Recordado don Luis: Soy yo, Zenobio Fernández, el ayudante del Jefe de Máquinas. Navegamos juntos en el Xanadú, ¿se acuerda usted? ¡Qué tiempos aquellos, don Luis! ¡Y qué alegría tan grande he sentido al descubrirlo en este blog después de tantos años! Yo dejé la mar en 1985 y me quedé en tierra, y ahora vivo en el Dulce Hogar del Reposo de los Cerebros Extraviados, que no es un manicomio sino una clínica de descanso, donde hay mucha paz y me voy curando poco a poco de los malos recuerdos que me anidan en la cabeza. Porque yo no estoy perturbado, pero dos fijaciones sí tengo: el mar y las gaviotas. Si de mí dependiera el mar podría secarse del todo, sembrarse de sal y desaparecer para siempre; podría sorberlo entero, desmenuzarlo como polvorón recién horneado, encerrarlo en un burbuja y enviarlo a Venus, o más lejos aún, a Marte o a Plutón.

Y eso que yo, antes de las fijaciones éstas, amaba el mar sobre todas las cosas; y usted sabe que no miento, don Luis. Bien mirado, tampoco me disgustaban las gaviotas. Creo que estaba algo mal de los nervios por entonces, pero no se me notaba. Nadie que ame el mar puede tener el cerebro en su sitio. Y yo lo amaba. Por eso me hice marinero. Marinero de los buenos a decir de usted –siempre tan considerado conmigo– y del resto de los oficiales y hasta de Anselmo, que cojo y todo, era mi mejor amigo en el trabajo aquel de la marinería. Marinero fino y pintor de barcos y gaviotas… Feliz estaba entonces –y aún más después– cuando me enrolé en un pesquero y pasaba horas metido hasta las orejas entre litros y litros de agua con sal, con los pelos mojados y la piel ennegrecida por las olas y el sol. Hasta que pasó la desgracia aquella y vine a dar con mis huesos a esta santa casa que está en tierra firme, bien alejada de todos los océanos y similares, sin más agua que la corriente de beber y la de la ducha.

Reposo y dieta verde que yo, desde lo del barco y la isla, no puedo comer sopa. Ni sopa ni carne con plumas. Así pasa cuando sucede lo de las fijaciones que se le fijan a uno en el encéfalo para volverlo alérgico a los alimentos. Ahora sólo como lechugas, coles, espinacas, berenjenas y algo de cebolla, no mucha por el aliento. Pollo no como, ni pato, ni faisán. Gaviotas tampoco, ni sopa. Días enteros paso sin probar bocado porque el doctor Elías, afirma que las fijaciones mías se curarán en cuanto sea capaz de sentarme ante un buen plato de sopa de gaviota tibia. Pero a mí me da asco el gavioterío, se me enreda el estómago en un nudo de tres lazos hasta volverse más duro que un pedernal.

Fijaciones sí que tengo, don Luís, ya se lo dije. Pero no son mi culpa, culpa del mar son, y de las gaviotas, y de la tormenta aquella que zarandeaba el barco por todo el mar de un lado a otro hasta que, con tanto meneo, se partió en dos mitades iguales y todos, hombres y pescados, terminamos congelados nadando en el agua con mucho entusiasmo. Es lo malo del mar, que tiene tormentas. Tormentas y gaviotas. Muchas gaviotas, demasiadas. Yo no recuerdo bien la noche aquella tan desgraciada. Una noche horrible y mojada por tanta agua como caía, negra como el infierno, y ruidosa. “Santa Bárbara bendita, de la tormenta los rayos quita”, rezábamos a todo rezar, pero la santa ni caso, como que le importaba poco el barco y los pescados ya pescados y los hombres en zafarrancho de proa a popa. Hasta que pasó lo que pasó, que se hundió el barco y arrastró con él al Gordo Santiesteban y al Chato Vázquez, también al Germán Litri y al Juan García y al Hans Hansmüller, que era alemán pero parecía de Albacete. Sólo tres nos salvamos, el cojo Anselmo, el capitán Arias y un servidor. Sólo tres llegamos a la isla aquella, que no es más que un pedrusco en medio del agua. Un pedrusco grande pero pedrusco que, por no tener, ni una mísera gruta que le de sombra a uno tiene.

Veinte días con sus noches pasamos Anselmo y yo en la punta del pedrusco. El capitán Arias no pudo porque, aunque el agua lo arrastró entre unos palos hasta la orilla, tragó demasiada sal el pobre y no hubo modo de sacársela. Lo intentamos con ímpetu el Anselmo y yo, sacudiéndolo bien sacudido para que se le saliera, pero no hubo manera. El pobre abrió los ojos, estiró la pata y se quedó como bacalao ahumado: tieso, correoso y un poco de color gris marengo por exceso de sal. Hubiéramos querido enterrarlo cristianamente al pobre, ponerle su cruz bien puesta y un epitafio que hablara del mar, pero no pudimos. La isla, que era un pedrusco, carecía de tierra y, aunque la hubiera habido, ¿cómo cavar con las uñas una sepultura decente, don Luis? Por eso lo dejamos medio instalado en un hueco de roca, cubierto con algas secas y las manos cruzadas sobre el pecho… Era un buen capitán el capitán Arias, furibundo como pocos pero muy comprensivo con la marinería; serio pero justo el pobre hombre. Nos hizo mucha falta en la isla el capitán Arias, muchísima, de hecho, de no haber muerto tan a destiempo yo no tendría estas malditas fijaciones. Pero se murió bien muerto y nos dejó solos al Anselmo y a mí en la punta del pedrusco, debajo de una palmera cocotera que, como nosotros, estaba toda triste y abatida en la isla aquella. Lo que sí había, don Luis, y con mucha abundancia, eran gaviotas aliverdas y aliblancas, de pico largo y despicadas, grandes y chicas, que de todos los tamaños eran los pájaros esos. Y allí nos quedamos en aquella soledad tan solitaria el Anselmo y yo, la palmera y las gaviotas, y el mar, claro, rodeando toda la isla por todas partes, condenado mar que ojalá se lo tragara la tierra.

Yo quería morirme como el capitán Arias pero Anselmo, que fue siempre persona de mucha disposición y mejor entendimiento, dijo que ni hablar; que el muerto al hoyo y el vivo al bollo; que lo primero era lo primero y lo segundo lo segundo; que el hambre llama y la panza clama y que, mientras no se apareciera por allá cosa capaz de devolvernos al mundo civilizado y, a lo mejor, no se aparecía nunca, era menester disponer techo y comida. A él le tocó el techo, a mí la comida.

Un abrazo, don Luis.

Zenobio Fernández

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