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Bajo el título de ‘Ted Russell: Bob Dylan NYC 1961-1964’, la neoyorquina galería de Steven Kasher estuvo albergando –desde el 20 de abril hasta el pasado 3 de junio– una exposición de fotografías excepcionalmente interesantes del músico, poeta y Premio Nobel de Literatura 2016, Robert Allen Zimmerman, más conocido por Bob Dylan. Casualmente, me encontraba yo en la Gran Manzana en esos días y –tres o cuatro jornadas antes de su clausura– me planté en el 515 de la calle Oeste con la 26. La exposición, resumida en pocas palabras, no era más que una fresca mirada del fotógrafo Ted Russell (que en la actualidad tiene 87) años al interior del joven Bob Dylan, cuando éste vivía en un descuidado apartamento del Greenwich Village a principios de la década de los 60.

En noviembre de 1961, Bob Dylan tenía 20 años, y ya era un cantante bastante popular que se preparaba para una ascendente y prometedora carrera musical. Sus primeras actuaciones pagadas, sobre todo en el ‘Gerde’s Folk City’, despertaban interés. Una favorable e inesperada reseña en el ‘New York Times’ y la grabación y lanzamiento de “Song for Woody”, su primera composición original, tuvo un gran éxito e influyó en muchos cantantes y compositores de la época.

Por su parte Ted Russell –nacido en Londres en 1930– y residente en los Estados Unidos desde el año 1952, está considerado uno de los grandes fotógrafos del siglo XX. Comenzó a fotografiar a los 10 años y, a los 15, ya colaboraba con algunos periódicos londinenses. Al año siguiente, trabajó en ‘Acme Newspictures’ en Bruselas. Más tarde se unió al personal de ‘Now’, un magazine ilustrado, y posteriormente a la revista ‘Spotlight’. En el 52 abordó el Queen Mary para Nueva York, llegando con cuatro cámaras y 200 dólares. Pronto fue reclutado y se desempeñó como fotógrafo del Ejército. Después de asistir a la Universidad de California en Berkeley, regresó a Nueva York y se convirtió en fotógrafo de la revista ‘Life’ durante más de 12 años. Sus trabajos han aparecido además en las prestigiosas revistas ‘Newsweek’, ‘Time’, ‘Saturday Review’ y ‘New York’ e igualmente expuestas en el Centro Internacional de Fotografía y en el MOMA.

Por mi parte, debo confesar que fue una grata experiencia la visita que hice a la ‘Steven Kasher Gallery’, inspiradas por la música y los retratos de Bob Dylan. Estas fotografías de Dylan han sido una iluminación: cuando en 1961 su primer disco ni siquiera había sido promocionado, el músico de 21 años, con el pelo rizado y los ojos vivos, estaba a punto de proclamar su propia verdad al mundo, aunque nadie lo sospechaba. Armado con su máquina de escribir y su guitarra iba a aplastar y absorber la realidad y devolverle la vida dentro de una nueva forma, con un equilibrio perfecto entre una inocencia necesaria y ligera para hablar sinceramente al mundo y una tenacidad antigua, de siglos, para hacerlo. Fue Bob Dylan, sin duda, el joven que cambió el rock and roll en ese momento, la primera gran revolución musical desde que Elvis Presley la iniciara en Memphis en 1956.

Mr. Arriflex

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Montgomery Clift junto a Marilyn Monroe y Clark Gable.

Adelantándose a la celebración oficial del 50 aniversario de la muerte de Montgomery Clift, la emblemática ‘Cinémathèque Française’ ha programado para los próximos días 23, 24 y 25 de julio la proyección de 12 de las 17 películas en los que intervino el inolvidable actor. Entre ellas destacan ‘De aquí a la eternidad’, ‘Río Salvaje’, ‘Vidas rebeldes’, ‘De repente, el último verano’, ‘La heredera’, ‘Río Rojo’, ‘Vencedores o vencidos’ y ‘Yo confieso’.

Mi primer recuerdo de Montgomery Clift va unido a la proyección del film Río Rojo, de Howard Hawks. Era una sala para cinéfilos ya desaparecida, por supuesto. Corría el año 1970 y una de mis inquietudes culturales era frecuentar cines de Arte y Ensayo recomendados por las revistas especializadas de la época. Río Rojo se proyectó junto a Hiroshima, mon amour, de Alain Resnais. Aunque era un gran admiradorde John Wayne, sin embargo me quedé impresionado por el trabajo de Montgomery Clift, que interpretaba en la película de Hawks al hijo de Wayne, un vaquero introvertido. Fue seguramente la profundidad psicológica del personaje, con su rostro atormentado, lo que me atrajo de este inolvidable actor.

Curiosamente Río Rojo fue el primer film de los 17 en que intervino Clift. Había nacido 7 de octubre de 1920 en Omaha (Nebraska). Hasta participar en el film de Hawks (tenía 28 años) Montgomery Clift ya poseía un amplia carrera teatral en Broadway, rechazando las ofertas que le venían de Hollywood. Pronto dos hechos –que posteriorente marcaron toda su carrera– influyeron en el actor. Por una parte su trabajo con Elia Kazan (le dirige en la obra de Thornton Wilder ‘The Skin of Our Teeth’), que le inicia en método del Actor’s Studio (Dustin Hoffman, Jack Nicholson, Robert De Niro y Al Pacino han confesado las influencias que recibieron de Clift). Y por otra parte una disentería que contrajo muy joven, cuyo tratamiento le puso en contacto con el mundo de los fármacos y las drogas.

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Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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¿Quién ha dicho que hay que salir de casa para viajar? A través de los libros de viajes podemos recorrer casi todos los países del mundo sin levantarnos del sofá. A lo largo de la historia, muchos escritores aventureros, tentados por la curiosidad, hicieron su equipaje y escribieron sus memorias o vivencias.

Según el profesor Narcís Garolera, autor del libro Escritura itinerante, la Odisea de Homero puede ser considerado el primer libro de viajes, ya que a pesar de tener elementos fantásticos, no deja de ser un libro que recorre los pueblos del Mediterráneo. En la Edad Media, el viajero más relevante fue Marco Polo: “Hizo la Ruta de la Seda, por la que llegó a China, y luego dictó el Libro de las maravillas del mundo, que aportó los únicos datos conocidos de la geografía del Extremo Oriente en aquella época “.

El profesor también explica en su libro que más adelante, en el siglo XVIII, los que viajaban eran los ilustrados y lo hacían con el objetivo de adquirir conocimientos científicos: “Escribían memorias de manera objetiva. Un ejemplo destacado fue el militar, espía, arabista y aventurero catalán Domingo Francisco Badia y Leblich, conocido también como Alí Bey el-Abbassi, que viajó por Marruecos, Argelia, Libia y diversas regiones del Imperio otomano hasta llegar a La Meca.

Después ya nos encontramos con el Viaje a Italia, de Goethe, uno de los autores más relevantes de finales del siglo XVIII. “Se considera el primer libro de viajes literario. Marcó el punto de inflexión entre los viajeros científicos y los románticos, que vinieron después”. El primero romántico es Chateaubriand, con su viaje a Tierra Santa en el siglo XIX. “Es el primero que escribe a partir de sensaciones e impresiones, de una manera subjetiva. También es muy conocido Stendhal y su viaje a Italia. Los románticos —añade el profesor– son los que más han influido en la literatura de viajes posterior. Han servido de inspiración para muchos escritores de finales del siglo XIX y principios del XX, e incluso han marcado las bases de los libros de viaje actuales”.

De entre estos y otros autores y lecturas de viajes, hemos hecho una selección de varios libros que permiten dar la vuelta al mundo de la mano de escritores y periodistas muy fieles a la realidad o románticos que se han dejado llevar por sus sensaciones.

Norteamérica en caravana, 16.000 kilómetros de ‘Viajes con Charley’ con John Steinbeck

charleyEn 1960 John Steinbeck, acompañado de su perro Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros y treinta y cuatro estados a bordo de su autocaravana, que recibía el nombre del caballo del Quijote, Rocinante. Durante el viaje, el escritor conoce personas de diferentes clases sociales, con quien mantiene conversaciones para intentar entender su realidad. Este era básicamente el objetivo del autor cuando decidió emprender el viaje. Consideraba que como escritor estadounidense no podía hablar sólo de lo que sabía a través de los libros, sino que tenía que conocer de primera mano los rincones de su país. Salir de Nueva York. “La identidad norteamericana es un hecho demostrable y preciso”, y es lo que Steinbeck –premio Nobel de literatura del 1962– va a buscar en este viaje.

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Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

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Un olvidado y deslumbrante apartamento parisino, que permaneció totalmente cerrado y olvidado durante 70 años, fue descubierto hace unos años en el barrio de Pigalle, cerca de la Opéra Garnier.

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La romántica y hermosa historia de esta vivienda –cuya inquilina fue la bella y adinerada Madame de Florian– se conoció por primera vez en 2010, año del fallecimiento de su titular, que vivió en este apartamento hasta su huída al sur de Francia semanas antes de que las tropas nazis desfilaran por París, en mayo de 1940.

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Madame de Florian nunca regresó a su apartamento, ni a la capital francesa. Sin embargo, siguió pagando religiosamente las mensualidades correspondientes al alquiler de la vivienda hasta que falleció a los 91 años, en el año 2010.

Una de las personas que tuvo el honor de ser la primera en introducir la llave en aquella vieja y oxidada cerradura, por primera vez en setenta años, comparó la experiencia con la de ‘penetrar en el castillo de la Bella Durmiente’.

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Aunque parezca extraño, la presencia piezas de taxidermia en las casas pudientes de la época era un ostentoso signo de riqueza.

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Todos los muebles aparecieron tal como ella los dejó, lo que indica una huída precipitada. Daba también la impresión de que la marcha hubiese sido ayer mismo.

Una verdadera máquina del tiempo. El piso mostró muchos tesoros, pero el más valioso de todos era una pintura del artista italiano del siglo XIX Giovanni Boldini.

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La hermosa y delicaada mujer del retrato es la abuela Madame de Florian, Marthe de Florian. Fue pintado por Giovanni Boldini en 1898, cuando Marthe tenía 24 años de edad. La pintura fue recientemente subastada y vendida por 2 millones cien mil euros. La abuela Marthe fue una conocida actriz que tuvo una larga lista de admiradores masculinos. En el piso se encontraron las cartas de amor de sus admiradores, entre ellos estaba el propio Boldini y el Primer Ministro de Francia, George Clemenceau.

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Madame de Florian huyó de París antes de la llegada de los nazis a París el 14 de junio de 194o. En la foto, los oficiales alemanes y los parisinos se mezclan cerca de un café al aire libre en los Campos Elíseos, en el Día de la Bastilla en 1940.

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Hasta hoy, son muchos los que se preguntan –sin tener la respuesta– porqué Madame nunca volvió a su apartamento de París. Desafortunadamente, la casa no está abierta al público y es propiedad de sus herederos.

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Alejandro Pichiano y Sergio Antonelli llegaron de Buenos Aires cargados de esperanza, una mochila con ropa, dos amplificadores y una guitarra eléctrica cada uno. Querían tocar en pubs, bares o al menos en “garitos”, esperar a que alguien apostara por ellos y estuviese dispuesto a contratarlos por la noche… Hoy es su primer día en el metro de Madrid y no hay “operación triunfo” que valga ni aplausos que los consuelen, sólo un guardia de seguridad que —menos mal— les dice con buenos modales que se olviden de los amplificadores.

Berardi y Antonelli formaron el grupo La Herejía hace algunos años; querían vivir de la música, pero la crisis argentina se llevó todo consigo. Es curioso, dice Pichiano, “me pone más nervioso tocar en el metro que en un escenario”. Por qué, le pregunto. Y bueno, dice, quizá porque me abochornaría mucho equivocarme aquí.

Para algunos músicos tocar en el metro es la única manera de sobrevivir en un mundo de inmigración perenne y crisis rotativas. Pero cada brete tiene su ritmo y así se puede pasar del son al tango, del flamenco al bolero y del blues a Vivaldi y sus conciertos para mandolina.

“Aquí puedes hacer un recorrido por Colombia”, dice Abel desafiante y educado cuando enumera los numerosos ritmos de su país: cumbia, joropo, bambullo, torbellino, danza, contradanza, fandango, merengue, folklore llanero. Y tienes sólo cinco segundos para que el caminante se entere. “Uno quiere hacer cultura a través de la música, del folklore y de los ritmos de Colombia y si, además, así nos ganamos la vida, pues qué mejor”, agrega Fredy, que acompaña a Abel en la guitarra con la quena y la flauta.

Tocar en el metro —me dice una amiga que no duró más de 48 horas en el intento— es “quizá la peor manera de arruinarse como músico”. “Lo que importa en el metro no es que toques bien, sino que toques fuerte; cuanto más alto lo hagas, más te escuchan”. Eso, dice, termina por perjudicar incluso al mejor del subterráneo.

Pero no necesariamente se cumple la teoría de que a más ruido más monedas. Hay una especie de justicia colectiva que premia el talento; un código en el que no hay misericordia con el que no la merece profesionalmente. A Luis Arenas no le va mal; es su ingenio y evidentemente su vocación lo que han hecho a este músico de Costa Rica sacar su día a día cantando en el metro. Y pese a que en más de una ocasión, tras escucharlo, alguien se ha acercado para contratarlo en fiestas privadas —“una vez me contrataron para una fiesta jipi en la que estuve cantando Led Zeppelin, Bob Dylan y los Beatles toda la noche”—, a el le gusta el metro. Su secreto es sencillo: “Si no tocas con alegría y no disfrutas lo que haces, la gente lo percibe; si no lo haces con gusto, te conviertes en un mendigo”. Arenas es de los pocos que han aprovechado tocar en el metro como un prolongado ensayo. “Aquí uno aprende a improvisar, a que se quite la vergüenza, a que saques la voz; aquí empecé a inventar historias para que se enrolle la gente, porque se dan cuenta de que estoy hablando de ellos”. La virtud de Arenas es justamente esa: sacar noticias de la vida cotidiana, del día a día e inventarse una historia, sea de la guerra en Palestina o de los tacones altos de una mujer con prisa que ha visto pasar. Tiene una canción peculiar, uno de sus mayores éxitos, lograda con frases en francés y portugués, cuyo significado sigue sin conocer en muchos casos.

Hay quien incluso, contradiciendo las normas de la prisa y el apuro, se ha detenido a aplaudir en medio del alboroto. “A veces la recompensa es más un guiño que una moneda”, dice Quique, un cantaor andaluz que no ve su trabajo como una carga, pese a que el clima, un calor insoportable en verano o una corriente fría en el invierno, pueden convertirlo en un desafío.

Tocar en el metro es tocar en el último escalafón de las aspiraciones musicales, en el sótano de la ambición artística; un lugar de paso y de prisa en el que la repetición es constante y el repertorio escaso; un espacio en el que el sosiego y la calma son palabras sin referente, y en el que resistir más de dos años es casi una proeza. Un chico en Avenida de América que toca el bandoneón no cambió de repertorio en dos horas de paseo por el subterráneo. Nadie lo percibe a menos que al final de la jornada se tenga que regresar por el mismo pasillo. Y sin embargo la cultura subterránea, el underground del que emergió la generación Beat o sacó a Bob Dylan del anonimato, tiene en su origen ese espíritu combativo de quienes, cargados con una guitarra, un micrófono de segunda mano y un chingo de esperanza, revitalizan el aire cansado de la banalidad más absoluta que emerge del escritorio de “audaces” comerciales como si fuera poesía: Europe is living a celebration.

Si todavía hay quien dude que en el metro puede gestarse la mejor música y el mejor el mejor arte, si no recuerda un cuarteto ucraniano de Príncipe de Vergara, dotado con un talento de orquesta nacional, le puede valer ver el glorioso documental The Underground Orchestra (1998), del holandés Heddy Honigmann, y sorprenderse de que Bajo el asfalto también hay vida, como ya nos lo enseñó Jennifer Toth en aquel libro hermoso sobre los túneles de Nueva York.

Juan Manuel Villalobos

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Tengo por costumbre evitar la nostalgia del pasado con la típica frase “todo tiempo pasado fue mejor”. No es cierto, el tiempo pasado solamente fue distinto y el pasado y el presente tiene cosas buenas y malas como las personas. Ahora, reconocido esto, es mi derecho y opción el opinar que los Ferrocarriles de Chile de antes eran mejores, al menos existían.

Hay que ser muy imbécil para no ocurrírsele a uno que un país como Chile, largo y angosto, no debería estar comunicado de Arica a Punta Arenas por una línea de tren y por un servicio de buques de pasajeros con el mismo trayecto. En el pasado existieron y excelentes. Mi abuela iquiqueña y que se casó con mi abuelo que era de Los Ángeles en 1910, viajaba con su marido regularmente todo el año en vapores de la Pacific Steam Navegation Company o la Compañía Sudamericana de Vapores. No existía o recién estaba siendo inaugurado el ferrocarril al norte, que era un infierno, y no había buses ni aviones. Cómo no iba a ser más agradable ir de Iquique a Talcahuano en un cómodo vapor con comedores, salones, camarotes, empleados y amistades. No tuvieron hijos sino hasta años después de casados, y se casaron muy jóvenes, así es que pasaban la mitad del año en la casa de las salitreras, como llamaban a la casa de la calle Baquedano que todavía existe y el campo de Los Ángeles, que desapareció en las tormentas de la Reforma Agraria de Frei Montalva.

Volviendo al tren, la línea más cercana a mí era la de Viña del Mar a Santiago. Existían los trenes expresos de las 8.00, 12.00 y 18.00, que paraban sólo en las estaciones más importantes, los más modestos trenes ordinarios, que tenían horarios diferentes, paraban en todas las estaciones y casi doblaban el tiempo de viaje de los expresos, y el deslumbrante tren Rápido, que sólo paraba tres o cuatro veces en el trayecto y salía temprano en la mañana. Era el tren de los abogados y agentes de la Bolsa que iban a hacer sus trámites a la capital, no era un tren de familia.

El viaje en el expreso de 8.00 era un acontecimiento. Uno llegaba a la Estación de Viña tres cuartos de hora antes de la pasada del tren que venía de Valparaíso. En el edificio de la Estación había salas de espera para primera y segunda clase, además de boleterías, puestos de revistas y un buffet para los hambrientos. Se iban juntando en las salas de espera los viñamarinos, pero a medida que avanzaba el tiempo y se acercaba la hora de la pasada del expreso, iban llenando los andenes, todos mirando hacia las líneas que se perdían hacia Valparaíso para ser los primeros en ver al tren. Pero cuando se daban cuenta que faltaban 20 minutos todavía, la gente empezaba a pasearse lentamente, los matrimonios del brazo, los caballeros solos, con las manos atrás y El Mercurio debajo del brazo. Hasta que al final de los rieles, se veía el tren. Cuando esto sucedía y se veía diminuto en la lejanía el convoy, la gente lo anunciaba en voz alta como si se les hubiera comunicado especialmente por la Presidencia de los Ferrocarriles del Estado:”ahí viene”.

Esto era seguido por bajadas de barreras, campanas, luces rojas y verdes en unos gigantescos postes y la gente se encaminaba, ya sin ninguna lentitud ni parsimonia, casi corriendo por el andén hacia el sitio donde más o menos se iba a ubicar el carro que les correspondía, porque con el boleto, además se le entregaba un billete con la letra del carro que le tocaba y el Nº del asiento, además de la clase. Los de primera clase se iban hasta casi la punta del andén y los de segunda se quedaban en la mitad. No había tercera clase, sólo en los trenes Ordinarios. Y llegaba el tren, entrando lento a la estación, permitiendo a los viajeros ubicar sus sitios. Primero, la máquina eléctrica, lo que era un lujo, considerando que para el norte no había electricidad y para el sur sólo hasta San Rosendo. Esa máquina tenía nombre y se llamaba Serpiente de Oro y eran varias las que prestaban servicios, luego uno o dos carros de equipaje y el primer coche de pasajeros que era el coche Numerado, porque los que se querían asegurar un lugar y ser los primeros en llegar va Santiago, iban dos o tres días antes a comprar el pasaje. Luego venían los coches rojos de primera clase, fabricados en Alemania a fines de la década de los 20 y principios de los 30.

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A orillas del río Baker, cercano a Caleta Tortel, un total de 33 cruces representan el mudo testimonio de los misterios mejores guardados de la colonización y explotación de la región de Aysén.

Según se extrae de las crónicas históricas del lugar, en septiembre de 1905 zarpa de Dalcahue un vapor con 200 obreros chilotes hacia la desembocadura del río Baker, para abrir paso a través de selva, cerros y humedales una vía que llegara desde el Pacífico hasta prácticamente la frontera con Argentina, para facilitar el transporte y exportación de lana y carne desde las regiones más altas, especialmente de la zona de Chubut.

Periódicamente, un barco volverá a la zona para aprovisionar a los trabajadores de alimentos frescos y otros objetos de primera necesidad, sin embargo, ante el naufragio del barco, esas esenciales provisiones no llegaron jamás. Los obreros realizan un trabajo físico brutal todos los días, cortando árboles y picando senderos en la piedra viva para ir abriendo camino, y para alimentarse tan solo tienen carne salada, tocino, arroz y harina llena de gorgojos. Esta deficiente alimentación, unida al clima extremo que tienen que soportar, no tarda mucho en pasar factura en forma de una extraña enfermedad en la que aparecen moretones en piernas y brazos, hemorragias por daños gastrointestinales, sangrado de las encías y dolores de cabeza hasta ocasionar la muerte.

Ante el temor de infección o contagio, los muertos son llevados hasta esa pequeña isla y enterrados sin oraciones ni honores, simplemente una destartalada caja de madera de ciprés y una cruz sin nombre marcarán el lugar de su descanso eterno.

En octubre de 1906 llega por fin un barco que rescatará a los supervivientes, prácticamente convertidos en fantasmas desdentados, de su peculiar infierno patagónico. Tan solo un puñado de ellos conseguirá recuperarse de la enfermedad y poder seguir adelante pese a salir de allí con vida.

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Más tarde, la verdad sobre la muerte se oculta bajo suposiciones y acusaciones hacia la Compañía explotadora del Baker. Unos dicen que los trabajadores fueron envenenados a propósito por la compañía para no pagarles los salarios adeudados, otros apuntan a que los obreros contrajeron la enfermedad a causa de pesticidas que se acumulaban en la misma bodega del vapor junto con los alimentos y ganado, otros señalan que habrían sido envenenados por los curanderos alacalufes por las relaciones amorosas que habrían establecido los trabajadores con sus mujeres.

Fuera como fuere, el abandono de los trabajadores durante muchos meses en un lugar como aquel fue sin duda el motivo de su condena.

El cementerio fue excavado a escasos metros del río, debido a que las fuerzas de los sobrevivientes no daban ni para introducirse en el interior de la espesa vegetación ni para cavar en tierras más endurecidas. Por ese motivo, las crecidas del río se llevaron en fechas inciertas buena parte de las tumbas. El padre salesiano Alberto Agostini mencionaba la cantidad de 120 cruces a mediados del siglo pasado, el explorador A. F. Tschiffely hacía mención a 79 poco después, hoy en día solo quedan 33. Quién sabe si la próxima crecida del Baker acabará por borrar por completo el último recuerdo de aquellos que dejaron allí su vida por el progreso de Chile.

En el año 2001 la isla es declarada Monumento Histórico Nacional y es centro de visita obligada para quienes buscan conocer su historia.

 

Fuente: http://www.chileestuyo.cl/

 

 

Las lágrimas de San Lorenzo

Chistian Mülhauser, suizo, subió, entre agosto y octubre de 2012, tres veces a la montaña más famosa de Suiza, el Matterhorn, para hacer esta buena y bella película/vídeo de 4,15 minutos. Se quedó a dormir algunas noches a 2.700 m. y con una temperatura de -12º centígrados. A esa altura y sin contaminación lumínica los cielos son una maravilla.
La música es de Roberto Cacciapaglia.

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 por César Chesneau, señor Du Marsais o Dumarsais

“El filósofo” fue publicado de manera anónima en 1743 con el frontispicio de impreso en Amsterdam para evitar la censura, dentro de una recopilación titulada “Nouvelles libertés de penser”. La recopilación incluía además el “Traité de la liberté de l’âme de Fontanelle, unes Réflexions sur l’existence de l’âme et sur l’existence de Dieu”, también atribuidas a Du Marsais, así como “Réflexions sur l’argument de M. Pascal et de M. Locke” y unos “Sentiments des philosophes sur la nature de l’âme”, de autor incierto. La publicación terminó con un episodio dramático: fue seguida de investigaciones policiales, que condujeron al arresto y prisión en la Bastilla de varios buhoneros que vendían el libro, el impresor Nicolas Guillaume y el librero René Jossé. En 1745, volvió a ser incluido en otro libro anónimo, esta vez como parte de un “Examen de la religion dont on cherche l’éclaircissement de bonne foy”, que se atribuyó en aquel entonces al fenecido Saint-Evremond. El profesor Gianluca Mori ha señalado que tal vez la recopilación de les “Nouvelles libertés” fue preparada por el mismo Du Marsais en 1735-37, del que se sabe que luego preparó otra con el abate Le Mascrier, “Le monde” (1751), y no ha dudado en calificarla como «el filón más radical del pensamiento clandestino de la primera mitad del siglo»

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Hoy nada cuesta menos que adquirir el nombre de filósofo: una vida oscura y retirada, alguna apariencia de sensatez y unas pocas lecturas bastan para que reciban este nombre personas que se honran con él sin merecerlo. Otras, que tuvieron la fuerza de deshacerse de los prejuicios de la educación en materia religiosa, se ven a sí mismos como verdaderos filósofos. Algunas luces naturales de la razón y unas cuantas observaciones sobre el espíritu y el corazón humanos han hecho que se den cuenta de que ningún ser supremo exige culto de los hombres, de que la diversidad de las religiones, sus contrariedades y los diferentes cambios que se han dado en cada una son la prueba sensible de que lo revelado jamás existió, y que la religión, como el amor, sólo es una pasión humana más, hija de la admiración, el temor y la esperanza; pero se quedaron sólo con esta especulación, y hoy esto basta para ser reconocido como filósofo por un gran número de personas.

Sin embargo, es necesario tener una idea más vasta y más justa del filósofo, y he aquí el carácter que nosotros le atribuimos.

El filósofo es una máquina humana como cualquier otro hombre; pero es una máquina que, por su constitución mecánica, reflexiona sobre sus propios movimientos. Los otros hombres están decididos a obrar sin sentir ni conocer las causas que los hacen mover, sin ni siquiera soñar que las haya. Por el contrario, el filósofo discierne las causas tanto como esté en él hacerlo, e incluso a menudo las previene y se entrega a ellas a sabiendas: es un reloj que a veces se da cuerda a sí mismo, por así decirlo. De este modo, evita los objetos que puedan causarle sentimientos que no convienen a su bienestar o un estado razonable, y busca aquellos que puedan suscitarle afecciones convenientes para el estado en que se encuentra. La razón es al filósofo lo que la gracia es al cristiano en el sistema de San Agustín. La gracia decide al cristiano a obrar; la razón decide al filósofo sin restarle el gusto por lo voluntario.

Los otros hombres se dejan llevar por sus pasiones sin que sus acciones estén precedidas por la reflexión; son hombres que caminan en las tinieblas; mientras que el filósofo, en sus pasiones, sólo obra tras la reflexión: camina en la noche, pero lo precede una antorcha.

El filósofo forma sus principios sobre infinidad de observaciones particulares. El pueblo adopta el principio sin pensar en las observaciones que lo han producido; cree que la máxima existe por sí misma, por así decirlo; pero el filósofo toma la máxima desde la fuente, examina su origen, conoce su valor apropiado y sólo la usa de la manera que le conviene. Es a partir de este conocimiento de que los principios sólo nacen de las observaciones particulares que el filósofo concibe la estima a la ciencia de los hechos; ama instruirse sobre los detalles y sobre todo lo que no se adivina. Así, considera opuesto al progreso de las luces del espíritu limitarse a la meditación y creer que el hombre obtiene la verdad del fondo de sí mismo. Algunos metafísicos dicen: ¡Evitad las impresiones de los sentidos! ¡Dejad el conocimiento de los hechos a los historiadores y el de las lenguas a los gramáticos! Por el contrario, nuestros filósofos, persuadidos de que todos nuestros conocimientos provienen de los sentidos, de que sólo estamos hechos de reglas fundadas en la uniformidad de nuestras impresiones sensibles, de que estamos en el límite de nuestras luces cuando nuestros sentidos no son tan sutiles ni tan fuertes como para proporcionárnoslas; convencidos de que la fuente de nuestros conocimientos está por entero fuera de nosotros; nuestros filósofos, digo, nos exhortan a hacer una amplia provisión de ideas para librarnos así a la impresión exterior de los objetos, pero para librarnos cual discípulo que consulta y escucha, no cual maestro que decide e impone silencio; quieren que estudiemos la impresión precisa que el objeto causa en nosotros y que evitemos confundirla con la que ha causado cualquier otro objeto.

René Descartes

René Descartes

De ahí la certidumbre y los límites de los conocimientos humano: certidumbre, cuando se siente que se ha recibido de afuera la impresión apropiada y precisa que cada juicio supone; pues todo juicio supone una impresión exterior que le es particular; límites, cuando uno no sabe recibir las impresiones debido a la naturaleza del objeto o la debilidad de los órganos; aumentad, si es posible, la potencia de los órganos y aumentareis así los conocimientos. Tantos progresos en astronomía y física sólo fueron posibles a partir del descubrimiento del telescopio y el microscopio.

También es para aumentar el número de nuestros conocimientos y nuestras ideas que nuestros filósofos estudian a los hombres del pasado y los hombres de hoy.

Extenderos como las abejas por el mundo pasado y el mundo presente, nos dicen, que regresaréis enseguida a vuestra colmena a elaborar vuestra miel.

El filósofo se dedica al conocimiento del universo y de sí mismo; pero, de la misma manera que el ojo no sabría verse, el filósofo conoce que no sabría conocerse perfectamente, porque no sabría recibir impresiones exteriores desde dentro de sí mismo, y sólo conocemos por esa clase de impresiones. Este pensamiento no lo aflige porque se toma tal como es y no tal como a la imaginación le parece que podría ser. Por otra parte, para él esta ignorancia no es una razón para resolver que está compuesto por dos sustancias opuestas; así como no se conoce perfectamente, dice que tampoco conoce cómo piensa; pero, dado que siente que piensa de manera dependiente de sí mismo como todo, reconoce que su sustancia es capaz de pensar de la misma manera que es capaz de escuchar y ver. En el hombre, el pensamiento es un sentido como la vista y el oído, y depende igualmente de una constitución orgánica. El aire solo es capaz de sonidos, el fuego solo puede estimular el calor, los ojos solos pueden ver, las orejas solas pueden oír y la sustancia del cerebro sola es susceptible de pensamientos.

A los hombres les cuesta tanto trabajo unir la idea de pensamiento con la idea de materia porque nunca han visto a la materia pensar. Son al respecto como un ciego de nacimiento respecto a los colores o un sordo de nacimiento respecto a los sonidos; ellos no sabrían unir estas ideas con la materia que palpan porque nunca vieron tal unión.

Para el filósofo, la verdad no es una amante que corrompe su imaginación y a la que cree ver por todas partes; se contenta con la posibilidad de discernirla allí donde la percibe. Jamás la confunde con la verosimilitud; toma por verdadero lo que es verdadero, por falso lo que es falso, por dudoso lo que es dudoso, por verosímil lo que no es más que verosímil. Aún hace más, y ésta es una gran perfección del filósofo: porque, cuando no encuentra el motivo apropiado para juzgar, sabe permanecer indeciso.

Denis Diderot

Denis Diderot

Cada juicio, como ya se ha señalado, supone un motivo exterior que lo provoca. El filósofo siente cuál debe ser el motivo apropiado del juicio que debe emitir. Si el motivo falta, no juzga, sino que espera y, cuando ve que espera inútilmente, encuentra consuelo.

El mundo está lleno de personas de espíritu y aún de mucho espíritu que siempre están juzgando: adivinan siempre, porque adivinar es juzgar sin sentir que existe un motivo apropiado para el juicio. Ignoran el alcance del espíritu humano, creen que puede conocerlo todo: de este modo, se avergüenzan de no pronunciar juicio alguno y se imaginan que el espíritu consiste en juzgar. El filósofo cree que el espíritu consiste en juzgar bien: se siente más satisfecho cuando suspende la facultad de decidir que decidiendo antes de sentir el motivo apropiado de la decisión. También juzga y habla menos, pero juzga con más seguridad y habla mejor; no evita los vivos rasgos que se presentan naturalmente al espíritu por un pronto acoplamiento de ideas, de las que uno se asombra a menudo que estén unidas. Es en esta pronta ligazón donde reside por lo común lo que se llama espíritu; pero también es lo que menos busca, prefiriendo a este brillo momentáneo el cuidado de distinguir bien las ideas y conocer el alcance justo y la ligazón precisa, para evitar así llevar demasiado lejos alguna relación que las ideas tengan entre sí. Este discernimiento caracteriza lo que se llama juicio y rectitud de espíritu. A esta rectitud se agregan la flexibilidad y la claridad. El filósofo no se aferra a un sistema tanto como para no sentir la fuerza de las objeciones. La mayoría de los hombres están tan entregados a sus propias opiniones que ni siquiera se avienen a considerar las ajenas. El filósofo comprende el sentimiento que rechaza con la misma profundidad y claridad con que entiende el que adopta.

El espíritu filosófico es, pues, un espíritu de observación y rectitud, que lo remite todo a sus verdaderos principios; pero no cultiva únicamente el espíritu, sino que lleva más lejos su atención y cuidados.

El hombre no es un monstruo que sólo puede vivir en los abismos del mar o la espesura de un bosque: las meras necesidades de la vida lo llevan a que necesite el trato con los demás y, en cualquier estado en que se encuentre, sus necesidades y su bienestar lo comprometen a vivir en sociedad. Por lo tanto, la razón le exige conocer, estudiar y cultivarse para adquirir cualidades sociales. Asombra ver que los hombres presten tan poca atención a las cuestiones prácticas y se acaloren tanto con vanas especulaciones. ¡Ved cuántos desórdenes han causado las diferentes herejías! Éstas han versado siempre sobre asuntos teóricos: ya se trate de la cantidad de personas de la Trinidad como de su manifestación, ya del número de los sacramentos como de su virtud, ya sobre la naturaleza y la fuerza de la gracia. ¡Cuántas guerras, cuántos trastornos por quimeras!

El pueblo filósofo está expuesto a las mismas visiones: ¡cuántas disputas frívolas en las escuelas, cuántos libros sobre cuestiones vanas! Una sola palabra bastaría para que se decidieran o para que vieran que son insolubles.

Una secta hoy famosa* reprocha a las personas eruditas que descuiden el estudio del propio espíritu para fatigar la memoria con hechos e investigaciones sobre la antigüedad y nosotros les reprochamos a unos y otros ser negligentes, volverse condescendientes y no tomar parte en nada de la sociedad.

Nuestro filósofo no cree ser un exiliado en este mundo; no cree estar en país enemigo; quiere disfrutar como un prudente ecónomo de los bienes que la naturaleza le ofrece; quiere encontrar placer con los demás: para encontrarlo, le hace falta darlo. Asimismo, busca servir a aquellos con los que el azar o la voluntad lo haga vivir; y halla al mismo tiempo aquello que le conviene: es un hombre honesto que quiere agradar y ser útil.


*Du Marsais se refiere a los jansenistas.
Nota de Genoveva Arcaute, traductora del presente artículo. En DDOOSS.

 

¿Por qué una lectora media (como yo creo ser) no tenía ninguna noticia de este libro? ¿Qué razón hay para que “El ancho mar de los Sargazos” no sea una referencia más común en las librerías, en las recomendaciones y críticas de revistas y suplementos literarios? ¿Alguien podría explicar por qué ningún avispado escritor o librero no hace venta o promoción conjunta con “Jane Eyre”? Sinceramente, tras leer esta novela de Jean Rhys no alcanzo a perdonarme mi ignorancia con respecto a esta obra ni a comprender su limitada difusión.

La escritora Jean Rhys en 1921

Escribo apresuradamente estas líneas, en el aeropuerto de Lisboa, pues no quiero dejar de reflejar enseguida mi estado de confusión y asombro ante uno de los libros que más me ha impactado en los últimos años. No voy a decir aquello de “cómo he podido vivir hasta ahora sin haberlo leído”, pero lo cierto es que ha sido una experiencia muy placentera, y es francamente reconfortante saber que aún existen textos tan arrebatadores, sublimes, bellos y desconcertantes. Y que están al alcance de nuestra mano y nuestros ojos. Sólo es necesario que alguien te los descubra. (…)

En cuanto al ejercicio literario de Jean Rhys, opino que es sublime. En el cambio de narrador y en el tratamiento de los puntos de vista, en el uso de sobrentendidos y elipsis, en las descripciones de la naturaleza (voluptuosa, exuberante y sofocante, en paralelo a las tramas emocionales). Inquietante la atmósfera que consigue, permanentemente cargada de electricidad, como los cielos tormentosos del Caribe, en la que intuimos que algo está a punto de pasar, y que ese acontecimiento no será sino sórdido, una nueva vuelta de tuerca, una incursión en el abismo de la miseria humana. En lo que al uso de personajes de un libro anterior para ser la base de una nueva creación, mi memoria no me devuelve ningún otro ejemplo. Los hay, estoy segura. No es un recurso muy utilizado, aunque podría dar mucho juego, sobre todo si, como hace Jean Rhys, no hay intento de enmendar la plana al anterior autor ni de hacer una nueva versión de un personaje ya definido, ni de ajustar cuentas. Sí, es cierto que describiendo a Berta, Jean Rhys nos descubre el lado oscuro de Rochester (por otra parte intuido en “Jane Eyre”). Podría leerse “El ancho mar de los Sargazos” sin tener referencia ninguna de “Jane Eyre”, y sería una excelente novela. Pero una vez descubierto ese lado oscuro, después de haber admirado su lealtad y entrega hacia Jane, nada vuelve a ser lo mismo.

elena

Jean Rhys. Viaje a la oscuridad (fragmento)

“A veces era como si hubiera vuelto allí, e Inglaterra fuera un sueño. En otros momentos Inglaterra era lo real y el sueño estaba allá, pero nunca pude reconciliar ambas cosas. Pasado un cierto tiempo me acostumbré a Inglaterra, y empezó a gustarme, me acostumbré a todo, excepto al frío y a que las ciudades que visitábamos parecieran todas exactamente iguales. Uno se trasladaba perpetuamente a otro lugar que era perpetuamente el mismo. Había siempre una callejuela gris y otra callejuela gris donde estaba tu alojamiento, e hileras de casitas con chimeneas que parecían pertenecer a barcos de vapor falsos y humo del mismo color que el cielo. (…)

Soñé que iba en un barco. Y había un marinero que llevaba un ataúd de niño. Levantó la tapa, hizo una reverencia y dijo: “El niño obispo…” Y un enanito completamente calvo se sentó en el ataúd. Vestía sotana, y llevaba un gran anillo azul en el dedo mediano. Cuando se puso en pie, el niño obispo era como un muñeco. Sus enormes ojos claros en un rostro exiguo y cruel, rodaban como los de un muñeco, cuando lo inclinabas de uno a otro lado. Saludó con una inclinación de derecha a izquierda cuando el marinero lo sostuvo en pie. Pero yo pensaba: –¿Qué hay en el agua?– y el corazón me dio aquel terrible vuelco. (…)

Todavía estaba intentando atravesar la cubierta y llegar a la orilla. Daba zancadas enormes, trepando, casi volando entre figuras confusas. Estaba exánime y muy cansada, pero tenía que seguir adelante. Y el sueño siguió hasta alcanzar un clímax de insensatez, fatiga y agotamiento, la cubierta cabeceaba todavía arriba y abajo. Fue curioso cómo, a partir de entonces, seguí soñando con el mar. “

"Two figures", de Francis Bacon. 1968

De L’Anus solaire:

Está claro que el mundo es puramente paródico, es decir, que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo una forma engañosa … todo estaría visiblemente ligado si se abarcara con una sola mirada el trazado, en su totalidad, que deja un hilo de Ariadna, conduciendo el pensamiento en su propio laberinto … Se esforzarán en buscarse ávidamente unos a otros: nunca encontrarán más que imágenes paródicas y se dormirán tan vacíos como los espejos.
[…]
Los sistemas planetarios que giran en el espacio, como rápidos discos y cuyos centros se desplazan igualmente describiendo un círculo infinitamente más grande, se alejan continuamente de su propia posición para volver a ella acabando su rotación. El movimiento es la figura del amor incapaz de detenerse sobre un ser en particular y pasando rápidamente de uno a otro. Aunque el olvido, que así lo condiciona, no es más es más que un subterfugio de la memoria.

De Le pouce du pied:

Aun cuando dentro del cuerpo la sangre fluye en igual cantidad de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, se ha tomado el partido de lo que se eleva y la vida humana es considerada erróneamente como una elevación. La división del universo en infierno subterráneo y en cielo completamente puro es una concepción indeleble. El barro y las tinieblas son los principios del mal del mismo modo que la luz y el espacio celeste son los principios del bien: con los pies en el barro pero con la cabeza cerca de la luz, los hombres imaginan obstinadamente un flujo que los eleva sin retorno en el espacio puro. La vida humana implica de hecho la rabia de ver que se trata de un movimiento de ida y vuelta, de la basura al ideal y del ideal a la basura, una rabia que resulta fácil dirigir hacia un órgano tan bajo como un pie.

De La littérature et le mal:

PREFACIO

La generación a la que pertenezco es tumultuosa. Nació a la vida literaria en los tumultos del surrealismo. En los años que siguieron a la primera guerra mundial existió un sentimiento desbordante. La literatura se ahogaba en sus límites. Parecía que contenía en sí una revolución.

George Bataille

Estos estudios, cuya coherencia se me impone, los compuso un hombre de edad madura. Pero su sentido profundo se vincula con el tumulto de su juventud y son en realidad su eco ensordecido. Para mí, resulta significativo que se publicaran en parte (por lo menos en su primera versión) en Critique, esa revista que logró crédito gracias a su seriedad.

Pero debo advertir aquí que si en algunos casos he tenido que volver a escribirlos, se ha debido a que, al persistir los tumultos en mi espíritu, al principio sólo había podido dar a mis ideas una expresión confusa. El tumulto es fundamental; es el sentido de este libro. Pero es tiempo ya de alcanzar la claridad de la consciencia.

Estos estudios responden al esfuerzo que he venido realizando para desentrañar el sentido de la literatura… La literatura es lo esencial o no es nada.

El Mal –una forma aguda del Mal– que la literatura expresa, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una “hipermoral”. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa.

La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo. Solamente la acción tiene los derechos. La literatura, he intentado demostrarlo lentamente, es la infancia por fin recuperada. ¿Pero qué verdad tendría una infancia que gobernara? Ante la necesidad de la acción se impone la honestidad de Kafka que no se atribuía ningún derecho. Sea cual sea la enseñanza que se desprenda de los libros de Genet, la defensa que Sartre hace de él no es admisible. Al final, la literatura tenía que declararse culpable.

De La conjuration sacrée:

La vida humana está excedida por servir de cabeza y de razón al universo. En la medida en que se convierte en esa cabeza y esa razón, en la medida en que se vuelve necesaria para el universo, acepta una servidumbre. Cuando no es libre, la existencia se torna vacía o neutra, y cuando es libre, es un juego.


Extractos tomados de ‘Visiones del exceso’ y ‘La literatura y el mal’, de Georges Bataille.

El Ferrocarril Austral Fueguino (FCAF) o Tren del Fin del Mundo es una línea férrea de trocha angosta que utiliza locomotoras a vapor en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, Argentina.

A finales del siglo XIX, en Ushuaia (Isla Grande de Tierra del Fuego), el gobierno federal instaló una colonia penal, donde llegan los primeros prisioneros condenados en 1884.  En 1902 ya era un conjunto de edificaciones para los presidarios, y se construye un ferrocarril de rieles de madera con trocha de menos de un metro  para el transporte de materiales,  principalmente:  rocas, arena y leña. En 1909, el alcailde se da cuenta  de la necesidad de mejorar el servicio e implementa el sistema de tracción “Decauville”,  de 600 mm de trocha, el que se termina hacia fin de año. Este trencito, conectaba la prisión con el bosque pasando, a lo largo de la costa,  frente al nuevo y creciente pueblo de Ushuaia. Este ferrocarril fue conocido como el “Tren de los Presos y llevaba, tanto madera para la calefacción y cocina, como para la construcción.

La vía férrea fue paulatinamente extendiéndose  adentro del bosque, en áreas mas  remotas, a medida que la madera se agotaba. Llegó hasta el valle del rio Pipo,  en terrenos más altos.  La constante edificación llevó a las autoridades de la cárcel a utilizar  a los prisioneros en variados trabajo y pesadas labores.

En 1947, el gobierno de Perón y su Director del Servicio Penitenciario Federal,  clausuran el presidio e implementan una base naval.

Dos años más tarde, el terremoto de Tierra del Fuego de 1949,  bloqueó y destruyó gran extensión  de la línea férrea y no hubo ninguna preocupación por parte del gobierno en despejar y reconstruir la vía.  El trayecto se hizo inviable y el servicio del tren se cerró en 1952.

En 1994,  la línea férrea fue  reconstruida por una empresa privada con fines turísticos y comenzó a funcionar nuevamente, pero con vagones lujosos y servicio de comedor. Una nueva locomotora a vapor (Camila) se compró en Inglaterra en 1995 y con otra -fabricada en Argentina- y tres locomotoras diésel,  realizan un hermoso viaje turístico.

El viaje comienzan en la «Estación Fin del Mundo», a 8 km al oeste de Ushuaia.  Se toman pasajeros a lo largo del Valle Pico, en la Garganta Toro y en la “Estación Cascada de la Macarena“,  los visitantes son ilustrados acerca del pueblo originario Yámana, mientras están  detenidos durante 15 minutos  disfrutando, al mismo tiempo, de una hermosa vista. El tren luego ingresa al Parque Nacional, donde los pasajeros pueden abordar un automotor que los lleva dentro del parque a través del valle, volviendo a la «Estación El Parque» donde retoman el tren.

Esta en estudio un proyecto para extender la línea a un nuevo punto más cerca de Ushuaia, conectando con un tranvía esa estación con la ciudad.

 

Patria, mi patria, vuelvo hacia ti la sangre. 
Pero te pido, como a la madre el niño 
lleno de llanto. 
Acoge 
esta guitarra ciega 
y esta frente perdida.
Salí a encontrarte hijos por la tierra, 
salí a cuidar caídos con tu nombre de nieve,
salí a hacer una casa con tu madera pura,
salí a llevar tu estrella a los héroes heridos. 
Ahora quiero dormir en tu substancia. 
Dame tu clara noche de penetrantes cuerdas, 
tu noche de navío, tu estatura estrellada.
 
Patria mía: quiero mudar de sombra. 
Patria mía: quiero cambiar de rosa. 
Quiero poner mi brazo en tu cintura exigua 
y sentarme en tus piedras por el mar calcinadas, 
a detener el trigo y mirarlo por dentro. 
Voy a escoger la flora delgada del nitrato, 
voy a hilar el estambre glacial de la campana,
y mirando tu ilustre y solitaria espuma 
un ramo litoral tejeré a tu belleza.
Patria, mi patria 
toda rodeada de agua combatiente 
y nieve combatida, 
en ti se junta el águila al azufre, 
y en tu antártica mano de armiño y de zafiro 
una gota de pura luz humana 
brilla encendiendo el enemigo cielo.
– 
Guarda tu luz, oh patria!, mantén 
tu dura espiga de esperanza en medio 
del ciego aire temible. 
En tu remota tierra ha caído toda esta luz difícil, 
este destino de los hombres 
que te hace defender una flor misteriosa 
sola, en la inmensidad de América dormida.
Pablo Neruda (Canto General)

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