A José María  Ibáñez Gall (Chemari)

                          

                            Ya doblas la baliza,  navegante,

                               y cabalgas las olas, peregrino, 

                               por la mar espumosa del destino,

                               con rumbo hacia la luz vivificante.

 

                              Te adentras en el cielo circundante,  

                               como antaño en el círculo marino;

                               y ese brillo que avistas, no salino,

                               es el vivo fulgor del Almirante.

 

                               Resuenan las trompetas de la gloria,

                               y vestido de ustoria transparencia

                               abrazas a los nuestros arribados.

 

                               No podéis evitar que la memoria

                               humedezca en silente condolencia,

                               los mercantes recuerdos fondeados.

 

Francisco González      

Barcelona 22 de marzo 2015

A Francisco Javier Luzárraga (Lucy)

Siempre en el recuerdo

  

barna.marinos

Ya nos cerca el cincuenta aniversario

con intensa amistad en la arribada

a la Escuela Oficial de los mercantes,

por la plaza Palacio circundada.

 

El espíritu del Tequila fue

santo y seña de nuestra promoción,

que envuelta por el gótico salitre

al Punto Final muestra su aversión

 

Pues es punto y seguido;

tenemos los amarres con licencia.

Atrás queda el latido

que cede la regencia

al estado sublime de inmanencia

 

Fue norma definida,

en las muchas regatas de tu historia:

levar tras la caída,

humilde en la victoria,

alegre tras la estela de la Gloria.

Nuestro Fiel Jardinero,

cuando corta la rosa cotidiana,

la prende en un lucero,

que adquiere forma humana

y alumbra a su familia más cercana.

 

Al cielo cotidiano

admiraste a lo largo de tu vida.

Busca, Lucy, al Decano

de la Casa encendida,

el que aloja al llegar la anochecida.

 

La Hermandad de la Gloriosa Chusma

Barcelona, 1 de Marzo de 2015

***

BARCELONA: LOS BARRIOS Y EL PUERTO DE MI NIÑEZ

Antiguas anécdotas y vivencias

Por Tony Tarazona

ramblas1.jpg
Las Ramblas, el corazón de la ciudad

Es verdaderamente emotivo el efecto querencia que tenemos los humanos hacia los lugares en los que se desenvolvió nuestra niñez y juventud. Quedan fijos a perpetuidad en nuestra memoria y se diría que de no pasear por ellos, evocando éste o aquél detalle, que ya no existe, o aquella tienda de “Tejidos y Novedades” donde ahora se ubica una hamburguesería, es como si tuviésemos una obligación pendiente y que nos apremia el cumplirla.

Desde que tengo uso de razón recuerdo el estar plenamente familiarizado con los barrios aledaños a Las Ramblas de Barcelona, desde el tramo de Rambla de las Flores hasta el final de las mismas en la Puerta de la Paz, por un lado y, por otro, con los que rodean el comienzo de la Vía Layetana y calle Baja de San Pedro; y, por descontado, el puerto. Mi querido puerto -que fue- de Barcelona.

Me sucede que, cuando voy a la ciudad, he de recorrer alguna de esas zonas que me son muy queridas desde mi niñez y, por supuesto de obligatorio cumplimiento, el rezar en la capilla del Santo Cristo de Lepanto y encenderle una vela. De no hacerlo, siento algo parecido a un vacío interior o -como he dicho- si no hubiese cumplido con mi deber.

Mi madre y sus hermanas -nacidas en la Ciudad Condal- vivieron su niñez y juventud en la antigua calle Cervelló, hoy Floristas de Las Ramblas, una travesía de la calle del Carmen y que está situada a espaldas del famoso Mercado de San José, en plenas Ramblas de Barcelona, popularmente conocido como el “Mercado de la Boquería”.

Además, familiares nuestros vivían en la calle Princesa, justo enfrente de donde años más tarde funcionaría el “Zeleste” (cuyo interior fue decorado aprovechando las instalaciones de una casa de tejidos) y en la calle Baja de San Pedro. Así pues, no es de extrañar mis paseos en compañía de mis padres, abuelos o tías, por toda esa extensa área, que incluía la obligada visita al Barrio Gótico y a la Catedral, en donde se encendía -generalmente yo era el encargado de tal función- una vela o “mariposa” en la capilla del Santísimo Cristo de Lepanto, del que toda mi familia ha sido y es muy devota y yo, obviamente, sigo con la tradición. Y como remate, el Puerto (con mayúscula) y, a veces, el barrio de La Barceloneta.

puerto260.jpg Mi madre, ya muy anciana, me cuenta sabrosas vivencias y anécdotas de su niñez, como por ejemplo, que en los calurosos atardeceres de verano era normal que fuesen -como muchas otras familias así hacían- paseando Rambla abajo hasta la Puerta de la Paz, donde se sentaban en los escalones que dan al agua, sacasen de una gran cesta de mimbre las vituallas de la cena y, mientras hacían consumo de ellas, observaran como desatracaba el vapor de línea regular que hacia la travesía a Palma de Mallorca, mientras escuchaban a su orquesta tocar en cubierta durante la maniobra.

También me explica que en la “Peluquería de Señoras La Paca” situada justo al lado del portal de su casa, iba a peinarse la archiconocida “Moños” o “La Monyos” -personaje muy popular y entrañable de la Barcelona de finales los años 20 y principio de los 30- quién traía las flores que, previamente de haberle sido regaladas por alguna florista de Las Ramblas, iban a adornar su cabeza. Por descontado que la Señora Paca (como todo el mundo le llamaba) le hacia los servicios de peinado y aderezo del cabello sin cobrarle nada a la pobre mujer.

Yo llegué a conocer la peluquería y a la dueña -amiga de mi madre- todavía en activo.

Casas y Calles

La casa de Cervelló, como la inmensa mayoría de las que formaban -y forman- el casco antiguo de Barcelona, había sido construida a principios o mediados del siglo XIX y todavía seguía alojando vecinos. Su portal, con viejos y maltratados portones de madera, que se cerraban por la noche y empinadas escaleras, eran austeros. Barandilla muy simple de hierro pintado de negro, con barrotes sin ningún adorno, escalones muy estrechos, donde apenas tenia cabida el pié, y rematados por madera ya muy gastada por el uso, todo ello en un espacio muy angosto. De noche, la iluminación consistía en una simple bombilla (que había sustituido a la luz de gas) alojada en cada rellano, en donde las puertas de los domicilios conservaban el antiguo picaporte, generalmente una mano de hierro que sostenía una bola y una enorme “mirilla” (yo diría mejor “mirona”) bajo ella. Ya en su interior, el piso era poco soleado excepto la habitación que daba a la calle. Las vigas de madera, visibles, estaban pintadas de marrón y los muebles antiguos hechos de madera maciza y mármol, las antiguas lámparas y los retratos -en trabajados marcos- colgados de las paredes, de antepasados y en blanco y negro, luciendo pobladas barbas o bigotes ellos, grandes moños ellas y todos con trajes de principio de siglo, le daban un ambiente como de haberse detenido el tiempo e impropio de comienzos de los años 50. El patio de luces, por el que se hablaban todos los vecinos a través de las ventanas, en donde se colgaban el botijo y la jaula –hecha de madera y alambre- del canario o del jilguero y llenas de macetas con plantas y flores, era muy estrecho pero lleno de vida.

calles.jpg Esta descripción es válida, como digo, para todas aquellas casas que todavía no conocían la especulación del terreno y antes de ser definitivamente derribadas algunas de ellas.

En muchos terrados y galerías (balcones que daban a un patio interior mas amplio y donde se tendía a secar la ropa recién lavada a mano en los lavaderos del terrado o los públicos) habían gallineros artesanales, hechos de tela metálica, con gallinas y conejos que los vecinos criaban para obtener algún alimento extra durante la larga y difícil época de la posguerra (in)civil.

Las estrechas y concurridas calles las formaban hileras de grisáceos y despintados edificios, pero con sus balcones y ventanas llenos de macetas con flores de diversos tipos y colorido y sus persianas de delgados listones de madera pintados de color verde, estaban adoquinadas (existe un tramo de avenida en Tampa, Florida, con el suelo de adoquines -como reza una placa de hierro en un lateral- auténticos españoles. Me extrañó mucho el no ver entre ellos, la cabeza de algún que otro político celtíbero. Igual es una falsificación “made in China”) y nos alertaban a los niños que jugábamos en ellas, del paso de los escasos vehículos de motor que circulaban, con un sonido inconfundible producido por la fricción de sus neumáticos contra el suelo y, más raramente, el de las fuertes pisadas de las herraduras calzadas en los cascos de los caballos que arrastraban un carro y el sonido de sus ruedas y estructura, semejante a golpes dados con tablones, de su proximidad.

La iluminación nocturna estaba a cargo de bonitas farolas -en según que sectores, algunas de ellas todavía funcionaban con gas- con algún cristal roto de una pedrada o un pelotazo y las que no estaban ancladas a la pared, servían de urinario para los niños y los perros callejeros.

Muchos portales pertenecían al feudo de algún gato, pues el olor que marcaba su territorio era percibido a mucha distancia y perforaba la pituitaria al entrar en él.

Olores y Comercios

Los olores es un tema aparte, pues nada tiene más poder evocador que los olores y la música.

Podías saber, en cada momento, por donde andabas, simplemente guiado por tu olfato, pues una vez habituado al omnipresente olor a cloaca de casi todas las calles, podías distinguir todos los demás.

El de cuero, procedente de las botas y odres de vino y aceite, correas y guarniciones para los caballos, colgados en la puerta de alguna tienda-taller de talabartería.

El olor a heno y estiércol y algún mugido, te avisaba de la proximidad de una “Lechería” o “Vaquería” -como estaban rotuladas muchas de ellas- y era cierto, porque en su interior habían vacas (seis o siete, como máximo) de carne y hueso, que el propietario cuidaba y ordeñaba todas las mañanas para obtener la leche que después sería vendida en su establecimiento.

A las “Vaquerías” se iba con la “lechera”, recipiente de uno o dos litros, de aluminio y donde se depositaba la cantidad de leche comprada, que el dependiente medía en vasijas con asa de ¼, ½ y 1 litro . Los domingos por la mañana vendían nata, nata pura, elaborada allí mismo y que ponían en el plato que, previamente, uno había traído de casa.
Un olor fuerte y penetrante a vino, te indicaba la presencia de una “Bodega-Bar”, con sus grandes toneles llenos de ese líquido que vaciaban por los grifos o espitas (todo de auténtica madera) y que al cerrarlos producían un sonido como el de un corcho mojado restregado contra el vidrio. El vino generalmente se vendía a granel y el cliente proporcionaba el envase. Las grandes neveras de madera barnizada, cargadas con barras de hielo, en cuyo interior se refrescaban las bebidas como sifones, gaseosas “La Casera”, “Tri Naranjus, o la “Coca Cola”, muchas de ellas en botellines individuales de vidrio y cerrados con chapa metálica (que los chavales nos poníamos en el pecho, siendo las mas buscadas las de la cerveza “Dam” porque llevaban litografiada una gran estrella y las usábamos como insignia de “Sheriff”) tenían varias puertas con asas niqueladas que, al cerrarse, producían un sonido de robustez y potencia. En las mesas de mármol blanco, con patas de hierro forjado y pintado en negro, no podían faltar los porta-servilletas de papel, de madera, en forma triangular y casi todos anunciando el “Vermut Martini”. Las sillas, invariablemente, eran también de madera. En el techo un par de ventiladores de grandes aspas, que se movían lentamente, purificaban el lugar del humo de los “Ideales” o “Caldo de Gallina” que fumaban los clientes.

salazones.jpg

Olor a pescado te advertía de la proximidad de una tienda de “Salazones y Conservas”, “Olivas y Salazón” o, simplemente, “Bacaladería”, en donde las saladísimas y amarillentas sardinas “de bote” (sardinas ahumadas y en salazón) y el bacalao, se repartían los aromas mitad y mitad. Aquellas se exponían en redondos y poco profundos recipientes de -por supuesto- madera, estando distribuidas de forma radial en su interior. El bacalao en remojo, en largas picas de mármol blanco y el seco colgado de una barra encima del mostrador. El atún en escabeche se vendía a granel, proveniente de grandes latas o botes de hojalata de forma redonda. Las olivas en sus tinajas invitaban a comerlas allá mismo.
Las dependientas, casi todas ellas lozanas y gorditas, guapas, limpias, muy pintadas y con delantales blancos, las servían en cucuruchos de papel de estraza que iban chorreando caldo (y “ponían perdidos” los demás alimentos guardados en la capaza de la compra) hasta llegar a casa. Lo demás se envolvía también en papel de dicho material y si hacían corto, en papel de periódicos.

El “Colmado” o “Ultramarinos” (bisabuelo de los “7 Eleven”) era la tienda a donde el ama de casa recurría para evitarse el ir al mercado. En la puerta, grandes sacos conteniendo lentejas, garbanzos, judías blancas, patatas, cajas -de madera- con frutas y verduras… y los precios, marcados con tiza sobre pequeñas pizarras negras, estaban en el producto correspondiente. El interior del local era un “Súper” pero en “Mini” (Eso si que era prestar un buen servicio y muchísimo antes de que los “cracas” nos invadiesen con los susodichos “supermarkets”) y tenia de todo lo que se podía conseguir en la época. El dependiente, generalmente con guardapolvos gris y con un lápiz detrás de la oreja (y que casi siempre, antes de apuntarle la cuenta al cliente, humedecía la punta de grafito entre sus labios. Yo todavía me pregunto para que serviría tal cosa), solía ser una persona amable y de trato cordial, que conocía a todas las “marujas” del barrio y les fiaba cuando hacían corto de dinero. El “café torrefacto” y la “malta” (sucedáneo del café, elaborado a partir de cebada tostada y que se mezclaba con él) estaban expuestos en sacos más pequeños, para ser vendidos a granel.

barcelona.jpg Junto a ellos, los botes de cartón del “Cola Cao” de toda la vida. Un gran bidón metálico con una vieja bomba manual en su extremo y el característico olor denso del aceite, indicaba donde estaba almacenado el mismo. También se servia a granel, en botella personal e intransferible del cliente. Las galletas, generalmente de coco o “María” y el membrillo, encerrados en cajas de hojalata con bonitas litografías. De una larga barra horizontal que pendía del techo, colgaban productos tales como plátanos, panceta, chorizos y morcillas. Sobre el mostrador de madera y mármol blanco, chocolates “Amatller” -“Hoy Como Ayer, Chocolates Amatller”, decían los carteles de propaganda- o “Elgorriaga”, sucedáneos del chocolate, queso manchego, queso “de bola”, quesito en porciones “El Caserío” y “casco” (calabaza confitada y muy dulce) eran el blanco de las miradas de los chavales que nos relamíamos de gusto y le “dábamos el coñazo”(pedir algo insistentemente y de manera abrumadora) a nuestras madres para que nos comprase alguna de esas escasas “delicatessen” que existían entonces. Del techo colgaban largas tiras de papel engomado, sobre el que se pegaban las asquerosas y siempre molestas moscas. En otros locales, se rociaba todo con “flit”, genérico con el que se denominaba a los insecticidas -el más conocido era, si no recuerdo mal, “Orión”- y que se dispensaba por medio de un curioso aparato (que no faltaba en ningún hogar) consistente en un largo cilindro metálico con un émbolo movido a mano y en el otro extremo otro cilindro trasversal, más corto, que hacía las veces de depósito y con un pitorro de estrechísima abertura. Al efectuar rápidos y sucesivos movimientos de presión sobre el émbolo, el aire así comprimido y expulsado violentamente, hacía que saliese el “flit” pulverizado.

El “olor de colmado” era una síntesis de todos los emanados por los muchos y diversos productos almacenados en el local, predominando sobre todos ellos el del café, los quesos y el aceite…

El aroma de pan recién sacado del horno era una delicia para el olfato. Por la mañana temprano abrían las panaderías del barrio y ponían a la venta el pan que se había estado elaborando durante toda la noche y cociéndose en los hornos, pues cada una de ellas tenía sus hornos propios y también panaderos.

Existían barras de ¼, ½ y 1 kg. que se pesaban en la balanza mecánica delante del cliente, y si faltaban gramos para llegar al peso requerido, se cortaba de otra barra un trozo –lo que se llamaba “la torna”- que se añadía para completarlo y que no llegaba a su destino si los compradores éramos chavales enviados por nuestras madres para tal misión. El pan se conservaba tierno durante tres o cuatro días y estaba elaborado con harina pura y algo de levadura, todo lo contrario de lo que sucede en la actualidad.

Existían dos tipos de pan: el pan normal y el de pallés; éste último se conservaba comestible durante 7 ó 10 días.

Para los bocadillos, se podían comprar dos tipos de panecillos: el “Yunguet” , de forma ovalada, con una hendidura en medio y el “Panecillo de Viena”, redondo, con dos hendiduras en forma de cruz, que era mas tierno y suave que el otro y con un ligero sabor a mantequilla.

Hasta mediados de los 60, no se introdujo el pan anglosajón o pan de molde, bajo la marca comercial de “Pan Bimbo”.

merceria.jpg Ya por último, existían las “Mercerías y Géneros de Punto”; todas ellas luciendo un cartel en sus escaparates de madera y que, bajo el dibujo en blanco y negro que representaba a una muchacha de espaldas y mirándose una pierna con cara de asombro, estaba escrito: “Se Cogen Puntos de Medias”.

Dentro de la tienda, en sus estanterías de madera, estaban expuestos jerseys, carretes de hilo, cintas de seda, y demás artículos propios de “tareas de mujeres” (estaba muy mal visto que entrase un hombre en este tipo de establecimientos) y que eran exhibidos a la compradora, sentada en una silla de madera, sobre un mostrador del mismo material.

Todos los comercios estaban por “modernizarse” pues sus instalaciones eran de madera pura, nada de contrachapados, formica y esos inventos que, gracias a Dios, todavía no habían hecho su maldita aparición.

En el lugar más luminoso -generalmente tras el escaparate- había una muchacha sentada frente a un aparato en forma de cazo, donde se extendía la media de nylon (caras y un lujo entonces, para la modestísima economía de la inmensa mayoría de ciudadanos) a reparar. A pesar de la luz, la operadora se iluminaba además con una pequeña lámpara flexo y con una gruesa aguja especial, movida por un motorcito eléctrico, recosía la “carrera” y dejaba la media nueva y lista para un nuevo uso.

El olor de las “Mercerías” era de madera rancia y ropa. Muy suave pero perceptible y agradable.

Otros comercios como las jugueterías, con sus juguetes “Payá” y “Rico” de hojalata y cuerda y las “peponas” (muñecas de cartón para niñas) o los “Cine Nic”-también de cartón y hojalata- y exhibidos en escaparates o simplemente colgados del techo y paredes, no tenían olor característico que los identificase.

Igual sucedía con las “Cacharrerías” donde, también colgados en la puerta o del techo y paredes, se vendían las cazuelas de barro, botijos, ollas y demás enseres de cocina.
Todas ellas, si acaso, tenían su propio olor a rancio o a “la marca” del gato de la propietaria.
En mi próximo escrito, intentaré describir someramente el ambiente portuario y del barrio de pescadores o La Barceloneta, así como los vehículos que circulaban por la Barcelona de principios de los 50.

Hasta entonces, que El Jefe os bendiga a todos.

Tony Tarazona

Recuerdos del Xanadú, un barco de ensueño (Primera parte)
Por Guillermo Moreno Sandoval
Hace ya algunos años que fui contratado para trabajar como Jefe de Electricistas a bordo del “D.E.S Xanadu”. Fue exactamente en 1972, cuando fue adquirido por  Xanadu Cruises Inc.. Su nombre era entonces Pacific Star, rebautizado después con el nombre de Xanadu. Allá por el año de 1974 fue vendido a un joven matrimonio dueños de Air Club International con dirección en Seattle, Washington. U.S.A.  La Xanadu Cruises realizó la decoración interior del barco con todos los detalles orientales, dignos de un palacio, en donde la exótica tripulación tailandesa parecía formar parte de la decoración de la nave; Kublai Khan y Marco Polo se sentirían honrados con tan gran homenaje por el nombre de Xanadú. Ahora, no hace muchos días, por casualidad, se me ocurrió meterme a Internet para hacer algunas investigaciones relacionadas con Shangri-La, y cual sería mi sorpresa al encontrarme con la historia de aquel barco de mayor lujo en su tiempo y quizás de todos los tiempos.
Creo que, desde mi punto de vista muy particular, no fue justa la forma de haber dejado que se destrozara esta hermosa nave, única en su género, por su belleza interior como exterior y ni qué decir de su sala de máquinas, algo único, digno de un museo. Parecerá extraño decir sus cinco maquinas principales y sus dos motores propulsores, pues sí señores –como les decía al principio– único en su género en el mundo de la navegación. Las máquinas diesel Maybach de la Mercedes Benz, de doce cilindros en V, que movían los generadores eléctricos AG que daban la potencia para alimentar a dos grandes motores eléctricos  de corriente directa de la misma industria AG, uno a estribor y otro a babor, que se acoplaban a dos largos ejes de cola hasta las hélices. La máquina del centro, que era la número  tres, tenía la virtud de tener dos generadores en línea que se podían poner tanto al servicio de la propulsión, como para el servicio de alumbrado, ventilación y aire acondicionado. Yo recomendaría, en forma personal, se investigara todo ese tesoro tecnológico que se encuentra en las entrañas del Xanadu. Estoy seguro que se quedarían asombrados, principalmente con el sistema de propulsión.
Esa tecnología -adelantada en su tiempo- donde el manejo y control de los motores propulsores era como estar jugando con un barquito de juguete en estos tiempos modernos. Ignoro las condiciones en las que está actualmente, ya han pasado muchos años desde el día que lo dejé de ver. Fue en el verano de 1976; yo me encontraba con permiso de una semana para visitar a mi esposa, ya que teníamos unos meses de casados, y se encontraba esperando a nuestro primer hijo, de tal manera que ya no regresé y se tuvo que contratar a un nuevo jefe de electricistas. Tuve que ir a San Diego a dar una capacitación aprovechando los días de la Semana  Mayor, ya que me encontraba  trabajando para Comisión Federal de Electricidad en la ciudad de La Paz, Baja California Sur (México). El programa  –después de la reparación de máquinas– era entrar a dique seco en San Diego el día 12 de abril y la partida de San Diego para Seattle el 22 de abril, y la salida en crucero corto de Seattle a Vancouver el 30 de abril para empezar los cruceros regulares de Alaska el 3 de mayo. Toda esta maniobra se llevó a cabo en el verano de 1976.  No tengo conocimiento si pudieron realizar los cruceros programados por la Riviera de México del mismo año.
El primer encuentro que tuve con el Xanadu fue en Puerto Vallarta, Jalisco. Fue impresionante para mí ver aquel hermoso barco de pasajeros, ya que nunca había visto uno igual, sólo barcos de carga que llegaban al puerto de gran calado de la Isla de San Marcos, ubicada en el Golfo de California. Era en verdad un verdadero reto para mí, ya que hacia dos años había terminado mis estudios, y la única experiencia que tenía en barcos era haber trabajado ocasionalmente en el mantenimiento de remolcadores en una de las salinas más grandes del mundo, (Exportadora de Sal en Guerrero Negro, que se encuentra  por el Océano Pacifico en Baja California Sur) Soy originario de San Bruno, un pequeño pueblito de pocas casas diseminadas por la costa del Golfo de California a unos quinientos kilómetros de La Paz, capital de B.C.S. Pude realizar mis estudios con gran esfuerzo, sin pensar nunca que al terminarlos se me abrieran las puertas al mundo desconocido de la aventura. Cual Marco Polo, fui conociendo lugares maravillosos donde las lluvias eran casi a diario. Sería imposible describir el cambio tan drástico que estaba sufriendo mi vida, al dejar mi tierra semidesértica y con escasa lluvia de temporada, con algunos Oasis a lo largo de la media península.
Tampoco quiero pecar de ingenuo, buscaba siempre desde pequeño la forma de encontrar la salida del medio en que vivía. Mis padres me llevaron a vivir desde niño a la Isla de San Marcos, que se encuentra frente a San Bruno –junto con otros hermanos, donde mi padre trabajó por muchos años- consignados a estar en una prisión de puertas abiertas de la cual nadie salía, quizás porque encontraron una forma tranquila de vivir sin ninguna preocupación, ya que la compañía “Kaiser Gypsum” (Compañía Occidental Mexicana S.A.), explota, hasta la fecha, el mineral de yeso con una pureza y calidad insuperable en el mundo. Además, su fácil manera de transportación vía marítima lo hace competitivo en el mercado Internacional.
La Isla de San Marcos, está formada por este rico mineral que cubre  casi  la mitad de su superficie. La Empresa ofrecía a sus empleados, trabajo asegurado y casa habitación que, en esos tiempos, era difícil de conseguir. Desgraciadamente han destruido dos pequeños oasis que existían, entre esos cerros desnudos, donde solo se encuentra una escasa vegetación xerófita.
La imagen que les muestro de Baja California Sur es de donde soy originario, indicándoles el pequeño pueblo   en que nací, San Bruno. Se preguntarán ustedes cómo fue que llegue al Xanadu estando tan apartado de la civilización, eso se los contaré en otra ocasión. Esta hermosa tierra tan olvidada por tantos años tiene muchos recursos naturales muy codiciados por otros países. Ahora los ojos del mundo se están fijando en ella como un destino turístico, y de personas que se vienen a radicar, buscando la tranquilidad y la paz que nos brinda esta hospitalaria tierra. Sería maravilloso ver al XANADU  anclado en la Bahía de La Paz, convertido en una más de las atracciones turísticas del lugar.
Esta es la ruta que seguimos en el invierno del año de 1972, hasta la primavera de 1973, donde fuimos conociendo lugares en verdad paradisiacos, ¡Cómo olvidar esa primera vez en puerto Vallarta, Jal.! Las campechanas de mariscos en Manzanillo… y qué les puedo decir de Acapulco y de ese calor de diciembre desconocido para mí, en donde no se puede dejar de saborear el agua de coco  con ginebra para quitar un poco la sed por el fuerte calor, y escuchar la música de una orquesta familiar -escapa a mi memoria su nombre- que tocaba por las tardes. Al dejar Acapulco, y poner rumbo hacia Acajutla, El Salvador, disfrutamos el viaje, ya que fueron de dos a tres días muy confortables; fueron loas jornadas que pasamos solos la tripulación, ya que los pasajeros fueron llevados en buses a San Salvador.
También fueron a visitar las ruinas  Mayas y Chichicastenango, en Guatemala. Cómo olvidar la experiencia de estar en las Islas Galápagos, y luego cruzar al continente para llegar a tierra firme en las costas de Ecuador, específicamente en Esmeralda, donde anclamos, ya que no existía ningún muelle donde atracar. Era todo un espectáculo ver como cargaban los racimos de plátano, pero no tanto como el show de bailes regionales que presentaban a los turistas -a bordo del Xanadu- con música autóctona y hermosos vestidos de vistosos colores. Después de haber dejado Esmeralda, poníamos rumbo a Balboa, Panamá. No vayan a pensar que yo era un turista más a bordo. Para mí, era un viaje de mucho trabajo y estudio del sistema eléctrico, donde tenía que revisar cada diagrama eléctrico del barco. Cuándo entramos al Canal y ver el Puente de Las Américas -que une al continente- pude contemplar la magnitud de aquella magna obra del canal de Panamá, que solo conocía en los libros de texto.
El puerto de Balboa queda hacia la parte sur. cuándo atracamos todos quisimos conocer la ciudad, ya que era zona libre para el comercio, principalmente de electrónica. Pude salir muy tarde, ya que no podía dejar solo mi puesto hasta que hubiera alguien que se hiciera responsable y no podía ser otro más que el Jefe de Máquinas. Salí por unas horas, cuándo ya era de noche con otro compañero y regresábamos al barco en taxi, cuándo vimos que estábamos arriba del puente.Le preguntamos al taxista “¡Oiga amigo! A dónde nos lleva si nuestro barco esta allá abajo?”, y dando vuelta en mitad del puente, regresando a Balboa nos dice sonriendo: “Son los primeros Mexicanos que se dan la vuelta en mitad del puente, es para la historia, amigos”.
Al día siguiente, por la mañana,empezaron los preparativos para recibir a los nuevos pasajeros que harían el crucero de regreso a los mismos lugares que habíamos visitado. Los que bajaron en Balboa, para regresar por avión a sus lugares de origen. Y  así nos pasamos varios meses, realizando varios cruceros, hasta llegar la primavera. Habiendo vivido innumerables experiencias (ya que el Xanadu nos salía con cada sorpresa..), termino aquí, para no hacerles  más largo aquí el relato, subiendo desde  puerto de San Pedro a San Francisco, California, para luego zarpar finalmente a Seattle, donde fue llevado al dique seco, para revisión del fondo y hacer algunas reparaciones en la sala de máquina y así, así,esperar que llegara el momento de realizar los cruceros regulares de Alaska, en el verano.

XX

Amici miei, amici nostri, amici del cuore…

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Tony y su hobby secreto: pilotar helicópteros en sus ratos libres.

LUCES EN EL PUERTO

Para los que se fueron, eternamente vivos en nuestra memoria.

Eran esos marinos que al encontrarse beben,
con avidez, la vida.
Ellos eran,
como tú, callados; como tú, tan vivos;
como tu sombra, tan frescos y puros;
como los mares navegados, tan leves y ausentes;
como nosotros, tan reales al cabo de un tiempo
y tantas desconocidas olas, fatigada espuma
sobre la soledad de los puertos.

L.I.J

* * *

Hará cosa de mes y medio, asistí al entierro del último (por ahora) amigo-hermano desde mis tiempos de estudiante en la Escuela Náutica de Bacilona: Abel Martín Martín, alias “El Divino Abel”, como a él le gustaba que le llamásemos.

Una vez finalizado el funeral en el tanatorio de Las Corts, el buenazo de Alfredo Cano y yo, fuimos a despedirlo al cementerio de Montjuich, donde se procedió a sepultarlo. Allá, frente a su tumba y reprimiendo apenas el llanto y el profundo sentimiento que nos embargaba, le cantamos la estrofa que solíamos entonar en grupo y en nuestras correrías de tasqueo: “Somos marinos mercantes. No nos metemos con nadie. Si se meten con nosotros, mosca!! Nos cagamos en su padre”.

Abel, Jefe de Máquinas, era aparentemente una persona bruta y tosca. De complexión fuerte, le gustaba ser “El Justisiero” del grupo y era, como todos nosotros, un bromista empedernido. Tocaba la guitarra, como la mayoría de nosotros, y le gustaba cantar boleros con una vocecita muy fina y agradable que, en plan bacilón, sacaba de no sé dónde. Nos reíamos a mandíbula batiente de ver un tipo tan rudo cantar en una tasca “Adios Mariquilla Linda” con semejante voz, y observar la cara de extrañeza de la gente que no le conocía.

Dije antes que aparentaba ser bruto y tosco, pero esto era solo una “pose” de cara a la galería, que le gustaba explotar. En realidad era una bellísima persona con un corazón de oro y un sentido muy alto del compañerismo y la amistad fraternal.

Podría contar varias bromas y anécdotas de él, al igual que de cada uno de nosotros, pero de las muchas que me acuerdo, incluidas las acaecidas en nuestras correrías por Ibiza, la mayoría de ellas no se pueden contar en estas páginas. A ver si Lucho se decide a escribir algo y explica, por ejemplo, como nos ganábamos la vida en la isla.

Nuestro lugar de encuentro y reunión (en la época de estudiantes e incluso ya años después, navegando y estando en casa de vacaciones o simplemente de recalada en Bacilona) era el “Barrio del Tasqueo”, así llamado por todos nosotros al sector comprendido entre calle Ancha, edificio de Correos, calle Regomir y calle Baños Nuevos. Estaba -estratégicamente situado- cerca de nuestra Escuela Náutica, de las famosas Ramblas, del “Barrio Chino” o zona de las prostitutas (izas, rabizas y colipoterras) y al lado del puerto.

barriochino.jpg El “Barrio” -al que nosotros pusimos de moda- estaba plagado de viejos bares (algunos mugrientos, pero con “sabor auténtico”) como “La Maña” (una viejecita aragonesa muy buena mujer, que siempre nos regalaba cacahuetes y paquetes de “Celtas Cortos” a escondidas del marido), “Las Guapas”, “Boga-Boga”, “El Río de la Plata”, “Las Telarañas” (no sé como se llamaba. Le pusimos ese nombre porque era un bar todo de madera, viejísimo como su clientela habitual y lleno barricas de vino y de telarañas. Curro, el del mostrador nos servia “aseite palah máquinah” -vino- y tenía una estantería detrás suyo llena de porrones que se habían dejado los clientes con algún sobrante y que el hombre se los liquidaba, uno por uno, antes de fregarlos), “El Gambusino”, “La Cabaña del Tio Gori”, “El Rancho” y tantos y tantos más. En cada uno ellos se podía comer su especialidad; así, sardinas a la brasa, pescadito frito, jamón canario, olivas, queso, pinchitos morunos, chorizo y cacahuetes. La bebida básica era el vino.

Sus calles tenían un olor muy característico, mezcla de todos los olores del mundo -quizás traídos por los barcos atracados muy cerca- entre los que sobresalían el de cloaca, mugre, orines de gato, salitre, y los referidos al pescado frito, vino y sardinas asadas. En nuestras reuniones en las tascas bebíamos, tocábamos la guitarra, cantábamos, gastábamos bromas, reíamos y ligábamos chicas.

Parodiábamos hipotéticos diálogos entre el albañil andaluz inmigrado a Cataluña y el autóctono de allá. Hemos sido fuente de inspiración (y no es broma) para que escritores, guionistas y dibujantes de tebeos (ahora los llaman “comics” que es más fino e “intrelestuá”), sacaran a luz, tiempo después, a personajes como “Makielnavaja” del que se rodaron dos películas, y se extendiese y popularizase una jerga o forma de hablar muy especial, como la de Zulmarino (que es “auténtica y genuina” y, no sé porqué, intuyo que nos debe de conocer de la época) y su amigo Guanito.

El “Barrio del Tasqueo” era rondado por trabajadores, jubilados, estudiantes, marinos y bohemios -gente toda ella muy pintoresca de la zona- y tenía sus personajes típicos y entrañables, como “Maria la Loca”, una pobre mujer orate que se ganaba la vida ejerciendo el oficio mas antiguo del mundo con los marineros de la Sexta Flota de la Navy que, después de una larga travesía, tuviesen mas urgencia “fisiológica”. Yo diría “urgencia fisio” de asfixio, porque de “lógica” no creo que tuviesen ninguna los muchachos que iban con ella.”Rolando el Mexicano”, estaba alcoholizado. Había llegado, hacia años, con el mariachi de Inma Suma y “se quedó”. Se ganaba la vida tocando la guitarra y cantando rancheras por el barrio. Yo era muy amigo suyo. Nuestros mejores colegas eran la pareja “artística” formada por “El Numancia”, un viejecito mudo que tenia el dedo meñique derecho completamente arqueado hacia arriba y que tocaba el bandoneón y “El García”, de Cartagena-Murcia, con las uñas del meñique y el pulgar derechos muy largas y negras y que eran “multifuncionales”, pues le servían lo mismo para sacarse los mocos de su peluda nariz, las pelotillas de cera de los oídos, pinchar un cacahuete de la mesa de mármol en la que nos los dejaba “La Maña” o de “púa” para tocar la guitarra.

Cuando nos veía llegar a la pandilla, nos la ponía (la guitarra, claro está) en las manos de Lucho o mías. El García siempre contaba a todo el mundo, una y otra vez, su gran proeza: Haberle puesto los cuernos a su “santa parienta” (santa esposa) al ligarse a una mujer mucho más joven que ella y, por supuesto, muchísimo más que él y haber hecho un -según su definición- CRUCERO los dos, desde Barcelona a Mallorca. “El Numancia” y “El García” raras veces iban a tocar a otro bar que no fuese el de “La Maña”. Más de una vez hemos tenido peleas entre los habituales del barrio y, después de unos cuantos puñetazos, hemos acabado tomando copas juntos (igual que, años más tarde, me sucedería en las islas del Pacífico Sur) como buenos colegas. Nos conocíamos casi todos los “incondicionales”.

ramblas.jpgTodos eran buena gente. El limpiabotas oficial del sector -con uniforme de pantalón y chaleco de pana negros; chapa de latón, profesional acreditativa, en el pecho, a modo de condecoración y caja de utensilios de madera- era el Máxi, que siempre andaba borrachito. Pobre del que, inocente él, requiriese sus servicios, pues se exponía a que con el mismo cepillo que le lustraba los zapatos, le cepillase también los calcetines y pantalones. A veces llegaba hasta la rodilla, dependiendo del grado de etilismo en que se hallase. Máxi, cuando nos veía, se olvidaba de su trabajo y se pegaba a nosotros como una lapa, arrastrando su caja de la que se salían los trapos y cepillos. No hablaba. Permanecía a nuestro lado balanceándose y con una descomunal boca abierta; de cuando en cuando se la señalaba con el dedo y exclamaba: Máxi!!. Era la señal para que le escanciáramos vino, de la botella directamente a ella. A nosotros nos gustaba, de vez en cuando, hacer incursiones por la zona alta de la ciudad para acogotar a todos los “niños fefos” que frecuentaban la –famosa entonces– calle Tuset y la discoteca “Bocaccio” y ligarnos a las chicas.

En alguna de esas incursiones, cuando todos íbamos bien “cargados y protegidos por el dios Baco”, nos llevábamos a Máxi con su boca abierta, su chapa de latón y su caja de madera a rastras y soltando lastre por el camino. La táctica era entrar en los elegantísimos bares y cafeterías y escandalizar a aquella gente tan “refinada y distinguida” con nuestra “grosera presencia y vulgar actuación”. Oichhh!! Abel pedía una “barreija” para cada uno de nosotros. Aquí un inciso: He de aclarar, para el que no lo sepa, que barreija, en catalán quiere decir mezcla y es también el nombre de una bebida consistente en la combinación de cazalla o anís con vino moscatel aderezado con algunas uvas pasas. Era la bebida típica que tomaban en ayunas los rudos estibadores portuarios antes de comenzar “la mano” (jornada laboral) y servia, según ellos, “pajasé paré”. Es decir, la “barrecha” (como ellos pronunciaban) la tomaban en ayunas para reforzar “las paredes del estómago” y, así, estar mejor preparadas para las sucesivas ingesta de alcohol. Lo bueno es que de estas barrechas se metían tres o cuatro entre pecho y espalda y de un solo golpe. Seria, digo yo, para hacer un “refuerzo” extra. La barrecha estaba considerada una “bebida vulgar para gente ordinaria”, pero lo cierto es que sabe de maravilla, entra de maravilla y te sube de mar-a-villa, que diria un gallego. En el Arco del Teatro, al final de las Ramblas, había un kiosko que servía unas barrechas excelentes. A más de un inglés o noruego hemos visto salir de allá bailando “El Lago de los Cisnes” en plan Pavlova, después de haberse metido en el “buche” (estómago) unas cuantas-bastantes de estas bebidas.

Prosigamos: Al pedir Abel las barreijas o barrechas, el camarero sistemáticamente respondía que no podían servir ese tipo de bebida en esa clase de local y la contra-respuesta de Abel era también sistemática: “Oiga, sabe usted con quién está hablando?. Con Don Abel Martín Martín”. Lo decía tan serio y convincente y todos nosotros permanecíamos tan serios que el pobre camarero, ante la disyuntiva de que fuese un personaje importante que se estuviese corriendo una juerga, se veía “obligado” a servirnos las groseras bebidas. Ya está!!. Surtió el efecto deseado: Todas las personas del local pendientes de nosotros -las chicas en especial- y pensando “quienes serán esos tíos de la barra”? Lo demás era coser y cantar, el Máxi, se desmadraba y comenzaba a cepillar todo lo que tenia a mano, abría la boca y le pedía bebida a la gente, los chavales se enfadaban, discusiones; las muchachas
se-marchaban-y-no-se-querían-ir… Al final acabábamos en la calle, cantando a pleno pulmón lo de “somos marinos mercantes…..”

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Anteriormente a Abel, El Jefe ha tenido a bien el llamar a otros de los nuestros: Castor, Jorge, Mariano, Gabriel, Pepe (el buenazo de Pepico el cartagenero), José Luis… y no quiero seguir, se me hace una bola en la garganta y… ya dije que me he vuelto muy sentimental y muy sensible. De todos ellos me acuerdo muchísimo y podría estar narrando anécdotas días y días sin parar y eso es tan solo lo que me queda en la mente y puedo, repito, contar en estas páginas, pues hay muchísimas otras que son demasiado fuertes y/o subidas de color para ello.

A propósito de situaciones “fuertes y aptas para contar”, hay una que nos sucedió un día 13 de diciembre, Santa Lucia, del año… “chi lo sa, da molto tempo fa”!! Santa Lucia es la patrona de las modistas. Y ese día era tradición (no sé si ahora existe continuidad, con tanta teoria de la relatividad y tanta gilipolléz cretinesca y la consecuente pérdida de tradiciones y de valores éticos y morales) que las muchachas modistas iban a ofrecer flores a su patrona, cuya capilla está en la catedral de Barcelona y rezarle para que les conservase la vista. Asimismo y siguiendo con la tradición, los estudiantes las esperábamos a la salida y se producían persecuciones, bromas, risas y bastantes ligues. Aunque la especialidad de nuestra tribu era las telefonistas y las enfermeras, también nos sumábamos al espectáculo de las persecución de modistillas.

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Parte de “la tribu” en ‘La Cabaña del Tío Gori’

Aprovechábamos toda situación favorable a contactar con chicas. Aquella mañana, antes de dirigirnos a la catedral, habíamos llenado bien los “depósitos” en el desaparecido Club de la Escuela Náutica, situado en el puerto. En resumen, íbamos todos bien cargaditos y protegidos por Baco. Al salir vimos que, delante nuestro, en el Muelle de la Madera, habían atracadas dos fragatas de la Armada Francesa, recién arribadas a la ciudad en visita de cortesía. A mí se me cruzó una idea luminosa por la cabeza y muy serio y decidido dejé el grupo, subí por la plancha de una de ellas, llegué al portalón y pregunté por el oficial de guardia. Luego mis amigos me dijeron que estuve hablando largo rato con él y con varios mandos que se añadieron a la reunión, que nos reíamos mucho y que nos despedimos con varios y efusivos apretones de manos y mucha alegría. Después fuimos a cumplir con la tradición de correr a las modistillas y bromear con ellas y luego me fuí a casa.

No bajé al “Barrio hasta el dia siguiente por la tarde, localicé fácilmente a mi “tribu anfibia”, estuvimos un rato por allá y después decidimos de ir a nuestro Club. Cuando me vio llegar el sargento Valdeiglesias, que hacia las veces de vigilante de las instalaciones, vino corriendo hacia mi y con cara de susto (me parece que lo estoy viendo, con sus gafas de “culo de vaso” que le aumentaban el tamaño de los ojos cómicamente) y, con su acento andaluz, nada más hacia que repetir: Tony, shiquillo, ande táh metio ehta mañana, joé? Ke sirio áh montao ehta veh, cohone?. (Nota informativa): “montar el cirio” = “montar el pollo”. Por lo que nos explicó, temprano por la mañana, se había presentado un numeroso grupo de suboficiales, oficiales y mandos de la Marine de Guerre Française preguntando por un tal Tony que, para más referencias, haba sido beatnik –movimient anterior al hippy- en el barrio latino de París (hasta eso les expliqué y a saber que cosas tan “sabrosas” para que se hubiesen reído tanto) y que había invitado a los suboficiales, oficiales y mandos de las dos fragatas a un brindis con vino español, en nombre de la Escuela Oficial de Náutica de Barcelona, que tendria efecto a la mañana siguiente en el club de la misma, sito enfrente de ellos, a dos pasos, para que no tuviesen problemas al regresar a sus naves una vez bien llenados los depósitos. El pobre Valdeiglesias las había pasado moradas -no entendía ni papa francés- para “desfacer el entuerto” y desembarazarse de tan comprometedora visita. No sé que pasó después, ni las posibles consecuencias políticas. A mí no me sucedió nada.

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El Urrutia (q.e.p.d.), nuestro director, no me llamó para amonestarme y extrañamente todo siguió igual… Bueno, aquella anécdota se hizo muy famosa entre nosotros y nuestro entorno. Habia dejado “el listón” muy alto. Lo más seguro es que los franceses, ante el temor a un espantoso ridículo y pasar por tontos inocentes, optaran por callarse y tragarse sufridamente la bola de semejante broma.

Otra situación “fuerte pero apta para contar” es la que nos sucedió a Mariano (q.e.p.d.) y a mí en un bar de camareras de la parte alta de Barcelona. A Mariano le gustaba mucho ese tipo de bares y sus “camarutas” y como por un amigo, uno es capaz de sacrificarse y hacer lo que sea necesario, yo lo acompañaba. Sin más comentarios. Mariano era “El Rey del Mambo” en la época. Tenia un gran apartamento (donde celebrábamos alguna que otra “fiesta” con nuestras chicas) y un auto “SEAT 850”. También manejaba plata que le soltaban sus (también ya difuntos) padres. Era, en suma, la envidia de todos nosotros, que teníamos los bolsillos con telarañas -muchas veces dependíamos económicamente de nuestras chicas- y nos habiamos de conformar con viajar en tranvía, autobús o metro (subway).

En un momento determinado, mi amigo trabó conversación con un muchachito, algo bebido, que estaba sentado a su lado, quién le preguntó cual era nuestra (futura) profesión. Al responderle Mariano y preguntarle a su vez que a qué se dedicaba, él le contestó que era “descuidero” (ladrón que violenta las puertas de los automóviles para robar en su interior) que su zona y sus amigos estaban por el “Barrio Chino” y aledaños.

La cuestión es que Mariano le pagó su consumición y se ofreció a llevarlo hasta las Ramblas, que nos venia de camino hacia nuestro querido “Barrio del Tasqueo” a cambio de que le hiciese una demostración. Efectivamente, el chaval usando un cortauñas, abrió la puerta del “850” a la primera y tardó menos tiempo que si lo hubiese hecho por el procedimiento normal de abrirla con llave. Durante el trayecto nos dijo que le éramos simpáticos y que nos iba a presentar a sus amigos. Aparcamos el auto (no había por aquél entonces el gran problema de encontrar parking) y nos dirigimos a un baile-discoteca situado en los bajos del archiconocido “Panams” de las Ramblas de Barcelona. Allí comenzaron las presentaciones de su amigo Fulanito, carterista (pickpocket); su amigo Menganito, macarra (hombre que vive a expensa de las rameras y trafica con ellas); Zutanito, traficante de grifa y marihuana… Y así, un buen numero de curiosísimos personajes nos presentó el chavalín. Fuimos invitados por todos ellos a tomar champán y debatimos cordialmente sobre las “técnicas profesionales” (algunas de ellas muy semejantes a las que usaba entonces la policía) que utilizaban para detectar, seguir y robar a sus victimas. Ahora, eso sí, tenían un código ético que respetaban.

De lo único que me acuerdo es que me dijeron que a los jubilados y ancianos en general, a no ser que supieran de buena tinta que eran ricos, no les robaban e igual sucedía con algún que otro padre de familia que se hubiese descarriado algún sábado, después de cobrar la “morterada” o “semanada” (paga de salario semanal que se entregaba en unos sobrecitos marrones) y se hubiera corrido una juerguecita. Más que nada, lo hacían por las criaturitas, nos explicaron. Cuando se comparan a estos “honrados delincuentes” con los criminales de todas las edades que proliferan en la actualidad, no podemos dejar de esbozar una sonrisa de nostalgia y simpatía por aquellos “ladrones decentes”. Pero lo más sorprendente de todo era que nos conocían a cada uno de nosotros por nuestro nombre y nos dijeron que todos estábamos “protegidos” por ellos. En efecto, entre su protección y que el sargento Morales (muy buena persona) de la comisaría de policía de la calle Ancha también nos conocía, jamás tuvimos problemas serios. En una época de dictadura, prohibiciones y persecuciones del individuo por sus ideas políticas, nosotros estábamos “como pez en el agua” y nunca mejor dicho. Íbamos a nuestras bromas, guitarras, vinos y chicas, sobre todo muchas chicas y, sin hacer daño a nadie, nos lo pasábamos fetén, que es de lo que, al fin y al cabo, se trata el vivir y dejar vivir, según era la filosofía de nuestra “tribu anfibia”.

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Me he dejado muchísimas más cosas en el tintero como, por ejemplo, los simpáticos y sanos bedeles de la Escuela que nos daban a beber Ron a escondidas del Urrutia y antes de comenzar las clases… Es tan solo un pequeño ejemplo de lo que éramos los marinos mercantes españoles en ciernes de hace cuarenta años. ¿Quién nos puede comparar a los estudiantes de la Escuela, perdón, “Facultat” de Náutica de la actualidad, eh, eh?

Sirva este texto como humildísimo homenaje y perenne recuerdo a nuestros amigos del corazón que se han ido antes de tiempo, de todos nosotros, los de la “tribu anfibia” que quedamos acá abajo; ya viejitos de carrocería pero seguimos siendo jóvenes de espíritu y con muchísimas ganas vivir y de seguir bromeando.

Jefe, si alborotan por allá arriba, no los amonestes. No son, ni muchísimo menos, malas personas, Son “golfos sanos” y recuerda, Jefe, que TÚ nos hiciste así…

Vale, amigos. Que Él os bendiga a todos y hacerme el favor de ser felices. La vida es un rato.

Lobo Seadog Tony


RECORDANDO LA PELÍCULA “AMICI MIEI”

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Amigos míos –de la que posteriormente se hicieron dos versiones más– es un canto a la amistad, a una amistad auténtica, sincera y fraternal que sólo termina con la muerte y a la que el propio Germi aludió en una de las últimas entrevistas que concedió poco antes de su fallecimiento en 1974: “Cuando te mueres, ¿quién se acuerda de ti? Sería maravilloso que alguno de nosotros pudiese durar eternamente. Pero por desgracia no es así; y es por eso que yo no espero demasiado de la vida…” Tal vez el interminable aplauso que el público brindó al finalizar la proyección de Amici miei fue la respuesta a su pregunta y a su gran esperanza, porque su fiel amigo Monicelli llevó a buen puerto la película que Germi no pudo dirigir. Fue su emocionado tributo. Y es por eso que Pietro Germi permanecerá en la memoria de muchos, al menos en aquellos que -cuando se interrogan sobre la vida y los sentimientos- encuentran en esta película (escrita en tono de comedia), muchas de las respuestas a estas preguntas. Sobre todo, en esta época materialista que nos ha tocado vivir.

Son cuatro amigos. Cuatro amigos en la Florencia de los años 70. Todos ellos cincuentones, todos ellos manteniendo intacto su espíritu juvenil como la única manera de sentirse vivos e ilusionados, todos ellos gastando bromas pesadas e ingeniosas, utilizando el muy especial y típico sentido del humor ‘florentino’ como antídoto a una vida gris y monótona que ellos se niegan a aceptar: Perozzi (Philippe Noiret), periodista separado que vive con su hijo adulto pero con el que no tiene comunicación. El arquitecto Melandri (Gastone Moschin), que se jacta de tener una hermosa voz. Necchi, dueño del bar donde se reúnen, que mantiene siempre la alegría a pesar de haber perdido un ser querido, y finalmente Il Conte Mascetti (Ugo Tognazzi), un noble venido a menos que, al más puro estilo italiano, mantiene relaciones extramatrimoniales con una bella joven que es el contrapunto de su esposa y de su hija… Será precisamente ‘Il Conte’ Tognazzi, el que pronuncia una de las mejores frases de la película: “Ma perché ci dobbiamo vergognare, ragazzi?”

amici-treno.jpg Ciertamente, ¿porqué deberían avergonzarse de sentirse unos jóvenes “gamberros”, conscientes de que esas bromas que organizan ingeniosa e inocentemente cada semana les ayuda a seguir unidos, a prolongar su juventud y a defenderse de los sinsabores de la vida.

Obviamente en la película hay algo más que bromas pesadas; se dan también momentos relativamente amargos, obstáculos inesperados de la vida diaria, como la crisis sentimental de uno de ellos, pero siempre superados por la unión y el cariño que mantienen entre sí. Incluso la noche en que Perozzi sufre un infarto que le lleva a la tumba… Sin embargo, en el corazón de los supervivientes también la muerte adquiere un significado ridículo, recordando el hecho de que se puede vivir y sonreír hasta el último momento.

Pietro Germi, sin duda, se habría emocionado si hubiera tenido la ocasión de contemplar su guión transformado en imágenes. Ese extraordinario guión que Monicelli llevó con maestría a la pantalla como la mayor prueba de amistad que existió siempre entre ambos.

AMICI MIEI, ESCENA DEL TREN

Recuerdos del Xanadú, un barco de ensueño (I)

Por Guillermo Moreno Sandoval


Guillermo Moreno Sandoval

Hace ya algunos años que fui contratado para trabajar como Jefe de Electricistas a bordo del “D.E.S Xanadu”. Fue exactamente en 1972, cuando fue adquirido por  Xanadu Cruises Inc. Su nombre era entonces Pacific Star, rebautizado después con el nombre de Xanadu. Allá por el año de 1974 fue vendido a un joven matrimonio dueños de Air Club International con dirección en Seattle, Washington. U.S.A.  La Xanadu Cruises realizó la decoración interior del barco con todos los detalles orientales, dignos de un palacio, en donde la exótica tripulación tailandesa parecía formar parte de la decoración de la nave; Kublai Khan y Marco Polo se sentirían honrados con tan gran homenaje por el nombre de Xanadú. Ahora, no hace muchos días, por casualidad, se me ocurrió meterme a Internet para hacer algunas investigaciones relacionadas con Shangri-La, y cual sería mi sorpresa al encontrarme con la historia de aquel barco de mayor lujo en su tiempo y quizás de todos los tiempos.

Creo que, desde mi punto de vista muy particular, no fue justa la forma de haber dejado que se destrozara esta hermosa nave, única en su género, por su belleza interior como exterior y ni qué decir de su sala de máquinas, algo único, digno de un museo. Parecerá extraño decir sus cinco maquinas principales y sus dos motores propulsores, pues sí señores –como les decía al principio– único en su género en el mundo de la navegación. Las máquinas diesel Maybach de la Mercedes Benz, de doce cilindros en V, que movían los generadores eléctricos AG que daban la potencia para alimentar a dos grandes motores eléctricos  de corriente directa de la misma industria AG, uno a estribor y otro a babor, que se acoplaban a dos largos ejes de cola hasta las hélices. La máquina del centro, que era la número  tres, tenía la virtud de tener dos generadores en línea que se podían poner tanto al servicio de la propulsión, como para el servicio de alumbrado, ventilación y aire acondicionado. Yo recomendaría, en forma personal, se investigara todo ese tesoro tecnológico que se encuentra en las entrañas del Xanadu. Estoy seguro que se quedarían asombrados, principalmente con el sistema de propulsión.

El "Xanadu", en su época de esplendor

Esa tecnología -adelantada en su tiempo- donde el manejo y control de los motores propulsores era como estar jugando con un barquito de juguete en estos tiempos modernos. Ignoro las condiciones en las que está actualmente, ya han pasado muchos años desde el día que lo dejé de ver. Fue en el verano de 1976; yo me encontraba con permiso de una semana para visitar a mi esposa, ya que teníamos unos meses de casados, y se encontraba esperando a nuestro primer hijo, de tal manera que ya no regresé y se tuvo que contratar a un nuevo jefe de electricistas. Tuve que ir a San Diego a dar una capacitación aprovechando los días de la Semana  Mayor, ya que me encontraba  trabajando para Comisión Federal de Electricidad en la ciudad de La Paz, Baja California Sur (México). El programa  –después de la reparación de máquinas– era entrar a dique seco en San Diego el día 12 de abril y la partida de San Diego para Seattle el 22 de abril, y la salida en crucero corto de Seattle a Vancouver el 30 de abril para empezar los cruceros regulares de Alaska el 3 de mayo. Toda esta maniobra se llevó a cabo en el verano de 1976.  No tengo conocimiento si pudieron realizar los cruceros programados por la Riviera de México del mismo año.

BC

El primer encuentro que tuve con el Xanadu fue en Puerto Vallarta, Jalisco. Fue impresionante para mí ver aquel hermoso barco de pasajeros, ya que nunca había visto uno igual, sólo barcos de carga que llegaban al puerto de gran calado de la Isla de San Marcos, ubicada en el Golfo de California. Era en verdad un verdadero reto para mí, ya que hacia dos años había terminado mis estudios, y la única experiencia que tenía en barcos era haber trabajado ocasionalmente en el mantenimiento de remolcadores en una de las salinas más grandes del mundo, (Exportadora de Sal en Guerrero Negro, que se encuentra  por el Océano Pacifico en Baja California Sur). Soy originario de San Bruno, un pequeño pueblito de pocas casas diseminadas por la costa del Golfo de California a unos quinientos kilómetros de La Paz, capital de B.C.S. Pude realizar mis estudios con gran esfuerzo, sin pensar nunca que al terminarlos se me abrieran las puertas al mundo desconocido de la aventura. Cual Marco Polo, fui conociendo lugares maravillosos donde las lluvias eran casi a diario. Sería imposible describir el cambio tan drástico que estaba sufriendo mi vida, al dejar mi tierra semidesértica y con escasa lluvia de temporada, con algunos Oasis a lo largo de la media península.

Tampoco quiero pecar de ingenuo, buscaba siempre desde pequeño la forma de encontrar la salida del medio en que vivía. Mis padres me llevaron a vivir desde niño a la Isla de San Marcos, que se encuentra frente a San Bruno –junto con otros hermanos, donde mi padre trabajó por muchos años– consignados a estar en una prisión de puertas abiertas de la cual nadie salía, quizás porque encontraron una forma tranquila de vivir sin ninguna preocupación, ya que la compañía “Kaiser Gypsum” (Compañía Occidental Mexicana S.A.), explota, hasta la fecha, el mineral de yeso con una pureza y calidad insuperable en el mundo. Además, su fácil manera de transportación vía marítima lo hace competitivo en el mercado Internacional.

La Isla de San Marcos, está formada por este rico mineral que cubre  casi  la mitad de su superficie. La Empresa ofrecía a sus empleados, trabajo asegurado y casa habitación que, en esos tiempos, era difícil de conseguir. Desgraciadamente han destruido dos pequeños oasis que existían, entre esos cerros desnudos, donde solo se encuentra una escasa vegetación xerófita.

Se preguntarán ustedes cómo fue que llegué al Xanadu estando tan apartado de la civilización, eso se los contaré en otra ocasión. Esta hermosa tierra tan olvidada por tantos años tiene muchos recursos naturales muy codiciados por otros países. Ahora los ojos del mundo se están fijando en ella como un destino turístico, y de personas que se vienen a radicar, buscando la tranquilidad y la paz que nos brinda esta hospitalaria tierra. Sería maravilloso ver al Xanadu anclado en la Bahía de La Paz, convertido en una más de las atracciones turísticas del lugar.

Navegando por Alaska

Esta es la ruta que seguimos en el invierno del año de 1972, hasta la primavera de 1973, donde fuimos conociendo lugares en verdad paradisiacos, ¡Cómo olvidar esa primera vez en puerto Vallarta, Jalisco! Las campechanas de mariscos en Manzanillo… y qué les puedo decir de Acapulco y de ese calor de diciembre desconocido para mí, en donde no se puede dejar de saborear el agua de coco  con ginebra para quitar un poco la sed por el fuerte calor, y escuchar la música de una orquesta familiar -escapa a mi memoria su nombre- que tocaba por las tardes. Al dejar Acapulco, y poner rumbo hacia Acajutla, El Salvador, disfrutamos el viaje, ya que fueron de dos a tres días muy confortables; fueron loas jornadas que pasamos solos la tripulación, ya que los pasajeros fueron llevados en buses a San Salvador.

También fueron a visitar las ruinas  Mayas y Chichicastenango, en Guatemala. Cómo olvidar la experiencia de estar en las Islas Galápagos, y luego cruzar al continente para llegar a tierra firme en las costas de Ecuador, específicamente en Esmeralda, donde anclamos, ya que no existía ningún muelle donde atracar. Era todo un espectáculo ver como cargaban los racimos de plátano, pero no tanto como el show de bailes regionales que presentaban a los turistas –a bordo del Xanadu– con música autóctona y hermosos vestidos de vistosos colores. Después de haber dejado Esmeralda, poníamos rumbo a Balboa, Panamá. No vayan a pensar que yo era un turista más a bordo. Para mí, era un viaje de mucho trabajo y estudio del sistema eléctrico, donde tenía que revisar cada diagrama eléctrico del barco. Cuándo entramos al Canal y ver el Puente de Las Américas -que une al continente- pude contemplar la magnitud de aquella magna obra del canal de Panamá, que solo conocía en los libros de texto.

El puerto de Balboa queda hacia la parte sur. cuándo atracamos todos quisimos conocer la ciudad, ya que era zona libre para el comercio, principalmente de electrónica. Pude salir muy tarde, ya que no podía dejar solo mi puesto hasta que hubiera alguien que se hiciera responsable y no podía ser otro más que el Jefe de Máquinas. Salí por unas horas, cuándo ya era de noche con otro compañero y regresábamos al barco en taxi, cuándo vimos que estábamos arriba del puente.Le preguntamos al taxista “¡Oiga amigo! A dónde nos lleva si nuestro barco esta allá abajo?”, y dando vuelta en mitad del puente, regresando a Balboa nos dice sonriendo: “Son los primeros Mexicanos que se dan la vuelta en mitad del puente, es para la historia, amigos”.

Un momento de descanso

Al día siguiente, por la mañana,empezaron los preparativos para recibir a los nuevos pasajeros que harían el crucero de regreso a los mismos lugares que habíamos visitado. Los que bajaron en Balboa, para regresar por avión a sus lugares de origen. Y  así nos pasamos varios meses, realizando varios cruceros, hasta llegar la primavera. Habiendo vivido innumerables experiencias (ya que el Xanadu nos salía con cada sorpresa..), termino aquí, para no hacerles  más largo aquí el relato, subiendo desde  puerto de San Pedro a San Francisco, California, para luego zarpar finalmente a Seattle, donde fue llevado al dique seco, para revisión del fondo y hacer algunas reparaciones en la sala de máquina y así, así,esperar que llegara el momento de realizar los cruceros regulares de Alaska, en el verano.

Guillermo Moreno Sandoval, San Bruno, BCS