El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman –autor de una extensa obra entre la que destaca “La modernidad líquida”– falleció el pasado lunes, 9 de enero, a los 91 años en Leeds, Inglaterra. Con su muerte, desaparece uno de los intelectuales europeos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos; un pensador que transmite un cierto sosiego en un mundo cada vez más gris.

Leí a Zygmunt Bauman por primera vez en el verano del 2002, cuando aún mantenía yo la esperanza de encontrar una explicación clara e inteligente que me ayudara a moderar la antipatía que siento hacia la sociedad actual, una sociedad en la que el capitalismo salvaje y globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial. Empecé por “El malestar de la posmodernidad”, que me gustó mucho. En contraste con el clásico de Freud, “El malestar en la cultura”, aquí el filósofo polaco sostiene que la inseguridad y el miedo a los rápidos cambios en la sociedad contemporánea marcan el deseo de libertad que caracteriza a nuestro tiempo, y también la dificultad que tenemos para encontrarla.

Poco después, leí la que para mí es su mejor obra: “Ética Posmoderna”. En ella, Bauman sostiene que para renovar la forma en que vemos nuestra vida juntos, tenemos que rehacer de nuevo el significado de muchos conceptos. Uno de ellos sería el de ‘moral’, sin duda, cada vez más desgastado. Estoy de acuerdo con esto: o abandonamos el sentido que la sociedad le ha dado a esta palabra, o seguiremos siendo testigos de muchos crímenes de odio.

También ‘devoré’, con verdadera fruición, su conocida trilogía: “La modernidad líquida”, “Amor líquido” y “Vida líquida” y, más tarde, “La cultura como praxis”, “La globalización: consecuencias humanas”, “En búsqueda de la política”, “La sociedad individualizada” y “Vidas desperdiciadas”. En cualquier caso, debo confesar que no llegué a encontrar en la extensa obra de Bauman todas las explicaciones que yo buscaba para quitarme ese malestar que no me abandona. Más bien se acrecentó cuando leí su libro “Modernidad y Holocausto”, en el que se diferencia de muchos otros pensadores que veían la barbarie del Holocausto como un fracaso en la modernidad.

Seguramente no voy a encontrar las respuestas que busco en el resto de su obra, pero reconozco que sus libros están repletos de observaciones muy lúcidas, de una gran valentía intelectual para enfrentarse a cuestiones muy sensibles y, sobre todo, porque brindan un poco de consuelo ante un mundo cada vez más deplorable. También es un momento para observar la increíble coherencia de su pensamiento: alguien que vio la fluidez contemporánea y la situó como una de los pilares de su pensamiento sólo podía dejar de escribir cuando la muerte se lo impidiera. Y eso es lo que acaba de ocurrir.

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