La literatura infantil y juvenil en los países hispanohablantes está considerada como un subgénero literario que los escritores y críticos pasan por alto con pleno convencimiento. Cierto es que muy pocos deben tener recuerdos gratos de lecturas de libros infantiles en su propia niñez: estaban los cómics de mal gusto y tan alienantes como para considerarlos peligrosos para la “salud mental” de las víctimas (hoy sucede lo mismo) y los textos edificantes —donde en cada página se levantaba un dedo moralizador, amenazante— que ayudaban a aprender la lección del colegio. Obviamente, estos géneros no podían despertar ningún entusiasmo, ninguna afición a la lectura.

La últimas encuestas del CIS sobre hábitos de lectura en España –país al que, paradójicamente, se le considera una potencia editorial– han vuelto a dar un resultado alarmante: el 40% de la población reconoce que no lee nunca un libro o prácticamente nunca. Me parece una cifra suficientemente elocuente como para insistir en hechos elementales: hay que dedicar más atención al campo de la literatura infantil, estimular la lectura desde muy pequeño, familiarizar al niño con el libro como objeto bello y divertido, crear bibliotecas públicas, crear bibliotecas en los colegios, crear bibliotecas ambulantes, separar tajantemente la pedagogía de la literatura infantil y difundir un hecho aparentemente poco conocido: la literatura infantil es una diversión, una pasatiempo agradable.

¿Y qué es entonces esta literatura infantil y juvenil? Mi respuesta es que se trata de literatura a secas, como la novela policíaca, bien hecha, es literatura. Una prueba para ver si un libro “infantil” es bueno o no, consiste en leerlo uno mismo: si se divierte, la respuesta es positiva, si se aburre, es negativa.

Hay varias maneras de interesar a los adultos. Y hay que interesarlos, porque los niños no disponen generalmente de dinero para poder comprar libros; ¿cuántos niños habrán entrado alguna vez en una librería? ¿Dónde encontrarán fácilmente el rincón dedicado a sus libros?

Se puede reflexionar sobre la necesidad de crear hábitos de lectura y leer y discutir con los niños los textos, escoger libros no pedagógicos, no didácticos, no moralizantes sino aquellos que tienen calidad literaria y tratan problemas contemporáneos. Cualquiera puede disfrutar de la lectura de un cuento de hadas que, como lo ha demostrado Bruno Bettelheim recientemente, son una práctica muy necesaria para poder solucionar conflictos emocionales y sociales. También sirven para evocar pueblos lejanos, e ir conociendo sus costumbres y mitos.  Los niños –está más que probado– suelen ser lectores muy críticos, pero en cambio su acogida es muy alentadora. Grandes escritores han escrito grandes obras infantiles: pienso en Bashevis Singer, Böll, Buzzati, Dahl, Durrell, Kästner, Twain… faltan buenos originales, y faltan más editores de libros infantiles.

LAS PERSPECTIVAS DEL LIBRO INFANTIL, SEGÚN WALTER BENJAMIN

Muchas de las personas que conocieron a Benjamin más de cerca relatan la fascinación que ejercieron sobre el filósofo judío-berlinés los viejos libros para niños, los jeroglíficos o los textos de emblemas y de enigmas, que constituyeron una verdadera obsesión psicológica que rozó la bibliomanía y que, por lo demás, se ubicaba en el trasfondo de una tradición familiar de coleccionismo. Reproducimos a continuación un fragmento perteneciente a los escritos recopilados en 1969 por la Suhrkamp Verlag de Frankfurt am Main con el título de “Über Kinder, Jugend und Erziehung”.

FRENTE A UN MUNDO DE SUEÑOS
Walter Benjamin

En un cuento de Andersen se habla de un libro infantil con ilustraciones, que se había adquirido por “La mitad de un reino”. En él todo estaba vivo. “Los pájaros cantaban y las personas salían del libro y hablaban”. Pero cuando la princesa pasó la página, “para no alterar el orden, estos personajes volvieron a entrar inmediatamente en él”. Gracioso e indefinido como tantas otras cosas que había escrito, esta pequeña poesía pasa por alto lo que realmente es importante. No son las cosas las que salen de las páginas hacia el niño que está hojeándolas, sino que es él mismo quien entra en ellas desvaneciéndose como si fuera una nube que se llena de resplandecientes imágenes de color. Con su libro para colorear convierte en realidad el arte de la perfección de Tao. Domina la perspectiva, y entre telas de color y distintos encuadres multicolores, se sumerje en un escenario donde vive en cuento de hadas. Hoa, en chino “lavar con tinta china”, es equivalente a kua, “añadir: se añaden cinco colores a los objetos. “Aplicar” colores, se dice en alemán. En este mundo permeable, cubierto de colores, donde paso a paso se transforma todo, se considera al niño un compañero de juegos. Adornado con todos los colores, que absorbe leyendo y mirando, participa de una mascarada. Leyendo —porque también las palabras acuden a esta mascarada, participando en ella, arremolinándose como copos de nieve. “Príncipe es una palabra atada a una estrella”, dijo un niño de siete años. Los niños cuando inventan cuentos son directores artísticos que no admiten la censura del “sentido”. Esto puede probarse fácilmente. Si se les indican cuatro o cinco palabras y se les pide que construyan rápidamente una frase, aparecerá la prosa más sorprendente. No perspectiva, sino guía del libro infantil.

De un golpe, las palabras se disfrazan y están implicadas en luchas, escenas de amor o peleas. Así escriben sus textos los niños, pero también así los leen. Y existen extraños y apasionantes cartillas de lectura que juegan con las ilustraciones. se produce en la lámina de la “A” un idilio que parece muy enigmático, hasta que se descubre que se han reunido en ella las palabras abuela, águila, albóndiga, aleta…. Las imágenes de este tipo, los niños las conocen tan bien como los bolsillos de sus trajes, dándoles la vuelta exactamente igual, sin olvidarse el rincón o hilito más pequeño. Y si en los grabados de cobre coloreados, la fantasía del niño se sumerge en sí misma ensoñada, el grabado de madera en blanco y negro, con su imagen realista y prosaica, le devuelve a la realidad. Con la invitación urgente a la descripción que guardan las imágenes, se despierta la palabra en el niño. Pero cuando describe estas imágenes, efectivamente las emborrona. A diferencia de cualquier plano de colores, el suyo sólo existe alusivamente y sólo es capaz de una cierta condensación. Así, el niño inventa. Y con las palabras aprende al mismo tiempo que el lenguaje al escritura: los jeroglíficos, en cuyos signos aún hoy se da significado a las cosas: huevo, sombrero… El verdadero valor de estos libros infantiles, con gráficos sencillos, está muy lejos de la drástica estúpida por la que la pedagogía racionalista los recomendada.

De modo menos sistemático, más caprichoso y más salvaje, el niño sigue el acertijo gráfico del “ladrón”, del “alumno perezoso” o del “Maestro escondido”. También estas imágenes, que se parecen a los dibujos contradictorios e irrealizables que hoy en día se usan como tests, sólo son una mascarada, alegres farsas improvisadas en las cuales las personas se ponen boca abajo, meten piernas y brazos entre ramas y se cubren con el techo de una casa que les sirve de abrigo. Este carnaval se encuentra hasta en los espacios más serios de los libros de lectura y las cartillas del abecedario. Renner publicó en Nürnberg, en la primera mitad del siglo pasado, una serie de 24 láminas donde las letras mismas aparecían disfrazadas, si es que puede decirse así. La “F” aparece disfrazada de franciscano, la “O” de oficinista, la “P” de portaestandarte. El juego gustó tanto, que hasta hoy pueden encontrarse estos viejos motivos con todo tipo de variaciones. Al final, el Rebus pone fin a este carnaval de palabras y letras. Él es el desenmascarador: del desfile brillante sale al encuentro del niño el proverbio, el razonamiento sencillo. Este Rebus (curiosamente antes se consideraba derivado de rever y no de res) tiene un origen de lo más noble, desciende directamente de los jeroglíficos del Renacimiento y de uno de sus grabados más valiosos, la Hypnerotomachia Poliphili, que es, en cierto modo, su certificado nobiliario. En Alemania quizá nunca alcanzó el grado de difusión que tuvo en Francia, donde hacia 1840 se pusieron de moda unas encantadoras series de obleas cuyo texto consistía en escritos ilustrados. A pesar de todo, también los niños alemanes tenían bonitos libros “pedagógicos” de Rebus.

A finales del siglo XVIII como máximo, surgen los “Proverbios morales del libro de Jesús Sirach para niños y jóvenes de todas las clases, con ilustraciones que expresan las palabras más nobles.” Este texto está delicadamente grabado en cobre, y todos los sustantivos que lo permiten han sido sustituidos por hermosas imágenes de carácter real o alegórico. En 1842, Teubner publicó tina “Pequeña biblia para niños” con 460 ilustraciones de este tipo. Y como anteriormente, se dedicaba en el libro infantil tanto espacio al trabajo manual como a la reflexión y la fantasía. Un ejemplo son los libros ilustrados con escenas transformables (que fueron los que más rápido degeneraron y que tanto como género como por la escasez de ejemplares parecen haber tenido una existencia muy fugaz). Una pieza encantadora fue el “Livre jou-jou” que, posiblemente en los años cuarenta, publicó Janet en Paris. Se trata de la historia de un príncipe persa. Todas las peripecias de su historia están representadas en imágenes, y cada acontecimiento agradable y salvador surge como por arte de magia cuando se mueven las tiras del margen.

De estilo similar son los libros en los cuales las puertas, cortinas, etc. de las ilustraciones son desplegables, apareciendo tras ellas pequeñas imágenes. Y finalmente, así como las muñecas recortables, tienen su historia (“Las transformaciones de Isabel o la niña de los seis disfraces”. Un divertido libro para niñas, con siete grabados coloreados y movibles, Viena), también aparecen libros con aquellas bellas láminas que incluían figuras de cartón fijadas a unas hendiduras disimuladas y que podían combinarse de las más diversas maneras. Así se podía configurar un paisaje o una habitación según las diferentes situaciones de un cuento. A los pocos sin embargo que siendo niños —o quizás como coleccionistas— tuvieron la suerte de encontrar un libro de magia o de misterios, todo esto les parecerá insignificante. Estos ingeniosos volúmenes mostraban sucesiones de imágenes variables, según la posición de la mano que los hojeaba. Al experto que lo manejaba con habilidad, una obra de este tipo le mostraba diez veces la misma imagen combinando siempre diferentes páginas, hasta que la mano variaba de posición y, corno si el libro se hubiera transformado, aparecen otras tantas imágenes totalmente diferentes. Un volumen de este tipo parece contener sólo un jarrón de flores, pero de repente muestra después una cara de diablo, luego papagayos, a continuación hojas blancas o negras, un molino de viento, un bufón, un pierrot, etc.

Otro mostraba, según se hojeara, series de juguetes, dulces para el niño bueno, y cuando se manejaba el libro de oráculos de otra forma, varios instrumentos de castigo y caras horribles para amedrentar al niño malo. El apogeo del libro infantil en la primera mitad del siglo pasado no solamente surgió de la orientación concreta de la pedagogía (y que supera el de hoy en algunas cosas), sino también el momento de la vida burguesa de aquellos días. En una palabra: de la época Biedermeier. Existían editores en las ciudades más pequeñas, cuyos productos eran tan encantadores como los modestos muebles de entonces, en cuyos cajones han dormido durante cien años. Por esto no sólo existen libros infantiles en Berlín, Leipzig, Nürnberg, Wien; para el coleccionista, nombres como Meissen, Grimma, Gotha, Pirna, Plauen, Magdeburg, Neuhaldensleben, suenan más prometedores como lugares editoriales. En casi todos trabajaron ilustradores que en su mayoría permanecieron en el anonimato.

De vez en cuando se descubre a uno de ellos y se escribe su biografía. Así pasó con Johann Peter Lyser, pintor, músico y periodista. El libro de fábulas de A. L. Grimm (Grimma 1827) con ilustraciones de Lyser, el Libro de cuentos de hadas para hijos e hijas de las clases cultas, Leipzig 1834, texto e ilustraciones (Grimma o.J.), texto de A. L. Grimm, ilustraciones de Lyser, contienen sus mejores trabajos para niños. El colorido de estas litografías palidece frente al ardiente Biedermeier, y se adapta mejor a los jóvenes demacrados, a veces acongojados, al paisaje lleno de sombreas, al ambiente del cuento de hadas, que no está libre de toques irónico-diabólicos. El arte manual de estos libros está completamente ligado a la vida cotidiana pequeño burguesa, y por tanto no se disfrutaron sino que se emplearon como recetas de cocina o como proverbios. Lo que en la época del romanticismo se soñaba de modo exagerado, aquí se representa en su vertiente más popular, casi infantil. Por esto Jean Paul es su patrón.

El mundo de hadas de sus relatos se expresa en aquellas imágenes, cuyo mundo de colores, brillante, autosuficiente, no se aproxima a ninguna otra obra tanto como a la suya. Porque su ingenio se halla tanto en el color como en la fantasía, más que en la fuerza creativa. Para ver los colores, la intuición de la fantasía, en oposición a la imaginación creativa, se descubre como un fenómeno instigador. A toda forma, a todo contorno que el hombre percibe, él mismo corresponde con la capacidad de reproducirlo. El cuerpo bailando, la mano pintando, lo reproduce y se apropia de él. Esta capacidad tiene sin embargo sus límites en el mundo del color; el cuerpo humano no puede producir el color. No lo crea, sino que lo recibe: en el coloreado y brillante ojo.

Antropológicamente hablando, la visión es también la línea divisoria de los sentidos, al percibir forma y color simultáneamente. Y así le pertenece por un lado el patrimonio de las correspondencias activas: la visión de la forma y el movimiento, el oído y la voz; por el otro, las pasivas: la visión del color pertenece al ámbito de los sentidos del olfato y el gusto. El lenguaje mismo hace del grupo de la visión, el olfato y el gusto una unidad válida tanto para el objeto (intransitivo), como para el sujeto (transitivo). Para decirlo brevemente: el color puro es el medium de la fantasía, el castillo en el aire del niño juguetón, y no la rigurosa norma del artista constructor. Esto está relacionado con su efecto sensual y moral, que Goethe concibió en un sentido totalmente romántico. “Los colores transparentes no tienen límite, ni iluminados ni a oscuras, como fuego y agua pueden ser contempladas su altura y profundidad… La relación de la luz con el color transparente es, cuando se profundiza en ella, inmensamente seductora, y la iluminación de los colores, la mezcla entre si, y su reaparición y desaparición, es como recuperar el aliento pausadamente de eternidad a eternidad, desde la luz más clara hasta el silencio solitario y eterno de los tonos más bajos. Los colores opacos, por el contrario, son como flores que no se atreven a medirse con el cielo, pero que tienen relación con la debilidad por un lado, el blanco, y con el negro, lo malo, por el otro. Estos apenas son capaces de producir variaciones tan elegantes y efectos tan naturales como los colores transparentes que, finalmente, los dominan como fantasmas jugando, y sólo sirven para aumentar su efecto.”

Con estas palabras, la “aportación” a “la enseñanza del color” hace justicia al sentimiento de los buenos coloristas y también al espíritu de los juegos infantiles. Pensemos en los muchos que se basan en la pura intuición para llegar a la fantasía: pompas de jabón, juegos de té, el húmedo colorido de la Laterna mágica, el dibujo con tinta china, las calcomanías. En todos ellos flota el color, alado, por encima de los objetos. Pues su encanto no radica en el objeto de color o en el puro color muerto, sino en su brillo, en su resplandor, en su iluminación. Al final de su panorama, la perspectiva del libro infantil desemboca en una roca llena de flores de estilo Biedermeier. Apoyado en una diosa azul celeste, descansa el poeta de melodiosas manos. La musa le inspira por medio de un angelito que se encuentra junto a él. Diseminados están el harpa y el laúd. En la ladera de la montaña, los enanitos tocan el violín y la flauta. En el cielo, el sol se pone. Así pintó una vez Lyser el paisaje en cuyo fuego se reflejan la mirada y las mejillas de los niños inclinados sobre los libros.

W.B. 1926

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