobile de Versailles, donde se encontraban la serie de estancias que constituían los apartamentos del Rey.

Grandes momentos vivió la Escala de Los Embajadores, recordó Francisco Salvador, como esa vez en que Louis XIV, desde lo alto, le dio la bienvenida al Grand Condé, que acababa de derrotar a William de Orange en la batalla de Seneffe. Este evento marcó el fin de casi quince años de exilio decretados en contra del Grand Condé por el Rey, como castigo por intentar una rebelión contra él.

 

rey sol

Francisco Salvador casi podía ver a Louis XIV, vestido con una casaca blanca larga ribeteada de bordados de hilos de oro hasta los faldones, sujetando un alto bastón de ébano, sus piernas ceñidas por las medias doradas que concluían en los zapatos brocato dorado con gruesos tacones y cintas de raso blanco en el empeine, en el pecho refulgiendo el collar de la Ordre du Saint-Esprit, con las flores de lys de oro y la cruz de malta de brillantes en el centro del collar, llevando cruzada desde el hombro a la cadera la banda celeste de los Borbones, los rizos de su peluca cayendo desordenados sobre los hombros y el pecho, de la misma manera que se enredaban las chorreras de encajes color champaña de su pechera y se asomaban en sus puños, curiosas de la ocasión, prendido en su cuello por el célebre diamante “El Regente”, el cual resplandecía dando destellos e informando de su presencia lúgubre, cubierta su cabeza por un enorme sombrero atiborrado de plumas blancas, reluciente como el sol, hechizante, enceguecedor, omnipotente, acompañado con gran pompa por la Corte en pleno, ubicada a sus espaldas, en los dos brazos en que se dividía la escalera con trajes de gran aparato y constelada de joyas resplandecientes, como si la Corte fuera la deslumbrante cola abierta de un pavo real centrada en Louis XIV.

A ambos costados del comienzo de la escala reubicaban oficiales sosteniendo los estandartes y banderas del enemigo vencido, y por último, Louis II de Borbón-Condé, llamado el Grand Condé, primer príncipe de la sangre y Par de Francia, al pie de la escala, rodilla en tierra y la cabeza gacha, recibiendo el perdón del Rey. Louis XIV lo llamó a su lado para abrazarlo y Condé, que sufría de reumatismo, subió penosamente la escala hasta llegar al lado del Rey. Inmediatamente se excusó por haberlo hecho esperar mientras subía, a lo que el Rey le respondió con cortesía “Mon cousin, quand on est chargé de lauriers comme vous, on ne peut marcher que difficilement.”(Primo, cuando se está cargado de laureles como vos, no se puede sino caminar con dificultad). Otra anécdota que siempre recordaba Francisco Salvador, y que para él representaba el ingenio que imperaba en las conversaciones y con el cual los nobles demostraban su habilidad y agudeza, de la misma manera que manejaban con habilidad la espada o el abanico.

Pero el tiempo continuó inexorable e indiferente a las grandezas y suntuosidades terrenales y pasajeras, y cuando la esposa de Louis XIV murió en 1683, rara vez se volvió a usar aquella escala, dejándola solamente para ceremonias de estado, prefiriendo el Rey usar la Escala de la Reina. Hacia el final de su reinado, la Escala de la Reina se convirtió en el acceso oficial al palacio, y finalmente, la Escala de Los Embajadores fue demolida en 1752 por orden de Louis XV para construír los apartamientos de sus hijas, Mesdames Victorie, Sofie, Louise y Adelaida.

Nada quedó de la deslumbrante Escala de Los Embajadores, excepto unos tres mil bocetos y dibujos preparatorios a su construcción guardados en el Louvre y el recuerdo de ancianos nobles. Sin embargo, gracias a Ludwig II de Baviera, ese rey solitario y sombrío que vivía la realidad sólo en sus sueños, y que llenó Baviera de castillos y palacios brotados de su hechizo, y que también quiso tener su propio Versailles, construyó una réplica de la suntuosa escala y es así como se puede admirar una copia perfecta de la Escala de los Embajadores de Versailles en su palacio de Herrenchiemsee.

MARIO ALVARADO