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La Librería Kitabevi de Estambul.

La Librería Kitabevi de Estambul.

Tuve que viajar a Turquía el pasado noviembre. El motivo principal que me llevó a tomar dos vuelos de la ‘Air France’ fue el tener que asistir a la ‘International Maritime Conference’, que se celebra anualmente en Estambul, pero también mi incontenible deseo de aspirar a pleno pulmón las más formidables y antiguas esencias otomanas. Los turcos tienen un hondo sentido de lo erótico, como sabe muy bien todo aquél que conozca su literatura, y hasta el más sencillo de sus proverbios es susceptible de sensuales interpretaciones y fantasías.

Quise llevar conmigo, como lectura que me suele acompañar siempre que viajo a algún país del mundo islámico, ‘The Book of Sufi Ribaldry’ (no existe traducción a nuestro idioma), que reúne a varios de los más grandes poetas sufíes persas y turcos que escribieron versos ‘obscenos’, pero también una prosa satírica (como es el caso de Rumi y Sadi) que pretende transmitir mensajes de un alto contenido espiritual y/o moral.

Está claro que la lectura de un libro suele conducir, inevitablemente, a otro. Y este último es el principio de una sucesión de títulos similares, de una tela de araña que se expande por nuestro tiempo libre hasta saciar el entusiasmo. Así que, siguiendo el consejo de un naviero griego aficionado a la lectura, fui a parar a la Librería Kitabevi, ubicada en la zona de Istiklal Caddesi. Fue una suerte dar con ella y me maravilló la cálida belleza de este entrañable local.

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Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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Ganador del Premio Nobel de literatura en 2002, el escritor húngaro de origen judío Imre Kertész ha publicado a lo largo de su vida algunos de los relatos más intensos e inolvidables de la literatura moderna sobre el Holocausto. La obra de Kertész explora en profundidad las atrocidades del régimen Nazi fascista durante la segunda guerra mundial y el genocidio sobre la población judía de Europa.

El escritor húngaro Imre Kertesz

El escritor húngaro Imre Kertész

Imre Kertész, nacido en Budapest en 1929, ha pasado su vida tratando de entender el legado y las consecuencias del Holocausto, que dominaron su vida y acrecentaron su visión pesimista de la naturaleza humana. A la edad de 15 años, Kertész fue arrancado violentamente de su hogar e internado en el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia. Posteriormente fue trasladado al campo de Buchenwald, en Alemania, del cual fue liberado en 1945. Kertész, entonces, regresó a su país natal y comenzó a trabajar en un periódico local, pero su carrera se truncó cuando el diario asumió una posición política procomunista con la que Kertész no estaba de acuerdo.

Tras un corto período de tiempo en el ejercito húngaro, decidió dedicarse a la escritura y a la traducción de textos en lengua alemana. Según confesó el propio Kertész, el tiempo que dedicó a ese trabajo le ayudó a encontrar su inspiración literaria. Su propia obra estuvo siempre influenciada por los autores que él mismo tradujo, en particular las obras de Freud, Nietzsche, Wittgenstein, Joseph Roth, von Hofmannsthal y Canetti.

19-21928-imre-kert-sz-fatelessPero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los editores de Budapest no cambió demasiado su situación de marginalidad. Y eso que para esas fechas, a mediados de los años setenta, ya había publicado su primera novela, Sin destino, que le llevó trece años de su vida. El libro, sin embargo, no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esta obra capital de la narrativa contemporánea.

Por lo demás, su vida seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un minúsculo apartamento. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas. La primera,como ya hemos mencionado, fue Sin destino. La siguiente, El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias durante la época estalinista. La tercera, Kaddis un meg nem született gyermekért (Kaddish por el hijo no nacido), es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.

Sólo cabe añadir a este desolador repaso de la trayectoria de Kertész la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos La bandera británica (1991) y Acta notarial (1993), los ensayos incluidos en Un instante de silencio en el paredón (1998) y el híbrido Yo, otro. Crónica del cambio (1997).

Después de Sin destino, Kertész no ha vuelto a tratar el Holocausto en su narrativa, al menos directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los años noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo sea Auschwitz.

Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. La concesión en 2002 del Premio Nobel de Literatura fue la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a uno de sus hijos más famosos.

Edith Clever y Bruno Ganz

Edith Clever y Bruno Ganz

Coincidiendo con el Festival Internacional de Cine de Chicago –clausurado el pasado 29 de Octubre– se llevó a cabo en la ciudad del viento un interesante ciclo dedicado a los grandes creadores del entonces llamado «Nuevo Cine Alemán», que tuvo –en la Europa de finales de los 70– a Wim Wenders y a Peter Handke como dos de sus máximos exponentes.

De este último, pude disfrutar de una de sus más interesantes películas: The left-handed woman (La mujer zurda), con la que Handke –controvertido novelista, autor teatral, guionista de Movimiento falso, de El cielo sobre Berlín y de El miedo del portero ante el penalty, de Wenders– debutó como realizador cinematográfico en 1978. El film, interpretado por Edith Clever, Bruno Ganz, Bernhard Minetti, Angela Winkler, Michael Lonsdale y Gerard Depardieu, entre otros excelentes actores, no deja de tener interés, pese a lo discutible del resultado.

La mujer zurda es una minuciosa narración de la soledad que padece una mujer separada, aislada del mundo, que vive en una enorme casa, medio vacía y rodeada de trenes, con su hijo de diez años; que hace traducciones para sobrevivir y que lentamente se encamina hacia la locura en su calidad de exiliada alemana en un París contemporáneo y hostil. El film es un reflejo, tanto de la particular forma de escribir de Handke, de construir sus personajes solitarios y dispersos como de su gran admiración por la obra cinematográfica del gran realizador japonés Yasujiro Ozu

En mi opinión, la película no es una obra ‘polémica y reaccionaria’ –como se le etiquetó en su época– a no ser que se entienda por tal una obra que se aparta del panfleto feminista, es decir, de la simplista consideración de que la felicidad consiste en la mera eliminación del hombre como único elemento generador de conflictos en la pareja.

Lo equivocado de la película no reside, pues, en el terreno ideológico, sino en el del estilo. Handke pretendió acercarse a realidad cotidiana con la mayor «objetividad» y para ello eligió un tono de crónica cercano al documental. A partir de una experiencia personal (Handke vivía en París desde 1970 separado de su esposa), plasmó aquí un caso de crisis personal y matrimonial desde una óptica femenina. Y queriendo evitar toda huella psicologista y sentimental de carácter literario, generó un relato descarnado, frío y distanciado que tiene poco que ver con el naturalismo propio de la narrativa tradicional.

Un ascetismo en la imagen que recuerda a Bresson, una planificación sostenida y con los actores frente a la cámara a media distancia, una búsqueda deliberada de un «cine de la mirada» (explícito homenaje a Yasujiro Ozu), una sustitución de la psicología por el comportamiento (referencia al novelista Flaubert), además de evidentes concomitancias con el Antonioni de la Incomunicación (los personajes se convierten en objetos y los objetos en personajes) y de un palpable tributo a las entonces modernas corrientes del cine alemán (dirección de actores «teatral», saltos espacio-temporales, abundancia de tiempos dramáticamente «muertos»), configuran las características formales de un film repleto de implícitas y de explícitas referencias culturales que puede desconcertar a más de un espectador.

Handke creyó que lograba el máximo de «realismo» rehuyendo los artificios del relato de ficción sin caer en la cuenta de que la crónica o el documento deben también recurrir a ciertas convenciones narrativas, no ya para gratificar al público, sino para hacer ideológicamente productivo un trabajo estético que corre el peligro de quedar encerrado en sí mismo. Un ejemplo: al no explicitar los motivos de la crisis conyugal y al despreocuparse del contexto sociológico (de París sólo le interesó el paisaje urbanístico del extrarradio como telón de fondo de significación objetual), el drama de la protagonista se acerca peligrosamente a esa «angustia vital» de raíces irracionales y metafísicas que ignora los condicionamientos materiales de toda existencia humana.

Infeliz en su matrimonio y desgraciada en su soledad, la protagonista no parece asumir con lucidez su problema y, lógicamente, ante sí sólo halla la única certidumbre de la vejez y de la muerte (visita de su padre). La sombra de Bergman también planea sobre esta primera película de Peter Handke que, si hacemos caso a lo que declaró entonces su autor, es ante todo una plasmación fílmica del universo plástico del pintor norteamericano Andrew Wyeth.

Mr Arriflex

El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

    El Rey de los huevones, film de Boris Quercia

Huevón

Por Carlos Droguett

es una palabra alegre, triste, cruel, optimista, angustiosa, débil, robusta, desafiante, filosófica voz sola, solitaria, cabal, total, ella sola se basta, es sustantivo adjetivo, verbo, adverbio anuncia una decisión o tarja una tragedia, sazona una anécdota, define un cuerpo o un alma, más bien un alma, alumbra el fondo ignorado y misterioso del hombre vale por un texto de filosofía, reemplaza un discurso y a varios oradores, voz llena de fiesta y amargura, llena de acción más que de inercia, voz llena de experiencia, es la más chilena, la más definidora, la más expresiva, la más sugerente, la más sensorial, la más popular, la más universal de las expresiones chilenas todos los hombres no son huevones, no, para llegar a serlo cabalmente hay que haber vivido un largo itinerario de sufrimiento, de viril amargura, de desesperante espera,no, muchos hombres, jamás obtendrán de la vida el privilegio de ser elevados a la categoría de un rotundo y completo huevón, jamás treparán a esa dignidad y deberán contentarse con rozar las aguas, con codearse con la innumerable grey de los huevetas.

Como se ve es una palabra de distinción, como las condecoraciones que ofrece la naturaleza, genio, belleza, carácter, sólo unos pocos son sus privilegiados. Hay hombres que en el curso de la vida, habiendo nacido en cuna de oro, los desplazamientos sociales del mundo que avanza, los posterga, los arroja cruelmente y sin retorno al estado llano. Eran aristócratas, ahora son del montón, ya no son huevones a secas, ya no les basta con su apellido, que se ha deslucido y deslustrado, ahora deben agregar a su apelativo otras palabras que indiquen que allá muy adentro, en los extramuros de la vida todavía alientan ellos, ellos que ahora se han convertido en unos pobres y tristes huevones.

Palabra soberbia, solitaria, orgullosa, jamás acompaña. Explota en el mediodía del idioma como un rotundo sol, ella sola se basta, ella sola define, desafía, provoca, insulta, mata o da la vida.

Como el tábano socrático, llama a la acción y al desvelo, voz despectiva, despreciativa, hiriente, burlona, cruel, encierra no obstante en su sustancia una irreemplazable semilla de estimación, de amor, de admiración, voz que no desprecia nunca.

Otra característica de ella es que enlaza con sus sílabas todos los estratos de la sociedad, el aristócrata y el roto en ella se entienden, es un puente, un trazo de unión que une a las diferentes capas sociales y que cosa curiosa, sirve más para unir que para desunir.

Cuando los contrincantes en el parlamento, en el arte, en la vida social o en la vida doméstica ya no tienen argumentos en la lengua ni en la memoria y sólo buscan afanosamente en los rincones las armas contundentes, las desviaciones o la alevosía, entonces milagrosamente hace ella su limpia aparición y rompe el nudo de sangre, pone un poco de sonrisa, de amable, cautelosa, adusta sonrisa en la tragedia. El roto mira al aristócrata, el patrón mira a su criado y entonces comprenden que son de la misma carne y de la misma sangre.

El hueveta es un huevón venido a menos que no obstante andar con la ropa raída y el pelo largo, todavía, a simple vista, conserva reflejos dorados de su antiguo esplendor. Ya no hay soberbia en él, sólo humildad, ya no es de la estirpe de los triunfadores, pero tampoco lo es de los derrotados.

En cambio, el pelotas es un advenedizo, un roto de mierda que por mucho que asciende en la escala social -más claro en la económica- jamás logrará adquirir asimilarse a la pura y rancia estirpe de aquel que por nacimiento y por destino es un huevón.

El alcance del significado sociológico de esta hermosa y rotunda locución está en la anécdota del loco. Se encontraba el cruel y vengativo enfermero -mezcla de matón de prostíbulo y de sargento de policía en el patio grande y para burlarse de los pobres enfermos trazó una raya con tiza en el suelo y prometiéndoles golosinas y fiestas los impulsaba a pasar bajo ella. Rotos y ensangrentados, llorosos y rientes, se amontonaban en el rincón asoleado del patio cuando le llegó el turno al loco esencial, quién exclamó con rotundo orgullo y complaciente despreciativa: Ah, no, yo no. Yo soy loco pero no huevón.

Porque el huevón tiene mucho de la lúcida y celeste ingenuidad de don Quijote.

Otra característica de esta expresión aparentemente hiriente es que ha perdido, si alguna vez la tuvo, toda característica obscena, conservándose como una de las voces más puras del idioma en esta parte sur del continente americano. Efectivamente, quien la usa no sólo trata de herir, de despertar al amor propio dormido o adormilado de alguien, de alguien querido o estimado casi siempre. No, ya es una expresión que sirve de punto de unión, de contacto, de combustible permanente e inagotable del idioma de los sentimientos que él quiere expresar. Me he fijado que familiares o amigos la usan en lugar del patronímico que interlocutor o reemplazando en ocasiones, y muy a menudo, las expresiones amigo, compañero, hermano, que dan curso o impulso a una conversación o una confidencia.

Fíjate huevón… te voy a contar huevón, es una frase que no tiene en absoluto una intención peyorativa o disminuidora, simplemente es un modo de acercarse a la ternura, a la pura alma, de enhebrarse al sentimiento del que oye o del compañero de conversación… Es un modo de demostrar absoluta confianza, fe, ilusión, intención de incorporar toda aquella alma a la propia.

Por último, para demostrar su capacidad de abarcarlo todo, no sólo ha salido del contorno del sexo masculino y ha pasado holgadamente al del sexo femenino.

Carlos Droguett  (1912-1996) autor de títulos fundamentales de la literatura chilena,  Desarrolló una escritura tan transgresora y vehemente como su propio carácter. Obras como “Eloy” y “Patas de perro” dan cuenta de una propuesta creativa que revolucionó la narrativa local.

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No recuerdo ahora si llegué a mencionar, en alguno de los posts publicados en este Faro, al grandísimo terapeuta norteamericano Eric Berne –creador de la terapia transaccional– una especialidad que tal vez está hoy día algo relegada, pero continúa siendo una fuente de inspiración de bastantes modelos de intervención en la asistencia psicológica moderna.

El libro más conocido de Berne, que estuve releyendo últimamente, se titula Los juegos en los que participamos, y en él nos habla de nuestras conductas neuróticas, refiriéndose a ellas como si fueran parte de un juego; un ritual que todos nosotros repetimos una y otra vez, con la complicidad de nuestro entorno, intentando obtener, en la secuencia, la falsa seguridad que creemos necesitar o que nos inducen, convencen y enseñan que necesitamos.

Sin embargo, la auténtica seguridada sólo puede desprenderse del completo conocimiento y manejo de los propios recursos y de la aceptación de las propias carencias o defectos; porque ser un adulto sano es –según Berne– abandonar todos nuestros disfraces: los de víctima, los de sabelotodo, los de tiernos y desvalidos, y por supuesto también los del autosuficiente que no necesita nada.

La congruencia está relacionada con la sinceridad de aceptarme como soy. La seguridad, con conocer y asumir como propias mis incertidumbres y mis dudas. La madurez, con ser capaz de pedir sin depender. Qué bueno y sano sería poder pedir con claridad lo que busco o necesito y permitirle al otro (a los otros) decir que o que no, según sea su deseo:

Lo peor de nosotros está contenido en nuestros repetidos y exigentes roles neuróticos, que nos impiden aprender que manipular es exigir y que la respuesta del otro a mis exigencias o las de cualquiera, no puede ser siempre la mejor. Aprender a pedir sin exigencias es uno de los grandes desafíos del ser humano, e implica aceptar que no somos autosuficientes. De hecho, nos asegura Berne en su excelente libro, “yo mismo, cuando me obligo a hacer algo que no quiero, cuando trato, cuando intento, cuando te presiono, cuando me obligo, cuando me impongo darte… es probable que consiga darte más, quizás mucho más, pero nunca te doy lo mejor. Porque lo mejor de mí, lo más bello de mí; lo más constructivo de mí… es lo que quiero darte, es lo que me surge sin esfuerzo.”

Gran lección la que nos brinda Eric Berne en Los juegos en los que participamos. Su lectura es amena y muy recomendable. Una clave para conocernos mejor a nosotros mismos y que viene a resumirse en unas pocas pero certeras palabras: “Lo mejor de mí que puedo darte, es lo que quiero darte”.

 

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Monterrey (México)

El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…

Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.

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Dicen que el escritor es un tipo que pone todo su empeño en hacer lo que no sabe hacer. Nadie le ha enseñado. Nunca sabe como terminará lo que escribe. Cuando empieza su segunda obra, ha de olvidar la primera y volver a sortear todas las dificultades de la segunda… Ya decía Michel Butor que escribir una novela es escribir algo que nunca ha existido.

El escritor británico Ian McEwan

El escritor británico Ian McEwan

Un artista plástico, un arquitecto, cualquier profesional creativo, sabe qué es lo que quiere conseguir cuando comienza algo. Pero un escritor casi siempre trabaja más allá de sus límites porque le gusta saber qué hay más allá. A veces, sin embargo, consideramos el trabajo de escribir como algo inútil. Aunque seamos capaces de meternos en la piel de otras gentes que inventamos para poder así dar forma a nuestro discurso, sea este el que sea. Aunque seamos capaces de asumir la desdicha y la condición humana y saber que podemos expresarla en forma de relatos, novelas o poemas. Aunque sepamos describir la alegría, o la paz que da el amor, o la felicidad completa.

Todo este preámbulo viene a cuento porque acabo de releer La playa de Chesil –la novela del consagrado autor inglés Ian McEwan– que, aunque no está considerada como una de sus mejores obras, no se puede leer sin dejar de admirar esta nueva demostración de destreza narrativa, o de la aparente facilidad con la que McEwan es capaz de trenzar un discurso que, independientemente del contenido de la historia, resulta una auténtica y placentera lectura. Un control de los mecanismos más narrativos que se hace patente, por ejemplo, en el tiempo de la historia: en esencia, unas pocas horas de la noche de bodas de una pareja, detalladas con un tempo lento y minucioso, atento a cada una de las inflexiones que se van sucediendo en el ánimo de los dos personajes.

En la práctica, sin embargo, McEwan intercala la historia previa al presente de la narración, unas breves pinceladas que sitúan el origen de los dos y de su amor; así como también una especie de epílogo de los años posteriores a la finalización de la historia estricta. Y lo hace alternando en la narración el punto de vista de ambos personajes, y valiéndose del flashback para dar una información mínima pero suficiente. El resultado es una narración impecable, una historia breve –casi una nouvelle– y deliciosa, sin demasiadas pretensiones aparentes.

«Eran jóvenes, cultos y, ambos, vírgenes aquella noche, su noche de boda, y vivían en una época en que una conversación sobre problemas sexuales era del todo imposible.»

Es la frase que abre la narración, un inicio de aquellos destinados a perdurar, que introduce, con unas pocas palabras, el núcleo central de la historia, el conflicto con que deberán encallar los dos principales personajes. Estamos en la Inglaterra de 1962 –justo antes de los cambios sociales que habrían de venir–, Edward y Florence sacaban de casarse y se disponen a cenar en el hotel, situado al borde de Chesil Beach, donde pasarán la noche de bodas. Una violinista de buena familia y un aspirante a historiador de clase obrera –caracterizado por resolver a golpes los problemas– que pese a las diferencias han optado por compartir la vida. Y el concepto de noche de bodas que recupera aquí todo el sentido que había tenido en otros tiempos: el de una primera vez que, en la novela de McEwan, es sinónimo de movimientos torpes, de fracaso, de platos rotos.

img_art_12842_4860En pocas páginas –y, en consecuencia, con una economía de recursos realmente destacable– McEwan es capaz de trazar las líneas maestras de la psicología de los dos miembros de la pareja, los miedos y las inseguridad que los atenazan, los deseos que los mueven, la ceguera o la ingenuidad con que se encaran a una situación nueva y, en consecuencia, desconocida. Un dibujo en el que lo que no se dice o lo que no se hace tiene tanta o más importancia que lo que es de forma explícita. La brevedad implica contención, y McEwan ha usado las palabras justas, y sólo las justas; nada es superfluo. Por el contrario, cada frase puede leerse en clave simbólica, y desde este punto de vista abrirse a líneas temáticas diversas: la educación de cada sexo, especialmente de la mujer, las diferencias insalvables de clase, la manera como la época marca los personajes, la incomunicación, la relación entre la felicidad y la ambición, etc.

Quizás hubiéramos preferido que el autor hubiera cerrado la novela justo en el momento que termina la historia que se narra; que hubiera evitado, así, esa especie de epílogo que, por momentos, recuerda el esquema previsto de otra novela, tal vez inicialmente más extensa, en la que todo está absolutamente delimitado, y todas las piezas del rompecabezas acaban finalmente por cuadrar. En el caso de la novela de McEwan, resultado de un proceso de aceleración del tiempo narrativo en las últimas páginas, una técnica simplificadora con que se pretende dar algunas pistas de cuáles serán los caminos que seguirán los dos personajes a partir de aquella noche. Y así, si McEwan cuenta unas pocas horas en las primeras cien páginas de la novela,  cuenta un buen puñado de décadas en las últimas diez.

En cualquier caso, una historia sencilla pero emotiva; y, sobre todo, muy bien narrada. Con el trasfondo del paisaje idílico de la playa de Chesil como símbolo del contexto en el que se encuentran los dos personajes y de lo que este marco les exige. Una exigencia que no se corresponde con su preparación y, tal vez, no del todo tampoco con sus deseos. Ir hasta allí para volver de vacío –o, peor aún, para volver con las manos llenas de los pedazos de un objeto que era tan valioso– es el más cruel de los destinos que se puede dar a este hotel al borde de la playa.

La propuesta del editor de este blog, –con el que tan gustosamente vengo colaborando desde hace años– para publicar una crónica del Festival de Venecia me sorprendió con la Mostra apenas concluida el pasado día 7. Obviamente, entre entrevistas y críticas de las películas fundamentales, (como ustedes saben el film de Roy Andersson “A Pigeon Sat on a Branch Reflecting on Existence” obtuvo el codiciado León de Oro) me faltaba tiempo y espacio para enviar el material en este número. Así que he optado por incluir ahora la reseña de una película francesa de 1968, vista con mucho interés en la deslumbrante Filmoteca di Venezia, dejando para más adelante la sistematización del material reunido para la Mostra.

La versión japonesa, con Isabelle Adjani.

La versión japonesa, con Isabelle Adjani.

Se trata de “Adolphe”, de Bernard T. Michel, autor también de “La difficulté d’être infidèle” y “Le malin plaisir”. Me gustó esta película porque vi inicialmente en ella un sorprendente alejamiento de los esquemas habituales y casi obligados de la comedia sentimental y literaria a que tan afectos se muestran los franceses en muchas de sus expresiones artísticas, y por otra parte, porque creí ver en sus descaradas e innumerables licencias con el texto original un intento de creación lingüística autóctona que me pareció en sumo grado estimulante. Aunque tal vez, pensándolo bien, las dos razones de peso vengan finalmente a unificarse y terminemos por quedarnos con un solo motivo, la fuerza original de su adaptación dentro del cuerpo de la cinematografía francesa, quizá la única europea que nos presente unas amplias coordenadas estilísticas comunes a muchísimas de sus obras.

“Adolphe, anecdote trouvée dans les papiers d’un inconnu et publiée par M. Benjamín Constant” fue escrito en quince días y en el año 1806 por el después reconocido tribuno liberal Benjamín Constant, a instancias —como en su día lo fueran el “Frankenstein” de Mary W. Shelley, “Don Juan Tenorio” de Zorrilla o “Las almas muertas” de Gogol— de una apuesta o juego literario, en esta ocasión entre abúlicos ilustrados de la alta nobleza centroeuropea. El mismo Constant, cuyas mayores cartas de reconocimiento público fueron después el ser chambelán del duque de Brunswick, consejero del altivo Bernadotte, diputado, presidente del Consejo de Estado y, sobre todo, redactor de la famosa Acta Constitucional del Imperio, se pasó toda su vida considerando (y hasta el momento de la muerte) a su librito de ficción sólo como lo que, efectivamente, había sido en origen: una distracción o un modo de fácil acceso a “boudoirs” envidiados.

Texto bien inmerso en una rica tradición novelesca francesa, todo tipo de facilidades se le presentaban, pues, al realizador T. Michel si quería continuarla cinematográficamente dentro del bien conocido y no por ello menos detestado género de film histórico-sentimental artísticamente coloreado (pienso no sólo en “Madame Sans-Géne” y “El robo de la Gioconda”, sino más en “Le Rouge et le Noir”, “Angelique”, “Lamiel”, “Le voleur” y otros productos típicamente “cecil-saintlaurentianos”).

En lugar de esto, Michel –y nunca negaré que rindiendo bastantes tributos de servilismo y torpeza– escogió fórmulas del melodrama convencional y urbano de Hollywood, aquél que sublimaron Sirk y Minelli, convirtiendo el “Adolphe” en un drama cosmopolita, mucho más que lo fuera la obra original, que si simplifica en exceso los excelentes momentos de intensidad amorosa que el libro poseía, se transforma en un atrevido exponente de lo que la vía comercial del cine francés podría llegar a ser abandonando sus imperantes esquemas de ambición pseudoilustrada. La película, desde las coordenadas antes expuestas, termina por depender de dos únicos ejes bien concretos, típicos del melodrama hollywoodiense: las ideas de paso del tiempo y sucesión espacial y la ornamentación visual de algunos factores que juegan papel en el desarrollo de la historia.

El primer componente consigue, y es lo que menos se podía esperar de un libro como “Adolphe”, de concentración narrativa tan peculiar, únicamente articulado sobre la obsesiva relación de sus protagonistas, que la historia se convierta en un film-río en el que los elementos novelescos, en la variedad de sus datos (personajes secundarios bien perfilados, cuando en la novela apenas existían, importancia de los distintos escenarios y países en que la acción transcurre, que en el libro eran sólo un desvaído fondo a los amores, y otros ejemplos similares), casi llegan a hacer olvidar al espectador el desenvolvimiento del motivo central.

Respecto al segundo factor, empezando por la evidente trasposición fetichista y autocomplaciente que supone cambiar la representación teatral de aficionados del libro por el rodaje de un film amateur en 16 milímetros, observamos gradualmente, no sin asombro, que las habituales bazas de estos films románticos franceses, el “peso” de unos diálogos, la seriedad arqueológica de las caracterizaciones, la solidez moral de los personajes, se van oscureciendo en aras de elementos más sensuales, más a primera vista asimilables: una escena de amor que transcurre en la lluvia, la calidad de un automóvil bello, paseos a caballo por grandes espacios de bosque, una habitación sobrecargada y maléfica donde la recordada Ulla Jacobson se instala y sigue el asedio, colores muy precisados, siguiendo módulos narrativos norteamericanos de diferenciación por medio de ellos de los diversos estados de ánimo; como se ve, factores todos, estos últimos, que buscan la adhesión emocional del espectador, la fijación de puntos mágicos en la narración, para hacerla despues avanzar siguiéndolos, y dejando de lado, si a veces es preciso, a los mismos personajes. Todo, finalmente, se debe sacrificar a la intensidad del “medio ambiente dramático”, y esto, regla de oro ‘del buen melodrama, también en el film de Michel se cumple con fidelidad.

Mr. Arriflex

“La magia de una palabra —DADA— que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia”

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El “Manifiesto Dadá” escrito por Tristan Tzara y publicado en 1918 en el número 3 de la revista DADA de Zurich, es el primer manifiesto del movimiento dadaísta. Otros textos importantes para la historia del dadaísmo son: el “Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo“, también de Tzara, leído en París el 12 de diciembre de 1920 en la Galería Povolozky y publicado posteriormente en el número 4 de la revista “La vie des lettres” también de París y la plaquette de ocho folios sin numerar “La premiere aventure celeste de Mausleur Antipyrine“, que Tzara escribió y publicó en Zurich en 1916.

Ahora bien, el manifiesto de 1918 es sin duda alguna el texto más significativo de los que publicó el artista rumano y el más explícito en sus intenciones.

Vivió casi toda su vida en Francia y fue uno de los autores más importantes del movimiento Dadá, que fundó junto con Jean Arp y Hugo Ball, una corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria en el sentido de que buscó romper con todos los parámetros establecidos a lo largo de la extensión de la historia del arte occidental, tanto que hoy día es catalogada como “antiarte“. El Dadá fue una especie de padre fundador para gran cantidad de movimientos artísticos, entre ellos el surrealismo, el estridentismo, y en cierta medida el Arte Pop de los años 60.
 
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El movimiento dadaísta se originó en Zúrich, durante la I Guerra Mundial;  Tzara (llamado también Izara) escribió los primeros textos Dadá — La Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine (“La primera aventura celestial del señor Antipirina”, 1916) y Vingt-cinq poèmes (“Veinticinco Poemas”, 1918), así como los manifiestos del movimiento: Sept manifestes Dada (“Siete manifiestos Dadá”, 1924). En París organizó, con sus compañeros de movimiento, espectáculos callejeros plenos de absurdismo para épater le bourgeois, “escandalizar a la burguesía”, y dio un poderoso impulso a la escena dadaísta. Hacia fines de 1929 se embarcó en el recién inaugurado movimiento surrealista de André Breton, Louis Aragon y otros autores; dedicó grandes esfuerzos a intentar conciliar las doctrinas filosóficas nihilistas y sofisticadas del movimiento con su propia afiliación marxista. Participó activamente en el desarrollo de los métodos de escritura automática, entre ellos el collage y el cadáver exquisito. De esa época data su libro   L’Homme approximatif  (“El hombre aproximativo”, 1931).

Durante la II Guerra Mundial se incorporó a la resistencia francesa; tras obtener la ciudadanía en 1947, se afilió al Partido Comunista Francés. Su militancia se extendería hasta 1956, cuando, tras la invasión de Hungría por las tropas soviéticas para apagar la revuelta popular, se apartó del partido. Su obra de la época es característicamente compleja, aunque más convencional que en su juventud; en ella destacan Parler seul (“Hablar solo”, 1950) y La face intérieure (“El rostro interior”, 1953). cuando él fue dadaísta.

Murió en diciembre de 1963 en París, y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse.

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Los amantes del arte suelen aparecer con bastante frecuencia en las novelas de John Banville. El protagonista y narrador de “El intocable” –obra reeditada poco después de haber sido galardonado el escritor irlandés con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras de 2014– es, como cabía suponer, un prestigioso historiador del arte. O para ser exactos, uno de los historiadores de arte más famosos e impenetrables del siglo XX, un esteta perteneciente a la alta sociedad inglesa que vivió una vida secreta y sumamente peligrosa.

“El intocable” está basada en la vida de Sir Anthony Blunt, que fue durante muchos años el asesor de arte y curator de la reina de Inglaterra y que admitió públicamente, en 1979, haber sido un espía soviético durante décadas. Banville le da en este libro un nuevo nombre, Victor Maskell. En la actualidad, los novelistas son tan desinhibidos a la hora de escribir biografías de ficción, que es casi una sorpresa encontrarse con una obra en la que las identidades de las personas reales han sido habilmente ocultadas. Otros personajes que aparecen junto a Blunt en esta novela son sus cuatro jóvenes y brillantes compañeros de Cambridge — Kim Philby, Donald Maclean, Guy Burgess y John Cairncross— que también estuvieron infiltrados en el corazón mismo del establishment británico espiando junto a Blunt para la Unión Soviética. En este libro, perteneciente a un género narrativo que los franceses denominan muy acertadamente roman-à-clef, donde las personas reales se presentan bajo nombres ficticios.

John Banville

John Banville

Aunque Banville incluye elementos irreales en esta excelente novela, “El intocable” relata con maestría la vida de Anthony Blunt y la de sus cuatro compañeros comunistas. La supuesta autobiografía arranca en el momento en que el más famoso espía británico es públicamente expuesto como un traidor en la Cámara de los Comunes por la señora Thatcher. Es el quinto hombre del mítico  Grupo de Cambridge y se dispone a enfrentarse a la humillación pública o simplemente a soportarla, como el estoico que siempre ha dicho ser, convertido para siempre en un paria, un «intocable». Pero ya es un hombre viejo, quizás a las puertas de la muerte, y en un último acto de develamiento, o quizás de suprema venganza, decide escribir sus memorias. Será éste un proceso semejante a la restauración de uno de los cuadros que tanto amó, y página tras página irá despojando a la tela de su vida de las infinitas capas de mugre, barniz y pinturas que ocultan otras pinturas, hasta que por fin reaparezca la figura auténtica, o al menos la que más se parece a la verdad.

John Banville, al que George Steiner considera el escritor de lengua inglesa más inteligente y el estilista más elegante de nuestros días, no nos está contando aquí una historia ya conocida de secretismos y conspiraciones, sino más bien un relato representativo de estas inclinaciones humanas. Ser un espía es la forma que tiene Maskell/Blunt de convencerse a sí mismo de que tiene un mundo interior más allá del arte, más allá de la superficial sociedad británica de la época.

 

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