“Me faltan algunos recuerdos todavía.
Estoy seguro de que existen.”

Albert Camus

 

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“Xanadú”, el barco de los sueños.

Mi viejo siempre me lo decía: “Deberías de llevar un diario personal en el que escribir todas tus aventuras”. Jamás lo hice. Posiblemente porque los papeles y el dinero siempre han sido enemigos naturales míos.

Yo, junto con mis compañeros-amigos-hermanos de la época, entre los que, cómo no, se encuentra mi queridísimo Luis Irles (Lucho 4 friends), tuvimos la suerte de pertenecer a una generación que saboreó la última época romántica de la navegación. Creo que es una generación de marinos, salida de la entrañable “Escuela de Náutica” (ahora se llama algo así como “Facultad Superior de Marina Civil”, nombre rimbombante y cursi donde los haya) de Barcelona, irrepetible.

Podíamos navegar en buques como el “Benito” de casco de remaches y calderas y maquinillas a vapor que, con buena mar hacia sus 9 nudos a toda máquina y si teníamos temporalillo de proa iba hacia atrás. Esto era un problema porque no teniamos congelador, de manera que si nos retrasabamos sobre el ETA (Estimated Time of Arrival, no confundir con la banda terrorista), nos quedábamos cortos de provisiones.

El “Benito” (indicativo de llamada: E A A T) era un viejo carbonero de la “Naviera Astur-Andaluza” y el segundo -después del “Genoveva Fierro”- más antiguo de la flota mercante española. Le habían modernizado la superestructura y tenía un inmenso puente y una amplia estación de radio con material americano de la II Guerra Mundial cuyo transmisor era de onda media solamente.

Yo embarqué en él porque siempre me he sentido hechizado por las antigüedades. Recuerdo que comenté a alguien: “Seguro que el viejo va con pantuflas” y, en efecto, acerté.

Afrodisio, Don Afrodisio, el capitán, ya estaba en edad de jubilarse. Asistía al puente con pantuflas y en su guardia (no llevábamos 1er. oficial) su esposa le hacía compañía tejiendo calceta y escuchando los trinos del canario que, encerrado en su jaula, era un serviola más.

En las maniobras de atraque y desatraque la cubierta se llenaba de vapor, se retiraba el canario del puente para que no se enfermase de una corriente de aire y Don Afrodisio salía al alerón con sus sempiternas pantuflas, boina calada hasta las cejas y una bufanda a cuadros que su esposa previamente le habia suministrado. Y, ¡ay de él que no saliese vestido de esa guisa!, tendria resonando en sus oidos la voz de ella: “Afrodisio ponte la bufanda y la boina que te resfrías..!!!”

Más de una noche, estando yo en estado “traspuesto” (como decia mi abuela) en el catre, he notado las manos de Don Afrodisio y su mujer que, con mucho sigilo habian entrado en mi camarote para arroparme.

Que El Jefe tenga en la gloria a los dos. Se lo merecen por nobles y excelentes personas.

ricksok.gif Ya no recuerdo con exactitud que ruta hacía, pero sé que tocabamos Barcelona, Cádiz, Las Palmas, Casablanca, Gijón y Avilés.

En Casablanca -cuando pregunté por el “Rick’s Café Américain”, unos dijeron no entender y otros se rieron los muy gilipuertas. Sólo hubo una mujer que me comprendió- cargábamos fosfato que impregnaba todo de un polvillo blanco y daba al aire que respirábamos y a la comida un sabor especial.

No sé en qué puerto (creo, pero no estoy seguro, que era Bacilona) lo descargábamos. Lo que si sé es que en Avilés y Gijón cargábamos, como no, carbón para Bacilona y Tarragona y también me acuerdo que para descargar algo menos de 3000 toneladas, estábamos una semana en puerto. Ahora el “Playa de Alcudia”, carbonero de línea regular entre Tarragona y Alcudia lo hace en horas, poquísimas horas.

Durante la estancia, todas las noches a las 21:00 hrs, se desconectaba el auxiliar quedando todo el barco en la más completa de las tinieblas. Nos teníamos que alumbrar con una lámpara de carburo que cada tripulante tenía en su camarote. Fantástico!!!

Una noche, estando atracados en el puerto de La Luz y al regresar al barco me encontré a pie del mismo a varios vehiculos de la Policia y Guardia Civil.

Más tarde me enteré del motivo: Al parecer, el nostramo al ir a acostarse en su litera del sollado de marinería donde dormian todos ellos -no como ahora que cada tripulante tiene su camarote particular-, un marinero que era “monflorón” se le insinuó y el nostramo -que era una especie de Urtain pero a lo bestia- lo había corrido por todo el barco con un machete y en “traje de nacimiento”. Pobre infeliz, gracias a que se alertó a la policia. Si lo llega a pillar, las hamburguesas del McDonalds son ladrillos en comparación con la blandita pulpa que hubiese quedado del desgraciado. Ya lo dice el refrán: “Un gustazo, un trancazo” o “Cuidará el monflorón de hacer bien su elección”. Elección escrita con L de Logroño para los que no les gusta lo que rima con el nombre de dicha ciudad.

Tenía el “Benito” -como casi todos las barcos de su época- una cámara de madera de caoba (toma del frasco, Carrasco!!) y los domingos, para almorzar la consabida paella-de-barcos-españoles el camarero nos la servía en la vajilla de la armadora con cubiertos de plata. A ver quién es el guapo que me diga que hoy en día se hacen cámaras así, damned plastics!!.

Entonces las tripulaciones no estaban sometidas a la tremenda presión de hoy en día. Puedo dar fe de un car-carrier (buque transporte de automóviles) que llegó al puerto de Tarragona programado como si fuese un avión de pasaje. Habia salido de un puerto de Japón y el capitán tenia instrucciones de llegar a su destino a una fecha y hora especificadas, descargar los vehículos, salir sin demora y llegar a Livorno a tiempo de descargar los autos restantes. El pobre estaba “al borde de un ataque de nervios”.

Sin embargo, yo he esperado un mes la llegada de los atuneros al puerto de Ponce, Puerto Rico. Un mes en Rio de Janeiro (casi nada) a bordo de un viejo y marinero “Liberty” y otros quince días en Santos. Claro que para una persona soltera era maravilloso (salí a navegar con tres meses de nómina en el “debe”) pero para un casado era un suplicio el no poder salir a tierra tanto como hubiese deseado por temor a gastar más de lo previsto.

POR LOS MARES DEL SUR

Cuando, después de un largo vuelo con escalas en París y los Angeles, llegamos al aeropuerto de Papeete (Tahiti) Agustín Oleaga y yo para incorporarnos al “Pacific Star”, nos estaba esperando Fernando Clariana (q.e.p.d,), el 1ro. de abordo.

Al bajar las escalerillas del avión lo primero que me impresionó fue pensar que mis sueños de niño iban a hacerse realidad. Iba a pisar parte del escenario del drama de la “Bounty”. Después tuve que acostumbrar mis ojos a esa luminosidad, a esa lujuria de luz y colores mezclada con perfumes que irritaban la pituitaria y…algo más.

 

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Unas bellisímas tahitianas nos estaban esperando a pie de escalerilla para darnos la bienvenida, y a medida que ibamos pasando nos ponían un collar de flores e iban recitando el “Iaoranna”.

Cuando le preguntamos a Fernando dónde estaba el resto de la “tropa”, nos contestó que en el camarote durmiendo, pues la noche anterior habia habido “verbena” y estaban reponiendo fuerzas para hacernos a la mar esa misma tarde. Fernando, con ojos inyectados en sangre, nos indicó el vehículo donde teniamos que dejar las maletas. Era éste un viejo Peugeot 403 que habia comprado el “grupo golfo” de la oficialidad. Nosotros allí mismo le pagamos en dolares nuestra parte aliquota y entre bromas y preguntas acerca de Barcelona (en aquél entonces “Bacilona”) y amigos comunes llegamos a pie de barco.

El “Pacific Star” no era un barco común. Con sus ciento-y-pocos metros de eslora y capacidad para 125 pasajeros más bien parecía un yate de gran calado que un barco de pasaje. Yo me encariñé con él desde ese momento.

Y creo que algo así les ha pasado a todos los que antes o después -y bajo diferentes nombres- navegaron en el mismo. Lucho lo hizo posteriormente, cuando “tocaba” las Galápagos” con el nombre de “Xanadú”.

Papeete, la capital de la Polinesia Francesa, era por aquellos dias una tipica ciudad colonial de no mas de 50,000 habitantes (ahora van por los 250,000 o más) y nuestro barco, al hacer tambien de correo entre islas, era muy popular…en especial entre las tahitianas. Tengase en cuenta que menos algún que otro que rondaba los 40, toda la tripulación, marinería y oficialidad tenían edades comprendidas entre los 20 y 30 años (el capitán sólo tenia 25 años, igual que yo) y además… solteros!

thaitigirls.gifMe sorprendió ver a todo el mundo llevando puestas unas camisetas estampadas con el nombre del barco y un mapa con las islas que “tocabamos”: Tahiti, Moorea, Bora-Bora, Raiatea, Huahine, Mauki y Maupiti, si mal no recuerdo. Me explicaron que un chino espabilado (como todos ellos) las habia hecho imprimir y las vendia en su tienda. Por descontado que yo tambien me compré algunas.

El “Pacific-Star” llevaba pasaje estadounidense principalmente, tenía como puerto-base Papeete y desde allá hacia el recorrido por las mencionadas islas. Sólo navegábamos horas y hacíamos noche en cada una de ellas.

El “round trip” o crucero era de una semana.

Teníamos la ventaja de que, al tener tan poco calado, el barco podía atracar en los muelles (donde existían, claro) preparados para los dos únicos barcos que, por aquél entonces, hacian el recorrido por las islas una vez al mes: el “Tiare Taporo” y el “Temehani” de 500 trb cada uno y que transportaban los productos de primera necesidad junto con tahitianos y sus animales. En el resto de islas -como Raiatea- fondeabamos y llevabamos el pasaje a tierra en lanchas.

La arribada a cada isla era un espectáculo, pues era el nuestro, el único barquito de pasaje que veía aquella gente y nos estaban esperando para darnos la bienvenida hombres, mujeres, niños, perros y cerditos….

Pero sobre todo muchas tahitianas jóvenes (y no tan jóvenes) con sus flores en el pelo y que nos llenaban el cuello con collares hechos de conchas marinas.

Al ser nuestro barco de mayor eslora que los susodichos “Temehani” y “Tiare Taporo” y al estar los pantalanes construidos especialmente para ellos, cuando amarrábamos, los largos se daban a los cocoteros y al tener tan poco franco-bordo no podias dejar abiertos los portillos porque corrias el riesgo de que al abrir la puerta de tu camarote, te encontrases dos o tres tahitianas dentro y que, con una risa irresistible. Te invitaban a… que las llevases contigo y claro, si tu ya traías tu “ligue”, se producia una situación un tanto a lo “principe del harén”.

Bueno, colegas, estaria semanas contando cosas, pero Kronos tiene la palabra ahora, de manera que, como en los seriales y si no os aburro (nunca me gustó esa palabra, será que recuerda a un animal), seguiré comentando alguna que otra cosilla.

“To be continued”

Un abrazo a todos, y que El Jefe os bendiga.

Tony Tarazona, Loboseadog

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