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Hace casi veintiséis años que nos dejó Miles Davis, pero los amantes del jazz lo seguimos considerando el genio más grande que ha dado la música afro-americana. Y nos es ésta una apreciación subjetiva, ya que toda la crítica especializada llegó a la misma conclusión tras presenciar los conciertos que el gran quinteto de Miles ofreció en el Plugged Nickel Club de Chicago, los días 22 y 23 de diciembre de 1965. “Es lo más emocionante que he escuchado en mi vida. El trompetista Miles Davis se ha convertido ya en un símbolo para muchos, y no sólo por su música…”, escribió al día siguiente Albert Russell en las páginas del “Chicago Tribune”.

Precisamente estuve viendo anoche ‘Miles Ahead’, la película que ha realizado Don Cheadle para mostrar en ella su pasión por uno de los músicos más importantes que ha tenido el siglo XX. En mi opinión, el film solo brinda unas cuantas sugerencias cuya complejidad no está bien servida, un guión excesivamente simple y unos personajes demasiado esquemáticos. Debo confesar, sin embargo, que muchs de sus secuencias lograron emocionarme, especialmente la de su memorable “Kind of Blue”, donde Miles le arranca a su trompeta las más bellas y sugerentes notas que se pueden escuchar en toda la historia del jazz. Unas notas impregnadas de tristeza y melancolía que te llegan directamente al alma.

Miles Davis –con su Kind of Blue— cambió la historia del jazz con un disco que ha pasado a la posteridad como su mejor obra y que, precisamente, fue reeditado para conmemorar así los cincuenta años transcurridos desde su grabación original: “Kind of Blue”. En esta impresionante obra, Miles contó con la colaboración de dos grandes saxofonistas: John Coltrane –un experimentador con tendencias barrocas– y Cannonball Adderley, un maestro del blues. Ante el piano se sentaba el admirable Bill Evans, un músico intelectual de la escuela europea que consiguió trasladar al jazz el espectro sonoro de algunos compositores impresionistas, tales como Maurice Ravel y Claude Debussy. No cabe duda que la aportación de estos músicos tan aparentemente dispares (que incluía además al baterista Jimmy Cobb y al contrabajista Paul Chambers) produjo uno de los discos de jazz más admirados de todos los tiempos.

Su paso por París

Miles Davis nos dejó un enorme legado musical –tal vez más apreciado en Europa que en los propios Estados Unidos– producto de su incesante búsqueda de nuevas expresiones y acentos dentro de lo que yo denominaría “el jazz existencial”, y desde luego, la proeza de haber sido –además de un prodigioso instrumentista– el creador de la más bella y profunda corriente del jazz contemporáneo.

Davis triunfó plenamente en Europa, sobre todo en Francia, país al que volvió en 1957 cuando estaba en la cúspide de su carrera. Su popularidad allí era cada vez mayor y había sido invitado para ofrecer una serie de conciertos en París. En el eropuerto le esperaba el genial director de cine Louis Malle, amigo suyo y a la vez uno de sus más grandes admiradores. Y tal vez fue el cineasta francés –más que el esquemático Don Cheadle– el que logró consagrar a Miles en el cine, ya que precisamente rodaba en aquellos días su extraordinario film “Ascenseur pour L’echafaud”.

Malle aprovechó el viaje de Miles para pedirle que compusiera e interpretara la banda sonora de la película. Y el músico, por supuesto, aceptó de inmediato. Increiblemente, durante la madrugada del 4 de diciembre, en unas pocas horas, y sin una clara idea musical en la que basarse, surgieron las improvisaciones a partir de la visión de algunas secuencias de la película, de las sugerencias del director francés, y de los pocos acordes que Miles interpretaba como soporte rítmico. El resultado fue una auténtica obra maestra y un ejemplo de cómo la música –improvisada en este caso por un genio– puede añadir una extraordinaria fuerza expresiva a un film dirigido por otro genio.

Mr. Arriflex

Ascensor para el cadalso

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