‘The Rope Dancer Accompanies Herself with Her Shadows.’ Man Ray, 1916

A raíz de mi visita a la reciente exposición “Dalí, Duchamp, Man Ray. Una partida de ajedrez”, organizada por el museo de Cadaqués, y en la que a través de fotografías, pinturas, esculturas, dibujos, grabados y manuscritos se muestra la relación entre estos tres artistas universales y su vínculo con la maravillosa localidad de la Costa Brava catalana donde solían veranear juntos, me ha parecido oportuno rescatar estas notas sobre Ray publicadas hace ya algunos años en este mismo blog.

Y es que para mí, Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.

No desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.

Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos –de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir– y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.

Fotógrafo enigmático, incansable e inquieto, no se conoció oficialmente su verdadero nombre –que era Emmanuel Radnitsky– hasta su muerte en 1976. Así mismo, y por su expreso deseo, se evitó publicar durante mucho tiempo el epitafio que figura en su tumba del parisino cementerio de Montparnasse: “Man Ray, despreocupado pero no indiferente”.

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