Un maestro de la Escuela de París en Venecia

 

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Con esa elocuencia acerada que lo caracteriza, el reputado crítico de arte italiano Vittorio Sgarbi inauguró –justo el día antes de iniciarse el Festival de Venecia 2015– la primera exposición en la ciudad de los canales del pintor francés de origen lituano, Michel Kikoine, quien fuera además uno de los más importantes creadores de la Escuela de París junto a Soutine, Krémègne y Chagall. Aunque debo especificar que en esta ocasión las palabras de apertura de Sgarbi no sólo invitaban magistralmente a presenciar la muestra, sino que sirvieron también —improvisando una metáfora certera para este pintor de evidente ascendencia impresionista— para serenar al público asistente, que había comenzado a preocuparse ante la repentina ausencia de fluido eléctrico en la galería ocasionada por la gran tormenta que aquella tarde cayó sobre la Cittá Serenissima. Si mal no recuerdo, entre todo aquel murmullo, que cobraba tonos ya inquietantes, se alzó su voz de barítono para matizar: “Avanti amici, non abbiamo la luce; ma non importa, andiamo, perché la luce è nel lavoro dell’artista..!”

Por fortuna la corriente se restableció a los pocos minutos de haber terminado la muy italiana exhortación y todos pudimos contemplar entonces, bajo los efectos de una iluminación casi esplendente, 27 óleos sobre tela y ocho obras sobre papel realizadas por el creador entre 1915 y 1968, fecha en la que falleció a la edad de 67 años en su estudio parisino de la calle Brezin.

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La iniciativa de esta exposición de Kikoine en Venecia, surgió de la Fundación francesa que lleva su nombre y que fue creada en 1987 por sus hijos Clara Maratier y Jacques Kikoine para preservar la memoria de su padre y de los integrantes de la Escuela de París. Gracias a ellos, pudimos corroborar de cerca los artificios que prevalecían en el artista en sus trabajos con óleo, acuarela, y pastel, e incluso con el procedimiento del collage en las etapas finales de su vida, y sobre todas las cosas, sus concepciones específicas en cuanto al tratamiento del paisaje, las naturalezas muertas y el retrato, concepciones fundamentadas, según su propio testimonio, en la obra de los viejos maestros Rembrandt y Cezanne y enriquecidas desde su manera personal de captar e interpretar la estética del mundo, pasada además por el filtro de su educación judía, de sus impresiones y recuerdos de las estancias en Lituania —región donde nació el 31 de marzo de 1892—, Bielorrusia e Israel. No en balde pudo llegar a ser en un momento dado tan categórico y expresar públicamente, refiriéndose a las impresiones que le causaron algunos de estos lugares, en donde vivió que, por ejemplo, la naturaleza israelita le había enseñado sobre pintura, más que todos los impresionistas juntos.

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Mientras contemplaba aquellas imágenes apacibles de Kikoine, mezcladas de colores fuertes y contrastantes, o repasaba una y otra vez los detalles de aquellas figuraciones eminentemente perceptibles, transparentes incluso a pesar de haber sido forzadas a un tipo de composición más bien abstracta, pensaba en lo difícil que habría sido para el artista mantener sus férreas consideraciones pictóricas en medio de una época tan convulsa como aquella, tan pletórica de verdaderas renovaciones en el ámbito de la creación plástica. Con seguridad aquella etapa se habría convertido para él en una contradicción de sobrevivencia, lo cual haría todavía más desventurada su condición de intelectual judío pobre en tierra ajena.

Pero por esas extrañas paradojas de la historia, la obra de Kikoine vuelve a enfrentarse ahora a la visión de un público a veces algo categórico, que se distancia apenas en años y latitud geográfica —contando, eso sí, con el crédito moral de haberlo hecho en primerísima instancia con sus contemporáneos.

Michel Kikoine, Autorretrato

Michel Kikoine, Autorretrato

A ese público europeo, generalmente joven de obra y de pensamiento, que aún sigue influenciado en extremo por las resonancias de aquella vanguardia revolucionaria, perturbadora, parece musitarle: “Estoy aquí y sigo siendo vigente”, o mucho mejor aún, exponerle con acentuada meticulosidad su irrevocable adhesión al sentido de relatividad sobre el concepto del arte, aquel que no sólo subordina el desarrollo del procedimiento creativo a la novedad de un tema o a los dictados rígidos de la circunstancia, sino que cree ver también en la agudeza perceptiva del entorno diario, de los seres y los objetos que nos rodean, un motivo para la exaltación artística. No es la naturaleza en sí lo que pasa de moda, somos nosotros mismos quienes desvirtuamos el espíritu de la fuerza esencial que ella proyecta, y en mi opinión lo que en los cuadros de Michel Kikoine parece ser un arbitrario recurso de reiteración, inducido a través de ciertos asuntos y procedimientos expresivos, aparentemente intrascendentes, no es más que el propósito por aprehender la multiplicidad de formas estéticas a través de las cuales se manifiesta esa esencia; si no, ¿cómo explicar esa proclividad de pinceladas superpuestas, esas ondulaciones o relieves recurrentes encima de una misma imagen, esas tonalidades tan intensas que casi rebasan las formas de la figura, creando la ilusión de que a veces se desliza el autor hacia el más vehemente de los expresionismos?

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Es más, parecería como si el ejercicio de las recreaciones plásticas no se justificara específicamente en el instante de la representación técnica, o dicho de otra manera: en la sensibilidad de la mente y la habilidad de la mano, sino en el complejísimo, y aún más ambiguo, proceso de la contemplación artística. Parecería como si con cada nueva pincelada tratara de fijar, o mejor dicho, de reponer la impresión de una línea o contorno que ha sido apresado de la realidad en un permanente “forcejeo” con la luz natural. El estilo y la materialidad de los cuadros de Klkoine no son por lo tanto estáticos, inamovibles; no nos equivoquemos, ellos intentan registrar, junto a los atributos sugerentes de las figuras que imitan —sentimientos incluidos, por supuesto— los cambios precipitados con que ellas se proyectan frente a la mirada penetrante del artista.

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Al igual que en la obra de otros artistas universales, ha estado vigente el desbordamiento desmedido de la alucinación, el testimonio crítico sobre los convulsos y vertiginosos acontecimientos sociales, el simulacro discursivo contra la censura y la égida del poder político, o la simple, llana e irreverente desnaturalización de la belleza y la coherencia cotidiana; en Michel Kikoine fue fijado un destino con vistas a desentrañar artísticamente la impresión física de los objetos que componen la naturaleza inmediata, escudriñando casi todo lo que de ellos provoca éxtasis y encanto, como dijera él en algún momento: se trata de quitarles el barniz con el que han sido cubiertos y reponerlo de nuevo. Pero lo verdaderamente meritorio de ese destino es que, contra cualquier ismo o tendencia de época, juicio teórico, e incluso requerimiento de mercado, Kikoine supo encauzarlo hacia la meta de configurar una tesis, todo un principio de creación artística que no por novedoso, sino por explícito y funcional, adquiere en él carácter de legado.

Mr. Arriflex