‘Volar en círculos’ es el título de las esperadas memorias de John Le Carré, uno de los escritores más leídos del pasado siglo. Sus novelas ambientadas en el embrollado mundo del espionaje durante los años perversos de la Guerra Fría –tales como El espía que volvió del frío, El topo, La gente de Smiley— son también conocidas mundialmente gracias a las numerosas adaptaciones cinematográficas y televisivas que se han hecho de ellas.

Más de medio siglo después de publicar su primera novela, “Llamada para un muerto” (1961) –y de vender millones de ejemplares en todo el orbe–, el gran escritor británico decidió compartir con sus lectores aspectos de su vida. Lo hizo tras muchos años de ir ofreciendo con cuentagotas pequeños datos sobre su época de agente del MI5 y del MI6.

¿Qué suelen esperar los lectores de las memorias de un escritor que, en principio, ha tenido una vida de lo más movida, como es el caso de Le Carré, que fue espía antes de que escritor y que, gracias a su fama y también a su curiosidad, ha viajado por todas partes y ha tratado personas de toda especie y pelaje? Yo diría que esperan, sobre todo, tres cosas: la posibilidad de al menos atisbar la cara del hombre que se esconde tras la máscara del escritor, la oportunidad de descubrir los hechos auténticos y las personas reales que ha utilizado como materiales en bruto para sus ficciones y, last but not least, un anecdotario diverso y curioso, entre pintoresco y dramático. En ‘Volar en círculos’ todas esas espectativas se cumplen ampliamente.

Camuflar la persona

El hombre llamado Le Carré, en cambio, sólo se muestra tangencialmente y con reservas. No deja entrever casi nada sobre su ideología, aunque trata temas de actualidad como el espionaje de la NSA y Guantánamo. Tampoco habla abiertamente de su vida afectiva ni declara nada sustancial sobre su formación intelectual y literaria. De la época más misteriosa y, en teoría, más jugosa de su biografía, él cuenta el malestar que sus primeras novelas causaron a sus colegas –por la imagen de incompetencia y falta de piedad que ofrecían– y hace el siguiente comentario: “Sobre mi trabajo para la Inteligencia Británica, ejercida sobre todo en Alemania, no quiero añadir nada nuevo a lo que ya han informado otras personas en otros lugares, y de manera poco rigurosa por cierto”. Sólo hay un aspecto personal que trata a fondo: su padre, un estafador carismático, manipulador y peligroso, que lo marcó de una manera perenne y turbia. Más allá de esto, sin embargo, todas las cuestiones íntimas y personales están cubiertas por un velo de secretismo, a menudo irónico y en ocasiones presumido. Lo más curioso, sin embargo, es que, a pesar de que se esconde constantemente tras la roca, el lector siente que Le Carré está siendo sincero y que realmente está explicando quién es y cómo ha sido su vida. ¿Paradójico? En absoluto. Esto se llama ser un buen novelista.

Hay que tener en cuenta el subtítulo del libro, ‘Historias de mi vida’, porque avisa de entrada que Le Carré –seudónimo de David Cornwell– ha optado por construir las memorias no siguiendo el orden cronológico sino trepando una serie de escenas o de relatos que funcionan autónomamente (algunos aparecieron previamente en prensa, y ahora han sido recuperados). Esta opción formal episódica da vistosidad y una agilidad trepidante al conjunto, pero de vez en cuando también da la sensación de que el autor tiene tantas cosas que contar que algunas las despacha con una excesiva prisa. Sea como sea, desear que un libro de más de 400 páginas tenga unas cuantas más no deja de ser una muy buena señal.

Como no podía ser de otro modo, la fauna humana que llena las páginas de ‘Volar en círculos’ es sorprendente. Le Carré cuenta anécdotas fantásticas –y muy reveladores– sobre políticos (Thatcher, Cossiga, Arafat…), escritores (Joseph Brodsky, Graham Greene, Stephen Spender), magnates de la comunicación (Rupert Murdoch), iconos de la paz (Sajarov), heroínas humanitarias anónimas (Yvette Pierpaolo) y, en especial, gente del cine. Los episodios que dedica a Richard Burton, Martin Ritt, Alec Guinness, Francis Ford Coppola, Sydney Pollack, Stanley Kubrick, Fritz Lang y compañía convierten estas memorias en un festín para los cinéfilos. Es un festín, además, que está escrito con la viveza, la precisión, la gracia y el colorismo propios de un narrador excepcional.

Mr. Arriflex

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