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saravialLa noticia del fallecimiento, el pasado viernes 2 de septiembre, de la destacada poeta chilena y entrañable amiga Sara Vial de los Heros, causó en mí una honda tristeza. A pesar de que a lo largo de estos años no tuve ocasión de visitarla como yo hubiera deseado, siempre guardaré de ella –y de la época que nos solíamos reunir en el Bar Inglés de Valparaíso con un grupo de inolvidables amigos– el más vivo de los recuerdos.

El 14 de febrero de 2008, se publicó –en este mismo blog– un artículo titulado “El poema perdido de Sara Vial” que se iniciaba con una cariñosa carta que recibí de ella y que, en esta triste ocasión, vuelvo a rescatar como un homenaje a esta maravillosa mujer y poeta a la que tanto admiré.

 


El poema perdido de Sara Vial

 

Ayer recibí esta nota de mi queridísima amiga y gran poeta chilena Sara Vial.

«Estimado Luis:

Por una casualidad encontré una copia a máquina, hecha de memoria hace tiempo, de la verdadera versión del soneto con tinta verde que salió publicado en tu blog y que improvisé para la bitácora del local. Desgraciadamente el manuscrito estaba muy borroso y tarjado, por lo que el poemita resultó con palabras de menos y otras cambiadas.

Ya no necesitas molestarte en ubicar a quien lo tenga, pues basta con que me hagas el inmenso favor de corregirlo y reemplazar la version llena de erratas por esta que te mando y que es fiel copia de la verdadera.

Desde ya, mil gracias por tu gentileza. Saludos de la autora.»

* * *

En la revista literaria Caimán puede leerse el siguiente artículo sobre Vial de los Heros y su estrecha amistad con Pablo Neruda:

“Sara Vial conoció a Pablo Neruda en Viña del Mar en 1955, en casa de un amigo en común, Vicente Naranjo. Sin embargo, fue gracias al famoso pintor chileno Camilo Mori que Neruda conoció los poemas de la joven Vial. Cuando se encontraron en la casa de Naranjo, Neruda iba saliendo del brazo de Matilde Urrutia y Sara Vial iba entrando. “No me creas pesado, ya habrá mucho tiempo para conversar”, le dijo al oído a la joven. Poco tiempo más tarde, se reencontraron y nació una amistad cómplice que sólo se interrumpió con la muerte del poeta en 1973. Neruda le presentó a Sara al conocido editor argentino Manuel Losada, quien se entusiasmó con el trabajo de Vial y publicó sus libros en Buenos Aires. En 1965, Neruda fue testigo de matrimonio de Sara Vial, un ejemplo de su relación más allá de las letras.Tan estrecha fue la amistad entre Neruda y Vial que fue ella quien le mostró al poeta la casa que luego él compraría para transformarla en su refugio más íntimo, La Sebastiana (en Valparaíso, frente al mar), que hoy es un museo que recuerda al ganador del premio Nobel y su amor por el puerto chileno.”

Soneto en tinta verde al Bar Inglés

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Aquí con este Luis inesperado
y con Alvaro, en fin, siempre seguro
y con Carlos Lastarria, airoso y puro,
estoy Valparaíso a tu cuidado.

A tu cuidado, sí, y Alfonso ausente (*)
pero nos llegará, desenfrenado,
después de tanto diario almacenado
en su fugaz destino hacia la gente.

Valparaíso, te reconocemos
nostalgia y vendaval aquí encerrado
mientras guitarra Luis trae a mi canto.

Y somos los que somos y seremos
y la noche es vivir lo que se ha dado

en amistad, fraternidad y encanto.

Sara Vial

(*) Alfonso Castagneto, ex director del diario La Estrella, (Q.E.P.D.)

(Lunes, 13 de enero de 1992, en el Bar Inglés de Valparaíso.)

En la fotografía puede verse a Sara Vial, junto a Pablo Neruda, en la casa del Premio Nobel en Isla Negra.

Con motivo de cumplirse el centenario del rescate de Sir Ernest Shackleton y sus hombres, tras la fallida expedición del “Endurance” en el Continente Blanco y ser rescatados por un grupo de marinos chilenos a bordo de la escampavía “Yelcho” –comandada por el Piloto Luis Pardo–, queremos recordar hoy día una de las hazañas más épicas de la historia antártica. El siguiente post fue publicado en este blog en marzo del 2009.

 

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

 
En agosto de 1914, recién declarada la Primera Guerra Mundial, zarpó de Inglaterra en su tercera expedición a la Antártica el intrépido explorador británico, Sir Ernest Shackleton, gran figura de la época heroica de las investigaciones antárticas europeas.

Su intención era atravesar la Antártica desde el mar de Weddell al mar de Ross, es decir, cortar la Antártica pasando por el Polo Sur. Contaba para ello con el “Endurance“, un velero mixto de tres palos, de 300 toneladas, con máquina a vapor y acondicionado para la empresa y el “Aurora”, que debía zarpar desde Australia para recibir a los expedicionarios en el estrecho de Mac Murdo, inmediato al mar de Ross.

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Lamentablemente el año 1915 fue extremadamente crudo en la Antártica y el 18 de enero el “Endurance” quedó atrapado en los hielos.
Los expedicionarios, después de luchar durante diez meses contra la glacial e inhóspita naturaleza, tuvieron que soportar las presiones de toneladas de hielo, que en su constante deriva aprisionaba al buque.
El 25 de octubre la nave se montó sobre un témpano quebrándose el timón, la popa y luego la quilla. No quedó otra cosa que abandonarlo, mientras el hielo iba destrozando poco a poco su superestructura, hasta que el 21 de noviembre, el “ Endurance” desapareció de la superficie del mar.

Acampando en los témpanos, los náufragos fueron derivando hasta llegar a la isla Elefante, donde se establecieron refugiándose en los botes boca abajo para cubrirse del tremendo frío.ernest_shackleton
Shackleton partió en un bote hasta el norte en busca de auxilio. Después de mucho bregar y luego de infructuosas tentativas en las islas Falkland, no pudo obtener ayuda.

Luego llegó a Montevideo, donde se le procuró ayuda, pero el buque enviado en socorro de los náufragos no pudo llegar a su destino.

De nuevo en las islas Falkland, siguió a Punta Arenas, en un cutter con la esperanza de obtener en Chile la ayuda necesaria. Recurrió entonces al Almirante don Joaquín Muñoz Hurtado,  Director General de la Armada, quien pidió autorización al gobierno y con ella dispuso que el Almirante Luis V. López, Jefe del Apostadero Naval de Magallanes, le proporcionara a Shackleton un buque.

Se prefirió la escampavía “Yelcho” , buque de 467 toneladas, viejo, sin calefacción y ni alumbrado eléctrico, sin radio, de borda baja y sin doble fondo. Era simplemente una audacia su envío.
Se cambió al Piloto Pardo desde la escampavía “Yáñez” a la “Yelcho” y se confió en la calidad de éste y de su gente, en su pericia y su coraje. Lo secundaba el Piloto 2o. León Aguirre Romero, que acababa de regresar del viaje de la goleta “Emma“.

Luis Pardo zarpó con la “Yelcho” el 25 de agosto de 1916, navegando por ruta de canales a tomar el Beagle.
Cruzó el mar de Drake con buen tiempo, muy baja temperatura y con neblinas, a veces cerradas y otras que un ligero viento permitía observar en parte el horizonte y divisar los numerosos témpanos que comenzaban a aparecer.
El día 28 la neblina se cerró totalmente. Al amanecer el día siguiente aclaró un tanto el horizonte, permitiendo ver hasta una distancia de una milla, por lo que aumentó el andar a toda fuerza.
Pardo, prefirió seguir navegando al máximo de su velocidad para poder llegar de día a la isla Elefante, donde se hallaban los 22 hombres del “Endurance“.

El día 30 de agosto, cerca de las 11 de la mañana aparecieron las primeras rompientes del extremo norte de la isla Elefante y se reconocieron las rocas Seal, a dos y media millas de distancia.
Sorteando los témpanos, la escampavía “Yelcho” comenzó a rodear la isla, oteando para ubicar el campamento, hasta que a las 13:30 horas, con general alegría, vieron a los náufragos ubicados en un bajo, teniendo por un lado un enorme ventisquero y por el otro los altos picachos de la isla.

La “Yelcho” arrió rápidamente una chalupa en la cual se embarcaron Shackleton y sus acompañantes y se dirigieron inmediatamente a tierra, donde el entusiasmo era indescriptible, en medio de vivas y agitar de trapos de indefinible color.
Después de una hora de trabajo duro para vencer las rompientes, los náufragos se encontraban a bordo de la “Yelcho“.

El Piloto Pardo obró con tino e inteligencia. Las determinaciones durante la navegación fueron sabias y piloto-pardo1oportunas y supo aprovechar las circunstancias favorables del tiempo con habilidad y decisión, todo lo cual redundó en el más completo éxito.
Desde que el buque zarpó, como no tenía medio alguno para comunicar su situación ni las experiencias de ese viaje relativamente incierto, la ansiedad en el Apostadero Naval de Magallanes era aún mayor.

Al regreso,  el buque experimentó un fuerte temporal en el Paso Drake, que se generalizó en toda la zona. En medio de un fortísimo temporal arribó a Punta Dungenes el 2 de septiembre. Como no pudo desembarcar para informar al Apostadero el éxito del rescate, siguió a Río Seco donde allí lo hizo.
Informado el gobierno, éste envió las felicitaciones del caso del Ministro de Marina, a las que se acompañaron la del Director General de la Armada.
La recepción en Punta Arenas constituyó una fiesta popular.

La escampavía “Yelcho” se puso a disposición de Sir Ernest Shackleton para ser conducido a Talcahuano y Valparaíso.
El buque llegó empavesado a Valparaíso y fue saludado por todas las naves de la Escuadra con sus tripulaciones formadas en cubierta y en medio de un enjambre de embarcaciones menores que lo escoltaron hasta el fondeadero, entre un ruido ensordecedor de pitos y sirenas.

Ambos personajes de singular celebridad fueron recibidos por el Presidente de la República, don Juan Luis Sanfuentes.  Allí aprovechó Shackleton de agradecer la colaboración del gobierno de Chile.

Al Piloto Luis Pardo Villalón, se le anotó su proeza como nota de mérito especial en su Hoja de Vida, así como se le hizo figurar con honor en la Orden del día de los buques y reparticiones de la Armada.
Fue ascendido al grado de Piloto 1º,  el 7 de septiembre de 1916.
Sirvió tres años más en la Armada y se acogió a retiro con fecha 23 de mayo de 1919.

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Se ha publicado que con cortesía, pero con firmeza, rechazó un obsequio de veinticinco mil libras esterlinas que le habría ofrecido el gobierno británico. Estimó que no era acreedor a ese premio, porque como marino de Chile, había cumplido una misión que le había sido encomendada.
El gobierno lo nombró Cónsul de Chile en Liverpool. El Piloto 1º, don Luis A. Pardo Villalón, falleció en Santiago el 21 de febrero de 1935, con el grado de Teniente 1º,  piloto en retiro, a los 54 años de edad.

Después de haber soportado estoicamente diecinueve años atrás las bajas temperaturas del mar o Paso de Drake -sorteando témpanos a la deriva-  fue víctima de una bronconeumonia, que lo llevó al sepulcro, cuando aún podía esperarse mucho de él.

Fuente: Mundo Historia

neruda

Fue Chile un faro,
la estrella de los vientos,
que abrió el perfume del arte a mis sueños,
la renovada palabra del encuentro poético,
la percepción y el embeleso,
allí aprendí a nombrar cada objeto, cada mañana, cada persona de forma diferente,
pese al trasfondo del tiempo: metal de rejas, sufrimiento y “lo oscuro”….
yo vi la luz, la intensa luz del sentido de las cosas, la belleza más pura y excelsa,
– casi la toqué con mis manos-,
todos sabemos que es evanesceste, apenas ilusión y estremecimiento -,
Y así, en el mismo idioma, hablé distinto, pensé distinto
con el hilo mágico con el que se tejen los sueños.

!Chilito lindo!

 

Mª Jesús C. Sarrió

 

 

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

Decir que a las librerías españolas llegan anualmente unos pocos libros de autores noruegos sería una exageración por mi parte. Simplemente, no llegan. Así que a la satisfacción que me produjo hace años la lectura de El cuchillo en la garganta, –la primera novela de Kjartan Fløgstad traducida al español — se une ahora el placer de haber descubierto otra de sus más recientes obras, Paraíso en la tierra.

Este libro –el segundo que se publicó en España de uno de los autores escandinavos más importantes en la actualidad–, innovador en la forma y que deja patente su consabido interés por la literatura en español y por Chile en particular, es una novela en donde reúne parodia, novela social y tendencia a los aforismos con una prosa que hace que se le pueda reconocer sin rodeos como uno de los más notables narradores europeos contemporáneos.

Poeta y traductor, autor de una peculiar historia de la emigración noruega a Iberoamérica, Fløgstad crea en Paraíso en la tierra un protagonista chileno, José Andersen, que emigra de Noruega en busca de las raíces de un padre que no conoció y, a la vez, de un porvenir esquivo. De Chile a Noruega, de una cultura a otra, de un rincón del mundo a otro en un viaje hacia delante y hacia atrás con la única herencia de una biblioteca repleta de autores nórdicos y citas de literatura hispanoamericana.

La intensidad de Kjartan Flogstad en este escrito es a vida o muerte. Un relato a bocajarro, con una cadencia rápida, fragmentada y asfixiante, una verborrea martilleante sobre el viaje de José Andersen en busca de sus raíces, en busca de un inexistente edén.

También es un libro sobre la supervivencia. Sobre cómo superar múltiples adversidades, a una infancia marcada por la figura de un padre extranjero en el norte de Chile. Sobre la búsqueda de la identidad, de la herencia de un progenitor. Es un viaje que empieza en un bar en Oslo, cruza la costa noruega y acaba en el fondo de un pequeño lago en el corazón de Europa. Pero, sobre todo, es una historia sobre la búsqueda de raíces. El autor, profundo conocedor del mundo latinoamericano aprovecha para criticar, con humor y cariño, a sus compatriotas noruegos, a la vez que nos introduce en la reciente historia de Chile.

Kjartan Fløgstad se dio a conocer en la década de los sesenta como poeta lírico; desde entonces, su obra literaria, que ronda los cuarenta títulos, ha tocado géneros y técnicas muy diversas. Ha sido traducido al inglés, al alemán, al francés y al español.

Gran Manila es la última novela de Fløgstad traducida a nuestro idioma, una historia sobre la vida cotidiana en una pequeña localidad noruega que gira en torno a la fábrica que la multinacional norteamericana Union Carbide instaló en la localidad. Así, su pequeña historia correrá pareja a la del resto de los trabajadores de la corporación por todo el mundo: Estados Unidos, la India… transformándose en las páginas de esta absorbente novela coral en la historia social del siglo XX. El autor vuelve a mostrar con esta novela su potente escritura, su afilada crítica social y su magnífico retrato de las transformaciones del mundo y la subjetividad contemporáneos.

 


El Faro del fin del mundo publicó, en febrero de 2008, un artículo sobre este escritor titulado Kjartan Fløgstad, el cosmopolita de los fiordos. Puede leerlo AQUÍ

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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Isla_de_los_Muertos

A orillas del río Baker, cercano a Caleta Tortel, un total de 33 cruces representan el mudo testimonio de los misterios mejores guardados de la colonización y explotación de la región de Aysén.

Según se extrae de las crónicas históricas del lugar, en septiembre de 1905 zarpa de Dalcahue un vapor con 200 obreros chilotes hacia la desembocadura del río Baker, para abrir paso a través de selva, cerros y humedales una vía que llegara desde el Pacífico hasta prácticamente la frontera con Argentina, para facilitar el transporte y exportación de lana y carne desde las regiones más altas, especialmente de la zona de Chubut.

Periódicamente, un barco volverá a la zona para aprovisionar a los trabajadores de alimentos frescos y otros objetos de primera necesidad, sin embargo, ante el naufragio del barco, esas esenciales provisiones no llegaron jamás. Los obreros realizan un trabajo físico brutal todos los días, cortando árboles y picando senderos en la piedra viva para ir abriendo camino, y para alimentarse tan solo tienen carne salada, tocino, arroz y harina llena de gorgojos. Esta deficiente alimentación, unida al clima extremo que tienen que soportar, no tarda mucho en pasar factura en forma de una extraña enfermedad en la que aparecen moretones en piernas y brazos, hemorragias por daños gastrointestinales, sangrado de las encías y dolores de cabeza hasta ocasionar la muerte.

Ante el temor de infección o contagio, los muertos son llevados hasta esa pequeña isla y enterrados sin oraciones ni honores, simplemente una destartalada caja de madera de ciprés y una cruz sin nombre marcarán el lugar de su descanso eterno.

En octubre de 1906 llega por fin un barco que rescatará a los supervivientes, prácticamente convertidos en fantasmas desdentados, de su peculiar infierno patagónico. Tan solo un puñado de ellos conseguirá recuperarse de la enfermedad y poder seguir adelante pese a salir de allí con vida.

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Más tarde, la verdad sobre la muerte se oculta bajo suposiciones y acusaciones hacia la Compañía explotadora del Baker. Unos dicen que los trabajadores fueron envenenados a propósito por la compañía para no pagarles los salarios adeudados, otros apuntan a que los obreros contrajeron la enfermedad a causa de pesticidas que se acumulaban en la misma bodega del vapor junto con los alimentos y ganado, otros señalan que habrían sido envenenados por los curanderos alacalufes por las relaciones amorosas que habrían establecido los trabajadores con sus mujeres.

Fuera como fuere, el abandono de los trabajadores durante muchos meses en un lugar como aquel fue sin duda el motivo de su condena.

El cementerio fue excavado a escasos metros del río, debido a que las fuerzas de los sobrevivientes no daban ni para introducirse en el interior de la espesa vegetación ni para cavar en tierras más endurecidas. Por ese motivo, las crecidas del río se llevaron en fechas inciertas buena parte de las tumbas. El padre salesiano Alberto Agostini mencionaba la cantidad de 120 cruces a mediados del siglo pasado, el explorador A. F. Tschiffely hacía mención a 79 poco después, hoy en día solo quedan 33. Quién sabe si la próxima crecida del Baker acabará por borrar por completo el último recuerdo de aquellos que dejaron allí su vida por el progreso de Chile.

En el año 2001 la isla es declarada Monumento Histórico Nacional y es centro de visita obligada para quienes buscan conocer su historia.

 

Fuente: http://www.chileestuyo.cl/

 

 

Con motivo del reciente estreno de la película “Caleuche: El llamado del Mar”, del director chileno Jorge Olguín, hemos creído oportuno rescatar este post que fue publicado en “El Faro del Fin del Mundo” el 28 de noviembre de 2008.

Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.

No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”. Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.

Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: “Porque yo he visto el Caleuche“. Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: “Algún día les contestaré”.

Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: “Ahora les contaré…”.

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Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. “Peor que la de ahora”, dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar. El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: “¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”. El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. “Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir”. Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.

No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.

Fuente: Leyendas del sur de Chile (servicioweb.cl)
Adaptación: Carlos Ducci Claro

Ayer  23  de agosto del año 2010, partió nuestro amigo Francisco de la Puente, aquel pintor de barbas largas amigo de todos, ese pintor con el cual compartí momento inolvidables en su taller de Santiago y su rincón secreto ubicado en las montañas del Ingenio, suena extraño saber que ya no está, que su obra se fue, que sus risas estarán guardadas en lo más profundo de nuestra alma.

Cómo recuerdo que mi Tata Pablo –amante del arte y la pintura–  me decía que me acercara al taller de Pancho y  lo ayudara a limpiar sus pinceles que,  de esa forma aprendería pintura y algo para desasnarme, como decía mi abuela…..cosa que nunca hice.

Siento su muerte como propia, siento que se  fue una parte de mí….  Me recuerdo de su habilidad para la cocina, un gozador siempre atento de prepararte algo rico con las cosas más sencillas y compartirlas con un tinto, el cual nunca faltaba en la mesa y en la conversa.

Conocí el éxito de su carrera artística del cual no hablaré ahora, pero él siempre humilde y acogedor, cariñoso con su hermana Carmen, su cuñado Sergio y sus sobrinos Jorge, Sergio y Tomás, y conmigo…, como sobrino agregado.

Capa, te fuiste a comer a la mejor mesa tomando el mejor vino y nos dejaste, pero por algo lo hiciste. Siempre tuviste las cosas tan claras y decididas, tu forma de vida te llevó a no transar tus principios en nada, lo cual es un gran mérito.

Fuiste  testigo presencial en la noche que reencontré  a la Malu en el Ingenio, estaba en tu mesa, en tu casa, bajo el cielo más estrellado que existiera.

Cuando el domingo pasado fui a buscar el balón de gas a la casa de Jorge y vi tu  auto Citroen viejo y añoso estacionado, me alegré mucho por que estabas ahí, te saludé y te juro que me hubiera quedado toda una tarde hablándote y riéndonos, con la fuerte risa de Jorge de música ambiental, pero nos despedimos rápido, porque para variar yo estaba apurado y me miraste de frente con la vista fija y me dijiste ADIOS.

José Miguel Ferrada Montt

El estudio del sacrificio humano en los Andes encuentra en la cordillera aledaña a Santiago un sitio extraordinario, tanto por su ubicación como por el hallazgo funerario que allí se hizo de un niño. Llegamos hasta el lugar, a 5400 metros de altura, intentando entender más a fondo el mundo de los incas.

En Febrero de 1954 que un grupo de arrieros chilenos descubrieron en una de las cumbres mas altas de la Cordillera de los Andes frente a Santiago, el cuerpo congelado de un niño del Imperio Inca que fue sacrificado como parte de un ritual religioso.

La noticia del hallazgo impactó a Chile y recorrió el mundo. La “momia” del cerro El Plomo fue el descubrimiento arqueológico realizado a mayor altura hasta esos momentos (5400 m sobre el nivel del mar) y constituyó el inicio del interés de científicos por la arqueología de las cumbres andinas y los santuarios de altura.

Desde principios del siglo XX, arrieros y andinistas sabían de la existencia de ruinas en la cumbre del cerro El Plomo, las cuales eran conocidas como “Pircas de indios”. La primera noticia de una ascensión deportiva data de 1896, cuando dos alpinistas europeos creyeron ser los primeros en intentar la hazaña de llegar a su cumbre. Enorme debe haber sido su sorpresa al encontrarse con las ruinas del santuario inca, y entre éstas, una lata de sardinas.

En las siguientes décadas algunos arrieros y andinistas excavaron parcialmente las ruinas y descubrieron varias figuritas antropomorfas y de camélidos en oro, plata y conchas marinas tropicales. El rumor de que en las cercanías de El Plomo se encontraba “un tesoro escondido” por los incas, cundió entre arrieros y mineros.

El hallazgo

Guillermo Chacón fue uno de esos hombres que pasaron gran parte de su vida recorriendo la cordillera. Ascendió varias veces El Plomo y encontró parte de la figuritas antes mencionadas. Pero Chacón soñaba con hallar algo todavía más fantástico.

En el verano austral de 1954 guió una de sus últimas expediciones a el cerro El Plomo. Debido a su edad no llegó a la cumbre, pero los acompañantes siguieron sus instrucciones y, venciendo el frío glacial, los fuertes vientos y los malestares de la altura, alcanzaron el lugar indicado.

Al cavar hasta la base de una de las ruinas encontraron enterrado el cuerpo de un niño. Estaba sentado en el suelo, con los brazos enlazados en torno a sus piernas y su cabeza reposaba sobre el hombro y brazo derecho. Antes de dormirse para siempre cubrió sus piernas con su corta túnica, tratando de protegerse del intenso frío. Sus ojos estaban cerrados y parecía que dormía plácidamente. La muerte debió sorprenderlo en el sueño.

Debido a la importancia del descubrimiento, expertos del Museo Nacional de Historia Natural y la Universidad de Chile realizaron una expedición al cerro El Plomo en los primeros días de Abril de 1954. Esta fue integrada por arqueólogos como R. Schaedel y Alberto Medina Rojas, pero debido a una tormenta de nieve, no pudieron alcanzar las ruinas del santuario. El invierno se acercaba y fue imposible realizar un nuevo intento.

Afortunadamente, los integrantes de la expedición, encabezados por Luis Krahl, alcanzaron las ruinas y entregaron a los especialistas importantes descripciones y material arqueológico. Una vez en Santiago y en conjunto con la arqueóloga doctora Grete Mostny, se realizó un apasionante estudio sobre el hallazgo.

Identificación

En esta investigación se concluyó que el cadáver pertenecía a un niño de sexo masculino de unos ocho años de edad. Sus características raciales son las andinas y probablemente perteneció a alguna de las etnias del altiplano, cerca del lago Titicaca, debido a ciertos rasgos físicos y adornos de su ajuar.

Su perfecto estado de conservación se debe al hecho de haber estado sepultado en un suelo permanentemente helado, lo que impidió su descomposición y desecación. Al observar la piel en un corte histológico, se comprobó que era igual que la de un cuerpo recién muerto. El proceso de momificación natural comenzó con el traslado del cuerpo a otras condiciones climáticas.

El niño llegó vivo a la cumbre y ante la falta de lesiones internas o externas, se supone que murió por congelamiento después de haber ingerido algún narcótico o posiblemente alcohol. En este estado de semi inconsciencia debió ser depositado en su tumba, donde permaneció por unos 500 años.

A casi tres décadas de este importante descubrimiento, ningún arqueólogo había ascendido hasta las ruinas del santuario inca. Por esta razón, mientras era estudiante de cuarto año de arqueología (1981) en la Universidad de Chile, decidí realizar una expedición al cerro El Plomo y continuar los estudios.

La investigación, además del estudio in situ del santuario de altura, pretende explicar su significación dentro del contexto religioso y del mundo andino precolombino, su relación con otros santuarios y su modo de articulación con el proceso de conquista e incorporación del valle de Santiago al Imperio Inca.

Hasta octubre de 1983 se habían podido realizar cinco expediciones a la alta cordillera de Santiago gracias al apoyo de dos clubes de andinismo, el Museo Nacional de Historia Natural y mis compañeros de la Universidad de Chile.

Expedición

Estas expediciones lograron sus objetivos, más por el empuje y determinación de sus miembros que por los precarios medios con que contábamos para un trabajo de tal naturaleza: llevando en nuestras espaldas el peso para siete u ocho días de montaña, acampando hasta una altura de 5200 m y resistiendo el frío, fuertes vientos y repentinas tormentas. A pesar de lo anterior, descubrimos nuevos conjuntos de ruinas y hemos acumulado una importante cantidad de datos que estamos analizando.

En relación a las ruinas del santuario, podemos decir brevemente que existen dos grupos principales de estructuras en piedra cerca de la cumbre. El primer grupo, conocido como “Adoratorio”, consiste en una plataforma circular de unos 9 metros de diámetro por un metro de altura y en su centro tiene una cavidad casi circular de dos metros de diámetro. Ya casi en la cumbre y a 5400 m de altura se emplaza el segundo grupo conocido como el “Enterratorio”, constituido por tres pircas rectangulares de un promedio de 6 metros de largo, 2 de ancho y unos 80 cm de alto, en una de las cuales fue sepultado el niño sacrificado.

Ya en la base del cerro El Plomo, en el valle interandino de Piedra Numerada y a una altura de 3400 m, existe otro conjunto de ruinas que incluye cinco recintos con muros de piedras y una plataforma del mismo material. Estas estructuras se ubican frente a una cascada, donde prácticamente nace el río Mapocho, que más tarde atraviesa la ciudad de Santiago.

Posiblemente la función de estas ruinas fue la de guardar víveres, ropas y ser refugio para los sacerdotes y peregrinos del culto. Al registrar las ruinas encontramos fragmentos de cerámica y un adorno en miniatura tallado en hueso. Sin embargo, en los últimos decenios este lugar ha sido ocupado por mineros, alterándose parte de su estructura original.

¿Cómo podemos explicar la presencia de este centro ceremonial y el sacrificio humano del ritual religioso? Para aproximarnos a una explicación es necesario ubicarse en el contexto cultural e histórico en el cual se desarrollan las sociedades andinas antes de la invasión española.

Los Incas

El Imperio Inca tiene su base histórica en la formación del Estado Cuzqueño. Gracias a su ubicación geográfica, al control e intercambio de la producción agropecuaria y textil, y a su organización social y militar, logró en casi dos siglos dominar políticamente los territorios comprendidos entre Ecuador y Chile Central, incluyendo importantes zonas transandinas como el NO argentino.

Su estructura económica tenía como elementos principales la agricultura extensiva del maíz y de tubérculos como la papa; la crianza de camélidos como llama y alpaca, y una relativa especialización del trabajo agrícola, pecuario-textil, cerámico y metalúrgico.

Su estructura social y política tenía como base el ayllu, que consistía en una comunidad de agricultores, pastores o pescadores, o una combinación entre éstos, relacionados por vínculos de parentesco y el trabajo comunitario. Estos ayllus estaban sometidos a una organización imperial en beneficio del Cuzco, debido a una coerción o conquista militar. El imperio se articulaba mediante dos mecanismos básicos: la reciprocidad en un nivel económico, sociopolítico y religioso; y la redistribución del excedente económico de los distintos grupos productores al interior del sistema imperial.

En los últimos decenios y gracias al aporte de antropólogos, etnohistoriadores y arqueólogos, hemos podido aproximamos a la complejidad del hombre andino. Respecto a su cosmovisión podemos decir que creían que el universo había sido creado por una fuerza vital y que se encontraba dividido en tres mundos o espacios vitales. “El Mundo de Arriba”, donde residían las divinidades mayores como el Sol, la Luna, las estrellas y el rayo; “El Mundo de Aquí”, donde residían los hombres, los animales y los espíritus de éstos; y “El Mundo de Abajo”, donde habitaban los muertos y las fuerzas que germinaban la tierra.

Los primeros hombres que poblaron los Andes -según los incas- salieron del mundo de abajo por las oquedades de la tierra: cavernas, montañas y volcanes, lagunas y lugares donde brotaba el agua. Estos sitios eran conocidos como “pacarinas”, cuyo verbo quechua significa surgir, amanecer, luz de aurora. Cada ayllu, cada comunidad andina tiene y venera su “pacarina”. Allí reside el espíritu guardián de la comunidad. De esta manera comprendemos mejor cómo las montañas se transforman en un lugar sagrado para la comunidad, lugar en el cual los hombres se conectaban y comunicaban con el mundo de abajo, y convirtiéndose por tanto en un lugar especial para invocar a las divinidades mayores, como el Sol o las estrellas del mundo de arriba.

La mayoría de los ayllus del mundo andino decían provenir de una u otra montaña, y éstas estaban unidas entre sí por lazos de parentesco religioso, lo que fortalecía los mecanismos de reciprocidad e intercambio entre las comunidades.

El sacrificio

Los incas no sólo organizaron social y económicamente su imperio, sino que también estructuraron una religión que unificara ideológicamente a sus miembros y fortaleciera el poder del Inca. A medida que el imperio crecía territorialmente el Inca imponía sobre las divinidades de cada región el culto al Sol, Inti, deidad imperial y paternal del cual se decía hijo. En este contexto podemos situar mejor una explicación del sacrificio humano en los Andes y en particular del realizado en la cumbre del cerro El Plomo.

La conquista inca de Chile Central se realizó alrededor de 1470-1480, con Topa Inca Yupanqui y luego con su hijo Huayna Capac. El fértil territorio de los valles de Aconcagua y Santiago era importante por sus recursos humanos y mineros, sin embargo, la fuerte resistencia que opusieron los habitantes de Chile no permitió que la dominación fuera muy profunda. Huayna Capac llegó sólo hasta el río Maule.

Una vez ocupado militarmente el valle de Santiago, se abrió una puerta al extenso llano longitudinal que se prolonga por más de mil kilómetros al sur. Este llano, situado entre cordillera y mar, se encontraba profusamente poblado por grupos mapuches (llamados araucanos por los españoles). Su organización social se caracterizaba por la ausencia de un poder político centralizado -salvo en caso de guerra- y su economía se basaba en la horticultura, la recolección y la caza, aunque los grupos del norte tenían una incipiente agricultura de regadío.

Este tipo de economía no permitía la existencia de comunidades sedentarias, determinando la dispersión y movimiento espacial de los distintos grupos mapuches. El valle de Santiago o Mapocho se convirtió así en un reto a la expansión del Imperio Inca.

Como una forma de asegurar el dominio se trajeron colonos o “mitimaes” de otras provincias del imperio, quienes en principio eran los encargados de enseñar nuevas técnicas agrarias, textiles y cerámicas, pero en el fondo su papel era controlar y adoctrinar a la población local, quienes al adoptar una nueva ideología ofrecían una menor resistencia al dominio inca.

Cerro El Plomo

El cerro El Plomo, por su altura (5430 m), gran tamaño y extensos glaciares, domina toda la región y probablemente tuvo alguna significación religiosa para los indígenas locales. Tal importancia se acrecentaba debido a las acequias o canales de regadío que se sacaban del río Mapocho y su posición respecto al solsticio de invierno.

En el Imperio Inca el sacrificio humano fue un elemento básico en la política integradora y en la organización socioeconómica del imperio. La ceremonia, llamada “Capacocha”, era uno de los ritos más solemnes y participaban en él la mayor cantidad de individuos de todas las regiones; estaba dedicada al soberano y tenía lugar sólo excepcionalmente, por ejemplo, por la coronación del Inca, el nacimiento de un hijo suyo, una gran victoria o acontecimientos que ponían en peligro la salud del inca o su poder.

Las ofrendas consistían en niños de hasta 10 años de edad, figuras antropomorfas y zoomorfas en oro, plata y conchas marinas; textiles y cerámicas especialmente confeccionadas para el ritual. Las ofrendas eran trasladadas por los curacas, jefes locales y sacerdotes desde su lugar de origen hasta el Cuzco. A cada hombre que estaba en edad de producir le tocaba llevar por un instante parte de las ofrendas. Una vez que llegaban al Cuzco, no sólo se trataban asuntos religiosos, sino que se aprovechaba el momento para discutir temas militares y de planificación de la economía. Al mismo tiempo, se decidía la redistribución de las ofrendas a todos los lugares sagrados y santuarios del Imperio.

Las ofrendas eran destinadas preferentemente al Sol como tributo y en señal de alianza. En los santuarios y lugares sagrados en que se inmolaban o sepultaban las ofrendas, el Inca se comunicaba con el Sol y la divinidad le entregaba virtudes mágicas y el poder de dar a su pueblo bienes materiales. Un miembro del imperio, un productor, entregaba su hijo al Inca para ser sacrificado al Sol, y el soberano le daba a cambio algunos bienes económicos, prestigio social y los poderes mágicos, vitales para continuar la producción y la vida en la Tierra.

De esta manera, la “Capacocha” se convertía en un sistema de control social y cultural en manos del Estado y garantizaba la unidad imperial. Por su parte, la víctima, el niño sacrificado, se convertía en una momia sagrada, quedando dotada de poderes vitales y fecundantes.

Así, el sacrificio de un niño en la cumbre del cerro El Plomo no se nos presenta aislado y se explica como parte de un ritual que describe cómo una sociedad enfocó su propia manera de ser.

Osvaldo Silva, Prehistoria de América. Edit. Universitaria, 1977.
( Publicado en Revista Creces, Agosto 1984 )


El día 17 de agosto del pasado año publiqué en este blog un breve artículo titulado La Gran Regata del Bicentenario, en el cual comentaba la celebración de este emotivo acontecimiento náutico en el 2010 como parte de los actos conmemorativos del Bicentenario de la Independencia de Chile que, finalmente, tuvo lugar desde día 13, hasta el pasado domingo 18 de abril.

Esperaba con impaciencia el momento de poder disfrutar de este maravilloso espectáculo naval en este querido puerto de Valparaíso… Y así lo hice, junto a miles de personas que esperaban en tierra la llegada de los once fantásticos veleros: el “Esmeralda”, de Chile; “Libertad”, de Argentina; “Sagres”, de Portugal; “Sebastián Elcano”, de España; “Simón Bolívar”, de Venezuela; “Guayas”, de Ecuador; “Cisne Branco”, de Brasil; “Gloria”, de Colombia; “Cuauhtémoc”, de México; “Capitán Miranda”, de Uruguay y el “Europa”, de Holanda.

Fue mucha la gente que acudió a presenciar el impresionante espectáculo nocturno en el borde costero de Valparaíso, donde los buques-escuela lucían su iluminación de gala. Quiero compartir con mis buen@s amig@s estas maravillosas fotos (verlas completas en Terra.cl)  donde aparecen algunas imágenes nocturnas de las naves atracados en el molo de abrigo durante la noche y, así mismo, un video –verlo aquí— de un radioaficionado durante el zarpe de los veleros, continuando la regata rumbo a Antofagasta. Espero que las disfruten.


 

Patria, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre. 
Pero te pido, como a la madre el niño 
lleno de llanto. 
Acoge 
esta guitarra ciega 
y esta frente perdida.
Salí a encontrarte hijos por la tierra, 
salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve,
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos. 
Ahora quiero dormir en tu substancia. 
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas, 
tu noche de navío, tu estatura estrellada.
 
Patria mía: quiero mudar de sombra. 
Patria mía: quiero cambiar de rosa. 
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua 
y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas, 
a detener el trigo y mirarlo por dentro. 
Voy a escoger la flora delgada del nitrato, 
voy a hilar el estambre glacial de la campana,
y mirando tu ilustre y solitaria espuma 
un ramo litoral tejeré a tu belleza.
Patria, mi patria 
toda rodeada de agua combatiente 
y nieve combatida, 
en ti se junta el águila al azufre, 
y en tu antártica mano de armiño y de zafiro 
una gota de pura luz humana 
brilla encendiendo el enemigo cielo.
– 
Guarda tu luz, oh patria!, mantén 
tu dura espiga de esperanza en medio 
del ciego aire temible. 
En tu remota tierra ha caído toda esta luz difícil, 
este destino de los hombres 
que te hace defender una flor misteriosa 
sola, en la inmensidad de América dormida.
Pablo Neruda (Canto General)

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