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Un maestro de la Escuela de París en Venecia

 

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Con esa elocuencia acerada que lo caracteriza, el reputado crítico de arte italiano Vittorio Sgarbi inauguró –justo el día antes de iniciarse el Festival de Venecia 2015– la primera exposición en la ciudad de los canales del pintor francés de origen lituano, Michel Kikoine, quien fuera además uno de los más importantes creadores de la Escuela de París junto a Soutine, Krémègne y Chagall. Aunque debo especificar que en esta ocasión las palabras de apertura de Sgarbi no sólo invitaban magistralmente a presenciar la muestra, sino que sirvieron también —improvisando una metáfora certera para este pintor de evidente ascendencia impresionista— para serenar al público asistente, que había comenzado a preocuparse ante la repentina ausencia de fluido eléctrico en la galería ocasionada por la gran tormenta que aquella tarde cayó sobre la Cittá Serenissima. Si mal no recuerdo, entre todo aquel murmullo, que cobraba tonos ya inquietantes, se alzó su voz de barítono para matizar: “Avanti amici, non abbiamo la luce; ma non importa, andiamo, perché la luce è nel lavoro dell’artista..!”

Por fortuna la corriente se restableció a los pocos minutos de haber terminado la muy italiana exhortación y todos pudimos contemplar entonces, bajo los efectos de una iluminación casi esplendente, 27 óleos sobre tela y ocho obras sobre papel realizadas por el creador entre 1915 y 1968, fecha en la que falleció a la edad de 67 años en su estudio parisino de la calle Brezin.

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La iniciativa de esta exposición de Kikoine en Venecia, surgió de la Fundación francesa que lleva su nombre y que fue creada en 1987 por sus hijos Clara Maratier y Jacques Kikoine para preservar la memoria de su padre y de los integrantes de la Escuela de París. Gracias a ellos, pudimos corroborar de cerca los artificios que prevalecían en el artista en sus trabajos con óleo, acuarela, y pastel, e incluso con el procedimiento del collage en las etapas finales de su vida, y sobre todas las cosas, sus concepciones específicas en cuanto al tratamiento del paisaje, las naturalezas muertas y el retrato, concepciones fundamentadas, según su propio testimonio, en la obra de los viejos maestros Rembrandt y Cezanne y enriquecidas desde su manera personal de captar e interpretar la estética del mundo, pasada además por el filtro de su educación judía, de sus impresiones y recuerdos de las estancias en Lituania —región donde nació el 31 de marzo de 1892—, Bielorrusia e Israel. No en balde pudo llegar a ser en un momento dado tan categórico y expresar públicamente, refiriéndose a las impresiones que le causaron algunos de estos lugares, en donde vivió que, por ejemplo, la naturaleza israelita le había enseñado sobre pintura, más que todos los impresionistas juntos.

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Georges Braque fue uno de los padres del cubismo, junto a su amigo Pablo Picasso, y uno de los grandes creadores del siglo XX, aunque en ocasiones su valía artística se ha subestimado. Para reivindicar el importante papel que desempeñó en la historia del arte, el Museo Guggenheim Bilbao expuso una retrospectiva del pintor francés, fallecido hace cincuenta años.

Gran desnudo" de Braque, una de las obras expuestas en el Guggenheim de Bilbao. EFE/Alfredo Aldai

“Gran desnudo”, una de las obras de Braque expuestas en el Guggenheim de Bilbao. EFE/Alfredo Aldai

Una de las máximas de Georges Braque (Argenteuil-sur-Seine, 1882- París, 1963), extraída de sus cuadernos “El Día y la Noche”, fue: “No hay que imitar aquello que se desea crear”, una convicción que presidió la vida de este excepcional artista, de quien el Museo Guggenheim Bilbao reunió 250 piezas en una exposición que estuvo abierta al público hasta el pasado 21 de septiembre.

Patrocinada por la Fundación BBVA, la muestra “Georges Braque” recorrió cronológicamente todas las etapas de la trayectoria artística del artista galo, gracias a los préstamos del Centro George Pompidou de París y de otras grandes colecciones públicas y de particulares.

Un repaso a sus inicios en el fauvismo, pasando por su incursión en el cubismo y el período entre guerras, hasta sus últimas series dedicadas a los billares, los talleres, los pájaros –“me han inspirado siempre”, dijo el artista- y los paisajes que realizó al final de su vida, cuando se movía entre París y Varengeville.

 Dos visitantes contemplan una fotografía del artista francés Georges Braque durante "Retrospectiva de Georges Braque" en el Museo Grand Palais de París. EFE/Christophe Karaba

Dos visitantes contemplan una fotografía del artista francés Georges Braque durante “Retrospectiva de Georges Braque” en el Museo Grand Palais de París. EFE/Christophe Karaba

Para el presidente de la Fundación BBVA, Francisco González, “contemplando las obras que se exhiben, algunas de ellas grandes logros que transformaron la historia del arte, asistimos a una lucha por alcanzar el equilibrio entre el rigor y la emoción, entre la espontaneidad y el método”.

Inventor de la técnica de collage de los “papiers collés” (papeles pegados), la importancia de este pintor francés fue subestimada en ocasiones como apuntó Brigitte Leal, comisaria de la muestra: “Su estatuto de artista oficial de la Francia gaullista le ensombreció indudablemente a los ojos de la generación contestataria que le siguió”.

Es por eso que esta retrospectiva “constituye una ruta segura y privilegiada para disfrutar del arte de Georges Braque”, según Francisco González, “de un trabajo imbuido de serenidad y sabiduría en el que representa la armonía que subyace en todas las cosas”.

Para González, la obra de Braque “está vinculada con la de otros creadores de distintos ámbitos que también han influido poderosamente en nuestro modo de percibir la realidad, como Apollinaire, René Char, Erik Satie o el propio Picasso”.

SU RELACIÓN CON PICASSO

Precisamente, uno de los puntos fuertes de la exposición es su relación con Pablo Picasso, al que conoció en 1907 en el barrio de Montmartre de París, donde el pintor malagueño tenía su estudio.

Allí, Braque descubre la última composición en la que Picasso estaba trabajando; “Las señoritas de Aviñón”, y se queda fascinado por aquel lienzo salvaje, compuesto por un conjunto de planos angulares sin fondo ni perspectiva espacial.

Dos personas contemplan el cuadro "Gran desnudo" del artista francés. EFE/Alfredo Aldai

Dos personas contemplan el cuadro “Gran desnudo”. EFE/Alfredo Aldai

Aquel encuentro supuso un cambio radical en la vida y obra de Braque, embarcándose en una nueva etapa pictórica donde los planos sustituyen a los volúmenes, el espacio cobra su máxima importancia y prevalecen los tonos ocres y grises como demuestra en su obra “Gran desnudo” (1908).

Años después, Braque y Picasso dirigen una auténtica revolución estética, experimentando con la imitación de ciertas texturas y sombras, e incluyendo tipografía moderna en sus obras mediante la técnica del estarcido.

“En esa época, estaba muy unido a Picasso. A pesar de tener temperamentos muy distintos, estábamos guiados por una idea común”, comentó el propio Braque de aquel período.

“Vivíamos en Montmartre, nos veíamos todos los días, hablábamos… Durante aquellos años, Picasso y yo nos dijimos cosas que ya nadie se dirá nunca más, cosas que ya nadie sabría cómo decirse, que nadie sabría comprender…”.

La exposición ocupó ocho salas del Guggenheim, donde miles de personas tuvieron la oportunidad de contemplar a “un autor que busca perturbar a través del arte, entendido como una herida que se hace luz”, en palabras de González.

Juan A. Medina
EFE REPORTAJES

Las siguientes fotografías figuran en el catálogo editado por la Haiku Gallery de Londres, que montó a finales del pasado año una exposición con parte de la obra del fotógrafo chino Chin-san Long.

Este extraordinario artista, muy poco conocido en Occidente, nació en la provincia de Zhejiang en 1892. En 1927 Chin-san Long se convirtió en uno de los primeros fotógrafos de prensa cuando el Shanghai Eastern Times, periódico para el que trabajaba, compró la primera rotativa en color del país. En 1939, Long perfeccionó un método que le permitió combinar múltiples imágenes en la cámara oscura. Los resultados fueron bellísimas fotografías que incorporaban la metodología de la tinta china tradicional, creando así una síntesis entre la técnica fotográfica occidental y la estética china. A lo largo de nueve décadas de trabajo, Chin-san Long consiguió popularizar la fotografía en China. Juzguen ustedes mismos contemplando los ejemplos que les mostramos aquí:
 


Aprovechando el viaje relámpago que hice a Nueva York hace un par de semanas, pude disfrutar de una de las mejores exposiciones fotográficas que se han llevado a cabo en la ciudad de los rascacielos en los últimos tiempos. La Gagosian Gallery exhibió –desde el 4 de mayo hasta el pasado 27 de julio– una portentosa exhibición de los legendarios murales y retratos realizados por el gran Richard Avedon, uno de mis fotógrafos preferidos.

Sus retratos, aparentemente sencillos pero profundamente psicológicos, muestran a un genial fotógrafo capaz de plasmar rasgos inesperados en los rostros de personajes tan conocidos como Marilyn Monroe, Truman Capote, Henry Miller o Humphrey Bogart, entre muchos otros. Sus imágenes son una meditación sobre la vida, la muerte, la belleza, la raza y la identidad. Durante sus casi 60 años de carrera, Avedon fotografió a escritores, artistas y famosas modelos, pero también a personas anónimas y acontecimientos históricos como el movimiento norteamericano por los Derechos Civiles o la caída de Muro de Berlín.

Richard Avedon

Pero la muestra más impresionante de su trabajo es, para mi gusto, el formidable In the American West 1979-1984 —que el Metropolitan Museum de Nueva York dedicó a este fotógrafo neoyorquino nacido en 1923 y fallecido en 2004— y que es una de esas experiencias fascinantes y esclarecedoras que revela la existencia y ubicación exacta de uno de esos tantos otros mundos que están en éste.

Yo nunca había visto un Far West así: con un fondo blanco donde hombres y mujeres flotan en un vacío absoluto que sólo pueden llenar sus rostros y sus cuerpos. Avedon, sin embargo, no pretende denunciar nada. Ni tampoco se limita a mostrar. A mí me parece que —lo mismo ocurre con los cuadros del pintor Edward Hopper— Avedon narra. Cada foto de la serie In the American West puede leerse como capítulos de esa gran novela del realismo sucio que tal vez nadie escribió todavía porque ya están estos retratos, estas miradas, en ese blanco y ese negro donde van a dar todas las cosas y del que no hay retorno posible.

Es curiosos que durante buena parte de su vida, Avedon fue cazador de ropa cara y de famosos más caros todavía. Fotografió a todo aquel que valiera la pena fotografiar. Basta con hojear los libros An Autobiography, Evidence 1944-1994 o The Sixties o con ser espectador del brillante documental biográfico que se proyecta en una de las salas de la muestra para experimentar el vértigo de la Historia en nuestras pupilas. Hasta que un día el Museo Amon Carter de Forth Worth le encargó documentar la forma de vida de los trabajadores del Oeste de los Estados Unidos. Avedon fue, vio y reveló. Granjas, minas de carbón, campos petroleros, oficinas, restaurantes de carretera, rodeos, ferias rurales y los seres que las habitan. Todos los sujetos que Avedon eligió en el camino tienen algo en común: una naturaleza fugitiva, algo asombrada, como la de esos ciervos que se cruzan de noche frente a un auto y parecen paralizarse y posar para el flash de los faros. In the American West es, también, un punto de fuga para Avedon, una huida hacia delante para poder escapar de su propia leyenda dejando de lado a las celebridades y la sofisticación y encontrar lo más básico con modales que recuerdan y homenajean un poco a la estética freak de la suicida Diane Arbus, su amiga que también empezó fotografiando bellezas y terminó fotografiando monstruos o —lo que para muchos es lo mismo— absolutos desconocidos.

Estos retratos –según relató el propio Avedon — se hicieron de la siguiente manera: fotografiaba al sujeto delante de una hoja de papel de unos tres metros de ancho por dos de alto fijada sobre un muro, un edificio, a veces sobre el lateral de un tráiler […] Estoy lo suficientemente cerca del sujeto como para tocarlo y entre nosotros no hay nada salvo lo que ocurre mientras nos observamos mutuamente durante la realización del retrato. Ese intercambio implica manipulaciones, sumisiones. Se suponen cosas y se actúa en consecuencia, suposiciones que raramente podrían hacerse impunemente en la vida real. Un fotógrafo retratista depende de la otra persona para completar su fotografía […] Un retrato no es una semejanza. En el mismo instante en que una emoción o un hecho se convierte en una fotografía deja de ser un hecho para pasar a ser una opinión. En una fotografía no existe la imprecisión. Todas las fotografías son precisas. Ninguna de ellas es la verdad.

Esta explicación —que arranca de lo meramente descriptivo para alcanzar cuestiones casi metafísicas— omite, está claro, el ingrediente secreto y el factor inasible de la ecuación: el genio único de un fotógrafo único. Así, en esta atmósfera controlada y sin adornos de realismo absoluto, Avedon consigue y nos ofrece una hazaña admirable: ese camionero de Texas con el torso al aire adquiere la nobleza inmortal de algo de Miguel Ángel, ese albino cubierto de abejas bien puede ser un alien dueño de la sabiduría absoluta del universo, ese vagabundo capturado en uno de los bordes de la carretera estatal 18 no desentonaría en absoluto junto a los Rolling Stones.

Sí, dicen que las fotografías te roban el alma… En mi opinión, sin embargo, las de Avedon te la devuelven.

Mr. Arriflex

Louise Caroline Bourgeois, una de las artistas mas influyente del siglo XX, murió en Nueva York el pasado 31 de mayo a la edad de 98 años. Bourgeois había nacido en París en 1911, estudió matemáticas en la Sorbona pero abandonó la carrera para matricularse en  Bellas Artes. Posteriormente  trabajó con Fernand Léger antes de instalarse definitivamente en la ciudad de los rascacielos.

La siguiente entrevista la concedió Louise Bourgeois, el 11 de abril de 1989, en la Robert Miller Gallery.

Soy una especie de reclusa y no necesito continuar y continuar cada vez más rápido, ni necesito enseñar mi trabajo, ni explicarlo. Si el trabajo no se comunica contigo por sí solo, relájate. ¿Tienes que definirte a ti mismo? Es muy difícil definirse y es mucho más difícil mostrarse.

No estoy interesada en otros artistas, disfruto con algunos inmensamente, pero es un placer sin relación con mi trabajo. De hecho es casi como unas vacaciones cuando salgo a ver una exposición.

Tengo una casa de campo en Suiza, a la que cualquiera puede ir, pero he descubierto que quieren que haga crítica de su trabajo. Bien, esto es ridículo. Yo torturo mi cerebro para la crítica, hago crítica constructiva y ellos se lamentan porque no quieren ser criticados, ellos quieren ser amados y animados.
Esto no es posible, no se puede animar a todo el mundo. Puedo pasar horas hablando de su trabajo pero ellos no pueden pretender que lo ame. Y algunas veces no me gusta. No puedo comprometerme a decir que me gusta algo que no lo hace. Aprecio esas tardes pero siento al final de ellas que algo ha fallado. Siento que toda esa gente ha venido por algo que no ha conseguido. La gente espera demasiado; pretenden que les estimule a convertirse en Picasso, el cielo es el límite. Esto es lo que veo en los estudiantes, ellos desean el show y las grandes ventas, y no hay límite en esto.
Me recuerda a un viejo cuento de hadas: un niño quería dejar su casa, olvidarse de ella, y corrió hacia el bosque hasta las seis de la tarde, después quiso volver pero no pudo rehacer sus pasos.
La idea de vender es nueva, en el pasado los artistas trabajaban, hacían sus exposiciones y después llevaban sus trabajos de vuelta a casa. –nada se vendía, naturalmente.  Esto me ha sucedido a mí. Un montón de artistas abandonaban, pero era una gran experiencia ver el trabajo lejos del estudio en una exposición.
Recuerdo que cuando Stuart Davis tuvo éxito y le hicieron una gran exposición en el MOMA, él dijo: “nunca podré pintar de nuevo” y eso era cierto. No sé qué clase de síndrome es éste, pero muchos artistas no pueden soportar el éxito. Y tampoco puedes vivir continuamente en el fracaso… de modo que puedes decir que el arte es una adicción que no puedes controlar.

"Mamá", una de sus más famosas esculturas, frente al Museo Guggenheim de Bilbao.

El material es sólo el material, está ahí para servirte y dar lo mejor de sí, si quieres o esperas algo más, simplemente cambias de material. El mármol es interesante para mí porque posee una magnífica resistencia y al mismo tiempo es frágil, se rompe. Uno busca una cosa y encuentra algo diferente; si quieres algo demasiado rompes la piedra.

La resistencia del material es semejante a la resistencia de las personas; cuando quieres seducirlas y ellas no lo desean, lo que tú quieres es la base, pero tienes que ajustar.
El romance con la materia es absurdo, una noción académica, los materiales son lo que son, no son un fin sino un medio para conseguir un fin, ha de servirte. La finalidad es conseguir lo que quieres decir. Tanto si lo que quieres es entender como si lo que quieres es entenderte el material no es el fin.

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Mi querido amigo Francisco, el Marqués de Garriga, me mandó una maravillosa exploración en 3D de “Guernica“, la obra magna de Pablo Picasso, que pueden ver aquí.

Lena Gieseke, una artista de Nueva York, quien domina las más modernas técnicas de la infografía digital, decidió proponer una versión en 3D de la célebre obra y colocarla en Internet, en forma de video.

El resultado es fascinante y nos permite visualizar los detalles que, de otro modo, nos pasarían desapercibidos.  Recomiendo verla en pantalla completa.

“Guernica” es una obra impactante –una tela pintada al óleo de 782×351 cm– que Picasso presentó en 1937 en la Exposición Internacional de París.

La pintura, en blanco y negro, representa el dolor y la tragedia que sufrió la ciudad del mismo nombre por el bombardeo desde aviones alemanes el 26 de abril de 1937.  Esta obra actualmente está expuesta en el Centro Nacional de Arte Reina Sofía, en Madrid.

Jumillano

Durante mi última visita al fascinante puerto de Hamburgo y, tras una típica y copiosa cena al más puro estilo alemán en el restaurante “Paulaner”, decidí dar una vuelta –junto a un grupo de amigos– por el mítico y marinero barrio de Sant Pauli, cercano al hotel donde nos alojábamos. Nos llamó la atención la gran cantidad de gente de todo tipo y edad que pululaba por sus calles, mezclados con grupos de turistas con su infaltable guía al frente. Decidimos seguir a uno de ellos –formado por italianos– a través de un estrecho callejón donde, inesperadamente,  nos topamos  con una placa conmemorativa en el lugar donde se encontraba el “Star Club”, el local donde comenzó a brillar el grupo musical más grande que ha dado la humanidad.

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Mis amigos de Hamburgo

Cualquiera conoce a los Beatles, pero no todos saben que su carrera empezó en Hamburgo. En 1960, los chicos de Liverpool llegaron a la ciudad. Hoy, su paso por estos lares se recuerda con monumentos y un nuevo museo.

Era el 17 de agosto de 1960. Sobre un escenario de la norteña ciudad de Hamburgo tocaban cinco desconocidos músicos de Liverpool. Pete Best, George Harrison, John Lennon, Paul McCartney y Stuart Sutcliffe se hacían llamar por aquel entonces los “Silver Beatles” y nadie sospechaba aún que aquel día se estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en la historia del pop y el rock.

En Hamburgo, los Beatles recaudaron sus primeros éxitos. Aquí nació su legendario e inconfundible “sonido”. “Hamburgo era uno de uno de esos sitios en los que las cosas transcurrían de un modo salvaje. La ciudad nos permitió desarrollar nuestro talento. En ella teníamos éxito”, dijo Peter Best, quien pronto fue sustituido en la batería por Ringo Starr.

“I don´t care too much for money”

El “Star-Club” les dio a los Beatles el “último empujón”. Mientras que en su ciudad de origen los Beatles apenas lograban contratos, Sant Pauli los integró desde el principio en su panorama nocturno. En este marinero barrio, marcado por las drogas, el sexo y la violencia, los de Liverpool recibían vítores y aplausos, los clubes hacían cola para verlos subidos a sus escenarios y el grupo tocaba una media de seis a ocho horas cada noche por un salario de 30 marcos. Las actuaciones eran duras: la cerveza, los bocadillos de Frikadellen (carne picada asada) y las pastillas las hacían más llevaderas.

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“Vivíamos en el cine Bambi, cerca de los cuartos de baño. ¡Es cierto!”, recordaba Paul McCartney. También la comisaría de policía la frecuentaban con regularidad, acusados de alterar el orden público. Los Beatles dejaban en los bares un reguero de deudas tras de sí, se subían al escenario en ropa interior y gafas de buceo o armados con banderas británicas para recalcar su patriotismo. Los enfrentamientos con el público eran habituales.

“A shot of rhythm and blues”

Escuchando a los Beatles, los jóvenes alemanes se rebelaban contra la melosa música popular que les gustaba a sus padres. “Éramos artistas sobre los escenarios de los bares hamburgueses. ¡Tocábamos un rock fantástico!”, aseguraba John Lennon, y el arte de fascinar a las nuevas generaciones lo dominaban tan bien que Horst Fascher acabó contratándolos para que animasen las noches de su Star-Club. “¡Aquí recibieron el último empujón!”, cuenta Fascher.

En Hamburgo, los Beatles grabaron su primer disco y, con una versión de My Bonnie is over the ocean, escalaron hasta el quinto puesto de las listas de éxitos alemanas. El fin de año de 1962, los cinco británicos dieron el que debía ser su último concierto en el Star-Club: los Beatles estaban listos para comerse el mundo.

“Get back to where you once belonged”

En 2008, el alcalde de Hamburgo inauguró una escultura: Harrison, Lennon, McCartney y Starr eternizados en acero y, al fondo, Sutcliffe, el quinto Beatle que murió en 1962 en Hamburgo a consecuencia de un derrame cerebral. Alrededor del monumento: unas 70 canciones del grupo grabadas en el suelo.

Hamburgo está orgullosa de haber servido de pasarela a los Beatles. El pasado 29 de mayo, casi medio siglo después de su primera actuación sobre un escenario hamburgués y tras 10 meses de intenso trabajo, la ciudad inauguró una exposición permanente dedicada al cuarteto: allí donde todo empezó, en las calles de Sant Pauli, un viejo museo del erotismo se retira y brinda cinco plantas de espacio para el culto a la “Beatlemanía”.

Autor: Michael Marek/ Luna Bolívar
Editora: Claudia Herrera Pahl
Fuente: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4296259,00.html

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La revisión de la producción artística de los pintores españoles fundamentales de los últimos cincuenta años (Tàpies, Saura, Millares, Arroyo, Equipo Crónica, etc.) a través de muestras personales en Madrid (Centro de Arte Reina Sofía), Barcelona (Casa de la Caritat) y Valencia (Instituto Valenciano de Arte Moderno) permitió a muchos hacerse una idea de lo que pasó en este país, a nivel artístico, en el periodo franquista, hacer un balance de las aportaciones de los grupos renovadores (Dau al Set, El Paso, Crónica de la Realidad, etc.) y saber la dimensión de esos artistas a nivel internacional.

Antonio Saura (Huesca, 1930 – Cuenca, 1998) fue sin lugar a dudas uno de nuestros pintores más cosmopolitas, mejor reconocido a nivel museístico europeo y con una obra personal muy significada.

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La selección de obras de Rainer Michael Mason para la muestra itinerante de Antoni Saura en Valencia (que tuve la suerte de contemplar hace unos años), permitió al público adentrarse en las distintas etapas del artista aragonés. La mujer como punto de referencia de los primeros cuadros y dibujos de los años cincuenta. Aquí habría que rememorar su famosa Brigitte Bardot expuesta en el Museo de Arte Abstracto de Cuenca. Las crucifixiones: como reflexión al Cristo de Velázquez del Museo del Prado. Los perros como interpretación libre de los temas de Goya. Las multitudes como reflexión, casi fotográfica, del yo multitudinario.

Estamos ante uno de los autores más sobrios que más partido le sacó, desde los presupuestos del expresionismo abstracto, al blanco y negro. Pintor con un grafismo muy personal, composición diáfana, gesto fuerte, su obra fue evolucionando lentamente, sin saltos en el vacío de ningún tipo.

Si hubiera que citar a un artista coherente con su estética, su obra y sus argumentos, habría que poner en primer lugar a Antonio Saura.

Al Saura pintor de cuadros, autor de una amplia obra gráfica e ilustrador de textos, hay que añadirle siempre otras facetas que a veces, en una muestra museística, se pierden de vista. Su condición de pensador, analizador de la realidad, escritor de arte. Él formó parte de esa reducida saga de artistas con un discurso teórico-estético-literario que se inicia con Picasso a inicios de siglo pasado, continúa de manera surrealizante con Dalí, prosigue literariamente con Ramón Gaya y llega a nuestros días con Antoni Tàpies, Eduardo Arroyo y el Equipo Crónica.

El día que podamos leer, reunidos en un libro, la antología de sus escritos, comprenderemos seguramente mejor las razones de su obra, entenderemos mejor qué es eso del arte español y qué cuestiones de interés cultural se han debatido en este país en los últimos años.

La cita con Saura en Valencia ayudó, sin duda, a comprender algunas de las razones del arte español del siglo veinte.

Durante mi último viaje a Europa –que incluyó una breve estancia en Alemania– tuve la oportunidad de visitar el Museo Ludwig de Colonia, que presentaba en esos días la primera exposición individual del pintor francés Balthus. “Balthus existe”, escribió el poeta Rainer Maria Rilke, queriendo borrar así las sospechas que rondaban en las mentes de muchos críticos de que se trataba de un personaje de ficción. Y añadió algo más sobre el entonces jovencísimo creador plástico: “Estoy convencido de que, en unos pocos años, se convertirá en un artista con talento, tal vez con genio.” Sin lugar a dudas, el vaticinio de Rilke se cumplió ampliamente.

"Paciencia", 1943

"Paciencia", 1943

Balthasar Klossowski de Rola –este era su auténtico nombre– nació en 1908 en París. Era hijo de un matrimonio de orígen polaco, residente en la capital francesa, formado por Erich Klossowski –destacado historiador de arte– y por Elisabeth Dorothea Spiro, conocida como Baladine Klossowska. Ambos formaban parte de la élite cultural de la Ciudad-Luz. El hermano mayor de Balthus, Pierre Klossowski, fue un conocido filósofo muy influido por los escritos del Marqués de Sade. Esta peculiar familia sirvió de inspiración a Jean Cocteau, que los visitaba asiduamente, para su conocida novela Les Enfants Terribles. Balthus murió, como correspondía a su condición social, en una aristocrática mansión situada junto a la ladera de una montaña cercana a los Alpes suizos.

Autorretrato

Autorretrato

Balthus, que se definía a sí mismo como  “el rey de los gatos” (su único autorretrato lleva precisamente ese título), era una persona bastante introvertida aunque muy relacionada con los grandes artistas de la década de los 30. Su trabajo comenzó a ser admirado por muchos intelectuales y artistas parisinos –entre los que se encontraban André Bretón y Pablo Picasso. El gato, por supuesto, fue siempre el animal preferido de este excepcional artista. Rilke llegó a escribir un breve prefació para un librito que Balthus escribió siendo casi un niño. Era la historia del seductor, inquietante y misterioso gato “Mitsou”, que aparecía de la nada y desaparecía en la nada. Las tranquilizadoras palabras del poeta, al final de su breve prefacio, aclaran: “El gato no, pero Balthus existe.

Y por supuesto que existía: era dueño de una serie de castillos en Francia y Suiza, y siempre afirmó que poseía un antiguo título nobiliario — el de Conde Klossowski de Rola– con raíces familiares en las Highlands escocesas. Afirmaba también ser pariente directo de Lord Byron, y poco importa comprobar si era cierto o no. Lo que verdaderamente interesa es su extraordinaria obra pictórica. Para mí, los rasgos que mejor definen sus lienzos son –además de la perturbadora belleza de sus trazos intemporalmente clásicos, alejados de las modas y vanguardias imperantes en  aquellos años– la rigurosa ordenación compositiva y su pasión por unos pocos artistas auténticamente importantes, que de alguna u otra manera influyeron en su concepción del arte, especialmente Piero della Francesca y Masaccio.

2Fueron muchos los que injustamente calificaron a Balthus de pintor ‘voyeurista’ y algo impúdico al que le atraían las adolescentes . El primer cuadro que llamó la atención del crítico de arte Wilhelm Uhde y de Adré Breton fue “La calle”, de 1933. Dos aspectos convierten esta tela en una obra maestra: su estructura compositiva y una escena inquietante que aparece camuflada en la zona izquierda de la obra. Y es que el erotismo, para Balthus, siempre estará subordinado a la pintura. En el año 1934 expuso en la Galería Pierre de París “La lección de guitarra”, un cuadro que inicia uno de los temas más habituales en su pintura, el de las nabokovianas “lolitas”. Las adolescentes de Balthus, presentadas frecuentemente en posiciones insinuantes, se encuentran en espacios cerrados, dedicadas a la lectura, abandonadas al sueño o enfrascadas en sus pensamientos. Ciertamente, constituyen la mejor prueba del significado más puro y último de su pintura: la imposible recuperación del único paraíso perdido en la vida del hombre, es decir, la infancia.

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