Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

La razón principal por la que nadie lee hoy Kircher es que escribió mucho de casi todo. Se calcula que sus libros contienen unas siete millones de palabras en latín. Las traducciones al español son, por otra parte, muy escasas y esporádicas. Hay otra razón importante: una percepción generalizada de que muchos de los temas sobre los que escribió estaban equivocados. Es cierto que muchas de las ideas de Kircher –los nudos secretos de la influencia cósmica, el esperma universal o el vacío de las montañas– no resisten la prueba del tiempo. Kircher estaba inmerso, como todos sus contemporáneos, en la magia y la superstición del período pre-científico. Pero, sin duda, era un hombre muy brillante y extremadamente erudito, cuyas enciclopédicas obras, bellamente ilustradas, –tal es el caso de Ars Magna Lucis y Umbrae, Musurgia Universalis  y Mundus Subterraneus— sirvieron como puntos de referencia del conocimiento de la época. Los grandes sabios e intelectuales de entonces, gente como Descartes, Leibniz, Huygens, Boyle y Hooke, contendieron con sus escritos en una forma u otra.

La prosa de Kircher, no precisamente escasa, frecuentemente aspiraba a una especie de mística grandeza. ¿Por qué, por ejemplo, el cielo es azul? Según él, debido a que el azul es un color “a través del cual la visión ininterrumpida puede contemplar el espacio más agradable de la Cielos. La luz misma, mientras tanto, “lo atraviesa todo” y “por eso, atravesando, forma y lo forma todo; apoya, recoge, une, separa todo. Todas las cosas que existen o están iluminadas o crecen calientes o vivas, o son engendradas, o liberadas, o crecen mayores, o son completadas o se mueven y se convierten en sí mismas”.

Las tendencias poéticas de Kircher encontraron su máxima expresión en sus erróneas “traducciones” de las inscripciones jeroglíficas egipcias. Edipo Aegyptiacus, su tomo de 2.000 páginas sobre el tema, fue publicado a principios del año 1650, después de dos décadas de trabajo. Según una de las últimas interpretaciones sobre este trabajo de Kircher, una determinada sección del obelisco egipcio –actualmente en la Piazza Della Minerva en Roma– tiene relación con la forma con la que el espíritu supremo infunde su virtud en el alma del mundo sideral, que es el espíritu solar sujeto a él, de donde proviene el movimiento vital en el mundo material o elemental, la abundancia de todas las cosas que hace surgir la variedad de especies sobre la Tierra.

Espejos y rayos utilizados por naves romanas, explorados e ilustrados por Kircher

Tal vez fue en esta etapa de su vida en la que Kircher se labró una reputación como un autor en el que no siempre se podía confiar. Descartes, por ejemplo, se sintió contrariado por la afirmación de Kircher en su ‘Magnes, Arte Magnetica de que una semilla de girasol podría mover un reloj –basado en su innata sensibilidad a la magnética atracción del sol. La idea era absurda, pero no tan absurda para que Descartes no lo intentara él mismo. “Dispuse de suficiente tiempo libre para hacer el experimento”. Escribió en una carta, “pero no funcionó”.

A pesar de las exageraciones e incluso las invenciones, Kircher escribió sólo un libro que con razón podría ser llamado una obra de ficción, y que fue ‘Itinerarium Exstaticum’. En ese momento, Kircher quería centrar la discusión sobre todas las nuevas observaciones astronómicas ofrecidas por el telescopio, pero un tratamiento escasamente crítico con la nueva astronomía podría crearle problemas con la Inquisición, e incluso terminar en la hoguera. Así que lo escribió como una obra de ficción –la historia de un sueño cósmico en el que un ángel llamado Cosmiel conduce el soporte ficticio de Kircher, un sacerdote nombrado Theodidactus (“enseñado por Dios”), en un vuelo edificante a través de los cielos.

No hay mucha duda, por cierto, de que Kircher creía secretamente en el modelo del universo de Copérnico. Pero su opinión no se basaba únicamente en la evidencia astronómica. Un sistema centrado en el sol también le daba mucho más sentido místico “Toda la masa de este globo solar está imbuida con un cierto poder seminal universal “, explica Cosmiel sobre el Sol. “Esto fluye y afecta a todos los planetas por radiante difusión”. Se puede afirmar, al leerlo, que Itinerarium Exstaticum representó un paso importante hacia la ciencia ficción moderna. De hecho, y aunque la estatura científica de Kircher en gran parte se haya desvanecido, su trabajo influenció a muchos grandes escritores y artistas, incluyendo a Sor Juana Inés de la Cruz, Edgar Allan Poe, Julio Verne, Marcel Duchamp y Giorgio De Chirico, entre otros.

 

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