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Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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saravialLa noticia del fallecimiento, el pasado viernes 2 de septiembre, de la destacada poeta chilena y entrañable amiga Sara Vial de los Heros, causó en mí una honda tristeza. A pesar de que a lo largo de estos años no tuve ocasión de visitarla como yo hubiera deseado, siempre guardaré de ella –y de la época que nos solíamos reunir en el Bar Inglés de Valparaíso con un grupo de inolvidables amigos– el más vivo de los recuerdos.

El 14 de febrero de 2008, se publicó –en este mismo blog– un artículo titulado “El poema perdido de Sara Vial” que se iniciaba con una cariñosa carta que recibí de ella y que, en esta triste ocasión, vuelvo a rescatar como un homenaje a esta maravillosa mujer y poeta a la que tanto admiré.

 


El poema perdido de Sara Vial

 

Ayer recibí esta nota de mi queridísima amiga y gran poeta chilena Sara Vial.

«Estimado Luis:

Por una casualidad encontré una copia a máquina, hecha de memoria hace tiempo, de la verdadera versión del soneto con tinta verde que salió publicado en tu blog y que improvisé para la bitácora del local. Desgraciadamente el manuscrito estaba muy borroso y tarjado, por lo que el poemita resultó con palabras de menos y otras cambiadas.

Ya no necesitas molestarte en ubicar a quien lo tenga, pues basta con que me hagas el inmenso favor de corregirlo y reemplazar la version llena de erratas por esta que te mando y que es fiel copia de la verdadera.

Desde ya, mil gracias por tu gentileza. Saludos de la autora.»

* * *

En la revista literaria Caimán puede leerse el siguiente artículo sobre Vial de los Heros y su estrecha amistad con Pablo Neruda:

“Sara Vial conoció a Pablo Neruda en Viña del Mar en 1955, en casa de un amigo en común, Vicente Naranjo. Sin embargo, fue gracias al famoso pintor chileno Camilo Mori que Neruda conoció los poemas de la joven Vial. Cuando se encontraron en la casa de Naranjo, Neruda iba saliendo del brazo de Matilde Urrutia y Sara Vial iba entrando. “No me creas pesado, ya habrá mucho tiempo para conversar”, le dijo al oído a la joven. Poco tiempo más tarde, se reencontraron y nació una amistad cómplice que sólo se interrumpió con la muerte del poeta en 1973. Neruda le presentó a Sara al conocido editor argentino Manuel Losada, quien se entusiasmó con el trabajo de Vial y publicó sus libros en Buenos Aires. En 1965, Neruda fue testigo de matrimonio de Sara Vial, un ejemplo de su relación más allá de las letras.Tan estrecha fue la amistad entre Neruda y Vial que fue ella quien le mostró al poeta la casa que luego él compraría para transformarla en su refugio más íntimo, La Sebastiana (en Valparaíso, frente al mar), que hoy es un museo que recuerda al ganador del premio Nobel y su amor por el puerto chileno.”

Soneto en tinta verde al Bar Inglés

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Aquí con este Luis inesperado
y con Alvaro, en fin, siempre seguro
y con Carlos Lastarria, airoso y puro,
estoy Valparaíso a tu cuidado.

A tu cuidado, sí, y Alfonso ausente (*)
pero nos llegará, desenfrenado,
después de tanto diario almacenado
en su fugaz destino hacia la gente.

Valparaíso, te reconocemos
nostalgia y vendaval aquí encerrado
mientras guitarra Luis trae a mi canto.

Y somos los que somos y seremos
y la noche es vivir lo que se ha dado

en amistad, fraternidad y encanto.

Sara Vial

(*) Alfonso Castagneto, ex director del diario La Estrella, (Q.E.P.D.)

(Lunes, 13 de enero de 1992, en el Bar Inglés de Valparaíso.)

En la fotografía puede verse a Sara Vial, junto a Pablo Neruda, en la casa del Premio Nobel en Isla Negra.

 
boris-vian
 
Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

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Ganador del Premio Nobel de literatura en 2002, el escritor húngaro de origen judío Imre Kertész ha publicado a lo largo de su vida algunos de los relatos más intensos e inolvidables de la literatura moderna sobre el Holocausto. La obra de Kertész explora en profundidad las atrocidades del régimen Nazi fascista durante la segunda guerra mundial y el genocidio sobre la población judía de Europa.

El escritor húngaro Imre Kertesz

El escritor húngaro Imre Kertész

Imre Kertész, nacido en Budapest en 1929, ha pasado su vida tratando de entender el legado y las consecuencias del Holocausto, que dominaron su vida y acrecentaron su visión pesimista de la naturaleza humana. A la edad de 15 años, Kertész fue arrancado violentamente de su hogar e internado en el campo de concentración de Auschwitz, en Polonia. Posteriormente fue trasladado al campo de Buchenwald, en Alemania, del cual fue liberado en 1945. Kertész, entonces, regresó a su país natal y comenzó a trabajar en un periódico local, pero su carrera se truncó cuando el diario asumió una posición política procomunista con la que Kertész no estaba de acuerdo.

Tras un corto período de tiempo en el ejercito húngaro, decidió dedicarse a la escritura y a la traducción de textos en lengua alemana. Según confesó el propio Kertész, el tiempo que dedicó a ese trabajo le ayudó a encontrar su inspiración literaria. Su propia obra estuvo siempre influenciada por los autores que él mismo tradujo, en particular las obras de Freud, Nietzsche, Wittgenstein, Joseph Roth, von Hofmannsthal y Canetti.

19-21928-imre-kert-sz-fatelessPero el hecho de que fuese un traductor apreciado por los editores de Budapest no cambió demasiado su situación de marginalidad. Y eso que para esas fechas, a mediados de los años setenta, ya había publicado su primera novela, Sin destino, que le llevó trece años de su vida. El libro, sin embargo, no causó ni el más leve cambio en la vida de su autor: no se produjo revelación alguna, no atrajo la atención de la crítica, ni tampoco tenía lectores. Sólo algunos años después, un pequeño grupo de intelectuales se enteró de la existencia de esta obra capital de la narrativa contemporánea.

Por lo demás, su vida seguía transcurriendo en el mismo restringido espacio social y físico. Respecto a esta última circunstancia, cabe señalar que durante treinta y cinco años Kertész vivió en un minúsculo apartamento. Allí escribió –por las noches y en la mesa de la cocina– sus tres grandes novelas. La primera,como ya hemos mencionado, fue Sin destino. La siguiente, El fracaso (1988), que reconstruye, en una estructura compleja y de manera no del todo realista, sus vivencias durante la época estalinista. La tercera, Kaddis un meg nem született gyermekért (Kaddish por el hijo no nacido), es de 1990 y su título revierte el sentido de una oración judía que, en su variante más conocida, se reza en homenaje de los padres muertos.

Sólo cabe añadir a este desolador repaso de la trayectoria de Kertész la etapa que siguió a la caída del muro de Berlín. Se volvió más productivo: publicó el dietario Diario de galera (1992), los relatos La bandera británica (1991) y Acta notarial (1993), los ensayos incluidos en Un instante de silencio en el paredón (1998) y el híbrido Yo, otro. Crónica del cambio (1997).

Después de Sin destino, Kertész no ha vuelto a tratar el Holocausto en su narrativa, al menos directamente. Será, en cambio, el tema recurrente de sus ensayos escritos en los años noventa. Su tesis central es que, acaso, el único mito válido de nuestro tiempo sea Auschwitz.

Pocos han contribuido tanto y de manera tan radical a tener esta conciencia viva del Holocausto como este húngaro al que un día se le impuso un terrible destino ajeno. La concesión en 2002 del Premio Nobel de Literatura fue la compensación más esplendorosa por una larga vida de marginación y también el reconocimiento de las letras de una pequeña nación que no siempre pudo reconocer a uno de sus hijos más famosos.

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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Quedarse callados

 

Habían practicado la literatura, que es una especie como otra de la delincuencia y el espionaje y, como ellos, sirve sólo para vivir, o para soportarse un poco. De su súbitamente removida adolescencia a uno le asaltó como imperativo y de pronto un verso: «porque el hombre es un límite del fuego», dijo. Mas se quedó entonces callado. Porque si ese verso un día fue una flecha era ahora un flecha cansada. Sin fuerzas ni fe para imaginarlo capaz de clavarse en algún sitio lo dejó sobre la mesa, para que hiciera al menos compañía al tabaco, y al abandonarlo así sintió que sobre él se hacía la tarde espesa, plural y tibia, como la carne de un sueño o las sombras de un niño con el que hay que extremar los cuidados, como una ausencia que quería ser amable y silenciosamente les ofrecía —ver para creer— que hundieran sus manos en su herida. Pero no hacía falta. Del vivir ya no les quedaba ni la herida.

El trazado de los sueños

 

Adentro nacen y como señores de un corazón perdido, otra agua detrás del agua buscan y agarrados a una estrellada cintura que la historia se enterca en apresar bajo la palabra adolescencia comienzan sus disparos. Y así indagan lavabos, cuerpos, agujeros, o son gusanos ahora y quedan después prendidos de un nombre de muchacha que podría tener también otro y que simplemente tiene nombre para acompañarse con algo, o son aire, espina, un ángel que duerme sobre un niño muy tímido y también el sol convertido en rebanadas y acaso sombra luego, floja cuerda por la que un destino quiere aún (creo que se dice de este modo) abrirse caminos, tener fuego y lento, hacer en el amor chup-chup, acribillar palabras y después de haber mordido de una legión de muchachas sus olvidos se dan cuenta que todo eso no fue sino un trazado, un puzzle, un camino o incluso una broma por la que acabar teniendo sólo el calor de un precipicio en el que encontrarse al fracaso dando muy cortés las buenas noches y además justo antes de tomar forma de balcón o de raíl o de pistola, que es la última forma o pájaro que los sueños se molestan en tomar por aquí cerca.

Tiempo muerto

 

«¿Fernando, es usted Fernando Quintana?», me dijo. Di un sorbo a la cerveza y, sonriente, le señalé la silla. «Sí, soy yo», respondí. Entonces dudó al sentarse, y me temo que lo que era ya una duda cierta le pareció una cursi pedantería, o una fantochada simplemente. Durante un tiempo breve pero que parecía tejido con lento aceite nos resultó obligado miramos como intentando desentrañar quién de los dos era el más imbécil. Pero la vida exige respuestas rápidas y teníamos trabajo. Así hablamos de libros y de los demás aburridos extremos sobre los que supuse que en estos casos resultaba oportuno conversar. Que al ir a pagar la cuenta no hubiera sucedido nada fuera de lo normal y que al despedirnos yo todavía conservara una cordialidad rayana en el entusiasmo es culpa de mi madre. Haber estado bien educado, y más si uno nació en un país zafio, es algo que se paga.

Limbo

 

Hacía tanto tiempo que no teníamos otra cosa que hacer que jugar, silenciosos y ajenos, con los pequeños cristales de colores que quedaron de unos nombres sin sentido que si cada una de las estaciones de afuera de los muros fuera un verso del ave maría Dios podría haber dicho ya algunos cientos enteros. Nosotros, ya digo, barajábamos, sobre barros y muros, cristales pequeños que habían dicho amor, sábana, despedida, precipicio y anillo. Los mezclábamos con sombra y, a veces, si estábamos bien dispuestos, hacíamos ver que reían. Pero durante un larguísimo tiempo, ya que Dios aún no había venido. Por eso creo que cuando vino el ángel deshecho podríamos haberle cerrado la puerta, incluso haberle dicho que no, que no pasara. Pero también sabíamos que la noticia del ángel no tendría noticia, que es falso que haya para el hombre veredicto y que iba a resultar aun más pobre que nosotros. Que iba a disculparse y decimos que llegaba tan tarde porque tenía vergüenza de confesarnos que el destino de Dios es el más triste destino, que no tenía ni sitio, que o no lo había encontrado o no lo había. Como le vimos musgo de agua en los ojos, le invitamos a vino, le enseñamos los nombres con que jugábamos (todo lo que teníamos) y hasta tuvimos piedad nosotros. «No se preocupe, que ya lo sabíamos» obviamente fue lo que dijimos.

SANTIAGO MONTOBBIO

Santiago Montobbio nació en Barcelona en 1966. Poeta y profesor de Teoría de la Literatura y Crítica literaria, publicó por primera vez en la Revista de Occidente en mayo de 1988. Su libro “Hospital de Inocentes” (1989) mereció el reconocimiento de autores como Juan Carlos Onetti, Ernesto Sabato, Miguel Delibes, Carmen Martín Gaite o Camilo José Cela. Ha publicado también “Tierras” (1996), “El anarquista de las bengalas” (2005) y “Absurdos principios verdaderos”, recientemente editada en la colección Biblioteca Íntima. Ha sido traducido a varios idiomas.

Nuestro querido amigo y colaborador Lobo Seadog, me envió el programa de festejos planeado para el pasado día 21 de diciembre. Afortunadamente todo quedó en expectativas y nada de lo previsto sucedió. Por eso puedo dar fé del mismo. Por supuesto está escrito en francés, antiguo y elegante  idioma diplomático, ya que los extraterrestres no han tenido tiempo de enterarse  que dicho idioma ha sido sustituido por el  “gringo” imperante en la actualidad. Debo añadir que –aunque lo envió el día 19–  por misteriosas razones que desconocemos, solamente llegó a nuestro poder hoy día.

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fin del mundo

underwoodEn nombre del Jurado quiero expresar, ante todo, lo muy satisfechos que nos sentimos después de haber leído –a lo largo de estos últimos 12 meses– los 290 relatos que respondieron a esta convocatoria y que debían estar inspirados, obligatoriamente, en alguno de los 10 temas propuestos en las bases del Concurso  –pueden ser consultados AQUÍ.
Nunca esperamos tal afluencia de respuestas; sin embargo, todos los textos recibidos en El Faro entraron en la selección, incluyendo uno que llegó con antelación y otro que llegó posfechado. El esfuerzo merece siempre recompensa aunque sea, ésta, tan valiosa como la que ofrece esta bitácora: Una primera edición numerada de Alice in Wonderland, del Lewis Carroll, ilustrada por Tenniel, que está valorada en 7.850 libras esterlinas.

Dicen los entendidos que el minicuento es un género camaleónico, capaz de adoptar múltiples formas literarias, de ser relato, parábola, estampa o, como en el caso del ganador, una soberbia muestra del “stream of consciousness” joyciano, que él ha utilizado aquí con ingenio y maestría para presentarnos a este “boeing cocainómano y voyeur” y al patético y lamentable matrimonio del restaurant. Hay que agradecerle a este autor la enorme habilidad semántico-fonética de que hace gala, así como lo bien construido del monólogo-narración.

Así pues, como Catedrático de Filología Española de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Bookland y portavoz del Jurado, me es grato anunciarles que el ganador del I Concurso de Relatos ha sido:

Autor: zenocrat
Título: boeing
Basado en el tema número 6.— (Un matrimonio se encuentra en un restaurante para acordar los términos de su inminente divorcio. Escriba la escena desde el punto de vista de un camarero que se ha ocultado momentáneamente tras un biombo para escuchar la conversación de la pareja y para esnifarse, al mismo tiempo, una raya de cocaína.)

Fallado en Bobadilla del Monte, el 27 de diciembre de 2008, víspera del Día de los Santos Inocentes.

boeing

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fíjate como se miran y dicuten en voz baja y hacen gestos y señalan, disimulan y sonríen, y entonces yo cierro los ojos y me quedo quietoquietoquieto igual que un muerto para que el jefe no me vea ni ellos tampoco, y como los muertos no hablan digo abretesésamo sólo con el pensamiento y enseguida la cajita blancanieves se abre sin ni un ruido y el polvito va directo a mi nariz, casi lo mismo que cuando la mujer le planta los papeles al calvo en su misma jeta y después se separa la hermosa melena rubia de su cara y bebe temblorosa otro trago de agua con gas o sin gas que ya no recuerdo de qué clase les serví, ¿y qué es lo que veo desde detrás del biombo que me oculta?, lo que yo veo, cajita blancanieves, es la cara de la mujer más guapa del mundo, no, ya me equivoqué de nuevo, lo que veo es el mundo más hermoso del mundo y es que fue mi abuela la que me enseñó que la palabra mágica hay que decirla con la boca tapada y con los ojos cerrados para que haga sus efectos, y no hay que abrir los ojos después pase lo que pase, porque si no, todo se borra y entonces desaparece la verdad que haya salido por delante del biombo, así que yo a los ojos los aguanto cerrados y no los abro ni así me piquen ni así les salten lágrimas o ni así que ellos me griten ¡eh tú, boeing! y me señalen y se rían, y hasta el final o cuando me dé la gana no levanto las persianas de los ojos, y cuando las levanto veo que el calvo se ha puesto catatónico el hijoputa, pero a ellos yo los oigo para entonces como si fueran mentira, una mentira muy fea y algo sucia, y como si estuvieran en otro mundo que no es verdad o salieran en una película en blanco y negro porque los dos se hacen entonces de mentira mentira, y, como iba diciendo, entonces veo la verdad, ¿que qué veo?, muchas, muchas verdades veo yo en este puto restorán

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Puede resultar paradójico e incomprensible para muchos, pero Fernando Alegría –que vivió en los Estados Unidos durante más de treinta años– escribió en California Caballo de Copas, novela de un chileno en San Francisco, que según afirmó el crítico e historiador Carlos Hamilton, “tiene más sabor a Chile que ninguna obra escrita en el propio país y acusa una maestría definitiva en el arte de narrar con arte”.

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Rasgos biográficos

Nacido en 1918. Profesor de Castellano y Filosofía en la Universidad de Chile. Organizó durante los años sesenta encuentros de escritores en la Universidad de Concepción, fundando el primer taller de escritores. Creó la revista Literatura Chilena: Creación y Crítica (1974). Doctor en Literatura en la Universidad de Columbia. Director del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Stanford. Ejerció la docencia en la Universidad de Columbia, Berkeley y Stanford de Estados Unidos. Perteneció a la Academia Norteamericana de la Lengua. Fue Premio Farrah y Rinehart de Nueva York, Premio Municipal y Atenea de Santiago de Chile, y realizó diversas colaboraciones en revistas norteamericanas. Alegría vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos.

El escritor

Novelista, ensayista, cuentista, crítico y profesor. Un escritor talentoso que incursionó en varios géneros de la literatura. Su mayor acierto en la novela fue su libro Caballo de Copas (1957), que concitó el aplauso cerrado de la crítica y el interés del público lector. También en la faz narrativa obtuvo éxito con sus libros Lautaro, joven Libertador de Arauco y Mañana los guerreros.

Fructífera fue su labor en el ensayo, especialmente derivado de su vasta trayectoria como docente en las universidades norteamericanas. Uno de sus mejores libros al respecto es Literatura Chilena del Siglo Veinte (1967) que en su primera edición se denominó Las fronteras del realismo (1962).

Fernando Alegría  fue un investigador “serio, bien documentado, de estilo pulcro y ameno” (Montes y Orlandi). Al decir de Maximino Fernández, “Alegría ha animado el escenario de las letras chilenas durante medio siglo con sus narraciones y estudios; apasionados, comprometidos y de buen nivel estético, las primeras; documentados, distintos y necesarios, los segundos“ ( Historia de la Literatura Chilena).

A Fernando Alegría, al igual que varios escritores chilenos que han tenido que permanecer por largo tiempo fuera de su patria, y, por consiguiente, ha provocado que su trabajo literario no sea advertido con facilidad por lectores y estudiosos de las letras, le costó obtener el reconocimiento que se merece en su país. Incluso, algunas veces fue nominado para el máximo laurel de Chile, El Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, falleció a los 87 años -el 29 de octubre de 2005- en la ciudad de Walnut Creek, al norte de California, sin obtener este reconocimiento.                     caballo-de-copas2
“Me dolerá hasta el final no haber vuelto” decía.                                

Es una lástima, puesto que su obra, maciza, contundente, variada y vasta, le otorgan a Fernando Alegría méritos esenciales para lograr el correspondiente sitial de honor que se da en nuestro país a los grandes escritores.

Su obra es extensa. Publicó aproximadamente cuarenta y seis textos. Se destaca el cuento, la poesía, el ensayo, la novela. Comenzó en la narrativa a los 18 años, con la biografía novelada de Luis Emilio Recabarren. Publicó luego Lautaro, Joven Libertador de Arauco (1943) y “Caballo de Copas” (1957), acaso su mayor obra, por la cual obtuvo los premios Municipal, Atenea y Unión Panamericana. Le siguió Mañana los Guerreros (1964).

“Lo que me interesa rescatar es la historia de los héroes sin monumento, la de los verdaderos héroes, a quienes la historia oficial margina y que, sin embargo, viven en la conciencia social de nuestro pueblo”, diría.

Fuente: Escritores.cl

¿Qué podría decirte, amiga, en esta hora dolorosa? ¿Qué palabras serían suficientemente poderosas para que volvieras a ser feliz? … Para que en la muralla de tu integridad, pudieras cerrar la enorme grieta que hoy existe y, por donde el frío se cuela impertérrito… Ese frío del abismo oscuro, de los más oscuros actos del humano, en contra del humano.

Sé del quebranto que te parte el alma y del fantasma que vaga perverso, por los distintos rincones de tu mundo interior… Sé de ti, aunque tú no te has dado cuenta de mi conocimiento.

Pero saber, y saber qué hacer, son cosas distintas por desgracia… No conozco medios para ejecutar sobre ti y la vida de tu ahora, la segunda de estas concepciones. Estériles son mis manos a este efecto, estériles también, los fértiles campos de mis ideas.

¿Qué puedo entonces decirte, que valga la pena?

Tal vez que todos somos seres rotos; entes destruidos una y mil veces en el decurso de los años y, vueltos a construir con esfuerzo y paciencia y lágrimas de sangre.

De niños; todos fuimos cántaros de arcilla pura y firme: perfectos en su simpleza y mágicos en la profundidad de nuestra realidad construida con los materiales de la fantasía y los sueños y las esperanzas… había todo un futuro por delante, como un amanecer que anuncia desde lejos, un día colosal que se nos extiende ante los ojos…

Vino entonces la vida: de la mano de uno cualquiera, del constante fluir del tiempo o incluso del infortunio… y como un martillo de hierro fundido y perversa construcción, nos rompió en mil pedazos.

Así aprendimos lo que era vivir y del valor que es necesario para sobrellevar este mundo a cuestas… Así emprendimos este azaroso viaje por los mares desolados y violentos de la existencia… Así mismo, entonces, avanzamos por el mundo: rompiéndonos y volviendo a construirnos; sufriendo y aprendiendo con dolor.

El cántaro que somos, con el paso de los años, fracturado se encuentra en tantas partes que es difícil distinguir los trozos intactos, de aquellos que hemos debido parcharnos cada vez que fuimos lacerados.

El cántaro que ya no es de un material único, uniforme, puro… Inmaculado en su esencia más profunda.

El cántaro que está compuesto de partecitas recogidas de otros cántaros rotos, y que pusimos dentro de nuestra estructura, porque las confundimos con partes nuestras o porque nos gustaron más estas piezas nuevas, que aquellas que nos fueron arrancadas por los martillazos de la vida.

Así que ya ves, comparto tu dolor porque también estoy roto… porque todos lo estamos en realidad y este es el dolor de crecer y ser adulto… o maduro.

A algunos se les notan las cicatrices y costuras… a otros casi ni se les notan. Pero todos estamos, de una u otra forma, con el alma sellada por miríadas de parches distintos: pequeños, grandes, profundos, leves.

Hay quienes esconden las cicatrices, avergonzados por las marcas que éstas dejan sobre la piel, y van por el mundo como si nada les pasara… como si fueran únicos en su especie, como si aún contuvieran las formas de la niñez… Pero mienten.

Se mienten a sí mismos y a los demás… también.

Las costuras que a otros ojos esconden, se les vuelven para adentro y terminan siendo cicatrices en lo profundo del espíritu, donde se enquistan y se vuelven tumores que finalmente, terminan por envenenar el alma… y la persona esa se muere de un shock séptico… de envenenamiento.

Algunos siguen vivos después de eso; pero sólo como sombras de lo que fueron… fantasmas penitentes de un ayer que nunca más podrán recobrar, por causa de sus propias mentiras y temores.

Yo voy por la vida con mis cicatrices al aire y, lo aseguro, puede no ser una visión muy agradable; pero al sol las marcas de los fracasos en mi vida, y las marcas con que el martillo del crecimiento me rompió en pedazos; se blanquean y se van debilitando con los años…

Al final, sólo serán marcas más blancas en la piel de tus años y, aunque siguen existiendo como marcas, se vuelven parte de tu cántaro; se integran y ordenan en el conjunto de tus actos y de la persona que eres.

Y allí descubres, con asombro, que te has convertido en un nuevo cántaro… menos perfecto que aquel de tu infancia, pero de nuevo intacto… uniforme… único… puro… inmaculado.

Abel Garrido Silva

A veces evoco con cierta nostalgia el momento en que todos los componentes de la familia –allá por los años setenta– permanecíamos alrededor del televisor “Sylvania”, esperando oír esa clásica voz nasal de locutor del noticiario que daban en los cines, momentos antes de la película, anunciando el comienzo de la serie “Las aventuras de Ellery Queen”, interpretada por el actor Jim Hutton –en el papel de protagonista– y David Wayne, como el inspector Queen.

El personaje fue creado a raíz del concurso convocado por una revista para premiar la publicación de la mejor “opera prima” policíaca. Los autores Dannay y Lee decidieron enviar un trabajo firmado con el mismo nombre de su protagonista y consiguieron el premio, pero antes de que la novela pudiese ser editada, la cabecera de la publicación fue traspasada a otro empresario, que prefirió editar la obra de otro concursante. Los “Ellery Queen” no perdieron el ánimo y enviaron su relato “The Roman Hat Mystery” (publicado en castellano como “El misterio del sombrero de copa”) a diversas editoriales, hasta que les fue aceptado por el editor Stokes.

El protagonista de la novela, Ellery Queen, es un joven escritor de relatos de misterio a la vez que un investigador aficionado, de mente lúcida y analítica – graduado en la Universidad de Harvard- interesado en los crímenes solamente por curiosidad. Su padre Richard Queen, de origen irlandés, es el inspector jefe del Departamento de Homicidios de la policía de Nueva York y, en muchísimos de los casos, Ellery, actúa como colaborador de su padre en la solución de los delitos a los que el Departamento debe hacer frente.

El personaje de Ellery Queen aparece por primera vez en 1929 y se convierte en tal éxito, que sus autores decidieron crear la revista “Ellery Queen’s Mystery Magazine” (EQMM), considerada como una de las más influyentes publicaciones de literatura de misterio- en lengua inglesa- en la segunda mitad del pasado siglo.

Ya en la primera novela se define, casi de una manera inmediata, el modelo de sus trabajos sucesivos: un crimen insólito, pruebas contradictorias, la presencia del inspector Queen y de su ayudante el sargento Velie, la puesta a disposición del lector de todos los elementos suficientes para la revelación del culpable y el consiguiente “desafío al lector” que precede a los episodios finales en los que se revela la solución del caso.

Las novelas de Queen fueron muy pronto traducidas al español, difundidas rápidamente en colecciones de México y Argentina, pero llegaron mucho más espaciadamente a España, a partir de los años cuarenta, y con mayor intensidad en los setenta, aunque no todas han acabado por ser traducidas produciéndose importantes lagunas en su difusión.

Luis D’Anyana

Amigo Luis: Me he sentado frente al ordenador con la intención de escribir algo para tu blog. Hace ya algún tiempo que me lo pediste y no quisiera quedar mal contigo. Sin embargo, se presenta un pequeño problema: no me siento demasiado inspirado. Ante mí se presenta una pantalla en blanco. No sé cómo puedo empezar y, mucho menos, qué escribir. 

Contemplo el arce del jardín. Todo el mundo en la playa y yo mirando absorto cómo un mirlo corretea sobre la hojarasca y picotea la tierra. Creo que dejaré lo del post para más tarde, así que elijo un libro y me dispongo a leer. Es de Carlos Castaneda, a quien el nagual don Genaro le dedicó un poema: “Carlitos es un chingón: un poco poeta, loco y cabrón”… Un improcedente desasosiego viene corroyéndome esta tarde y me doy cuenta que no podré concentrarme en ninguna lectura. Pruebo con un cómic de Flash Gordon. No aguanto con él ni diez minutos seguidos.

Descubro, de repente, que conservo varios pliegos de excelente papel y material de dibujo. Me dispongo a dibujar algo. Me animo y comienzo esbozando un paisaje onírico. Otra vez noto algo inquietante: que mi dibujo es desganado y desaliñado, no es nada original. Sé que dibujo muy bien, pero parece que hoy no es mi domingo, así que dejo la actividad artística y me pongo a pensar. “Voy a llamar a alguien, a ver si quedo para tomar unas copas y platicar”. Descuelgo el teléfono y llamo a Manolo. Nadie responde. Debe estar por ahí de excursión, por los pueblos de la montaña. Qué se puede hacer, si no, un domingo de tórrido verano. Llamo entonces a Carlos. Se pone al teléfono y me dice que está leyendo y muy a gusto en su casa, que no le apetece salir, que los domingos son para estar en casa tranquilo y descansando para el duro lunes.

Desisto de llamar a nadie más. Me dirijo a mi sala de meditación. Me pongo el kesha negro para darme más ánimo y seriedad y me siento desganado en mi zafu. Comienzo conformando la postura correcta e inspirando y espirando por la nariz con la lengua pegada al paladar. Enderezo mi nuca y la trato de poner en línea recta con la columna vertebral. Voy balanceando suavemente la cadera hasta conseguir una aceptable verticalidad. Retraigo mi mentón, me aseguro de que mis piernas no sufran en medio-loto, dejo caer mis hombros, mis manos están perfectamente dispuestas y los dos pulgares rectos, “ni valle ni montaña”. Me digo que he de observar el pasar de los pensamientos, estar alerta y no caer en la corriente mental. Me concentro en la respiración, adviene lentamente una paz que va disipando, poco a poco, ese improcedente desasosiego. Me encuentro bien. Ya no hay pensamiento alguno que transcurra. No hay diálogo interno. De pronto me doy cuenta de que estoy sumido en un estúpido pensamiento que me atrapó, inconscientemente, segundos atrás. El pensamiento que me piensa trata de una imagen en la playa. No he sabido observar el pensamiento y me he rebelado contra mi inatención. Reduzco el ritmo de mi respiración. Me sumerjo en un lago de tranquilidad y suena el teléfono. Me levanto rápidamente. Hace cinco minutos que emprendí la aventura interior y ya ha sido abortada.

-¿Sí? 
-¿Está Nancy?
-Se ha equivocado. Aquí no hay ninguna Nancy.

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libro.jpgDurante las dos últimas semanas, la crítica europea viene aplaudiendo con entusiasmo Amanecer en Bucarest, la última novela del prestigioso autor francés Jules Trick. “Una de las obras más hermosas e interesantes publicadas en los últimos años”, escribe por ejemplo Fernando Bandera en la prestigiosa revista cultural madrileña Hablar por no callar. “Una gran novela, como cabía esperar de este excepcional escritor”, enfatiza desde París Jean Louis Gardenis, en Les Cahiers du Temps. Por su parte, el exigente Norman Day asegura en ABC Literary Magazine que “Amanecer en Bucarest supera en brillantez estilística y en el descubrimiento de nuevos y sorprendentes recursos narrativos a varias de las anteriores obras de Trick, como por ejemplo Los seductores, Cuatro Semanas y Media, e incluso Miradas, el título que lo lanzó a la fama”.

Yo, modestamente, discrepo en gran medida con estas rotundas aseveraciones. Terminé precisamente anoche su lectura, y estas son mis personales conclusiones: Amanecer en Bucarest intenta ser una novela y no lo logra: esta, quizás, es su mayor virtud. Como es habitual en él, Jules Trick nos propone el capcioso nivel ficcional de la biografía y, una vez más, fracasa. No obstante, me pregunto a continuación:  ¿No es esta –como aseguran muchos estudiosos de su obra narrativa– su más brillante cualidad como escritor..? Podría ser, aunque para mí, el género literario “novela” yace aquí acribillado, extenuado, estéril como el mismo planeta que habitamos. Estos textos ruedan secos y muertos como esa inútil esfera azul. ¿Dar registro a estos nuevos círculos infernales? ¿Retratar la onda banal de esos hedonismos agónicos? ¿Jugar hasta la fatiga con las agotadas máscaras heterónimas? Jules Trick, impregnado de la doble insignificancia de su significante, sabe que nada de todo esto vale la pena. Pero escribe. Araña y rasga, una y otra vez, las oleosas paredes de su prisión nada imaginaria. Lo mueve una certeza: detrás de aquel espesor y del incesante resbalar nos espera la paquidérmica existencia de algún Otro. Y al escribir, Trick se inscribe y nos inscribe en ese pendular movimiento patético propio del ser humano: querer y no poder. Y lo que es más escandaloso aún: poder y no querer. Claro que, según cómo se interprete su lectura, Amanecer en Bucarest podría ser un extraordinario relevamiento escrito de este desmoronante y banal principio de siglo.

Lucas J. Railowsky, “El Discrepante”

¿Qué es lo que hace al filósofo?
El coraje de no reservarse en el
corazón ninguna pregunta.

Schopenhauer

El grito en el cielo

col233.jpg En un mundo en el que nada hay nuevo bajo el sol o todo está por descubrir sólo pueden sorprenderse los admiradores de las naderías. Parto de la concepción de que la existencia es un misterio que todos investigamos y sobre el que lanzamos hipótesis. Nuestros juicios y opiniones son siempre equivocados en la medida en que el tiempo los rectifica y actualiza hacia el alumbramiento de la oscuridad. De modo que el error es lo común. Sólo algún acierto diacrónicamente trascendente confirma y justifica los errores sincrónicos. ¿Por qué sorprenderse, o escandalizarse, de lo cotidiano si la cotidianidad consiste en dar ladridos incluso bienintencionados por mordeduras cauterizadoras? Que todos sintamos la necesidad de acertar no nos exime de la obligación de aceptar el fracaso de la tentativa y sus consecuentes gritos o gesticulaciones. Cuando se pone el grito en el cielo es porque no se tiene la cabeza en la tierra. La felicidad es imposible sin la oblación de la inteligencia. ¿Cómo creer en algo si cualquier razonamiento “definitivo” será destruido por el de otra inteligencia superior que demuestre “definitivamente” que toda conclusión incuestionable no es más que otra premisa tan indestructible como las anteriores? El escepticismo es la única estrategia contra el dolor definitivo. El escepticismo entrañado cuando la inteligencia descubre que la felicidad sólo es el anquilosamiento de los ideales por el abotargamiento de la sensibilidad.

La mujer ideal

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¿Cuál es la mujer que nunca nos defraudaría, que siempre nos amaría, que no envejecería, que siempre permanecería tan hermosa y angelical como cuando la conocimos o, incluso, cuando la inventamos? La respuesta es muy simple: aquella que vive en nuestra mente y nuestro cuerpo no consigue tocar, no consigue mirar, aquella que el tiempo no logra destruir porque existe sin tiempo, vive fuera del tiempo, ni el tiempo la marchita ni la ofende. Imagínense ustedes a un hombre enamoradamente ebrio de un sentimiento al que damos el nombre del amor; imaginemos que ese hombre busca la amada inmarchitable y la encuentra o no consigue hallarla. Si la amada muriese nada más encontrada o si fuese inventada, tendrían en común su imposible marchitabilidad, su existencia de angélica armonía en la mente del hombre buscador y amoroso. No descarten esta teoría, señores, se perdería un gran hombre equivocado. Yo hubiese querido conocerlo: todos los hombres inteligentes se encuentran muy solos en el mundo. Pero no podrá ser: aunque me parece conocerlo tanto como si yo mismo fuese el hombre a quien busco. Algunas inteligencias se utilizan a sí mismas para ahondarse en una soledad más incomunicable todavía. ¡Ah! Y si ocurre finalmente cuanto les he dicho y les digo, no me pregunten cómo lo sabía. No sé por qué lo sé. Pero lo sé. Si alguno de ustedes llega a una conclusión “inalterable” tenga en cuenta, nada más, que, por ejemplo, también Colón se equivocó acertando.

El Peregrino Azul

Los fareros nos sentimos muy complacidos después de haber leído los 290 relatos que han respondido a nuestra ¿curiosa? convocatoria. Nunca esperamos tal afluencia de respuestas –ni tanto trabajo tampoco-. Todos los textos recibidos en nuestro correo electrónico entraron en la selección; bueno, todos menos 98 que eran impublicables por su aboluta falta de calidad literaria; 112 que superaban las doce mil palabras y otros setenta y tantos que, en realidad, eran anuncios publicitarios encubiertos de bancos y compañías de seguros… Este certamen no va a ganarlo, seguramente, el mejor relato, aquel que posea la mejor técnica estructural, el contenido filosófico más profundo o la forma más elaborada. El jurado encargado de elegir al ganador o ganadora no es demasiado fiable, ya que nuestra carencia de recursos económicos nos obligó a reclutar a ciertos personajes excesivamente bohemios aunque, eso sí, con un pasado poético glorioso… De acuerdo, tenéis razón, somos conscientes de que esta es una total y absoluta trasgresión a las reglas, pero qué le vamos a hacer.

No obstante, garantizamos (y así nos lo han prometido dos de ellos, a los que consideramos “serios”) varias lecturas –muy atentas todas siempre que estén sobrios- algo de análisis –poco- y, en la medida de lo posible, buen humor.

Nuestro más sincero agradecimiento a todos y cada uno de los concursantes por el tiempo, el talento y el esfuerzo que han dedicado a esta convocatoria (recuerden que esperamos seguir recibiendo más originales, así que anímense los rezagados). Cualquier comentario, réplica, alegato o maldición que tengan a bien dirigir respecto a nuestro trabajo será atendido, a partir del lunes, en este mismo faro (o foro) donde estaremos –como siempre– para servirles.

Ahora, con vuestro permiso, nos vamos a leer.

NUESTRO JURADO TRABAJA DURAMENTE

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Como puede verse en esta foto tomada anoche por nuestro colaborador gráfico, Agapito Zum, algunos miembros del Jurado que decidirá algún día quién será el ganador de nuestro Concurso de Relatos, intercambian opiniones sobre las diversas técnicas literarias empleadas por los escritores y escritoras participantes.

UN BLOG SUMAMENTE ECLÉCTICO

BIENVENIDOS AL FARO…

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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UN BONITO REGALO DE TONY T., DE “CAFÉ & BLOGS”

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Nuestro entrañable amigo Tony T., miembro del grupo Café & Blogs, nos ha sorprendido muy gratamente al crear EL FARO MAGAZINE, una bitácora en la que ha comenzado a publicar una selección de artículos aparecidos en este Faro desde su inicio. Desde aquí le damos las gracias por el hermoso detalle que ha tenido con nosotros.

EN NUESTRAS PÁGINAS

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AMICI MIEI: La Barcelona de mi niñez, por Tony Tarazona.

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POESÍA: "Soliloquio del Farero", de Luis Cernuda.

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Premio otorgado por Jon Kepa y su blog "Enseñanzas Náuticas"

Gracias por el premio, navegante de mares de papel.

PREMIO DARDO

Otorgado a este Faro por el blog El mar, qué gran tema para hablar, capitaneado por nuestro colega y buen amigo José, al que quedamos sumamente agradecidos.

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Gracias a Patricia Gómez, Binah, excepcional ser humano y poeta, por concedernos este hermoso premio.

PREMIO AL ESFUERZO PERSONAL

Nuestro generoso e incansable amigo Funkoffizier, de El mar qué gran tema para hablar, vuelve a premiar a este Faro, lo cual nos llena de orgullo y agradecimiento.

PREMIO CAMPANHA DE AMIZADE

Agradecemos profundamente a Jon Kepa, creador del blog Enseñanzas Náuticas el habernos concedido el premio Campanha de Amizade. Muito obrigado, amigo.

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

PREMIO A LA HONESTIDAD

Premio a la Honestidad_thumb[1]

El Grand Chef de Oídococina!, ha tenido la gentileza de obsequiarnos con un exquisito plato recién salido de sus creativos fogones. Le quedamos enormemente agradecidos por este hermoso detalle.

UN REGALO DE 'TINTERO Y PINCEL'

premio

Nuestra admirada amiga María, cuyo talento artístico puede comprobarse en su blog Tintero y Pincel, nos ha honrado con este simpático "Cracking Crispmouse Bloggywog Award". Un detalle que le agradecemos de todo corazón.

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