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Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

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El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman –autor de una extensa obra entre la que destaca “La modernidad líquida”– falleció el pasado lunes, 9 de enero, a los 91 años en Leeds, Inglaterra. Con su muerte, desaparece uno de los intelectuales europeos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos; un pensador que transmite un cierto sosiego en un mundo cada vez más gris.

Leí a Zygmunt Bauman por primera vez en el verano del 2002, cuando aún mantenía yo la esperanza de encontrar una explicación clara e inteligente que me ayudara a moderar la antipatía que siento hacia la sociedad actual, una sociedad en la que el capitalismo salvaje y globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial. Empecé por “El malestar de la posmodernidad”, que me gustó mucho. En contraste con el clásico de Freud, “El malestar en la cultura”, aquí el filósofo polaco sostiene que la inseguridad y el miedo a los rápidos cambios en la sociedad contemporánea marcan el deseo de libertad que caracteriza a nuestro tiempo, y también la dificultad que tenemos para encontrarla.

Poco después, leí la que para mí es su mejor obra: “Ética Posmoderna”. En ella, Bauman sostiene que para renovar la forma en que vemos nuestra vida juntos, tenemos que rehacer de nuevo el significado de muchos conceptos. Uno de ellos sería el de ‘moral’, sin duda, cada vez más desgastado. Estoy de acuerdo con esto: o abandonamos el sentido que la sociedad le ha dado a esta palabra, o seguiremos siendo testigos de muchos crímenes de odio.

También ‘devoré’, con verdadera fruición, su conocida trilogía: “La modernidad líquida”, “Amor líquido” y “Vida líquida” y, más tarde, “La cultura como praxis”, “La globalización: consecuencias humanas”, “En búsqueda de la política”, “La sociedad individualizada” y “Vidas desperdiciadas”. En cualquier caso, debo confesar que no llegué a encontrar en la extensa obra de Bauman todas las explicaciones que yo buscaba para quitarme ese malestar que no me abandona. Más bien se acrecentó cuando leí su libro “Modernidad y Holocausto”, en el que se diferencia de muchos otros pensadores que veían la barbarie del Holocausto como un fracaso en la modernidad.

Seguramente no voy a encontrar las respuestas que busco en el resto de su obra, pero reconozco que sus libros están repletos de observaciones muy lúcidas, de una gran valentía intelectual para enfrentarse a cuestiones muy sensibles y, sobre todo, porque brindan un poco de consuelo ante un mundo cada vez más deplorable. También es un momento para observar la increíble coherencia de su pensamiento: alguien que vio la fluidez contemporánea y la situó como una de los pilares de su pensamiento sólo podía dejar de escribir cuando la muerte se lo impidiera. Y eso es lo que acaba de ocurrir.

 

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Su autoría se atribuye a un grupo anónimo de personas autodenominados Los Tres Iniciados, aunque las bases del hermetismo se atribuyen a un alquimista místico y deidad de algunas logias ocultistas llamado Hermes Trismegisto, cuya existencia se estima en Egipto antes de la época de los faraones y, según la leyenda, fue guía de Abraham.

Los “tres iniciados” que escribieron El Kybalión decidieron permanecer en el anonimato. Esto ha generado muchas especulaciones sobre quién escribió realmente el libro. Hay varias escuelas de pensamiento que se atribuyen su autoría. La teoría más popular es que Paul Foster Case, Michael Whitty y William Walker Atkinson (este último también conocido como Yogi Ramacharaka, Swami Panchedasi, Magus Incognito, Theodore Sheldon y probablemente muchos otros pseudónimos conocidos y desconocidos) eran los “tres iniciados” que escribieron el libro

De acuerdo a El Kybalión, libro sagrado y de los misterios “… Hermes fue y es el Gran Sol Central del ocultismo”. (1974,8) Se le llama también el Dios de la Sabiduría. El nombre de Hermes ha sido utilizado por las ciencias ocultas para significar todo aquello que no es del dominio público, todo aquello que es sagrado, privado.

En este sentido, se puede decir, que las ciencias herméticas, como su nombre lo índica, esconden la tradición secreta y esotérica de la humanidad. Por ello, encontramos en forma constante que la palabra hermético, se utiliza para nombrar o identificar, todo aquello que está “… cerrado para todos los que no tienen la palabra, la fórmula para abrirlo”. (S. Raynaud, 1974:73)

Entre las obras, cuya autoría, los egipcios le adjudican a Hermes, se cuentan 42 libros y la famosa Tabla Esmeralda o Esmeraldina. Esta última obra, ha sido considerada como la llave de la sabiduría y el ocultismo, ya que según los estudiosos del ocultismo, encierra los secretos de la “Piedra Filosofal” o secreto del “elixir de larga vida”.

La Tabla Esmeralda expresa la trinidad que rige la Naturaleza entera. El ternario o los tres mundos. La tesis, la antítesis y la síntesis de la Filosofía.

1.- Es Verdad: Verdad sensible del mundo físico. Ciencia contemporánea.
2.- Sin Mentiras: Verdad filosófica, oposición al mundo físico. Mundo metafísico.
3.- Muy Verdadero: La Síntesis o unión, que representa a la verdad Inteligible. Mundo divino.

Existen otras obras atribuidas a Hermes, entre ellas: El Divino Pimandro, Asclepio y Minerva del Mundo, tales legados han sido reproducidos por la Escuela de Alejandría y, se consideran una herencia cultural de las doctrinas herméticas. Las enseñanzas herméticas se encuentran en todas las culturas y en todas las religiones.

No obstante, la base fundamental de las doctrinas secretas de nuestros días, se apoyan en la obra atribuida a Hermes, parte da la cual ha sido transmitida de generación en generación y compilada bajo el nombre de: El Kybalión., Algunos estudiosos del tema señalan que gran parte de la información original se perdió y lo que queda ha sido rescatado por tradición oral, como lo conocemos hoy.

Ahora bien, la enseñanza de El Kybalión, asume los principios básicos de la alquimia hermética y su Filosofía Universal. De esta Filosofía, nos ha hablado Aldous Huxley, autor contemporáneo, que la designa con el nombre de Filosofía Perenne. Ahora bien, la construcción filosófica que hace El Kybalión, está basada en siete principios básicos, considerados éstos, como Principios Universales de la Creación

Los siete principios o axiomas, como están descritos en El Kybalión, son:

Mentalismo. El Todo es mente; el universo es mental.
Correspondencia. Como es arriba, es abajo; como es abajo, es arriba. Afirma que este principio se manifiesta en los tres Grandes Planos: el Físico, el Mental y el Espiritual.
Vibración. Nada está inmóvil; todo se mueve; todo vibra.
Polaridad. Todo es doble, todo tiene dos polos; todo, su par de opuestos: los semejantes y los antagónicos son lo mismo; los opuestos son idénticos en naturaleza, pero diferentes en grado; los extremos se tocan; todas las verdades son medias verdades, todas las paradojas pueden reconciliarse.
Ritmo. Todo fluye y refluye; todo tiene sus períodos de avance y retroceso, todo asciende y desciende; todo se mueve como un péndulo; la medida de su movimiento hacia la derecha es la misma que la de su movimiento hacia la izquierda; el ritmo es la compensación.
Causa y efecto. Toda causa tiene su efecto; todo efecto tiene su causa; todo sucede de acuerdo a la ley; la suerte o azar no es más que el nombre que se le da a la ley no reconocida; hay muchos planos de casualidad, pero nada escapa a la Ley.
Generación. El género existe por doquier; todo tiene su principio masculino y femenino; el género se manifiesta en todos los planos. En el plano físico es la sexualidad.

Los ocultistas modernos sugieren que algunos de estos textos pueden tener su origen en el Antiguo Egipto, y que «los cuarenta y dos textos esenciales», que contenían lo fundamental de sus creencias religiosas y su filosofía de la vida siguen escondiendo un conocimiento secreto.

 

Jean D’Ovigny

 por César Chesneau, señor Du Marsais o Dumarsais

“El filósofo” fue publicado de manera anónima en 1743 con el frontispicio de impreso en Amsterdam para evitar la censura, dentro de una recopilación titulada “Nouvelles libertés de penser”. La recopilación incluía además el “Traité de la liberté de l’âme de Fontanelle, unes Réflexions sur l’existence de l’âme et sur l’existence de Dieu”, también atribuidas a Du Marsais, así como “Réflexions sur l’argument de M. Pascal et de M. Locke” y unos “Sentiments des philosophes sur la nature de l’âme”, de autor incierto. La publicación terminó con un episodio dramático: fue seguida de investigaciones policiales, que condujeron al arresto y prisión en la Bastilla de varios buhoneros que vendían el libro, el impresor Nicolas Guillaume y el librero René Jossé. En 1745, volvió a ser incluido en otro libro anónimo, esta vez como parte de un “Examen de la religion dont on cherche l’éclaircissement de bonne foy”, que se atribuyó en aquel entonces al fenecido Saint-Evremond. El profesor Gianluca Mori ha señalado que tal vez la recopilación de les “Nouvelles libertés” fue preparada por el mismo Du Marsais en 1735-37, del que se sabe que luego preparó otra con el abate Le Mascrier, “Le monde” (1751), y no ha dudado en calificarla como «el filón más radical del pensamiento clandestino de la primera mitad del siglo»

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Hoy nada cuesta menos que adquirir el nombre de filósofo: una vida oscura y retirada, alguna apariencia de sensatez y unas pocas lecturas bastan para que reciban este nombre personas que se honran con él sin merecerlo. Otras, que tuvieron la fuerza de deshacerse de los prejuicios de la educación en materia religiosa, se ven a sí mismos como verdaderos filósofos. Algunas luces naturales de la razón y unas cuantas observaciones sobre el espíritu y el corazón humanos han hecho que se den cuenta de que ningún ser supremo exige culto de los hombres, de que la diversidad de las religiones, sus contrariedades y los diferentes cambios que se han dado en cada una son la prueba sensible de que lo revelado jamás existió, y que la religión, como el amor, sólo es una pasión humana más, hija de la admiración, el temor y la esperanza; pero se quedaron sólo con esta especulación, y hoy esto basta para ser reconocido como filósofo por un gran número de personas.

Sin embargo, es necesario tener una idea más vasta y más justa del filósofo, y he aquí el carácter que nosotros le atribuimos.

El filósofo es una máquina humana como cualquier otro hombre; pero es una máquina que, por su constitución mecánica, reflexiona sobre sus propios movimientos. Los otros hombres están decididos a obrar sin sentir ni conocer las causas que los hacen mover, sin ni siquiera soñar que las haya. Por el contrario, el filósofo discierne las causas tanto como esté en él hacerlo, e incluso a menudo las previene y se entrega a ellas a sabiendas: es un reloj que a veces se da cuerda a sí mismo, por así decirlo. De este modo, evita los objetos que puedan causarle sentimientos que no convienen a su bienestar o un estado razonable, y busca aquellos que puedan suscitarle afecciones convenientes para el estado en que se encuentra. La razón es al filósofo lo que la gracia es al cristiano en el sistema de San Agustín. La gracia decide al cristiano a obrar; la razón decide al filósofo sin restarle el gusto por lo voluntario.

Los otros hombres se dejan llevar por sus pasiones sin que sus acciones estén precedidas por la reflexión; son hombres que caminan en las tinieblas; mientras que el filósofo, en sus pasiones, sólo obra tras la reflexión: camina en la noche, pero lo precede una antorcha.

El filósofo forma sus principios sobre infinidad de observaciones particulares. El pueblo adopta el principio sin pensar en las observaciones que lo han producido; cree que la máxima existe por sí misma, por así decirlo; pero el filósofo toma la máxima desde la fuente, examina su origen, conoce su valor apropiado y sólo la usa de la manera que le conviene. Es a partir de este conocimiento de que los principios sólo nacen de las observaciones particulares que el filósofo concibe la estima a la ciencia de los hechos; ama instruirse sobre los detalles y sobre todo lo que no se adivina. Así, considera opuesto al progreso de las luces del espíritu limitarse a la meditación y creer que el hombre obtiene la verdad del fondo de sí mismo. Algunos metafísicos dicen: ¡Evitad las impresiones de los sentidos! ¡Dejad el conocimiento de los hechos a los historiadores y el de las lenguas a los gramáticos! Por el contrario, nuestros filósofos, persuadidos de que todos nuestros conocimientos provienen de los sentidos, de que sólo estamos hechos de reglas fundadas en la uniformidad de nuestras impresiones sensibles, de que estamos en el límite de nuestras luces cuando nuestros sentidos no son tan sutiles ni tan fuertes como para proporcionárnoslas; convencidos de que la fuente de nuestros conocimientos está por entero fuera de nosotros; nuestros filósofos, digo, nos exhortan a hacer una amplia provisión de ideas para librarnos así a la impresión exterior de los objetos, pero para librarnos cual discípulo que consulta y escucha, no cual maestro que decide e impone silencio; quieren que estudiemos la impresión precisa que el objeto causa en nosotros y que evitemos confundirla con la que ha causado cualquier otro objeto.

René Descartes

René Descartes

De ahí la certidumbre y los límites de los conocimientos humano: certidumbre, cuando se siente que se ha recibido de afuera la impresión apropiada y precisa que cada juicio supone; pues todo juicio supone una impresión exterior que le es particular; límites, cuando uno no sabe recibir las impresiones debido a la naturaleza del objeto o la debilidad de los órganos; aumentad, si es posible, la potencia de los órganos y aumentareis así los conocimientos. Tantos progresos en astronomía y física sólo fueron posibles a partir del descubrimiento del telescopio y el microscopio.

También es para aumentar el número de nuestros conocimientos y nuestras ideas que nuestros filósofos estudian a los hombres del pasado y los hombres de hoy.

Extenderos como las abejas por el mundo pasado y el mundo presente, nos dicen, que regresaréis enseguida a vuestra colmena a elaborar vuestra miel.

El filósofo se dedica al conocimiento del universo y de sí mismo; pero, de la misma manera que el ojo no sabría verse, el filósofo conoce que no sabría conocerse perfectamente, porque no sabría recibir impresiones exteriores desde dentro de sí mismo, y sólo conocemos por esa clase de impresiones. Este pensamiento no lo aflige porque se toma tal como es y no tal como a la imaginación le parece que podría ser. Por otra parte, para él esta ignorancia no es una razón para resolver que está compuesto por dos sustancias opuestas; así como no se conoce perfectamente, dice que tampoco conoce cómo piensa; pero, dado que siente que piensa de manera dependiente de sí mismo como todo, reconoce que su sustancia es capaz de pensar de la misma manera que es capaz de escuchar y ver. En el hombre, el pensamiento es un sentido como la vista y el oído, y depende igualmente de una constitución orgánica. El aire solo es capaz de sonidos, el fuego solo puede estimular el calor, los ojos solos pueden ver, las orejas solas pueden oír y la sustancia del cerebro sola es susceptible de pensamientos.

A los hombres les cuesta tanto trabajo unir la idea de pensamiento con la idea de materia porque nunca han visto a la materia pensar. Son al respecto como un ciego de nacimiento respecto a los colores o un sordo de nacimiento respecto a los sonidos; ellos no sabrían unir estas ideas con la materia que palpan porque nunca vieron tal unión.

Para el filósofo, la verdad no es una amante que corrompe su imaginación y a la que cree ver por todas partes; se contenta con la posibilidad de discernirla allí donde la percibe. Jamás la confunde con la verosimilitud; toma por verdadero lo que es verdadero, por falso lo que es falso, por dudoso lo que es dudoso, por verosímil lo que no es más que verosímil. Aún hace más, y ésta es una gran perfección del filósofo: porque, cuando no encuentra el motivo apropiado para juzgar, sabe permanecer indeciso.

Denis Diderot

Denis Diderot

Cada juicio, como ya se ha señalado, supone un motivo exterior que lo provoca. El filósofo siente cuál debe ser el motivo apropiado del juicio que debe emitir. Si el motivo falta, no juzga, sino que espera y, cuando ve que espera inútilmente, encuentra consuelo.

El mundo está lleno de personas de espíritu y aún de mucho espíritu que siempre están juzgando: adivinan siempre, porque adivinar es juzgar sin sentir que existe un motivo apropiado para el juicio. Ignoran el alcance del espíritu humano, creen que puede conocerlo todo: de este modo, se avergüenzan de no pronunciar juicio alguno y se imaginan que el espíritu consiste en juzgar. El filósofo cree que el espíritu consiste en juzgar bien: se siente más satisfecho cuando suspende la facultad de decidir que decidiendo antes de sentir el motivo apropiado de la decisión. También juzga y habla menos, pero juzga con más seguridad y habla mejor; no evita los vivos rasgos que se presentan naturalmente al espíritu por un pronto acoplamiento de ideas, de las que uno se asombra a menudo que estén unidas. Es en esta pronta ligazón donde reside por lo común lo que se llama espíritu; pero también es lo que menos busca, prefiriendo a este brillo momentáneo el cuidado de distinguir bien las ideas y conocer el alcance justo y la ligazón precisa, para evitar así llevar demasiado lejos alguna relación que las ideas tengan entre sí. Este discernimiento caracteriza lo que se llama juicio y rectitud de espíritu. A esta rectitud se agregan la flexibilidad y la claridad. El filósofo no se aferra a un sistema tanto como para no sentir la fuerza de las objeciones. La mayoría de los hombres están tan entregados a sus propias opiniones que ni siquiera se avienen a considerar las ajenas. El filósofo comprende el sentimiento que rechaza con la misma profundidad y claridad con que entiende el que adopta.

El espíritu filosófico es, pues, un espíritu de observación y rectitud, que lo remite todo a sus verdaderos principios; pero no cultiva únicamente el espíritu, sino que lleva más lejos su atención y cuidados.

El hombre no es un monstruo que sólo puede vivir en los abismos del mar o la espesura de un bosque: las meras necesidades de la vida lo llevan a que necesite el trato con los demás y, en cualquier estado en que se encuentre, sus necesidades y su bienestar lo comprometen a vivir en sociedad. Por lo tanto, la razón le exige conocer, estudiar y cultivarse para adquirir cualidades sociales. Asombra ver que los hombres presten tan poca atención a las cuestiones prácticas y se acaloren tanto con vanas especulaciones. ¡Ved cuántos desórdenes han causado las diferentes herejías! Éstas han versado siempre sobre asuntos teóricos: ya se trate de la cantidad de personas de la Trinidad como de su manifestación, ya del número de los sacramentos como de su virtud, ya sobre la naturaleza y la fuerza de la gracia. ¡Cuántas guerras, cuántos trastornos por quimeras!

El pueblo filósofo está expuesto a las mismas visiones: ¡cuántas disputas frívolas en las escuelas, cuántos libros sobre cuestiones vanas! Una sola palabra bastaría para que se decidieran o para que vieran que son insolubles.

Una secta hoy famosa* reprocha a las personas eruditas que descuiden el estudio del propio espíritu para fatigar la memoria con hechos e investigaciones sobre la antigüedad y nosotros les reprochamos a unos y otros ser negligentes, volverse condescendientes y no tomar parte en nada de la sociedad.

Nuestro filósofo no cree ser un exiliado en este mundo; no cree estar en país enemigo; quiere disfrutar como un prudente ecónomo de los bienes que la naturaleza le ofrece; quiere encontrar placer con los demás: para encontrarlo, le hace falta darlo. Asimismo, busca servir a aquellos con los que el azar o la voluntad lo haga vivir; y halla al mismo tiempo aquello que le conviene: es un hombre honesto que quiere agradar y ser útil.


*Du Marsais se refiere a los jansenistas.
Nota de Genoveva Arcaute, traductora del presente artículo. En DDOOSS.

 

"Two figures", de Francis Bacon. 1968

De L’Anus solaire:

Está claro que el mundo es puramente paródico, es decir, que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo una forma engañosa … todo estaría visiblemente ligado si se abarcara con una sola mirada el trazado, en su totalidad, que deja un hilo de Ariadna, conduciendo el pensamiento en su propio laberinto … Se esforzarán en buscarse ávidamente unos a otros: nunca encontrarán más que imágenes paródicas y se dormirán tan vacíos como los espejos.
[…]
Los sistemas planetarios que giran en el espacio, como rápidos discos y cuyos centros se desplazan igualmente describiendo un círculo infinitamente más grande, se alejan continuamente de su propia posición para volver a ella acabando su rotación. El movimiento es la figura del amor incapaz de detenerse sobre un ser en particular y pasando rápidamente de uno a otro. Aunque el olvido, que así lo condiciona, no es más es más que un subterfugio de la memoria.

De Le pouce du pied:

Aun cuando dentro del cuerpo la sangre fluye en igual cantidad de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, se ha tomado el partido de lo que se eleva y la vida humana es considerada erróneamente como una elevación. La división del universo en infierno subterráneo y en cielo completamente puro es una concepción indeleble. El barro y las tinieblas son los principios del mal del mismo modo que la luz y el espacio celeste son los principios del bien: con los pies en el barro pero con la cabeza cerca de la luz, los hombres imaginan obstinadamente un flujo que los eleva sin retorno en el espacio puro. La vida humana implica de hecho la rabia de ver que se trata de un movimiento de ida y vuelta, de la basura al ideal y del ideal a la basura, una rabia que resulta fácil dirigir hacia un órgano tan bajo como un pie.

De La littérature et le mal:

PREFACIO

La generación a la que pertenezco es tumultuosa. Nació a la vida literaria en los tumultos del surrealismo. En los años que siguieron a la primera guerra mundial existió un sentimiento desbordante. La literatura se ahogaba en sus límites. Parecía que contenía en sí una revolución.

George Bataille

Estos estudios, cuya coherencia se me impone, los compuso un hombre de edad madura. Pero su sentido profundo se vincula con el tumulto de su juventud y son en realidad su eco ensordecido. Para mí, resulta significativo que se publicaran en parte (por lo menos en su primera versión) en Critique, esa revista que logró crédito gracias a su seriedad.

Pero debo advertir aquí que si en algunos casos he tenido que volver a escribirlos, se ha debido a que, al persistir los tumultos en mi espíritu, al principio sólo había podido dar a mis ideas una expresión confusa. El tumulto es fundamental; es el sentido de este libro. Pero es tiempo ya de alcanzar la claridad de la consciencia.

Estos estudios responden al esfuerzo que he venido realizando para desentrañar el sentido de la literatura… La literatura es lo esencial o no es nada.

El Mal –una forma aguda del Mal– que la literatura expresa, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una “hipermoral”. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa.

La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo. Solamente la acción tiene los derechos. La literatura, he intentado demostrarlo lentamente, es la infancia por fin recuperada. ¿Pero qué verdad tendría una infancia que gobernara? Ante la necesidad de la acción se impone la honestidad de Kafka que no se atribuía ningún derecho. Sea cual sea la enseñanza que se desprenda de los libros de Genet, la defensa que Sartre hace de él no es admisible. Al final, la literatura tenía que declararse culpable.

De La conjuration sacrée:

La vida humana está excedida por servir de cabeza y de razón al universo. En la medida en que se convierte en esa cabeza y esa razón, en la medida en que se vuelve necesaria para el universo, acepta una servidumbre. Cuando no es libre, la existencia se torna vacía o neutra, y cuando es libre, es un juego.


Extractos tomados de ‘Visiones del exceso’ y ‘La literatura y el mal’, de Georges Bataille.

España, debido a sus especiales condiciones históricas, se ha convertido en un conjunto de cultura muy interesante de conocer. Durante el siglo XII aparecieron en la Córdoba árabe dos filósofos geniales: Averroes y Maimónides. Estos autores pasaron de vivir en un momento de convivencia cultural ejemplar a ser exiliados por culpa de sus ideas o religión.

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Marco histórico-social

Durante el siglo X Córdoba fue centro económico y cultural durante el reinado árabe y un ejemplo de convivencia entre diferentes culturas –judía, cristiana y musulmana– armonía que quedó truncada sobre el siglo XII.

En el 756 Abd-al-Rahman I, miembro de la familia Omeya, convirtió a la ciudad en la capital de la España musulmana y durante los siguientes 250 años fue uno de los mayores centros comerciales e intelectuales del mundo. En el 929, Abd-al-Rahman III, proclamó el califato y la ciudad alcanzó su máximo esplendor en rivalidad con Damasco y Bagdad, centros de gran prosperidad económica e intelectual. A partir del siglo XI, con la desintegración del poder musulmán en España, parte del logro cultural de Córdoba se perdió, aunque permaneció como centro de literatos y eruditos. En el siglo XII destacó la actividad de los filósofos Averroes y Maimónides. En 1236 Fernando III el Santo tomó la ciudad y la integró en el Reino de Castilla. Fue la ciudad natal del poeta Luis de Góngora y Argote (1561-1627). En 1808, durante la guerra de Independencia española (1808-1814) fue saqueada por los franceses. Actualmente cuenta con 318.000 habitantes.

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Averroes

Averroes o también llamado en árabe Ibn Rushd era además de filósofo, físico, jurista maliki y teólogo ashari, nació en el 1126 en Córdoba. Su padre, un juez de Córdoba, le enseñó jurisprudencia musulmana. En su ciudad natal también estudió teología, filosofía occidental y matemáticas con el filósofo árabe Ibn Tufayl, y medicina con el médico árabe Avenzoar. Averroes fue designado juez en Sevilla en 1169 y en Córdoba en 1171; en 1182 se convirtió en el médico de Abu Yaqub Yusuf, el califa almohade de Marruecos y de la España musulmana. La idea de Averroes de que la razón prima sobre la religión le llevó al exilio y la prohibición de sus libros en 1195 por orden de Abu Yusuf Yaqub al-Mansur; fue restituido poco antes de su muerte en el 1198.

Averroes mantenía que las verdades metafísicas pueden expresarse por dos caminos: a través de la filosofía (según pensaba Aristóteles y los neoplatónicos de la antigüedad tardía) y a través de la religión (como se refleja en la idea simplificada y alegórica de los libros de la revelación). Aunque en realidad Averroes no propuso la existencia de dos tipos de verdades, filosófica y religiosa, sus ideas fueron interpretadas por los pensadores cristianos, que las clasificaron de “teoría de la doble verdad”.

Rechazó el concepto de la creación del mundo en el tiempo: mantenía que el mundo no tiene principio. Dios es el “primer motor”, la fuerza propulsora de todo movimiento, que transforma lo potencial en lo real. El alma individual humana emana del alma universal unificada. Los amplios comentarios de Averroes sobre las obras de Aristóteles fueron traducidos al latín y al hebreo y tuvo gran influencia tanto en la escolástica y la filosofía cristiana (en la Europa medieval) como en los filósofos judíos de la edad media. Su principal obra original fue “La destrucción de la destrucción” (1180) donde rebate una obra del teólogo islámico Algazel sobre la filosofía (“La destrucción de los filósofos”). Es también autor de obras sobre medicina, astronomía, derecho y gramática.

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Maimónides

Maimónides también conocido como Rabí Mosheh ben Maimon o por las iniciales de su nombre Rambam. Fue filósofo, matemático y físico judío nacido en Córdoba en el 1135. Tras la conquista de esta ciudad en 1148 por los almohades, que impusieron las leyes del Islam tanto a cristianos como a judíos, la familia de Maimónides decidió exiliarse. Después de errar durante años, se establecieron en Fostat (Egipto) en 1165. Allí Maimónides llegó a ser rabino principal de El Cairo y médico de Saladino I, sultán de Egipto y Siria. Murió en 1204

La contribución de Maimónides a la evolución del judaísmo le proporcionó el sobrenombre de segundo Moisés. Su gran obra en el campo de la legislación judía es el Mishneh Torah, desarrollada en 14 libros y escrita en hebreo (1170-1180), que siguió modificando hasta su muerte. Además, formuló los Trece artículos de fe, uno de los diversos credos a los que numerosos judíos ortodoxos todavía se adhieren. Está reconocido como el filósofo judío más importante de la edad media. En Guía de perplejos, escrita en árabe (c. 1190), Maimónides intenta armonizar fe y razón conciliando los dogmas del judaísmo rabínico con el racionalismo de la filosofía aristotélica en su versión árabe, que incluye elementos de neoplatonismo. Esta obra, en la que considera la naturaleza de Dios y la creación, el libre albedrío y el problema del bien y del mal, tuvo una gran influencia en filósofos cristianos como Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Su utilización de un método alegórico, aplicable a la interpretación bíblica, que minimizaba el antropomorfismo, fue condenada durante varios siglos por muchos rabinos ortodoxos; pero las cuestiones conflictivas de su pensamiento han perdido relevancia en la época moderna. La fama de Maimónides como médico igualaba a la que gozó como filósofo y autoridad en la ley judía. También escribió sobre astronomía, lógica y matemáticas.

Influencia

Ambos autores profundizaron bastante en la religión y su utilización. Averroes pasó a la historia como el “comentador” de las obras de Aristóteles y Maimónides fue llamado el segundo Moisés por su contribución a la evolución del judaísmo e influyó en las obras de Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Además de en filosofía estos autores profundizaron en medicina como “Colliget” (1162) de Averroes y “Tratado sobre los venenos y sus antídotos”.

Fuente: rincondelvago.com

En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida en diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

Por la primera, que centraba la atención más que en los mensajes o contenidos en su específica forma de concretarse o vehicularse (los media), daba una importancia capital al carácter sensible (no-conceptual) de la percepción humana, y, consecuentemente, argumentaba que los efectos de la comunicación no dependen tanto de la información explícitamente comunicada cuanto de las estructuras sensoriales que moviliza y de los “medios” generadores de los dispositivos que permiten la formación y la recepción de los conceptos y de las opiniones. Y si, por una parte, intenta romper con la clausura intramedial y microtextual de los planteamientos formalistas, al incidir sobre la peculiaridad concreta de cada medio, no por ello deja de funcionar como un mero taxonomizador descriptivo de sus campos de actuación y de sus características “especiales”, al estilo de Metz en cine, Todorov en narrativa literaria o Levin en poesía. Afirmar que la única forma de controlar los medios de comunicación es mediante la comprensión pública de sus efectos es demasiado abstracto y ambiguo. De hecho, su preocupación fundamental para llevar a la práctica tal aserto se centró en el estudio de la calidad técnica de los mensajes, prescindiendo de las características ideológicas tanto de los enunciados como de los procesos de enunciación. Es en ese sentido en el que su teoría puede ser definida en términos de teoría tecnocrática. No es casual si ese planteamiento discursivo le llevó a ser consultor de la IBM, General Electric, General Motors, etc.

Por lo que atañe a la segunda idea-eje citada arriba, su noción de “aldea global” desdeña tanto la de inconsciente freudiano (para McLuhan todo es real, todo está en acto) como la de lucha de clases (para su sistema teórico todos son iguales ante la inmediatez y tactilidad electrónica de los mensajes); de ahí que su concomitancia con el planteamiento marxiano, señalada por algunos de sus admiradores, fuera pura apariencia. En Marx se propone, como positividad, la vuelta a una sociedad fundamentada en el valor de uso, mientras que en McLuhan la meta es un “nuevo primitivismo” basado en la aceptación común de los valores de cambio. Lo que en Marx busca reconquistar la concreción de lo cotidiano, en el teórico canadiense era la pretensión, no por implícita menos evidente, de construir una especie de brave new world, el mundo feliz huxleyano. El furibundo antimarxismo de McLuhan encuentra ahí su justificación, del mismo modo que lo hace el hecho de que la pretendida neutralidad ideológica o desideologización de sus argumentaciones hayan servido de base para los mecanismos de infiltración massmediática.

Por eso, como afirmábamos al principio de esta crónica, la muerte de McLuhan no tuvo el carácter simbólico de las otras citadas. No se constata, como en ellas, el fracaso individual en una lucha por la consecución de la utopía, sino el término, o mejor, la interrupción momentánea de un discurso abstracto que el mismo sistema al que ha servido se encargará de continuar.
 
J.

¿Qué es lo que hace al filósofo?
El coraje de no reservarse en el
corazón ninguna pregunta.

Schopenhauer

El grito en el cielo

col233.jpg En un mundo en el que nada hay nuevo bajo el sol o todo está por descubrir sólo pueden sorprenderse los admiradores de las naderías. Parto de la concepción de que la existencia es un misterio que todos investigamos y sobre el que lanzamos hipótesis. Nuestros juicios y opiniones son siempre equivocados en la medida en que el tiempo los rectifica y actualiza hacia el alumbramiento de la oscuridad. De modo que el error es lo común. Sólo algún acierto diacrónicamente trascendente confirma y justifica los errores sincrónicos. ¿Por qué sorprenderse, o escandalizarse, de lo cotidiano si la cotidianidad consiste en dar ladridos incluso bienintencionados por mordeduras cauterizadoras? Que todos sintamos la necesidad de acertar no nos exime de la obligación de aceptar el fracaso de la tentativa y sus consecuentes gritos o gesticulaciones. Cuando se pone el grito en el cielo es porque no se tiene la cabeza en la tierra. La felicidad es imposible sin la oblación de la inteligencia. ¿Cómo creer en algo si cualquier razonamiento “definitivo” será destruido por el de otra inteligencia superior que demuestre “definitivamente” que toda conclusión incuestionable no es más que otra premisa tan indestructible como las anteriores? El escepticismo es la única estrategia contra el dolor definitivo. El escepticismo entrañado cuando la inteligencia descubre que la felicidad sólo es el anquilosamiento de los ideales por el abotargamiento de la sensibilidad.

La mujer ideal

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¿Cuál es la mujer que nunca nos defraudaría, que siempre nos amaría, que no envejecería, que siempre permanecería tan hermosa y angelical como cuando la conocimos o, incluso, cuando la inventamos? La respuesta es muy simple: aquella que vive en nuestra mente y nuestro cuerpo no consigue tocar, no consigue mirar, aquella que el tiempo no logra destruir porque existe sin tiempo, vive fuera del tiempo, ni el tiempo la marchita ni la ofende. Imagínense ustedes a un hombre enamoradamente ebrio de un sentimiento al que damos el nombre del amor; imaginemos que ese hombre busca la amada inmarchitable y la encuentra o no consigue hallarla. Si la amada muriese nada más encontrada o si fuese inventada, tendrían en común su imposible marchitabilidad, su existencia de angélica armonía en la mente del hombre buscador y amoroso. No descarten esta teoría, señores, se perdería un gran hombre equivocado. Yo hubiese querido conocerlo: todos los hombres inteligentes se encuentran muy solos en el mundo. Pero no podrá ser: aunque me parece conocerlo tanto como si yo mismo fuese el hombre a quien busco. Algunas inteligencias se utilizan a sí mismas para ahondarse en una soledad más incomunicable todavía. ¡Ah! Y si ocurre finalmente cuanto les he dicho y les digo, no me pregunten cómo lo sabía. No sé por qué lo sé. Pero lo sé. Si alguno de ustedes llega a una conclusión “inalterable” tenga en cuenta, nada más, que, por ejemplo, también Colón se equivocó acertando.

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