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  Internet ha dado una nueva vida a la cartografía. Triunfan los mapas, las aplicaciones de geografía (les recomiendo una llamada Geomaster), la geolocalización… Y, sin embargo, en la memoria permanecerán para siempre los mapas de Piri Reis. Se cumplen ahora 500 años desde que el almirante dibujara las Américas y la costa de la Antártida, mucho antes de ser descubierta…

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Piri Reis podría ser el protagonista de un capítulo de Cuarto Milenio. Fue un adelantado a su tiempo, un marinero culto que ha sobrevivido como un héroe, incluso como un visionario. Este almirante turco (1465-1554), políglota y cartógrafo, guerreó contra Venecia y contra los mamelucos de Egipto, donde acabaría sus días decapitado. Y sitió Gibraltar por orden de los otomanos. Pero su leyenda viene de otra de sus pasiones, la cartografía.

El mapa de Piri Reis, del que ahora se cumplen 500 años, muestra la costa occidental de África, la costa oriental de América del Sur y la costa norte de la Antártida. Fue elaborado en 1513, publicado en 1523, extraviado y recuperado en 1929, y ahora se guarda con celo en el Museo Topkapi Sarayi de Estambul. La precisión de sus líneas siempre ha sido un misterio, sobre todo el hecho de que incluyera la Antártida, entonces por descubrir.

Esta representación gráfica de los nuevos territorios del Atlántico se elaboró como una power point de la época, para enseñarle visualmente a Selim I los descubrimientos de los españoles y los portugueses. Sin embargo, el atlas del almirante turco fue mucho más allá, hasta el punto de convertirse en una leyenda. ¿Cómo pudo dibujar América con tanta precisión, solo unos años después de la llegada de Colón? ¿Cómo pudo siluetear la Antártida, mucho antes de que nadie pusiera los ojos en sus hielos?

Respecto a la primera parte de la pregunta, parece que Piri Reis bebió directamente de los mapas elaborados por la tripulación de Colón. Era un marinero bien informado, con todo tipo de contactos, por lo que se supone que fue de los primeros en conocer y valorar la hazaña del descubrimiento. En cuanto al segundo interrogante, lo cierto es que en otros mapas medievales ya aparecían referencias a un territorio ignoto, que podría ser la Antártida. Sin embargo, el acabado tan perfecto de unos territorios tan desconocidos en Europa como cabe suponer sigue resultando asombroso. De hecho, el almirante es hoy un símbolo en Turquía, una referencia para todos los aficionados a la cartografía y a la belleza de los mapas.

Publicado por el ene 11, 2013

Fuente: http://abcblogs.abc.es/

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Campos de Hielo Sur es una gran extensión de hielos continentales -la tercera más extensa del mundo tras  la Antártida y Groenlandia  y la mayor de  las de carácter continental no polar con acceso terrestre- situada en los Andes patagónicos, entre los fiordos de la costa de Chile y la frontera con Argentina.
Se extiende de norte a sur, a lo largo de 350 km, entre los paralelos 48º20’S y 51º30’S. Tiene una extensión de 16.800 km², de los cuales alrededor del 95%  pertenecen a Chile y el resto a la Argentina.
Desde  Campos de Hielo se desprenden un total de 49 glaciares, entre ellos, los glaciares  Pío XI -el mayor del hemisferio sur  con 1.265 km²-  el O’Higgins, Balmaceda, Serrano, Tyndall y Grey, en Chile,  y el Upsala , Viedma  y Perito Moreno,  en Argentina. Es denominado Campos de Hielo Sur para diferenciarlo del Campos de Hielo Norte en la Patagonia de Aysén.
Gran parte de su extensión se encuentra protegida al formar parte de los parques nacionales “Bernardo O’Higgins” y “Torres del Paine”, en Chile, y del parque nacional “Los Glaciares”, en Argentina.

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La primera travesía longitudinal de Campos de Hielo sur

“Siento en mi corazón que Campos de Hielo es chileno”, dijo a La Tercera el médico general del Consultorio de Colina, Pablo Besser, jefe del grupo de jóvenes expedicionarios chilenos que logró atravesar longitudinalmente Campos de Hielo, en una hazaña jamás antes alcanzada pese a los intentos de al menos 30 expediciones.

Junto a sus compañeros de equipo -representantes del Club Andino Alemán de Santiago –Mauricio Rojas, guía y montañista; José Pedro Montt, abogado de una isapre; y Rodrigo Fica, estudiante de un Magister en Economía- Besser emprendió la travesía el 1 de noviembre de 1998, tras cuatro años de planificación y preparativos de todo orden, incluso sicológicos.

La aventura -dijo a La Tercera, desde Puerto Natales a través del teléfono- se inició en el glaciar Jorge Montt, en las cercanías de Caleta Tortel, XI Región, y culminó en la madrugada del 31 de enero en el glaciar Balmaceda, en la provincia de Ultima Esperanza.

Durante el cruce de 91 días, el grupo empleó trineos de dos metros, tirados por ellos mismos, y soportaron vientos de hasta 150 kilómetros por hora y tormentas con temperaturas que bordearon siempre los cero grado y una sensación térmica contínua de 20º bajo cero. “En ningún momento sentimos que era necesario desistir -relata Besser- pese a que de pronto parecíamos palitroques en medio del hielo” y que, para “capear las ventiscas, tuvimos que cavar “bunker” o cuevas a dos metros de profundidad bajo el hielo”…

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Año Nuevo en cueva

Los cuatro expedicionarios pasaron el Año Nuevo en una de esas cuevas, ingiriendo alimentos deshidratados -que se reconstituyen con agua hirviendo- o comidas de esquimales como el paté de grasa; granolas, chocolates o quáquer.
“Consumíamos 4.700 calorías diarias para soportar el esfuerzo físico”, dijo Besser, indicando que -desde el 1 de enero- debieron esperar nueve días en la cueva para iniciar el cruce de la llamada “Falla Reichert” (12 kilómetros de extensión), a la postre, el tramo más difícil de la travesía por presentar una depresión de mil metros bajo el hielo, la que posteriormente hay que escalar para ascender nuevamente a la superficie.
Cruzar la falla les demandó casi un mes, partiendo desde Laguna Escondida, donde habían dejado un depósito de alimentos, con el apoyo de la patrullera “Alacalufe” de la Armada de Chile.

Todo hielo

En general, la rutina de los aventureros consistía en marchas de 7 a 8 horas, que se iniciaban a las 9.30 horas de la mañana. A las 17 horas armaban las tiendas y muchas veces fue necesario levantar muros de hielo para protegerse del viento.
En su relato a La Tercera, Pablo Besser indica que fue un trayecto “sin más compañía que la de nosotros mismos y del mundo mineral que era nuestro entorno”.

Soportamos la presión

Durante los casi 400 kilómetros del trayecto,los expedicionarios sólo divisaron algunos huemules -al iniciar la travesía- unos pocos cóndores y unos caiquenes perdidos, “es decir cero fauna, todo era hielo…” Con todo -concluye el jefe del grupo- “soportamos la presión de cumplir, de no abandonar. Esta era una prueba deportiva, pero también con un alto contenido de soberanía. Nadie conoce los Hielos y no valoran lo que significan… Más que nunca siento en mi corazón que son chilenos y así se lo haremos ver al Senado, aunque sabemos que la decisión será política…”
El grupo encabezado por el doctor Besser con sus compañeros (salvo Fica) tuvo una preparación de cuatro años para lograr el hito de atravesar Campos de Hielo.

* Desde 1956 ha habido muchos intentos y -al menos- 30 expediciones integradas por ingleses, suizos, franceses, japoneses, españoles y chilenos, sólo lograron cruces parciales. En el mejor de los casos sólo los dos tercios de la extensión de hielos (300 kilómetros).

* La mayoría de los intentos buscaron atravesar el Campo en forma transversal, siendo el grupo de Besser el primero en lograrlo longitudinalmente.

* Una bandera chilena “dinámica” acompañó a los jóvenes aventureros durante toda la travesía, pero no quedó como testimonio en ninguna parte. La hazaña quedó registrada en más de tres mil diapositivas y 20 horas de filmación.

* Hubo un momento en que tuvieron que reducir la ración de comida deshidratada “porque comenzó a faltarnos y temíamos que se terminara. Lo que antes comíamos en dos días lo hacíamos durar cuatro” -comentó Besser- que por algo, perdió 10 kilos en la heroica proeza del cruce.

Fuente: La Tercera Internet

Durante mi última visita a Punta Arenas, después de disfrutar unos días de descanso en las maravillosas Torres del Paine (Patagonia chilena), tuve la oportunidad de visitar el tristemente famoso lugar llamado  “Puerto del Hambre”,  fundado por Sarmiento de Gamboa -el intrépido navegante  gallego- en 1584,  muy cerca de Cabo Froward,  que es el  punto geográfico mas austral de America  donde, realmente,  termina el continente.

La primera construcción que levantaron, como acción de gracias, fue una minúscula capilla contruida entre todos los colono con piedras y maderas nativas, de la cual solo quedan unos restos. En frente de la misma, hay un sencillo monumento, con una placa comemorativa  cuya leyenda me dejó tremendamente emocionado. Decía lo siguiente: “Aquí estuvo España”

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Puerto del Hambre está en los márgenes de la costa de Bahía Buena, en cuyo desolado paraje patagónico el capitán Pedro Sarmiento de Gamboa fundara la “Ciudad Rey Don Felípe”, el 25 de marzo de 1584 con alrededor de 300 colonos. Este intento de colonización española se supone tuvo un trágico fin: sus habitantes perecieron de inanición. Años después, el corsario inglés Thomas Cavendish recaló en el lugar, y se encontró únicamente con los restos de la antigua colonia y un sobreviviente: Tomé Hernández, gracias a quien se conoce la historia de Rey don Felipe. El inglés rebautizó el paraje con el nombre “Port Famine“, en castellano Puerto del Hambre, nombre que hasta hoy conserva. Bajo dominación inglesa, se utilizó como base para la marina británica.

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Además de “Rey Don Felipe“,  Sarmiento de Gamboa funda la colonia del “Nombre de Jesús“, situada próxima a la boca atlántica del estrecho, en el Cabo Vírgenes en territorio actualmente argentino, que fue abandonada por sus habitantes, presumiblemente para desplazarse hacia el oeste en busca de la Ciudad del Rey Felipe.

El buque de exploración hidrográfica HMS Beagle, bajo el mando del capitán Pringle Stokes se encontraba de misión entre la Patagonia y la Tierra del Fuego cuando éste cayó en una profunda depresión. Recaló en Port Famine en agosto de 1828 y se encerró en su cabina para después suicidarse. Fue sepultado en el llamado cementerio inglés del puerto, donde aún se encuentra su tumba, decorada con cartas naúticas. El teniente W.G. Skyring, primer oficial de la nave, asumió temporalmente el mando, para después traspasarlos al teniente Robert FitzRoy. Bajo su mando, y en el segundo viaje de exploración del Beagle viajó el joven naturalista Charles Darwin, visitando en numerosas ocasiones Puerto del Hambre entre 1832 y 1834.

puerto del hambre tumbaEl 2 de mayo de 1843 llegaron a Puerto Hambre los veinte primeros inmigrantes alemanes. El mismo año, Jhon Williams Wilson construyó “Fuerte Bulnes“, aproximadamente a dos kilómetros de la península llamada “Punta Santa Ana” dentro de una estrategia militarar para tomar posesión de varias regiones de la Patagonia en nombre de Chile. En tiempos recientes se ha reconstruido el fuerte original con su capilla, habitaciones del capellán, cárcel, polvorín, oficina postal y establos.

En febrero de 1968 las ruinas de la antigua colonia fueron declaradas Monumento Nacional de Chile.

Fuente: Wikipedia

Si uno se acerca a un mapa de Chile y baja la mirada hasta la zona comprendida entre Coihaique y Cochrane , se encontrará con un mancha celeste -inmensa- que inunda ámplias zonas de Chile y Argentina.  Con nombre de libertador y con una hegemonía territorial, el lago General Carrera se convierte en uno de los hitos más significativos de la Carretera Austral.

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La distancia que tiene de las principales urbes del país -casi 2000 kilómetros de Santiago de Chile- han impulsado a que este lugar se haya transformado en uno de los rincones míticos de la Patagonia chilena. A pesar, de que la ruta cruza varios poblados ribereños del segundo lago más grande de Sudamérica (solamente superado por el espléndido Titicaca), el desconocimiento de sus atractivos naturales es casi total, aventurándose por la región más extranjeros que nacionales.

Las enormes extensiones que alcanza con sus 224 mil hectáreas de superficie total -considerando su binacionalidad y siendo 136 mil de ellas parte de la región de Aysén- la convierte en un pequeño mar. Con colores que lo diferéncian en tres franjas que van desde el turquesa hasta el azul oscuro, dependiendo de su latitud, el General Carrera está más vivo de lo imaginable.

“El Lago Es el Lago”

En Puerto Tranquilo, pequeño poblado ribereño en la medianía del trayecto a Cochrane, unos niños juegan. El viento corre veloz, armando fuertes olas en la superficie del lago. ¿Es siempre así de correntoso?, le preguntó. “El río es correntoso, el lago es el lago”, contesta seguro.

Ante esa respuesta, nada más queda que observar el lago desde las rústicas bancas que están en la orilla de la pequeña playa de Tranquilo. El paisaje consta de una serie de montes nevados que cercan la panorámica hacia el este, mientras una serie de pequeñas embarcaciones cargadas con pasajeros desafían el oleaje lacustre en busca de uno de los lugares más afamados del General Carrera: la Capilla de Mármol.catedral9

Desde el embarcadero, los boteros locales realizan un paseo de más de dos horas al Santuario de la Naturaleza ubicado en el sector de la puntilla de Mármol y de las islas Panichini.  Debido a la acción erosionante del agua, se abrieron sobre las rocas una serie de recovecos dónde el mármol pulido deja ver una impresionante belleza escénica. Junto con ello, el efecto que produce sobre las aguas, le da un surrealista color esmeralda que se conjuga con el bosque del tipo Siempreverde mixto.

Las posibilidades que otorga la Carretera Austral abren más perspectivas y actividades que se realizan en las cercanías del lago. Además la ubicación de este hito geográfico es muy cercana a Campos de Hielo Norte, a variados ríos -donde abunda la pesca- y de varios parques nacionales. Por ello, una serie de “emprendimientos turísticos”  -o lodges- han surgido en la región.

Cruzando el Carrera

Otra opción muy vivencial para conocer el lago es navegarlo. No es necesario ser magnate para ello, solamente basta llegar al poblado de Puerto Ingeniero Ibáñez,  distante a 90 kilómetros al sur de Coyhaique.

Este pueblo, fundado en 1908, es parte esencial del doblamiento de esta zona de la Patagonia. Desde aquí fue el centro principal de aprovisionamiento y comercio marítimo de la cuenca del Carrera durante los tiempos en que los caminos no existían.

En el embarcadero salen ferrys que surcan las aguas tres veces a la semana rumbo a Chile Chico, el pueblo más antiguo de toda la zona y que fue el pilar de la colonización a principios del siglo XX.

Durante dos horas y media de navegación, dependiendo de las caprichosas condiciones meteorológicas del tiempo, se cruza el lago con vista al lado argentino – donde está nominado como Lago Buenos Aires – y a las montañas colindantes, que arman una especie de cañadón en la ribera poniente donde el viento aumenta considerablemente su velocidad. La embarcación se mueve y mucho. Tanta agua es casi un mar.

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Desde Chile Chico, de un microclíma preciado en la zona y con cerros despoblados de árboles, se puede bordear gran parte del General Carrera rumbo a Puerto Guadal. La ruta, de tierra, depara panorámicas sobrecogedoras. A pocos kilómetros se encuentra la denominada “Garganta del Diablo“, una zanja angostísima y larga que cae sobre un pequeño riachuelo.

Más adelante se inicia la zona nominada como “Paso de las Llaves”, uno de los lugares más significativos, ya que el camino se extiende por 30 kilómetros sobre precipicios  y roca cortada de tajo al borde del lago.

Cascadas, pequeños poblados y la permanente vista al lago y a las principales cumbres patagónicas -como el monte San Valentín- dan la bienvenida al acogedor villorrio de Guadal, lugar de hermosas playas, montes con fósiles y extensos bosques.

Si se quiere seguir la ruta del General Carrera, se toma la carretera hacia el norte rumbo a Puerto Tranquilo y Bahía Murta. En el camino hay otros lugares por visitar: casas desperdigadas de colonos, ríos que confluyen al lago, pequeñas playas sin un alma y enormes bosques con vista a la cuenca. Si existe alguna zona  dónde aún se puede sentir potencialmente la vivencia colonizadora de hace un siglo,  es aquí.

El General Carrera,  no es solamente el lago más grande del país, es un enorme caudal de majestuosas aventuras en pleno siglo XXI.

Jorge López Orozco  (periodistaviajero@chile.com)

La minúscula isla de Dano es una de las más de 6.500 que se elevan sobre la superficie del mar Báltico, a mitad de camino entre Suecia y Finlandia, formando el encantador Archipiélago de Aland, la Tierra de las Islas. Hay tantas de éstas que lo mismo podría afirmarse que son 6.500 ó 6.700, pues resulta imposible enumerarlas con exactitud. Sin embargo, cualquiera que sea su número real, las islas Aland constituyen un mágico reino escondido, un idílico refugio que pocas personas conocen.

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En tiempos prehistóricos, el archipiélago fue colonizado desde las tierras del este (que ahora constituyen Finlandia) y más tarde, ya en el período histórico, desde el oeste (hoy Suecia), dos masas terrestres que se hallan, frente a frente, a unos cuarenta kilómetros del archipiélago. A partir del siglo VI, Aland fue habitada por los suecos, que impusieron su idioma hasta el punto de que, en la actualidad, más del 95 por ciento de los isleños lo siguen hablando. Al terminar la Primera Guerra Mundial, la Sociedad de Naciones concedió Aland a Finlandia, a condición de que disfrutase de autogobierno. Ahora, los veintidós mil habitantes de la Tierra de las Islas disponen de parlamento provincial, bandera y policía propios, además de gozar de autonomía en materia de educación y estar exentos del servicio militar finlandés. No constituyen, sin embargo, una nación plenamente soberana, y aunque mantienen estrechas relaciones con sus dos «madres patrias» y se identifican con ellas en espíritu, les gusta demostrar que son independientes.

Los habitantes de la Tierra de las Islas dieron pruebas de esta mentalidad independiente al escribir un capítulo importante de la historia de los grandes veleros. Desde los tiempos más remotos, los habitantes de las Aland habían destacado como excelentes marinos, pero hasta comienzos de nuestro siglo poco habían hecho que los diferenciase de los demás navegantes del mundo. Sin embargo, en 1913, Gustaf Erikson, un capitán de cuarenta años de edad que apenas sabía sonreír, llegó a Mariehamn, capital de las Aland. Erikson estaba cansado de navegar y había pensado dedicarse a armador. En aquella época, el buque de vapor había demostrado ya su supremacía, y los armadores prudentes se desprendían de los veleros con toda la rapidez que podían. La última generación de grandes buques de aparejo redondo –dos veces mayores que los famosos clipers de la ruta del té– se vendían a precios de saldo, y Erikson tuvo el valor de comprarlos y de hacer un buen negocio con ellos. Durante casi cuarenta años consiguió prolongar en Aland la época de los veleros, cuando ya habían desaparecido de casi todos los mares del mundo.

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En el curso de los años llegó a poseer cuarenta buques, muchos de los cuales eran graneleros de porte oceánico. Estos barcos llevaban madera escandinava a Australia, impulsados por los alisios a lo largo de la costa de África, y en aquellas lejanas tierras cargaban grano y se servían de los vien­tos reinantes para retornar a sus puertos de origen, dando la vuelta al mundo por las costas de Amé­rica del Sur y del cabo de Hornos. El último carguero de granos de Erikson, el Pamir, que desplazaba 2.799 toneladas, cruzó el cabo de Hornos el 10 de julio de 1949.

Un día después de nuestra llegada al archipiélago tuvimos la suerte de visitar algunas de las islas a bordo de un pesquero. Nuestro guía en aquella ocasión era un hombre extraordinario, incluso entre aquellos isleños de talento múltiple. Este hombre corpulento y amable –de nombre Karl-Erik Bergman– era pescador, agricultor y poeta, y nos relató innumerables historias y leyendas de sus fascinantes islas. Transcurrida una semana, volamos sobre Lemland (La Extremidad o La Rama), Lumperland (Tierra Insignificante) y Fógló (Cazadero de Pájaros) antes de descender cerca del muelle del transbordador de Degerby, para hacer una rápida visita a la Fiskföradling, planta conservadora de pescado que hace bloques rectangulares de arenque congelado, los cuales se envían a Finlandia para alimento de visones de granja. La Fiskföradling también suministra pescado fresco –salmón, sollo, arenque y bacalao– a las cocinas de algunos de los mejores restaurantes de Helsinki.

Continuamos luego nuestro turismo aéreo y aterrizamos en la isla de Kókar (El Hombre Gordo), en cuyas alturas los centinelas medievales encendían grandes fogatas cuando por el este se acercaban flotas enemigas, advirtiendo así a los hombres de Lemland y de la Isla Principal para que se prepara­sen para la defensa. Sobrevolamos Husó, donde se ha abierto un nuevo camping formado por ver­des cabañas repartidas en forma geométrica, y pasamos por Brandó (Isla de los Calveros Chamusca­dos), en cuyos espléndidos campos se cultivan unas legumbres que tienen fama en toda Finlandia. Trazamos luego un círculo sobre el castillo de Kastelholm y sobre las ruinas de Bomarsund, otra fortaleza, tras lo cual volamos sobre la Isla Principal para volver a casa.

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Al día siguiente se celebraba la víspera del solsticio; también era el cumpleaños de Karl-Erik, y So­nia, su esposa, nos había prepa­rado un banquete típico del país: arenque marinado, ahumado y a la crema; patatas hervidas con dimi­nutas cebollas nuevas procedentes de su huerto; queso, salchichas y pan negro recién sacado del horno. Para beber me dieron una bebida no alcohólica parecida a la cerveza, dulzona y hecha a base de malta, suero de manteca y té.

Era ya casi medianoche cuando terminamos el banquete, y el tenaz sol del solsticio se había puesto por fin. Con voz musical y serena, Karl-Erik nos leyó uno de sus poemas, el titulado Rankoskar, en el que hablaba de: «Islas desoladas, de casas deshabitadas y cobertizos vacíos». Era el lamento de un hombre por el cambio y la mudanza del destino humano. Además, como toda buena poesía, contenía también otro mensaje: las rocas, el mar y los árboles seguirían existiendo cuando desapareciésemos, y Aland continuaría siendo siempre un maravilloso lugar lleno de belleza y de paz.

Fuente: Veleros y Viajes

¿Porqué relato la historia de la Isla de San Borondón, cuando este post lleva por título “La Isla Podestá o Isla Fantasma”? Resulta que buscando con Google Earth los islotes de “San Félix y San Ambrosio” (pertenecientes a Chile), observé un pequeño punto -al oeste de las mismas- que indicaba la presencia de una minúscula porción de tierra. Al aumentar la potencia del zoom me llevé la sorpresa de leer “Isla Podestá“. Seguí acrecentando la potencia del zoom y, súbitamente, tanto el nombre como el puntito blanco desparecieron… Muy intrigado recurrí (una vez más) a Wikipedia para comprobar si realmente existía, ya que durante los muchos años que navegué e hice acopio de amplios conocimientos de geografía, nunca escuché mención alguna sobre ella. Fue así como encontré la fascinante historia de esta isla que me recordó la misteriosa leyenda de la Isla de San Borondón, y que paso a relatarles seguidamente.

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Ínsula de San Borondón

Las Islas Canarias son siete… y sin embargo, se busca una octava. Se trata de la isla fantasma, la isla misteriosa, la isla de San Borondón. San Borondón es la forma canaria de Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert,  monje irlandés, protagonista de uno de las leyendas más famosas de la cultura celta: el viaje de San Brendan o Brandan a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.
     
Según la tradición irlandesa, Brendan era un monje de Tralee -en el condado irlandés de Kerry- ordenado sacerdote en el año 512 d.C. Partió junto a otros 14 monjes en una frágil embarcación que se internó en el Atlántico. Brendan y sus compañeros, llegaron a una isla en la que desembarcaron. Estaba llena de árboles y otros tipos de vegetación. Celebraron misa, y de pronto la isla comenzó a moverse. Se trataba de una gigantesca criatura marina, sobre cuyo lomo se encontraban los monjes. Después de muchas peripecias, Brendan consiguió regresar a Irlanda.
    
Lo cierto es que desde el siglo XV -a lo largo del cual las Islas Canarias son conquistadas- comienzan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella, y se encontraban a la vista de sus costas y montañas, la isla era envuelta por la bruma y desaparecía completamente. Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla-ballena de San Brendan, cuyo nombre se convirtió, en Canarias, en “San Borondón”.

En algún tratado internacional firmado por el Reino de Castilla -haciendo referencia a Canarias- se hablaba de la soberanía Castellana sobre “las islas de Canaria descubiertas y por descubrir” (como quien dice “por si acaso”…) La isla fue llamada “Aprositus” y en otras versiones de la leyenda recibe el nombre de “Antilia” o “Isla de las Siete Ciudades”, villas que se suponían fundadas por siete legendarios obispos. En los archivos del siglo XVIII aparecen investigaciones oficiales realizadas por las autoridades de la Isla del Hierro, en la que declaran decenas de testigos que afirman haber visto la isla encantada desde las cumbres herreñas. A raíz de ello partió de Santa Cruz de Tenerife una expedición en busca de la isla.

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Isla Podestá o Isla Fantasma

Isla Podestá es el nombre que se ha dado a un supuesto islote que fue reportado como avistado en 1879 en el sureste del Océano Pacífico frente a las costas de Chile y cuya existencia no ha sido probada con nuevos avistamientos. Fue presuntamente descubierta por un marino italiano de apellido Pinocchio, capitán de un navío llamado “Barone Podestà” en 1879, quien la describió con una pequeña isla ovalada con una circunferencia de algo menos de una milla y de 40 pies de altura, a 1.390 km al oeste de la ciudad chilena de Valparaíso. Inicialmente se difundió la noticia de que se hallaba a 870 millas náuticas de las costas continentales de Chile. Algunas fuentes señalan que Pinocchio reportó la isla en Chile y otras, que lo hizo en Italia al regresar de su viaje.

Hasta 1935 figuró en las cartas náuticas de los Estados Unidos pero desde entonces, al no ser encontrado indicio cierto de su existencia se la retiró. Algunas fuentes no confirmadas indican que en 1974 la Armada de Chile comunicó haber encontrado algunos islotes que se sumergían durante la marea alta a coordenadas 32°15′S  – 89°08′W  como una eminencia de la cordillera submarina llamada Cordón Roggeveen.

Ha permanecido incluida en mapas cartográficos chilenos como por ejemplo el Derrotero de la Costa de Chile Vol. N° 1 “De Arica a Canal Chacao”, y se aclara, sin embargo, que su ubicación geográfica es incierta y su registro tiene como objeto advertir a los navegantes de los posibles peligros que su existencia tendría para la navegación. No ha podido ser identificada mediante imágenes satelitales y la inexactidud -en la determinación de su posición en 1879- se considera como causa probable por la cual no ha vuelto a ser hallada. 

Pero como pueden ver, al igual que en el tratado firmado por el Reino de Castilla -sobre la soberanía de la posible octava isla Canaria- también aquí hemos hecho lo mismo por si acaso..”

 

Fuentes: Wikipedia y Mundo Paranormal.

Jimmy Angel no tenía el menor interés en que su nombre figurase en los mapas cuando sobrevoló en su pequeño avión “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935. Él no era más que un aviador experimentado –combatiente en la Primera Guerra Mundial– que trataba de descubrir un río lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva que es la región montañosa de la Guayana venezolana.

Años atrás, en Panamá, un viejo y sigiloso buscador de oro, llamado Williamson, había contratado los servicios de Angel para que lo llevara en avión a Venezuela, al interior del estado de Bolívar sobre el Río Orinoco. Williamson le indicó una ruta en zig-zag sobre los llanos del Orinoco, en una vasta cuenca rica en pastos, salpicada de colinas ferruginosas que hacían dislocar la brújula. Un poco más al sur, penetraron en una larga y alocada mesetas que se alzaban a millares de metros de la selva de esmeralda, cortadas por numerosas caídas de agua: terminaron aterrizando en un claro herboso, donde el viejo saltó a tierra y se dirigió a un río cercano. Volvió una hora después… con unos nueve kilos de pepitas de oro.

Regresaron sin novedad a casa, gracias a la pericia de Angel, quien, recibió 5000 dólares en recompensa por ese viaje a la tierra de la fantasía. Poco tiempo después murió Williamson.

Angel regresó a Venezuela. Salió primeramente de Ciudad Bolívar en vuelo de exploración de meseta en meseta; pero como eso le consumiera mucho tiempo y gasolina, edificó un campamento y limpió una franja de terreno que le sirviera de campo de aterrizaje cerca de Auyantepuy (la Montaña del Diablo) a cosa de 240 kilómetros de su objetivo.

Auyantepuy es una mesa gigantesca. Su cima plana abarca unos 650 kilómetros cuadrados y remata en un pico de 3000 metros de altura. Milenios de erosión han cortado una garganta sinuosa, en forma de V, en su cara setentrional y por ahí se precipita un arroyo que despertó la curiosidad del aviador. Jimmy había encontrado algunas pepitas de oro y diamantes, pero nada semejante al tesoro que Williamson había recogido en una hora. Pensó que tal vez no volvería a encontrar el río de oro, pero que debía haber otros iguales, y que esta garganta tenía una apariencia tentadora. Enfiló, por tanto, la proa de su «Flamingo» por entre aquellas murallas de color azul pardusco y penetró inesperadamente sobre una especie de campo de inmortalidad.

De lo alto de la pared que estaba a su derecha fluía un arroyo y se precipitaba hacia el fondo de la selva. Otro más se precipitaba por una grieta más alta y distante. Y luego otra caída de agua; y luego cuatro lado a lado; y otras tantas más allá, a la derecha y a la izquierda. El aviador perdió la cuenta, porque esta galería de cascadas espectaculares se prolongaba a través de unos cuantos kilómetros.

A poco, al dar la vuelta a un picacho, Angel se vio de pronto frente a un espectáculo increíble: más arriba de él, un río vertical se desplomaba de las nubes, y su estruendo ahogaba el ruido del motor del avión. Se estiró para ver la columna blanca que se precipitaba en una masa de espuma, rodando estruendosamente hacia el valle. Descendió, desafiando el peligro, hasta cerca del suelo de la selva e hizo un cálculo aproximado del ancho de la caída. Era quizás de 160 metros. Ascendió nuevo tratando de calcular la altura con su altímetro. La calculó entre los 800 y los 1500 metros. Aun el primer cálculo dé 800 metros daba ya una indicación clara de que ese salto vertical era la más grande de todas las cataratas conocidas.

Angel hizo para sí la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. Tenía razón. En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Angel y descubrió que la gran catarata tenía 980 metros de altura, o sea, 20 veces más que el Niágara. El primer salto directo es de 808 metros; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172 metros.

Muchas personas habían recorrido y explorado durante siglos los contornos de esa región, de geografía tan loca que uno de sus ríos fluye en dos direcciones, como lo comprobó el barón de Humboldt en 1800, remontando el Orinoco, que desemboca en el Mar Caribe, hasta un punto cerca de las cabeceras en que el río se bifurca y uno de sus brazos, el Casiquiare, corre hacia el sur y desemboca en el Amazonas, mientras el otro fluye hacia el norte y luego al este. Robert Schomburg ascendió años después al Monte Roraima, más hacia el este, y encontró una meseta selvática donde había una vegetación diferente de todo lo que la ciencia conocía, y también más antigua. Cuando Conan Doyle relató esos descubrimientos en su novela The Lost World (El mundo perdido) las exageraciones que introdujo con respecto a la realidad de esa región fueron bastante insignificantes.

En Caracas, Gustavo Heny, alpinista veterano, y Félix Cardona, explorador español, fueron los primeros en interesarse de veras en la historia que contó Angel acerca de sus descubrimientos. En 1937 emprendieron sendas expediciones a la garganta y se dieron cuenta de que aquel salto no era como los otros: era la desembocadura de un río subterráneo que se precipitaba estruendosamente por un enorme túnel, 60 metros más abajo del nivel de la meseta. ¿Cómo podía aquella meseta perdida, que medía sólo 24 por 36 kilómetros, producir aquel inmenso caudal diario de la gran catarata y sus satélites que, según vieran, casi sumaban cien en total?

Desde el punto más cercano y accesible a pie, Heny y Cardona, que se habían encontrado en el campamento de Angel iniciaron el ascenso por la falda del risco. Asistidos por Angel, que les lanzaba alimentos desde el avión, alcanzaron una altura de 1200 metros; pero todo ulterior avance en sentido horizontal desde allí resultaba imposible. Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Aquí se encuentra la explicación de los ríos que saltan del flanco de la montaña.

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Luis Irles

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

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