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Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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Un olvidado y deslumbrante apartamento parisino, que permaneció totalmente cerrado y olvidado durante 70 años, fue descubierto hace unos años en el barrio de Pigalle, cerca de la Opéra Garnier.

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La romántica y hermosa historia de esta vivienda –cuya inquilina fue la bella y adinerada Madame de Florian– se conoció por primera vez en 2010, año del fallecimiento de su titular, que vivió en este apartamento hasta su huída al sur de Francia semanas antes de que las tropas nazis desfilaran por París, en mayo de 1940.

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Madame de Florian nunca regresó a su apartamento, ni a la capital francesa. Sin embargo, siguió pagando religiosamente las mensualidades correspondientes al alquiler de la vivienda hasta que falleció a los 91 años, en el año 2010.

Una de las personas que tuvo el honor de ser la primera en introducir la llave en aquella vieja y oxidada cerradura, por primera vez en setenta años, comparó la experiencia con la de ‘penetrar en el castillo de la Bella Durmiente’.

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Aunque parezca extraño, la presencia piezas de taxidermia en las casas pudientes de la época era un ostentoso signo de riqueza.

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Todos los muebles aparecieron tal como ella los dejó, lo que indica una huída precipitada. Daba también la impresión de que la marcha hubiese sido ayer mismo.

Una verdadera máquina del tiempo. El piso mostró muchos tesoros, pero el más valioso de todos era una pintura del artista italiano del siglo XIX Giovanni Boldini.

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La hermosa y delicaada mujer del retrato es la abuela Madame de Florian, Marthe de Florian. Fue pintado por Giovanni Boldini en 1898, cuando Marthe tenía 24 años de edad. La pintura fue recientemente subastada y vendida por 2 millones cien mil euros. La abuela Marthe fue una conocida actriz que tuvo una larga lista de admiradores masculinos. En el piso se encontraron las cartas de amor de sus admiradores, entre ellos estaba el propio Boldini y el Primer Ministro de Francia, George Clemenceau.

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Madame de Florian huyó de París antes de la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 194o. En la foto, los oficiales alemanes y los parisinos se mezclan cerca de un café al aire libre en los Campos Elíseos, en el Día de la Bastilla en 1940.

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Hasta hoy, son muchos los que se preguntan –sin tener la respuesta– porqué Madame nunca volvió a su apartamento de París. Desafortunadamente, la casa no está abierta al público y es propiedad de sus herederos.

Dicen que el escritor es un tipo que pone todo su empeño en hacer lo que no sabe hacer. Nadie le ha enseñado. Nunca sabe como terminará lo que escribe. Cuando empieza su segunda obra, ha de olvidar la primera y volver a sortear todas las dificultades de la segunda… Ya decía Michel Butor que escribir una novela es escribir algo que nunca ha existido.

El escritor británico Ian McEwan

El escritor británico Ian McEwan

Un artista plástico, un arquitecto, cualquier profesional creativo, sabe qué es lo que quiere conseguir cuando comienza algo. Pero un escritor casi siempre trabaja más allá de sus límites porque le gusta saber qué hay más allá. A veces, sin embargo, consideramos el trabajo de escribir como algo inútil. Aunque seamos capaces de meternos en la piel de otras gentes que inventamos para poder así dar forma a nuestro discurso, sea este el que sea. Aunque seamos capaces de asumir la desdicha y la condición humana y saber que podemos expresarla en forma de relatos, novelas o poemas. Aunque sepamos describir la alegría, o la paz que da el amor, o la felicidad completa.

Todo este preámbulo viene a cuento porque acabo de releer La playa de Chesil –la novela del consagrado autor inglés Ian McEwan– que, aunque no está considerada como una de sus mejores obras, no se puede leer sin dejar de admirar esta nueva demostración de destreza narrativa, o de la aparente facilidad con la que McEwan es capaz de trenzar un discurso que, independientemente del contenido de la historia, resulta una auténtica y placentera lectura. Un control de los mecanismos más narrativos que se hace patente, por ejemplo, en el tiempo de la historia: en esencia, unas pocas horas de la noche de bodas de una pareja, detalladas con un tempo lento y minucioso, atento a cada una de las inflexiones que se van sucediendo en el ánimo de los dos personajes.

En la práctica, sin embargo, McEwan intercala la historia previa al presente de la narración, unas breves pinceladas que sitúan el origen de los dos y de su amor; así como también una especie de epílogo de los años posteriores a la finalización de la historia estricta. Y lo hace alternando en la narración el punto de vista de ambos personajes, y valiéndose del flashback para dar una información mínima pero suficiente. El resultado es una narración impecable, una historia breve –casi una nouvelle– y deliciosa, sin demasiadas pretensiones aparentes.

«Eran jóvenes, cultos y, ambos, vírgenes aquella noche, su noche de boda, y vivían en una época en que una conversación sobre problemas sexuales era del todo imposible.»

Es la frase que abre la narración, un inicio de aquellos destinados a perdurar, que introduce, con unas pocas palabras, el núcleo central de la historia, el conflicto con que deberán encallar los dos principales personajes. Estamos en la Inglaterra de 1962 –justo antes de los cambios sociales que habrían de venir–, Edward y Florence sacaban de casarse y se disponen a cenar en el hotel, situado al borde de Chesil Beach, donde pasarán la noche de bodas. Una violinista de buena familia y un aspirante a historiador de clase obrera –caracterizado por resolver a golpes los problemas– que pese a las diferencias han optado por compartir la vida. Y el concepto de noche de bodas que recupera aquí todo el sentido que había tenido en otros tiempos: el de una primera vez que, en la novela de McEwan, es sinónimo de movimientos torpes, de fracaso, de platos rotos.

img_art_12842_4860En pocas páginas –y, en consecuencia, con una economía de recursos realmente destacable– McEwan es capaz de trazar las líneas maestras de la psicología de los dos miembros de la pareja, los miedos y las inseguridad que los atenazan, los deseos que los mueven, la ceguera o la ingenuidad con que se encaran a una situación nueva y, en consecuencia, desconocida. Un dibujo en el que lo que no se dice o lo que no se hace tiene tanta o más importancia que lo que es de forma explícita. La brevedad implica contención, y McEwan ha usado las palabras justas, y sólo las justas; nada es superfluo. Por el contrario, cada frase puede leerse en clave simbólica, y desde este punto de vista abrirse a líneas temáticas diversas: la educación de cada sexo, especialmente de la mujer, las diferencias insalvables de clase, la manera como la época marca los personajes, la incomunicación, la relación entre la felicidad y la ambición, etc.

Quizás hubiéramos preferido que el autor hubiera cerrado la novela justo en el momento que termina la historia que se narra; que hubiera evitado, así, esa especie de epílogo que, por momentos, recuerda el esquema previsto de otra novela, tal vez inicialmente más extensa, en la que todo está absolutamente delimitado, y todas las piezas del rompecabezas acaban finalmente por cuadrar. En el caso de la novela de McEwan, resultado de un proceso de aceleración del tiempo narrativo en las últimas páginas, una técnica simplificadora con que se pretende dar algunas pistas de cuáles serán los caminos que seguirán los dos personajes a partir de aquella noche. Y así, si McEwan cuenta unas pocas horas en las primeras cien páginas de la novela,  cuenta un buen puñado de décadas en las últimas diez.

En cualquier caso, una historia sencilla pero emotiva; y, sobre todo, muy bien narrada. Con el trasfondo del paisaje idílico de la playa de Chesil como símbolo del contexto en el que se encuentran los dos personajes y de lo que este marco les exige. Una exigencia que no se corresponde con su preparación y, tal vez, no del todo tampoco con sus deseos. Ir hasta allí para volver de vacío –o, peor aún, para volver con las manos llenas de los pedazos de un objeto que era tan valioso– es el más cruel de los destinos que se puede dar a este hotel al borde de la playa.

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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El Café de l'Òpera

El Café de l’Òpera

Anoche, conversando con mi hermano, evocamos la época vivida en Barcelona. Recuerdos imborrables de unos años repletos de sueños e ilusiones… Hablamos de amigos, ciudades, personajes. Él no se acordaba muy bien de un lugar que a veces nos gustaba frecuentar: un café bohemio en plena Rambla. Un café propicio para las tertulias, especialmente atractivas para él, que tanto ama la literatura. Yo le mencioné el nombre de ese emblemático local, un local que sigue manteniendo su encanto y su sabor. Me pidió entonces que escribiera algo sobre ese Café bohemio, cosa en realidad imposible. Imposible en dos sentidos: por un lado porque en el fondo se trata de algo así como de que trace la biografía de un mito. Y un mito es imposible de biografiar, de racionalizar. Se me dirá que el Café de la Ópera, –o Café de l’Òpera, que es su nombre en catalán– es un mito grande en una ciudad grande, pero, guste o no, la existencia del mito pervive. Y dada la existencia del mito, yo en todo caso tendría que hacer como Levi-Strauss cuando analizó hace años las extrañas y variadas mitologías que se han ido creando a lo largo del tiempo: o sea, utilizar el pensamiento salvaje. Es decir, un pensamiento sin rodeos, en caos, en fuga, en irracionalidad, en alucinación, en el lenguaje imposible del goce y del dolor. En una palabra , el orden del caos de la noche, porque en cierto modo el pensamiento salvaje está unido al pensamiento de la noche, y en la noche se cruzan todos los caminos.

¿Cómo biografiar entonces a un mito sino a través de los desplazamientos de un sueños sin fin, un sueño que nos ha mantenido despiertos durante más de 30 años?

Por supuesto que hay otra manera de analizarlos: reduciéndolos a su esqueleto. Eso fue lo que hizo por ejemplo Borges al estudiar en profundidad nuestro mito occidental por excelencia. O sea, la guerra de Troya. Borges se reía: ¿Cómo es posible que tanta muerte y tantos años de lucha se produjeran sólo porque una muchacha ‘fácil’ llamada Helena se hubiera ido de casa con un niñato rubio y además ambiguo llamado Paris? ¿Cómo la historia de aquella ramera se había convertido en nuestro mito? Obviamente porque la cantó la Musa, y ya se sabe lo que son las Musas cuando se ponen a cantar. Casi como las sirenas de Ulises: cantan para atraerte y despedazarte.

Pero el Mito de el Café de la Ópera no lo creó el canto de las musas o de las sirenas. El mito de el Café de la Ópera lo creó sencillamente eso: la realidad ilusoria de que el tiempo no te atrapa sino, al contrario, que eras tú quién podías atrapar al tiempo, mientras el tiempo se bebía otro whisky, con poco hielo, por favor.

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Otro de mis autores favoritos, Robert Graves, también descarnó el mito de Troya, entre bromas y veras, en un delicioso librito donde se nos dejaba intuir otra verdad más dura: en realidad tantos muertos y tantas batallas no se produjeron por Helena, sino por la necesidad de controlar el comercio del Mar Negro.

¿Se destruye así el mito? En absoluto. Íbamos al Café de la Ópera, ese pacífico campo de batalla, para restablecernos de las heridas del trabajo o del estudio diario, de nuestras vidas sin demasiado sentido, y encontrarnos aquí, donde nos hacíamos la ilusión de que podíamos establecer otro mundo, otro lugar donde nosotros fuéramos realmente dueños de nuestras vidas y nuestros destinos. A ese otro mundo lo llamábamos conversar.

Porque en el Café de la Ópera se podía atrapar el tiempo, la otra atracción auténtica de este lugar fue convertirse en el espacio de la palabra. O del silencio. Obviamente, sin conversación, sin palabras no hay tertulia posible. La palabra nocturna crea el espacio vivo de la magia real. Los sueños se van abriendo paso poco a poco. El mundo de la literatura está lleno de tertulias famosas. Pero esas tertulias eran restringidas, círculos de iniciados, la palabra se sostenía en labios de unos pocos.

En el Ópera la palabra se fue haciendo poco a poco algo real. Igual que las soledades y las compañías femeninas. Igual que los gestos, las imágenes, los sitios en que cada uno se sentaba o se acodaba en la barra.

El tiempo se detenía, la palabra se hacía palpable, los cuerpos y los gestos se reconocían… Nos reconocíamos tanto que inevitablemente algo tenía que surgir de aquel “otro trabajo” de palabras y de ideas. Hasta en el exilio, decía Brecht, hay que saber regar el pequeño árbol del jardín. ¿Florecerá el árbol?, se preguntaba Brecht. No importaba. Lo importante era el empeño. Y en este exilio interior que habíamos elegido (casi paralelo al exilio cada vez menos exterior de muchos) comenzaron a surgir cosas.

Un tipo de cosas que suponía una especie de reinauguración de la vida, y que era la que arrastraban los mayores, los que venían lamiéndonos las heridas de la lucha por la democracia. Nos habíamos quedado en hueco, como un vacío por dentro, como unos ojos que, al modo de la obra de Duchamp, sólo veían a través de la cerradura; o, al modo de las esculturas de Calder, láminas débiles y quietas que sin embargo se movían con cualquier soplo y hacia ninguna parte.

La soledad de lo colectivo, la orfandad de lo común y compartido, la necesidad de rellenar ese hueco, ese vacío, fue una de las primeras cosas que nos llevaron al Café de la Ópera o a El Cuatre Gats. Y así, casi sin darnos cuenta, fuimos adquiriendo unas curiosas señas de identidad. Por supuesto que era una manera especial de vivir el momento que se extendía por toda España, pero las señas d identidad del famoso Café de la Ópera se habían convertido ya en una especie de rito cotidiano. Y aunque poco a poco cada uno se fue acostumbrando de nuevo a la verdad indestructible de su propia soledad , el mito y el rito de ese local siguió existiendo, casi sin necesidad de nombrarlo.

Así pasaron varios años. Pero un día, cualquier día, apareció el alba y fue como si se desvaneciera el sueño y el tiempo no quisiera tomar ya tragos con nosotros y la palabra se hubiera convertido en susurro. La memoria y los sueños siempre mienten. Nuestra vida está hecha de la materia con la que se tejen los sueños, nos avisó Shakespeare como nadie. Muchos de mis sueños se han quedado impregnados en las paredes de el Café de la Ópera y en otros muchos lugares entrañables de Barcelona. Por eso he dejado hablar a mis sueños. De modo que hoy me reencuentro con ellos. Volver es un tango inolvidable. Y esta noche sé que he vuelto al Ópera… He vuelto durante unas horas a mi querida Barcelona.

L. Ximénez de Notal

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Arquitecto, claro está, pero también diseñador de interiores, de muebles, de servicios de cristal; historiador del arte, dietista, gastrónomo, maestro artesano, connaisseur musical, estilista y, por supuesto, experto en moda. Todo esto habría que ser para lograr comprender correctamente a Adolf Loos. Y es que Loos no solo fue un arquitecto genial, sino además (sus propuestas arquitectónicas surgen de la misma fuente) lo que se podría llamar un crítico de la cultura con pretensiones pedagógicas modernizantes, un sabelotodo con ínfulas de profeta reformador, un “civilizador”.

Adolf Loos nació en Brno, entonces perteneciente al imperio austrohúngaro y hoy a la República Checa, en 1870. Hijo de un picapedrero y escultor, estuvo desde su infancia expuesto a las ideas que definieron su vida creativa: la pasión por las formas y los materiales, y un cierto pragmatismo antiartístico de artesano, que marcó permanentemente su actitud profesional (en su ensayo “Arquitectura”, de 1910, escribe: “¿Así que la casa que no tiene ninguna relación con el arte y la arquitectura no puede ser contada entre las obras artísticas? Es precisamente de este modo”, y completa con la explicación: “Un arquitecto es un albañil que ha aprendido latín”).

Después de interrumpir sus estudios de arquitectura viajó en 1893 a los Estados Unidos, de donde regresaría tres años más tarde ebrio de espíritu americano y con un propósito muy claro: civilizar a Europa, o al menos a Austria, o al menos a Viena, de una vez por todas. Así, al tiempo que hacía sus primeros pinitos como arquitecto, se dedicó a dar conferencias y escribir en diferentes lugares sobre temas que van desde cómo se desayuna correctamente y en qué medida el uso del salero es una cuestión de vida o muerte, hasta cómo se ha de decorar adecuadamente una casa y –en su ensayo más popular: “Ornamento y delito”, de 1908– por qué las construcciones modernas han de prescindir de todo ornamento innecesario. En 1903 fundó Das Andere (“Lo otro”), cuyo subtítulo demencial reza: “Una revista para introducir la cultura occidental en Austria”.

Loos, por supuesto, fue durante toda su vida un personaje polémico. Se casó y se separó tres veces, mantuvo debates incansables y abusivos con otros clásicos de la arquitectura de su tiempo y jamás dejó de intentar “educar” a punta de burlas, patadas y teoremas tiránicos a sus contemporáneos. Pero también fue un respetado y temido gurú de la frenética Viena del cambio de siglo, y entre sus amigos más íntimos se contaban Oskar Kokoschka, Arnold Schönberg y Karl Kraus, aquel otro gran polemista y cascarrabias de la historia intelectual europea del siglo XX. Después de una vida intensa y peleona, Loos murió cerca de Viena en 1933, famoso, solo y (¿podría ser de otro modo?) completamente sordo.

La lista de obras arquitectónicas de Loos es extensa: incluye el American Bar (1908), en completa rebelión con la apacible tradición del café vienés; un centro comercial en el corazón de Viena (1911), cuya construcción produjo debates comparables con los que provocaría actualmente el rumor de la privatización de una universidad pública; o casas sorprendentes como la construida para Tristan Tzara en París (1925), la Casa Moller en Viena (1928) y la Villa Müller en Praga (1930).

Si acaso es posible resumir en pocas palabras las propuestas arquitectónicas de Loos, sería a través de dos peculiaridades novedosas: las fachadas lisas, limpias, anónimas, que van incluso en contravía de la obsesión por el metal y el vidrio de la Bauhaus; y el llamado Raumplan, la planeación de interiores que están divididos en diferentes niveles, tienen distintas alturas y están desvinculados de una planta continua, lo que resulta en una riqueza espacial que “aumenta” sorprendentemente la más pequeña superficie interior.

Sus biógrafos nos informan que a su regreso de los Estados Unidos, Loos, sin un peso en el bolsillo, pasó primero por Londres y se hizo confeccionar varios trajes por los mejores sastres de la ciudad. No se sabe cuándo ni cómo logró informarse tanto y tan bien sobre cuestiones sartoriales, pero aquí también se consideraba un elegido con derecho a establecer leyes inmarcesibles. “La moda masculina” no es el único texto de Loos al respecto –escribió también sobre la ropa interior, la modernidad de los sombreros, la historia del calzado, la moda femenina–, pero en su ánimo prácticamente filosófico es uno de sus mejores y más representativos ensayos pedagógico-dictatoriales. Por lo demás, en estos tiempos trastornados en que vestirse bien es casi una señal de estar pasado de moda, sin duda tenemos mucho que aprender de Loos.

 

“Tabu”, o bien “Tapu” de los polinesios, significa lo sagrado, lo que no se puede tocar. Desde el punto de vista de la antropología, un tabú se define como una poderosa norma que prohibe y cuya transgresión ocasiona profundas y generales reacciones de repulsa –si no de horror– en la comunidad.  Significa, asimismo, una terrible ofensa al hombre y en muchos casos a los entes divinos.

"El pecado original", fresco de Michelangelo Buonarroti en la Capilla Sixtina

En todas las sociedades encontramos prohibiciones que se imponen al comportamiento humano. Los hábitos alimentarios son objeto frecuente de tabú en muchas culturas; por todos es sabido que tanto musulmanes como judíos tienen vedado el consumo de carne de cerdo. Si examinamos las costumbres de ciertos grupos étnicos amazónicos, nos encontraremos con multitud de normas de prohibición de alimentos que pueden resultarnos, cuando menos, curiosas. Así, entre los “Shuar”, más conocidos en España como “Jíbaros”, reductores de cabezas, está vedado el consumo de carne de ciertas especies animales como el venado, puesto que es la encarnación de un espíritu maléfico. Otros animales son considerados tabú solamente durante una etapa de la vida y bajo ciertas circunstancias; por ejemplo, las madres shuar deben evitar comer ciertos alimentos porque podrían perjudicar seriamente la salud de sus hijos lactantes o de corta edad, de tal manera que si consumiesen el pez “namaku”, sus hijos podrían contraer anemia y raquitismo.

No solo los alimentos, sino amplias parcelas del comportamiento humano y también períodos concretos de la vida, pueden ser objeto de tabú. Con respecto a este último punto, la pubertad femenina debe considerarse como una etapa crítica sobre la que muchas sociedades levantan tabúes: la asociación mujer en período de menstruación=impureza, está presente en gran número de culturas, incluso nuestra tradición judeo-cristiana afirma tajantemente este hecho. Entre algunas tribus, como los indios acarreadores de la Columbia Británica, las primeras menstruaciones imponen a la joven la obligación de apartarse del grupo, durante años incluso, y además, debe informar de su presencia a gritos, siendo su poder contaminante tal, que el mero contacto y aún su mirada puede infectar personas, ríos y sendas. Sin embargo, no todas las sociedades se comportan de tal modo; así, tenemos que los apaches no solamente no consideran tabú a la joven durante este período, sino que se la constituía en objeto de veneración y fuente de bendiciones para el grupo.

Se podrían apuntar una larga relación de prohibiciones instituidas por el hombre y constataríamos qué distintas y qué contradictorias son unas de otras. Pero, centrándonos ahora en la conducta sexual humana, nos encontramos con un hecho general y es que en cualquier cultura hay normas que impiden la relación sexual con determinadas personas y, sobre todo, con determinados parientes; es decir, hay tabú de incesto, pero aún subsisten las diferencias entre una sociedad y otra en cuanto al grado de parentesco al que afecta la prohibición.

¿Por qué tal prohibición? ¿Por qué el horror a la transgresión? ¿Por qué la repulsa universal? Algunas de las respuestas que se han alcanzado hasta el momento se podrían resumir así: el tabú del incesto distingue lo animal de lo humano, introduce la diferencia entre personas prohibidas-accesibles, instituye un orden inicial sobre el que se construyen las relaciones sociales, obliga al hombre a trascender su propio grupo, a relacionarse con otros distintos de sus consanguíneos; es decir, le obliga a la exogamia, a “buscar mujer fuera”, en definitiva, a establecer alianzas con otros grupos que podrían ser sus virtuales enemigos. Desde el punto de vista de la psicología individual, hay quien explica que es preciso romper el deseo de permanecer atado pasivamente a la madre para lograr progresos en la construcción de la propia identidad y de la propia individualidad. Aparte, están las interpretaciones del tabú desde la biología en el sentido de que es perjudicial para la especie mezclar material genético entre parientes cercanos.

Se podría objetar a todo lo anterior que los faraones del antiguo Egipto y los Incas del Perú mantenían relaciones incestuosas, pero la objeción podría servir para apuntalar lo antes dicho, ya que solamente las clases sociales gobernantes podían hacerlo; clases gobernantes que se conceptuaban como divinas, reyes-dioses, entes no humanos, encarnaciones divinas que se mantenían fuera de la sociedad de los hombres y la dominaban, pero que no se sometían ni a sus prescripciones ni a sus leyes. Lo que no se permite al hombre común es lícito para la encarnación del dios.

El desdichado, el ignorante Edipo se casó con su madre Yocasta y mató a su padre Layo. Cometió los dos grandes crímenes. No es de extrañar, pues, que se sacase los ojos, no sólo para no ver sus horribles acciones, sino, quizá, para rehuir la mirada acusatoria de toda la humanidad.

El 3 de junio de 1924 moría cerca de Klosterneuburg, Austria, Franz Kafka. Hoy, al recordarlo, comprobamos que el mérito de Kafka –a quien el autor catalán Eduardo Mendoza califica de “mal escritor” — va más allá de la mera transmisión de obsesiones. Su obra intenta, anticipando el peligro de las demandas extremas de una época, señalar brechas que vindiquen la autenticidad individual dentro de ese consenso siempre ambiguo de justicia social. El malestar que la obra genera alude a la necesidad de cambio aunque éste por ningún lado se vislumbre. Sus textos no ofrecen soluciones prácticas precisamente por aludir a la urgencia de esta necesidad.

La complejidad del problema es magnificada a través del dilema que El Castillo presenta: revolucionar un sistema en el que impotencia y poder se complementan casi a propósito, constituye de por sí una imposibilidad lógica. Este problema –observa W. G.  Sebald–, que ha tenido desde Kleist y Büchner un sitial de honor en los trabajos más radicales de la literatura alemana, fue repetidamente tratado por Kafka; y quizá de manera más perceptiva, en la parábola de las viejas y oxidadas pistolas de juguete que nadie está dispuesto a tomar.

El escritor austriaco Thomas Bernhard, decía: “Cuando se abre uno de mis libros, ocurre lo siguiente: hay que imaginar que se está en el teatro.” Se podría decir lo mismo en cualquier libro, de cualquier autor. Toda novela pone en escena un tipo de teatro. Kafka, sin embargo, hace de este elemento de la representación literaria  una evidencia convincente para el lector. Se trata siempre de una representación de la representación.

La manera en que Kafka trata de representar el dilema parece implicar que una revolución es sin embargo necesaria y más imperativa mientras más imposible sea traducir su idea en práctica. Punto medio entre realidad social y utopía, la invariable, ahistórica y mística secuela de impotencia y poder requerirá necesariamente una solución dialéctica especial generada a partir y dentro de los parámetros de los enunciados kafkianos, única manera de resolver y superar esta situación sin salida aparente. Kafka postula la existencia de una esperanza aunque sea como posibilidad ajena al individuo. Ello explica en parte sus esfuerzos cabalísticos y mesiánicos, en los que la vida podría desdecirse emergiendo como hermoso deseo extraído del dolor del vacío. Gajes de oficio, especulaciones y búsquedas. Frente a una exposición de Picasso, Kafka le comentó a Gustav Janouch que el arte era un espejo que, al igual que algunos relojes, iba adelantado. Mientras tanto, anticipadora del presente, la obra de Kafka está destinada a perpetuar en cada uno de sus lectores sus lecciones prácticas.

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Nuestro generoso e incansable amigo Funkoffizier, de El mar qué gran tema para hablar, vuelve a premiar a este Faro, lo cual nos llena de orgullo y agradecimiento.

PREMIO CAMPANHA DE AMIZADE

Agradecemos profundamente a Jon Kepa, creador del blog Enseñanzas Náuticas el habernos concedido el premio Campanha de Amizade. Muito obrigado, amigo.

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

PREMIO A LA HONESTIDAD

Premio a la Honestidad_thumb[1]

El Grand Chef de Oídococina!, ha tenido la gentileza de obsequiarnos con un exquisito plato recién salido de sus creativos fogones. Le quedamos enormemente agradecidos por este hermoso detalle.

UN REGALO DE 'TINTERO Y PINCEL'

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Nuestra admirada amiga María, cuyo talento artístico puede comprobarse en su blog Tintero y Pincel, nos ha honrado con este simpático "Cracking Crispmouse Bloggywog Award". Un detalle que le agradecemos de todo corazón.

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SANTIAGO DE CHILE

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TIERRA SENTIDA

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OBRAS DEL ARTISTA SEBASTIÁN MÁRQUEZ

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BARCELONA

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