Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

PRECURSOR DE LA CORRIENTE DADÁ

cravan-virreina-01Entre 1910 y 1914, el ambiente proustiano se había desecho. El siglo XIX se había extendido demasiado, diríase contranatura, hasta doblar la primera década de la nueva centuria. Abundaban las señales de inestabilidad en el orden político y social europeo.

En las artes visuales, el impresionismo venía a menos. Los tratos figurativos con la realidad no aguantaban más. Las necesidades metafóricas de los poetas tendían a violentar la sintaxis.

La historia del arte marca las reuniones del Cabaret Voltaire, en Zurich, como el primer grito de la vanguardia, ya en plena Primera Guerra Mundial. El rumano Tristan Tzara, su compatriota Marcel Janco, el alsaciano Hans Arp, el alemán Richard Huelsenbeck y otros escritores y artistas, habituales parroquianos, lanzaron el 5 de febrero de 1916 el dadaísmo.

En un manifiesto difundido dos años después decían: “Todo producto del asco susceptible de convertirse en una negación de la familia, es DADÁ; protesta con todas las fuerzas del ser en acción destructiva: DADÁ; conocimiento de todos los medios hasta ahora rechazados por el sexo púdico del compromiso cómodo y la cortesía: DADÁ; abolición de la lógica, danza de los impotentes de la creación: DADÁ; de toda jerarquía y ecuación social instalada para los valores por nuestros lacayos: DADÁ; cada objeto, todos los objetos, los sentimientos y las oscuridades, las apariciones y el choque preciso de las líneas paralelas, son medios para el combate: DADÁ; la abolición de la memoria: DADÁ; abolición de la arqueología: DADÁ; abolición de los profetas: DADÁ; abolición del futuro: DADÁ…”

Pero anticipándose al dadaísmo estaba Cravan. En París editó la revista Maintenant, de la que salieron cinco números, totalmente costeados por él, entre 1912 y 1915. Allí dio a conocer poemas y crítica de arte. Su literatura poseía una fuerte carga irónica e iconoclasta. En el primer número atacó a fondo a Andre Gide, al atribuirle que “tiene la idea de alcanzar la fortuna de forma deshonesta y de manera inesperada mediante la poesía”. En el tercero arremetió contra el Salón de los Independientes: llamó a Malevitch “pintor de puro artificio” y a Chagall “pequeño inocente”. Al final proclamaba que sus juicios pretendían, sobre todo, “hacer rabiar a mis colegas”.

Uno de sus poemas pudiera dar la clave de su frenesí perturbador:

“Todo contra el mundo / hasta el corazón / hasta la vida misma / si valiera la pena morirla”. El nihilismo de esas palabras reflejan la angustia de un hombre que era parte de una generación que sentía y veía como ese mundo —la Europa de entonces, la belle epoque— se hacía añicos.

Mientras Lenin analizaba cómo las agudas contradicciones sociales y económicas podían incidir dialécticamente en la ascensión de la espiral revolucionaria —a nivel sociológico y, por supuesto, mediante la práctica política respondía al reclamo de Arthur Rimbaud acerca de la necesidad de “cambiar el mundo”—, la intelectualidad burguesa —o mejor decir aristócrata, en el caso de Cravan— respondía ante la misma situación con una estrategia negadora.

El dadaísmo negó el arte conocido hasta entonces. Pero aquellas cenizas trajeron nuevos fuegos, los de una perspectiva artística inédita. No por gusto muchos de los que jugaron a Dadá terminaron militando en el surrealismo, donde las más amplias libertades se combinaron con un ímpetu reconstructor. Los dadaístas no creían en el arte. Los surrealistas creyeron en la necesidad de un arte nuevo. Cravan no quiso ni pudo dar el salto. Quedó entrampado en la destrucción.

POETA EN EL CUADRILÁTERO

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Cuando se habla de la experiencia pugilística de Cravan, no pocos califican la escisión del personaje como un raro antagonismo: la lucha entre la sensibilidad poética y la brutalidad. No estoy muy seguro de ello. Mas bien —y Winkler coincide— se trata de dos manifestaciones de un mismo fundamento estético y social.

Poco antes de la salida de la revista Maintenant, Cravan —adoptó para tales fines ese nombre, el verdadero era Fabian Avenarius Lloyd, según consta en su partida de nacimiento en 1887— había conquistado la faja de los pesos completos en Francia. Pesaba 105 kilos y medía casi dos metros de estatura. Boxeaba para demostrar que el mismo hombre que hacía tabla rasa de las convenciones espirituales de su tiempo también debía poner en tela de juicio la dimensión física del hombre. Al alma enferma le correspondía un cuerpo listo para exhibirse, golpear y recibir golpes en la infamante arena.

La mayor prueba la dio Cravan en su pelea del 23 de abril de 1916 en la Plaza de Toros de Barcelona, nada menos contra Jack Johnson, el famoso boxeador negro norteamericano, a quien por el color de su piel y haberse casado con una mujer rubia, se le hostigó en su país. Johnson, por cierto, caería rendido en La Habana ante una de las tantas “esperanzas blancas” pocos años después en una pelea a todas luces fraudulenta, como para buscar el perdón.

Lo de Barcelona fue también una farsa. A los pocos minutos, Cravan se derrumbó de un golpe sólido en la oreja. El público abucheó al caído, pidió que le devolvieran el dinero, Cravan había alardeado a más no poder. Era parte de su estilo.

Hay que precisar el talante de Cravan una vez comenzada la guerra. Abandonó París y la revista. Trabajó como fogonero en Australia, chofer en Berlín, vendedor de joyas falsas en Italia. Después del desastre de Barcelona recaló en Nueva York. Allí se vinculó con la vanguardia artística. Marcel Duchamp se había hecho famoso por sus ready made. Cravan llegó con la reputación de ser representante de la transgresión estética europea, de modo que fue invitado a pronunciar una conferencia en la Grand Central Gallery, donde exponían los más jóvenes artistas de la ciudad. No pudo decir siquiera una palabra. Bajo los efectos del alcohol comenzó a desvestirse. Terminó en la cárcel.

SU AMOR POR MINA LOY

La actriz y poeta Mina Loy

La actriz y poeta inglesa Mina Loy

Errabundo en ese país, intimó con el poeta Robert Frost y conoció a una muchacha que decía ser actriz y que más tarde se haría famosa como poeta: Mina Loy. Con ella se instaló en México a fines de 1917. En enero del siguiente año quedaron en reencontrarse en Argentina. Mina tomó un vapor, pero Cravan prefirió alquilar una pequeña goleta y hacerse a la mar.

No se supo más de él. Se perdió en el Golfo de México. Mi amigo Hans Winkler tiene una teoría: “Es posible, que atraído por Cuba, haya desembarcado en la Isla bajo otra identidad. Tengo pistas acopiadas en México que indican esa posibilidad. Sé que ha pasado mucho tiempo, pero si alguien tiene información, sería bueno que te la haga llegar. En Cuba había buen boxeo y eso era tema frecuente en sus conversaciones”.

¿Quién sabe? Todo cabe tras la estela de un poeta que escribió:

“¿Cuál es esta noche mi error? ¿Qué entre tanta tristeza? Todo me parece bello. / El dinero que es real / La paz, las vastas empresas, / Los autobuses y las tumbas; / Los campos, el deporte, las queridas, / Hasta la vida inimitable de los hoteles. / Quisiera estar en Viena y en Calcuta. / Tomar todos los trenes y todos lo navíos, / Fornicar con todas las mujeres y engullir todos los platos. / Mundano, químico, puta, borracho, músico, obrero, / pintor, acróbata, actor; Viejo, niño, estafador, granuja, ángel y juerguista; / millonario, burgués, cactus, jirafa o cuervo; / Cobarde, héroe, negro, mono, Don Juan, rufián, lord, / campesino, cazador, industrial, / Fauna y flora: / Soy todas las cosas, todos lo hombres y todos los animales / ¿Qué hacer?”

Pedro de la Hoz