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Athanasius Kircher (1602-1680)

Pocos seguidores de la literatura clásica recuerdan actualmente la monumental obra de Athanasius Kircher, un extravagante jesuita alemán del siglo XVII considerado por muchos historiadores como uno de los científicos más importantes de la época barroca. Políglota, erudito y estudioso orientalista, Kircher escribió más de treinta voluminosos libros sobre los más variados temas: desde la óptica, la acústica, la lingüística y las matemáticas a la criptología, la egiptología, la numerología y la sinología.

Nacido en Geisa, Abadía de Fulda, en Hesse, en vísperas de una caza de brujas organizada por la Municipalidad de aquella localidad ubicada en el centro de Alemania, logró sobrevivir –según lo describe en sus memorias– a una estampida de caballos, a una hernia severa y a los ejércitos de un obispo loco, antes de aparecer en Roma en 1633, sólo unos pocos meses después del juicio a Galileo Galilei. Allí vivió más de cuarenta años hasta su muerte en 1680.

Kircher no era sólo un escritor. Fue el inventor de ingeniosos dispositivos de espionaje, de estatuas parlantes y de máquinas musicales. También fue el creador del ‘vanguardista’ Museo de Curiosidades que instaló en el Colegio de los Jesuitas en Roma. En una de sus salas se mostraban unos supuestos huesos de la cola de una sirena y un ladrillo de la torre de Babel. Colaboró, así mismo, con el maestro barroco Gianlorenzo Bernini en dos de sus más famosas esculturas y –haciendo gala de una enorme audacia– descendió varios metros al interior del humeante cráter del Vesubio para obtener materiales geológicos. Algunos estudiosos de su obra aseguran que, probablemente, fue el primero en usar un microscopio para examinar la sangre humana.

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Para el compositor y director de orquesta Pierre Boulez, «sólo a Debussy podemos situarlo junto a Webern en una misma tendencia a destruir la organización formal preexistente en la obra, en un mismo recurrir a la belleza del sonido por sí mismo, en una misma pulverización elíptica del lenguaje». En detrimento de la tríada Stravinski, Schönberg y Bartok, para Boulez el verdadero precursor de la música contemporánea es este músico francés: sin su obra no se entendería no ya la de Ravel, sino tampoco la de Edgard Varèse u Olivier Messiaen. Fue Debussy, quien, al romper con la forma clásico-romántica de su tiempo, descubrió un lenguaje musical nuevo, libre, oscilante, abierto a posibilidades infinitas. Un lenguaje que, aunque tenía su origen en Wagner, establecía una alternativa diferente al modelo propuesto por éste en todos los parámetros que rigen la composición musical. A pesar de ello, no hay que ver en Claude Debussy, un artista iconoclasta que reacciona contra el legado del pasado: la tradición, sobre todo la del Barroco francés, reviste una trascendental importancia en su música, particularmente en sus últimas composiciones, tales como las tres sonatas de cámara. Esta dualidad otorga al legado debussysta su perenne actualidad.

Nacido en el seno de una familia modesta sin preocupaciones artísticas, desde pequeño gozó de la protección de un acaudalado mecenas, Achille Rosa. Una discípula de Chopin, madame Mauté de Fleurville, lo preparó para afrontar las pruebas de acceso de París, que Debussy superó con brillantez cuando contaba diez años. En la época que pasó en dicha institución, el joven músico empezó a distinguirse por su inconformismo, su desprecio por las reglas académicas y su singular imaginación en el terreno de la armonía, cualidades que le acarrearon la enemistad de los profesores más conservadores. Aun así, en 1884 obtuvo el máximo galardón que concedía el Conservatorio, el prestigioso Premio de Roma. Sus obras de ese período revelan la fascinación que el futuro autor de Pelléas et Mélisande sentía entonces por la música de Wagner. Su estilo no empezó a adquirir un carácter personal hasta La demoiselle élue, cantata de inspiración simbolista que en su ambigua armonía y su gusto por lo indeterminado, la insinuación matizada y el ornamento refinado anuncia ya algunas constantes de su producción. Aunque en numerosas ocasiones se ha calificado su música de «impresionista», lo cierto es que se halla más cerca de la poética simbolista que del impresionismo pictórico de Monet o Pissarro.

En 1894 llegó su primera gran obra maestra, el Preludio a la siesta de un fauno, partitura orquestal inspirada en un poema de Mallarmé en la cual la música adquiere una dimensión puramente sonora. Algo similar puede decirse del posterior Pelléas et Mélisande, un drama lírico que sobresale por su atmósfera evocadora e indefinida, alejada de todo pathos posromántico. Su estreno convirtió a Debussy en el jefe de filas de la nueva generación de músicos franceses, a pesar de la hostilidad con que esta ópera innovadora y audaz fue acogida por la crítica y un sector del público. El tríptico sinfónico La mer supuso un nuevo salto adelante en el desarrollo de su estilo y un alejamiento de la estética de Pelléas que no todos sus seguidores comprendieron. Estrenada esta partitura en 1905, ese mismo año estuvo marcado por el escándalo público que supuso el divorcio del músico y su unión con Emma Bardac, esposa de un rico banquero. Los últimos años de Debussy estuvieron marcados por el cáncer que acabaría con su vida y por la Primera Guerra Mundial, a raíz de la cual su ideología y su música derivaron hacia posicionamientos de clara inspiración nacionalista.

Fuente: http://www.biografica.info/

Ayer  23  de agosto del año 2010, partió nuestro amigo Francisco de la Puente, aquel pintor de barbas largas amigo de todos, ese pintor con el cual compartí momento inolvidables en su taller de Santiago y su rincón secreto ubicado en las montañas del Ingenio, suena extraño saber que ya no está, que su obra se fue, que sus risas estarán guardadas en lo más profundo de nuestra alma.

Cómo recuerdo que mi Tata Pablo –amante del arte y la pintura–  me decía que me acercara al taller de Pancho y  lo ayudara a limpiar sus pinceles que,  de esa forma aprendería pintura y algo para desasnarme, como decía mi abuela…..cosa que nunca hice.

Siento su muerte como propia, siento que se  fue una parte de mí….  Me recuerdo de su habilidad para la cocina, un gozador siempre atento de prepararte algo rico con las cosas más sencillas y compartirlas con un tinto, el cual nunca faltaba en la mesa y en la conversa.

Conocí el éxito de su carrera artística del cual no hablaré ahora, pero él siempre humilde y acogedor, cariñoso con su hermana Carmen, su cuñado Sergio y sus sobrinos Jorge, Sergio y Tomás, y conmigo…, como sobrino agregado.

Capa, te fuiste a comer a la mejor mesa tomando el mejor vino y nos dejaste, pero por algo lo hiciste. Siempre tuviste las cosas tan claras y decididas, tu forma de vida te llevó a no transar tus principios en nada, lo cual es un gran mérito.

Fuiste  testigo presencial en la noche que reencontré  a la Malu en el Ingenio, estaba en tu mesa, en tu casa, bajo el cielo más estrellado que existiera.

Cuando el domingo pasado fui a buscar el balón de gas a la casa de Jorge y vi tu  auto Citroen viejo y añoso estacionado, me alegré mucho por que estabas ahí, te saludé y te juro que me hubiera quedado toda una tarde hablándote y riéndonos, con la fuerte risa de Jorge de música ambiental, pero nos despedimos rápido, porque para variar yo estaba apurado y me miraste de frente con la vista fija y me dijiste ADIOS.

José Miguel Ferrada Montt

En numerosos países del mundo –pero muy especialmente en Polonia– se están llevando a cabo diversos actos para conmemorar el bicentenario del nacimiento del genial compositor Frédéric Chopin, que vino al mundo el 22 de febrero de 1810 en la pequeña localidad de Zelazowa Wola (muy próxima a Varsovia) y falleció en 1849 en París, a la temprana edad de 39 años.

La Real Cartuja de Valldemossa

También en Mallorca, donde el compositor vivió junto a George Sand durante el invierno de 1838-1839, las autoridades locales no han escatimado esfuerzos para celebrar por todo lo alto “El Año  de Chopin” y han programado una serie de actos y eventos, especialmente musicales. Anualmente se celebra en esta maravillosa isla mediterránea el Festival de Chopin, que en esta ocasión difundirá la riqueza cultural del pueblo de Valldemossa y su famosa Real Cartuja. En ella vivió Chopin y su acompañante aquella época tan difícil y creativa para el genio polaco. Fue la escritora francesa quien organizó este viaje con sus dos hijos. Su intención era doble: por una parte que la salud de su hijo Maurice, de quince años, mejorase y, al mismo tiempo, poder aislarse de la vida social que llevaba en París y poder dedicarse a la escritura de su nueva novela “Spiridion”, que será editada en 1839. Al viaje se une Chopin.

George Sand escribirá “Un hivern a Majorque”, publicada en 1842, sobre esos tres meses que pasaron en la isla. Pero también en su autobiografía “Histoire de ma vie” (1855) se referirá a su estancia en Valldemossa:

“El pobre genio [se refiere a Chopin] era detestable como enfermo. Lo que yo había temido, aunque no demasiado, desdichadamente sucedió. Se desmoralizó del todo. Aunque era capaz de soportar el sufrimiento con bastante valor, no podía vencer los terrores de su imaginación, para él el claustro estaba poblado de fantasmas, hasta cuando se sentía bien. No decía nada, pero yo me daba cuenta. Cuando regresaba con mis hijos de mis exploraciones nocturnas por las ruinas, lo encontraba a las diez de la noche delante de su piano, pálido, con los ojos extraviados y los cabellos revueltos. Necesitaba unos minutos para reconocernos.

Enseguida hacía un esfuerzo para sonreír, y nos hacía escuchar las cosas sublimes que había compuesto, o, mejor dicho, las ideas terribles o desgarrantes que se habían apoderado de él, a pesar suyo, en esa hora de soledad, de tristeza y de terror.

Allí compuso las más hermosas de esas piezas breves que él humildemente llamaba preludios. Son obras maestras. Algunos representaban la visión de monjes difuntos y la audición de cantos fúnebres que lo perseguían; otros son melancólicos y suaves; le brotaban en las horas de sol y de salud, por el rumor de las risas de los niños en la ventana, por el lejano rasgueo de las guitarras, por el canto de los pájaros bajo el follaje, o a la vista de las pequeñas rosas desvanecidas en la nieve.

Algunos otros, además, son de una tristeza lúgubre, y al tiempo que complacen al oído, destrozan el corazón. Hay uno que compuso en una velada de lluvia melancólica, y que echa sobre el alma un pesar temeroso. Sin embargo ese día Maurice y yo lo habíamos dejado muy bien, y nos fuimos a Palma a comprar algunas cosas que hacían falta en nuestro campamento. Vino la lluvia, los torrentes se desbordaron; hicimos tres leguas en seis horas para volver en medio de la inundación y llegamos en plena noche, descalzos, habiendo corrido peligros inenarrables. Nos dimos prisa, pensando en la intranquilidad de nuestro enfermo. Estaba en pie, pero se había limitado a una especie de desesperación apagada, y cuando llegamos tocaba su maravilloso preludio llorando. Cuando nos vio entrar se levantó con un gran grito, y después nos dijo con aspecto conturbado y en un tono extraño:

-¡Ah! ¡Yo sabía que habían muerto!

Cuando se recobró y vio en qué estado estábamos, se sintió enfermo por la visión retrospectiva de nuestros peligros; enseguida me confesó que mientras no estábamos había visto todo como en sueños, y que sin distinguir ya el sueño de la realidad, se había calmado y como adormecido tocando el piano, convencido de que él también estaba muerto. Se veía flotando en un lago; unas gotas de agua pesadas y frías caían lentamente sobre su pecho, y cuando yo le hice oír el ruido de las gotas que, en efecto caían lentamente sobre el tejado, negó haberlas oído. Se enojó por lo que yo llamaba armonía de imitación, protestó con vehemencia, y tenía razón, contra la inutilidad de esas imitaciones para el oído. Su genio se nutría de misteriosas armonías de la naturaleza, volcadas en sublimes equivalente a por su pensamiento musical, y no por una copia servil de los sonidos exteriores. Su composición de esa noche estaba humedecida por las gotas de lluvia que resonaban sobre las tejas sonoras de la cartuja, pero que en su imaginación se habían convertido en lágrimas que caían del cielo sobre su corazón.

Chopin Prelude No.15, Db Major “Raindrop”–Alfredo Perl

Algunas veces había tenido ideas graciosas y más vitales, en su país. Compuso polonesas y romances inéditos de una gracia encantadora y una dulzura increíble. Algunas de sus composiciones posteriores son como lagos de cristal en los que se mira un rayo de sol. ¡Pero qué raros y breves son esos tranquilos éxtasis de su meditación! El canto de la alondra en el cielo y el grácil deslizamiento del cisne sobre las aguas inmóviles son para él como chispazos de la belleza en la serenidad. El grito del águila impotente y hambrienta sobre las rocas de Mallorca, el silbido áspero del cierzo y la sombría desolación de los árboles cubiertos de nieve lo entristecían por mucho más tiempo y más agudamente de lo que lo alegraban el perfume de los naranjos, la gracia de los racimos y la cantilena morisca de los campesinos.”

George Sand: Historia de mi vida (págs. 422 – 425)

Durante mi última visita al fascinante puerto de Hamburgo y, tras una típica y copiosa cena al más puro estilo alemán en el restaurante “Paulaner”, decidí dar una vuelta –junto a un grupo de amigos– por el mítico y marinero barrio de Sant Pauli, cercano al hotel donde nos alojábamos. Nos llamó la atención la gran cantidad de gente de todo tipo y edad que pululaba por sus calles, mezclados con grupos de turistas con su infaltable guía al frente. Decidimos seguir a uno de ellos –formado por italianos– a través de un estrecho callejón donde, inesperadamente,  nos topamos  con una placa conmemorativa en el lugar donde se encontraba el “Star Club”, el local donde comenzó a brillar el grupo musical más grande que ha dado la humanidad.

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Mis amigos de Hamburgo

Cualquiera conoce a los Beatles, pero no todos saben que su carrera empezó en Hamburgo. En 1960, los chicos de Liverpool llegaron a la ciudad. Hoy, su paso por estos lares se recuerda con monumentos y un nuevo museo.

Era el 17 de agosto de 1960. Sobre un escenario de la norteña ciudad de Hamburgo tocaban cinco desconocidos músicos de Liverpool. Pete Best, George Harrison, John Lennon, Paul McCartney y Stuart Sutcliffe se hacían llamar por aquel entonces los “Silver Beatles” y nadie sospechaba aún que aquel día se estaba empezando a escribir un nuevo capítulo en la historia del pop y el rock.

En Hamburgo, los Beatles recaudaron sus primeros éxitos. Aquí nació su legendario e inconfundible “sonido”. “Hamburgo era uno de uno de esos sitios en los que las cosas transcurrían de un modo salvaje. La ciudad nos permitió desarrollar nuestro talento. En ella teníamos éxito”, dijo Peter Best, quien pronto fue sustituido en la batería por Ringo Starr.

“I don´t care too much for money”

El “Star-Club” les dio a los Beatles el “último empujón”. Mientras que en su ciudad de origen los Beatles apenas lograban contratos, Sant Pauli los integró desde el principio en su panorama nocturno. En este marinero barrio, marcado por las drogas, el sexo y la violencia, los de Liverpool recibían vítores y aplausos, los clubes hacían cola para verlos subidos a sus escenarios y el grupo tocaba una media de seis a ocho horas cada noche por un salario de 30 marcos. Las actuaciones eran duras: la cerveza, los bocadillos de Frikadellen (carne picada asada) y las pastillas las hacían más llevaderas.

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“Vivíamos en el cine Bambi, cerca de los cuartos de baño. ¡Es cierto!”, recordaba Paul McCartney. También la comisaría de policía la frecuentaban con regularidad, acusados de alterar el orden público. Los Beatles dejaban en los bares un reguero de deudas tras de sí, se subían al escenario en ropa interior y gafas de buceo o armados con banderas británicas para recalcar su patriotismo. Los enfrentamientos con el público eran habituales.

“A shot of rhythm and blues”

Escuchando a los Beatles, los jóvenes alemanes se rebelaban contra la melosa música popular que les gustaba a sus padres. “Éramos artistas sobre los escenarios de los bares hamburgueses. ¡Tocábamos un rock fantástico!”, aseguraba John Lennon, y el arte de fascinar a las nuevas generaciones lo dominaban tan bien que Horst Fascher acabó contratándolos para que animasen las noches de su Star-Club. “¡Aquí recibieron el último empujón!”, cuenta Fascher.

En Hamburgo, los Beatles grabaron su primer disco y, con una versión de My Bonnie is over the ocean, escalaron hasta el quinto puesto de las listas de éxitos alemanas. El fin de año de 1962, los cinco británicos dieron el que debía ser su último concierto en el Star-Club: los Beatles estaban listos para comerse el mundo.

“Get back to where you once belonged”

En 2008, el alcalde de Hamburgo inauguró una escultura: Harrison, Lennon, McCartney y Starr eternizados en acero y, al fondo, Sutcliffe, el quinto Beatle que murió en 1962 en Hamburgo a consecuencia de un derrame cerebral. Alrededor del monumento: unas 70 canciones del grupo grabadas en el suelo.

Hamburgo está orgullosa de haber servido de pasarela a los Beatles. El pasado 29 de mayo, casi medio siglo después de su primera actuación sobre un escenario hamburgués y tras 10 meses de intenso trabajo, la ciudad inauguró una exposición permanente dedicada al cuarteto: allí donde todo empezó, en las calles de Sant Pauli, un viejo museo del erotismo se retira y brinda cinco plantas de espacio para el culto a la “Beatlemanía”.

Autor: Michael Marek/ Luna Bolívar
Editora: Claudia Herrera Pahl
Fuente: http://www.dw-world.de/dw/article/0,,4296259,00.html

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En el año 2004 –con motivo del centenario del nacimiento de Dalí– se publicó en España la obra literaria completa del “Genio de Figueres”. Él dijo en cierta ocasión que se consideraba “mucho mejor escritor que pintor”. Cosa nada fácil de comprobar, ya que su faceta como narrador y poeta no es suficientemente conocida por el público, que lo asocia básicamente a sus excentricidades verbales y a sus famosos cuadros surrealistas.

Leer, o simplemente revisar los libros de Dalí, es una buena manera de comprender cómo pintura y literatura se organizan dentro de la obra del artista actual. El encuentro entre lo visual y lo gráfico vendría a desembocar en una nueva y revitalizada mitología, dentro de la cual la poesía juega un importante papel. Así se percibe en El mito trágico de ‘El Angelus’ de Millet, –uno de los textos más brillantes del genial artista catalán– que escribió en francés entre los años 1932 y 1935, y cuyo manuscrito extravió en 1941, pocas horas antes de que las tropas alemanas entraran en la localidad francesa de Archachon. Veinticinco años más tarde fue encontrado por el editor francés Pauvert y publicado inmediatamente. Yo leí la fantástica edición española de Tusquets del 78, una primicia mundial porque fue supervisada por el propio Dalí quien añadió nueva y abundante documentación gráfica.

libroSin embargo, existen otros títulos no menos interesantes en su carrera literaria. Podríamos citar Un diario: 1919-1920, que fue escrito cuando Dalí tenía quince años, y en el que ya aparece el retrato de un artista adolescente con una clara voluntad creadora. En sus páginas se adivina a un gran lector, que habla de sus autores favoritos y deja ya muy claro su deseo por ser un gran escritor.

El otro libro de Salvador Dalí que tuve ocasión de leer hace años fue Vida secreta –considerado por muchos críticos como la obra cumbre de la literatura daliniana–, un original ejercicio autobiográfico en el que se entremezclan los recuerdos intrauterinos, los delirios paranoico-críticos y las vivencias personales del pintor. Cuando lo escribió, Dalí tenía 36 años y se encontraba en Nueva York, donde ya el genio catalán había montado algunos escándalos. Vida secreta se publicó originalmente en inglés en los Estados Unidos, traducido a partir del manuscrito en francés y catalán de Dalí, utilizando un lenguaje muy barroco y elaborado.

En su tercer libro, titulado Diario de un genio y que cubre el período entre 1952 y 1962, Dalí se retrata a sí mismo y a sus contemporáneos con una fina ironía y un exaltado humor. Bastante alejado de ese estilo están los títulos Confesiones inconfesables, escrito en colaboración con André Parinaud, y Las pasiones según Dalí. En ellos quedan reflejadas sus más importantes obsesiones: la muerte, Gala, el erotismo, Dios, el oro, los ángeles o la inmortalidad y la reencarnación; temas que le preocupaban mucho, además de otros 400 que toca en este volumen.

libro-2Y para finalizar esta breve antología literaria del que fuera uno de los indiscutibles genios del arte del siglo XX, quisiera citar también la que fue su única novela: Rostros ocultos, escrita en 1943 y en la que aborda las grandes pasiones humanas. Está protagonizada por un grupo de aristócratas que viven inmersos en el torbellino de la decadente sociedad europea de los años treinta, antesala del ascenso del fascismo y del estallido de la II Guerra Mundial.

Otros libros suyos que también intentaré leer próximamente, y que ya tengo encargados, son ¿Por qué se ataca a La Gioconda?, Los cornudos del viejo arte moderno, –en el que ataca con virulencia a los críticos de arte que se sometían en los 50 y 60 a la dictadura de las vanguardias artísticas– y Carta abierta a Salvador Dalí, en la que el propio artista se define como “supremo déspota que rompe con todo, pisoteando cuantas leyes divinas y humanas existen”. Creo que voy a disfrutarlos enormemente.

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“El arte de la fuga” (“Die Kunst der Fuge” BWV 1080) es una obra maestra de Johann Sebastian Bach: un único tema musical que se persigue a sí mismo –y también a sus múltiples variaciones– en un diálogo intenso, rico en simetrías, inversiones, ritmos y tiempos diferentes.

“El arte de la fuga” ( “Die Kunst der Fuge” BWV 1080) es una obra maestra de Johann Sebastian Bach: un
único tema musical que se persigue a sí mismo –y a sus múltiples variaciones– en un diálogo musical intenso, rico en simetrías, inversiones, ritmos y tiempos diferentes.

Glenn Gould – Die Kunst der Fugue – Contrapunctus I

Después de una obra inmensa, en cuanto a calidad y nobleza de ideas, Bach coronó su vida con el mensaje incompleto de su importante obra didáctica «El arte de la fuga», producción que sobrecoge a los técnicos por su inmensa trascendencia. Fue escrita en el último año de la vida del cantor de Leipzig (1749‑1750). Poco antes había compuesto para Federico II su «Ofrenda Musical». No obstante, «El arte de la fuga» sobrepasa en belleza a la obra anterior. Al referirse a esta producción, se habla de rigor matemático y de abstracción metafísica. Pero aclarado ya el horizonte lleno de brumas que desdibujaba y oscurecía la obra inmortal del autor de las «Pasiones», esta obra se nos aparece clara, refulgente y centelleante de viveza y espiritualidad.

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En los tiempos de Johann Sebastian Bach se juzgaba «El arte de la fuga» como una producción tan docta y complicada que solamente los elegidos eran capaces de comprender, y dado su carácter se la motejaba de música para la vista y no para el oído. Nada más lejos de la verdad. Bach se valió de una técnica perfecta y profunda para explicar ideas diáfanas y sublimes.  A medida que Bach arquitecturaba este monumento musical, se grababan las «fugas» siempre bajo su dirección. Los achaques físicos, la gravedad de sus males, se agudizaron de tal manera que ya completamente ciego y atacado de parálisis tuvo que abandonar esta obra. Murió sin verla acabada. No dejó tampoco ninguna nota aclaratoria a la presentación de estas «fugas», algunas de ellas muy difíciles de interpretar. Las escribió en cuatro claves diferentes. Ello hizo suponer a los musicógrafos de entonces que se trataba de una producción puramente teórica y pusieron sus manos pecadoras en esta partitura sublime, escrita originariamente para clave. Ayudó a esa profanación el hecho de que la última fuga de la obra apareciera sin acabar. Fallecido el cantor, su familia añadió al original de Bach, sin causa que lo justificase, todo lo que el gran maestro había compuesto en sus últimos meses de vida. Se encargó al musicógrafo Marpurg que escribiera el prólogo de la obra, cosa que hizo en términos tan malintencionados, que pese a los elogios que dedicó a esta obra el célebre Mattheson, en cuatro años sólo se vendieron treinta ejemplares.

El libro del Arte de la Fuga se compone de quince fugas y cuatro cánones, o más bien, a juicio de Spitta, de una gigantesca fuga en quince capítulos. La fuga aparece aquí en sus más diversos y ricos aspectos, desde la sencilla, doble, triple, hasta la «erizada por un doble contrapunto, complicada con alteraciones rítmicas o melódicas».  Algunos contemporáneos de Bach comentan que la obra del gran compositor era demasiado elevada para este mundo. Y esta creación, ante la cual sólo podemos admirarnos y asombrarnos, está arquitecturada y descansa sobre un único tema en re menor, «bastante insignificante e inferente por sí mismo».

La homogeneidad del inacabado opus es tan grande que las fugas requieren una ejecución conjunta. Interpretadas aisladamente pierden algo de su peculiar grandeza, y tan solo brillan esplendorosas cuando suenan agrupadas.

¿Qué ideas informan esta unión de piezas casi inseparables? Las más excelsas en Johann Sebastian Bach. Estas ideas suyas, que nos evocan, solemnes y gozosas, un mundo maravilloso de paz espiritual, alejado de nuestro mundo terreno y en el cual reina la serenidad y la pureza más viva de sentimientos, donde todo es bello, porque todo es bueno, bañado de misticismo, de cristiano fervor. Música que sosiega nuestro ánimo y nos habla de paraísos asequibles sólo a aquellos que, como Bach, poseen un alma noble y transparente.

La inacabada fuga del cuaderno ha intrigado siempre a los investigadores de la obra el gran maestro alemán. Algunas veces –demasiadas, por desgracia– se ha querido poner un personal colofón a la obra que la muerte dejó incompleta. Georg Darmstadt, compositor germano, lleva transcritas todas las fugas del libro para las diferentes variantes orquestales, e incluso la inacabada partitura del Arte de la fuga fue terminada por Darmstadt, prestándole un conjunto digno y majestuoso. También el músico inglés Donald Francis Tovey (1875‑1940), puso sus manos en esta obra y la acabó, pero en forma pianística.

Fuente: el-atril.com

La mayor parte de las biografías de Mozart –por ejemplo, las de Stanley Sadie y de Fernando Vela–, igual que obras literarias basadas en su obra –como la de Pushkin o el delicioso relato de Edward Morike “Mozart camino de Praga”– subrayan la juvenil alegría del compositor, aunque sin llegar a la inolvidable y controvertida risa de “Amadeus”. Pero, como se advierte en su música, la alegría de Mozart contenía un oculta melancolía, que prefigura la contradictoria conciencia trágica del hombre moderno.

mozartWolfgang Amadeus Mozart morirá tres años después de la Revolución Francesa y, aunque pondrá música a una de las más agrias y punzantes sátiras de la alta nobleza, Las Bodas de Fígaro, sátira que él sabrá suavizar y humanizar con el increíble y profundo refinamiento de su música, el cambio de los tiempos, la aparición de una nueva nobleza y una nueva aristocracia le serán extrañas así como ignorará la Restauración y el ansia de perpetuarse que tendrán sus hombres, ansia a la que Beethoven volverá la espalda borrando la dedicatoria de su Eroica a Bonaparte: Mozart será el músico del rococó y su música, espiritualmente y como un símbolo acompañará el trágico reinado de Maria Antonieta; paralelo al talante, a la elegancia de la corte de Versalles, su aportación a la música del siglo XVIII europeo aparenta ser algo frívolo y circunstancial, el brillo de un instante que se desvanece y del que ni el recuerdo queda; pero Mozart, con un año de diferencia en su nacimiento, vivirá en los mismas días que W. Blake y trabajará paralelo a las gigantescas figuras de Goethe y Hölderlin: tres de los más grandes poetas y trágicos que ha conocido la humanidad le son contemporáneos; su música, a primera vista insustancial e intrascendente, de forma oscura y soterrada, como un río subterráneo, silencioso pero avasallador, buscará sus raíces en el mismo suelo en que fructificará la locura de Hölderlin y su visión, renovada y nueva, verdadero monumento del idioma alemán, de las tragedias de Sófocles o de Hyperion: de la poesía hará una vida y una ética así como Mozart de la música hará un lenguaje misterioso, escondido, transmisor de mensajes no siempre fáciles de descifrar; como uno de aquellos trovadores de la alta edad media, también hay una búsqueda –una quéte— en sus obras; en ellas hay un largo camino que conduce a un grial no fácilmente discernible pero que el autor busca incansablemente.

La juventud de Mozart es el primer velo que enmascara a éste: su madurez nada tiene que ver con los años y su aparente inocencia esconde la melancolía de quien no podía ignorar su verdadero valor y el lugar preciso que iba a ocupar en la historia del arte: su figura es única; Bach podrá ser más “sabio”, Beethoven o Schonberg más técnicos, pero Mozart es único porque sólo él conoce el milagro de una juventud consciente: parece estar siempre cantando en “la primera mañana del mundo” pero, al mismo tiempo, nada humano le es ajeno y, sabedor de la energía contenida en una juventud que desaparecerá con él mismo, se derrama en su obra con una fuerza irresistible, virginal y autoconsciente: ningún músico, antes o después de él había hecho de la inocencia una obra de arte y de la conciencia de su humanidad una obra maestra: en esto radica su suprema perfección.

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

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TIERRA SENTIDA

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OBRAS DEL ARTISTA SEBASTIÁN MÁRQUEZ

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BARCELONA

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