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Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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Con motivo de cumplirse el centenario del rescate de Sir Ernest Shackleton y sus hombres, tras la fallida expedición del “Endurance” en el Continente Blanco y ser rescatados por un grupo de marinos chilenos a bordo de la escampavía “Yelcho” –comandada por el Piloto Luis Pardo–, queremos recordar hoy día una de las hazañas más épicas de la historia antártica. El siguiente post fue publicado en este blog en marzo del 2009.

 

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

 
En agosto de 1914, recién declarada la Primera Guerra Mundial, zarpó de Inglaterra en su tercera expedición a la Antártica el intrépido explorador británico, Sir Ernest Shackleton, gran figura de la época heroica de las investigaciones antárticas europeas.

Su intención era atravesar la Antártica desde el mar de Weddell al mar de Ross, es decir, cortar la Antártica pasando por el Polo Sur. Contaba para ello con el “Endurance“, un velero mixto de tres palos, de 300 toneladas, con máquina a vapor y acondicionado para la empresa y el “Aurora”, que debía zarpar desde Australia para recibir a los expedicionarios en el estrecho de Mac Murdo, inmediato al mar de Ross.

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Lamentablemente el año 1915 fue extremadamente crudo en la Antártica y el 18 de enero el “Endurance” quedó atrapado en los hielos.
Los expedicionarios, después de luchar durante diez meses contra la glacial e inhóspita naturaleza, tuvieron que soportar las presiones de toneladas de hielo, que en su constante deriva aprisionaba al buque.
El 25 de octubre la nave se montó sobre un témpano quebrándose el timón, la popa y luego la quilla. No quedó otra cosa que abandonarlo, mientras el hielo iba destrozando poco a poco su superestructura, hasta que el 21 de noviembre, el “ Endurance” desapareció de la superficie del mar.

Acampando en los témpanos, los náufragos fueron derivando hasta llegar a la isla Elefante, donde se establecieron refugiándose en los botes boca abajo para cubrirse del tremendo frío.ernest_shackleton
Shackleton partió en un bote hasta el norte en busca de auxilio. Después de mucho bregar y luego de infructuosas tentativas en las islas Falkland, no pudo obtener ayuda.

Luego llegó a Montevideo, donde se le procuró ayuda, pero el buque enviado en socorro de los náufragos no pudo llegar a su destino.

De nuevo en las islas Falkland, siguió a Punta Arenas, en un cutter con la esperanza de obtener en Chile la ayuda necesaria. Recurrió entonces al Almirante don Joaquín Muñoz Hurtado,  Director General de la Armada, quien pidió autorización al gobierno y con ella dispuso que el Almirante Luis V. López, Jefe del Apostadero Naval de Magallanes, le proporcionara a Shackleton un buque.

Se prefirió la escampavía “Yelcho” , buque de 467 toneladas, viejo, sin calefacción y ni alumbrado eléctrico, sin radio, de borda baja y sin doble fondo. Era simplemente una audacia su envío.
Se cambió al Piloto Pardo desde la escampavía “Yáñez” a la “Yelcho” y se confió en la calidad de éste y de su gente, en su pericia y su coraje. Lo secundaba el Piloto 2o. León Aguirre Romero, que acababa de regresar del viaje de la goleta “Emma“.

Luis Pardo zarpó con la “Yelcho” el 25 de agosto de 1916, navegando por ruta de canales a tomar el Beagle.
Cruzó el mar de Drake con buen tiempo, muy baja temperatura y con neblinas, a veces cerradas y otras que un ligero viento permitía observar en parte el horizonte y divisar los numerosos témpanos que comenzaban a aparecer.
El día 28 la neblina se cerró totalmente. Al amanecer el día siguiente aclaró un tanto el horizonte, permitiendo ver hasta una distancia de una milla, por lo que aumentó el andar a toda fuerza.
Pardo, prefirió seguir navegando al máximo de su velocidad para poder llegar de día a la isla Elefante, donde se hallaban los 22 hombres del “Endurance“.

El día 30 de agosto, cerca de las 11 de la mañana aparecieron las primeras rompientes del extremo norte de la isla Elefante y se reconocieron las rocas Seal, a dos y media millas de distancia.
Sorteando los témpanos, la escampavía “Yelcho” comenzó a rodear la isla, oteando para ubicar el campamento, hasta que a las 13:30 horas, con general alegría, vieron a los náufragos ubicados en un bajo, teniendo por un lado un enorme ventisquero y por el otro los altos picachos de la isla.

La “Yelcho” arrió rápidamente una chalupa en la cual se embarcaron Shackleton y sus acompañantes y se dirigieron inmediatamente a tierra, donde el entusiasmo era indescriptible, en medio de vivas y agitar de trapos de indefinible color.
Después de una hora de trabajo duro para vencer las rompientes, los náufragos se encontraban a bordo de la “Yelcho“.

El Piloto Pardo obró con tino e inteligencia. Las determinaciones durante la navegación fueron sabias y piloto-pardo1oportunas y supo aprovechar las circunstancias favorables del tiempo con habilidad y decisión, todo lo cual redundó en el más completo éxito.
Desde que el buque zarpó, como no tenía medio alguno para comunicar su situación ni las experiencias de ese viaje relativamente incierto, la ansiedad en el Apostadero Naval de Magallanes era aún mayor.

Al regreso,  el buque experimentó un fuerte temporal en el Paso Drake, que se generalizó en toda la zona. En medio de un fortísimo temporal arribó a Punta Dungenes el 2 de septiembre. Como no pudo desembarcar para informar al Apostadero el éxito del rescate, siguió a Río Seco donde allí lo hizo.
Informado el gobierno, éste envió las felicitaciones del caso del Ministro de Marina, a las que se acompañaron la del Director General de la Armada.
La recepción en Punta Arenas constituyó una fiesta popular.

La escampavía “Yelcho” se puso a disposición de Sir Ernest Shackleton para ser conducido a Talcahuano y Valparaíso.
El buque llegó empavesado a Valparaíso y fue saludado por todas las naves de la Escuadra con sus tripulaciones formadas en cubierta y en medio de un enjambre de embarcaciones menores que lo escoltaron hasta el fondeadero, entre un ruido ensordecedor de pitos y sirenas.

Ambos personajes de singular celebridad fueron recibidos por el Presidente de la República, don Juan Luis Sanfuentes.  Allí aprovechó Shackleton de agradecer la colaboración del gobierno de Chile.

Al Piloto Luis Pardo Villalón, se le anotó su proeza como nota de mérito especial en su Hoja de Vida, así como se le hizo figurar con honor en la Orden del día de los buques y reparticiones de la Armada.
Fue ascendido al grado de Piloto 1º,  el 7 de septiembre de 1916.
Sirvió tres años más en la Armada y se acogió a retiro con fecha 23 de mayo de 1919.

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Se ha publicado que con cortesía, pero con firmeza, rechazó un obsequio de veinticinco mil libras esterlinas que le habría ofrecido el gobierno británico. Estimó que no era acreedor a ese premio, porque como marino de Chile, había cumplido una misión que le había sido encomendada.
El gobierno lo nombró Cónsul de Chile en Liverpool. El Piloto 1º, don Luis A. Pardo Villalón, falleció en Santiago el 21 de febrero de 1935, con el grado de Teniente 1º,  piloto en retiro, a los 54 años de edad.

Después de haber soportado estoicamente diecinueve años atrás las bajas temperaturas del mar o Paso de Drake -sorteando témpanos a la deriva-  fue víctima de una bronconeumonia, que lo llevó al sepulcro, cuando aún podía esperarse mucho de él.

Fuente: Mundo Historia

 
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Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

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Man Ray (Filadelfia, 1890 – París, 1976) ha sido uno de los artistas más representativos de los años treinta. Conocido por sus pinturas surrealistas y sus films, fue la introducción de soportes y técnicas fotográficas en sus obras lo que motivó su destacado papel dentro del dadaísmo. Cuando comparaba sus rayogramas con las radiografías sólo quería expresar su desdén por los movimientos vaguardistas que trataban de mantener la relación del arte con la sociedad en que se inscribía.

Man Ray era un antiracionalista, o mejor, un racionalista que abominaba del resultado final de la técnica y el progreso: la guerra, la reproducción artística. No tuvo reparo en mezclar distintos métodos y objetos en el entorno del marco. Como buen dadaísta, partía de una preconización del capricho, de la arbitrariedad, de lo gratuito, contra una educación y cultura burguesas. El título de vanguardista que hoy se le adjudica tiene otro sentido, el de replantear los límites de la representación artística. Después se dejó llevar por el surrealismo. Escribió en 1937 el libro «La Photographie n’est pas l’art», con prólogo de André Breton, ajuste de cuentas con los fotógrafos. Sin embargo, no deja de ser curioso que, adelantándose muchos años, planteara polémicas y utilizara muchas ideas que han continuado una legión de imitadores, exégetas y epígonos, y dentro, precisamente de ese lenguaje, que últimamente es tan elástico que todo parece caber, sin coherencia.

manray-tears-1930.jpgNo desdeñó el trabajo comercial, al que impregnó de su personalidad. Como ejemplos, los portafolios «Les Champs Délicieux» (1922) y «Electricit» (1931), donde mezcla triviales referencias de una forma totalmente original, para sentirse a gusto dentro de la intrascendencia más revulsiva. La fotografía se convierte en un mero pincel al servicio de su búsqueda de la belleza en lo cotidiano. ‘Hay tantas maravillas en un vaso de vino como en el fondo del mar’, que le dedicaría Paul Eluard.

Trata, como si fuese un pionero, de descubrir nuevos caminos en el mundo del arte, y tanto, que ha sido él, pintor, el máximo responsable de que la fotografía sea considerada como una de las bellas artes. Intuitivo y emocional su obra se reparte entre bodegones y naturalezas muertas por un lado y retratos -de los personajes más significativos de la época que le tocó vivir- y desnudos protagonizados por mujeres fatales por otro.

Fotógrafo enigmático desde su nacimiento, no se sabe muy bien su apellido, hasta su muerte, ya que por su expreso deseo no se puede publicar su epitafio. Para conocerlo deberemos viajar a París y en el cementerio de Montparnasse, aclarar el misterio.

Man Ray fue un trabajador incansable e inquieto, que ha dejado su influencia hasta nuestros días.

Mr. Arriflex

Barbara Carrera en 'Queen of the South Seas'

Barbara Carrera en ‘Queen of the South Seas’

Hace unos días, mientras saboreaba un delicioso café originario de las Montañas Azules de Jamaica con mi buen amigo MH, surgió –cómo no– el manido tema de la relación entre la literatura y el cine. Él es un culter genuino y un gran lector, así que me habló de Emma, Queen of the South Seas, una interesante película australiana del año 98 (convertida posteriormente en una serie televisiva que alcanzó cierta popularidad), y que fue adaptada de la novela de Geoffrey Dutton.

Yo le insinué mi interés por ver esa cinta protagonizada por la bella Barbara Carrera –recordada actriz de las series Never say never again o Dallas y a la vez por leer el libro de Dutton… MH es bastante reticente a prestar libros y dvdés a los amigos pero ayer, para sorpresa mía, llamó a casa y me entregó una bolsa que contenía ambas joyitas. Tienes una semana para leer la biografía y disfrutar de la película. Las quiero de nuevo en mi poder el próximo miércoles, me dijo con su peculiar acento portugués. Así que anoche mismo disfruté del inesperado préstamo de MH… Digo yo que para algo deben servir los amigos, ¿no?

Más que su interés cinematográfico (que es medianamente aceptable), lo que me subyugó de verdad fue la vida del personaje, ya que tanto el libro como la serie, están basados en la vida real de Emma Eliza Coe. La película se rodó en paradisíacos escenarios de Samoa, en la salvaje y primitiva Nueva Guinea, el San Francisco del siglo diecinueve, la Casa Blanca del presidente Ulises S. Grant, el Berlín del emperador Guillermo II y el lujoso Montecarlo del siglo XIX.

Hija de una princesa de la casa real de Samoa y de Jonas Coe, el primer cónsul americano de Apia, Emma Eliza Coe fue una bella mujer que amasó una gran fortuna y fue conocida, a menudo de forma íntima, por muchas eminentes figuras de Europa y Estados Unidos.

Desde niña Emma mostró una fuerte personalidad y modales muy nativos que escandalizaban a los puritanos misioneros. Internada en un severo convento, del que fue expulsada años después, la joven recibió enseñanzas no sólo de las monjas del convento en San Francisco sino también de su amiga y tutora la doctora Lane.

Emma regresó a Samoa con ideas propias y con la habilidad de saber expresarlas con convicción.

En el viaje de vuelta a su tierra, la muchacha mantuvo relaciones con el capitán del barco, un lacónico y aventurero irlandés-australiano llamado Thomas Farrell. Cambiante y oportunista, Farrell mantendrá una protectora fidelidad a Emma durante los veinte años de su atípica relación.

Emma pronto se integró en la movida colonial del Pacífico Sur, convirtiéndose en el centro de las subversiones políticas de Samoa y en la remota Nueva Guinea. Desplegando, asimismo, una gran actividad en el terreno sentimental, con dos matrimonios y un buen número de amantes en su haber.

Con la ayuda de Thomas Farrell, Emma fue pionera de la industria de la copra; levantó un vasto imperio de plantaciones, almacenes y una flota mercante.

Su riqueza y poder sirvieron a esta singular mujer para salvaguardar a su familia, amenazada por las luchas por el poder colonial entre los Estados Unidos, Alemania y Gran Bretaña.

La historia real de Emma superó a la mejor novela de ficción, en ella no faltaron aventuras, romances, pompas y ceremonias, así como violencia, ambición y sexo, sin omitir intrigas políticas y comerciales.

A veces, las biografías de personajes tan increíbles como fue Emma Eliza Coe resultan más interesantes que ciertos libros de poesía… Lo afirma MH.

Mr. Arriflex

“La magia de una palabra —DADA— que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia”

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El “Manifiesto Dadá” escrito por Tristan Tzara y publicado en 1918 en el número 3 de la revista DADA de Zurich, es el primer manifiesto del movimiento dadaísta. Otros textos importantes para la historia del dadaísmo son: el “Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo“, también de Tzara, leído en París el 12 de diciembre de 1920 en la Galería Povolozky y publicado posteriormente en el número 4 de la revista “La vie des lettres” también de París y la plaquette de ocho folios sin numerar “La premiere aventure celeste de Mausleur Antipyrine“, que Tzara escribió y publicó en Zurich en 1916.

Ahora bien, el manifiesto de 1918 es sin duda alguna el texto más significativo de los que publicó el artista rumano y el más explícito en sus intenciones.

Vivió casi toda su vida en Francia y fue uno de los autores más importantes del movimiento Dadá, que fundó junto con Jean Arp y Hugo Ball, una corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria en el sentido de que buscó romper con todos los parámetros establecidos a lo largo de la extensión de la historia del arte occidental, tanto que hoy día es catalogada como “antiarte“. El Dadá fue una especie de padre fundador para gran cantidad de movimientos artísticos, entre ellos el surrealismo, el estridentismo, y en cierta medida el Arte Pop de los años 60.
 
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El movimiento dadaísta se originó en Zúrich, durante la I Guerra Mundial;  Tzara (llamado también Izara) escribió los primeros textos Dadá — La Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine (“La primera aventura celestial del señor Antipirina”, 1916) y Vingt-cinq poèmes (“Veinticinco Poemas”, 1918), así como los manifiestos del movimiento: Sept manifestes Dada (“Siete manifiestos Dadá”, 1924). En París organizó, con sus compañeros de movimiento, espectáculos callejeros plenos de absurdismo para épater le bourgeois, “escandalizar a la burguesía”, y dio un poderoso impulso a la escena dadaísta. Hacia fines de 1929 se embarcó en el recién inaugurado movimiento surrealista de André Breton, Louis Aragon y otros autores; dedicó grandes esfuerzos a intentar conciliar las doctrinas filosóficas nihilistas y sofisticadas del movimiento con su propia afiliación marxista. Participó activamente en el desarrollo de los métodos de escritura automática, entre ellos el collage y el cadáver exquisito. De esa época data su libro   L’Homme approximatif  (“El hombre aproximativo”, 1931).

Durante la II Guerra Mundial se incorporó a la resistencia francesa; tras obtener la ciudadanía en 1947, se afilió al Partido Comunista Francés. Su militancia se extendería hasta 1956, cuando, tras la invasión de Hungría por las tropas soviéticas para apagar la revuelta popular, se apartó del partido. Su obra de la época es característicamente compleja, aunque más convencional que en su juventud; en ella destacan Parler seul (“Hablar solo”, 1950) y La face intérieure (“El rostro interior”, 1953). cuando él fue dadaísta.

Murió en diciembre de 1963 en París, y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse.

Olvidada durante siglos, se publica por primera vez en español su gran «Historia de Etiopía», una obra geográfica y científica germinal

Pedro Páez

Pedro Páez

Entre los cientos de exploradores y aventureros que la historia de España puede mostrar con orgullo, pocos son comparables a Pedro Páez, un misionero jesuita, madrileño por el mundo en el siglo XVII, nacido en 1564 en la pequeña localidad de Olmeda de las Fuentes. Fue el primer europeo en beber café y documentarlo, el primer occidental en llegar a las fuentes del Nilo Azul (ni siquiera hemos defendido este logro suyo frente a lo que dice la historia oficial, que concede el «descubrimiento», cómo no, a un anglosajón, James Bruce, que llegó al mismo lugar 152 años más tarde) y el primero en muchas más cosas.

historia de etiopia

Da que pensar que aquel adelantado que llegó a las fuentes del Nilo Azul hallara también allí manantiales para tanto olvido, puesto que hemos oído hablar tan poco de sus logros. Solo recientemente ha sido reivindicado en toda su dimensión, por escritores como Javier Reverte, que lo descubrió casi por casualidad y narró su historia en el libro «Dios, el Diablo y la aventura». Uno de los datos más elocuentes de lo lejos que hemos estado de hacer justicia a su memoria es que la gran obra de Páez estaba inédita en español. La «Historia de Etiopía», libro germinal para la literatura científica e histórica, permanece con una vigencia intacta porque lo escribió un hombre de honda cultura y afán incansable de contrastar la verdad.

«Es todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos»

Así lo recuerda Javier Reverte, en una conversación con ABC: «Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico. Dice el propio Pedro Páez en el prólogo del libro que ningún dato de los que aparecen es invención, sino que, o bien lo ha visto, o bien lo ha preguntado a dos o tres personas al menos. Sus fuentes son absolutamente comprobadas, y hay que pensar lo que era eso en 1620, todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos».

Pero, ¿cómo llegó a Etiopía este jesuita intrépido? Todo en su vida es aventura, algo que le llevaría a un cautiverio cervantino. Nacido, como decíamos en Olmeda de las Fuentes (llamado Olmeda de las Cebollas en el siglo XVI), estudió en Coimbra, cuando Felipe II había aunado las Coronas portuguesa y española. Allí ingresó en la Compañía de Jesús. Pronto destacó por su gran cultura y espíritu, así como por su talento para los idiomas.

Vendido como esclavo

A medida que el imperio crecía con nuevos horizontes, un «ejército» de misioneros era enviado para la evangelización de las nuevas tierras. En ese contexto Páez viajó a Goa, en la India. El destino que ya nunca le permitió regresar a España le tenía preparada una revuelta grave e inesperada. Desde Goa partió hacia Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, pero en el camino ambos fueron capturados por los árabes. Inmediatamente fueron vendidos como esclavos a los turcos y permanecieron cautivos casi siete interminables años.

«Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud»

Primero fueron galeotes de la armada turca, dos espíritus refinados jugándose la vida en cada embate de remos. Luego atravesaron a pie la desolación de lo que hoy es Yemen y Arabia Saudí, por desiertos de los que hasta entonces nadie había oído hablar en Occidente y que tardaría en pisar otro europeo. Arrastraban pesadas cadenas por las arenas ardientes y se escondían en subterráneos que el sol recalentaba como hornos. Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud.

Los espías de Felipe II

Felipe II tuvo noticia de este cautiverio -España poseía buenísimos espías además de exploradores- y ordenó que fueran rescatados. Volvieron a Goa, aunque Antonio de Montserrat murió al poco de regresar. Páez jamás se rendiría y decidió volver a Etiopía después de todo. Allí realizó su obra evangélica y científica. Empezó poco a poco, debatiendo con teólogos coptos ortodoxos, y acabó convirtiendo al catolicismo a dos emperadores con oficio prudente y con la política de aprender de los habitantes. Etiopía era el único país de áfrica con lengua escrita, el amárico y con otro idioma antiguo, como nuestro latín, que era el ge’ez. Y por si fuera poco sumar esos dos idiomas a todos los que hablaba, desde el árabe al turco y el latín, se convirtió en constructor de palacios platerescos, prudente consejero…

«De su obra de 1622 quedaron dos copias pero no fue editada hasta 1945 en portugués»

«Páez había visto un libro de un franciscano que hablaba de Etiopía mentando unicornios y fantasías, y contestó con su gran obra de cuatro tomos, que hizo como información fidedigna para los jesuitas», relata Javier Reverte. Se copió la obra y quedó un ejemplar en el Vaticano y otro en la Universidad de Braga, hasta la edición portuguesa de 1945. Hoy, Eduardo Riestra, de Ediciones del Viento, ha puesto fin a este olvido sobre un hombre que, según Reverte, «si fuera inglés sería un mito, como Livinston, y es parte de nuestra historia, un gran hito de la exploración y una figura histórica intocable».

«Las fuentes del Nilo Azul que soñaron Ciro, Alejandro y Julio César»

Páez era un hombre de gran humildad, que conservó incluso mientras caminaba entre reyes. Al ver las fuentes del Nilo Azul escribió: «Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César». En su historia reproduce, por ejemplo, la afectuosa correspondencia entre Felipe II y el emperador etíope, al que pedía el mejor trato para los misioneros que habían convertido un nuevo reino al catolicismo.

Páez está enterrado entre las ruinas de su palacio, que son las de su tiempo. Su obra acaba de cobrar vida para los lectores españoles. Con casos como este en España descubrimos que no es la envidia nuestro pecado nacional, sino el olvido.

Jesús García Calero

Fuente:  http://www.abc.es/cultura

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La historia de Joaquín Murrieta y de la familia Murrieta, empieza con Luciano Murrieta García-Lemoine, hombre liberal y de confianza del regente de España, General Baldomero Espartero, quien comenzó a interesarse por el vino durante su exilio en Londres. Después de estudiar detenidamente las técnicas de Burdeos, realizó sus primeros ensayos de crianza con vino riojano. Compró unas pequeñas barricas de cántaras (72 litros) en Bilbao y, en 1850, sometió a crianza una partida de vinos procedentes de la bodega del duque de la Victoria. Dos años más tarde (1852), los vinos se exportaron a Cuba y México siendo ésta una de las primeras bodegas que exportó sus vinos a nuestro país; pero el barco que los transportaba naufragó en Veracruz.

En 1872, el Marqués de Murrieta -título otorgado debido a su lealtad al General Baldomero- fundó junto con el regente de España su propia bodega, una de las más antiguas bodegas riojanas, comprando una magnífica finca en Ygay (Logroño) de 260 hectareas de extensión, dedicó sus tierras a diversos cultivos: uva, lúpulo y aceitunas, así mismo se producía miel. Además de la bodega y de las almazaras, la finca posee un castillo.

El marqués falleció en 1911, dejó unas memorias, que son de gran interés para la historia del vino riojano, y el legado de sus propiedades a su familia. Esta mantuvo la mayoría de las acciones hasta 1983 cuando la bodega fue adquirida por Vicente Cebrián Sagarriga, Conde de Creixell, empresario gallego de orígen catalán, que ha iniciado la renovación de la casa.

Joaquín Murrieta es el Personaje histórico en el cual se basa la popular leyenda del Zorro creada por los norteamericanos y que la tratan de ubicar en tiempos de la dominación española, cuando en realidad coincide con la pérdida de los territorios del norte de México a favor de los Estados Unidos.

Es bautizado en México entre los años de 1830 y 1832 en Alamos, Sonora, Siendo aún joven se casa y emigra con su esposa a California (1848). Son los tiempos de la fiebre del oro y Joaquín Murrieta logra una mediana prosperidad, como igualmente la obtuvieron cientos de otros emigrantes sonorenses. Con el pretexto de los denuncios de fondos mineros, los mineros yankees presionan en 1850 a la legislatura en Sacramento para que apruebe la “Acta del Grasoso” (nombre oficial) y la de los “Mineros Extranjeros”, en un primer paso para despojar, ya sea por medios legales y/o ilegales a los pequeños y grandes propietarios mexicanos. Una de las víctimas es Joaquín Murrieta, a quien le roban la tierra, le violan y matan a la mujer recién casada. Un amigo yankee generoso se ofrece a patrocinar sus reclamaciones: En vez de justicia, Murrieta padece nuevos atropellos.

Un día, en el camino a la propiedad del hermano, Murrieta se topa con un bandido que roba y mata en la región por gusto y por venganza, Murrieta se niega a hacer causa común con él. Murrieta busca venganza personal. En una especie de gruta encuentra a uno de los que asaltaron su casa y violaron a la mujer, lo desafía y lo mata. El bandido que ha presenciado la escena, se queda con el dinero del yankee muerto, poco después Murrieta es azotado públicamente por un grupo de linchadores americanos. El bandido lo recoge, lo cura y lo hace jefe del pequeño grupo que aterroriza la comarca de los Valles de San Joaquín y Sacramento, pero aún con Murrieta, los bandidos andan sin programa.

Aquí entra una parte de leyenda romántica que dice que una noche Murrieta asalta y comienza a robar, ya no a los norteamericanos, sino a un grupo de hacendados mexicanos que celebran una junta para ver el modo de defender sus tierras de los negociantes yankees que las usurpan, los cuales corrían la versión de grandes riquezas de los hacendados entre los mexicanos de clase baja para que éstos los despojaran y mataran y así, ellos reclamar las tierras.

Murrieta y sus bandidos también vivían engañados. Al quitarle el anillo a una de las jóvenes aristocráticas de mantilla y peineta, Murrieta reconoció a la hija de un antiguo patrón y le devuelve la sortija. La joven entonces le dice que si no devuelve sus alhajas a todas las demás, ella no acepta. Murrieta vacila y la joven le explica: “Todos estos hacendados son tan víctimas de la nueva situación como vosotros; todos somos mexicanos; ya no asalten a los mexicanos con el pretexto de que son ricos. La unión nos hará fuertes”, Murrieta comprende. La joven que ha tenido algún desengaño y ha quedado desposeída de sus tierras se une a la partida de Murrieta y acaba por convencerlo de que deben luchar en favor de los mexicanos.

El gobernador norteamericano de California ofrece una recompensa por la captura, vivos o muertos, de Murrieta y su lugarteniente, el bandido que lo curó llamado Jack “Three Fingers”. En junio de 1853 un policía texano del cuerpo de los Rangers, llamado Harry Love, trajo la cabeza de un hispano dentro de un frasco, anunciando que era la de Murrieta.

215Los asaltos continuaron, muchos de ellos hechos por otras personas pero atribuidos a Murrieta, el cual se retira a Sonora en donde se dedicó al comercio de caballos salvajes entre Sonora y Veracruz. Muere a final de la década de 1870 y fue enterrado en un cementerio jesuita en el pueblo de Cucurpe, Sonora.

Una parte de la historia confusa es la que afirma que Joaquín Murrieta llega a California proveniente de Chile, en donde se había dedicado al cultivo de la vid, y huyendo de la justicia por haber dado muerte a un alto oficial del ejército chileno que había matado a un hermano menor.

La leyenda de Joaquín Murrieta empieza a forjarse con el libro “Vida y Aventuras de Joaquín Murrieta”(1854) de John R. Ridge, y fue continuada por Joaquín Miller en su segundo libro de poemas (1869). Se han escrito varios libros sobre su vida, la cual ha sido llevada a la pantalla en numerosas ocasiones como “El Robin Hood de El Dorado” (EEUU), “Vida, Estrella y Muerte de Joaquín Murrieta”(Rusia) y “Joaquín Murrieta” (México), También existe una opera rock realizada en Rusia y un corrido de nuestro país.

El premio Nobel de Literatura, el chileno Pablo Neruda, escribió una de sus pocas obras de teatro titulada “Fulgor y Muerte de Joaquín Murieta” (con una r), su única obra musical. En 1998 se estrenó la película “La marca del Zorro” en donde el actor español Antonio Banderas, cambiando los nombres de los personajes históricos y combinando la leyenda con la historia, interpreta a “Alejandro Murrieta” hermano de Joaquín, cuya identidad secreta es la del Zorro.

Siguiendo sus andanzas y la tradición familiar de defender causas populares, el General Marcelino Murrieta Murrieta, nació en Cuauhtamingo, Ver., en 1880. Siendo un humilde profesor por la Escuela Nacional de Jalapa y uno de los 9 discípulos que deja el célebre pedagogo Alemán Enrique Rebsamen, se levantó en armas contra la dictadura de Díaz (1910). Perseguido más tarde por el huertismo, se unió al Ejército Constitucionalista en Magdalena (hoy Magdalena de Kino) Sonora (1913).

Participó en múltiples campañas, administró la aduana de Veracruz (1916) y, ascendido ya a general, dirigió el Colegio Militar (1920-1923). Combatió contra los delahuertistas en Veracruz. De 1926 a 1927 organizó y dirigió las escuelas Agrícola Industrial de Cajeme (Son.), una semejante en Tlatluaqui (Pue.) y la de las Artes y Oficios de Teziutlán. Complicado en la rebelión escobarista (1928), se exilió en Cuba y Centroamerica. En Guatemala dirigió la estación agrícola experimental de la Aurora. Vuelto al país, proyectó las escuelas Hijos del Ejército y dirigió la Central Agrícola de la Huerta (Mich.). En 1937 se le nombró director del penal de las Islas Marías, de donde enfermo regresa al D.F., poniendo antes en libertad y trayéndola en su barco, a la celebre Madre Conchita, la cual fue acusada injustamente, según varios historiadores entre ellos Enrique Krauze, de ser conspiradora en el asesinato del Presidente electo Alvaro Obregón. Murió el año de 1938 en la Ciudad de México.

http://www.fundacionmurrieta.org.mx

Para el compositor y director de orquesta Pierre Boulez, «sólo a Debussy podemos situarlo junto a Webern en una misma tendencia a destruir la organización formal preexistente en la obra, en un mismo recurrir a la belleza del sonido por sí mismo, en una misma pulverización elíptica del lenguaje». En detrimento de la tríada Stravinski, Schönberg y Bartok, para Boulez el verdadero precursor de la música contemporánea es este músico francés: sin su obra no se entendería no ya la de Ravel, sino tampoco la de Edgard Varèse u Olivier Messiaen. Fue Debussy, quien, al romper con la forma clásico-romántica de su tiempo, descubrió un lenguaje musical nuevo, libre, oscilante, abierto a posibilidades infinitas. Un lenguaje que, aunque tenía su origen en Wagner, establecía una alternativa diferente al modelo propuesto por éste en todos los parámetros que rigen la composición musical. A pesar de ello, no hay que ver en Claude Debussy, un artista iconoclasta que reacciona contra el legado del pasado: la tradición, sobre todo la del Barroco francés, reviste una trascendental importancia en su música, particularmente en sus últimas composiciones, tales como las tres sonatas de cámara. Esta dualidad otorga al legado debussysta su perenne actualidad.

Nacido en el seno de una familia modesta sin preocupaciones artísticas, desde pequeño gozó de la protección de un acaudalado mecenas, Achille Rosa. Una discípula de Chopin, madame Mauté de Fleurville, lo preparó para afrontar las pruebas de acceso de París, que Debussy superó con brillantez cuando contaba diez años. En la época que pasó en dicha institución, el joven músico empezó a distinguirse por su inconformismo, su desprecio por las reglas académicas y su singular imaginación en el terreno de la armonía, cualidades que le acarrearon la enemistad de los profesores más conservadores. Aun así, en 1884 obtuvo el máximo galardón que concedía el Conservatorio, el prestigioso Premio de Roma. Sus obras de ese período revelan la fascinación que el futuro autor de Pelléas et Mélisande sentía entonces por la música de Wagner. Su estilo no empezó a adquirir un carácter personal hasta La demoiselle élue, cantata de inspiración simbolista que en su ambigua armonía y su gusto por lo indeterminado, la insinuación matizada y el ornamento refinado anuncia ya algunas constantes de su producción. Aunque en numerosas ocasiones se ha calificado su música de «impresionista», lo cierto es que se halla más cerca de la poética simbolista que del impresionismo pictórico de Monet o Pissarro.

En 1894 llegó su primera gran obra maestra, el Preludio a la siesta de un fauno, partitura orquestal inspirada en un poema de Mallarmé en la cual la música adquiere una dimensión puramente sonora. Algo similar puede decirse del posterior Pelléas et Mélisande, un drama lírico que sobresale por su atmósfera evocadora e indefinida, alejada de todo pathos posromántico. Su estreno convirtió a Debussy en el jefe de filas de la nueva generación de músicos franceses, a pesar de la hostilidad con que esta ópera innovadora y audaz fue acogida por la crítica y un sector del público. El tríptico sinfónico La mer supuso un nuevo salto adelante en el desarrollo de su estilo y un alejamiento de la estética de Pelléas que no todos sus seguidores comprendieron. Estrenada esta partitura en 1905, ese mismo año estuvo marcado por el escándalo público que supuso el divorcio del músico y su unión con Emma Bardac, esposa de un rico banquero. Los últimos años de Debussy estuvieron marcados por el cáncer que acabaría con su vida y por la Primera Guerra Mundial, a raíz de la cual su ideología y su música derivaron hacia posicionamientos de clara inspiración nacionalista.

Fuente: http://www.biografica.info/

Durante unos minutos, el 4 de marzo de 1678, se agitaron los cimientos de los muchos palacios de Venecia. El temblor de tierra sembró de inquietud el discurrir cotidiano de una ciudad que vivía entonces para la diversión y el placer y sus ondas coincidieron con los primeros latidos de Antonio Lucio Vivaldi, que vio la luz por vez primera ese día en la bella ciudad de los canales.

Antonio Vivaldi, se convertía ese 4 de marzo en el primogénito del matrimonio formado por Giovanni Battista Vivaldi y Camilla Calicchio, que tendría después cinco hijos más. Pero el recién nacido vino al mundo con una salud delicada que hizo que los progenitores temieran por su vida durante sus primeros días. Una misteriosa enfermedad, seguramente asma, anidaba en el pecho del que se convertiría con los años en uno de los músicos más famosos de Europa, y sus familiares no esperaban que sobreviviese más de unas semanas.

Bautismo a toda prisa y extremaunción a los dos meses de edad en una iglesia que se encontraba a pocos metros de su casa, ese fue el difícil comienzo de Vivaldi. El pequeño sobrevivió, pero la enfermedad fue desde entonces su compañera inseparable hasta el día de su muerte, complicando su existencia en sus más mínimos detalles: su rutina diaria, su “atípico” temperamento y toda su obra.

La familia Vivaldi no nadaba ni mucho menos en la abundancia. El padre había sido barbero antes de ingresar como violinista en la prestigiosa orquesta de San Marcos, una de las más importantes de Venecia. Su sueldo escaso no debía ser suficiente para alimentar a la numerosa prole nacida de su matrimonio. Esta fue seguramente la razón –además del estado de salud del pequeño, que le impedía el ejercicio de otras profesiones– por la que escogió la carrera sacerdotal para su primogénito. Pero Giovanni Battista no descuidó por ello la educación musical del joven Antonio, y le enseñó él mismo a leer música y a tocar el violín, aspecto en el que pronto se puso de manifiesto el talento del hijo, que no tardó en acompañar a su padre en algunos conciertos.

LA JUVENTUD
El joven empezaba también a vivir el espíritu de Venecia, una de las ciudades más ricas de Europa, centro neurálgico del comercio continental y hogar de cientos de artistas de distintos países que acudían allí atraídos por el boato y la fama de la metrópoli. Los espectáculos, y sobre todo la música, eran una de las más insignes muestras de identidad venecianas. Al amparo de grandes señores que gustaban de ejercer de mecenas, los compositores vendían sus obras al mejor postor –ricos burgueses, reyes, nobles– y componían a la mayor velocidad que les era posible para abastecer un mercado constantemente necesitado de novedades.

Los poderosos se servían de la música para celebrar cualquier acontecimiento, desde una fiesta religiosa hasta un cumpleaños o una victoria militar o política. Los conciertos tenían lugar casi a diario aunque no conseguían restar protagonismo a la ópera, que gracias a las aportaciones de Monteverdi se había convertido en la máxima atracción del momento. Seis representaciones distintas llegaban a coincidir en un mismo día en la ciudad durante la temporada de carnaval, la más activa del año, que empezaba en el mes de diciembre.

Vivaldi, que compaginó durante años su formación eclesiástica con la musical, empezó a ser conocido en esta ciudad de la alegría como el Cura Pelirrojo. Se ordenó sacerdote a los 25 años, el 23 de marzo de 1703, e inmediatamente publicó su primera obra, una colección de sonatas en trío en las que imitaba sin ningún rubor a Corelli, que era considerado el gran maestro de aquel tiempo. Sin embargo, tal copia tenía su razón de ser: componer en el más puro estilo corelliano era una muestra de madurez y solvencia para todo joven músico que quisiera hacer carrera, una especie de carta de presentación, y era por tanto una obligación si quería ser aceptado en el mundo de la música. La publicación de las sonatas de Vivaldi obtuvo el éxito esperado y en septiembre, gracias a su dominio del violín, ingresó como maestro en el hospicio della Pietá.

Era costumbre en Venecia que los hospicios femeninos se esmeraran en la enseñanza de las niñas, incidiendo de manera especial en la faceta musical. Las jóvenes que demostraban mayor talento entraban a formar parte de los coros y grupos instrumentales de estos centros, que obtenían importantes ingresos de los nobles que acudían a los conciertos de las alumnas. El nivel de estas orquestas –en las que no se admitía a ningún varón– era altísimo y provocaba la admiración de los ilustres invitados que asistían a las audiciones. Las jóvenes llegaban a dominar varios instrumentos y sólo los usos sociales de la época impedían a estas niñas prosperar en el mundo de la música cuando llegaban a la juventud. Sus dos únicos caminos eran o bien una boda concertada o bien permanecer para siempre en el hospicio como maestras para las más pequeñas.

De los cuatro hospicios que había en la ciudad la Pietá era el más famoso y Vivaldi trabajó allí con pequeños intervalos, durante casi toda su vida, no sólo por los honorarios recibidos sino también por el prestigio que ello suponía. Trabajos que obligaban al joven compositor a una actividad frenética porque simultaneaba estas ocupaciones con otros encargos y su labor empresarial en el teatro de Sant’Angelo.

COMPOSITOR DE OPERAS
El Cura Pelirrojo empezó su vinculación con dicho teatro, y por tanto con la ópera, alrededor de 1710. Con ello también comenzaron sus problemas económicos, porque aunque el género lírico era muy popular, en contadísimas ocasiones resultaba rentable. Había muchos teatros y una gran competencia, lo que obligaba a los empresarios que no gozaban del apoyo de un noble a contratar a cantantes mediocres y a reducir el precio de las entradas.

Antes de decidirse por estrenar en Venecia, en 1713 Vivaldi pidió un permiso de un mes en la Pietá para presentar su primera ópera, Ottone in Villa, en Vicenza. El resultado no debió ser malo y con la confianza que le dio este estreno volvió a la ciudad de los canales y comenzó una labor operística que incluiría a lo largo de su vida alrededor de 95 obras. Su facilidad para el género era asombrosa, como demuestra el hecho de que compusiera Tito Manlio en cinco días. Además de sus propias obras, arreglaba y añadía fragmentos a las de otros compositores.

El vestíbulo de un teatro veneciano. Óleo de Pietro Longui.

Con el estreno de sus óperas y la aparición de su primer grupo de conciertos, L’estro armonico, fue conocido en toda Europa, gracias a la rapidez con que los visitantes de la ciudad distribuían los libretos de vuelta a su país. Luego se sucederín unos 500 conciertos, que Vivaldi vendía acuciado por una penuria económica agravada por su célebre prodigalidad.

El Cura Pelirrojo había conseguido una altura y una perfección sin igual en la forma de concierto y la fama de sus magníficos ritomellos y del preciosismo de sus obras, que le sirvió también para viajar. Lo hizo en Mantua, Roma y Praga. Vivía con la famosa cartante Anna Giraud y su hermana, que le ayudaban en su trabaio y en su limitada vida de enfermo. Vivaldi agradecía la ayuda de las hermanas ofreciendo los papeles principales de sus óperas a Anna Giraud, dando así pie a las malas lenguas, que daban por hecho la existencia de una relación sentimental entre ambos.

En su madurez, en la que se jactaba de “tener el honor de escribirme con nueve principes ilustres”, fue recibido por el emperador austríaco Carlos VI. Un contemporáno, Antonio Conti, dejó constancia del encuentro en una de sus cartas: “El emperador habló largo rato con Vivaldi sobre música, y la gente dice que charló más con él en privado en dos semanas que con sus ministros en dos años.”

“El viejo cuya manía es componer”, según el ilustrado De Brosses, no pensaba con el carácter del caprichoso público veneciano, que empezó a cansarse de su estilo. Esta nueva situación, junto a una invitación de Carlos VI, le llevaron a Viena en 1740, cuando decrecía su fama en Venecia, “ciudad donde la música del año pasado no proporciona ganancias.” Allí murió en julio de 1741. El sofocante calor obligó a enterrarlo el mismo día de su muerte, siendo su funeral el de un pobre. Costó el precio mínimo, acompañado sólo por un “un breve repique de campanas”.

Joseph Pearce (1961) es desde 2005 escritor residente y profesor de Literatura de la Universidad Ave María de Naples, Florida (USA).. Es conocido por sus biografías “best sellers” sobre literatos que pasaron por un proceso racional de conversión  al catolicismo.

Pearce, nos relata el proceso vivido por C.S.Lewis, J.R.R. Tolkien, Evelyn Vaugh, Chesterton, T.S.Eliot, Hilaire Belloc, Graham Greene, Christopher Dawson, Malcolm Muggeridge, Ronald Knox, Robert Benson, Dorothy Sayers, Edith Sitwell, Maurice Baring, Siegfred Sassoon, Alex Guinnes, Ernest Milton, Oscar Wilde, entre tantos otros, y el propio Pearce, quien -en su juventud- tuvo una fuerte historia de rebeldía y de violencia.

Pearce fue un agresivo skinhead y pertenecía a un movimiento racista inglés llamado National Front. Por sus acciones extremistas estuvo dos veces en la cárcel y fue allí que cayó en sus manos un libro de G.K. Chesterton, que le hizo reflexionar profundamente dándole un giro radical a su vida. Poco después se convirtió al catolicismo y busco un nuevo sentido a su existencia.

“Escritores conversos”

Para el autor, esta obra se justifica por la fuerza de las ideologías enfrentadas en el siglo XIX y en gran parte del siglo XX. Se plantea la influencia que ejercieron las ideologías en diferentes escritores y literatos, desde la revisión constante de sus contenidos y desde el espíritu libre y crítico que demostraron.

Pearce analiza la trayectoria de diferentes escritores conversos y desde la profundidad de sus escritos, describe su reacción ante la incredulidad y el laicismo manifiestos del mundo que les ha tocado vivir.
No se trata sólo de escritores sino de las influencias recibidas y del círculo de amistades y conocidos que poco a poco fueron cambiando su manera de ser y de pensar y compartieron sus inquietudes y creencias. Nos referimos a autores como C.S.Lewis, J.R.R.Tolkien, Evelyn Vaugh, Chesterton, T.S.Eliot, Hilaire Belloc, Graham Greene, Christopher Dawson, Malcolm Muggeridge, Ronald Knox, Robert Benson, Dorothy Sayers, Edith Sitwell, Maurice Baring, Siegfred Sassoon, Alex Guinnes, Ernest Milton, Oscar Wilde y tantos otros.
Es una obra que narra las experiencias y vivencias de múltiples personajes que encontraron en la verdad del cristianismo, el soporte y la claridad necesaria para avanzar en su madurez, a pesar de los dramas personales y del padecimiento de dos guerras mundiales que los marcaron profundamente.

No es una obra sobre un autor concreto, analiza la conversión de grandes literatos del siglo XIX y del XX, que tuvieron la necesidad imperiosa de exponer su decisión y explicar todo el proceso. Se cita constantemente a John Henry Newman, converso del anglicanismo y cardenal, porque muchos de los escritores son contemporáneos y le conocían o estuvieron influenciados por él.
El subtítulo parece sugerente y la lectura y el análisis del contenido lo confirman, “la inspiración espiritual en una época de incredulidad”.

El autor -Joseph Pearce- puede añadirse, debe añadirse a estos escritores conversos porque también se trata de su propia experiencia reflejada en estos grandes escritores conversos y de los que se declara deudor y prójimo.
A través de las obras de Chesterton, Pearce llegó al catolicismo en 1989, pero antes había destacado como activista anticatólico, y un firme opositor a la visita de Juan Pablo II a Inglaterra.

“Tolkien, hombre y mito”


Pearce escribió el libro “Tolkien, hombre y mito” al surgir una fuerte controversia -tras una encuesta realizada en Inglaterra- cuando “El Señor de los Anillos” fue escogido el mejor libro del Siglo XX
Pearce expresó entonces que “Tolkien puede ser el más popular de los escritores pero, también, el más incomprendido”. El libro ahonda en la personalidad de Tolkien y en los valores que surgen en “El Señor de los Anillos” que -para Pearce- son valores que manan del Evangelio: “Se da la percepción de que la Divina Providencia está del lado de la Comunidad y que, al final, ésta prevalecerá contra todos los pronósticos”. Como Tolkien dice: “Sobre todas las sombras cabalga el Sol”.

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