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La capital británica aparece como telón de fondo en innumerables novelas. Si hay un escritor que ha convertido a Londres en un personaje más de su obra, ése es sin duda Charles Dickens.

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Poco queda, sin embargo, del Londres victoriano, oscuro y maloliente de Oliver Twist. Tampoco la niebla que envuelve la ciudad de vez en cuando es tan espesa como la descrita en Casa desolada, ya que el origen de aquélla era el humo de las chimeneas y de las fábricas de la revolución industrial que Dickens retrató prolijamente.

Lo que sí se puede visitar es la Casa Museo Dickens, ubicada en el distrito de Holborn, donde el escritor vivió desde 1837 hasta 1839 y pudo escribir Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist y Nicholas Nickleby. El edificio alberga una exposición permanente sobre Dickens, así como exhibiciones temporales de artistas contemporáneos.

El novelista está enterrado en el Poet’s Corner, en la abadía de Westminster, donde también podemos encontrar las tumbas de Rudyard Kipling y Alfred Tennyson, entre otros, y monumentos conmemorativos a Oscar Wilde y a John Keats.

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En Hampstead se puede visitar la Casa Museo de John Keats, donde el poeta se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas. El museo cuenta con una colección de escritos, dibujos y cartas, además del anillo de compromiso de la pareja, y la máscara mortuoria del poeta, que falleció de tuberculosis a los veinticinco años.

Keats escribió Oda a un ruiseñor, uno de sus poemas más conocidos, a la sombra de un árbol del jardín. A pesar de que su carrera literaria se vió truncada por su temprana muerte, el autor de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas es en una de las figuras más destacadas del romanticismo.

Durante los siglos XVIII y XIX, Hampstead atrajo a artistas, escritores y a personas acaudaladas. Además de Keats, otros insignes escritores que vivieron en Hampstead fueron Robert Louis Stevenson, D.H.Lawrence, Mary Shelley y George Orwell. Éste último trabajó durante un tiempo en una librería de South End Green en Hampstead, “The Booklover’s Corner”: En 1936 publicaría un ensayo sobre aquella experiencia (Bookshop Memories). La librería ha sido sustituida por una pastelería, pero en el exterior hay una placa conmemorativa al autor de 1984.

En Hampstead también vivió Sigmund Freud. La que era su casa alberga hoy en día el Museo Freud.

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Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

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El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

Decir que a las librerías españolas llegan anualmente unos pocos libros de autores noruegos sería una exageración por mi parte. Simplemente, no llegan. Así que a la satisfacción que me produjo hace años la lectura de El cuchillo en la garganta, –la primera novela de Kjartan Fløgstad traducida al español — se une ahora el placer de haber descubierto otra de sus más recientes obras, Paraíso en la tierra.

Este libro –el segundo que se publicó en España de uno de los autores escandinavos más importantes en la actualidad–, innovador en la forma y que deja patente su consabido interés por la literatura en español y por Chile en particular, es una novela en donde reúne parodia, novela social y tendencia a los aforismos con una prosa que hace que se le pueda reconocer sin rodeos como uno de los más notables narradores europeos contemporáneos.

Poeta y traductor, autor de una peculiar historia de la emigración noruega a Iberoamérica, Fløgstad crea en Paraíso en la tierra un protagonista chileno, José Andersen, que emigra de Noruega en busca de las raíces de un padre que no conoció y, a la vez, de un porvenir esquivo. De Chile a Noruega, de una cultura a otra, de un rincón del mundo a otro en un viaje hacia delante y hacia atrás con la única herencia de una biblioteca repleta de autores nórdicos y citas de literatura hispanoamericana.

La intensidad de Kjartan Flogstad en este escrito es a vida o muerte. Un relato a bocajarro, con una cadencia rápida, fragmentada y asfixiante, una verborrea martilleante sobre el viaje de José Andersen en busca de sus raíces, en busca de un inexistente edén.

También es un libro sobre la supervivencia. Sobre cómo superar múltiples adversidades, a una infancia marcada por la figura de un padre extranjero en el norte de Chile. Sobre la búsqueda de la identidad, de la herencia de un progenitor. Es un viaje que empieza en un bar en Oslo, cruza la costa noruega y acaba en el fondo de un pequeño lago en el corazón de Europa. Pero, sobre todo, es una historia sobre la búsqueda de raíces. El autor, profundo conocedor del mundo latinoamericano aprovecha para criticar, con humor y cariño, a sus compatriotas noruegos, a la vez que nos introduce en la reciente historia de Chile.

Kjartan Fløgstad se dio a conocer en la década de los sesenta como poeta lírico; desde entonces, su obra literaria, que ronda los cuarenta títulos, ha tocado géneros y técnicas muy diversas. Ha sido traducido al inglés, al alemán, al francés y al español.

Gran Manila es la última novela de Fløgstad traducida a nuestro idioma, una historia sobre la vida cotidiana en una pequeña localidad noruega que gira en torno a la fábrica que la multinacional norteamericana Union Carbide instaló en la localidad. Así, su pequeña historia correrá pareja a la del resto de los trabajadores de la corporación por todo el mundo: Estados Unidos, la India… transformándose en las páginas de esta absorbente novela coral en la historia social del siglo XX. El autor vuelve a mostrar con esta novela su potente escritura, su afilada crítica social y su magnífico retrato de las transformaciones del mundo y la subjetividad contemporáneos.

 


El Faro del fin del mundo publicó, en febrero de 2008, un artículo sobre este escritor titulado Kjartan Fløgstad, el cosmopolita de los fiordos. Puede leerlo AQUÍ

Por Mario Alvarado

Cour de Marbre -- Château de Versailles

Cour de Marbre — Château de Versailles

Ya Francisco Salvador estaba en la Cour de Marbre, presto a entrar al palacio. Sobre su cabeza, la balaustrada que coronaba el frontis del palacio y alrededor de la Cour de Marbre y la Cour Royale, dieciocho estatuas lo vigilaban, representando las catorce virtudes reales y las cuatro partes del mundo, África, Asia, América y Europa, porque la gloria del Gran Rey debía ser conocida en todo el universo. Las estatuas lo miraban entre inquietas y sorprendidas. Largo tiempo fue esperada su llegada y ahora que estaba allí, las estatuas no sabían como reaccionar y lo miraban a hurtadillas, comentando al oído, unas con otras, sus inaudibles impresiones. La estatua que representaba a África, intentaba inútilmente escuchar a través de su cabeza de elefante sobre un cuerpo humano, y golpeaba molesta, su pie sobre una cabeza de león, mientras que la que representaba a América iba de un lado a otro de la balaustrada, agitando las enormes plumas en su cabeza y en su cintura, seguida por un cocodrilo que nunca la abandonaba, tratando infructuosamente de entender lo que oía porque no hablaba francés… Pero nada de esto se dio cuenta el joven estudiante.

Francisco Salvador ingresó con decisión al vestíbulo desde donde arrancaba la Escala de la Reina hasta los Grands Appartements. Esta escalera había sido construida con finos mármoles policromados, a excepción de los peldaños que eran de piedra. Era ésta una escala noble y majestuosa, pero de ningún modo comparable a su hermana mayor, la antigua escala de Los Embajadores.

Esta se encontraba exactamente en la entrada opuesta, al frente de la Escala de la Reina, siempre manteniendo el equilibrio, la simetría y la correspondencia, y daba acceso a los Grands Appartements del Rey. Esta escala estaba hecha de mármoles franceses, rojos, verdes, blancos y grises. Este acceso era usado por los embajadores cuando presentaban sus credenciales al Rey y era la entrada oficial al piano nobile de Versailles, donde se encontraban la serie de estancias que constituían los apartamentos del Rey.

Grandes momentos vivió la Escala de Los Embajadores, recordó Francisco Salvador, como esa vez en que Louis XIV, desde lo alto, le dio la bienvenida al Grand Condé, que acababa de derrotar a William de Orange en la batalla de Seneffe. Este evento marcó el fin de casi quince años de exilio decretados en contra del Grand Condé por el Rey, como castigo por intentar una rebelión contra él.

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“La magia de una palabra —DADA— que ha puesto a los periodistas ante la puerta de un mundo imprevisto, no tiene para nosotros ninguna importancia”

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El “Manifiesto Dadá” escrito por Tristan Tzara y publicado en 1918 en el número 3 de la revista DADA de Zurich, es el primer manifiesto del movimiento dadaísta. Otros textos importantes para la historia del dadaísmo son: el “Manifiesto sobre el amor débil y el amor amargo“, también de Tzara, leído en París el 12 de diciembre de 1920 en la Galería Povolozky y publicado posteriormente en el número 4 de la revista “La vie des lettres” también de París y la plaquette de ocho folios sin numerar “La premiere aventure celeste de Mausleur Antipyrine“, que Tzara escribió y publicó en Zurich en 1916.

Ahora bien, el manifiesto de 1918 es sin duda alguna el texto más significativo de los que publicó el artista rumano y el más explícito en sus intenciones.

Vivió casi toda su vida en Francia y fue uno de los autores más importantes del movimiento Dadá, que fundó junto con Jean Arp y Hugo Ball, una corriente artística de vanguardia, totalmente revolucionaria en el sentido de que buscó romper con todos los parámetros establecidos a lo largo de la extensión de la historia del arte occidental, tanto que hoy día es catalogada como “antiarte“. El Dadá fue una especie de padre fundador para gran cantidad de movimientos artísticos, entre ellos el surrealismo, el estridentismo, y en cierta medida el Arte Pop de los años 60.
 
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El movimiento dadaísta se originó en Zúrich, durante la I Guerra Mundial;  Tzara (llamado también Izara) escribió los primeros textos Dadá — La Première Aventure céleste de Monsieur Antipyrine (“La primera aventura celestial del señor Antipirina”, 1916) y Vingt-cinq poèmes (“Veinticinco Poemas”, 1918), así como los manifiestos del movimiento: Sept manifestes Dada (“Siete manifiestos Dadá”, 1924). En París organizó, con sus compañeros de movimiento, espectáculos callejeros plenos de absurdismo para épater le bourgeois, “escandalizar a la burguesía”, y dio un poderoso impulso a la escena dadaísta. Hacia fines de 1929 se embarcó en el recién inaugurado movimiento surrealista de André Breton, Louis Aragon y otros autores; dedicó grandes esfuerzos a intentar conciliar las doctrinas filosóficas nihilistas y sofisticadas del movimiento con su propia afiliación marxista. Participó activamente en el desarrollo de los métodos de escritura automática, entre ellos el collage y el cadáver exquisito. De esa época data su libro   L’Homme approximatif  (“El hombre aproximativo”, 1931).

Durante la II Guerra Mundial se incorporó a la resistencia francesa; tras obtener la ciudadanía en 1947, se afilió al Partido Comunista Francés. Su militancia se extendería hasta 1956, cuando, tras la invasión de Hungría por las tropas soviéticas para apagar la revuelta popular, se apartó del partido. Su obra de la época es característicamente compleja, aunque más convencional que en su juventud; en ella destacan Parler seul (“Hablar solo”, 1950) y La face intérieure (“El rostro interior”, 1953). cuando él fue dadaísta.

Murió en diciembre de 1963 en París, y fue enterrado en el cementerio de Montparnasse.

El mundo es una realidad que nos envuelve y que nunca es unívoca. El mundo no es un solo mundo sino muchos, es un enorme monstruo de mil caras que nos va mostrando alternativamente en un juego que nunca termina. La realidad es múltiple y avasalladora y eso ya lo sabía Lázaro de Tormes que aprendió muy pronto a fingir para poder comer, a mantener la boca cerrada para medio llenar el estómago.

Anders –el niño berlinés protagonista de la novela “Pavel y yo”– también aprende muy pronto que hay que fingir, callar y mentir para seguir viviendo, para poder descubrir la verdad oculta o tan solo una media verdad que dé sentido a las cosas. Anders, –como el soldado Pavel, con el que mantendrá una hermosa y sólida amistad– mira al mundo pero no lo comprende, no logra descifrar las actitudes cobardes, las inhibiciones, los silencios que hay a su alrededor y por eso se convierte en testigo y transcriptor, casi sin saberlo, de esa parte del mundo que le ha tocado vivir. Pavel y Anders sólo tienen en común la soledad y quizás también el deseo desmedido (como lo es siempre el deseo) pero legítimo de ser gigantes en un mundo de enanos, de ser ellos mismos en medio de la mediocridad y el hambre que les obligan a ser unas simples sombras encerradas en sí mismas y cuya única salida válida es el sueño. Porque ¿qué son sino un sueño la plumilla y el tintero para Anders? Ciertamente son los instrumentos de un sueño, de una salida, de un escape y al mismo tiempo los generadores de una constante angustia, la constante presencia de un imposible porque realidad y deseo son dos cosas distintas siempre.

“Pavel y yo”, del escritor canadiense de orígen checo Dan Vyleta, es el relato de la infancia y adolescencia de una de tantas víctimas vivientes del Berlín en ruinas ocupado por los aliados tras finalizar la II Guerra Mundial. A través de sus vivencias y de sus deseos no cumplidos, Vyleta traza el retrato de un Berlín tan vencido como el mismo adolescente. La ciudad en esta novela se agranda y crece hasta ser tan real y tan viva como el muchacho al que acompaña siempre de la mano. Niño, soldado y ciudad a veces parecen ser la misma cosa.

La cara del mundo que nos enseña Anders es la de la miseria y el ahogo de un mundo estrecho y enigmático en el que se obliga a las personas a vivir de espaldas a sí mismas. Es una cara del mundo que no hay que olvidar nunca, a pesar de que se han escrito muchas novelas cuyo tema central está ligado a la despiadada guerra desatada por Hitler; pero quizá ninguna como la de Dan Vyleta, que sabe transmitirnos no sólo la historia de una vida sino también un clima, un ambiente en el que todo está claro y confuso al mismo tiempo, tal como lo estaban las conciencias y las vidas de todos cuantos vivieron en aquellos oscuros años.

Tánger, conocida como la Puerta de entrada a África, es una de las más vibrantes, misteriosas e interesantes ciudades de Marruecos. Y tal vez del mundo. Ubicada a tan sólo 60 kilómetros de Gibraltar, y a 14 kilómetros de Tarifa (España), no es una ciudad estrictamente marroquí, europea o africana; es una mezcla de las tres culturas que la habitan (la musulmana, la judía y la cristiana)… tiene unas influencias internacionales muy marcadas, y una arraigada leyenda literaria y artística que atrae a numerosos visitantes extranjeros.

Esta ciudad bañada por el mar –que fue Zona Internaciona hasta la total independencia de Marruecos–, era (y en cierta medida sigue siendo) hogar y refugio de artistas, escritores, enigmáticos personajes procedentes de los más variados países y aventureros de todo tipo. Tal vez por eso, Truman Capote la definió como la ciudad “Ragamuffin”.

La mítica Tánger, a la que los árabes llaman “Tanjah”, alcanzó su máximo esplendor durante los años 50. La gente venía de todas partes, especialmente de Europa y de los Estados Unidos, encaprichados por su reclamo exótico, libertino y encantador; todos en busca de una vida más libre, algunos de ellos para no volver a casa… Tal fue el caso del escritor norteamericano Paul Bowles, autor –entre otras muchas– de la novela El cielo protector, llevada al cine en 1991 por Bernardo Bertolucci. Las huellas literarias de los grandes nombres que durante mucho tiempo residieron en ella no se han borrado del todo.

Tánger también atrajo a literatos como Oscar Wilde, Andre Gide, Truman Capote, Jean Genet, Jack Kerouak, William Burroughs, Juan Goytisolo, Samuel Beckett y Tenesee Williams entre otros muchos, así como a pintores de la talla de Henri Matisse, Francis Bacon, Cecil Beaton o el chileno Claudio Bravo; millonarias caprichosas como Barbara Hutton (cuyas sonadas fiestas en su mansión de las colinas nada tenían que envidiarle a las organizadas por Aristóteles Onassis). Con sus bazares y ‘bakalitos’ tradicionales, cafeterías de estilo parisino, serpenteantes y sombrías callejuelas, encantadores de serpiente, locales secretos, músicos y mezquitas, Tánger es un destino irresistible. El Pequeño Zoco (Petit Socco), localizado en el corazón de la ciudad es el primer lugar que se debe visitar. Este es el foco principal de Taánger. También la Kasbah, del siglo XVII, Der el–Makhzen y el museo del Legado Americano. Los Jardines del Sultán es otro de los sitios que deben ser visitado. Sus jardines son asombrosos, una mezcla de hierbas aromáticas, de fragancias, con hileras de limoneros y naranjos, perfectos para un paseo romántico. Igualmente asombrosa es su playa, de 17 kilómetros de longitud y a tan sólo 40 metros de la avenida principal.

Si se dispone de un vehículo se puede realizar un viaje inolvidable alrededor del Atlas, uno de los lugares más impresionantes de Tánger; está rodeado de valles, montes y caminos con espléndidas vistas. La zona del Atlas está muy cerca de Todra Gorge, una increíble estuctura de rocas de 300 metros de altura, rodeado por un río.

La mayoría de los visitantes que viajan a África pasan por Tánger, ya que es el único punto del continente que está en contacto directo con Europa a través de numerosos vuelos y veloces ferrys que apenas tardan una hora en cruzar el Estrecho. Muchas son las excursiones que hasta aquí llegan desde la Costa del Sol, Gibraltar, o la Costa de la Luz.

Esta ciudad mágica y misteriosa –“ciudad de los sentidos” cosmopolita y multicultural, que enamoró y sigue enamorando a tantos artistas y escritores– sigue manteniendo intacta su mítica leyenda.

Hace 130 años que perdimos a Flaubert, pero ¡qué importan las fechas al fin y al cabo! Sí, sin duda alguna colocando al escritor en su contexto, buscando la exacta casilla en la que su nombre encuentra lugar, determinando su posición en la historia de la literatura universal, su figura adquiere volumen y sentido (sobre todo sentido): sus obras son entonces el eslabón que nos permite llegar a Zola y al nouveau roman, el precioso objeto de críticos, historiadores y exegetas; sepultureros al fin.

Pero esta noche –una noche cualquiera– con Madame Bovary o L’éducation sentimentale en las manos, se convierte en el lento, monótono resbalar de las palabras yertas, de las palabras frías, de las palabras muertas. Esta noche, leer a Flaubert puede ser –es– la renovada constatación de que hubo una elección previa, ya muy atrás, que condiciona mi aproximación a los frutos del verbo y me empuja por unos caminos de dolor y de gozo que él rechazó, que él no quiso recorrer pese a haberlos conocido, demasiado humano quizás como para atreverse a emprender el sueño.

Porque, pese a los historiadores y a las fechas, la verdad es que Gustave Flaubert fue procesado dos veces a causa de su obra y que, en realidad (en mi subjetiva, rotunda e inapelable realidad) sólo el primero de esos juicios tuvo verdadera importancia: Flaubert fue condenado a muerte por suicidio y aceptó la sentencia, una sentencia que sólo podía ejecutarse con su entera aprobación.

¿Cómo averiguar qué hubiera sido de su obra si aquella tentación de San Antonio no hubiese merecido de sus jueces pena tan grave? Lo cierto es que cuando Madame Bovary ocupó el banquillo de los acusados lo hizo por un evidente error de apreciación –un error rápidamente subsanado– y con la absolución en el bolsillo. No había, claro está, materia punible, los jueces supieron verlo, pues cualquier veleidad criminal había quedado atrás, muy atrás ya, en la velada que decidió el nacimiento de la Bovary, para curar a su autor del escozor sacrílego de la palabra.

Baudelaire fue condenado donde Flaubert fue absuelto y ello es claro testimonio de la lucidez de la república cuando se trata de desenmascarar a sus enemigos.

Baudelaire fue condenado precisamente porque su opción inicial se había producido a favor de la palabra viva, de la sugerencia, del estremecimiento; Flaubert fue absuelto porque sus libros eran –son – un cementerio. Nada.

Leer a Flaubert esta noche –una noche cualquiera– puede ser, en efecto, la constatación de que existe en el pasado una opción previa.

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Cuando el poeta habla de sí mismo no sólo realiza un acto de amor sino también de poesía, aunque bajo una ineludible condición: que al hablar se crea ciegamente en lo que se dice. Es amor o poesía, pues, únicamente en la medida en que lo dicho se suscriba como una rotunda certeza.

Quisiera poner como ejemplo Je vivrai l’amour des autres (Yo viviré el amor de los otros), la excelente obra de Jean Cayrol que todavía no ha sido traducida al castellano. Toda la primera parte del poemario está marcada por un tema que, por lo recurrente, corre el riesgo de caer en lo obsesivo pero que, gracias precisamente a su reiterada invocación, subraya y da una clara modulación al motivo central: el recuerdo. El constante asedio de los “fantasmas” (léase deseos, temores, sueños anclados a esa memoria del dolor que brinda la ausencia) crea una larga y abierta conversaciónn consigo mismo, un monólogo que a medida que avanza salta destrozado por la súbita y bien calculada irrupción del pronombre ella, con lo cual, al tenor de la adición lírica, cambia el tempo del poema. ¿Qué hacer con todos esos recuerdos –fantasmas, insiste Cayrol– que asedian al solitario?

La presencia de todos los rostros con que la nostalgia disimula su irrupción hace que uno –el evocador– se vuelva sobre sí mismo, que se interrogue aunque sólo sea para comprobar el vano gusto de la archisabida respuesta. Todos esos fantasmas cambian a menudo de forma (su identidad quedó marcada para siempre por el pasado) y devienen indistintamente presagios, dudas, sueños con aroma de flores, con lo cual queda claro que el asedio no siempre es letal e inquietante. 

El autor francés Jean Cayrol

Cuando el pronombre ella irrumpe sugerentemente en el poema toda la causa que anima al monólogo cede parte de su espacio a esa presencia que, merced a la evocación casi sacramental, adviene creando una creciente promiscuidad de cuerpos, dudas, temores y pérdidas. Simultáneamente a la recreación de los gestos afectivos, en muchos de los textos de esta primera parte se filtra un acento marcadamente existencial: el poeta se interroga sobre su íntima condición, sobre su identidad, sobre su fortaleza y la respuesta revela como verdad única los recuerdos y lo que ellos suponen: el ser sólo tiene sentido cuando se lo retrotrae al pasado y es por eso que la nostalgia tortura con más violencia que la más compulsiva de las expectativas.

Jean Cayrol, probablemente sin advertirlo, parece ilustrar con su poesía uno de los tonos más líricos de la prosa de Proust, sobre todo aquél en virtud del cual Swan subraya el sentido vinculante de toda ausencia: “Es en el compañero perdido donde encuentro la plenitud, bien sea porque la fe creadora se ha agotado en mí, bien sea porque la realidad no se forma más que en la memoria.” Si el ser se descubre por la ausencia se afirma también por la presencia en la memoria del cuerpo: ausencia sobre presencia, tal es la dialéctica del autor.

Recuerdo luego existo, parece ser la justificación cartesiana del amante que, en su retiro, se pone a evocar aventuras de solitario, costumbres, vicios, hábitos de hombre abandonado: ligado a una ausencia irremediable, sólo le queda lo que el poeta magníficamente denomina “dolor de porvenir”. Lo que Aristófanes comentaba a sus beodos contertulios en el Symposio platónico viene a ilustrar aquí –a ratificar, más bien– la difícil carrera hacia atrás, en el tiempo y en la nostalgia, del amante que se sabe herido por la ausencia de su complementario. En el extenso poema Voyage mélancolie los amantes huyen de la muerte, se guarecen contra lo que no perdura, perseveran en la unión intemporal: al asedio de la muerte el poeta opone el recurso del renacer en el amor abriéndose cada vez más hacia un recóndito espacio interior, hacia la médula de la afectividad, hacia la noche de la especie y el verbo, en la que ha terminado por replegarse el hombre que, tras revivir los fastos idos, pasa a ser él mismo el súbdito más fiel de su memoria.

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Buscando información sobre mi admirado Vicente Huidobro encontré -en Wikipedia- que él era uno de los grandes exponentes del género nonsense, tal como Eduardo Chicharro, León de Greiff, Julián Ríos, Oliverio Girondo, Jorge Enrique Adoum y Guillermo Cabrera Infante, entre otros muchos.

El nonsense pertenece a una familia más grande de juegos de palabras, donde también cabe incluir a los limericks de Edward Lear, las palabras maleta de Carroll y las greguerías de Ramón Gómez de la Serna, pero la característica más distintiva del nonsense es no tener sentido, ser decididamente absurdo.
Nonsense es una figura literaria que puede ser en verso o en prosa, que busca generar, juegos de palabras que trasgreden las formas comunes de la sintaxis y la semántica, juegos que resultan extraños, comúnmente humorísticos y absurdos. Literalmente “nonsense” significa “sin sentido”.


Dentro de éste género de juego de palabras, me llamó la atención las “palabras maletas” de Carrol -que desconocía- y que consiste en una fusión de dos palabras creando otra nueva de imprevisible significado respecto a las anteriores o, simplemente,  fusión de los significados.
Se me ha ocurrido que sería divertido jugar con mis querid@s amig@s  de éste Faro a crear nuevas palabras maletas,  convencido de que recibiremos un montón de ellas, conociendo el ingenio y capacidad de todos los que  nos visitan.
Para empezar el juego y motivaros, pondré unos cuantos ejemplos sacados del “Diccionario Samsonite” :

Acongojonado: acojonado al cuadrado.
Adúltoro.- Que le pone cuernos a su vaca.
Anocente.- Culo libre de culpa.
Beodoble.- Persona que, por su desmedida afición al alcohol, sufre disfunciones visuales
Broncemado.- Color negrillo que presenta la piel tras una excesiva exposición estival al sol.
Ciberdespacio.- Acceso a Internet que sufren la mayoría de usuarios.
Coñocimiento.- Entendimiento sobre una cuestión femenina.
Demoño.- Diablo, espíritu del mal, con el pelo recogido en la parte posterior de la cabeza.
Dialento.- Variedad regional de una lengua que se caracteriza por su pausada pronunciación.
Estrofado.- Guiso de carne compuesto poéticamente.
Follastero. El que no es de este meuble.
Fugitimo.- Que anda huyendo o escondiéndose de las personas a las que ha timado.
Indiota.- Natural de la India que muere de hambre contemplando una vaca.
Imputada.- Atribución de culpa que fastidia por inmerecida.
Matemágico.- Dícese del problema de aritmética que se resuelve solo.
Mientecato.- Persona necia que falta a la verdad.
Mefistofálico.- Pene diabólico.
Melancoholia :al final de la noche de madrugada (melancolia+alcohol)
Melonmanía.- Afición desmedida por los melones.
Mendiego.- Pedigüeño que se desdice y donde dijo digo dice diego.
Moriburdo.- Que está muriendo, pero de manera tosca y basta.
Neción.- País de gilipollas.
Palizía.- Cuerpo encargado del mantenimiento del orden, a base de caricias, mimos y arrumacos.
Patático: Dícese de aquella persona o circunstancia tan patética que ni siquiera es merecedor de dicho calificativo.
Remera.- Puta con piragua.
Trespiés.- Tropezón del famoso gato al que le buscaron y encontraron el tercer pie.
Trimeo.- Vehículo sin ruedas para mear sobre hielo.
Virgilante.- Persona que está despierta o vela para no perder su virginidad en un descuido.

Jean D’Ovigny


Miranda Otto encabezó el reparto de “La volpe a tre zampe”.

Últimamente, desde Italia sólo llegaban una serie de “bodrios” con formato de libro que, bajo el epígrafe de “nueva literatura” (?), eran en su gran mayoría copias –la mayor parte de las veces pésimamente escritas– de la estética y gramática cinematográfica de ese excelente guionista que es Quentin Tarantino. Por eso, y al margen de este “boom” (de un tiempo a esta parte todo parecen ser explosiones), me sorprendió gratamente la lectura de Un embrollo en la pantalla –traducción española del precioso título italiano L’imbroglio nel lenzuolo–, que pone además al lector en contacto con un autor, el napolitano Francesco Costa, escritor excelente y apasionado cinéfilo nacido en 1946, cuya obra, iniciada en 1993 con Orfani di una regina y que continuó con Il dovere dell’ospitalità, L’imbroglio nel lenzuolo, Se piango, picchiami, y La volpe a tre zampe –llevada al cine en el 2000 bajo la dirección de Sandro Dionisio e interpretada por la atractiva y gran actriz Miranda Otto–, permanece prácticamente inédita por estas tierras.

Un embrollo en la pantalla, que es –según creo– la única que hasta ahora se ha traducido al castellano, nos traslada a una Italia recientemente unificada, concretamente al Nápoles de 1905, justamente en el momento en que el cinematógrafo llega a los teatrillos de barrio para ofrecer un espectáculo que por entonces no pasaba de la categoría de curiosidad de barracón de feria (pero una curiosidad que atrae en masa al público).

Federico, un joven cineasta (en realidad, entonces un camarógrafo) agobiado por una madre desquiciada tras la muerte del marido y del descubrimiento de la existencia de una amante de éste, pero ilusionado por su nueva ocupación que le convierte “en alguien importante”, filma –sin que ella se de cuenta– a Marianna, una joven analfabeta recolectora y vendedora de hierbas, bañándose desnuda en el lago d’Averno. El resultado es La casta Susana, una peliculita de unos seis minutos de duración que teóricamente iconiza el célebre referente bíblico, “para satisfacción o escándalo de los espectadores”.

El relato se desarrolla a través de tres puntos de vista distintos –Federico, Marianna y Beatrice, escritora turinesa a la que inicialmente Federico ofreció el papel–, en una técnica de claros referentes cinematográficos (del cine posterior, claro, no del de la época pionera).

Costa conduce su relato “a tres voces” (pero en tercera persona) con fluidez y con verbo sencillo, pero también con un detallismo tan aplicado como imbuido de curiosidad, dignos ambos, precisamente, de un camarógrafo de comienzos del siglo XX.

Una lectura absolutamente recomendable para cinéfilos y amantes de la literatura, o viceversa.

Mr. Arriflex

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Luis Irles

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Nuestro entrañable amigo Tony T., miembro del grupo Café & Blogs, nos ha sorprendido muy gratamente al crear EL FARO MAGAZINE, una bitácora en la que ha comenzado a publicar una selección de artículos aparecidos en este Faro desde su inicio. Desde aquí le damos las gracias por el hermoso detalle que ha tenido con nosotros.

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PREMIO DARDO

Otorgado a este Faro por el blog El mar, qué gran tema para hablar, capitaneado por nuestro colega y buen amigo José, al que quedamos sumamente agradecidos.

PREMIO CALIDEZ

Gracias a Patricia Gómez, Binah, excepcional ser humano y poeta, por concedernos este hermoso premio.

PREMIO AL ESFUERZO PERSONAL

Nuestro generoso e incansable amigo Funkoffizier, de El mar qué gran tema para hablar, vuelve a premiar a este Faro, lo cual nos llena de orgullo y agradecimiento.

PREMIO CAMPANHA DE AMIZADE

Agradecemos profundamente a Jon Kepa, creador del blog Enseñanzas Náuticas el habernos concedido el premio Campanha de Amizade. Muito obrigado, amigo.

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

PREMIO A LA HONESTIDAD

Premio a la Honestidad_thumb[1]

El Grand Chef de Oídococina!, ha tenido la gentileza de obsequiarnos con un exquisito plato recién salido de sus creativos fogones. Le quedamos enormemente agradecidos por este hermoso detalle.

UN REGALO DE 'TINTERO Y PINCEL'

premio

Nuestra admirada amiga María, cuyo talento artístico puede comprobarse en su blog Tintero y Pincel, nos ha honrado con este simpático "Cracking Crispmouse Bloggywog Award". Un detalle que le agradecemos de todo corazón.

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SANTIAGO DE CHILE

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TIERRA SENTIDA

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OBRAS DEL ARTISTA SEBASTIÁN MÁRQUEZ

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BARCELONA

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