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Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

 

Boris Vian en el Club 'Tabou'. 1948

Boris Vian en el Club ‘Tabou’. 1948

 

En julio de 1946, Jean de Halluin, un amigo editor, le pidió consejo sobre autores americanos que pudieran tener éxito en Francia. Boris Vian había sido uno de los primeros escritores franceses reivindicar la literatura pulp que triunfaba comercialmente en Estados Unidos, y sabía perfectamente de qué iba la cosa: “Un best seller? Dame diez días y te fabricaré uno “. Y así lo hizo. Del 5 al 20 de agosto, aprovechando las vacaciones de verano, escribió  J’irai cracher sur vos tombes  (Escupiré sobre vuestras tumbas), una novela policíaca protagonizada por un afroamericano albino que, haciéndose pasar por blanco , seduce y deshonra jovencitas racistas. El firmó con el nombre de Vernon Sullivan, un supuesto negro americano que él había traducido al francés.

El libro pasó sin pena ni gloria hasta que recibió una denuncia por atentar contra las buenas costumbres. En cuanto se hizo pública estalló la polémica, y con ella el éxito masivo. Tres años después, con problemas de salud y cansado de encadenar juicios, Vian confesó la autoría del libro. Aún así, sin embargo, las visitas a los tribunales todavía se alargaron dos años más. Mientras tanto, Vernon Sullivan había publicado tres libros más, posteriormente traducidos al español con los títulos Todos los muertos tienen la misma piel, Quese mueran los feos y Ellas no se dan cuenta. Con todo, Vian nunca quiso considerar J’irai cracher sur vos tombes (ni las otras novelas de Sullivan) como parte de su obra literaria y cuando le preguntaban al respecto se limitaba a decir que era una broma.

Por desgracia todo el alboroto levantado alrededor de las obras de serie negra hizo sombra a los libros que firmaba con su nombre, infinitamente superiores. Si dejamos de lado las tempranas Vercoquin et le Plancton y Trouble dans les Andaina, Boris Vian escribió cuatro novelas que rozan la genialidad por su irreverencia e imaginación descontroladas, por la crítica corrosiva y por el humor melancólico. Son La espuma de los días, El arrancorazones, El otoño en Pekín y La hierba roja. Resulta paradójico que las obras más personales de un escritor sean también las más fantásticas, pero es en este universo inesperado y mutante donde su visión del mundo se expresa con más libertad, sin limitaciones argumentales o de género y los pensamientos y las imágenes fluctúan vez, saltan y bailan en una gran fiesta disfrazada de literatura. Es, en definitiva, donde Vian se destapa como un discípulo aventajado de Jarry y Rabelais, un hijo bastardo del Lewis Carroll de La caza del Snark.

Entre sus páginas se pasean personajes tan difíciles de concebir como olvidar, desde un arqueólogo que excava en busca de vetas de fe hasta un filósofo con clubes de fans, un perro existencialista con cargos políticos, un psicoanalista vacío o guerrillas de sacerdotes armados con lanzahostias. Incluso los objetos se añaden al despropósito y se dejan impregnar por el estado de ánimo de los personajes: caminan, sudan o se enferman, según proceda. La voluntad de huir de los convencionalismos se respira en cada línea, y su facilidad para sorprender al lector no acaba nunca: “no expliqué mis amores en una primera novela, mi educación en la segunda, mis purgas en la tercera ni mi vida militar en la cuarta; sólo he hablado de cosas que ignoro totalmente. Esta es la verdadera honestidad intelectual. No se puede traicionar el tema cuando no hay tema-o cuando no es real.” Tal vez fue este desconocimiento del tema lo que hizo que público y crítica la ignoraran durante años. Él mismo escribía a su mujer en referencia al rechazo de La arrache-coeur por parte de la editorial Gallimard y al éxito de las novelas de Sullivan: “¿Qué extraño, cuando escribo en broma parezco sincero y cuando escribo de verdad creen que bromeo … “. Probablemente fue este sentimiento de incomprensión lo que le empujó a dejar de escribir novelas a los treinta y tres años.

De hecho la única disciplina creativa que Vian practicó con regularidad (y sin éxito) hasta el día de su muerte, a los treinta y nueve años, fue la redacción de guiones cinematográficos, decenas de trabajos, la mayor parte nunca realizados, que escribió en colaboración con Pierre Kast o, excepcionalmente, con Raymond Queneau. Es lógico, pues, que en 1953, libre de toda acción judicial y quemado por la nula repercusión de sus verdaderas novelas, decide convertir el libro más exitoso de Vernon Sullivan en una película de Boris Vian.

Escribió y reescribió el guión una y otra vez, peleándose de manera casi obsesiva con un libro que, dejando de lado el dinero, sólo le había dado dolores de cabeza. Su intención era aportar algo propio a la gamberrada inicial, hacerse su obra y, quizás, demostrarse a sí mismo que su único éxito no había sido sólo una broma. Así, hacer y deshacer hasta que en 1958 una productora se interesó por la historia. Vian, pecando de ingenuidad pero también porque necesitaba el dinero, vendió los derechos para la adaptación cinematográfica y, automáticamente, quedó al margen del proyecto. El texto fue ofrecido a otro escritor y comenzó el proceso de realización de una película que no tenía nada que ver con la que él había sido proyectando desde hacía cinco años. De hecho, sólo se volvió a pronunciar para exigir que su nombre fuera retirado de los títulos de crédito.

Finalmente, y ya a regañadientes, el 23 de junio de 1959, antes del estreno oficial, Boris Vian acude a un pase privado de la película. También asisten el director y el productor, con los que intenta comportarse amablemente, en contra de su estado de ánimo crispado. Ocupa el sillón y se apagan las luces. Si hay un guionista irónico y retorcido es, sin duda, el de la realidad: a los pocos minutos de proyección Boris Vian muere delante de la pantalla. La causa oficial es un edema pulmonar que arrastra desde hace años. J’irai cracher sur vos tombes nunca llegará a ser una obra suya. El fantasma de Vernon Sullivan lo habrá perseguido hasta la tumba.

Ramon Mas

 


IL GRAN TEATRO AMARO. “LA VIE EN ROUGE”

Je n’aime que moi
(1957 – Letra: Boris Vian/A.Goraguer)
Canta: Roberta Possamai

On me reproche de n’aimer personne
On me dit que c’est moche et que j’ai pas de coeur
Tout l’mond’ m’engueule, on me fout des claques
Moi ça m’est bien égal, ils ne me font pas peur

Je m’aime
Je n’me sens jamais seul
Je m’aime
Je me tiens compagnie
Ma glace
Quand un autre regarde
Grimace
Mais moi ell’ me sourit
Je ne sais pas pourquoi l’on dit
Qu’avec soi-même l’on s’ennuie
J’m’ennuie jamais, j’me mets au lit
C’est la bonn’ vie
Je m’aime
J’ai pas besoin de vous
Je m’aime
Et ça fait pas d’jaloux
[…]

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