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Ira Cohen en 1979. Fotografía de Gerard Malanga.

De 1923 a 1956, Tánger fue una zona internacional gobernada por Francia, España y Reino Unido. Conocida como la Interzone, su bien ganada fama de ser una ciudad cosmopolita que ofrecía una libertad absoluta, atrajo a decenas de artistas y escritores occidentales en los años 50 y 60.

Una de las figuras más prolíficas de Tánger –y al mismo tiempo de las menos conocidas– fue la del poeta, fotógrafo y artista estadounidense Ira Cohen (1935 – 2011), que vivió allí durante los años 60. Cohen publicó una revista literaria titulada Gnaoua, que en árabe significa exorcismo y que, posteriormente, influiría en la creación de uno de los festivales musicales y artísticos más importantes de Marruecos. En ella se publicaron escritos tempranos de William Burroughs y Brion Gysin, entre otros.

Posteriormente, Jimi Hendrix y otros muchos artistas fueron retratados en su “Mylar Images“. Al mismo tiempo, diseñaba espectaculares portadas de discos. Técnica y conceptualmente, Cohen integró en sus trabajos fotográficos sus experiencias chamánicas y tántricas, al igual que hizo con su obra como poeta, músico y cineasta, que comenzó a finales de los años 70. Varios trabajos suyos fueron presentados recientemente en el Art Basel 38 / Kunst + Film de John Armleder.

Sus imágenes, rebosantes de espontaneidad e ironía, se refieren no sólo al dadaísmo y su inconformismo, sino también al antiautoritarismo y la crítica social de la Generación Beat, que también rompió muchos tabúes y desarrolló nuevas formas de vida experimental. El trabajo de Cohen refleja estas influencias de una manera impresionante. Después de muchos años, la obra del artista neoyorquino –sobre todo la fotográfica– vuelve encuadrarse en sus parámetros habituales, sostenido por su cerrada defensa del trabajo artesanal frente a la labor de equipo que predomina en la actualidad. De este modo, Cohen siempre estuvo cerca de la verdad e impregnó sus imágenes de sinceridad, de tal forma que se convierten en la representación de una historia en la que no se pretende convencer a nadie de nada, en la que no se ha intentado sorprender, en la que los protagonistas son personas de carne y hueso que viven en ciudades anónimas.

En su trabajo aflora también una especie de ‘sentido del humor cósmico’, muy notorio en su libro underground  ‘The Hashish Cookbook’, una recopilación de recetas hash escritas bajo el seudónimo de Panama Rose (un tipo popular de marihuana), que fue publicado en 1967 por su propia editorial Gnaoua. Significativamente, una de sus portadas es visible en la carátula de LP de Bob Dylan ‘Bringing It All Back Home’.

“Tenía muchas cosas de Burroughs y de Ian Sommerville, sobre todo cuando hablaba de “La Máquina del Ensueño”, que él y Brion Gysin co-inventaron”, recuerda el escritor Barry Miles en sus memorias. En Marruecos, Cohen también produjo un disco de música de trance marroquí antes de trasladarse a Katmandú, donde vivió durante diez años y creó una colonia de artistas.

Innov Gnawa – [6] “Toura Toura” from remix-culture on Vimeo.

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Bajo el título de ‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’, la neoyorquina galería de Steven Kasher estuvo albergando –desde el 20 de abril hasta el pasado 3 de junio– una exposición de fotografías excepcionalmente interesantes del músico, poeta y Premio Nobel de Literatura 2016, Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan. Casualmente, me encontraba yo en la Gran Manzana en esos días y –tres o cuatro jornadas antes de su clausura– me planté en el 515 de la calle Oeste con la 26. La exposición, resumida en pocas palabras, no era más que una fresca mirada del fotógrafo Ted Russell (que en la actualidad tiene 87) años al interior del joven Bob Dylan, cuando éste vivía en un descuidado apartamento del Greenwich Village a principios de la década de los 60.

En noviembre de 1961, Bob Dylan tenía 20 años, y ya era un cantante bastante popular que se preparaba para una ascendente y prometedora carrera musical. Sus primeras actuaciones pagadas, sobre todo en el ‘Gerde’s Folk City’, despertaban interés. Una favorable e inesperada reseña en el ‘New York Times’ y la grabación y lanzamiento de “Song for Woody”, su primera composición original, tuvo un gran éxito e influyó en muchos cantantes y compositores de la época.

Por su parte Ted Russell –nacido en Londres en 1930– y residente en los Estados Unidos desde el año 1952, está considerado uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Comenzó a fotografiar a los 10 años y, a los 15, ya colaboraba con algunos periódicos londinenses. Al año siguiente, trabajó en ‘Acme Newspictures’ en Bruselas. Más tarde se unió al personal de ‘Now’, un magazine ilustrado, y posteriormente a la revista ‘Spotlight’. En el 52 abordó el Queen Mary para Nueva York, llegando con cuatro cámaras y 200 dólares. Pronto fue reclutado y se desempeñó como fotógrafo del Ejército. Después de asistir a la Universidad de California en Berkeley, regresó a Nueva York y se convirtió en fotógrafo de la revista ‘Life’ durante más de 12 años. Sus trabajos han aparecido además en las prestigiosas revistas ‘Newsweek’, ‘Time’, ‘Saturday Review’ y ‘New York’ e igualmente expuestas en el Centro Internacional de Fotografía y en el MOMA.

Por mi parte, debo confesar que fue una grata experiencia la visita que hice a la ‘Steven Kasher Gallery’, inspiradas por la música y los retratos de Bob Dylan. Estas fotografías de Dylan han sido una iluminación: cuando en 1961 su primer disco ni siquiera había sido promocionado, el músico de 21 años, con el pelo rizado y los ojos vivos, estaba a punto de proclamar su propia verdad al mundo, aunque nadie lo sospechaba. Armado con su máquina de escribir y su guitarra iba a aplastar y absorber la realidad y devolverle la vida dentro de una nueva forma, con un equilibrio perfecto entre una inocencia necesaria y ligera para hablar sinceramente al mundo y una tenacidad antigua, de siglos, para hacerlo. Fue Bob Dylan, sin duda, el joven que cambió el rock and roll en ese momento, la primera gran revolución musical desde que Elvis Presley la iniciara en Memphis en 1956.

Mr. Arriflex

El reconocido director ruso escogió cuatro puntos del planeta y buscó su antípoda geográfica exacta. En este viaje sin precedentes, Kossakovsky capturó imágenes que ponen literalmente del revés nuestra visión del mundo y revela conexiones casi míticas entre cada pareja de antípodas, construyendo plano a plano, un extraordinario documental. ¡Vivan las antípodas! –que abrió el Festival de Cine de Venecia y agotó todas las entradas del DocsBarcelona– es una revolucionaria visión del mundo que habitamos.

“Creo que cada pieza de arte contiene siempre elementos irrepetibles y únicos. Por lo tanto, a cada película intento rodar algunas escenas que ni siquiera los profesionales sepan cómo he hecho. Puedo elegir siete planos irrepetibles de mis filmes. Algunos de ellos son muy especiales porque fueron rodados en momentos absolutamente imprevisibles de la vida. Otros son especiales a nivel técnico, por los cuales he inventado herramientas especificas para hacerlos posibles. Pero lo mejor es cuando un momento irrepetible de la vida viene de la mano de una manera irrepetible de filmarlo”.

Con esta frase, Victor Kossakovsky resume su manera de entender el documental. Un creador único, innovador y arriesgado al que varios centros de arte contemporáneo como el MoMA de Nueva York y el Centro de Arte Pompidou de París le han dedicado amplias retrospectivas. Sin ir más lejos, este año ha sido la personalidad elegida por el Festival Internacional de Documental de Ámsterdam para hacer una selección de sus 10 filmes de referencia con motivo del 25 aniversario del certamen más importante del mundo en el ámbito del documental.

¡Vivan las antípodas! propone al espectador un viaje insólito a través del planeta. Kossakovsky profundiza visualmente en el concepto “antípoda” como elemento que ocupa en la Tierra un punto diametralmente opuesto respecto a otro. Kossakovsky elige cuatro puntos del planeta: Entre Ríos (en Argentina), el lago de Baikal (en Rusia), la isla de Hawai (en EE.UU.) y Miraflores (en Navarra, España), creando con cada plano un fascinante calidoscopio de nuestro planeta.

Aparte de sus obras, entre las que destacan The Belov (1992), Tishe! (2002) y Svyato (2006) ejercicios magistrales y siempre visualmente sorprendentes, la aportación de Kossakovsky en el campo del documental ha sido a nivel conceptual y de lenguaje.

La capital británica aparece como telón de fondo en innumerables novelas. Si hay un escritor que ha convertido a Londres en un personaje más de su obra, ése es sin duda Charles Dickens.

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Poco queda, sin embargo, del Londres victoriano, oscuro y maloliente de Oliver Twist. Tampoco la niebla que envuelve la ciudad de vez en cuando es tan espesa como la descrita en Casa desolada, ya que el origen de aquélla era el humo de las chimeneas y de las fábricas de la revolución industrial que Dickens retrató prolijamente.

Lo que sí se puede visitar es la Casa Museo Dickens, ubicada en el distrito de Holborn, donde el escritor vivió desde 1837 hasta 1839 y pudo escribir Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist y Nicholas Nickleby. El edificio alberga una exposición permanente sobre Dickens, así como exhibiciones temporales de artistas contemporáneos.

El novelista está enterrado en el Poet’s Corner, en la abadía de Westminster, donde también podemos encontrar las tumbas de Rudyard Kipling y Alfred Tennyson, entre otros, y monumentos conmemorativos a Oscar Wilde y a John Keats.

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En Hampstead se puede visitar la Casa Museo de John Keats, donde el poeta se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas. El museo cuenta con una colección de escritos, dibujos y cartas, además del anillo de compromiso de la pareja, y la máscara mortuoria del poeta, que falleció de tuberculosis a los veinticinco años.

Keats escribió Oda a un ruiseñor, uno de sus poemas más conocidos, a la sombra de un árbol del jardín. A pesar de que su carrera literaria se vió truncada por su temprana muerte, el autor de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas es en una de las figuras más destacadas del romanticismo.

Durante los siglos XVIII y XIX, Hampstead atrajo a artistas, escritores y a personas acaudaladas. Además de Keats, otros insignes escritores que vivieron en Hampstead fueron Robert Louis Stevenson, D.H.Lawrence, Mary Shelley y George Orwell. Éste último trabajó durante un tiempo en una librería de South End Green en Hampstead, “The Booklover’s Corner”: En 1936 publicaría un ensayo sobre aquella experiencia (Bookshop Memories). La librería ha sido sustituida por una pastelería, pero en el exterior hay una placa conmemorativa al autor de 1984.

En Hampstead también vivió Sigmund Freud. La que era su casa alberga hoy en día el Museo Freud.

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El 6 de agosto de 1945 la muerte cayó del cielo en Hiroshima. Ese día, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica utilizada con fines bélicos en la historia. Tres días más tarde, una nueva detonación nuclear arrasaría Nagasaki. Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, totalizando unas 246.000 muertes.

En la impresionante ceremonia conmemorativa, el actual alcalde de la castigada ciudad nipona, Kazumi Matsui, pidió a los líderes mundiales que “trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares”. En el mundo aún existen unas 15.000 armas nucleares, recordó también Matsui, quien instó a la comunidad internacional a erradicar para 2020 estos artefactos “inhumanos y de maldad máxima”.

Tras la tragedia de Hiroshima, y hasta el fin de la Guerra Fría, el fantasma del desastre nuclear tuvo la amenazante forma de un hipotético misil atómico precipitándose desde las alturas; pero, a partir de los accidentes nucleares de Three Miles Island en 1979, en Estados Unidos, y muy particularmente —por su dimensión y efectos— de Chernobyl en 1986, en la entonces Unión Soviética, el espectro se encarnó en la aparentemente inofensiva imagen de una central nuclear erigida en el paisaje. Eso, al menos, a ojos del movimiento ecologista y de las corrientes de opinión —sociales, políticas y científicas— afines a una posición de crítica y denuncia antinuclear.

La patética lección que supuso Chernobyl en materia de seguridad no demuestra haber rendido aún sus esperados frutos, y ello queda traducido en una polémica que no cuestiona los beneficios de la energía atómica (por otro lado, menos contaminante que la producida a partir del gas, el carbón, o el petróleo, que contribuyen al efecto invernadero) ni su elevado grado de desarrollo y eficacia, sino que se apoya, justamente, en los escasos progresos obtenidos en la implementación de nuevos sistemas de seguridad y de modelos de capacitación de mayor fiabilidad; situación, esta, perfectamente ejemplificada en el caso de los accidentes nucleares en las centrales japonesas de Tokaimura y –años más tarde– en la de Fukushima I, otro de los más graves ocurridos hasta ahora pese a la sofisticada tecnología nipona.

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Además de las tesis que relacionan la aparición de enfermedades cancerígenas y de malformaciones en recién nacidos con la vecindad de centrales nucleares, y de las inherentes preocupaciones por la seguridad, el tema de los residuos tóxicos es el auténico talón de Aquiles de esta industria energética. Con un periodo de vida que puede alcanzar las decenas de miles de años, y un alto poder radiactivo, hasta ahora no se ha concebido un sistema que ofrezca completas garantías para su aislamiento, y en el debate internacional han concurrido alternativas tan dispares como el hundimiento le los desechos en el fondo submarino, su enterramiento en los hielos antárticos o en el corazón de montañas, el lanzamiento al espacio, e, incluso, la descabellada idea de convertir la Luna en un vertedero.

Por ahora, y habida cuenta de que los proyectados cementerios nucleares sólo son válidos para residuos de baja y media intensidad, y corta vida (aunque hablamos de cientos de años), la basura más contaminante espera depositada en piscinas especiales, de las propias centrales, un destino final que pudiera venir de la ya antigua idea del enterramiento a grandes profundidades en zonas geológicamente estables.

El debate está servido y, sin duda, se agudizará. Las organizaciones y partidos políticos comprometidos con el medio ambiente de Francia, Alemania y otros países europeos, han conseguido introducir la idea del desmantelamiento progresivo pero total de la industria nuclear. Las espadas están en alto, pero de parte de un bando actúa el omnipresente poder del dinero, y la lid se anuncia dura y larga. Lo que queda claro –y esperando que lndia y Pakistán no retornen a iniciar su macabro juego de amenazas y contraamenazas— es que mientras no se desarrollen suficientemente las tecnologías relativas a las energías alternativas —hidráulicas, eólicas y solares– a un nivel tan productivo como rentable, parece utópico pensar que el hombre prescinda de la tecnología nuclear.

Un olvidado y deslumbrante apartamento parisino, que permaneció totalmente cerrado y olvidado durante 70 años, fue descubierto hace unos años en el barrio de Pigalle, cerca de la Opéra Garnier.

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La romántica y hermosa historia de esta vivienda –cuya inquilina fue la bella y adinerada Madame de Florian– se conoció por primera vez en 2010, año del fallecimiento de su titular, que vivió en este apartamento hasta su huída al sur de Francia semanas antes de que las tropas nazis desfilaran por París, en mayo de 1940.

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Madame de Florian nunca regresó a su apartamento, ni a la capital francesa. Sin embargo, siguió pagando religiosamente las mensualidades correspondientes al alquiler de la vivienda hasta que falleció a los 91 años, en el año 2010.

Una de las personas que tuvo el honor de ser la primera en introducir la llave en aquella vieja y oxidada cerradura, por primera vez en setenta años, comparó la experiencia con la de ‘penetrar en el castillo de la Bella Durmiente’.

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Aunque parezca extraño, la presencia piezas de taxidermia en las casas pudientes de la época era un ostentoso signo de riqueza.

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Todos los muebles aparecieron tal como ella los dejó, lo que indica una huída precipitada. Daba también la impresión de que la marcha hubiese sido ayer mismo.

Una verdadera máquina del tiempo. El piso mostró muchos tesoros, pero el más valioso de todos era una pintura del artista italiano del siglo XIX Giovanni Boldini.

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La hermosa y delicaada mujer del retrato es la abuela Madame de Florian, Marthe de Florian. Fue pintado por Giovanni Boldini en 1898, cuando Marthe tenía 24 años de edad. La pintura fue recientemente subastada y vendida por 2 millones cien mil euros. La abuela Marthe fue una conocida actriz que tuvo una larga lista de admiradores masculinos. En el piso se encontraron las cartas de amor de sus admiradores, entre ellos estaba el propio Boldini y el Primer Ministro de Francia, George Clemenceau.

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Madame de Florian huyó de París antes de la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 194o. En la foto, los oficiales alemanes y los parisinos se mezclan cerca de un café al aire libre en los Campos Elíseos, en el Día de la Bastilla en 1940.

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Hasta hoy, son muchos los que se preguntan –sin tener la respuesta– porqué Madame nunca volvió a su apartamento de París. Desafortunadamente, la casa no está abierta al público y es propiedad de sus herederos.

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Durante mi visita a Noruega –país al que viajé por primera vez el pasado verano para asistir al “Den Norske Film Festival” en la idílica ciudad de Haugesund– tuve ocasión de conocer el impresionante Frogner Park de Oslo, el mayor espacio de esculturas del mundo creadas por un mismo artista. Se trata de una colección de 212 estatuas de piedra, bronce y hierro fundido esculpidas por Gustav Vigeland, el más importante y revolucionario escultor de los países escandinavos que, según muchos críticos de arte, representan aspectos ciertamente inquietantes de las teorías evolucionistas de Darwin.

Muchas de las esculturas a tamaño natural incluyen docenas de pequeñas figuras, como el puente con 58 hombres, mujeres y niños desnudos en todas la posturas imaginables. «Sinnataggen» (Niño Enfadado) — que representa a un niño dando una patada airada al suelo y que  es la escultura más querida del parque. A veces recibe el apelativo de «La Mona Lisa de Vigeland». No muy lejos de allí está «Livshjulet» (La Rueda de la Vida), un círculo de personas entrelazadas con un diámetro de tres metros.

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La entrada al parque también resulta impresionante: la amplia puerta se compone de esbeltas figuras masculinas en diferentes fases de la vida que se agarran a las columnas de granito coronadas por lámparas de hierro forjado. La escultura más emblemática del parque, en sentido literal y figurado, es el «Monolitten» (Monolito). Se trata de una columna de 14 metros situada en el punto más elevado del parque; una reproducción gigantesca a la cual 3 picapedreros dedicaron 14 años de trabajo diario bajo la supervisión de Vigeland. Hecha a partir de un único bloque de granito macizo, parece como si las 121 figuras de la escultura treparan las unas encima de las otras para alcanzar el cielo; una metáfora del anhelo de las personas por lo divino y lo espiritual.

La mayoría de esculturas está agrupada en 5 conjuntos que recorren la avenida de 850 metros de largo. En la parte sur del parque está el estudio de Vigeland, conservado en su estado original desde el fallecimiento de este en 1943.

 


 

El escultor más famoso de Noruega

 

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Gustav Vigeland (1869-1943) nació y creció en Mandal, al sur de Noruega. De niño, sintió fascinación por las cuestiones espirituales, por dibujar y esculpir. Esta combinación marcó el resto de su vida. Sus padres le mandaron a Oslo para que aprendiera un oficio (grabado de madera) en la escuela técnica. Consiguió una beca estatal que utilizó para viajar por Europa. Pasando por Copenhague, Berlín y Florencia, consiguió llegar a París, donde trabajó en el estudio de Auguste Rodin. Ya de vuelta en Oslo, siguió trabajando para convertirse en el escultor más conocido y productivo que Noruega jamás haya tenido.

A los 19 años se puso en contacto con el escultor Bergslien que se convirtió en su maestro y medio año después presentó, por vez primera, un grupo de esculturas en la exposición de Ontono. En 1890 decide viajar por Europa visitando Copenhague, París, Berlín, Florencia y Roma, entre 1900 y 1901 viajó a Francia e Inglaterra. Se interesó por el arte egipcio, el clásico griego y por las esculturas de Miguel Ángel y de Rodin.

Vigeland se destacó enseguida como el escultor mas dotado de Noruega entre otras cosas por sus retratos y monumentos llenos de fantasía. La otra peculiaridad de la obra de Vigeland es el tema elegido para su obra: representa a hombres y mujeres que narran el ciclo completo de la vida, desde la infancia hasta la vejez y no solo eso, narra también las penas y las alegrías, el amor y la indiferencia, el entusiasmo y la resignación, el gozo y el dolor, todo reflejado en los hombres y mujeres, padres e hijos, jóvenes y viejos.

¿Qué mayor obra de arte podría desear un escultor? Durante 20 años, Gustav Vigeland trabajó en una exposición al aire libre en el patio de su casa y estudio en Frogner, un barrio de Oslo. Finalmente, se convirtió en el parque de esculturas más famoso del mundo, pero jamás pudo disfrutarlo en todo su esplendor, ya que la mayoría de las obras terminaron de trasladarse aquí en 1950, siete años después de su muerte.

Mr.  Arriflex

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Alejandro Pichiano y Sergio Antonelli llegaron de Buenos Aires cargados de esperanza, una mochila con ropa, dos amplificadores y una guitarra eléctrica cada uno. Querían tocar en pubs, bares o al menos en “garitos”, esperar a que alguien apostara por ellos y estuviese dispuesto a contratarlos por la noche… Hoy es su primer día en el metro de Madrid y no hay “operación triunfo” que valga ni aplausos que los consuelen, sólo un guardia de seguridad que —menos mal— les dice con buenos modales que se olviden de los amplificadores.

Berardi y Antonelli formaron el grupo La Herejía hace algunos años; querían vivir de la música, pero la crisis argentina se llevó todo consigo. Es curioso, dice Pichiano, “me pone más nervioso tocar en el metro que en un escenario”. Por qué, le pregunto. Y bueno, dice, quizá porque me abochornaría mucho equivocarme aquí.

Para algunos músicos tocar en el metro es la única manera de sobrevivir en un mundo de inmigración perenne y crisis rotativas. Pero cada brete tiene su ritmo y así se puede pasar del son al tango, del flamenco al bolero y del blues a Vivaldi y sus conciertos para mandolina.

“Aquí puedes hacer un recorrido por Colombia”, dice Abel desafiante y educado cuando enumera los numerosos ritmos de su país: cumbia, joropo, bambullo, torbellino, danza, contradanza, fandango, merengue, folklore llanero. Y tienes sólo cinco segundos para que el caminante se entere. “Uno quiere hacer cultura a través de la música, del folklore y de los ritmos de Colombia y si, además, así nos ganamos la vida, pues qué mejor”, agrega Fredy, que acompaña a Abel en la guitarra con la quena y la flauta.

Tocar en el metro —me dice una amiga que no duró más de 48 horas en el intento— es “quizá la peor manera de arruinarse como músico”. “Lo que importa en el metro no es que toques bien, sino que toques fuerte; cuanto más alto lo hagas, más te escuchan”. Eso, dice, termina por perjudicar incluso al mejor del subterráneo.

Pero no necesariamente se cumple la teoría de que a más ruido más monedas. Hay una especie de justicia colectiva que premia el talento; un código en el que no hay misericordia con el que no la merece profesionalmente. A Luis Arenas no le va mal; es su ingenio y evidentemente su vocación lo que han hecho a este músico de Costa Rica sacar su día a día cantando en el metro. Y pese a que en más de una ocasión, tras escucharlo, alguien se ha acercado para contratarlo en fiestas privadas —“una vez me contrataron para una fiesta jipi en la que estuve cantando Led Zeppelin, Bob Dylan y los Beatles toda la noche”—, a el le gusta el metro. Su secreto es sencillo: “Si no tocas con alegría y no disfrutas lo que haces, la gente lo percibe; si no lo haces con gusto, te conviertes en un mendigo”. Arenas es de los pocos que han aprovechado tocar en el metro como un prolongado ensayo. “Aquí uno aprende a improvisar, a que se quite la vergüenza, a que saques la voz; aquí empecé a inventar historias para que se enrolle la gente, porque se dan cuenta de que estoy hablando de ellos”. La virtud de Arenas es justamente esa: sacar noticias de la vida cotidiana, del día a día e inventarse una historia, sea de la guerra en Palestina o de los tacones altos de una mujer con prisa que ha visto pasar. Tiene una canción peculiar, uno de sus mayores éxitos, lograda con frases en francés y portugués, cuyo significado sigue sin conocer en muchos casos.

Hay quien incluso, contradiciendo las normas de la prisa y el apuro, se ha detenido a aplaudir en medio del alboroto. “A veces la recompensa es más un guiño que una moneda”, dice Quique, un cantaor andaluz que no ve su trabajo como una carga, pese a que el clima, un calor insoportable en verano o una corriente fría en el invierno, pueden convertirlo en un desafío.

Tocar en el metro es tocar en el último escalafón de las aspiraciones musicales, en el sótano de la ambición artística; un lugar de paso y de prisa en el que la repetición es constante y el repertorio escaso; un espacio en el que el sosiego y la calma son palabras sin referente, y en el que resistir más de dos años es casi una proeza. Un chico en Avenida de América que toca el bandoneón no cambió de repertorio en dos horas de paseo por el subterráneo. Nadie lo percibe a menos que al final de la jornada se tenga que regresar por el mismo pasillo. Y sin embargo la cultura subterránea, el underground del que emergió la generación Beat o sacó a Bob Dylan del anonimato, tiene en su origen ese espíritu combativo de quienes, cargados con una guitarra, un micrófono de segunda mano y un chingo de esperanza, revitalizan el aire cansado de la banalidad más absoluta que emerge del escritorio de “audaces” comerciales como si fuera poesía: Europe is living a celebration.

Si todavía hay quien dude que en el metro puede gestarse la mejor música y el mejor el mejor arte, si no recuerda un cuarteto ucraniano de Príncipe de Vergara, dotado con un talento de orquesta nacional, le puede valer ver el glorioso documental The Underground Orchestra (1998), del holandés Heddy Honigmann, y sorprenderse de que Bajo el asfalto también hay vida, como ya nos lo enseñó Jennifer Toth en aquel libro hermoso sobre los túneles de Nueva York.

Juan Manuel Villalobos

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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Nuestro buen amigo Shoelane, ha tenido la gentilez de enviarnos esta estupenda crónica de su reciente viaje a España por si estimábamos oportuno publicarla en este blog. No sólo es un honor para nosotros el hacerlo, sino que –además– le quedamos eternamente agradecidos por su elegante detalle. Por cierto, le felicitamos por su magistral dominio de nuestra lengua.

La Alhambra de noche.

Acabo de regresar a Montreal –mi ciudad natal, donde ejerzo como profesor de Literaturas Hispánicas–después de mi vigésimo viaje a España. Pues bien, me reafirmo en lo que le respondí en cierta ocasión a un amigo neoyorquino que me preguntó por ese amado país: “Mira James, le dije, de casi todas las cosas que uno diga de España es posible afirmar lo contrario.” Hay, sin embargo, una sola cosa indiscutible: su pueblo es el más diverso e individualista de Europa. Su formalismo es un disfraz; los españoles son seres humanos hasta el límite máximo.

En realidad, no se puede hablar de una sola España, sino más bien de una amalgama de ocho a diez pueblos intensamente diferentes que viven en ocho o diez regiones (ahora conformadas por 17 Autonomías) y climas también diferentes y que hablan diversas lenguas. Hay tantas Españas como hay españoles… y éstos son 45 millones. “Cada español -escribió el ensayista Ganivet- lleva un pasaporte que reza: “Este español tiene derecho a hacer lo que le da la gana”.

En ninguna otra nación de Europa (España es el cuarto país más extenso del continente, tras Rusia, Ucrania y Francia) es tan pequeña la distinción de clases; no se hace hincapié alguno en la categoría social y, a despecho de las diferencias de riqueza, todos los españoles –su renta per cápita ronda los 32.000 dólares, siendo el octavo del mundo– inspiran sus actos en el principio general de la igualdad humana. He visto a un primer ministro abrazar a su jardinero con el tradicional abrazo masculino, ambos hombres en pie, pecho contra pecho, un brazo de cada uno apoyado en el hombro del otro. He visto a un camarero que regresaba de unas vacaciones abrazar a un cliente del mismo modo. Es una igualdad del corazón que nace de la idea fundamental sobre la cual se basan todas las relaciones entre españoles y consiste en la dignidad de ser hombre. «¡Hombre!” es la exclamación favorita del español. Hasta algunas mujeres la emplean al dirigirse unas a otras.

Los grandes temas de la vida española están representados –fundamentalmente– por tres ciudades: Madrid, Barcelona y Sevilla (aunque yo sienta debilidad por Granada). Madrid, la capital plantada en el centro de España, fue construida por mandato real en el siglo XVI. La parte más placentera, en torno a la antigua Plaza Mayor con sus soportales de arcos, pertenece a aquella época. El Madrid moderno se divide en los sectores del siglo XIX y el siglo XX. Este último es espectacular, abundante en rascacielos y lujoso. En los barrios del siglo XIX están las umbrosas avenidas, los Museos, los cafés bajo los árboles donde las gentes se sientan a conversar desde la mañana hasta la noche cuando hace calor. (El madrileño tiene fama de comentarista picante, ingenioso y aficionado a los chismes escabrosos.)

Barcelona, es un puerto industrial, una de las ciudades recias y activas, como Génova, del Mediterráneo. Los autobuses que recorren sus soberbias avenidas están llenos de anuncios. Vender, vender, vender … la pasión mediterránea por el tráfico al menudeo. La riqueza básica de Barcelona es producto de su industria y los catalanes calculan que trabajan diez veces más que el resto de los españoles. Uno siente que en el fondo de la vida barcelonesa late la cultura. Barcelona es famosa por su dinamismo, y cuenta con una vigorosa clase media.

Dice un adagio que “a quien Dios quiere bien le da casa en Sevilla”. Es una ciudad de delicias y placeres. Las casas –en sus barrios tradicionales– son blancas y están construidas alrededor de patios resguardados contra el sol, donde el agua bulle en las fuentes, las carpas doradas se crían a centenares en las cristalinas cisternas del palacio moro, las naranjas maduran en los árboles callejeros y el aire es como un bálsamo perfumado de jazmines y rosas. Los sevillanos, mayoritariamente, hablan de toros, mujeres, fiestas y diversiones. La gente siente afición por el canto y la poesía y está siempre propicia a la diversión y la risa.

El español trabaja largas horas, echa prolongadas siestas cuando aprieta el calor y se pasa de claro en claro la mitad de la noche. Se almuerza de las dos y media de la tarde en adelante; la cena nunca
toca a su fin antes de las diez de la noche, y a veces mucho más tarde. Las ciudades españolas reviven súbitamente a las ocho de la tarde; pero los jóvenes suelen salir de casa “para ir de marcha” a partir de las 11 o 12 de la noche, cosa que sorprende a todos los que llegan de fuera… incluyéndome a mí, con la diferencia de que no sólo me sorprende, sino que me encanta.

Siempre que llego a España percibo grandes cambios. Hace unos quince años que llegué por primera vez, pero nunca deja de impresionarme a la velocidad que estos cambios se producen. Se podría afirmar que el grado de libertad en cuanto a costumbres y tipo de vida supera a cualquier país de Europa, incluyendo a Holanda, Francia o Inglaterra. Además, el extranjero es acogedoramente recibido como turista en excelentes hoteles, y el turista descubre que España es uno de los países más diversos, interesantes y relativamente baratos (me refiero para el resto de europeos occidentales) que aún quedan, aunque en este viaje he notado un notable aumento en los precios, incluso comparado con los Estados Unidos o Alemania.

Pero sigue siendo –a pesar de los cambios tremendos que se han producido en los últimos años– tierra de singular honradez. Los españoles pueden dejar las cosas para mañana pero merecen la confianza absoluta. Su paciencia es su gran virtud; su dignidad y respeto propio son inolvidables.

-¿Cuánto gana usted? –le pregunté a un maduro empleado de un parking barcelonés.
-Mil trecientos euros –contestó con suave ironía. Un salario que casi no alcanza para vivir bien, pero sí para morir con dignidad.

Este artículo fue publicado previamente en nuestro blog en el mes de abril de 2008. Lo hemos rescatado de nuestro archivo con la única finalidad de felicitar a nuestro amigo Shoelane, que el pasado 27 de Julio contrajo matrimonio con una bella e inteligente andaluza de nombre Ana. La pareja ha fijado su residencia definitiva en Granada. ¡Muchas felicidades y nuestros mejores deseos para vosotros!

En 1976, el muralista británico Walter Kershaw se subió a un andamio y comenzó a pintar la pared de una casa en Rochdale, (Inglaterra). El dueño de la vivienda estaba entusiasmado con el novedoso proyecto, patrocinado por la British Broadcasting Corporation (BBC), y los vecinos, divertidos por la idea, se detenían a menudo para dar ánimos o hacer sugerencias. Kershaw y Olive Frith, junto con tres ayudantes y la colaboración de artistas y estudiantes de la localidad, terminaron el mural en tres semanas. En él se podía ver –ya que desgraciadamente no existe en la actualidad– el interior de una típica casa del condado de Lancashire, en la que una familia realiza diversas actividades: la abuela mira la televisión, la madre trabaja en la cocina, el hijo se está bañando, la hija escucha discos en el desván. El mural recibió mucha publicidad, tanto en televisión como en prensa.

Pintar sobre un muro o una pared ha sido, en toda la historia del arte, uno de los soportes más comunes utilizados por el hombre. Y –por supuesto– el primero de todos ellos, como lo prueban los dibujos polícromados del Paleolítico superior existentes en la Cueva de Altamira (España), en las de Chauvet y Lascaux en Francia o en las de Tassili n’Ajjer, en el Sáhara argelino.

Esta expresión artística tuvo una gran importancia durante la época Románica, decayó en el Gótico y resurgió con fuerza y esplendor durante el Renacimiento, donde las obras de artistas como Rafael y Miguel Ángel no han sido hasta ahora superadas. Tal vez sean los muralistas mexicanos del siglo pasado –Rivera, Siqueieros, Orozco y Tamayo, entre otros– los únicos que podrían ser considerados como los últimos grandes representantes de este movimiento pictórico.

En la actualidad, prácticamente se ha limitado a las paredes de edificios y muros, espacios donde muchos artistas urbanos pueden plasmar su obra a través del graffiti.

Hoy día, ciudades de todo el mundo se jactan de poseer murales de este tipo. En París, veinte horribles paredes que ofenden la vista de los ciudadanos han sido destinadas a que se pinten murales en ellas. En Japón, jóvenes artistas reciben periódicamente el encargo de pintar la fachada de unos grandes almacenes de Tokio, y los reclusos de la cárcel de Urawa han introducido en la prisión parte del mundo exterior pintando un paisaje en uno de los muros. En Sydney (Australia), diferentes grupos étnicos han decorado un centro comunitario con escenas de sus países de origen. Por todo el mundo, depósitos de petróleo, chimeneas e incluso pasos elevados están cobrando vida con formas abstractas, gentes, animales, árboles y escenas en trompe l’oeil, es decir, pinturas que a primera vista parecen reales.

El arte mural puede dividirse en dos categorías: el que lleva un mensaje social y el que busca primordialmente decorar. En ambos casos, los murales rompen la monotonía de los paisajes urbanos e intrigan a los ciudadanos.

Trabajar en esta nueva forma de arte no es fácil; la lluvia disuelve la pintura; la luz del sol produce sombras, el viento hace que las manos del pintor tiemblen. Las creaciones, incluso las que utilizan modernos tipos de pintura, no durarán más de veinticinco años. Sin embargo, el esfuerzo compensa.

Como dice Friedrich Ernst von Garnier, muralista alemán: “El color evoca la felicidad. Si conseguimos que unas pocas personas sonrían, nuestro trabajo habrá valido la pena”.

Por culpa de los folletos de viajes y los documentales turísticos, Suiza es un país poco conocido. Casi todo el mundo cree, por ejemplo, que está formado en su mayor parte por los Alpes y que los Alpes son blancos. Pero los Alpes son densamente verdes, y vistos a la distancia son violáceos en casi toda su altura. Los valles son planos. Las llanuras son amenas y delicadas sus praderas, extendidas como una alfombra sobre la grácil ondulación de las colinas. Suiza tiene palmeras tan espléndidas como sus pinos porque se extiende hacia el cálido sur hasta las orillas del lago Maggiore.

Los amantes de la paz se reúnen siempre en Suiza y eso también ha dado lugar a una imagen errónea del país. Los suizos no son pacifistas. Son una nación de guerreros, fortificada y armada hasta los dientes. En 1960, Suiza podía movilizar en 48 horas un ejército de 800.000 hombres, o sea, dos veces las posibilidades de Francia. Así lo hizo en la Segunda Guerra Mundial, adelantándose a Gran Bretaña por varios minutos; y aunque se mantuvo fuera del conflicto, derribó cerca de 20 aviones al hacer clara su política de perfecta neutralidad. No obstante, desde el fin de la Guerra Fría, el tamaño de las fuerzas armadas suizas ha sido progresivamente reducido, y en 1995 el número de soldados quedó en poco menos de 400.000 ciudadanos.

En épocas pasadas los suizos fueron considerados como los mejores, más valientes, más sanguinarios y más confiables guerreros que existían. Eran soldados profesionales y se ajustaban rigurosamente a la ética de su profesión. Esto es, mataban y morían según contrato y no se pasaban nunca a otros bandos, así les hiciesen ofertas. Tenían un defecto, sin embargo: exigían de vez en cuando que se les pagara. Esto y el desarrollo del nacionalismo, cerraron poco a poco los mercados extranjeros a este primer producto notable del genio suizo. Una «Guardia Suiza», integrada por 200 héroes potenciales, hace aún parte de la decoración del Vaticano, pero eso es todo lo que queda de una reputación de valor en la batalla que no había tenido rival desde Esparta.

Soldados suizos en prácticas dominicales

Su inteligencia práctica, no el pacifismo, fue la causa de que los suizos se retiraran de la política internacional, de la rivalidad de las potencias. Su situación geográfica lo hizo posible, sus vecinos lo hallaron mutuamente ventajoso; pero fue su frío sentido de la realidad lo que lo puso por obra.

La inteligencia práctica es también la base de la economía de Suiza, reconocida erróneamente en el mundo por sus relojes, chocolates, cortaplumas, bancos y quesos. No tiene riquezas minerales, ni recursos naturales de ninguna clase, como no sean fuerza hidráulica y gran habilidad para hacer las cosas. Esta última es tan grande y está tan sabiamente empleada, que la estéril Suiza tiene –a pesar de la crisis económica que todavía padecen varios países de Europa– uno de los niveles de vida más altos del mundo. En cuanto a la equitativa y sana distribución de la riqueza, no tiene émulo en toda la historia humana. En Suiza no hay mendigos, ni barrios sórdidos, ni analfabetos, ni personas que vivan en la miseria.

Desde 1291, cuando los Padres de la Patria se reunieron en una pradera a orillas de un lago y juraron permanecer siempre unidos contra cualquiera que amenazara su independencia, los suizos han sido los más grandes amantes de la libertad que hay en el mundo. Y como a esto se agrega que es el único pueblo europeo sin dificultades económicas, Suiza resulta una especie de oasis dentro del continente. Los ‘envidiosos’ dicen que todo se debe al hecho de que en las dos pasadas guerras mantuvo su neutralidad –lo cual, por supuesto, es un factor– pero la prosperidad de Suiza data de antes del primer conflicto mundial. El ejército lo forman todos los hombres hábiles. Cada uno de ellos es un soldado que tiene en su casa un arma bien cuidada, municiones y uniforme. Los domingos pueden oírse en toda Suiza disparos de fusil mezclados con el canto de las alondras y el tintineo de los cencerros. Es el ejército que se adiestra para la defensa de la patria.

Zurich, la mayor y más cosmopolita de las ciudades suizas.

Los suizos conservan su equilibrio en materias políticas de manera admirable. Yo había oído decir que van a la vanguardia del mundo en lo que se relaciona a gobierno popular representativo, pero tuve que ir allá para palpar y sentir cuán cierto es. No hay allí rey, ni dictador, ni siquiera presidente o primer ministro. La república federal parlamentaria, con democracia directa, está gobernada por un “colegio” de siete miembros, cuyo presidente es elegido cada año y no tiene autoridad especial. Eso sí, cada tercer domingo (a lo menos así lo parece) toda la población masculina va a las urnas y vota. Puede ser con el fin de entrar en un Organismo Internacional, o de fundar una universidad, o de comprar unos camiones de último modelo para recoger la basura. El pueblo suizo lo decide todo por medio del voto; hasta sus maestros de escuela los elige. Iniciativa y referéndum forman el corazón de su vida política, y estas medidas son sólo sustituto del viejo Landsgemeinde, cuando los habitantes de un cantón se reunían en una pradera o en una plaza pública y decidían todos los asuntos, con sólo levantar la mano. En los cinco cantones que son lo bastante pequeños, perdura esta forma directa de democracia.

En materia de eficiencia práctica los suizos son insuperables. Escasamente hay una vía pública de mucha circulación, o un sendero de montaña, donde no encuentre usted la cabina de un teléfono automático. En Zurich se puede echar una carta al correo a las 5,45 a.m. y será recibida antes de las 8 a.m. Los suizos manejan su república (y sus cantones) como un instrumento de precisión.

Por supuesto, no es sólo la inteligencia práctica sino también la tolerancia y un permanente sentido de los caracteres y los problemas humanos lo que hace que en Suiza la vida se deslice con tanta suavidad. Cuatro idiomas distintos se hablan en ese pequeño país. Cuatro distintas «nacionalidades» viven allí amistosamente, junto a una numerosa población inmigrante perfectamente integrada. En la Suiza alemana no hay escuelas francesas; en la Suiza italiana no hay escuelas francesas ni alemanas. Pero nadie se preocupa por eso, nadie «agita». Esto confuta todas las teorías respecto a las «razas» y demuestra que el nacionalismo militante es totalmente innecesario. La humanidad puede ser lo bastante generosa y noble para pasar por encima de todo eso.

El famoso Cabaret Voltaire, en Zurich. Allí nació el movimiento Dadá en 1916

Valor moral y físico, inteligencia práctica y tolerancía son los puntos culminantes del panorama espiritual de Suiza que más persisten en nuestro recuerdo después que salimos de esa tierra. Pero para describir cumplidamente el goce de haber estado allá, debe agregarse que los suizos se cuentan entre la gente más educada, limpia y nítida del mundo, y son los mejores hoteleros. Aman la vida al aire libre, aman la nieve; aman las flores silvestres. Las ciudades –muchas de ellas con una gran actividad cultural, artística y de ocio– están situadas a orillas de hermosos lagos o ríos. Son además ricas en parques y jardines, y están siempre tan limpias y bien cuidadas que su propósito parece ser más el de adornar el paisaje rural que el de apartarse de él.

He dicho muy poco sobre la perfecta gloria del paisaje suizo porque es bien conocido. Es como una dulce canción de belleza que el mundo entero canta. Esto, sin embargo, no le resta a uno la sorpresa cuando puede contemplar con sus ojos tierra tan admirable. Yo dudo que exista otra digna de compararse a Suiza en variedad y abundancia de hermosura. Pero para mí su pueblo es lo más maravilloso. Algunos críticos pedantes encuentran obtusos a los suizos y dicen que nunca han producido obras de arte supremas. Han producido, a mi entender, tantos grandes hombres como pueden surgir de entre casi ocho millones de seres humanos, y han producido la mejor de todas las obras de arte: una sociedad sin pobreza, sin rencores crónicos y sin ostentación vanidosa.

Juan Pablo Tissot

Fotografía de Xose / enfocado.com

Tomar dos litros de agua de Vichy. Entrar en la ciudad. Leer a Paul Verlaine en voz alta y a horcajadas en las faldas de la colina del Sacré-Coeur, Montmartre. No orinar durante la lectura.

Sin París los seres humanos no conocerían el pecado, y todos necesitamos ese coitus interruptus de vez en cuando. Pero la ciudad se esconde, evita su presencia ante nosotros. A veces gira en torno a uno que otro pazguato con cara de ángel consternado, tomando la forma de aquel espacio en silencio, en medio de los intervalos de un ritmo musical, o tomando la forma de aquel suspiro ahogado entre cada sorbo que le damos al vaso con agua, o tomando la forma de alguna semilla a medio germinar, o formando el cuerpo abstracto que se obtiene del trozo desprendido de una figura de porcelana de Sèvres que cayó –fatal, bella, sumisa caída– de un anaquel. Es el lapso de tiempo entre la caída de la figura y el impacto en el suelo. El caos parisino es efímero y adorable.

Si llueve, intente cobijarse del diluvio bajo el toldo del Café de Marais y disfrute –durante un tiempo que no pueda considerarse como largo o corto– de la iluminación fascinante que irradia ese rincón único y especial. A tan sólo unos metros de distancia el caudal del Sena podría desbordarse, pero no se preocupe… siga observando las luces intermitentes reflejadas por el suelo mojado. Le aconsejamos, asimismo, que preste atención al eco destemplado de las voces y los ruidos que se escuchan en las calles de la capital francesa: componen una interesante melodía bailable que puede competir con la cálida voz de Juliette Greco, reproducida una y otra vez en el viejo aparato de radio que suena lejano en el interior del Café.

Y ahora, háganos caso: váyase al hotel y procure descansar durante unas horas. Más tarde podrá acompañarnos a recorrer ese París secreto que tenemos preparado para usted.

Totó Reboud

El mundo es una realidad que nos envuelve y que nunca es unívoca. El mundo no es un solo mundo sino muchos, es un enorme monstruo de mil caras que nos va mostrando alternativamente en un juego que nunca termina. La realidad es múltiple y avasalladora y eso ya lo sabía Lázaro de Tormes que aprendió muy pronto a fingir para poder comer, a mantener la boca cerrada para medio llenar el estómago.

Anders –el niño berlinés protagonista de la novela “Pavel y yo”– también aprende muy pronto que hay que fingir, callar y mentir para seguir viviendo, para poder descubrir la verdad oculta o tan solo una media verdad que dé sentido a las cosas. Anders, –como el soldado Pavel, con el que mantendrá una hermosa y sólida amistad– mira al mundo pero no lo comprende, no logra descifrar las actitudes cobardes, las inhibiciones, los silencios que hay a su alrededor y por eso se convierte en testigo y transcriptor, casi sin saberlo, de esa parte del mundo que le ha tocado vivir. Pavel y Anders sólo tienen en común la soledad y quizás también el deseo desmedido (como lo es siempre el deseo) pero legítimo de ser gigantes en un mundo de enanos, de ser ellos mismos en medio de la mediocridad y el hambre que les obligan a ser unas simples sombras encerradas en sí mismas y cuya única salida válida es el sueño. Porque ¿qué son sino un sueño la plumilla y el tintero para Anders? Ciertamente son los instrumentos de un sueño, de una salida, de un escape y al mismo tiempo los generadores de una constante angustia, la constante presencia de un imposible porque realidad y deseo son dos cosas distintas siempre.

“Pavel y yo”, del escritor canadiense de orígen checo Dan Vyleta, es el relato de la infancia y adolescencia de una de tantas víctimas vivientes del Berlín en ruinas ocupado por los aliados tras finalizar la II Guerra Mundial. A través de sus vivencias y de sus deseos no cumplidos, Vyleta traza el retrato de un Berlín tan vencido como el mismo adolescente. La ciudad en esta novela se agranda y crece hasta ser tan real y tan viva como el muchacho al que acompaña siempre de la mano. Niño, soldado y ciudad a veces parecen ser la misma cosa.

La cara del mundo que nos enseña Anders es la de la miseria y el ahogo de un mundo estrecho y enigmático en el que se obliga a las personas a vivir de espaldas a sí mismas. Es una cara del mundo que no hay que olvidar nunca, a pesar de que se han escrito muchas novelas cuyo tema central está ligado a la despiadada guerra desatada por Hitler; pero quizá ninguna como la de Dan Vyleta, que sabe transmitirnos no sólo la historia de una vida sino también un clima, un ambiente en el que todo está claro y confuso al mismo tiempo, tal como lo estaban las conciencias y las vidas de todos cuantos vivieron en aquellos oscuros años.

Tánger, conocida como la Puerta de entrada a África, es una de las más vibrantes, misteriosas e interesantes ciudades de Marruecos. Y tal vez del mundo. Ubicada a tan sólo 60 kilómetros de Gibraltar, y a 14 kilómetros de Tarifa (España), no es una ciudad estrictamente marroquí, europea o africana; es una mezcla de las tres culturas que la habitan (la musulmana, la judía y la cristiana)… tiene unas influencias internacionales muy marcadas, y una arraigada leyenda literaria y artística que atrae a numerosos visitantes extranjeros.

Esta ciudad bañada por el mar –que fue Zona Internaciona hasta la total independencia de Marruecos–, era (y en cierta medida sigue siendo) hogar y refugio de artistas, escritores, enigmáticos personajes procedentes de los más variados países y aventureros de todo tipo. Tal vez por eso, Truman Capote la definió como la ciudad “Ragamuffin”.

La mítica Tánger, a la que los árabes llaman “Tanjah”, alcanzó su máximo esplendor durante los años 50. La gente venía de todas partes, especialmente de Europa y de los Estados Unidos, encaprichados por su reclamo exótico, libertino y encantador; todos en busca de una vida más libre, algunos de ellos para no volver a casa… Tal fue el caso del escritor norteamericano Paul Bowles, autor –entre otras muchas– de la novela El cielo protector, llevada al cine en 1991 por Bernardo Bertolucci. Las huellas literarias de los grandes nombres que durante mucho tiempo residieron en ella no se han borrado del todo.

Tánger también atrajo a literatos como Oscar Wilde, Andre Gide, Truman Capote, Jean Genet, Jack Kerouak, William Burroughs, Juan Goytisolo, Samuel Beckett y Tenesee Williams entre otros muchos, así como a pintores de la talla de Henri Matisse, Francis Bacon, Cecil Beaton o el chileno Claudio Bravo; millonarias caprichosas como Barbara Hutton (cuyas sonadas fiestas en su mansión de las colinas nada tenían que envidiarle a las organizadas por Aristóteles Onassis). Con sus bazares y ‘bakalitos’ tradicionales, cafeterías de estilo parisino, serpenteantes y sombrías callejuelas, encantadores de serpiente, locales secretos, músicos y mezquitas, Tánger es un destino irresistible. El Pequeño Zoco (Petit Socco), localizado en el corazón de la ciudad es el primer lugar que se debe visitar. Este es el foco principal de Taánger. También la Kasbah, del siglo XVII, Der el–Makhzen y el museo del Legado Americano. Los Jardines del Sultán es otro de los sitios que deben ser visitado. Sus jardines son asombrosos, una mezcla de hierbas aromáticas, de fragancias, con hileras de limoneros y naranjos, perfectos para un paseo romántico. Igualmente asombrosa es su playa, de 17 kilómetros de longitud y a tan sólo 40 metros de la avenida principal.

Si se dispone de un vehículo se puede realizar un viaje inolvidable alrededor del Atlas, uno de los lugares más impresionantes de Tánger; está rodeado de valles, montes y caminos con espléndidas vistas. La zona del Atlas está muy cerca de Todra Gorge, una increíble estuctura de rocas de 300 metros de altura, rodeado por un río.

La mayoría de los visitantes que viajan a África pasan por Tánger, ya que es el único punto del continente que está en contacto directo con Europa a través de numerosos vuelos y veloces ferrys que apenas tardan una hora en cruzar el Estrecho. Muchas son las excursiones que hasta aquí llegan desde la Costa del Sol, Gibraltar, o la Costa de la Luz.

Esta ciudad mágica y misteriosa –“ciudad de los sentidos” cosmopolita y multicultural, que enamoró y sigue enamorando a tantos artistas y escritores– sigue manteniendo intacta su mítica leyenda.

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