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El reconocido director ruso escogió cuatro puntos del planeta y buscó su antípoda geográfica exacta. En este viaje sin precedentes, Kossakovsky capturó imágenes que ponen literalmente del revés nuestra visión del mundo y revela conexiones casi míticas entre cada pareja de antípodas, construyendo plano a plano, un extraordinario documental. ¡Vivan las antípodas! –que abrió el Festival de Cine de Venecia y agotó todas las entradas del DocsBarcelona– es una revolucionaria visión del mundo que habitamos.

“Creo que cada pieza de arte contiene siempre elementos irrepetibles y únicos. Por lo tanto, a cada película intento rodar algunas escenas que ni siquiera los profesionales sepan cómo he hecho. Puedo elegir siete planos irrepetibles de mis filmes. Algunos de ellos son muy especiales porque fueron rodados en momentos absolutamente imprevisibles de la vida. Otros son especiales a nivel técnico, por los cuales he inventado herramientas especificas para hacerlos posibles. Pero lo mejor es cuando un momento irrepetible de la vida viene de la mano de una manera irrepetible de filmarlo”.

Con esta frase, Victor Kossakovsky resume su manera de entender el documental. Un creador único, innovador y arriesgado al que varios centros de arte contemporáneo como el MoMA de Nueva York y el Centro de Arte Pompidou de París le han dedicado amplias retrospectivas. Sin ir más lejos, este año ha sido la personalidad elegida por el Festival Internacional de Documental de Ámsterdam para hacer una selección de sus 10 filmes de referencia con motivo del 25 aniversario del certamen más importante del mundo en el ámbito del documental.

¡Vivan las antípodas! propone al espectador un viaje insólito a través del planeta. Kossakovsky profundiza visualmente en el concepto “antípoda” como elemento que ocupa en la Tierra un punto diametralmente opuesto respecto a otro. Kossakovsky elige cuatro puntos del planeta: Entre Ríos (en Argentina), el lago de Baikal (en Rusia), la isla de Hawai (en EE.UU.) y Miraflores (en Navarra, España), creando con cada plano un fascinante calidoscopio de nuestro planeta.

Aparte de sus obras, entre las que destacan The Belov (1992), Tishe! (2002) y Svyato (2006) ejercicios magistrales y siempre visualmente sorprendentes, la aportación de Kossakovsky en el campo del documental ha sido a nivel conceptual y de lenguaje.

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El 6 de agosto de 1945 la muerte cayó del cielo en Hiroshima. Ese día, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica utilizada con fines bélicos en la historia. Tres días más tarde, una nueva detonación nuclear arrasaría Nagasaki. Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, totalizando unas 246.000 muertes.

En la impresionante ceremonia conmemorativa, el actual alcalde de la castigada ciudad nipona, Kazumi Matsui, pidió a los líderes mundiales que “trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares”. En el mundo aún existen unas 15.000 armas nucleares, recordó también Matsui, quien instó a la comunidad internacional a erradicar para 2020 estos artefactos “inhumanos y de maldad máxima”.

Tras la tragedia de Hiroshima, y hasta el fin de la Guerra Fría, el fantasma del desastre nuclear tuvo la amenazante forma de un hipotético misil atómico precipitándose desde las alturas; pero, a partir de los accidentes nucleares de Three Miles Island en 1979, en Estados Unidos, y muy particularmente —por su dimensión y efectos— de Chernobyl en 1986, en la entonces Unión Soviética, el espectro se encarnó en la aparentemente inofensiva imagen de una central nuclear erigida en el paisaje. Eso, al menos, a ojos del movimiento ecologista y de las corrientes de opinión —sociales, políticas y científicas— afines a una posición de crítica y denuncia antinuclear.

La patética lección que supuso Chernobyl en materia de seguridad no demuestra haber rendido aún sus esperados frutos, y ello queda traducido en una polémica que no cuestiona los beneficios de la energía atómica (por otro lado, menos contaminante que la producida a partir del gas, el carbón, o el petróleo, que contribuyen al efecto invernadero) ni su elevado grado de desarrollo y eficacia, sino que se apoya, justamente, en los escasos progresos obtenidos en la implementación de nuevos sistemas de seguridad y de modelos de capacitación de mayor fiabilidad; situación, esta, perfectamente ejemplificada en el caso de los accidentes nucleares en las centrales japonesas de Tokaimura y –años más tarde– en la de Fukushima I, otro de los más graves ocurridos hasta ahora pese a la sofisticada tecnología nipona.

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Además de las tesis que relacionan la aparición de enfermedades cancerígenas y de malformaciones en recién nacidos con la vecindad de centrales nucleares, y de las inherentes preocupaciones por la seguridad, el tema de los residuos tóxicos es el auténico talón de Aquiles de esta industria energética. Con un periodo de vida que puede alcanzar las decenas de miles de años, y un alto poder radiactivo, hasta ahora no se ha concebido un sistema que ofrezca completas garantías para su aislamiento, y en el debate internacional han concurrido alternativas tan dispares como el hundimiento le los desechos en el fondo submarino, su enterramiento en los hielos antárticos o en el corazón de montañas, el lanzamiento al espacio, e, incluso, la descabellada idea de convertir la Luna en un vertedero.

Por ahora, y habida cuenta de que los proyectados cementerios nucleares sólo son válidos para residuos de baja y media intensidad, y corta vida (aunque hablamos de cientos de años), la basura más contaminante espera depositada en piscinas especiales, de las propias centrales, un destino final que pudiera venir de la ya antigua idea del enterramiento a grandes profundidades en zonas geológicamente estables.

El debate está servido y, sin duda, se agudizará. Las organizaciones y partidos políticos comprometidos con el medio ambiente de Francia, Alemania y otros países europeos, han conseguido introducir la idea del desmantelamiento progresivo pero total de la industria nuclear. Las espadas están en alto, pero de parte de un bando actúa el omnipresente poder del dinero, y la lid se anuncia dura y larga. Lo que queda claro –y esperando que lndia y Pakistán no retornen a iniciar su macabro juego de amenazas y contraamenazas— es que mientras no se desarrollen suficientemente las tecnologías relativas a las energías alternativas —hidráulicas, eólicas y solares– a un nivel tan productivo como rentable, parece utópico pensar que el hombre prescinda de la tecnología nuclear.

El Ferrocarril Austral Fueguino (FCAF) o Tren del Fin del Mundo es una línea férrea de trocha angosta que utiliza locomotoras a vapor en Ushuaia, provincia de Tierra del Fuego, Argentina.

A finales del siglo XIX, en Ushuaia (Isla Grande de Tierra del Fuego), el gobierno federal instaló una colonia penal, donde llegan los primeros prisioneros condenados en 1884.  En 1902 ya era un conjunto de edificaciones para los presidarios, y se construye un ferrocarril de rieles de madera con trocha de menos de un metro  para el transporte de materiales,  principalmente:  rocas, arena y leña. En 1909, el alcailde se da cuenta  de la necesidad de mejorar el servicio e implementa el sistema de tracción “Decauville”,  de 600 mm de trocha, el que se termina hacia fin de año. Este trencito, conectaba la prisión con el bosque pasando, a lo largo de la costa,  frente al nuevo y creciente pueblo de Ushuaia. Este ferrocarril fue conocido como el “Tren de los Presos y llevaba, tanto madera para la calefacción y cocina, como para la construcción.

La vía férrea fue paulatinamente extendiéndose  adentro del bosque, en áreas mas  remotas, a medida que la madera se agotaba. Llegó hasta el valle del rio Pipo,  en terrenos más altos.  La constante edificación llevó a las autoridades de la cárcel a utilizar  a los prisioneros en variados trabajo y pesadas labores.

En 1947, el gobierno de Perón y su Director del Servicio Penitenciario Federal,  clausuran el presidio e implementan una base naval.

Dos años más tarde, el terremoto de Tierra del Fuego de 1949,  bloqueó y destruyó gran extensión  de la línea férrea y no hubo ninguna preocupación por parte del gobierno en despejar y reconstruir la vía.  El trayecto se hizo inviable y el servicio del tren se cerró en 1952.

En 1994,  la línea férrea fue  reconstruida por una empresa privada con fines turísticos y comenzó a funcionar nuevamente, pero con vagones lujosos y servicio de comedor. Una nueva locomotora a vapor (Camila) se compró en Inglaterra en 1995 y con otra -fabricada en Argentina- y tres locomotoras diésel,  realizan un hermoso viaje turístico.

El viaje comienzan en la «Estación Fin del Mundo», a 8 km al oeste de Ushuaia.  Se toman pasajeros a lo largo del Valle Pico, en la Garganta Toro y en la “Estación Cascada de la Macarena“,  los visitantes son ilustrados acerca del pueblo originario Yámana, mientras están  detenidos durante 15 minutos  disfrutando, al mismo tiempo, de una hermosa vista. El tren luego ingresa al Parque Nacional, donde los pasajeros pueden abordar un automotor que los lleva dentro del parque a través del valle, volviendo a la «Estación El Parque» donde retoman el tren.

Esta en estudio un proyecto para extender la línea a un nuevo punto más cerca de Ushuaia, conectando con un tranvía esa estación con la ciudad.

Sin duda, Estambul es una de las ciudades más bellas del mundo y, además, la única que separa dos continentes. Llegué aquí por motivos de trabajo hace tan sólo cuatro días –tras pasar por Bélgica y Alemania– y nada más pisar sus calles tuve la extraña sensación de haber estado con anterioridad en esta impresionante, inabarcable y antigua capital del Imperio Bizantino, conocida entonces como Constantinopla.

La Mezquita Azul

La Mezquita Azul

Debo reconocer que cuando llegué me sentí un poco perdido, pero enseguida me di cuenta de que es muy fácil orientarse en esta inmensa urbe, ya que existen dos partes perfectamente diferenciadas: la más antigua (a la que precisamente los guías llaman Constantinopla) y la más moderna, la parte asiática. Estambul es probablemente la ciudad más poblada de Europa –entre 15 y 20 millones de habitantes, según la fuente que se consulte– pero, afortunadamente para el visitante, los sitios más importantes se agrupan en torno al Cuerno de Oro, la porción de agua que separa Galata de Sultanahmet.

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Estambul no es la capital de Turquía –lo es la menos espectacular Ankara–, pero se merece que le dediquemos, al menos,  una semana para conocerla mínimamente. La ciudad tiene centenares de mezquitas, barrios carismáticos, zonas modernas y cosmopolitas, bazares laberínticos y magníficos monumentos. Y también contrastes que llaman poderosamente la atención: desde una juventud que viste a la última moda occidental hasta maduras mujeres con la cabeza cubierta que cruzan, sin sobresaltos, abarrotadas calles que soportan un caótico tráfico.

Esta ciudad ha sido, y sigue siendo, un crisol cultural y étnico. Por consiguiente, hay –como ya he dicho– numerosas mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios históricos dignos de ser visitados. La ciudad vieja está principalmente ubicada en el estrecho del Cuerno de Oro. Sin embargo, la ciudad moderna es más amplia y comprende ambos lados (europeo y asiático) del estrecho. Entre sus atractivos turísticos destacan la Iglesia de la Divina Sabiduría (Aya Sofia), Sarıyer, Eyüp y Taksim en el lado europeo, y Beyköz, Üsküdar, Kadiköy, Moda, Bostanci y Adalar en el lado asiático. Como capital que fue de dos de los imperios más poderosos de la Tierra, y ciudad que en el siglo XVI era probablemente la más civilizada y multicultural, Estambul alberga monumentos extraordinarios: palacios, iglesias y el Hipódromo que datan de la época bizantina; las mezquitas de Sultanahmet y Süleymaniye; el Palacio de Topkapi (Topkapi Sarayi), sede del poder imperial otomano, y otros edificios y monumentos.

Por lo que respecta a la gastronomía, podríamos definirla como enormemente heterogénea. No en vano, numerosas civilizaciones han pasado por este territorio, que se ha convertido así en un crisol donde se sintetiza la fusión de pueblos, tradiciones y costumbres que han legado, además de sus formas de entender la vida, su personalidad culinaria, lo que ha convertido la cocina turca en un exponente de la deliciosa variedad mediterránea y oriental. Los platos de la cocina turca se elaboran, principalmente, con alimentos propios de la gastronomía mediterránea como verduras, hortalizas, frutas, pescados y, por supuesto, el aceite de oliva.

El Puente Glata

El Puente Glata

Lo más típico es degustar, como primer plato, una deliciosa ensalada elaborada con un sinfín de ingredientes que nos resultan muy familiares. Además de estas ligeras ensaladas, se puede optar por tomar una típica sopa turca, que se caracteriza por la consistencia de sus ingredientes, como por ejemplo la tavuk suyu, elaborada a base de pollo; la iskembe corbasi o la original yayla corbasi, en la que se utilizan como ingredientes principales el yogur y el tomate. Las verduras también se utilizan para preparar diferentes entrantes o como acompañamiento de cualquier otro plato.

Los platos de carne son, principalmente, guisos y brochetas. Asimismo, se pueden degustar platos de carne asada, a la plancha, frita o como köfte, una tradicional receta en la que la carne se pica y se mezcla con miga de pan, así como también con diferentes hierbas y especias. El famoso kebab es, desde luego, el plato típico de Turquía. Mención aparte merece el delicioso café turco, un producto que encierra una preparación muy especial y que recibe el nombre de kahve.

Qué más puedo decir de Estambul para finalizar esta precipitada crónica, antes de volver a Chile. Tal vez repetir la frase que me dijo ayer un periodista inglés con el que coincidí en el hotel en el que estoy alojado: “¿Sabe?, nunca he conocido a nadie que, tras visitar esta increíble ciudad, no haya vuelto encantado.”

A una vasta e incomparable soledad renombrada en el mundo entero acuden personas de todos los lugares de la tierra, todos con ánimo de admiración: un jeque árabe  y su séquito que se conserva a respetuosa distancia; un grupo de estudiantes franceses con la mochila a la espalda; una octogenaria de San Francisco en su silla de ruedas; un famoso actor, que camina apartado de los demás en compañía de su hijo. 

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Viajeros de todos los Estados Unidos, de todos los países, peregrinan a este santuario que une en común emoción a gente de todas las razas y de todos los credos. Y es que el Gran Cañón del Colorado es una de las maravillas del mundo; ninguna la supera en magnitud, antigüedad ni esplendor. De cuantos espectáculos ofrece la Naturaleza, ninguno encierra igual virtud para apaciguar el corazón y elevar el alma.

Perdido en los apartados desiertos de la América del Norte; accesible únicamente tras largo rodeo en tren o en automóvil, atrae sin embargo a un crecido número de visitantes que acuden diariamente al lado sur. Oculta el Gran Cañón su imponente majestad hasta el último momento. El viajero recorre kilómetros de la imperceptible pendiente poblada de artemisas y más adeante de pinos. Al fin está cerca de la maravilla, pero aún no la divisa siquiera; unos pasos más, y queda al borde de la sima, sobrecogido ante su horror sublime.

Lo que contempla es la inmensidad; casi una nueva dimensión. En esta garganta de 1600 metros de profundidad y 16 kilómetros de longitud el abismo se hunde en precipicios más hondos aún que desaparecen en una noche de profundidad como la del océano. Surgen aquí en silencioso tumulto los colores: rojos de rescoldo; púrpuras sombríos, vestigios de un ayer abismal; pálidos amarillos de dunas y playas de mares hace siglos extinguidos. Allá en lo más hondo, sobre el rápido espejear del río, se alzan adustas rocas negras que los geólogos llaman arqueozoicas, las más antiguas que conoce la ciencia.

canion280De lo recóndito de la sima asciende en invisibles oleadas el silencio. Sólo de vez en cuando percibimos el estrépito del río, el segundo de los Estados Unidos por su extensión y el primero del mundo por el ímpetu de sus aguas. Nos llega a nosotros el rumor, semejante a lejano palmoteo, de los álamos que se mecen en el saliente rocoso que a modo de anaquel corre a lo largo del barranco. Todo ruido lo absorbe el abismo insaciable. “Aquí siente uno la necesidad de hablar en voz baja”, oigo que le murmura a su acompañante una señora.

No es un silencio de muerte; es más bien una presencia. Llega a nosotros como grandiosa música. Sólo que la música obra del hombre tiene culminación y término, en tanto que esta música del Gran Cañón del Colorado está hecha de culminaciones; es una armonía que resuena en la eternidad.

Porque la cuarta dimensión que aquí percibimos es, naturalmente, el tiempo en liberal medida. Cerca de siete millones de siglos tardaron el Río Colorado y sus tributarios en abrir el Gran Cañón. Y sin embargo, el río es un recién llegado; no había empezado a correr siquiera en las remotas épocas en que el mar, al cubrir los desiertos de Arizona, y retirarse, y tornar a cubrirlos para alejarse nuevamente, fue dejando sucesivas sedimentaciones. Y antes que las aguas del mar, estuvieron aquí las rocas arqueozoicas, asiento de enhiestas montañas cuando la Tierra era joven. Sucedió esto dos mil millones de años atrás, según cálculos de los geólogos. Así, en un sólo vistazo, el Gran Cañón del Colorado revela más de la historia de la tierra que ningún otro paraje.

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En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida en diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

Por la primera, que centraba la atención más que en los mensajes o contenidos en su específica forma de concretarse o vehicularse (los media), daba una importancia capital al carácter sensible (no-conceptual) de la percepción humana, y, consecuentemente, argumentaba que los efectos de la comunicación no dependen tanto de la información explícitamente comunicada cuanto de las estructuras sensoriales que moviliza y de los “medios” generadores de los dispositivos que permiten la formación y la recepción de los conceptos y de las opiniones. Y si, por una parte, intenta romper con la clausura intramedial y microtextual de los planteamientos formalistas, al incidir sobre la peculiaridad concreta de cada medio, no por ello deja de funcionar como un mero taxonomizador descriptivo de sus campos de actuación y de sus características “especiales”, al estilo de Metz en cine, Todorov en narrativa literaria o Levin en poesía. Afirmar que la única forma de controlar los medios de comunicación es mediante la comprensión pública de sus efectos es demasiado abstracto y ambiguo. De hecho, su preocupación fundamental para llevar a la práctica tal aserto se centró en el estudio de la calidad técnica de los mensajes, prescindiendo de las características ideológicas tanto de los enunciados como de los procesos de enunciación. Es en ese sentido en el que su teoría puede ser definida en términos de teoría tecnocrática. No es casual si ese planteamiento discursivo le llevó a ser consultor de la IBM, General Electric, General Motors, etc.

Por lo que atañe a la segunda idea-eje citada arriba, su noción de “aldea global” desdeña tanto la de inconsciente freudiano (para McLuhan todo es real, todo está en acto) como la de lucha de clases (para su sistema teórico todos son iguales ante la inmediatez y tactilidad electrónica de los mensajes); de ahí que su concomitancia con el planteamiento marxiano, señalada por algunos de sus admiradores, fuera pura apariencia. En Marx se propone, como positividad, la vuelta a una sociedad fundamentada en el valor de uso, mientras que en McLuhan la meta es un “nuevo primitivismo” basado en la aceptación común de los valores de cambio. Lo que en Marx busca reconquistar la concreción de lo cotidiano, en el teórico canadiense era la pretensión, no por implícita menos evidente, de construir una especie de brave new world, el mundo feliz huxleyano. El furibundo antimarxismo de McLuhan encuentra ahí su justificación, del mismo modo que lo hace el hecho de que la pretendida neutralidad ideológica o desideologización de sus argumentaciones hayan servido de base para los mecanismos de infiltración massmediática.

Por eso, como afirmábamos al principio de esta crónica, la muerte de McLuhan no tuvo el carácter simbólico de las otras citadas. No se constata, como en ellas, el fracaso individual en una lucha por la consecución de la utopía, sino el término, o mejor, la interrupción momentánea de un discurso abstracto que el mismo sistema al que ha servido se encargará de continuar.
 
J.

Jimmy Angel no tenía el menor interés en que su nombre figurase en los mapas cuando sobrevoló en su pequeño avión “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935. Él no era más que un aviador experimentado –combatiente en la Primera Guerra Mundial– que trataba de descubrir un río lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva que es la región montañosa de la Guayana venezolana.

Años atrás, en Panamá, un viejo y sigiloso buscador de oro, llamado Williamson, había contratado los servicios de Angel para que lo llevara en avión a Venezuela, al interior del estado de Bolívar sobre el Río Orinoco. Williamson le indicó una ruta en zig-zag sobre los llanos del Orinoco, en una vasta cuenca rica en pastos, salpicada de colinas ferruginosas que hacían dislocar la brújula. Un poco más al sur, penetraron en una larga y alocada mesetas que se alzaban a millares de metros de la selva de esmeralda, cortadas por numerosas caídas de agua: terminaron aterrizando en un claro herboso, donde el viejo saltó a tierra y se dirigió a un río cercano. Volvió una hora después… con unos nueve kilos de pepitas de oro.

Regresaron sin novedad a casa, gracias a la pericia de Angel, quien, recibió 5000 dólares en recompensa por ese viaje a la tierra de la fantasía. Poco tiempo después murió Williamson.

Angel regresó a Venezuela. Salió primeramente de Ciudad Bolívar en vuelo de exploración de meseta en meseta; pero como eso le consumiera mucho tiempo y gasolina, edificó un campamento y limpió una franja de terreno que le sirviera de campo de aterrizaje cerca de Auyantepuy (la Montaña del Diablo) a cosa de 240 kilómetros de su objetivo.

Auyantepuy es una mesa gigantesca. Su cima plana abarca unos 650 kilómetros cuadrados y remata en un pico de 3000 metros de altura. Milenios de erosión han cortado una garganta sinuosa, en forma de V, en su cara setentrional y por ahí se precipita un arroyo que despertó la curiosidad del aviador. Jimmy había encontrado algunas pepitas de oro y diamantes, pero nada semejante al tesoro que Williamson había recogido en una hora. Pensó que tal vez no volvería a encontrar el río de oro, pero que debía haber otros iguales, y que esta garganta tenía una apariencia tentadora. Enfiló, por tanto, la proa de su «Flamingo» por entre aquellas murallas de color azul pardusco y penetró inesperadamente sobre una especie de campo de inmortalidad.

De lo alto de la pared que estaba a su derecha fluía un arroyo y se precipitaba hacia el fondo de la selva. Otro más se precipitaba por una grieta más alta y distante. Y luego otra caída de agua; y luego cuatro lado a lado; y otras tantas más allá, a la derecha y a la izquierda. El aviador perdió la cuenta, porque esta galería de cascadas espectaculares se prolongaba a través de unos cuantos kilómetros.

A poco, al dar la vuelta a un picacho, Angel se vio de pronto frente a un espectáculo increíble: más arriba de él, un río vertical se desplomaba de las nubes, y su estruendo ahogaba el ruido del motor del avión. Se estiró para ver la columna blanca que se precipitaba en una masa de espuma, rodando estruendosamente hacia el valle. Descendió, desafiando el peligro, hasta cerca del suelo de la selva e hizo un cálculo aproximado del ancho de la caída. Era quizás de 160 metros. Ascendió nuevo tratando de calcular la altura con su altímetro. La calculó entre los 800 y los 1500 metros. Aun el primer cálculo dé 800 metros daba ya una indicación clara de que ese salto vertical era la más grande de todas las cataratas conocidas.

Angel hizo para sí la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. Tenía razón. En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Angel y descubrió que la gran catarata tenía 980 metros de altura, o sea, 20 veces más que el Niágara. El primer salto directo es de 808 metros; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172 metros.

Muchas personas habían recorrido y explorado durante siglos los contornos de esa región, de geografía tan loca que uno de sus ríos fluye en dos direcciones, como lo comprobó el barón de Humboldt en 1800, remontando el Orinoco, que desemboca en el Mar Caribe, hasta un punto cerca de las cabeceras en que el río se bifurca y uno de sus brazos, el Casiquiare, corre hacia el sur y desemboca en el Amazonas, mientras el otro fluye hacia el norte y luego al este. Robert Schomburg ascendió años después al Monte Roraima, más hacia el este, y encontró una meseta selvática donde había una vegetación diferente de todo lo que la ciencia conocía, y también más antigua. Cuando Conan Doyle relató esos descubrimientos en su novela The Lost World (El mundo perdido) las exageraciones que introdujo con respecto a la realidad de esa región fueron bastante insignificantes.

En Caracas, Gustavo Heny, alpinista veterano, y Félix Cardona, explorador español, fueron los primeros en interesarse de veras en la historia que contó Angel acerca de sus descubrimientos. En 1937 emprendieron sendas expediciones a la garganta y se dieron cuenta de que aquel salto no era como los otros: era la desembocadura de un río subterráneo que se precipitaba estruendosamente por un enorme túnel, 60 metros más abajo del nivel de la meseta. ¿Cómo podía aquella meseta perdida, que medía sólo 24 por 36 kilómetros, producir aquel inmenso caudal diario de la gran catarata y sus satélites que, según vieran, casi sumaban cien en total?

Desde el punto más cercano y accesible a pie, Heny y Cardona, que se habían encontrado en el campamento de Angel iniciaron el ascenso por la falda del risco. Asistidos por Angel, que les lanzaba alimentos desde el avión, alcanzaron una altura de 1200 metros; pero todo ulterior avance en sentido horizontal desde allí resultaba imposible. Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Aquí se encuentra la explicación de los ríos que saltan del flanco de la montaña.

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