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Con motivo de cumplirse el centenario del rescate de Sir Ernest Shackleton y sus hombres, tras la fallida expedición del “Endurance” en el Continente Blanco y ser rescatados por un grupo de marinos chilenos a bordo de la escampavía “Yelcho” –comandada por el Piloto Luis Pardo–, queremos recordar hoy día una de las hazañas más épicas de la historia antártica. El siguiente post fue publicado en este blog en marzo del 2009.

 

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

 
En agosto de 1914, recién declarada la Primera Guerra Mundial, zarpó de Inglaterra en su tercera expedición a la Antártica el intrépido explorador británico, Sir Ernest Shackleton, gran figura de la época heroica de las investigaciones antárticas europeas.

Su intención era atravesar la Antártica desde el mar de Weddell al mar de Ross, es decir, cortar la Antártica pasando por el Polo Sur. Contaba para ello con el “Endurance“, un velero mixto de tres palos, de 300 toneladas, con máquina a vapor y acondicionado para la empresa y el “Aurora”, que debía zarpar desde Australia para recibir a los expedicionarios en el estrecho de Mac Murdo, inmediato al mar de Ross.

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Lamentablemente el año 1915 fue extremadamente crudo en la Antártica y el 18 de enero el “Endurance” quedó atrapado en los hielos.
Los expedicionarios, después de luchar durante diez meses contra la glacial e inhóspita naturaleza, tuvieron que soportar las presiones de toneladas de hielo, que en su constante deriva aprisionaba al buque.
El 25 de octubre la nave se montó sobre un témpano quebrándose el timón, la popa y luego la quilla. No quedó otra cosa que abandonarlo, mientras el hielo iba destrozando poco a poco su superestructura, hasta que el 21 de noviembre, el “ Endurance” desapareció de la superficie del mar.

Acampando en los témpanos, los náufragos fueron derivando hasta llegar a la isla Elefante, donde se establecieron refugiándose en los botes boca abajo para cubrirse del tremendo frío.ernest_shackleton
Shackleton partió en un bote hasta el norte en busca de auxilio. Después de mucho bregar y luego de infructuosas tentativas en las islas Falkland, no pudo obtener ayuda.

Luego llegó a Montevideo, donde se le procuró ayuda, pero el buque enviado en socorro de los náufragos no pudo llegar a su destino.

De nuevo en las islas Falkland, siguió a Punta Arenas, en un cutter con la esperanza de obtener en Chile la ayuda necesaria. Recurrió entonces al Almirante don Joaquín Muñoz Hurtado,  Director General de la Armada, quien pidió autorización al gobierno y con ella dispuso que el Almirante Luis V. López, Jefe del Apostadero Naval de Magallanes, le proporcionara a Shackleton un buque.

Se prefirió la escampavía “Yelcho” , buque de 467 toneladas, viejo, sin calefacción y ni alumbrado eléctrico, sin radio, de borda baja y sin doble fondo. Era simplemente una audacia su envío.
Se cambió al Piloto Pardo desde la escampavía “Yáñez” a la “Yelcho” y se confió en la calidad de éste y de su gente, en su pericia y su coraje. Lo secundaba el Piloto 2o. León Aguirre Romero, que acababa de regresar del viaje de la goleta “Emma“.

Luis Pardo zarpó con la “Yelcho” el 25 de agosto de 1916, navegando por ruta de canales a tomar el Beagle.
Cruzó el mar de Drake con buen tiempo, muy baja temperatura y con neblinas, a veces cerradas y otras que un ligero viento permitía observar en parte el horizonte y divisar los numerosos témpanos que comenzaban a aparecer.
El día 28 la neblina se cerró totalmente. Al amanecer el día siguiente aclaró un tanto el horizonte, permitiendo ver hasta una distancia de una milla, por lo que aumentó el andar a toda fuerza.
Pardo, prefirió seguir navegando al máximo de su velocidad para poder llegar de día a la isla Elefante, donde se hallaban los 22 hombres del “Endurance“.

El día 30 de agosto, cerca de las 11 de la mañana aparecieron las primeras rompientes del extremo norte de la isla Elefante y se reconocieron las rocas Seal, a dos y media millas de distancia.
Sorteando los témpanos, la escampavía “Yelcho” comenzó a rodear la isla, oteando para ubicar el campamento, hasta que a las 13:30 horas, con general alegría, vieron a los náufragos ubicados en un bajo, teniendo por un lado un enorme ventisquero y por el otro los altos picachos de la isla.

La “Yelcho” arrió rápidamente una chalupa en la cual se embarcaron Shackleton y sus acompañantes y se dirigieron inmediatamente a tierra, donde el entusiasmo era indescriptible, en medio de vivas y agitar de trapos de indefinible color.
Después de una hora de trabajo duro para vencer las rompientes, los náufragos se encontraban a bordo de la “Yelcho“.

El Piloto Pardo obró con tino e inteligencia. Las determinaciones durante la navegación fueron sabias y piloto-pardo1oportunas y supo aprovechar las circunstancias favorables del tiempo con habilidad y decisión, todo lo cual redundó en el más completo éxito.
Desde que el buque zarpó, como no tenía medio alguno para comunicar su situación ni las experiencias de ese viaje relativamente incierto, la ansiedad en el Apostadero Naval de Magallanes era aún mayor.

Al regreso,  el buque experimentó un fuerte temporal en el Paso Drake, que se generalizó en toda la zona. En medio de un fortísimo temporal arribó a Punta Dungenes el 2 de septiembre. Como no pudo desembarcar para informar al Apostadero el éxito del rescate, siguió a Río Seco donde allí lo hizo.
Informado el gobierno, éste envió las felicitaciones del caso del Ministro de Marina, a las que se acompañaron la del Director General de la Armada.
La recepción en Punta Arenas constituyó una fiesta popular.

La escampavía “Yelcho” se puso a disposición de Sir Ernest Shackleton para ser conducido a Talcahuano y Valparaíso.
El buque llegó empavesado a Valparaíso y fue saludado por todas las naves de la Escuadra con sus tripulaciones formadas en cubierta y en medio de un enjambre de embarcaciones menores que lo escoltaron hasta el fondeadero, entre un ruido ensordecedor de pitos y sirenas.

Ambos personajes de singular celebridad fueron recibidos por el Presidente de la República, don Juan Luis Sanfuentes.  Allí aprovechó Shackleton de agradecer la colaboración del gobierno de Chile.

Al Piloto Luis Pardo Villalón, se le anotó su proeza como nota de mérito especial en su Hoja de Vida, así como se le hizo figurar con honor en la Orden del día de los buques y reparticiones de la Armada.
Fue ascendido al grado de Piloto 1º,  el 7 de septiembre de 1916.
Sirvió tres años más en la Armada y se acogió a retiro con fecha 23 de mayo de 1919.

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Se ha publicado que con cortesía, pero con firmeza, rechazó un obsequio de veinticinco mil libras esterlinas que le habría ofrecido el gobierno británico. Estimó que no era acreedor a ese premio, porque como marino de Chile, había cumplido una misión que le había sido encomendada.
El gobierno lo nombró Cónsul de Chile en Liverpool. El Piloto 1º, don Luis A. Pardo Villalón, falleció en Santiago el 21 de febrero de 1935, con el grado de Teniente 1º,  piloto en retiro, a los 54 años de edad.

Después de haber soportado estoicamente diecinueve años atrás las bajas temperaturas del mar o Paso de Drake -sorteando témpanos a la deriva-  fue víctima de una bronconeumonia, que lo llevó al sepulcro, cuando aún podía esperarse mucho de él.

Fuente: Mundo Historia

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¿Quién ha dicho que hay que salir de casa para viajar? A través de los libros de viajes podemos recorrer casi todos los países del mundo sin levantarnos del sofá. A lo largo de la historia, muchos escritores aventureros, tentados por la curiosidad, hicieron su equipaje y escribieron sus memorias o vivencias.

Según el profesor Narcís Garolera, autor del libro Escritura itinerante, la Odisea de Homero puede ser considerado el primer libro de viajes, ya que a pesar de tener elementos fantásticos, no deja de ser un libro que recorre los pueblos del Mediterráneo. En la Edad Media, el viajero más relevante fue Marco Polo: “Hizo la Ruta de la Seda, por la que llegó a China, y luego dictó el Libro de las maravillas del mundo, que aportó los únicos datos conocidos de la geografía del Extremo Oriente en aquella época “.

El profesor también explica en su libro que más adelante, en el siglo XVIII, los que viajaban eran los ilustrados y lo hacían con el objetivo de adquirir conocimientos científicos: “Escribían memorias de manera objetiva. Un ejemplo destacado fue el militar, espía, arabista y aventurero catalán Domingo Francisco Badia y Leblich, conocido también como Alí Bey el-Abbassi, que viajó por Marruecos, Argelia, Libia y diversas regiones del Imperio otomano hasta llegar a La Meca.

Después ya nos encontramos con el Viaje a Italia, de Goethe, uno de los autores más relevantes de finales del siglo XVIII. “Se considera el primer libro de viajes literario. Marcó el punto de inflexión entre los viajeros científicos y los románticos, que vinieron después”. El primero romántico es Chateaubriand, con su viaje a Tierra Santa en el siglo XIX. “Es el primero que escribe a partir de sensaciones e impresiones, de una manera subjetiva. También es muy conocido Stendhal y su viaje a Italia. Los románticos —añade el profesor– son los que más han influido en la literatura de viajes posterior. Han servido de inspiración para muchos escritores de finales del siglo XIX y principios del XX, e incluso han marcado las bases de los libros de viaje actuales”.

De entre estos y otros autores y lecturas de viajes, hemos hecho una selección de varios libros que permiten dar la vuelta al mundo de la mano de escritores y periodistas muy fieles a la realidad o románticos que se han dejado llevar por sus sensaciones.

Norteamérica en caravana, 16.000 kilómetros de ‘Viajes con Charley’ con John Steinbeck

charleyEn 1960 John Steinbeck, acompañado de su perro Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros y treinta y cuatro estados a bordo de su autocaravana, que recibía el nombre del caballo del Quijote, Rocinante. Durante el viaje, el escritor conoce personas de diferentes clases sociales, con quien mantiene conversaciones para intentar entender su realidad. Este era básicamente el objetivo del autor cuando decidió emprender el viaje. Consideraba que como escritor estadounidense no podía hablar sólo de lo que sabía a través de los libros, sino que tenía que conocer de primera mano los rincones de su país. Salir de Nueva York. “La identidad norteamericana es un hecho demostrable y preciso”, y es lo que Steinbeck –premio Nobel de literatura del 1962– va a buscar en este viaje.

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Barbara Carrera en 'Queen of the South Seas'

Barbara Carrera en ‘Queen of the South Seas’

Hace unos días, mientras saboreaba un delicioso café originario de las Montañas Azules de Jamaica con mi buen amigo MH, surgió –cómo no– el manido tema de la relación entre la literatura y el cine. Él es un culter genuino y un gran lector, así que me habló de Emma, Queen of the South Seas, una interesante película australiana del año 98 (convertida posteriormente en una serie televisiva que alcanzó cierta popularidad), y que fue adaptada de la novela de Geoffrey Dutton.

Yo le insinué mi interés por ver esa cinta protagonizada por la bella Barbara Carrera –recordada actriz de las series Never say never again o Dallas y a la vez por leer el libro de Dutton… MH es bastante reticente a prestar libros y dvdés a los amigos pero ayer, para sorpresa mía, llamó a casa y me entregó una bolsa que contenía ambas joyitas. Tienes una semana para leer la biografía y disfrutar de la película. Las quiero de nuevo en mi poder el próximo miércoles, me dijo con su peculiar acento portugués. Así que anoche mismo disfruté del inesperado préstamo de MH… Digo yo que para algo deben servir los amigos, ¿no?

Más que su interés cinematográfico (que es medianamente aceptable), lo que me subyugó de verdad fue la vida del personaje, ya que tanto el libro como la serie, están basados en la vida real de Emma Eliza Coe. La película se rodó en paradisíacos escenarios de Samoa, en la salvaje y primitiva Nueva Guinea, el San Francisco del siglo diecinueve, la Casa Blanca del presidente Ulises S. Grant, el Berlín del emperador Guillermo II y el lujoso Montecarlo del siglo XIX.

Hija de una princesa de la casa real de Samoa y de Jonas Coe, el primer cónsul americano de Apia, Emma Eliza Coe fue una bella mujer que amasó una gran fortuna y fue conocida, a menudo de forma íntima, por muchas eminentes figuras de Europa y Estados Unidos.

Desde niña Emma mostró una fuerte personalidad y modales muy nativos que escandalizaban a los puritanos misioneros. Internada en un severo convento, del que fue expulsada años después, la joven recibió enseñanzas no sólo de las monjas del convento en San Francisco sino también de su amiga y tutora la doctora Lane.

Emma regresó a Samoa con ideas propias y con la habilidad de saber expresarlas con convicción.

En el viaje de vuelta a su tierra, la muchacha mantuvo relaciones con el capitán del barco, un lacónico y aventurero irlandés-australiano llamado Thomas Farrell. Cambiante y oportunista, Farrell mantendrá una protectora fidelidad a Emma durante los veinte años de su atípica relación.

Emma pronto se integró en la movida colonial del Pacífico Sur, convirtiéndose en el centro de las subversiones políticas de Samoa y en la remota Nueva Guinea. Desplegando, asimismo, una gran actividad en el terreno sentimental, con dos matrimonios y un buen número de amantes en su haber.

Con la ayuda de Thomas Farrell, Emma fue pionera de la industria de la copra; levantó un vasto imperio de plantaciones, almacenes y una flota mercante.

Su riqueza y poder sirvieron a esta singular mujer para salvaguardar a su familia, amenazada por las luchas por el poder colonial entre los Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña.

La historia real de Emma superó a la mejor novela de ficción, en ella no faltaron aventuras, romances, pompas y ceremonias, así como violencia, ambición y sexo, sin omitir intrigas políticas y comerciales.

A veces, las biografías de personajes tan increíbles como fue Emma Eliza Coe resultan más interesantes que ciertos libros de poesía… Lo afirma MH.

Mr. Arriflex

Olvidada durante siglos, se publica por primera vez en español su gran «Historia de Etiopía», una obra geográfica y científica germinal

Pedro Páez

Pedro Páez

Entre los cientos de exploradores y aventureros que la historia de España puede mostrar con orgullo, pocos son comparables a Pedro Páez, un misionero jesuita, madrileño por el mundo en el siglo XVII, nacido en 1564 en la pequeña localidad de Olmeda de las Fuentes. Fue el primer europeo en beber café y documentarlo, el primer occidental en llegar a las fuentes del Nilo Azul (ni siquiera hemos defendido este logro suyo frente a lo que dice la historia oficial, que concede el «descubrimiento», cómo no, a un anglosajón, James Bruce, que llegó al mismo lugar 152 años más tarde) y el primero en muchas más cosas.

historia de etiopia

Da que pensar que aquel adelantado que llegó a las fuentes del Nilo Azul hallara también allí manantiales para tanto olvido, puesto que hemos oído hablar tan poco de sus logros. Solo recientemente ha sido reivindicado en toda su dimensión, por escritores como Javier Reverte, que lo descubrió casi por casualidad y narró su historia en el libro «Dios, el Diablo y la aventura». Uno de los datos más elocuentes de lo lejos que hemos estado de hacer justicia a su memoria es que la gran obra de Páez estaba inédita en español. La «Historia de Etiopía», libro germinal para la literatura científica e histórica, permanece con una vigencia intacta porque lo escribió un hombre de honda cultura y afán incansable de contrastar la verdad.

«Es todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos»

Así lo recuerda Javier Reverte, en una conversación con ABC: «Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico. Dice el propio Pedro Páez en el prólogo del libro que ningún dato de los que aparecen es invención, sino que, o bien lo ha visto, o bien lo ha preguntado a dos o tres personas al menos. Sus fuentes son absolutamente comprobadas, y hay que pensar lo que era eso en 1620, todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos».

Pero, ¿cómo llegó a Etiopía este jesuita intrépido? Todo en su vida es aventura, algo que le llevaría a un cautiverio cervantino. Nacido, como decíamos en Olmeda de las Fuentes (llamado Olmeda de las Cebollas en el siglo XVI), estudió en Coimbra, cuando Felipe II había aunado las Coronas portuguesa y española. Allí ingresó en la Compañía de Jesús. Pronto destacó por su gran cultura y espíritu, así como por su talento para los idiomas.

Vendido como esclavo

A medida que el imperio crecía con nuevos horizontes, un «ejército» de misioneros era enviado para la evangelización de las nuevas tierras. En ese contexto Páez viajó a Goa, en la India. El destino que ya nunca le permitió regresar a España le tenía preparada una revuelta grave e inesperada. Desde Goa partió hacia Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, pero en el camino ambos fueron capturados por los árabes. Inmediatamente fueron vendidos como esclavos a los turcos y permanecieron cautivos casi siete interminables años.

«Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud»

Primero fueron galeotes de la armada turca, dos espíritus refinados jugándose la vida en cada embate de remos. Luego atravesaron a pie la desolación de lo que hoy es Yemen y Arabia Saudí, por desiertos de los que hasta entonces nadie había oído hablar en Occidente y que tardaría en pisar otro europeo. Arrastraban pesadas cadenas por las arenas ardientes y se escondían en subterráneos que el sol recalentaba como hornos. Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud.

Los espías de Felipe II

Felipe II tuvo noticia de este cautiverio -España poseía buenísimos espías además de exploradores- y ordenó que fueran rescatados. Volvieron a Goa, aunque Antonio de Montserrat murió al poco de regresar. Páez jamás se rendiría y decidió volver a Etiopía después de todo. Allí realizó su obra evangélica y científica. Empezó poco a poco, debatiendo con teólogos coptos ortodoxos, y acabó convirtiendo al catolicismo a dos emperadores con oficio prudente y con la política de aprender de los habitantes. Etiopía era el único país de áfrica con lengua escrita, el amárico y con otro idioma antiguo, como nuestro latín, que era el ge’ez. Y por si fuera poco sumar esos dos idiomas a todos los que hablaba, desde el árabe al turco y el latín, se convirtió en constructor de palacios platerescos, prudente consejero…

«De su obra de 1622 quedaron dos copias pero no fue editada hasta 1945 en portugués»

«Páez había visto un libro de un franciscano que hablaba de Etiopía mentando unicornios y fantasías, y contestó con su gran obra de cuatro tomos, que hizo como información fidedigna para los jesuitas», relata Javier Reverte. Se copió la obra y quedó un ejemplar en el Vaticano y otro en la Universidad de Braga, hasta la edición portuguesa de 1945. Hoy, Eduardo Riestra, de Ediciones del Viento, ha puesto fin a este olvido sobre un hombre que, según Reverte, «si fuera inglés sería un mito, como Livinston, y es parte de nuestra historia, un gran hito de la exploración y una figura histórica intocable».

«Las fuentes del Nilo Azul que soñaron Ciro, Alejandro y Julio César»

Páez era un hombre de gran humildad, que conservó incluso mientras caminaba entre reyes. Al ver las fuentes del Nilo Azul escribió: «Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César». En su historia reproduce, por ejemplo, la afectuosa correspondencia entre Felipe II y el emperador etíope, al que pedía el mejor trato para los misioneros que habían convertido un nuevo reino al catolicismo.

Páez está enterrado entre las ruinas de su palacio, que son las de su tiempo. Su obra acaba de cobrar vida para los lectores españoles. Con casos como este en España descubrimos que no es la envidia nuestro pecado nacional, sino el olvido.

Jesús García Calero

Fuente:  http://www.abc.es/cultura

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Sono l’Oceano Pacifico e
sono el piú grande di tutti.
Hugo Pratt

La lectura de la novela Corto Maltés: La Balada del Mar Salado, acompañada con las viñetas que el autor dibujó casi treinta años antes, resulta una experiencia literaria inolvidable. En ella, ese genio cosmopolita del comic que fue Hugo Pratt, se sumerge de lleno en la literatura de los Mares del Sur y, además de los lugares comunes, mitos y leyendas, nos deja una extensa referencia literaria.

Los clásicos de este género, Loti, Melville, Stevenson, London, se recrean en los textos de unos y otros, de la misma forma que los grandes exploradores, Cook, Bougainville, La Pérouse, leían los diarios de sus predecesores. Igualmente, Pratt se recrea en la navegación bibliotecaria.

En la introducción Pratt dedica el libro al irlandés Stacpoole, afirmando que fue él quien despertó su interés por los Mares del Sur: “No hizo nada de buen gusto, pero consiguió escribir, el 1909, una buena novela: El Lago Azul […] Fue este escritor, y no Robert Louis Stevenson, ni Conrad o Melville, quien me hizo querer, el primero de todos, los Mares del Sur.”

Sin embargo, tal como señala Umberto Eco, sus personajes leen libros muy distintos demostrando que son mucho más ilustrados que su autor: un ruso lee en francés, un alemán en italiano y un australiano ha leído clásicos griegos. De la misma forma que los exploradores releían los diarios de otros viajes, Rasputín lee a bordo de una canoa nativa Viaje Alrededor del Mundo por la Fragata… de L.A. de Bougainville:

Las exploraciones y los descubrimientos efectuados un siglo antes en los mismos mares, y no en tierras míticas y lejanas, eran un poco los suyos. El entusiasmo de Bougainville por la aventura y el descubrimiento era el mismo que el de Rasputín y en su cabina el capitán se sentía como a bordo del navío del francés –la Boudeuse— haciendo vela hacia los puertos más misteriosos de un mundo desconocido por explorar y conquistar.

dvdbaladaEn cambio Corto recuerda la historia de Pitcairn diciendo que ha leído el Journal de Morrison, el jefe de los amotinados del Bounty: “Siempre encontró divertido que de veinticinco marineros finalmente solo se salvara uno, Alexander Smith, que cambió su nombre por John Adams para convertirse en predicador de la isla. Destino extraño – y ridículo, en el fondo – para unos hombres que habían escogido la libertad en esas islas de ensueño y enseguida se dividieron, se masacraron entre ellos, para dejar como único heredero de este Edén un Adán arrepentido.”

De hecho Morrison se quedó en Tahití y no siguió a los nueve amotinados que, encabezados por Fletcher Christian, se refugiaron en Pitcairn. Tardaron veinte años en encontrarles, y para entonces Morrison ya había sido indultado.

El recurso a la mitología clásica era muy común entre los primeros navegantes, predispuestos a hacer descripciones anacreónticas (Riullop, 2004). Caín ha leído a Eurípides y cita el mito de Jasón y los Argonautas. Pero la biblioteca más impresionante es la del alemán Slütter en un submarino de la primera guerra mundial. Podemos ver libros de los poetas Rilke, Shelley y Coleridge, y una extensa colección de Herman Melville. De Melville, el primer escritor de los Mares del Sur, el alemán Slütter tiene una extensa colección: Typee, Omoo, Mardi, Benito Cereno, aunque solo se trata de uno de los seis relatos incluidos en Los Cuentos de Piazza, y por supuesto, Moby Dick.

El capitán Cook solo aparece fugazmente como un recuerdo de su padre en forma de velero en una botella, bajo la etiqueta “Endeavour, 1791”. En cambio, Bougainville es la lectura preferida de Rasputín, y Slütter demuestra que ha leído la relación del viaje de La Pérouse:

“Esta isla es Vanikoro. Es aquí mismo, en estas aguas, donde naufragaron la Boussole y el Astrolabe de Jean-François de La Pérouse […] Fueron masacrados por los indígenas. Destino ingrato para estos hombres que después de tal viaje llegaron hasta aquí para demostrar que en estos lugares vivía el “noble salvaje”, el indígena hospitalario y feliz. ¿No es absurdo? […] Lo más increíble, Striker, es lo que escribió La Pérouse antes de morir.”

Por último, volviendo al albatros de Coleridge, gracias a este autor ha quedado en inglés la expresión “tener un albatros alrededor del cuello” equivalente a “llevar la cruz a cuestas”. Si en la primera viñeta Corto aparece sobre el mar crucificado sobre unos maderos, en la última se aleja con su barco y con los albatros volando a su alrededor. Se ha liberado de sus penas, y en su aventura ha dejado la referencia a dieciséis libros.

V. Riullop

Gregory Peck en "El hidalgo de los mares" (1951), de R. Walsh.

Nacido por y para la aventura, el cine surcó de inmediato los mares. Por tanto, debía asimilar forzosamente las tradiciones y personajes propuestos por la literatura marítima. Ninguna espectacularidad le estaba vedada, y el mar facilitaría la prosecución de un universo poético, aventurero, majestuoso. El bramido del viento, la negrura de la noche incierta, los temibles monstruos marinos, la línea del horizonte escudriñada con esperanza y la violencia de la tormenta son sensaciones que el cine objetiva sin demasiado esfuerzo. La realidad superpuesta del cine encuentra en el mar un excelente medio donde desarrollarse. Por si fuera poco, el polaco Anton Grot (director artistico de la Warner) ideó un ingenioso dispositivo mecánico para reproducir con todo verismo el efecto de las olas en el estudio, utilizándolo por vez primera en El halcón de los mares (Michael Curtiz, 1940), según la novela de Rafael Sabatini, y un año más tarde en The Sea Wolf, también de Curtiz, adaptación de la obra de Jack London.

El mar tiene una fotogenia indiscutible. Y además sirve para ubicar a unos seres lanzados a la aventura. El mar es emblema de la libertad. También goza de un indudable atractivo romántico. Piratas, filibusteros, bucaneros, contrabandistas, fugitivos de la justicia … La película marítima ofrece un vasto repertorio de personajes y situaciones.

La rehabilitación del cine de aventuras, casi siempre made in USA, corre pareja con la recuperación de autores a quienes los perjuicios culturales sepultaron en la indiferencia. Cualquier aficionado al cine piensa, por ejemplo, que el mejor film sobre la aventura subacuática es Veinte mil leguas de viaje submarino, en la versión que Richard Fleischer realizó para Disney, en 1954. La imaginación de Julio Verne  halló por una vez la adecuada réplica cinematográfica.

Llamadme Ismael

Ballenero, estibador y amotinado, la suerte cinematográfica de Herman Melville (1819-1891) ha sido muy desigual. Hasta llegar al Moby Dick –no siempre valorado con justicia– de John Huston, encontramos las dos versiones que bajo el título de La fiera del mar (M. Webb, 1925 y Lloyd Bacon, 1930) interpretó John Barrymore. La aventura melvilliana que Huston rodó entre 1954 y 1956 tuvo detalles tan curiosos como la presencia de Orson Welles en una suntuosa aparición –cinco minutos en pantalla– como reverendo Mapple (Huston relató que tras sucesivos fracasos, Welles rodó la escena de un tirón mediante la «ayuda» de una botella entera de coñac francés) y el hecho de que Huston escribiera el guión en colaboración con Ray Bradbury, el reputado escritor de ciencia-ficción. La película de Huston defraudó en su día a los apologistas de este gran director, pero vista desde la perspectiva actual revela su inequívoco carácter hustoniano.

En 1934, Victor Fleming se responsabilizó de la segunda y más popular versión cinematográfica de la célebre novela de Robert Louis Stevenson (1850-1894), La isla del tesoro, interpretada por Wallace Beery, Jackie Cooper, Lionel Barrymore y Lewis Stone. En 1950 Byron Haskin dirigió otra adaptación de la misma, con Robert Newton en un antológico Long John. También Orson Welles se haría cargo del personaje en un irrelevante remake rodado en 1972.

La aventura cobra a veces un aspecto menos romántico, aunque conserve su carácter de innata rebeldía. El mar ofrece refugio y es sinónimo de libertad. Alguien escribió que «los hombres aventureros se han lanzado al mar por el simple placer de romper la línea perfecta de su horizonte». Pero otro motivo impulsó a la tripulación de la «Bounty» a sublevarse contra el despótico capitán Bligh y conducir la goleta hasta la isla de Pitcairn. Cinco guionistas intervinieron sucesivamente en el guión y por lo menos tres directores –Carol Reed, Lewis Milestone y George Seaton– fueron necesarios para una película firmada oficialmente por Milestone.

A Frank Lloyd, por otra parte, se le adjudicó con una cierta preciptación la etiqueta de «maestro del mar», olvidando las aportaciones de Michael Curtiz y Raoul Walsh. Curtiz colaboró decisivamente en el lanzamiento de Errol Flynn con El capitán Blood (1935) y El halcón de los mares (1940), según las novelas de Sabatini. Raoul Walsh, por su parte, llevaría a cabo una curiosa adaptación de Les travaillerus de la mer, de Víctor Hugo, en Los gavilanes del estrecho (1953), Yvonne de Carla y Rack Hudson. Sin olvidar El hidalgo de los mares (1951), versión de una novela de C. S. Forester; El mundo en sus manos, (1952), según la obra de Rex Beach, y El pirata Barbanegra (1952), con aquella inolvidable escena final en la que Robert Newton (Barbanegra), enterrado hasta el cuello en la arena de una playa, muere ahogado al subir la marea.

Cómo olvidar, por otra parte, el Robinsón Crusoe de Daniel Defoe, objeto de diversas versiones que culminan, en 1975, con la del inglés Jack Gold, quien, en Yo, Viernes, desarrolla la narración a partir de la óptica de un Viernes incorporado por el actor negro Richard Roundtree. En una coproducción realizada entre México y Estados Unidos en 1952, Luis Buñuel llevó a cabo su primer largometraje en color dejando bien claro que «no me gustaba la novela de Daniel Defoe, pero me gustó el personaje de Robinson».

Este apresurado recorrido a través del cine inspirado en la literatura marítima debe concluir, por obvias razones de espacio, con Joseph Conrad (1857-1924), cuyas obras han sido trasvasadas a diferentes películas. Sería Richard Brooks quien en 1965 se enfrentara a la difícil tarea de producir, escribir y dirigir Lord Jim. Esta película queda como un exponente de las contradicciones a que se encuentra sujeta la obra cinematográfica cuando intenta ser fiel al original literario, aceptando al mismo tiempo las convenciones del espectáculo cinematográfico.

Pero, repitámoslo una vez más, el cine del mar es imposible interpretarlo sin su vinculación aventurera. En realidad, autores como Melville o Conrad reflejaron en su obra literaria una aventura personal llevada hasta sus últimas consecuencias.

Mr. Arriflex

Mientras en todo el mundo el millonario tesoro que se ocultaría en las tierras del Archipiélago de Juan Fernández ha cautivado la atención de diversos medios de comunicación, en Chile, todos comienzan a cuestionarse si realmente existe tan deseado botín.  Una de las voces más autorizadas para hablar del tema conversó en entrevista y desmitificó algunas informaciones que han circulado sobre el tesoro, avaluado en 10 mil millones de dólares y escondido por piratas en la Isla Robinson Crusoe a principios del siglo XVIII.


Maura Brescia
, historiadora que vivió durante doce años en la isla y que ha escrito dos libros relativos a estas tierras, asegura que el tesoro no pesaría 800 toneladas. Descarta que los “anillos papales” así como un “tesoro inca”  formen parte de él y, de paso, sostiene que según antecedentes históricos, sólo se produjo un entierro de riquezas piratas en Robinson Crusoe.

Las primeras dudas

La “fiebre del oro” se desató luego de que la empresa Wagner asegurara haber encontrado en la isla Robinson Crusoe no uno, sino tres tesoros. Uno de 800 toneladas y dos de entre 30 y 50 toneladas cada uno, avaluados en 10 mil millones de dólares, casi el 25% de la deuda externa de Chile. Hasta ahora sólo han indicado que uno de ellos se ubicaría en el sector de Tres Puntas, al noroeste de la isla y a unos 400 metros de la costa.
Sin embargo, Brescia, que aún mantiene una casa en Robinson Crusoe y se está construyendo otra, asegura que incluso ahora el sector de Tres Puntas es prácticamente inaccesible. “Conociendo el terreno“, dice, “éste sólo podría haber sido abordado por la Bahía Carvajal“, que está detrás de las bahías más comunes de la isla (Inglesa y Cumberland) y que además “es de muy difícil acceso y bastante inhóspita“, agrega. Incluso argumenta que las condiciones climáticas impedirían que cualquier embarcación de la época pudiera llegar, ya que el viento es muy fuerte y cambiante.

Pero no sólo cuestiona las factibilidades topográficas, sino también la forma en que se hicieron públicos los supuestos descubrimientos. “No es habitual -entre los caza tesoros- lo que hizo el grupo Wagner, que anunció su hallazgo a los cuatro vientos… estas son cosas sigilosas. La gente se cuida hasta de los guardacostas cuando están buscando”, reflexiona. “Es muy raro que digan aquí hay algo y luego vayan a pedir permiso para extraerlo, eso no lo hace ningún profesional“.

Ni anillos papales ni tesoros incas

Lo de las 800 toneladas es imposible“. Y agrega: “lo que se habla es de ochocientos barriles de oro, plata y joyas” que es el buscado por Bernard Keiser bajo el nombre del tesoro de Ubilla y Echeverría, aunque precisa que sí tendrían un valor de 10 mil millones de dólares. De paso desmitifica que estén los anillos papales, el tesoro azteca y las joyas del inca Atahualpa. “Son todas mentiras“, dice segura.
“Lo que sí se está buscando, desde hace mucho tiempo, tanto en la isla como en la bahía de Guayacán (en La Serena), es la famosa “Rosa” que -algunos dicen- es la de los vientos, y es de esmeraldas. Otros dicen que es la “Rosa de Francia“.

Los dos tesoros documentados

La historiadora, que tiene dos libros que tratan del tema  –“Mares de Leyenda” (1982) y Selkirk Robinson: El Mito (2004)–   dice que sólo hay un entierro de riquezas documentado y una repartición de bienes. Nadas más. “En septiembre de 1742, George Anson (después llamado Lord Anson) capturó un galeón español llamado “Nuestra Señora de Montecarmelo, logrando apoderarse de cofres de oro, joyas y plata“, sin que se señale la cantidad, dice. No obstante, “sí hay antecedentes concretos de que estos tesoros fueron escondidos en la Isla Robinson Crusoe”, ya que en la bitácora y en la documentación de ese viaje, escrita por el cronista Richard Walter, se sostiene que se enterraron cofres de oro, plata y joyas.
Según relata Brescia, los ocultaron porque pensaban regresar, pero cuando llegaron a Inglaterra en 1744, por diversas razones decidieron no hacerlo. Pero mucho antes de que se ocultara este botín, en 1686, un grupo de piratas, que venía del Caribe -específicamente de la isla La Tortuga– comandados por Edward Davis, llegan a las costas de Robinson Crusoe y se reparten el numeroso botín que traían tras un largo viaje. Según los antecedentes que maneja la experta, más de 640 tripulantes habrían participado en esta repartición, por lo que se estima que llegaron con grandes cantidades de oro y joyas. Y agrega, que la división de las riquezas fue en grande, que hasta al último marinero le correspondió una parte bastante cuantiosa, que sumó más de 5 mil pesos castellanos de la época.
Esta repartición también es importante -a la hora de hablar de posibles tesoros- ya que muchos de los tripulantes escondieron sus pertenencias en la isla, porque volvieron a ella en innumerables ocasiones. “Para ellos era como un paradero de autobus“, afirma Brescia, aunque destaca que no se tiene certeza de cuántos lo enterraron ni qué cantidades fueron.

Respecto a la búsqueda que realiza Bernard Keiser desde 1998, la historiadora sostiene que él no busca ninguno de los dos tesoros antes documentados, sino un tercero, que correspondería al de un galeón de Manila, que incluso es posible que ni siquiera esté enterrado. Brescia sostiene esta teoría argumentando que no hay un texto concreto donde se indique que el marino de la corona española, Juan Esteban Ubilla y Echeverría enterró sus tesoros en la isla. “Sólo en el archivos de Indias se dice que viajó con ellos hasta “Robinson Crusoe” pero el destino final no es claro, argumenta.

Fuente:  http://www.todoschile.cl/


Campos de Hielo Sur es una gran extensión de hielos continentales -la tercera más extensa del mundo tras  la Antártida y Groenlandia  y la mayor de  las de carácter continental no polar con acceso terrestre- situada en los Andes patagónicos, entre los fiordos de la costa de Chile y la frontera con Argentina.
Se extiende de norte a sur, a lo largo de 350 km, entre los paralelos 48º20’S y 51º30’S. Tiene una extensión de 16.800 km², de los cuales alrededor del 95%  pertenecen a Chile y el resto a la Argentina.
Desde  Campos de Hielo se desprenden un total de 49 glaciares, entre ellos, los glaciares  Pío XI -el mayor del hemisferio sur  con 1.265 km²-  el O’Higgins, Balmaceda, Serrano, Tyndall y Grey, en Chile,  y el Upsala , Viedma  y Perito Moreno,  en Argentina. Es denominado Campos de Hielo Sur para diferenciarlo del Campos de Hielo Norte en la Patagonia de Aysén.
Gran parte de su extensión se encuentra protegida al formar parte de los parques nacionales “Bernardo O’Higgins” y “Torres del Paine”, en Chile, y del parque nacional “Los Glaciares”, en Argentina.

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La primera travesía longitudinal de Campos de Hielo sur

“Siento en mi corazón que Campos de Hielo es chileno”, dijo a La Tercera el médico general del Consultorio de Colina, Pablo Besser, jefe del grupo de jóvenes expedicionarios chilenos que logró atravesar longitudinalmente Campos de Hielo, en una hazaña jamás antes alcanzada pese a los intentos de al menos 30 expediciones.

Junto a sus compañeros de equipo -representantes del Club Andino Alemán de Santiago –Mauricio Rojas, guía y montañista; José Pedro Montt, abogado de una isapre; y Rodrigo Fica, estudiante de un Magister en Economía- Besser emprendió la travesía el 1 de noviembre de 1998, tras cuatro años de planificación y preparativos de todo orden, incluso sicológicos.

La aventura -dijo a La Tercera, desde Puerto Natales a través del teléfono- se inició en el glaciar Jorge Montt, en las cercanías de Caleta Tortel, XI Región, y culminó en la madrugada del 31 de enero en el glaciar Balmaceda, en la provincia de Ultima Esperanza.

Durante el cruce de 91 días, el grupo empleó trineos de dos metros, tirados por ellos mismos, y soportaron vientos de hasta 150 kilómetros por hora y tormentas con temperaturas que bordearon siempre los cero grado y una sensación térmica contínua de 20º bajo cero. “En ningún momento sentimos que era necesario desistir -relata Besser- pese a que de pronto parecíamos palitroques en medio del hielo” y que, para “capear las ventiscas, tuvimos que cavar “bunker” o cuevas a dos metros de profundidad bajo el hielo”…

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Año Nuevo en cueva

Los cuatro expedicionarios pasaron el Año Nuevo en una de esas cuevas, ingiriendo alimentos deshidratados -que se reconstituyen con agua hirviendo- o comidas de esquimales como el paté de grasa; granolas, chocolates o quáquer.
“Consumíamos 4.700 calorías diarias para soportar el esfuerzo físico”, dijo Besser, indicando que -desde el 1 de enero- debieron esperar nueve días en la cueva para iniciar el cruce de la llamada “Falla Reichert” (12 kilómetros de extensión), a la postre, el tramo más difícil de la travesía por presentar una depresión de mil metros bajo el hielo, la que posteriormente hay que escalar para ascender nuevamente a la superficie.
Cruzar la falla les demandó casi un mes, partiendo desde Laguna Escondida, donde habían dejado un depósito de alimentos, con el apoyo de la patrullera “Alacalufe” de la Armada de Chile.

Todo hielo

En general, la rutina de los aventureros consistía en marchas de 7 a 8 horas, que se iniciaban a las 9.30 horas de la mañana. A las 17 horas armaban las tiendas y muchas veces fue necesario levantar muros de hielo para protegerse del viento.
En su relato a La Tercera, Pablo Besser indica que fue un trayecto “sin más compañía que la de nosotros mismos y del mundo mineral que era nuestro entorno”.

Soportamos la presión

Durante los casi 400 kilómetros del trayecto,los expedicionarios sólo divisaron algunos huemules -al iniciar la travesía- unos pocos cóndores y unos caiquenes perdidos, “es decir cero fauna, todo era hielo…” Con todo -concluye el jefe del grupo- “soportamos la presión de cumplir, de no abandonar. Esta era una prueba deportiva, pero también con un alto contenido de soberanía. Nadie conoce los Hielos y no valoran lo que significan… Más que nunca siento en mi corazón que son chilenos y así se lo haremos ver al Senado, aunque sabemos que la decisión será política…”
El grupo encabezado por el doctor Besser con sus compañeros (salvo Fica) tuvo una preparación de cuatro años para lograr el hito de atravesar Campos de Hielo.

* Desde 1956 ha habido muchos intentos y -al menos- 30 expediciones integradas por ingleses, suizos, franceses, japoneses, españoles y chilenos, sólo lograron cruces parciales. En el mejor de los casos sólo los dos tercios de la extensión de hielos (300 kilómetros).

* La mayoría de los intentos buscaron atravesar el Campo en forma transversal, siendo el grupo de Besser el primero en lograrlo longitudinalmente.

* Una bandera chilena “dinámica” acompañó a los jóvenes aventureros durante toda la travesía, pero no quedó como testimonio en ninguna parte. La hazaña quedó registrada en más de tres mil diapositivas y 20 horas de filmación.

* Hubo un momento en que tuvieron que reducir la ración de comida deshidratada “porque comenzó a faltarnos y temíamos que se terminara. Lo que antes comíamos en dos días lo hacíamos durar cuatro” -comentó Besser- que por algo, perdió 10 kilos en la heroica proeza del cruce.

Fuente: La Tercera Internet

Durante mi último viaje a la estancia “Patagonia Bay”, lugar en el que un grupo de amigos estamos iniciando la construcción de un refugio a orillas del Lago General Carrera –Patagonia de Aysén–  donde poder escaparnos del mundanal ruido, tuve ocasión de escuchar y vivir una historia que no puedo borrar de mi mente, por lo fantástica e increíble que parece.

 

miren ángulo posterior izq. parte sombra oscura

Observen el ángulo inferior izquierdo, donde se refleja la sombra.

Me encontraba con mi amigo Fernando en la desembocadura de uno de los tantos ríos que desaguan en el Carrera. Íbamos a comenzar allí una nueva jornada de pesca y –mientras preparabamos las cañas y las artes– disfrutábamos de un paisaje de indescriptible belleza y de un reconfortante mate con el que combatir el frío. A esas tempranas horas de la mañana –y en pleno otoño austral– la temperatura era muy baja, pese a asomar tras las montañas unos  brillantes rayos de sol que prometían un hermoso día despejado. Repentinamente, aparecieron tras la penetrante arboleda que nos rodeaba dos “baqueanos” que fueron reconocidos de inmediato por mi amigo Fernando, que nació y pasó toda su juventud en la zona. Notamos que, tras dirigirnos un rápido pero atento saludo, picaron con sus típicas espuelas chilenas las sudadas cabalgaduras con la intención de alejarse cuanto antes de la rivera del lago, como si los persiguiera el diablo. Al darse cuenta, mi amigo les gritó: “¡Chanten la moto, muchachos! ¿Qué les pasa? ¿Les persigue acaso algún león?”

monstruo 2Nos habían comentado que, un par de días atrás, habían sorprendido muy cerca del lugar a una pareja de pumas acechando a los animales que crían los campesinos de la zona. Debido a los frios y a la falta de alimentos en los cerros donde habitan, estos hermosos felinos están empezando a aproximarse demasiado a las poblaciones y ranchitos de los lugareños.

Los dos hombres detuvieron sus caballos y volvieron hacia nosotros: “No patrón, es que vimos nuevamente al “engendro del lago”… ¡Se lo juro!”, dijo uno de ellos con voz alterada. Parecían sobrios, así que Fernando –con una medio sonrisa en su rostro– le espetó: “Momentito, Lautaro. ¡Cálmese, pues hombre..! usted es un baqueano recio. ¿Qué mierda le está pasando..? Cálmese, tómese un matecito y cuéntenos con detalle.”

Así que, por segunda vez, escuché de boca de un lugareño la fantástica historia de la aparición de un extraño animal marino que empezó a avistarse cerca de las Catedrales de Mármol del Lago General Carrera, tras la erupción del volcán Hudson en agosto de 1991. Yo, sinceramente, nunca he creído demasiado en estas leyendas (incluida la del Monstruo del Lago Ness), pero debo reconocer que existen muchos informes sobre extrañas bestias acuáticas aún por identificar en muchos lagos del mundo. Es, ciertamente, uno de los enigmas más fascinante de hoy día para bastantes zoólogos y –según recuerdo haber leído en alguna revista– existen en nuestro planeta unos treinta lagos que albergan un monstruo en sus aguas: “Nahuelito”, llamado así porque según dicen habita el argentino lago Nahuel Huapi –no demasiado lejos de aquí si tenemos en cuenta las enormes distancias patagónicas–, es el primero que se me viena a la cabeza.

monstruo 3Lautaro, el mayor de los lugareños, logró finalmente relatarnos lo vivido por ellos minutos antes. Según él –y su tono de voz me pareció absolutamente sincero– cuando volvían de Puerto Tranquilo  escucharon un ligero chapoteo no muy lejos de la orilla del lago. Cuando ambos miraron en dirección a ese punto, pudieron observar una misteriosa criatura, de unos seis metros de largo, que emergió lentamente de las aguas para volver a hundirse en ellas pocos instantes después. “Parecía una serpiente, don Fernando… tenía la piel lisa en la parte delantera del cuerpo y medio escamosa en la cola… Es verdad lo que le estoy contando, patrón… Otra gente también lo ha visto en el lago…”

Tranquilizamos al buen hombre –su compañero no habló en ningún momento– y le dijimos con un falso tono de humor que no se preocupara, que él no era pescador y tampoco se iba a meter en el agua con este frío. Pero Lautaro seguía con una expresión seria en su rostro, y se despidió de nosotros con gesto apurado. Mi amigo y yo nos miramos, después giramos al mismo tiempo nuestras cabezas en dirección al lago y nos encogimos de hombros… Estuvimos pescando más de cuatro horas y capturamos un par de enormes salmones, pero en aquella ocasión no vimos al “monstruo” del Lago Carrera.

Mientras volvíamos a Patagonia Bay, sin hablar demasiado y todavía impresionado por la historia que nos había contado Lautaro, yo monstruo 4pensaba para mí: ¿Realmente existe un extraño ser en el Lago Carrera? ¿Es posible que un reptil marino de tales proporciones sobreviva en aguas tan frías y australes? Le hice estas preguntas a Fernando, pero me respondió con evasivas… “Tal vez el tiempo, y con suerte un pescador que capture a la bestia lo dirá…”, dijo finalmente. Dos semanas después de mi viaje a la Patagonia de Aysén — y ya de nuevo en Viña del Mar– recibí un mail de mi amigo en el que me adjuntaba las cuatro fotos que pueden ver en este post. Sólo había escrito: “Querido Luis: ¿Nos acecha el monstruo del Lago Carrera..? Tal vez el tiempo lo dirá.”

Luis Irles

Mucho se ha escrito y mucho se ha hablado de la “aventura equinoccial” de Lope de Aguirre…

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…llamado loco, traidor, peregrino y Libertador, entre otras muchas cosas. Para Unamuno se trataba de “un desesperado consciente de su desesperación”; a Pío Baroja su historia le “producía un poco la impresión que produce a niños Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga al juez. A pesar de sus crímenes y atrocidades, Aguirre me era casi simpático” (Las inquietudes de Xanti Andía). Ramón J. Sender, Giovanni Papini, Caro Baroja, Otero de Silva, el primer Fernando Savater, Abel Posse, fueron algunos de los muchos escritores y ensayistas que han tratado este fascinante personaje que después de la película de Werner Herzog tiene para nosotros el rostro delirante de Klaus Kinski; un rostro que no nos haría olvidar el ceñudo de Omero Antonutti (“Padre Padrone”) en la versión televisiva de Carlos Saura (El Dorado), más rica en medios pero muy inferior.

A pesar de que durante mucho tiempo, Aguirre ha figurado entre los “malditos” de la historia, nadie podrá subestimar el relato de alguien que recorrió el temible Amazonas dirigiendo a un grupo de hombres, todos vestidos con cosalete y su loriga, sin apenas dormir, navegando en balsas averiadas. Que llegó hasta el mar, guerreó contra las ciudades del rey Felipe II, al que declaró la guerra por injusto y felón, que creó ciudades y se hizo temer y respetar porque su fiereza y crueldad no conoció límites…

La conquista y la colonización de Latinoamérica fue una aventura llena de grandezas y miserias descomunales., Su objetivo fueron el oro, las posesiones y le conversión de un territorio gigantesco y erizado de dificultades. En su época, finales del siglo XVI, fue como un inmenso polo de atracción para todas aquellas personas que aspiraban a enriquecerse aunque fuera a costa de toda clase de sacrificios. No atrajo a los bien situados, sus protagonistas fueron principalmente los aventureros, soldados, plebeyos, desarraigados misioneros, perseguidos por la justicia… Gente que huía del medio que le circundaba y trataba de hallar algo distinto, la riqueza, el poderío, la influencia, y porque no, otra manera de vivir.

El protagonista inicial de esta aventura es don Pedro de Ursua que había conseguido que el rey le facilitara los medios propicios para emprender la conquista de la ciudad mítica de El Dorado —la encarnación poética de los tesoros indianos-  según Ciro Bayo.

Ursua fue un capitán navarro, agraciado físicamente y con una gran voluntad emprendedora. Su tesón y su gran confianza en si mismo le creó amigos y enemigos. Llegó muy joven a la conquista pero pronto se destacó. Explorará con éxito los territorios de Nueva Granada (Colombia) y fundó las ciudades de Tudela y Pamplona. Después descubrió una mina de oro en el terreno de los indios “chitareros”, redujo a los indios “musos”. Sus éxitos y su seguridad levantaron ampollas y conoció grandes problemas en la región. Tuvo que escapar. Acudió entonces al virrey del Perú, D. Eduardo Hurtado de Mendoza, quien para probarlo le confió una expedición para reducir a los negros cimarrones que mandados por su rey Bayamo amedrentaban a las autoridades españolas. Mostrando su capacidad y su astucia, Ursua logró reducir al rey negro y traerlo encadenado al Perú. Como premio el marqués de Cañete le confió la misión de El Dorado.

Fue él el que la organizó y el que la inició. Tan seguro andaba que no dudo ni en alistar gente de lo más dudoso, ni de transportar a su amante, la hermosa criolla Inés de Atienza, una aventurera. Por ella, Ursua descuidó el mando y creó un clima de animadversión contra él entre los expedicionarios con los que se mostró arrogante e injusto.

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Lope de Aguirre era de otro calibre. Era mayor (nació entre 1511 y 1515) y sólo había conocido frustraciones. No está clara su participación en la rebelión de Gonzalo Pizarro en Perú contra la corona, pero es indiscutible que esta experiencia fue para él decisoria. Alimentó después la convicción de que de haberse orientado bien podría haber “desnaturado” Perú de España. Castigado por el licenciado Esquivel, no se detuvo hasta que lo asesinó. Escapó pintado de negro cuando lo habían condenado a muerte. Participó en el complot de Sebastián de Castilla en Charcas. En 1559 se enteró que se otorga el perdón a los que querían acompañar a Ursua y aparece, entonces, acompañado de su hija Elvira para alistarse.

La leyenda de El Dorado quitaba el sueño a los conquistadores. Hasta los más satisfechos no dudaban que era cierta. Se creía que estaba en algún lugar al gran río Marañón o Amazonas. Aguirre prefería la primera denominación, por eso llamaba a sus soldados “marañones”.

Allí vivía el príncipe Dorado que, como se suele decir, nadaba en oro. El día del gran ceremonial de este pueblo desconocido, el príncipe era cubierto con láminas de oro. Todos los habitantes, todos los edificios rezumaban este preciado metal. Todo parecía posible y todo se ponía en el asador por este empeño mítico. Se ha dicho que el Dorado —palabra universalizada que designa la búsqueda de un tesoro incalculable e inexistente— existió, que fueron en concreto las Minas Geraes del Brasil que -hasta el siglo pasado- dio una grandiosa producción de oro y piedras preciosas. Pero lo cierto es que nadie encontró nunca el sueño de oro que proseguía a través del Amazonas y la indomable selva que le rodea tragándose a todos los que osaban profanarla.

/Leer más

Si uno se acerca a un mapa de Chile y baja la mirada hasta la zona comprendida entre Coihaique y Cochrane , se encontrará con un mancha celeste -inmensa- que inunda ámplias zonas de Chile y Argentina.  Con nombre de libertador y con una hegemonía territorial, el lago General Carrera se convierte en uno de los hitos más significativos de la Carretera Austral.

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La distancia que tiene de las principales urbes del país -casi 2000 kilómetros de Santiago de Chile- han impulsado a que este lugar se haya transformado en uno de los rincones míticos de la Patagonia chilena. A pesar, de que la ruta cruza varios poblados ribereños del segundo lago más grande de Sudamérica (solamente superado por el espléndido Titicaca), el desconocimiento de sus atractivos naturales es casi total, aventurándose por la región más extranjeros que nacionales.

Las enormes extensiones que alcanza con sus 224 mil hectáreas de superficie total -considerando su binacionalidad y siendo 136 mil de ellas parte de la región de Aysén- la convierte en un pequeño mar. Con colores que lo diferéncian en tres franjas que van desde el turquesa hasta el azul oscuro, dependiendo de su latitud, el General Carrera está más vivo de lo imaginable.

“El Lago Es el Lago”

En Puerto Tranquilo, pequeño poblado ribereño en la medianía del trayecto a Cochrane, unos niños juegan. El viento corre veloz, armando fuertes olas en la superficie del lago. ¿Es siempre así de correntoso?, le preguntó. “El río es correntoso, el lago es el lago”, contesta seguro.

Ante esa respuesta, nada más queda que observar el lago desde las rústicas bancas que están en la orilla de la pequeña playa de Tranquilo. El paisaje consta de una serie de montes nevados que cercan la panorámica hacia el este, mientras una serie de pequeñas embarcaciones cargadas con pasajeros desafían el oleaje lacustre en busca de uno de los lugares más afamados del General Carrera: la Capilla de Mármol.catedral9

Desde el embarcadero, los boteros locales realizan un paseo de más de dos horas al Santuario de la Naturaleza ubicado en el sector de la puntilla de Mármol y de las islas Panichini.  Debido a la acción erosionante del agua, se abrieron sobre las rocas una serie de recovecos dónde el mármol pulido deja ver una impresionante belleza escénica. Junto con ello, el efecto que produce sobre las aguas, le da un surrealista color esmeralda que se conjuga con el bosque del tipo Siempreverde mixto.

Las posibilidades que otorga la Carretera Austral abren más perspectivas y actividades que se realizan en las cercanías del lago. Además la ubicación de este hito geográfico es muy cercana a Campos de Hielo Norte, a variados ríos -donde abunda la pesca- y de varios parques nacionales. Por ello, una serie de “emprendimientos turísticos”  -o lodges- han surgido en la región.

Cruzando el Carrera

Otra opción muy vivencial para conocer el lago es navegarlo. No es necesario ser magnate para ello, solamente basta llegar al poblado de Puerto Ingeniero Ibáñez,  distante a 90 kilómetros al sur de Coyhaique.

Este pueblo, fundado en 1908, es parte esencial del doblamiento de esta zona de la Patagonia. Desde aquí fue el centro principal de aprovisionamiento y comercio marítimo de la cuenca del Carrera durante los tiempos en que los caminos no existían.

En el embarcadero salen ferrys que surcan las aguas tres veces a la semana rumbo a Chile Chico, el pueblo más antiguo de toda la zona y que fue el pilar de la colonización a principios del siglo XX.

Durante dos horas y media de navegación, dependiendo de las caprichosas condiciones meteorológicas del tiempo, se cruza el lago con vista al lado argentino – donde está nominado como Lago Buenos Aires – y a las montañas colindantes, que arman una especie de cañadón en la ribera poniente donde el viento aumenta considerablemente su velocidad. La embarcación se mueve y mucho. Tanta agua es casi un mar.

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Desde Chile Chico, de un microclíma preciado en la zona y con cerros despoblados de árboles, se puede bordear gran parte del General Carrera rumbo a Puerto Guadal. La ruta, de tierra, depara panorámicas sobrecogedoras. A pocos kilómetros se encuentra la denominada “Garganta del Diablo“, una zanja angostísima y larga que cae sobre un pequeño riachuelo.

Más adelante se inicia la zona nominada como “Paso de las Llaves”, uno de los lugares más significativos, ya que el camino se extiende por 30 kilómetros sobre precipicios  y roca cortada de tajo al borde del lago.

Cascadas, pequeños poblados y la permanente vista al lago y a las principales cumbres patagónicas -como el monte San Valentín- dan la bienvenida al acogedor villorrio de Guadal, lugar de hermosas playas, montes con fósiles y extensos bosques.

Si se quiere seguir la ruta del General Carrera, se toma la carretera hacia el norte rumbo a Puerto Tranquilo y Bahía Murta. En el camino hay otros lugares por visitar: casas desperdigadas de colonos, ríos que confluyen al lago, pequeñas playas sin un alma y enormes bosques con vista a la cuenca. Si existe alguna zona  dónde aún se puede sentir potencialmente la vivencia colonizadora de hace un siglo,  es aquí.

El General Carrera,  no es solamente el lago más grande del país, es un enorme caudal de majestuosas aventuras en pleno siglo XXI.

Jorge López Orozco  (periodistaviajero@chile.com)

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