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El reconocido director ruso escogió cuatro puntos del planeta y buscó su antípoda geográfica exacta. En este viaje sin precedentes, Kossakovsky capturó imágenes que ponen literalmente del revés nuestra visión del mundo y revela conexiones casi míticas entre cada pareja de antípodas, construyendo plano a plano, un extraordinario documental. ¡Vivan las antípodas! –que abrió el Festival de Cine de Venecia y agotó todas las entradas del DocsBarcelona– es una revolucionaria visión del mundo que habitamos.

“Creo que cada pieza de arte contiene siempre elementos irrepetibles y únicos. Por lo tanto, a cada película intento rodar algunas escenas que ni siquiera los profesionales sepan cómo he hecho. Puedo elegir siete planos irrepetibles de mis filmes. Algunos de ellos son muy especiales porque fueron rodados en momentos absolutamente imprevisibles de la vida. Otros son especiales a nivel técnico, por los cuales he inventado herramientas especificas para hacerlos posibles. Pero lo mejor es cuando un momento irrepetible de la vida viene de la mano de una manera irrepetible de filmarlo”.

Con esta frase, Victor Kossakovsky resume su manera de entender el documental. Un creador único, innovador y arriesgado al que varios centros de arte contemporáneo como el MoMA de Nueva York y el Centro de Arte Pompidou de París le han dedicado amplias retrospectivas. Sin ir más lejos, este año ha sido la personalidad elegida por el Festival Internacional de Documental de Ámsterdam para hacer una selección de sus 10 filmes de referencia con motivo del 25 aniversario del certamen más importante del mundo en el ámbito del documental.

¡Vivan las antípodas! propone al espectador un viaje insólito a través del planeta. Kossakovsky profundiza visualmente en el concepto “antípoda” como elemento que ocupa en la Tierra un punto diametralmente opuesto respecto a otro. Kossakovsky elige cuatro puntos del planeta: Entre Ríos (en Argentina), el lago de Baikal (en Rusia), la isla de Hawai (en EE.UU.) y Miraflores (en Navarra, España), creando con cada plano un fascinante calidoscopio de nuestro planeta.

Aparte de sus obras, entre las que destacan The Belov (1992), Tishe! (2002) y Svyato (2006) ejercicios magistrales y siempre visualmente sorprendentes, la aportación de Kossakovsky en el campo del documental ha sido a nivel conceptual y de lenguaje.

El desciframiento de sus códigos echó por tierra muchas creencias infundadas y planteó nuevos misterios en el camino de develar cómo y por qué colapsó esa civilización.

Los relieves de los templos y otras construcciones mayas nos cuentan la historia de este pueblo.

Los relieves de los templos y otras construcciones mayas nos cuentan la historia de este pueblo.

Fue una de las culturas más interesantes y enigmáticas de cuantas existieron en América y en el orbe. Su apogeo abarca desde aproximadamente el año 250 hasta el 900 de nuestra era y sus arquitectos erigieron algunos de los monumentos más singulares y exquisitos del continente. Sin embargo, transcurrieron 150 años antes de que pudieran ser conocidas y comprendidas la gramática y en particular la sintaxis de los jeroglíficos mayas, paso esencial hacia un auténtico discernimiento de aquella civilización, sus misterios y su colapso final.

Aunque tachados de exageración, algunos epigrafistas calificaron el descubrimiento como uno de los mayores logros intelectuales del siglo. Pero bien mirados los hechos, habría que darles la razón a quienes expresan estos supuestos excesos, porque sólo a partir de entonces y desde los umbrales de la prehistoria, llegaron las primeras luces que permitieron revolucionar todas las creencias existentes hasta entonces sobre los mayas. Aunque todavía quedan muchos secretos.

Aún los expertos no han logrado la clave que permita descifrar total y minuciosamente los glifos, y según la investigadora mexicana Mercedes de la Garza, la escritura maya prehispánica es muy compleja y se pierde cuando desaparecieron gobernantes y sacerdotes, la clase dirigente que la dominaba y que hubiera podido aportar los secretos de la enigmática pictografía.

Pero, gracias a los jeroglíficos descifrados, en 1839 comenzó la historia del encuentro del hombre posmoderno con quienes hace más de 20 centurias dominaban extensos territorios que ahora ocupan cinco países (el sur de México, Guatemala, Belice y partes de Honduras y El Salvador).

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El Tesoro de El Carambolo es un conjunto de varias piezas de oro y cerámica de origen fenicio, que fueron encontradas en 1958 en el cerro de El Carambolo en el municipio de Camas, a tres kilómetros de Sevilla.

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La fabricación del conjunto está datada, según varios expertos, en un lapso entre los siglos VI a V AC para el collar, y en torno a la primera mitad del siglo VII AC para el resto de las piezas. Recientes estudios concluyen que se trata del ajuar propio de animales que eran sacrificados en templos fenicios dedicados al dios Baal y la diosa Astarté, confirmando las hipótesis inicialmente formuladas en 1979, que divergían de la tradicional atribución de las piezas a la cultura tartésica.

A tres kilómetros de Sevilla, unos pequeños cerros a los que llaman carambolos se elevan casi un centenar de metros sobre las aguas del Guadalquivir. En uno de ellos, en el término municipal de Camas, se encuentra La Real Sociedad de Tiro de Pichón de Sevilla. Esta entidad, que adquirió el terreno en 1940 con la idea de ubicarse físicamente allí, había iniciado unas obras para ampliar sus instalaciones, con motivo de un torneo internacional que tenía previsto celebrarse. La leyenda de que existía un tesoro en el lugar ya venía de antiguo, pero era sólo eso, una leyenda.
Al arquitecto que dirigía las obras no le convencía que unas ventanas que darían a una futura terraza en construcción, pudieran quedar casi al mismo nivel que ésta, por lo que antes de que se colocara el pavimento mandó excavar para que se profundizara unos 15 cm más.

El 30 de septiembre de 1958, uno de los obreros, Alonso Hinojos del Pino (albañil natural de Medina Sidonia), encontró casi en la superficie un brazalete que luego resultó ser de oro de 24 quilates y de un incalculable valor arqueológico. Al observar que al brazalete le faltaba un adorno, tanto él como el grupo de trabajadores que participaba, siguieron excavando en la búsqueda de la parte restante. Pero la sorpresa fue aún mayor cuando encontraron un recipiente de barro cocido, una especie de lebrillo, conteniendo muchas otras piezas y que por desgracia se partió, y al mezclase los restos con otros restos de cerámica fue imposible reconstruir.

Aparentemente eran imitaciones de joyas antiguas, de latón o cobre, por lo que no dieron mayor valor a lo encontrado. Tanto es así, que se las repartieron entre los trabajadores que habían intervenido.6 Uno de ellos, para demostrar que no podían ser de oro, dobló repetidamente una de las piezas hasta llegar a romperla. Debido a aquella absurda prueba, la marca de una perceptible rotura ha dañado para siempre uno de los elementos que tiene forma de piel de toro. La sensatez y el temor de posteriores responsabilidades, aconsejaron a los obreros a entregar las joyas encontradas. La leyenda comenzaba a dejar de serlo para convertirse en realidad.

La directiva del Tiro de Pichón, con buen criterio, buscó la intervención de una de las máximas autoridades en investigaciones tartésicas, el arqueólogo y catedrático don Juan de Mata Carriazo y Arroquia. El profesor Carriazo realizó un minucioso y emocionado examen del tesoro y presentó el correspondiente informe. Una de sus frases resume la importancia de lo hallado de la siguiente forma:

SEVILLA 03/05/10 INMACULADA LOPEZ DIRECTORA DE MUSEOS PRESENTA LA EXPOSICION EL ORO DE LOS ARGONAUTAS" DIAZ JAPON ARCHSEV

“El tesoro está formado por 21 piezas de oro de 24 quilates, con un peso total de 2,950 gramos. Joyas profusamente decoradas, con un arte fastuoso, a la vez delicado y bárbaro, con muy notable unidad de estilo y un estado de conservación satisfactorio, salvo algunas violencias ocurridas en el momento del hallazgo”

El profesor Carriazo estableció que estas piezas pertenecían, fijando un amplio margen de error, a un período comprendido entre los siglos VIII y III antes de Cristo, agregando: “Un tesoro digno de Argantonio”, legendario rey de Tartessos.

Esta táctica de aprovechar un nombre de la mitología clásica o grecolatina, viene del descubridor de Troya, Henry Schliemann, que al descubrir unas piezas de oro dijo que eran de la princesa Helena de Troya y una máscara funeraria era de Agamenón, sin tener prueba alguna de ello.

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Piezas del tesoro:
Este valiosísimo tesoro que muestra un exquisito trabajo de orfebrería fenicia (sendas reproducciones pueden verse en el Museo Arqueológico de la capital hispalense y en el Ayuntamiento de Sevilla) se encuentra celosamente guardado en la caja fuerte de un banco. Diversas técnicas fueron empleadas en su ejecución: fundido a la cera perdida, laminado, troquelado y soldado. Algunos elementos, debido a las concavidades que presentan, tuvieron que llevar incrustaciones de turquesas, piedras semipreciosas o de origen vítreo.

Una de las joyas más destacadas, que presenta una decoración floral bastante distinta del resto del tesoro, consiste en una cadena doble con cierre decorado, de la que penden siete de los ocho sellos giratorios originales.

Estos sellos, que en su origen podrían haber servido para marcar propiedades, sellar contratos, o acreditar un control administrativo, se clasifican como correspondientes a la época tartésica orientalizante y se cree que podían haber dejado de tener su función original como sellos y haberse convertido posteriormente en mera joya de adorno.

Controversias
Mientras algunas opiniones coincidían -arqueólogos románticos y tartesiólogos- en que todos estos adornos de oro posiblemente eran portados por una sola persona -tal vez un hombre- en momentos de máxima representatividad u ostentación, la arqueología se decanta por la hipótesis de que se trata de adornos para algún animal que los fenicios sacrificasen a Astarté, dejando luego la joyería en una fosa o bóthros ritual. Pese a ello, quienes pensaron que era el ajuar de un rey o reyes -o bien de un sacerdote- son personalidades tales como Juan de Mata Carriazo, Blanco Freijeiro, Maluquer de Montes y otros tantos ilustres arqueólogos. Modernamente se ha hipotetizado que un tesoro de estas características pueda tratarse de joyas para animales, lo cual ni encaja con el valor del ajuar en su época -ya que son unos tres kilos de oro- ni con una función normal de uso de piezas de orfebrería en la antigüedad.

Tartessos o Tartéside fue el nombre por el que los griegos conocían a la que creyeron primera civilización de Occidente.

 

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Su autoría se atribuye a un grupo anónimo de personas autodenominados Los Tres Iniciados, aunque las bases del hermetismo se atribuyen a un alquimista místico y deidad de algunas logias ocultistas llamado Hermes Trismegisto, cuya existencia se estima en Egipto antes de la época de los faraones y, según la leyenda, fue guía de Abraham.

Los “tres iniciados” que escribieron El Kybalión decidieron permanecer en el anonimato. Esto ha generado muchas especulaciones sobre quién escribió realmente el libro. Hay varias escuelas de pensamiento que se atribuyen su autoría. La teoría más popular es que Paul Foster Case, Michael Whitty y William Walker Atkinson (este último también conocido como Yogi Ramacharaka, Swami Panchedasi, Magus Incognito, Theodore Sheldon y probablemente muchos otros pseudónimos conocidos y desconocidos) eran los “tres iniciados” que escribieron el libro

De acuerdo a El Kybalión, libro sagrado y de los misterios “… Hermes fue y es el Gran Sol Central del ocultismo”. (1974,8) Se le llama también el Dios de la Sabiduría. El nombre de Hermes ha sido utilizado por las ciencias ocultas para significar todo aquello que no es del dominio público, todo aquello que es sagrado, privado.

En este sentido, se puede decir, que las ciencias herméticas, como su nombre lo índica, esconden la tradición secreta y esotérica de la humanidad. Por ello, encontramos en forma constante que la palabra hermético, se utiliza para nombrar o identificar, todo aquello que está “… cerrado para todos los que no tienen la palabra, la fórmula para abrirlo”. (S. Raynaud, 1974:73)

Entre las obras, cuya autoría, los egipcios le adjudican a Hermes, se cuentan 42 libros y la famosa Tabla Esmeralda o Esmeraldina. Esta última obra, ha sido considerada como la llave de la sabiduría y el ocultismo, ya que según los estudiosos del ocultismo, encierra los secretos de la “Piedra Filosofal” o secreto del “elixir de larga vida”.

La Tabla Esmeralda expresa la trinidad que rige la Naturaleza entera. El ternario o los tres mundos. La tesis, la antítesis y la síntesis de la Filosofía.

1.- Es Verdad: Verdad sensible del mundo físico. Ciencia contemporánea.
2.- Sin Mentiras: Verdad filosófica, oposición al mundo físico. Mundo metafísico.
3.- Muy Verdadero: La Síntesis o unión, que representa a la verdad Inteligible. Mundo divino.

Existen otras obras atribuidas a Hermes, entre ellas: El Divino Pimandro, Asclepio y Minerva del Mundo, tales legados han sido reproducidos por la Escuela de Alejandría y, se consideran una herencia cultural de las doctrinas herméticas. Las enseñanzas herméticas se encuentran en todas las culturas y en todas las religiones.

No obstante, la base fundamental de las doctrinas secretas de nuestros días, se apoyan en la obra atribuida a Hermes, parte da la cual ha sido transmitida de generación en generación y compilada bajo el nombre de: El Kybalión., Algunos estudiosos del tema señalan que gran parte de la información original se perdió y lo que queda ha sido rescatado por tradición oral, como lo conocemos hoy.

Ahora bien, la enseñanza de El Kybalión, asume los principios básicos de la alquimia hermética y su Filosofía Universal. De esta Filosofía, nos ha hablado Aldous Huxley, autor contemporáneo, que la designa con el nombre de Filosofía Perenne. Ahora bien, la construcción filosófica que hace El Kybalión, está basada en siete principios básicos, considerados éstos, como Principios Universales de la Creación

Los siete principios o axiomas, como están descritos en El Kybalión, son:

Mentalismo. El Todo es mente; el universo es mental.
Correspondencia. Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. Afirma que este principio se manifiesta en los tres Grandes Planos: el Físico, el Mental y el Espiritual.
Vibración. Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra.
Polaridad. Todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse.
Ritmo. Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.
Causa y efecto. Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a la Ley.
Generación. El género existe por doquier; todo tiene su principio masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos. En el plano físico es la sexualidad.

Los ocultistas modernos sugieren que algunos de estos textos pueden tener su origen en el Antiguo Egipto, y que «los cuarenta y dos textos esenciales», que contenían lo fundamental de sus creencias religiosas y su filosofía de la vida siguen escondiendo un conocimiento secreto.

 

Jean D’Ovigny

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Alejandro Pichiano y Sergio Antonelli llegaron de Buenos Aires cargados de esperanza, una mochila con ropa, dos amplificadores y una guitarra eléctrica cada uno. Querían tocar en pubs, bares o al menos en “garitos”, esperar a que alguien apostara por ellos y estuviese dispuesto a contratarlos por la noche… Hoy es su primer día en el metro de Madrid y no hay “operación triunfo” que valga ni aplausos que los consuelen, sólo un guardia de seguridad que —menos mal— les dice con buenos modales que se olviden de los amplificadores.

Berardi y Antonelli formaron el grupo La Herejía hace algunos años; querían vivir de la música, pero la crisis argentina se llevó todo consigo. Es curioso, dice Pichiano, “me pone más nervioso tocar en el metro que en un escenario”. Por qué, le pregunto. Y bueno, dice, quizá porque me abochornaría mucho equivocarme aquí.

Para algunos músicos tocar en el metro es la única manera de sobrevivir en un mundo de inmigración perenne y crisis rotativas. Pero cada brete tiene su ritmo y así se puede pasar del son al tango, del flamenco al bolero y del blues a Vivaldi y sus conciertos para mandolina.

“Aquí puedes hacer un recorrido por Colombia”, dice Abel desafiante y educado cuando enumera los numerosos ritmos de su país: cumbia, joropo, bambullo, torbellino, danza, contradanza, fandango, merengue, folklore llanero. Y tienes sólo cinco segundos para que el caminante se entere. “Uno quiere hacer cultura a través de la música, del folklore y de los ritmos de Colombia y si, además, así nos ganamos la vida, pues qué mejor”, agrega Fredy, que acompaña a Abel en la guitarra con la quena y la flauta.

Tocar en el metro —me dice una amiga que no duró más de 48 horas en el intento— es “quizá la peor manera de arruinarse como músico”. “Lo que importa en el metro no es que toques bien, sino que toques fuerte; cuanto más alto lo hagas, más te escuchan”. Eso, dice, termina por perjudicar incluso al mejor del subterráneo.

Pero no necesariamente se cumple la teoría de que a más ruido más monedas. Hay una especie de justicia colectiva que premia el talento; un código en el que no hay misericordia con el que no la merece profesionalmente. A Luis Arenas no le va mal; es su ingenio y evidentemente su vocación lo que han hecho a este músico de Costa Rica sacar su día a día cantando en el metro. Y pese a que en más de una ocasión, tras escucharlo, alguien se ha acercado para contratarlo en fiestas privadas —“una vez me contrataron para una fiesta jipi en la que estuve cantando Led Zeppelin, Bob Dylan y los Beatles toda la noche”—, a el le gusta el metro. Su secreto es sencillo: “Si no tocas con alegría y no disfrutas lo que haces, la gente lo percibe; si no lo haces con gusto, te conviertes en un mendigo”. Arenas es de los pocos que han aprovechado tocar en el metro como un prolongado ensayo. “Aquí uno aprende a improvisar, a que se quite la vergüenza, a que saques la voz; aquí empecé a inventar historias para que se enrolle la gente, porque se dan cuenta de que estoy hablando de ellos”. La virtud de Arenas es justamente esa: sacar noticias de la vida cotidiana, del día a día e inventarse una historia, sea de la guerra en Palestina o de los tacones altos de una mujer con prisa que ha visto pasar. Tiene una canción peculiar, uno de sus mayores éxitos, lograda con frases en francés y portugués, cuyo significado sigue sin conocer en muchos casos.

Hay quien incluso, contradiciendo las normas de la prisa y el apuro, se ha detenido a aplaudir en medio del alboroto. “A veces la recompensa es más un guiño que una moneda”, dice Quique, un cantaor andaluz que no ve su trabajo como una carga, pese a que el clima, un calor insoportable en verano o una corriente fría en el invierno, pueden convertirlo en un desafío.

Tocar en el metro es tocar en el último escalafón de las aspiraciones musicales, en el sótano de la ambición artística; un lugar de paso y de prisa en el que la repetición es constante y el repertorio escaso; un espacio en el que el sosiego y la calma son palabras sin referente, y en el que resistir más de dos años es casi una proeza. Un chico en Avenida de América que toca el bandoneón no cambió de repertorio en dos horas de paseo por el subterráneo. Nadie lo percibe a menos que al final de la jornada se tenga que regresar por el mismo pasillo. Y sin embargo la cultura subterránea, el underground del que emergió la generación Beat o sacó a Bob Dylan del anonimato, tiene en su origen ese espíritu combativo de quienes, cargados con una guitarra, un micrófono de segunda mano y un chingo de esperanza, revitalizan el aire cansado de la banalidad más absoluta que emerge del escritorio de “audaces” comerciales como si fuera poesía: Europe is living a celebration.

Si todavía hay quien dude que en el metro puede gestarse la mejor música y el mejor el mejor arte, si no recuerda un cuarteto ucraniano de Príncipe de Vergara, dotado con un talento de orquesta nacional, le puede valer ver el glorioso documental The Underground Orchestra (1998), del holandés Heddy Honigmann, y sorprenderse de que Bajo el asfalto también hay vida, como ya nos lo enseñó Jennifer Toth en aquel libro hermoso sobre los túneles de Nueva York.

Juan Manuel Villalobos

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El chamanismo, surgido en el Centro y Norte de Asia antes del Neolítico, está considerado por muchos antropólogos como el antecedente de todas las religiones organizadas. Es precisamente en la zona norte de la inmensa Siberia, donde este tipo de creencia y práctica tradicional similar al animismo, conserva su aspecto más auténtico y primitivo. El escritor, filósofo e historiador rumano Mircea Eliade llamó a estas manifestaciones espirituales –que se repiten con ciertas variantes en muchas partes del mundo– las “técnicas del éxtasis”.

El orígen del chamanismo

La palabra chamán deriva del idioma evenca, que es propio de un pequeño grupo de cazadores y pastores de renos de Siberia. Aunque algunos eruditos argumenten que la palabra deriva del sánscrito, el término ‘chamanismo’ se usa, en sentido restricto, apenas para designar las tradiciones espirituales de Siberia y Mongolia. Inicialmente, fue apenas utilizada para designar un líder espiritual de esta región, pero en el inicio del siglo XX, la designación se aplicó a un abanico de curanderos y curanderas.

Estas tradiciones espirituales comparten una cosmología de niveles, conectados por un árbol, un pilar o una montaña. Abarcan la capacidad de viajar dimensionalmente en la separación del espíritu del cuerpo y del vuelo chamánico hasta el cielo y de la capacidad de entrar en contacto con las energías telúricas, del inframundo. De un modo típico, la iniciación del chamán se realiza a través de su rendición a los espíritus que lo conducen a una especie de “muerte chamánica”, o desmembramiento, llevado a cabo por los espíritus, que después de esa rendición lo vuelven a reunir, ayudándolo a renacer, más consciente de su poder, y entronizado con los poderes de estos espíritus.

Los distintos chamanes

Hay varios tipos de chamanes, incluso en el seno de una misma sociedad, y hasta del mismo campamento. Unos juegan el rol de curanderos, otros de descubrir la caza, otros aún alejan los malos espíritus o entraban en contactos con los muertos. La idea del chamán idealizado, tal como presenta Mircea Eliade, se vuelve cada vez más difícil de sostener en cualquier investigación en esta región social y ecológicamente diversificada. De un modo general, hay dos grandes inclinaciones que constituyen la calidad espiritual de la región. A que sin duda más ha atraído la atención presenta un tipo de chamán que participa de fuerzas inmanentes del mundo, que sean humanos, animales o elementos como el agua y el aire. En este tipo de chamanismo, el chamán tiene la habilidad de mezclar su energía con las energías de cualquier cosa, como por ejemplo un animal. Estos chamanes son capaces de viajar dimensionalmente, generalmente con la finalidad de de alterar una situación desfavorable, como una enfermedad. Otro tipo de chamanismo es el del clan, que se preocupa por la reproducción y la familia. Este tipo de chamanismo se asocia con un culto del cielo y de las montañas. Los locales de culto, constituidos por un amontonado de piedras con un palo vertical en la cima, se mantiene populares y son designados por “oboo” en la Mongolia y regiones vecinas.

Entre los Buriatas y los Icautos, las diferencias corresponden a una clasificación nativa de los chamanes, en blancos y negros. Hablando de un modo general, los chamanes negros entran en trance y contactan con los espíritus de los mundos subterráneos y de la enfermedad, mientras los chamanes blancos oraban antes de que entren en trance, invocando bendiciones para los hombres y para los animales domésticos, concedidas por los dioses y por los espíritus auspiciosos del mundo superior. Estos chamanes blancos corresponden a lo que en otras partes del mundo se designa por “sacerdotes”.

Como ya ha sido explicados por diferentes especialistas, el chamán siberiano consigue viajar dimensionalmente y “abandonar” su cuerpo y viajar hasta otras regiones del cosmos, y particularmente hasta un mundo superior y también un interior. Esta capacidad también es tradicional en otras partes del mundo, especialmente en América Latina y África, y nos permite designar sociedades y culturas chamánicas.

shaman.210Los pueblos siberianos creen tradicionalmente que el mundo se divide en tres niveles. Los seres humanos viven en el nivel medio, pero el mundo superior, en el cielo, es alcanzable por intermedio de un pequeño orificio. Este mundo tiene una superficie sólida (siendo pueblada incluso por animales) y se divide en varios niveles. Los cazadores del extremo norte creían que había apenas tres, pero más al sur, en resultado de la influencia de los imperios de las cortes próximas, muchos más se consideraron, pensándose que el gobernante supremo, Bai Ulgen, viviese en el noveno nivel. Del mismo modo, el mundo inferior se encontraba dividido en diverso niveles, y era frecuentemente considerado el reino de los muertos.

En la iniciación del chamán, el tema muerte se completa con renacimiento, y el movimiento del chamán en el espacio cósmico es por veces comparado al regreso al útero. Más allá de ser amamantado al pecho de una madre-espíritu, el chamán siberiano es aún ocasionalmente embalado en una cuna de hierro por espíritus, sobre un nido de ramas del árbol del mundo. Entre los esquimales de Alaska, el túnel de pasaje para el iglú significa claramente el pasaje vaginal para el útero, y la palabra “ani” tanto significa “salir del iglú” como “nacer”.

Son estos imágenes que hacen con que algunos psicoanalistas y psicólogos interpreten la iniciación y el trance chamánico como una regresión infantil. Por supuesto, sin embargo, que ni todos los retornos al útero son regresivos, una vez que el chamán renace como un adulto integrado y extremadamente poderoso. En este aspecto, la iniciación chamánica se asemeja a la iniciación vulgarmente efectuada en muchas sociedades por ocasión de los ritos de la pubertad, de la cual se dice que el adolescente regresó al útero para renacer esta vez como completamente adulto, como una persona más completa de la que anteriormente fue.

En el siglo XIX y en el principio del siglo XX, los primeros estudios antropológicos llegaron a la conclusión de que estos pueblos chamánicos se habían convertido en la frontera natural entre los modernos imperios ruso y chino. En Mongolia y en Siberia del Sur, el chamanismo competía con la forma tibetana del budismo, el Lamaísmo. Pero Mongolia se caracterizaba por poseer fuentes escritas no europeas relativas al chamanismo. The Secret History of the Mongoles, y los trabajos del viajante Rashid Al-Din demuestran que el chamanismo mongólico de hace miles y miles de años era semejante en muchos aspectos al que hoy se practica, a pesar de las constantes modificaciones políticas y sociales ocurridas. Mongolia fue pacificada dos veces por misioneros budistas, mientras la corte china compartía el culto del cielo con las tribus del interior.

El chamanismo en esta región está íntimamente relacionado con las tradiciones espirituales y creencias que se encuentran en dos partes muy diferentes del mundo. De inicio, América del Norte fue muy probablemente colonizada desde la Siberia, por cazadores que atravesaron el Estrecho de Bering cuando allí aún no existía una conexión de tierra entre los dos continentes. El chamanismo de los esquimales del norte americano es casi idéntico al de los Tchuktchis, del lado siberiano del mar. Las tradiciones chamánicas de Mongolia son próximas de la filosofía pre-budista y de las varias formas de religión que se encuentran en Nepal y en el sudoeste asiático y Asia meridional.

Ritual Chamánico Thuktchi de Siberia

Tráiler del documental ruso “Pegtimel”.
Se puede descargar completo en: http://sati.archaeology.nsc.ru/eas/

Extractado de http://www.punksunidos.com.ar/

“Tabu”, o bien “Tapu” de los polinesios, significa lo sagrado, lo que no se puede tocar. Desde el punto de vista de la antropología, un tabú se define como una poderosa norma que prohibe y cuya transgresión ocasiona profundas y generales reacciones de repulsa –si no de horror– en la comunidad.  Significa, asimismo, una terrible ofensa al hombre y en muchos casos a los entes divinos.

"El pecado original", fresco de Michelangelo Buonarroti en la Capilla Sixtina

En todas las sociedades encontramos prohibiciones que se imponen al comportamiento humano. Los hábitos alimentarios son objeto frecuente de tabú en muchas culturas; por todos es sabido que tanto musulmanes como judíos tienen vedado el consumo de carne de cerdo. Si examinamos las costumbres de ciertos grupos étnicos amazónicos, nos encontraremos con multitud de normas de prohibición de alimentos que pueden resultarnos, cuando menos, curiosas. Así, entre los “Shuar”, más conocidos en España como “Jíbaros”, reductores de cabezas, está vedado el consumo de carne de ciertas especies animales como el venado, puesto que es la encarnación de un espíritu maléfico. Otros animales son considerados tabú solamente durante una etapa de la vida y bajo ciertas circunstancias; por ejemplo, las madres shuar deben evitar comer ciertos alimentos porque podrían perjudicar seriamente la salud de sus hijos lactantes o de corta edad, de tal manera que si consumiesen el pez “namaku”, sus hijos podrían contraer anemia y raquitismo.

No solo los alimentos, sino amplias parcelas del comportamiento humano y también períodos concretos de la vida, pueden ser objeto de tabú. Con respecto a este último punto, la pubertad femenina debe considerarse como una etapa crítica sobre la que muchas sociedades levantan tabúes: la asociación mujer en período de menstruación=impureza, está presente en gran número de culturas, incluso nuestra tradición judeo-cristiana afirma tajantemente este hecho. Entre algunas tribus, como los indios acarreadores de la Columbia Británica, las primeras menstruaciones imponen a la joven la obligación de apartarse del grupo, durante años incluso, y además, debe informar de su presencia a gritos, siendo su poder contaminante tal, que el mero contacto y aún su mirada puede infectar personas, ríos y sendas. Sin embargo, no todas las sociedades se comportan de tal modo; así, tenemos que los apaches no solamente no consideran tabú a la joven durante este período, sino que se la constituía en objeto de veneración y fuente de bendiciones para el grupo.

Se podrían apuntar una larga relación de prohibiciones instituidas por el hombre y constataríamos qué distintas y qué contradictorias son unas de otras. Pero, centrándonos ahora en la conducta sexual humana, nos encontramos con un hecho general y es que en cualquier cultura hay normas que impiden la relación sexual con determinadas personas y, sobre todo, con determinados parientes; es decir, hay tabú de incesto, pero aún subsisten las diferencias entre una sociedad y otra en cuanto al grado de parentesco al que afecta la prohibición.

¿Por qué tal prohibición? ¿Por qué el horror a la transgresión? ¿Por qué la repulsa universal? Algunas de las respuestas que se han alcanzado hasta el momento se podrían resumir así: el tabú del incesto distingue lo animal de lo humano, introduce la diferencia entre personas prohibidas-accesibles, instituye un orden inicial sobre el que se construyen las relaciones sociales, obliga al hombre a trascender su propio grupo, a relacionarse con otros distintos de sus consanguíneos; es decir, le obliga a la exogamia, a “buscar mujer fuera”, en definitiva, a establecer alianzas con otros grupos que podrían ser sus virtuales enemigos. Desde el punto de vista de la psicología individual, hay quien explica que es preciso romper el deseo de permanecer atado pasivamente a la madre para lograr progresos en la construcción de la propia identidad y de la propia individualidad. Aparte, están las interpretaciones del tabú desde la biología en el sentido de que es perjudicial para la especie mezclar material genético entre parientes cercanos.

Se podría objetar a todo lo anterior que los faraones del antiguo Egipto y los Incas del Perú mantenían relaciones incestuosas, pero la objeción podría servir para apuntalar lo antes dicho, ya que solamente las clases sociales gobernantes podían hacerlo; clases gobernantes que se conceptuaban como divinas, reyes-dioses, entes no humanos, encarnaciones divinas que se mantenían fuera de la sociedad de los hombres y la dominaban, pero que no se sometían ni a sus prescripciones ni a sus leyes. Lo que no se permite al hombre común es lícito para la encarnación del dios.

El desdichado, el ignorante Edipo se casó con su madre Yocasta y mató a su padre Layo. Cometió los dos grandes crímenes. No es de extrañar, pues, que se sacase los ojos, no sólo para no ver sus horribles acciones, sino, quizá, para rehuir la mirada acusatoria de toda la humanidad.

El estudio del sacrificio humano en los Andes encuentra en la cordillera aledaña a Santiago un sitio extraordinario, tanto por su ubicación como por el hallazgo funerario que allí se hizo de un niño. Llegamos hasta el lugar, a 5400 metros de altura, intentando entender más a fondo el mundo de los incas.

En Febrero de 1954 que un grupo de arrieros chilenos descubrieron en una de las cumbres mas altas de la Cordillera de los Andes frente a Santiago, el cuerpo congelado de un niño del Imperio Inca que fue sacrificado como parte de un ritual religioso.

La noticia del hallazgo impactó a Chile y recorrió el mundo. La “momia” del cerro El Plomo fue el descubrimiento arqueológico realizado a mayor altura hasta esos momentos (5400 m sobre el nivel del mar) y constituyó el inicio del interés de científicos por la arqueología de las cumbres andinas y los santuarios de altura.

Desde principios del siglo XX, arrieros y andinistas sabían de la existencia de ruinas en la cumbre del cerro El Plomo, las cuales eran conocidas como “Pircas de indios”. La primera noticia de una ascensión deportiva data de 1896, cuando dos alpinistas europeos creyeron ser los primeros en intentar la hazaña de llegar a su cumbre. Enorme debe haber sido su sorpresa al encontrarse con las ruinas del santuario inca, y entre éstas, una lata de sardinas.

En las siguientes décadas algunos arrieros y andinistas excavaron parcialmente las ruinas y descubrieron varias figuritas antropomorfas y de camélidos en oro, plata y conchas marinas tropicales. El rumor de que en las cercanías de El Plomo se encontraba “un tesoro escondido” por los incas, cundió entre arrieros y mineros.

El hallazgo

Guillermo Chacón fue uno de esos hombres que pasaron gran parte de su vida recorriendo la cordillera. Ascendió varias veces El Plomo y encontró parte de la figuritas antes mencionadas. Pero Chacón soñaba con hallar algo todavía más fantástico.

En el verano austral de 1954 guió una de sus últimas expediciones a el cerro El Plomo. Debido a su edad no llegó a la cumbre, pero los acompañantes siguieron sus instrucciones y, venciendo el frío glacial, los fuertes vientos y los malestares de la altura, alcanzaron el lugar indicado.

Al cavar hasta la base de una de las ruinas encontraron enterrado el cuerpo de un niño. Estaba sentado en el suelo, con los brazos enlazados en torno a sus piernas y su cabeza reposaba sobre el hombro y brazo derecho. Antes de dormirse para siempre cubrió sus piernas con su corta túnica, tratando de protegerse del intenso frío. Sus ojos estaban cerrados y parecía que dormía plácidamente. La muerte debió sorprenderlo en el sueño.

Debido a la importancia del descubrimiento, expertos del Museo Nacional de Historia Natural y la Universidad de Chile realizaron una expedición al cerro El Plomo en los primeros días de Abril de 1954. Esta fue integrada por arqueólogos como R. Schaedel y Alberto Medina Rojas, pero debido a una tormenta de nieve, no pudieron alcanzar las ruinas del santuario. El invierno se acercaba y fue imposible realizar un nuevo intento.

Afortunadamente, los integrantes de la expedición, encabezados por Luis Krahl, alcanzaron las ruinas y entregaron a los especialistas importantes descripciones y material arqueológico. Una vez en Santiago y en conjunto con la arqueóloga doctora Grete Mostny, se realizó un apasionante estudio sobre el hallazgo.

Identificación

En esta investigación se concluyó que el cadáver pertenecía a un niño de sexo masculino de unos ocho años de edad. Sus características raciales son las andinas y probablemente perteneció a alguna de las etnias del altiplano, cerca del lago Titicaca, debido a ciertos rasgos físicos y adornos de su ajuar.

Su perfecto estado de conservación se debe al hecho de haber estado sepultado en un suelo permanentemente helado, lo que impidió su descomposición y desecación. Al observar la piel en un corte histológico, se comprobó que era igual que la de un cuerpo recién muerto. El proceso de momificación natural comenzó con el traslado del cuerpo a otras condiciones climáticas.

El niño llegó vivo a la cumbre y ante la falta de lesiones internas o externas, se supone que murió por congelamiento después de haber ingerido algún narcótico o posiblemente alcohol. En este estado de semi inconsciencia debió ser depositado en su tumba, donde permaneció por unos 500 años.

A casi tres décadas de este importante descubrimiento, ningún arqueólogo había ascendido hasta las ruinas del santuario inca. Por esta razón, mientras era estudiante de cuarto año de arqueología (1981) en la Universidad de Chile, decidí realizar una expedición al cerro El Plomo y continuar los estudios.

La investigación, además del estudio in situ del santuario de altura, pretende explicar su significación dentro del contexto religioso y del mundo andino precolombino, su relación con otros santuarios y su modo de articulación con el proceso de conquista e incorporación del valle de Santiago al Imperio Inca.

Hasta octubre de 1983 se habían podido realizar cinco expediciones a la alta cordillera de Santiago gracias al apoyo de dos clubes de andinismo, el Museo Nacional de Historia Natural y mis compañeros de la Universidad de Chile.

Expedición

Estas expediciones lograron sus objetivos, más por el empuje y determinación de sus miembros que por los precarios medios con que contábamos para un trabajo de tal naturaleza: llevando en nuestras espaldas el peso para siete u ocho días de montaña, acampando hasta una altura de 5200 m y resistiendo el frío, fuertes vientos y repentinas tormentas. A pesar de lo anterior, descubrimos nuevos conjuntos de ruinas y hemos acumulado una importante cantidad de datos que estamos analizando.

En relación a las ruinas del santuario, podemos decir brevemente que existen dos grupos principales de estructuras en piedra cerca de la cumbre. El primer grupo, conocido como “Adoratorio”, consiste en una plataforma circular de unos 9 metros de diámetro por un metro de altura y en su centro tiene una cavidad casi circular de dos metros de diámetro. Ya casi en la cumbre y a 5400 m de altura se emplaza el segundo grupo conocido como el “Enterratorio”, constituido por tres pircas rectangulares de un promedio de 6 metros de largo, 2 de ancho y unos 80 cm de alto, en una de las cuales fue sepultado el niño sacrificado.

Ya en la base del cerro El Plomo, en el valle interandino de Piedra Numerada y a una altura de 3400 m, existe otro conjunto de ruinas que incluye cinco recintos con muros de piedras y una plataforma del mismo material. Estas estructuras se ubican frente a una cascada, donde prácticamente nace el río Mapocho, que más tarde atraviesa la ciudad de Santiago.

Posiblemente la función de estas ruinas fue la de guardar víveres, ropas y ser refugio para los sacerdotes y peregrinos del culto. Al registrar las ruinas encontramos fragmentos de cerámica y un adorno en miniatura tallado en hueso. Sin embargo, en los últimos decenios este lugar ha sido ocupado por mineros, alterándose parte de su estructura original.

¿Cómo podemos explicar la presencia de este centro ceremonial y el sacrificio humano del ritual religioso? Para aproximarnos a una explicación es necesario ubicarse en el contexto cultural e histórico en el cual se desarrollan las sociedades andinas antes de la invasión española.

Los Incas

El Imperio Inca tiene su base histórica en la formación del Estado Cuzqueño. Gracias a su ubicación geográfica, al control e intercambio de la producción agropecuaria y textil, y a su organización social y militar, logró en casi dos siglos dominar políticamente los territorios comprendidos entre Ecuador y Chile Central, incluyendo importantes zonas transandinas como el NO argentino.

Su estructura económica tenía como elementos principales la agricultura extensiva del maíz y de tubérculos como la papa; la crianza de camélidos como llama y alpaca, y una relativa especialización del trabajo agrícola, pecuario-textil, cerámico y metalúrgico.

Su estructura social y política tenía como base el ayllu, que consistía en una comunidad de agricultores, pastores o pescadores, o una combinación entre éstos, relacionados por vínculos de parentesco y el trabajo comunitario. Estos ayllus estaban sometidos a una organización imperial en beneficio del Cuzco, debido a una coerción o conquista militar. El imperio se articulaba mediante dos mecanismos básicos: la reciprocidad en un nivel económico, sociopolítico y religioso; y la redistribución del excedente económico de los distintos grupos productores al interior del sistema imperial.

En los últimos decenios y gracias al aporte de antropólogos, etnohistoriadores y arqueólogos, hemos podido aproximamos a la complejidad del hombre andino. Respecto a su cosmovisión podemos decir que creían que el universo había sido creado por una fuerza vital y que se encontraba dividido en tres mundos o espacios vitales. “El Mundo de Arriba”, donde residían las divinidades mayores como el Sol, la Luna, las estrellas y el rayo; “El Mundo de Aquí”, donde residían los hombres, los animales y los espíritus de éstos; y “El Mundo de Abajo”, donde habitaban los muertos y las fuerzas que germinaban la tierra.

Los primeros hombres que poblaron los Andes -según los incas- salieron del mundo de abajo por las oquedades de la tierra: cavernas, montañas y volcanes, lagunas y lugares donde brotaba el agua. Estos sitios eran conocidos como “pacarinas”, cuyo verbo quechua significa surgir, amanecer, luz de aurora. Cada ayllu, cada comunidad andina tiene y venera su “pacarina”. Allí reside el espíritu guardián de la comunidad. De esta manera comprendemos mejor cómo las montañas se transforman en un lugar sagrado para la comunidad, lugar en el cual los hombres se conectaban y comunicaban con el mundo de abajo, y convirtiéndose por tanto en un lugar especial para invocar a las divinidades mayores, como el Sol o las estrellas del mundo de arriba.

La mayoría de los ayllus del mundo andino decían provenir de una u otra montaña, y éstas estaban unidas entre sí por lazos de parentesco religioso, lo que fortalecía los mecanismos de reciprocidad e intercambio entre las comunidades.

El sacrificio

Los incas no sólo organizaron social y económicamente su imperio, sino que también estructuraron una religión que unificara ideológicamente a sus miembros y fortaleciera el poder del Inca. A medida que el imperio crecía territorialmente el Inca imponía sobre las divinidades de cada región el culto al Sol, Inti, deidad imperial y paternal del cual se decía hijo. En este contexto podemos situar mejor una explicación del sacrificio humano en los Andes y en particular del realizado en la cumbre del cerro El Plomo.

La conquista inca de Chile Central se realizó alrededor de 1470-1480, con Topa Inca Yupanqui y luego con su hijo Huayna Capac. El fértil territorio de los valles de Aconcagua y Santiago era importante por sus recursos humanos y mineros, sin embargo, la fuerte resistencia que opusieron los habitantes de Chile no permitió que la dominación fuera muy profunda. Huayna Capac llegó sólo hasta el río Maule.

Una vez ocupado militarmente el valle de Santiago, se abrió una puerta al extenso llano longitudinal que se prolonga por más de mil kilómetros al sur. Este llano, situado entre cordillera y mar, se encontraba profusamente poblado por grupos mapuches (llamados araucanos por los españoles). Su organización social se caracterizaba por la ausencia de un poder político centralizado -salvo en caso de guerra- y su economía se basaba en la horticultura, la recolección y la caza, aunque los grupos del norte tenían una incipiente agricultura de regadío.

Este tipo de economía no permitía la existencia de comunidades sedentarias, determinando la dispersión y movimiento espacial de los distintos grupos mapuches. El valle de Santiago o Mapocho se convirtió así en un reto a la expansión del Imperio Inca.

Como una forma de asegurar el dominio se trajeron colonos o “mitimaes” de otras provincias del imperio, quienes en principio eran los encargados de enseñar nuevas técnicas agrarias, textiles y cerámicas, pero en el fondo su papel era controlar y adoctrinar a la población local, quienes al adoptar una nueva ideología ofrecían una menor resistencia al dominio inca.

Cerro El Plomo

El cerro El Plomo, por su altura (5430 m), gran tamaño y extensos glaciares, domina toda la región y probablemente tuvo alguna significación religiosa para los indígenas locales. Tal importancia se acrecentaba debido a las acequias o canales de regadío que se sacaban del río Mapocho y su posición respecto al solsticio de invierno.

En el Imperio Inca el sacrificio humano fue un elemento básico en la política integradora y en la organización socioeconómica del imperio. La ceremonia, llamada “Capacocha”, era uno de los ritos más solemnes y participaban en él la mayor cantidad de individuos de todas las regiones; estaba dedicada al soberano y tenía lugar sólo excepcionalmente, por ejemplo, por la coronación del Inca, el nacimiento de un hijo suyo, una gran victoria o acontecimientos que ponían en peligro la salud del inca o su poder.

Las ofrendas consistían en niños de hasta 10 años de edad, figuras antropomorfas y zoomorfas en oro, plata y conchas marinas; textiles y cerámicas especialmente confeccionadas para el ritual. Las ofrendas eran trasladadas por los curacas, jefes locales y sacerdotes desde su lugar de origen hasta el Cuzco. A cada hombre que estaba en edad de producir le tocaba llevar por un instante parte de las ofrendas. Una vez que llegaban al Cuzco, no sólo se trataban asuntos religiosos, sino que se aprovechaba el momento para discutir temas militares y de planificación de la economía. Al mismo tiempo, se decidía la redistribución de las ofrendas a todos los lugares sagrados y santuarios del Imperio.

Las ofrendas eran destinadas preferentemente al Sol como tributo y en señal de alianza. En los santuarios y lugares sagrados en que se inmolaban o sepultaban las ofrendas, el Inca se comunicaba con el Sol y la divinidad le entregaba virtudes mágicas y el poder de dar a su pueblo bienes materiales. Un miembro del imperio, un productor, entregaba su hijo al Inca para ser sacrificado al Sol, y el soberano le daba a cambio algunos bienes económicos, prestigio social y los poderes mágicos, vitales para continuar la producción y la vida en la Tierra.

De esta manera, la “Capacocha” se convertía en un sistema de control social y cultural en manos del Estado y garantizaba la unidad imperial. Por su parte, la víctima, el niño sacrificado, se convertía en una momia sagrada, quedando dotada de poderes vitales y fecundantes.

Así, el sacrificio de un niño en la cumbre del cerro El Plomo no se nos presenta aislado y se explica como parte de un ritual que describe cómo una sociedad enfocó su propia manera de ser.

Osvaldo Silva, Prehistoria de América. Edit. Universitaria, 1977.
( Publicado en Revista Creces, Agosto 1984 )

Llega la Navidad. Decía un poeta que los hombres recorremos el mundo a través de bosques de símbolos que nos observan con miradas familiares. La Navidad es un símbolo esencial. Nadie la reduce a unas meras vacaciones. La Navidad es mucho más. Una ocasión singular. Algo que se espera. Y esta espera hasta se canta, se ilumina al engalanar las calles y se llena de resoluciones. Ante la Navidad parece como si quisiéramos recobrar la esperanza. Quien más quien menos espera esos días como lugar para la reconciliación con las personas y con las cosas. Espera gestos de aprecio, de alegría, de perdón, de solidaridad. Los esperamos porque también estamos dispuestos a darlos. Esperamos una luz que nos muestre cómo ser mejores, una salida para las tribulaciones, cuando menos, esperamos una tregua, unos días en los que no tengamos que tolerar discursos agrios ni rencores emponzoñados.

Dickens ilustró de modo admirable muchos de estos movimientos del alma en su conocido Cuento de Navidad, cuando Mr. Scrooge, a la vista de lo que había sido y lo que podía ser, cambiaba radicalmente de manera de ser. Desde entonces, miles de cuentos de Navidad y muchas películas nos recuerdan historias semejantes que alimentan la esperanza ante estos días singulares. Pero, en el fondo, la esperanza se funda en un hecho admirable, asombroso e impensable. Si Dios fue capaz de hacerse hombre para compartir nuestro destino, es más, si eligió nacer pobre, en soledad, desprovisto hasta de lo necesario, también será capaz de un nuevo milagro, de infundirnos en estos días como un aliento nuevo. Nosotros nos sentimos inclinados a imitarle, a deponer actitudes altaneras, y, sobre todo, a esperar.

Pero también tendremos que vérnoslas con el otro lado. En una antigua canción, que de seguro la radio reproducirá estos días, se entonaba el villancico Noche de Paz mientras la voz de fondo de un boletín de noticias iba narrando la actualidad de las calamidades y las guerras del mundo. También recibiremos regalos, pero el periódico puede recoger las declaraciones del director de unos grandes almacenes denunciando la Navidad porque tienen más hurtos que nunca. Escucharemos, en fin, los deseos de felicidad que nos brinda todo el mundo, políticos, artistas y prohombres, pero, probablemente, no se nos ahorrarán las palabras de quien dice que le molesta que todos se sientan felices. Nos tropezaremos con algún Cuento de Navidad ? o alguna película que lo imita? que narra cómo la desgracia y la soledad están tan grabadas en nuestra existencia que ni siquiera unos días como éstos logran borrarlas. Y es que las sombras son parte de nuestras vidas. También -en la primera Navidad-  Herodes merodeaba cerca de Belén, tan cerca que la llenó de sangre.

Mucho más que un símbolo

Todos estos aspectos caen bajo el aspecto de símbolo que tiene la Navidad. Pero la Navidad podrá ser Navidad si -más allá de un símbolo- la consideramos como lo que es: un misterio. Misterio es una palabra preciosa. A veces, confundida con aspectos tenebrosos, la reducimos a aparentes sinónimos como enigma o acertijo. El misterio, en el vocabulario cristiano, es algo mucho más denso. El misterio es la profunda realidad de las cosas que está escondida en Dios y que se manifiesta en hechos para que en ellos los hombres intentemos descubrir lo que somos. Misterio somos los hombres en nuestra grandeza y en nuestras pequeñeces. Misterio es también el mundo y todo lo que tiene el soplo de Dios que le ha dado vida. Y misterio, mucho más que símbolo, es la Navidad.

Se preguntaba una vez San Bernardo qué idea de Dios, infinito e inefable, podríamos hacernos los hombres que no fuera la de un ídolo fabricado por nuestro corazón. Respondía que al yacer en el pesebre, al predicar en la montaña, al estar pendiente de la cruz en la lividez de la muerte, Dios se había hecho accesible a nuestra inteligencia y adecuado a nuestro amor. Este es el misterio verdadero: Dios se nos ha hecho cercano, tan cercano que comparte todo lo nuestro. Pero hay más. Lo que los primeros cristianos contemplaban en la Navidad era, sobre todo, lo que denominaban el admirable intercambio. El Hijo de Dios se hacía Hijo del Hombre, para que los hijos de los hombres pudiéramos ser hijos de Dios, el que era Inmortal se hizo mortal para que los hombres, que éramos mortales, pudiéramos ser inmortales. Por eso, invitaban a reconocer en el Misterio de Belén el valor de nuestras vidas. Reconoce tu dignidad, decían, mira qué grande eres, cuánto vales, mira lo que Dios hace por ti.

Tal vez por estas cosas la tradición cristiana ha llamado el Misterio a la representación de las tres figuras de Belén que colocamos estos días en los hogares. Si detenemos la mirada en nuestro Belén familiar es posible que sepamos pasar del símbolo de la Navidad, que sólo es capaz de describir una parte de lo que nos pasa, al misterio de Dios hecho hombre, que nos dará luz sobre lo que somos y lo que debemos ser.

Autor:  Vicente Balaguer – Profesor de Teología
Publicado en : La Gaceta de los Negocios  (Madrid)


Sin duda, Estambul es una de las ciudades más bellas del mundo y, además, la única que separa dos continentes. Llegué aquí por motivos de trabajo hace tan sólo cuatro días –tras pasar por Bélgica y Alemania– y nada más pisar sus calles tuve la extraña sensación de haber estado con anterioridad en esta impresionante, inabarcable y antigua capital del Imperio Bizantino, conocida entonces como Constantinopla.

La Mezquita Azul

La Mezquita Azul

Debo reconocer que cuando llegué me sentí un poco perdido, pero enseguida me di cuenta de que es muy fácil orientarse en esta inmensa urbe, ya que existen dos partes perfectamente diferenciadas: la más antigua (a la que precisamente los guías llaman Constantinopla) y la más moderna, la parte asiática. Estambul es probablemente la ciudad más poblada de Europa –entre 15 y 20 millones de habitantes, según la fuente que se consulte– pero, afortunadamente para el visitante, los sitios más importantes se agrupan en torno al Cuerno de Oro, la porción de agua que separa Galata de Sultanahmet.

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Estambul no es la capital de Turquía –lo es la menos espectacular Ankara–, pero se merece que le dediquemos, al menos,  una semana para conocerla mínimamente. La ciudad tiene centenares de mezquitas, barrios carismáticos, zonas modernas y cosmopolitas, bazares laberínticos y magníficos monumentos. Y también contrastes que llaman poderosamente la atención: desde una juventud que viste a la última moda occidental hasta maduras mujeres con la cabeza cubierta que cruzan, sin sobresaltos, abarrotadas calles que soportan un caótico tráfico.

Esta ciudad ha sido, y sigue siendo, un crisol cultural y étnico. Por consiguiente, hay –como ya he dicho– numerosas mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios históricos dignos de ser visitados. La ciudad vieja está principalmente ubicada en el estrecho del Cuerno de Oro. Sin embargo, la ciudad moderna es más amplia y comprende ambos lados (europeo y asiático) del estrecho. Entre sus atractivos turísticos destacan la Iglesia de la Divina Sabiduría (Aya Sofia), Sarıyer, Eyüp y Taksim en el lado europeo, y Beyköz, Üsküdar, Kadiköy, Moda, Bostanci y Adalar en el lado asiático. Como capital que fue de dos de los imperios más poderosos de la Tierra, y ciudad que en el siglo XVI era probablemente la más civilizada y multicultural, Estambul alberga monumentos extraordinarios: palacios, iglesias y el Hipódromo que datan de la época bizantina; las mezquitas de Sultanahmet y Süleymaniye; el Palacio de Topkapi (Topkapi Sarayi), sede del poder imperial otomano, y otros edificios y monumentos.

Por lo que respecta a la gastronomía, podríamos definirla como enormemente heterogénea. No en vano, numerosas civilizaciones han pasado por este territorio, que se ha convertido así en un crisol donde se sintetiza la fusión de pueblos, tradiciones y costumbres que han legado, además de sus formas de entender la vida, su personalidad culinaria, lo que ha convertido la cocina turca en un exponente de la deliciosa variedad mediterránea y oriental. Los platos de la cocina turca se elaboran, principalmente, con alimentos propios de la gastronomía mediterránea como verduras, hortalizas, frutas, pescados y, por supuesto, el aceite de oliva.

El Puente Glata

El Puente Glata

Lo más típico es degustar, como primer plato, una deliciosa ensalada elaborada con un sinfín de ingredientes que nos resultan muy familiares. Además de estas ligeras ensaladas, se puede optar por tomar una típica sopa turca, que se caracteriza por la consistencia de sus ingredientes, como por ejemplo la tavuk suyu, elaborada a base de pollo; la iskembe corbasi o la original yayla corbasi, en la que se utilizan como ingredientes principales el yogur y el tomate. Las verduras también se utilizan para preparar diferentes entrantes o como acompañamiento de cualquier otro plato.

Los platos de carne son, principalmente, guisos y brochetas. Asimismo, se pueden degustar platos de carne asada, a la plancha, frita o como köfte, una tradicional receta en la que la carne se pica y se mezcla con miga de pan, así como también con diferentes hierbas y especias. El famoso kebab es, desde luego, el plato típico de Turquía. Mención aparte merece el delicioso café turco, un producto que encierra una preparación muy especial y que recibe el nombre de kahve.

Qué más puedo decir de Estambul para finalizar esta precipitada crónica, antes de volver a Chile. Tal vez repetir la frase que me dijo ayer un periodista inglés con el que coincidí en el hotel en el que estoy alojado: “¿Sabe?, nunca he conocido a nadie que, tras visitar esta increíble ciudad, no haya vuelto encantado.”

Los Geoglifos son expresiones rupestres que reflejan de buena manera, la gran odisea que debió vivir el hombre en estos parajes tan áridos;  son  únicos en su género en nuestro territorio y se encuentran desde el sector del río Loa por el sur, hasta el valle de Lluta por el norte;  se observan también -y con características particulares-  en la costa y sierra del área sur peruana.

geoglifo Atacama[7]

Las interpretaciones que podemos hacer de los geoglifos, sus significados o mensajes son testimonios del comportamiento de los grupos especializados de las sociedades andinas que se vincularon al tráfico regional e interregional;  también es posible que respondan a sistemas de marcas o señaléticas alusivas a dicha movilidad, otros correspondan a verdaderos ritos alusivos como es el caso de la caravana o el de las chacras. Es posible  relacionar algunos de esas figuras o conjunto de ellas a conmemoraciones de  acontecimientos especiales, tal como lo hacemos en este tiempo.

En nuestra Región Tarapacá, enclavada en el  desierto de Atacama, los hombres no fueron diferentes e indiferentes a esa necesidad de expresión, usando los recursos naturales, empleando las técnicas mas recomendables y probadas para crear temáticas que reflejaban la  concepción ideológica del grupo y el grado de percepción que tenían   del entorno natural y sobrenatural  que les envolvía:  para ello crearon el diálogo con las imágenes ya sea pintadas, grabadas o raspadas sobre las rocas o las arenas del desierto.

En nuestros valles de Lluta y Azapa se conservan ejemplos de esta tradición macro rupestre, con características de técnicas y de estilo muy particulares con relación a  otras concentraciones, como en Aroma, Tarapacá, Pica, Huatacondo, Río Loa, Pintados, Soronal, etc. constituyéndose en el legado arqueológico-artístico más monumental que conocemos en el área.

La gran mayoría de ellos están realizados con la técnica extractiva. Son ejemplos de estos los de Cerro Sombrero en Azapa, en Santa Rosita cerca de Pica, Cerro Unita entre otros. Un grupo menor son los que  están hechos con la técnica de adicción;  es decir, acumulando piedras de tonalidades oscuras de origen volcánico a manera de mosaicos y que contrastan con un fondo más claro característico de cerros y pampas del desierto

geoglifos-valle-de-azapa

El caso de los geoglifos del Cerro Sagrado -asociado a la ocupación Inca en el sector de Alto Ramírez en el valle de Azapa-  se define por un conjunto de dos personajes, el mayor con atuendo o tocado sobre la cabeza y las figuras de lagarto y serpiente, junto a ellos resaltan llamas, aves, y otras figuras menores. El arqueólogo norteamericano Junius Bird en 1945 fotografió este conjunto donde se observa un corral en la base del cerro. Por allí pasaban los senderos que unían el valle con la costa, sorteando la quebrada de Acha, y alcanzar el sector de las cuevas al sur de Arica. Todo esto -junto a la aldea y cementerio Inka localizados por los arqueólogos locales en la década del setenta- ya no existe, salvo el panel con geoglifos, último testigo de una época perdida en el tiempo;  lo demás, ha sido destruido por la soberbia y ambición humana, sin respetar mínimamente estos valores patrimoniales que nos pertenecen a todos. La gama de diseños es variada, representan animales domésticos y silvestres, insectos, pájaros, etc. La figura humana, se mantiene en un plano secundario, por lo menos estadísticamente.

Las Pictografías son las primeras expresiones gráficas que hicieron posible  entablar ese diálogo entre los hombres y el mundo que les rodeaba, utilizando una variada gama de colores,  preferentemente de rojos, ocres y amarillos, el negro y blanco.

pictografia

Los sitios más interesantes en nuestra región se localizan en cuevas y aleros naturales en  ambientes muy opuestos:
a.- En el ámbito costero como en Cueva del Inca en Arica, La Capilla en Caleta Vítor y  sector desembocadura de la quebrada de Camarones

b.- En el ámbito andino en  el entorno geográfico de la sierra de Arica como en Vilacaurani, Incani, Tongolaca, Yerbaguanane y, en Puxuma, Patapatane, Hakenasa, y otros  recientemente descubiertos como Pampa el Muerto, Laguane, Chilpe, Sora, Itiza y Mullipungo.

Más hacia el sur, entre la quebrada de Camarones y el río Loa la situación se presenta diferente, solo algunas referentes aislados en Caillama en el alto de la quebrada de Suca y en las quebradas de Camiña, en Chusmiza, en Tambillos, al interior del oasis de  Pica en los sitios de Tambillos y El Salto en Quisma, en Tiquina en la quebrada de Huatacondo y La Pillalla en la cercanía de Quillagua.

La tradición pictórica prehistórica marca una antigüedad  significativa, desde el Período Arcaico Temprano en las tierras altas (6000-7000 a.C.) y Arcaico Tardío en la costa (3000 a 4000 a.C.), hasta el contacto europeo (1500d.C.). Los estudios  realizados últimamente han concluido una continuidad de la tradición hasta nuestro tiempo, manifiesta en el arte pictórico religioso a partir de la Colonia (s. XVI) hasta el Período Republicano incluido.

Las pictografías de más al sur, en el contexto valles y oasis del sector Pampa del Tamarugal resalta “la caravana de camélidos encabezada por un chamán de color blanco” en el sitio El Salto en el valle de Quisma;  en Camiña, en el sitio Chipiltiza, un panel  geométrico con personajes jerarquizados en color negro y rojo resalta entre un conjunto de petroglifos diagnósticos de lo que debió ser el lugar, un centro ceremonial relevante.

Fuente informativa  : Luis Briones –   Universidad de Tarapacá, Arica


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