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posttrenes

Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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Nuestro buen amigo Shoelane, ha tenido la gentilez de enviarnos esta estupenda crónica de su reciente viaje a España por si estimábamos oportuno publicarla en este blog. No sólo es un honor para nosotros el hacerlo, sino que –además– le quedamos eternamente agradecidos por su elegante detalle. Por cierto, le felicitamos por su magistral dominio de nuestra lengua.

La Alhambra de noche.

Acabo de regresar a Montreal –mi ciudad natal, donde ejerzo como profesor de Literaturas Hispánicas–después de mi vigésimo viaje a España. Pues bien, me reafirmo en lo que le respondí en cierta ocasión a un amigo neoyorquino que me preguntó por ese amado país: “Mira James, le dije, de casi todas las cosas que uno diga de España es posible afirmar lo contrario.” Hay, sin embargo, una sola cosa indiscutible: su pueblo es el más diverso e individualista de Europa. Su formalismo es un disfraz; los españoles son seres humanos hasta el límite máximo.

En realidad, no se puede hablar de una sola España, sino más bien de una amalgama de ocho a diez pueblos intensamente diferentes que viven en ocho o diez regiones (ahora conformadas por 17 Autonomías) y climas también diferentes y que hablan diversas lenguas. Hay tantas Españas como hay españoles… y éstos son 45 millones. “Cada español -escribió el ensayista Ganivet- lleva un pasaporte que reza: “Este español tiene derecho a hacer lo que le da la gana”.

En ninguna otra nación de Europa (España es el cuarto país más extenso del continente, tras Rusia, Ucrania y Francia) es tan pequeña la distinción de clases; no se hace hincapié alguno en la categoría social y, a despecho de las diferencias de riqueza, todos los españoles –su renta per cápita ronda los 32.000 dólares, siendo el octavo del mundo– inspiran sus actos en el principio general de la igualdad humana. He visto a un primer ministro abrazar a su jardinero con el tradicional abrazo masculino, ambos hombres en pie, pecho contra pecho, un brazo de cada uno apoyado en el hombro del otro. He visto a un camarero que regresaba de unas vacaciones abrazar a un cliente del mismo modo. Es una igualdad del corazón que nace de la idea fundamental sobre la cual se basan todas las relaciones entre españoles y consiste en la dignidad de ser hombre. «¡Hombre!” es la exclamación favorita del español. Hasta algunas mujeres la emplean al dirigirse unas a otras.

Los grandes temas de la vida española están representados –fundamentalmente– por tres ciudades: Madrid, Barcelona y Sevilla (aunque yo sienta debilidad por Granada). Madrid, la capital plantada en el centro de España, fue construida por mandato real en el siglo XVI. La parte más placentera, en torno a la antigua Plaza Mayor con sus soportales de arcos, pertenece a aquella época. El Madrid moderno se divide en los sectores del siglo XIX y el siglo XX. Este último es espectacular, abundante en rascacielos y lujoso. En los barrios del siglo XIX están las umbrosas avenidas, los Museos, los cafés bajo los árboles donde las gentes se sientan a conversar desde la mañana hasta la noche cuando hace calor. (El madrileño tiene fama de comentarista picante, ingenioso y aficionado a los chismes escabrosos.)

Barcelona, es un puerto industrial, una de las ciudades recias y activas, como Génova, del Mediterráneo. Los autobuses que recorren sus soberbias avenidas están llenos de anuncios. Vender, vender, vender … la pasión mediterránea por el tráfico al menudeo. La riqueza básica de Barcelona es producto de su industria y los catalanes calculan que trabajan diez veces más que el resto de los españoles. Uno siente que en el fondo de la vida barcelonesa late la cultura. Barcelona es famosa por su dinamismo, y cuenta con una vigorosa clase media.

Dice un adagio que “a quien Dios quiere bien le da casa en Sevilla”. Es una ciudad de delicias y placeres. Las casas –en sus barrios tradicionales– son blancas y están construidas alrededor de patios resguardados contra el sol, donde el agua bulle en las fuentes, las carpas doradas se crían a centenares en las cristalinas cisternas del palacio moro, las naranjas maduran en los árboles callejeros y el aire es como un bálsamo perfumado de jazmines y rosas. Los sevillanos, mayoritariamente, hablan de toros, mujeres, fiestas y diversiones. La gente siente afición por el canto y la poesía y está siempre propicia a la diversión y la risa.

El español trabaja largas horas, echa prolongadas siestas cuando aprieta el calor y se pasa de claro en claro la mitad de la noche. Se almuerza de las dos y media de la tarde en adelante; la cena nunca
toca a su fin antes de las diez de la noche, y a veces mucho más tarde. Las ciudades españolas reviven súbitamente a las ocho de la tarde; pero los jóvenes suelen salir de casa “para ir de marcha” a partir de las 11 o 12 de la noche, cosa que sorprende a todos los que llegan de fuera… incluyéndome a mí, con la diferencia de que no sólo me sorprende, sino que me encanta.

Siempre que llego a España percibo grandes cambios. Hace unos quince años que llegué por primera vez, pero nunca deja de impresionarme a la velocidad que estos cambios se producen. Se podría afirmar que el grado de libertad en cuanto a costumbres y tipo de vida supera a cualquier país de Europa, incluyendo a Holanda, Francia o Inglaterra. Además, el extranjero es acogedoramente recibido como turista en excelentes hoteles, y el turista descubre que España es uno de los países más diversos, interesantes y relativamente baratos (me refiero para el resto de europeos occidentales) que aún quedan, aunque en este viaje he notado un notable aumento en los precios, incluso comparado con los Estados Unidos o Alemania.

Pero sigue siendo –a pesar de los cambios tremendos que se han producido en los últimos años– tierra de singular honradez. Los españoles pueden dejar las cosas para mañana pero merecen la confianza absoluta. Su paciencia es su gran virtud; su dignidad y respeto propio son inolvidables.

-¿Cuánto gana usted? –le pregunté a un maduro empleado de un parking barcelonés.
-Mil trecientos euros –contestó con suave ironía. Un salario que casi no alcanza para vivir bien, pero sí para morir con dignidad.

Este artículo fue publicado previamente en nuestro blog en el mes de abril de 2008. Lo hemos rescatado de nuestro archivo con la única finalidad de felicitar a nuestro amigo Shoelane, que el pasado 27 de Julio contrajo matrimonio con una bella e inteligente andaluza de nombre Ana. La pareja ha fijado su residencia definitiva en Granada. ¡Muchas felicidades y nuestros mejores deseos para vosotros!

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El chamanismo, surgido en el Centro y Norte de Asia antes del Neolítico, está considerado por muchos antropólogos como el antecedente de todas las religiones organizadas. Es precisamente en la zona norte de la inmensa Siberia, donde este tipo de creencia y práctica tradicional similar al animismo, conserva su aspecto más auténtico y primitivo. El escritor, filósofo e historiador rumano Mircea Eliade llamó a estas manifestaciones espirituales –que se repiten con ciertas variantes en muchas partes del mundo– las “técnicas del éxtasis”.

El orígen del chamanismo

La palabra chamán deriva del idioma evenca, que es propio de un pequeño grupo de cazadores y pastores de renos de Siberia. Aunque algunos eruditos argumenten que la palabra deriva del sánscrito, el término ‘chamanismo’ se usa, en sentido restricto, apenas para designar las tradiciones espirituales de Siberia y Mongolia. Inicialmente, fue apenas utilizada para designar un líder espiritual de esta región, pero en el inicio del siglo XX, la designación se aplicó a un abanico de curanderos y curanderas.

Estas tradiciones espirituales comparten una cosmología de niveles, conectados por un árbol, un pilar o una montaña. Abarcan la capacidad de viajar dimensionalmente en la separación del espíritu del cuerpo y del vuelo chamánico hasta el cielo y de la capacidad de entrar en contacto con las energías telúricas, del inframundo. De un modo típico, la iniciación del chamán se realiza a través de su rendición a los espíritus que lo conducen a una especie de “muerte chamánica”, o desmembramiento, llevado a cabo por los espíritus, que después de esa rendición lo vuelven a reunir, ayudándolo a renacer, más consciente de su poder, y entronizado con los poderes de estos espíritus.

Los distintos chamanes

Hay varios tipos de chamanes, incluso en el seno de una misma sociedad, y hasta del mismo campamento. Unos juegan el rol de curanderos, otros de descubrir la caza, otros aún alejan los malos espíritus o entraban en contactos con los muertos. La idea del chamán idealizado, tal como presenta Mircea Eliade, se vuelve cada vez más difícil de sostener en cualquier investigación en esta región social y ecológicamente diversificada. De un modo general, hay dos grandes inclinaciones que constituyen la calidad espiritual de la región. A que sin duda más ha atraído la atención presenta un tipo de chamán que participa de fuerzas inmanentes del mundo, que sean humanos, animales o elementos como el agua y el aire. En este tipo de chamanismo, el chamán tiene la habilidad de mezclar su energía con las energías de cualquier cosa, como por ejemplo un animal. Estos chamanes son capaces de viajar dimensionalmente, generalmente con la finalidad de de alterar una situación desfavorable, como una enfermedad. Otro tipo de chamanismo es el del clan, que se preocupa por la reproducción y la familia. Este tipo de chamanismo se asocia con un culto del cielo y de las montañas. Los locales de culto, constituidos por un amontonado de piedras con un palo vertical en la cima, se mantiene populares y son designados por “oboo” en la Mongolia y regiones vecinas.

Entre los Buriatas y los Icautos, las diferencias corresponden a una clasificación nativa de los chamanes, en blancos y negros. Hablando de un modo general, los chamanes negros entran en trance y contactan con los espíritus de los mundos subterráneos y de la enfermedad, mientras los chamanes blancos oraban antes de que entren en trance, invocando bendiciones para los hombres y para los animales domésticos, concedidas por los dioses y por los espíritus auspiciosos del mundo superior. Estos chamanes blancos corresponden a lo que en otras partes del mundo se designa por “sacerdotes”.

Como ya ha sido explicados por diferentes especialistas, el chamán siberiano consigue viajar dimensionalmente y “abandonar” su cuerpo y viajar hasta otras regiones del cosmos, y particularmente hasta un mundo superior y también un interior. Esta capacidad también es tradicional en otras partes del mundo, especialmente en América Latina y África, y nos permite designar sociedades y culturas chamánicas.

shaman.210Los pueblos siberianos creen tradicionalmente que el mundo se divide en tres niveles. Los seres humanos viven en el nivel medio, pero el mundo superior, en el cielo, es alcanzable por intermedio de un pequeño orificio. Este mundo tiene una superficie sólida (siendo pueblada incluso por animales) y se divide en varios niveles. Los cazadores del extremo norte creían que había apenas tres, pero más al sur, en resultado de la influencia de los imperios de las cortes próximas, muchos más se consideraron, pensándose que el gobernante supremo, Bai Ulgen, viviese en el noveno nivel. Del mismo modo, el mundo inferior se encontraba dividido en diverso niveles, y era frecuentemente considerado el reino de los muertos.

En la iniciación del chamán, el tema muerte se completa con renacimiento, y el movimiento del chamán en el espacio cósmico es por veces comparado al regreso al útero. Más allá de ser amamantado al pecho de una madre-espíritu, el chamán siberiano es aún ocasionalmente embalado en una cuna de hierro por espíritus, sobre un nido de ramas del árbol del mundo. Entre los esquimales de Alaska, el túnel de pasaje para el iglú significa claramente el pasaje vaginal para el útero, y la palabra “ani” tanto significa “salir del iglú” como “nacer”.

Son estos imágenes que hacen con que algunos psicoanalistas y psicólogos interpreten la iniciación y el trance chamánico como una regresión infantil. Por supuesto, sin embargo, que ni todos los retornos al útero son regresivos, una vez que el chamán renace como un adulto integrado y extremadamente poderoso. En este aspecto, la iniciación chamánica se asemeja a la iniciación vulgarmente efectuada en muchas sociedades por ocasión de los ritos de la pubertad, de la cual se dice que el adolescente regresó al útero para renacer esta vez como completamente adulto, como una persona más completa de la que anteriormente fue.

En el siglo XIX y en el principio del siglo XX, los primeros estudios antropológicos llegaron a la conclusión de que estos pueblos chamánicos se habían convertido en la frontera natural entre los modernos imperios ruso y chino. En Mongolia y en Siberia del Sur, el chamanismo competía con la forma tibetana del budismo, el Lamaísmo. Pero Mongolia se caracterizaba por poseer fuentes escritas no europeas relativas al chamanismo. The Secret History of the Mongoles, y los trabajos del viajante Rashid Al-Din demuestran que el chamanismo mongólico de hace miles y miles de años era semejante en muchos aspectos al que hoy se practica, a pesar de las constantes modificaciones políticas y sociales ocurridas. Mongolia fue pacificada dos veces por misioneros budistas, mientras la corte china compartía el culto del cielo con las tribus del interior.

El chamanismo en esta región está íntimamente relacionado con las tradiciones espirituales y creencias que se encuentran en dos partes muy diferentes del mundo. De inicio, América del Norte fue muy probablemente colonizada desde la Siberia, por cazadores que atravesaron el Estrecho de Bering cuando allí aún no existía una conexión de tierra entre los dos continentes. El chamanismo de los esquimales del norte americano es casi idéntico al de los Tchuktchis, del lado siberiano del mar. Las tradiciones chamánicas de Mongolia son próximas de la filosofía pre-budista y de las varias formas de religión que se encuentran en Nepal y en el sudoeste asiático y Asia meridional.

Ritual Chamánico Thuktchi de Siberia

Tráiler del documental ruso “Pegtimel”.
Se puede descargar completo en: http://sati.archaeology.nsc.ru/eas/

Extractado de http://www.punksunidos.com.ar/

Con motivo del reciente estreno de la película “Caleuche: El llamado del Mar”, del director chileno Jorge Olguín, hemos creído oportuno rescatar este post que fue publicado en “El Faro del Fin del Mundo” el 28 de noviembre de 2008.

Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.

No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”. Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.

Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: “Porque yo he visto el Caleuche“. Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: “Algún día les contestaré”.

Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: “Ahora les contaré…”.

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Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. “Peor que la de ahora”, dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar. El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: “¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”. El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. “Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir”. Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.

No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.

Fuente: Leyendas del sur de Chile (servicioweb.cl)
Adaptación: Carlos Ducci Claro

“Tabu”, o bien “Tapu” de los polinesios, significa lo sagrado, lo que no se puede tocar. Desde el punto de vista de la antropología, un tabú se define como una poderosa norma que prohibe y cuya transgresión ocasiona profundas y generales reacciones de repulsa –si no de horror– en la comunidad.  Significa, asimismo, una terrible ofensa al hombre y en muchos casos a los entes divinos.

"El pecado original", fresco de Michelangelo Buonarroti en la Capilla Sixtina

En todas las sociedades encontramos prohibiciones que se imponen al comportamiento humano. Los hábitos alimentarios son objeto frecuente de tabú en muchas culturas; por todos es sabido que tanto musulmanes como judíos tienen vedado el consumo de carne de cerdo. Si examinamos las costumbres de ciertos grupos étnicos amazónicos, nos encontraremos con multitud de normas de prohibición de alimentos que pueden resultarnos, cuando menos, curiosas. Así, entre los “Shuar”, más conocidos en España como “Jíbaros”, reductores de cabezas, está vedado el consumo de carne de ciertas especies animales como el venado, puesto que es la encarnación de un espíritu maléfico. Otros animales son considerados tabú solamente durante una etapa de la vida y bajo ciertas circunstancias; por ejemplo, las madres shuar deben evitar comer ciertos alimentos porque podrían perjudicar seriamente la salud de sus hijos lactantes o de corta edad, de tal manera que si consumiesen el pez “namaku”, sus hijos podrían contraer anemia y raquitismo.

No solo los alimentos, sino amplias parcelas del comportamiento humano y también períodos concretos de la vida, pueden ser objeto de tabú. Con respecto a este último punto, la pubertad femenina debe considerarse como una etapa crítica sobre la que muchas sociedades levantan tabúes: la asociación mujer en período de menstruación=impureza, está presente en gran número de culturas, incluso nuestra tradición judeo-cristiana afirma tajantemente este hecho. Entre algunas tribus, como los indios acarreadores de la Columbia Británica, las primeras menstruaciones imponen a la joven la obligación de apartarse del grupo, durante años incluso, y además, debe informar de su presencia a gritos, siendo su poder contaminante tal, que el mero contacto y aún su mirada puede infectar personas, ríos y sendas. Sin embargo, no todas las sociedades se comportan de tal modo; así, tenemos que los apaches no solamente no consideran tabú a la joven durante este período, sino que se la constituía en objeto de veneración y fuente de bendiciones para el grupo.

Se podrían apuntar una larga relación de prohibiciones instituidas por el hombre y constataríamos qué distintas y qué contradictorias son unas de otras. Pero, centrándonos ahora en la conducta sexual humana, nos encontramos con un hecho general y es que en cualquier cultura hay normas que impiden la relación sexual con determinadas personas y, sobre todo, con determinados parientes; es decir, hay tabú de incesto, pero aún subsisten las diferencias entre una sociedad y otra en cuanto al grado de parentesco al que afecta la prohibición.

¿Por qué tal prohibición? ¿Por qué el horror a la transgresión? ¿Por qué la repulsa universal? Algunas de las respuestas que se han alcanzado hasta el momento se podrían resumir así: el tabú del incesto distingue lo animal de lo humano, introduce la diferencia entre personas prohibidas-accesibles, instituye un orden inicial sobre el que se construyen las relaciones sociales, obliga al hombre a trascender su propio grupo, a relacionarse con otros distintos de sus consanguíneos; es decir, le obliga a la exogamia, a “buscar mujer fuera”, en definitiva, a establecer alianzas con otros grupos que podrían ser sus virtuales enemigos. Desde el punto de vista de la psicología individual, hay quien explica que es preciso romper el deseo de permanecer atado pasivamente a la madre para lograr progresos en la construcción de la propia identidad y de la propia individualidad. Aparte, están las interpretaciones del tabú desde la biología en el sentido de que es perjudicial para la especie mezclar material genético entre parientes cercanos.

Se podría objetar a todo lo anterior que los faraones del antiguo Egipto y los Incas del Perú mantenían relaciones incestuosas, pero la objeción podría servir para apuntalar lo antes dicho, ya que solamente las clases sociales gobernantes podían hacerlo; clases gobernantes que se conceptuaban como divinas, reyes-dioses, entes no humanos, encarnaciones divinas que se mantenían fuera de la sociedad de los hombres y la dominaban, pero que no se sometían ni a sus prescripciones ni a sus leyes. Lo que no se permite al hombre común es lícito para la encarnación del dios.

El desdichado, el ignorante Edipo se casó con su madre Yocasta y mató a su padre Layo. Cometió los dos grandes crímenes. No es de extrañar, pues, que se sacase los ojos, no sólo para no ver sus horribles acciones, sino, quizá, para rehuir la mirada acusatoria de toda la humanidad.

El estudio del sacrificio humano en los Andes encuentra en la cordillera aledaña a Santiago un sitio extraordinario, tanto por su ubicación como por el hallazgo funerario que allí se hizo de un niño. Llegamos hasta el lugar, a 5400 metros de altura, intentando entender más a fondo el mundo de los incas.

En Febrero de 1954 que un grupo de arrieros chilenos descubrieron en una de las cumbres mas altas de la Cordillera de los Andes frente a Santiago, el cuerpo congelado de un niño del Imperio Inca que fue sacrificado como parte de un ritual religioso.

La noticia del hallazgo impactó a Chile y recorrió el mundo. La “momia” del cerro El Plomo fue el descubrimiento arqueológico realizado a mayor altura hasta esos momentos (5400 m sobre el nivel del mar) y constituyó el inicio del interés de científicos por la arqueología de las cumbres andinas y los santuarios de altura.

Desde principios del siglo XX, arrieros y andinistas sabían de la existencia de ruinas en la cumbre del cerro El Plomo, las cuales eran conocidas como “Pircas de indios”. La primera noticia de una ascensión deportiva data de 1896, cuando dos alpinistas europeos creyeron ser los primeros en intentar la hazaña de llegar a su cumbre. Enorme debe haber sido su sorpresa al encontrarse con las ruinas del santuario inca, y entre éstas, una lata de sardinas.

En las siguientes décadas algunos arrieros y andinistas excavaron parcialmente las ruinas y descubrieron varias figuritas antropomorfas y de camélidos en oro, plata y conchas marinas tropicales. El rumor de que en las cercanías de El Plomo se encontraba “un tesoro escondido” por los incas, cundió entre arrieros y mineros.

El hallazgo

Guillermo Chacón fue uno de esos hombres que pasaron gran parte de su vida recorriendo la cordillera. Ascendió varias veces El Plomo y encontró parte de la figuritas antes mencionadas. Pero Chacón soñaba con hallar algo todavía más fantástico.

En el verano austral de 1954 guió una de sus últimas expediciones a el cerro El Plomo. Debido a su edad no llegó a la cumbre, pero los acompañantes siguieron sus instrucciones y, venciendo el frío glacial, los fuertes vientos y los malestares de la altura, alcanzaron el lugar indicado.

Al cavar hasta la base de una de las ruinas encontraron enterrado el cuerpo de un niño. Estaba sentado en el suelo, con los brazos enlazados en torno a sus piernas y su cabeza reposaba sobre el hombro y brazo derecho. Antes de dormirse para siempre cubrió sus piernas con su corta túnica, tratando de protegerse del intenso frío. Sus ojos estaban cerrados y parecía que dormía plácidamente. La muerte debió sorprenderlo en el sueño.

Debido a la importancia del descubrimiento, expertos del Museo Nacional de Historia Natural y la Universidad de Chile realizaron una expedición al cerro El Plomo en los primeros días de Abril de 1954. Esta fue integrada por arqueólogos como R. Schaedel y Alberto Medina Rojas, pero debido a una tormenta de nieve, no pudieron alcanzar las ruinas del santuario. El invierno se acercaba y fue imposible realizar un nuevo intento.

Afortunadamente, los integrantes de la expedición, encabezados por Luis Krahl, alcanzaron las ruinas y entregaron a los especialistas importantes descripciones y material arqueológico. Una vez en Santiago y en conjunto con la arqueóloga doctora Grete Mostny, se realizó un apasionante estudio sobre el hallazgo.

Identificación

En esta investigación se concluyó que el cadáver pertenecía a un niño de sexo masculino de unos ocho años de edad. Sus características raciales son las andinas y probablemente perteneció a alguna de las etnias del altiplano, cerca del lago Titicaca, debido a ciertos rasgos físicos y adornos de su ajuar.

Su perfecto estado de conservación se debe al hecho de haber estado sepultado en un suelo permanentemente helado, lo que impidió su descomposición y desecación. Al observar la piel en un corte histológico, se comprobó que era igual que la de un cuerpo recién muerto. El proceso de momificación natural comenzó con el traslado del cuerpo a otras condiciones climáticas.

El niño llegó vivo a la cumbre y ante la falta de lesiones internas o externas, se supone que murió por congelamiento después de haber ingerido algún narcótico o posiblemente alcohol. En este estado de semi inconsciencia debió ser depositado en su tumba, donde permaneció por unos 500 años.

A casi tres décadas de este importante descubrimiento, ningún arqueólogo había ascendido hasta las ruinas del santuario inca. Por esta razón, mientras era estudiante de cuarto año de arqueología (1981) en la Universidad de Chile, decidí realizar una expedición al cerro El Plomo y continuar los estudios.

La investigación, además del estudio in situ del santuario de altura, pretende explicar su significación dentro del contexto religioso y del mundo andino precolombino, su relación con otros santuarios y su modo de articulación con el proceso de conquista e incorporación del valle de Santiago al Imperio Inca.

Hasta octubre de 1983 se habían podido realizar cinco expediciones a la alta cordillera de Santiago gracias al apoyo de dos clubes de andinismo, el Museo Nacional de Historia Natural y mis compañeros de la Universidad de Chile.

Expedición

Estas expediciones lograron sus objetivos, más por el empuje y determinación de sus miembros que por los precarios medios con que contábamos para un trabajo de tal naturaleza: llevando en nuestras espaldas el peso para siete u ocho días de montaña, acampando hasta una altura de 5200 m y resistiendo el frío, fuertes vientos y repentinas tormentas. A pesar de lo anterior, descubrimos nuevos conjuntos de ruinas y hemos acumulado una importante cantidad de datos que estamos analizando.

En relación a las ruinas del santuario, podemos decir brevemente que existen dos grupos principales de estructuras en piedra cerca de la cumbre. El primer grupo, conocido como “Adoratorio”, consiste en una plataforma circular de unos 9 metros de diámetro por un metro de altura y en su centro tiene una cavidad casi circular de dos metros de diámetro. Ya casi en la cumbre y a 5400 m de altura se emplaza el segundo grupo conocido como el “Enterratorio”, constituido por tres pircas rectangulares de un promedio de 6 metros de largo, 2 de ancho y unos 80 cm de alto, en una de las cuales fue sepultado el niño sacrificado.

Ya en la base del cerro El Plomo, en el valle interandino de Piedra Numerada y a una altura de 3400 m, existe otro conjunto de ruinas que incluye cinco recintos con muros de piedras y una plataforma del mismo material. Estas estructuras se ubican frente a una cascada, donde prácticamente nace el río Mapocho, que más tarde atraviesa la ciudad de Santiago.

Posiblemente la función de estas ruinas fue la de guardar víveres, ropas y ser refugio para los sacerdotes y peregrinos del culto. Al registrar las ruinas encontramos fragmentos de cerámica y un adorno en miniatura tallado en hueso. Sin embargo, en los últimos decenios este lugar ha sido ocupado por mineros, alterándose parte de su estructura original.

¿Cómo podemos explicar la presencia de este centro ceremonial y el sacrificio humano del ritual religioso? Para aproximarnos a una explicación es necesario ubicarse en el contexto cultural e histórico en el cual se desarrollan las sociedades andinas antes de la invasión española.

Los Incas

El Imperio Inca tiene su base histórica en la formación del Estado Cuzqueño. Gracias a su ubicación geográfica, al control e intercambio de la producción agropecuaria y textil, y a su organización social y militar, logró en casi dos siglos dominar políticamente los territorios comprendidos entre Ecuador y Chile Central, incluyendo importantes zonas transandinas como el NO argentino.

Su estructura económica tenía como elementos principales la agricultura extensiva del maíz y de tubérculos como la papa; la crianza de camélidos como llama y alpaca, y una relativa especialización del trabajo agrícola, pecuario-textil, cerámico y metalúrgico.

Su estructura social y política tenía como base el ayllu, que consistía en una comunidad de agricultores, pastores o pescadores, o una combinación entre éstos, relacionados por vínculos de parentesco y el trabajo comunitario. Estos ayllus estaban sometidos a una organización imperial en beneficio del Cuzco, debido a una coerción o conquista militar. El imperio se articulaba mediante dos mecanismos básicos: la reciprocidad en un nivel económico, sociopolítico y religioso; y la redistribución del excedente económico de los distintos grupos productores al interior del sistema imperial.

En los últimos decenios y gracias al aporte de antropólogos, etnohistoriadores y arqueólogos, hemos podido aproximamos a la complejidad del hombre andino. Respecto a su cosmovisión podemos decir que creían que el universo había sido creado por una fuerza vital y que se encontraba dividido en tres mundos o espacios vitales. “El Mundo de Arriba”, donde residían las divinidades mayores como el Sol, la Luna, las estrellas y el rayo; “El Mundo de Aquí”, donde residían los hombres, los animales y los espíritus de éstos; y “El Mundo de Abajo”, donde habitaban los muertos y las fuerzas que germinaban la tierra.

Los primeros hombres que poblaron los Andes -según los incas- salieron del mundo de abajo por las oquedades de la tierra: cavernas, montañas y volcanes, lagunas y lugares donde brotaba el agua. Estos sitios eran conocidos como “pacarinas”, cuyo verbo quechua significa surgir, amanecer, luz de aurora. Cada ayllu, cada comunidad andina tiene y venera su “pacarina”. Allí reside el espíritu guardián de la comunidad. De esta manera comprendemos mejor cómo las montañas se transforman en un lugar sagrado para la comunidad, lugar en el cual los hombres se conectaban y comunicaban con el mundo de abajo, y convirtiéndose por tanto en un lugar especial para invocar a las divinidades mayores, como el Sol o las estrellas del mundo de arriba.

La mayoría de los ayllus del mundo andino decían provenir de una u otra montaña, y éstas estaban unidas entre sí por lazos de parentesco religioso, lo que fortalecía los mecanismos de reciprocidad e intercambio entre las comunidades.

El sacrificio

Los incas no sólo organizaron social y económicamente su imperio, sino que también estructuraron una religión que unificara ideológicamente a sus miembros y fortaleciera el poder del Inca. A medida que el imperio crecía territorialmente el Inca imponía sobre las divinidades de cada región el culto al Sol, Inti, deidad imperial y paternal del cual se decía hijo. En este contexto podemos situar mejor una explicación del sacrificio humano en los Andes y en particular del realizado en la cumbre del cerro El Plomo.

La conquista inca de Chile Central se realizó alrededor de 1470-1480, con Topa Inca Yupanqui y luego con su hijo Huayna Capac. El fértil territorio de los valles de Aconcagua y Santiago era importante por sus recursos humanos y mineros, sin embargo, la fuerte resistencia que opusieron los habitantes de Chile no permitió que la dominación fuera muy profunda. Huayna Capac llegó sólo hasta el río Maule.

Una vez ocupado militarmente el valle de Santiago, se abrió una puerta al extenso llano longitudinal que se prolonga por más de mil kilómetros al sur. Este llano, situado entre cordillera y mar, se encontraba profusamente poblado por grupos mapuches (llamados araucanos por los españoles). Su organización social se caracterizaba por la ausencia de un poder político centralizado -salvo en caso de guerra- y su economía se basaba en la horticultura, la recolección y la caza, aunque los grupos del norte tenían una incipiente agricultura de regadío.

Este tipo de economía no permitía la existencia de comunidades sedentarias, determinando la dispersión y movimiento espacial de los distintos grupos mapuches. El valle de Santiago o Mapocho se convirtió así en un reto a la expansión del Imperio Inca.

Como una forma de asegurar el dominio se trajeron colonos o “mitimaes” de otras provincias del imperio, quienes en principio eran los encargados de enseñar nuevas técnicas agrarias, textiles y cerámicas, pero en el fondo su papel era controlar y adoctrinar a la población local, quienes al adoptar una nueva ideología ofrecían una menor resistencia al dominio inca.

Cerro El Plomo

El cerro El Plomo, por su altura (5430 m), gran tamaño y extensos glaciares, domina toda la región y probablemente tuvo alguna significación religiosa para los indígenas locales. Tal importancia se acrecentaba debido a las acequias o canales de regadío que se sacaban del río Mapocho y su posición respecto al solsticio de invierno.

En el Imperio Inca el sacrificio humano fue un elemento básico en la política integradora y en la organización socioeconómica del imperio. La ceremonia, llamada “Capacocha”, era uno de los ritos más solemnes y participaban en él la mayor cantidad de individuos de todas las regiones; estaba dedicada al soberano y tenía lugar sólo excepcionalmente, por ejemplo, por la coronación del Inca, el nacimiento de un hijo suyo, una gran victoria o acontecimientos que ponían en peligro la salud del inca o su poder.

Las ofrendas consistían en niños de hasta 10 años de edad, figuras antropomorfas y zoomorfas en oro, plata y conchas marinas; textiles y cerámicas especialmente confeccionadas para el ritual. Las ofrendas eran trasladadas por los curacas, jefes locales y sacerdotes desde su lugar de origen hasta el Cuzco. A cada hombre que estaba en edad de producir le tocaba llevar por un instante parte de las ofrendas. Una vez que llegaban al Cuzco, no sólo se trataban asuntos religiosos, sino que se aprovechaba el momento para discutir temas militares y de planificación de la economía. Al mismo tiempo, se decidía la redistribución de las ofrendas a todos los lugares sagrados y santuarios del Imperio.

Las ofrendas eran destinadas preferentemente al Sol como tributo y en señal de alianza. En los santuarios y lugares sagrados en que se inmolaban o sepultaban las ofrendas, el Inca se comunicaba con el Sol y la divinidad le entregaba virtudes mágicas y el poder de dar a su pueblo bienes materiales. Un miembro del imperio, un productor, entregaba su hijo al Inca para ser sacrificado al Sol, y el soberano le daba a cambio algunos bienes económicos, prestigio social y los poderes mágicos, vitales para continuar la producción y la vida en la Tierra.

De esta manera, la “Capacocha” se convertía en un sistema de control social y cultural en manos del Estado y garantizaba la unidad imperial. Por su parte, la víctima, el niño sacrificado, se convertía en una momia sagrada, quedando dotada de poderes vitales y fecundantes.

Así, el sacrificio de un niño en la cumbre del cerro El Plomo no se nos presenta aislado y se explica como parte de un ritual que describe cómo una sociedad enfocó su propia manera de ser.

Osvaldo Silva, Prehistoria de América. Edit. Universitaria, 1977.
( Publicado en Revista Creces, Agosto 1984 )

 

Estimados Compipas: Hace más de tres mil años, en una caleta de pescadores, un soñador reunió a un grupo de hombres; les contó sus sueños y juntos iniciaron un proceso que cambió gran parte de la historia de occidente. Tres milenios después nos reunimos los Guachacas, para contarnos nuestros sueños que simbolizamos en este acto. Hoy inauguramos en La caleta el Membrillo de Valparaíso, El Primer Ascensor a la luna. Nuestros ingenieros Guachacas, han dicho, después de exhaustivos estudios, que este es el lugar apropiado para iniciar las obras de construcción.  Aquí frente al océano Pacifico, con la brisa de la costa. Aquí donde los navegantes confunden las estrellas con las luces del puerto, aquí donde está la gente humilde de Valparaíso. Sus pescadores.Muchos se preguntaran, ¿Qué significa esto? ¿Que importancia puede tener en un país cada vez más pragmático, que nos juntemos a inaugurar un ascensor a la luna?¿ Es acaso otra locura de gente irresponsable? Y nosotros respondemos que sí. Si es una locura, pero una locura hermosa, que no mata, no discrimina, ni contamina. Es una locura de gente enamorada, enamorada de la vida y de nuestra patria. En este ascensor pueden subir, todos quienes voluntad de belleza y vocación de justicia. Aquí entran todos nuestros sueños y nuestros anhelos. Aquí tienen pasaje gratis, todos quienes tienen alma de niño. 

¡Este ascensor es el Arca de Noe Guachaca! Y nos vamos a la luna con claveles y copihues, con longanizas de Chillan, con un buen pipeño para el camino. Llevamos cuecas y manzanas confitadas, sanguches de potito y chorrillanas. Y nos vamos a la luna, porque dicen que ahí no hay gravedad, y seamos honestos, aquí abajo hay demasiada gravedad. Como que la vida pesa demasiado, como que la vida se ha transformado en una seguidilla de problemas, encadenado uno tras otro, que ni siquiera nos deja tiempo para mirar las estrellas ni para enamorar un copihue. Quisiéramos aprovechar la presencia de tantos compatriotas, que como viñas salvajes se han extendido más allá de nuestras fronteras, para que lo cuenten. Díganlo fuerte, en Chile, en Valparaíso, se inauguró el Primer Ascensor a la Luna, y lo hicieron los Guachacas. Con el paso de los días, vendrán a este lugar muchos hombres y mujeres enamorados a contarse sus sueños y a fotografiarse frente a esta locura que nos hace más humanos, más hermosos y más chilenos. Si es así, habremos cumplido nuestra labor y nada habrá sido en vano. Quisiéramos concluir, citando un viejo proverbio chino que dice “Los Chinos nunca hemos hecho un proverbio” Y con una frase del “taquilla” zapatero de Lontue que señala “Ningún hombre a visto la esperanza, ni siquiera se imaginan como es, pero sin ella ninguna caravana, habría atravesado el desierto”

En Valparaíso, en el día trece del séptimo mes, del tercer milenio. Se da por inaugurada las bases del primer ascensor a la luna. Para honor y gloria de quienes mantienen en alto sus sueños e ideales.

¡Viva Valparaíso, Capital Guachaca de la Humanidad!!¡ Viva el primer ascensor a la Luna!!¡ Vivan Los Guachacas!!¡¡¡ Viva Chile, Mierda!!!

Discurso oficial de inauguración del Primer Ascensor a la Luna.(Texto de la alocución del Guaripola Guachaca Dioscoro Rojas)

Hace siete años, mientras se celebraba en Santiago la Cumbre Presidencial, Dióscoro Rojas, Raúl Porto y sus amigos, reunidos en el bar La Piojera, centro de operaciones del grupo, decidieron entre pipeños y risas celebrar la Primera Cumbre Guachaca. Un evento inédito en el cual, por primera vez en siglos, fuera de las fondas dieciocheras y en plena capital del país, el pueblo tendría la libertad de expresarse y compartir con todo el mundo sin tapujos, sus gustos, su música, sus dichos, sus comidas, sus ideas, sus anhelos y sus tragos.

“Humildes cariñosos y republicanos, chilenos todo el año”

Ya son una verdadera tradición las celebraciones que se realizan en el Centro Cultural Estación Mapocho, para reunir a una diversa galería de cantores, poetas, cuequeros y variados artistas en torno al ambiente y manifestaciones propias de la cultura popular urbana de bares, peñas, picadas y quintas de recreo. Se trata de las Cumbres y Fondas Guachacas. La iniciativa de Dióscoro Rojas y sus secuaces, surgida hace siete años, ya se proyecta no sólo como festividades anuales, sino también como un movimiento, que con humor y creatividad, sale en defensa de una chilenidad farrera y picaresca, aficionada al vino, la conversación, la guitarra y el romance.

La honrosa identidad guachaca, que saca la lengua a los “cuicos”, al desprecio clasista y a la negación extranjerizante.

Pero el asunto no se queda en pura fiesta, y el grupo se ha articulado como un movimiento en la lucha por el rescate y valorización de la tradición guachaca, entendida como lo más genuino y espontáneo de la cultura popular urbana. Apoyándose en la pluma ingeniosa de Porto, los guachaca se han dedicado a amasar durante todo este tiempo una serie de propuestas, reinvidaciones y lemas que han infiltrado en la opinión pública no sólo a través de sus tradicionales Cumbres, sino también de inverosímiles cruzadas de las que el Parlamento no ha podido escapar. 

El gran Fermento Guachaca:
 

La ley que estipula el corto de pisco a la subida de los ascensores, para evitar la puna; la “Ley del medio pato”, propuesta como alternativa al Seguro de Desempleo; la denominada “Ley del bigoteado” que establece la “chuica común”, así como la que autoriza la construcción de un tranvía en Valparaíso, ciudad declarada “Capital Guachaca de la Humanidad”, que haga el circuito nocturno entre los bares Cinzano, Valparaíso Eterno y J. Cruz forman parte de sus múltiples, descabelladas y divertidas iniciativas legales enviadas al congreso. Otra de sus loables iniciativas es la celebración del mes de la patria con una gran fonda con asado y espectáculo incluido, para 500 patriarcas del Hogar de Cristo.

El “Día de los Inocentes” no podía quedar fuera de sus gestiones, el 2002 su mensaje central para los medios de comunicación fue decir que “aqui somos más los inocentes que los culpables, que queremos desarrollo y justicia social, pero sin soltar la mano de la inocencia”. Bajo esta premisa realizaron una misa en la Catedral de Santiago, con la participación de 1200 personas, incluidas cuecas y entrega de 800 pañuelos. La actividad fue cerrada con una visita a La Moneda, donde le hicieron llegar una carta al entonces Presidente de la República, Ricardo Lagos.

En fin, el humor no puede quedar afuera de cada una de las gestiones de la Delegación Guachaca. Mucho güendy.

 

Fuente: Corporacion Patrimonio Cultural de Chile (nuestro.cl)

Al volver de mis vacaciones por Europa y rememorando los momentos entrañables que pasé con muchos amigos chilenos que viven en esos lares por circunstancias laborales, políticas (en su día) y de post grado, por mencionar algunas, he creido que les gustaría -a los que tan gentilmente suelen visitar mi Blog- recordar ciertas actividades que forman parte de su Chilenidad

 Al mismo tiempo, muchos de ustedes tendrán oportunidad de conocer algo de ellas.

Luis Irles

 

Chilenidad es el término utilizado en Chile para describir el conjunto de expresiones culturales de este hermoso y hospitalario país que se han originado o han sido adaptadas en el territorio chileno y cuyo uso ha perdurado en el tiempo, transmitiéndose de una generación a otra, conformando la actual identidad nacional.

Muchas de estas manifestaciones culturales tuvieron su origen durante la época colonial siendo propias de la cultura criolla, mestizaje de las culturas indígenas y española, mientras que otras han surgido durante los siglos XIX y principos del XX.

Usualmente se asocia la chilenidad con manifestaciones culturales típicas de la cultura huasa de la zona central rural de Chile (IV a VIII Regiones), sin embargo la chilenidad es un concepto más amplio que abarca expresiones populares de todos los sectores y zonas de Chile. En algunos sectores, la práctica y adhesión a las formas consideradas como tradicionales de la chilenidad también es considerado un indicador de patriotismo.

La chilenidad como expresión cívica, se muestra con mayor fuerza en septiembre o Mes de la Patria, teniendo su clímax el dia 18 de septiembre, cuando se conmemora la celebración del Primer Cabildo Abierto y Primera Junta de Gobierno de Chile realizado en 1810, hecho considerado como iniciador del proceso de Independencia de Chile que fue promulgada el 12 de febrero de 1818.

 Actividades típicas

Tirar la cuerda: aunque no es autóctono de Chile, suele ser uno de sus juegos típicos.
Carreras de caballos a la chilena: Son competencias de velocidad en el campo. Los jinetes montan “a pelo” (sin montura).
Cueca: Es el baile nacional. Los campesinos llamados “huasos” y la mujeres “chinas” se visten elegantemente,con el traje tradicional y con espuelas. Se baila mas en Fiestas  Patrias                                                                                                                                                 Chinchinero:  personaje popular chileno que lleva en su espalda un bombo que golpea con unas varas que simulan ser baquetas de batería, además de dos platillos sobre el bombo, que suenan gracias a la acción de una cuerda, atada a un zapato del ejecutante, quien baila acrobáticamente.
Fiesta de Cuasimodo: Celebración religiosa católica realizada, principalmente en la zona central, el primer domingo siguiente a la Pascua.

Fonda: La fonda o ramada es un recinto cubierto de material ligero donde se practican alguna de las actividades del Mes de la Patria, tales como tomar chicha, bailar cueca o comer empanadas.
Organillero: Personaje típico que toca un organillo, habitualmente acompañado por un loro, que leen la suerte escrita en papelitos y venden remolinos.
Palo ensebado: Juego en que un tronco en vertical sobre el suelo, se engrasa con sebo, y debe ser subido por los participantes. El objetivo es llegar a la parte alta del tronco.
Parada Militar: Es el desfile de las fuerzas armadas, que se realiza el 19 de septiembre de cada año
Rayuela: Juego típico chileno de puntería y acierto, en el cual el participante, arroja un tejo (cilindro de fierro) o una moneda y acertar a una caja de arena o de barro rectangular dividido en dos por la mitad, a una distancia acordada. Gana quien logra acercarse mas a ese centro.
Rayuela corta: Eufemismo usado para beber vino en vasos de un cuarto de caña (125 cc). Su nombre hace alusión a la acción de tomar el tejo pero, en vez de lanzarlo, se dirige hacia la boca.                                                       Rodeo : El rodeo es un deporte donde una pareja de jinetes (collera) montados en caballos, deben conducir a un novillo por un circuito (Medialuna) y detenerlo en secciones alcochadas del ruedo (atajadas), intentando hacerlo sobre las partes del animal que más puntuan. Está considerado como el deporte nacional de Chile.
Tijerales: festejo con carnes a la parrilla que se realiza cuando se termina una construcción.  Se iza la bandera nacional en lo más alto de la obra
Trilla a yegua suelta: Tradición campesina, para separar las paja del grano con solo el trote de los animales
Trompo: Objeto de madera con un clavo en un extremo, que al lanzarlo una cuerda se hace girar. También se hacen acrobacias o que trompo gira mas tiempo
Volantín: El volantín chileno esta hecho de papel liviano (papel de volantín) con palitos de madera, y atado a un extremo con una cuerda, piola o lienzo, se hace volar con el viento. Septiembre es el mes de los volantines por ser el mas ventoso.
El motemei: Los moteros de antaño, de tanto gritar “mote de maíz”, terminaron bautizando este rico grano cocido como Motemei. El motemei es como el mote del trigo, pero de maíz.Es parte de nuestra cultura popular.

Las comidas y bebidas típicas las dejaremos para otra oportunidad, por razones obvias.

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Luis Irles

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