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Las lágrimas de San Lorenzo

Chistian Mülhauser, suizo, subió, entre agosto y octubre de 2012, tres veces a la montaña más famosa de Suiza, el Matterhorn, para hacer esta buena y bella película/vídeo de 4,15 minutos. Se quedó a dormir algunas noches a 2.700 m. y con una temperatura de -12º centígrados. A esa altura y sin contaminación lumínica los cielos son una maravilla.
La música es de Roberto Cacciapaglia.

Vimeo.com

Para una mejor visión, poner la pantalla completa.

El activista ambiental brasileño Chico Mendes, luchador infatigable contra la extracción de madera y la expansión de los pastizales en el Amazonas, fue asesinado frente a su casa el 22 de diciembre de 1988. Tras su muerte, más de treinta entidades sindicales, religiosas, políticas, de derechos humanos y ambientalistas se unieron para exigir que el crimen no quedase impune. Dos años más tarde, los culpables fueron detenidos, juzgados y condenados a 20 años de prisión.

Mendes tuvo –mientras vivió– el apoyo internacional, recibiendo en 1987 el premio Global 500 que otorga las Naciones Unidas. Ese mismo año también ganó la Medalla por el medio ambiente de la organización Better World Society, aunque de poco le sirvió a este incansable y pacifista defensor de la Amazonía.

A mí esta entrega de Chico Mendes con su fracaso a cuestas –ya sabemos que la próxima cumbre sobre cambio climático en Copenhague nace herida de muerte después de que China y Estados Unidos no hayan querido comprometerse a reducir las emisiones contaminantes– me recuerda aquella leyenda de Thor que cuenta Carlyle. Un día Thor, el dios del trueno, junto a su escudero Tialfi y su compañero Loke, se encaminó al país de los gigantes. Hicieron noche en una profunda caverna. Unos misteriosos bramidos les desvelaron y les mantuvieron vigilantes toda la noche, hasta que con el día, descubrieron que los impresionantes ruidos eran los ronquidos de un gigante. La caverna era su guante, caído en el suelo.

Se trataba de un gigante pacífico y se ofreció a guiarles por el país de los suyos. Pero Thor desconfiaba. A la noche siguiente, mientras el gigante dormía le descargó en el rostro por tres veces su poderoso martillo. El gigante no se inmutó. ¿Ha caído alguna hoja? ¿Ha caído algún grano de arena? ¿Hay gorriones en este árbol? Estos fueron sus comentarios entre sueños.

Llegados al jardín de los gigantes, fueron invitados a participar en sus juegos. A Thor le alargaron un cuenco de cerveza. Es costumbre, le dijeron, vaciarlo de un sorbo. Al tercer trago, Thor sólo había conseguido hacer bajar la cerveza un par de dedos.

Le invitaron, a continuación, a que levantara en vilo un enorme gato. Sólo logró conmoverle.

Por fin, le enfrentaron a una vieja decrépita. Thor no logró derrotarla.

Al regresar, el gigante les acompañó un trecho. “¿Te entristece tu derrota? –le dijo a Thor–. Quiero revelarte que sólo es una ilusión. Aquel cuenco de cerveza era el mar. Dos dedos le hiciste descender. El gato era la Gran Serpiente del Universo. Tú la conmoviste. La vieja a la que plantaste cara era el Tiempo. ¿Quién puede vencerle? ¿Recuerdas los tres golpes que diste con tu maza? Mira frente a tí. Han surgido tres nuevos valles entre las montañas.

Chico Mendes quizá no logró tampoco partirle el espinazo a la realidad, pero en sus sueños la hizo geografia más anchurosa, plagada de valles, ríos cristalinos y selvas. Una vez iniciado ese camino, vale la pena discurrir por él.

Campos de Hielo Sur es una gran extensión de hielos continentales -la tercera más extensa del mundo tras  la Antártida y Groenlandia  y la mayor de  las de carácter continental no polar con acceso terrestre- situada en los Andes patagónicos, entre los fiordos de la costa de Chile y la frontera con Argentina.
Se extiende de norte a sur, a lo largo de 350 km, entre los paralelos 48º20’S y 51º30’S. Tiene una extensión de 16.800 km², de los cuales alrededor del 95%  pertenecen a Chile y el resto a la Argentina.
Desde  Campos de Hielo se desprenden un total de 49 glaciares, entre ellos, los glaciares  Pío XI -el mayor del hemisferio sur  con 1.265 km²-  el O’Higgins, Balmaceda, Serrano, Tyndall y Grey, en Chile,  y el Upsala , Viedma  y Perito Moreno,  en Argentina. Es denominado Campos de Hielo Sur para diferenciarlo del Campos de Hielo Norte en la Patagonia de Aysén.
Gran parte de su extensión se encuentra protegida al formar parte de los parques nacionales “Bernardo O’Higgins” y “Torres del Paine”, en Chile, y del parque nacional “Los Glaciares”, en Argentina.

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La primera travesía longitudinal de Campos de Hielo sur

“Siento en mi corazón que Campos de Hielo es chileno”, dijo a La Tercera el médico general del Consultorio de Colina, Pablo Besser, jefe del grupo de jóvenes expedicionarios chilenos que logró atravesar longitudinalmente Campos de Hielo, en una hazaña jamás antes alcanzada pese a los intentos de al menos 30 expediciones.

Junto a sus compañeros de equipo -representantes del Club Andino Alemán de Santiago –Mauricio Rojas, guía y montañista; José Pedro Montt, abogado de una isapre; y Rodrigo Fica, estudiante de un Magister en Economía- Besser emprendió la travesía el 1 de noviembre de 1998, tras cuatro años de planificación y preparativos de todo orden, incluso sicológicos.

La aventura -dijo a La Tercera, desde Puerto Natales a través del teléfono- se inició en el glaciar Jorge Montt, en las cercanías de Caleta Tortel, XI Región, y culminó en la madrugada del 31 de enero en el glaciar Balmaceda, en la provincia de Ultima Esperanza.

Durante el cruce de 91 días, el grupo empleó trineos de dos metros, tirados por ellos mismos, y soportaron vientos de hasta 150 kilómetros por hora y tormentas con temperaturas que bordearon siempre los cero grado y una sensación térmica contínua de 20º bajo cero. “En ningún momento sentimos que era necesario desistir -relata Besser- pese a que de pronto parecíamos palitroques en medio del hielo” y que, para “capear las ventiscas, tuvimos que cavar “bunker” o cuevas a dos metros de profundidad bajo el hielo”…

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Año Nuevo en cueva

Los cuatro expedicionarios pasaron el Año Nuevo en una de esas cuevas, ingiriendo alimentos deshidratados -que se reconstituyen con agua hirviendo- o comidas de esquimales como el paté de grasa; granolas, chocolates o quáquer.
“Consumíamos 4.700 calorías diarias para soportar el esfuerzo físico”, dijo Besser, indicando que -desde el 1 de enero- debieron esperar nueve días en la cueva para iniciar el cruce de la llamada “Falla Reichert” (12 kilómetros de extensión), a la postre, el tramo más difícil de la travesía por presentar una depresión de mil metros bajo el hielo, la que posteriormente hay que escalar para ascender nuevamente a la superficie.
Cruzar la falla les demandó casi un mes, partiendo desde Laguna Escondida, donde habían dejado un depósito de alimentos, con el apoyo de la patrullera “Alacalufe” de la Armada de Chile.

Todo hielo

En general, la rutina de los aventureros consistía en marchas de 7 a 8 horas, que se iniciaban a las 9.30 horas de la mañana. A las 17 horas armaban las tiendas y muchas veces fue necesario levantar muros de hielo para protegerse del viento.
En su relato a La Tercera, Pablo Besser indica que fue un trayecto “sin más compañía que la de nosotros mismos y del mundo mineral que era nuestro entorno”.

Soportamos la presión

Durante los casi 400 kilómetros del trayecto,los expedicionarios sólo divisaron algunos huemules -al iniciar la travesía- unos pocos cóndores y unos caiquenes perdidos, “es decir cero fauna, todo era hielo…” Con todo -concluye el jefe del grupo- “soportamos la presión de cumplir, de no abandonar. Esta era una prueba deportiva, pero también con un alto contenido de soberanía. Nadie conoce los Hielos y no valoran lo que significan… Más que nunca siento en mi corazón que son chilenos y así se lo haremos ver al Senado, aunque sabemos que la decisión será política…”
El grupo encabezado por el doctor Besser con sus compañeros (salvo Fica) tuvo una preparación de cuatro años para lograr el hito de atravesar Campos de Hielo.

* Desde 1956 ha habido muchos intentos y -al menos- 30 expediciones integradas por ingleses, suizos, franceses, japoneses, españoles y chilenos, sólo lograron cruces parciales. En el mejor de los casos sólo los dos tercios de la extensión de hielos (300 kilómetros).

* La mayoría de los intentos buscaron atravesar el Campo en forma transversal, siendo el grupo de Besser el primero en lograrlo longitudinalmente.

* Una bandera chilena “dinámica” acompañó a los jóvenes aventureros durante toda la travesía, pero no quedó como testimonio en ninguna parte. La hazaña quedó registrada en más de tres mil diapositivas y 20 horas de filmación.

* Hubo un momento en que tuvieron que reducir la ración de comida deshidratada “porque comenzó a faltarnos y temíamos que se terminara. Lo que antes comíamos en dos días lo hacíamos durar cuatro” -comentó Besser- que por algo, perdió 10 kilos en la heroica proeza del cruce.

Fuente: La Tercera Internet

A una vasta e incomparable soledad renombrada en el mundo entero acuden personas de todos los lugares de la tierra, todos con ánimo de admiración: un jeque árabe  y su séquito que se conserva a respetuosa distancia; un grupo de estudiantes franceses con la mochila a la espalda; una octogenaria de San Francisco en su silla de ruedas; un famoso actor, que camina apartado de los demás en compañía de su hijo. 

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Viajeros de todos los Estados Unidos, de todos los países, peregrinan a este santuario que une en común emoción a gente de todas las razas y de todos los credos. Y es que el Gran Cañón del Colorado es una de las maravillas del mundo; ninguna la supera en magnitud, antigüedad ni esplendor. De cuantos espectáculos ofrece la Naturaleza, ninguno encierra igual virtud para apaciguar el corazón y elevar el alma.

Perdido en los apartados desiertos de la América del Norte; accesible únicamente tras largo rodeo en tren o en automóvil, atrae sin embargo a un crecido número de visitantes que acuden diariamente al lado sur. Oculta el Gran Cañón su imponente majestad hasta el último momento. El viajero recorre kilómetros de la imperceptible pendiente poblada de artemisas y más adeante de pinos. Al fin está cerca de la maravilla, pero aún no la divisa siquiera; unos pasos más, y queda al borde de la sima, sobrecogido ante su horror sublime.

Lo que contempla es la inmensidad; casi una nueva dimensión. En esta garganta de 1600 metros de profundidad y 16 kilómetros de longitud el abismo se hunde en precipicios más hondos aún que desaparecen en una noche de profundidad como la del océano. Surgen aquí en silencioso tumulto los colores: rojos de rescoldo; púrpuras sombríos, vestigios de un ayer abismal; pálidos amarillos de dunas y playas de mares hace siglos extinguidos. Allá en lo más hondo, sobre el rápido espejear del río, se alzan adustas rocas negras que los geólogos llaman arqueozoicas, las más antiguas que conoce la ciencia.

canion280De lo recóndito de la sima asciende en invisibles oleadas el silencio. Sólo de vez en cuando percibimos el estrépito del río, el segundo de los Estados Unidos por su extensión y el primero del mundo por el ímpetu de sus aguas. Nos llega a nosotros el rumor, semejante a lejano palmoteo, de los álamos que se mecen en el saliente rocoso que a modo de anaquel corre a lo largo del barranco. Todo ruido lo absorbe el abismo insaciable. “Aquí siente uno la necesidad de hablar en voz baja”, oigo que le murmura a su acompañante una señora.

No es un silencio de muerte; es más bien una presencia. Llega a nosotros como grandiosa música. Sólo que la música obra del hombre tiene culminación y término, en tanto que esta música del Gran Cañón del Colorado está hecha de culminaciones; es una armonía que resuena en la eternidad.

Porque la cuarta dimensión que aquí percibimos es, naturalmente, el tiempo en liberal medida. Cerca de siete millones de siglos tardaron el Río Colorado y sus tributarios en abrir el Gran Cañón. Y sin embargo, el río es un recién llegado; no había empezado a correr siquiera en las remotas épocas en que el mar, al cubrir los desiertos de Arizona, y retirarse, y tornar a cubrirlos para alejarse nuevamente, fue dejando sucesivas sedimentaciones. Y antes que las aguas del mar, estuvieron aquí las rocas arqueozoicas, asiento de enhiestas montañas cuando la Tierra era joven. Sucedió esto dos mil millones de años atrás, según cálculos de los geólogos. Así, en un sólo vistazo, el Gran Cañón del Colorado revela más de la historia de la tierra que ningún otro paraje.

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Reconocida como la montaña más bella y, por mucho tiempo, considerada como la más difícil de escalar del mundo, principalmente porque no importa por dónde se la encare habrá que ascender por una  pared granítica en vertical de al menos 1200 metros. Las difíciles condiciones y variabilidad climática de la zona hace que sea imposible planificar un ascenso de muchos días. Cerro Torre, la montaña más alta de una cadena de cuatro picos: Cerro Torre, Torre Egger, Punta Herron, y Cerro Standhart, ubicada en la Patagonia -al oriente de los Campos de Hielo Sur y a unos kilometros del Fitz Roy- en disputa entre Chile y la Argentina.

Ayer me impresionó profundamente el artículo publicado -en en su blog de “El Mercurio”- por nuestro gran andinista Mauricio Purto, el cual me permito divulgar por su gran interés y mi amor profundo a nuestra Patagonia.

La travesía del Cerro Torre

“Hay aventuras que están al filo de lo imposible. En esto confabulan la calidad del terreno y el tiempo que se deben sostener la dificultad y el esfuerzo. Por ejemplo, la Gran Herradura, la travesía desde el Hombro Oeste del Everest, pasando por su cumbre, luego la del Lhotse y la del Nuptse, para descenderlo hasta el Valle del Silencio o por la vertiente opuesta.

Reinhold Messner, el primer hombre en escalar todas las montañas de más de ocho mil metros, la tuvo entre sus sueños de despierto, y dijo que era un problema para el siglo XXI. Entonces, yo pensé en dos polacos, Jerzy Kuckuzca y Krzysztof Wielicki, quienes no fueron, y en un par de eslovenos. Han pasado treinta años y parece que Messner tendrá la razón. Tarea pendiente.

Pero muy cerca, en la Patagonia, otra escalada titánica pone fin al sueño de varios inspirados que no cejaron en el imposible de realizar la travesía del cerro Torre, que de norte a sur recorre la línea de cumbres de la aguja Standhardt, la punta Herron, la torre Egger y el cerro Torre, con una escalada total de 2.200 metros.

Los primeros en echar este sueño a la realidad fueron los italianos Andrea Sarchi, Maurizio Giarolli, Elio Orlandi y Ermanno Salvaterra, con serios intentos durante los años ’80 y principios de los ’90.

En 1991, Salvaterra mostró el camino. Con Adriano Cavallaro y Ferruccio Vidi escalaron la Punta Herron, un primer ascenso, que abrió la ruta por el norte: el bello Spigolo dei Bimbi, traducido “Espolón de los niñitos”. Y a principios de 2005, Thomas Huber y su compañero suizo Andi Schnarf dieron más luces: pudieron con la travesía de la Torre Standhardt a la Torre Egger, escalando la Standhardt vía Festerville, continuando a la Egger y descendiendo por la vía Titanic a través del filo Este de la Egger.

El Arca de los Vientos era el pedazo del puzzle que faltaba para mostrar el recorrido completo de una eventual travesía por estas escarpadas cumbres: una ruta nueva que sostuvieron Salvaterra, Alessandro Beltrami y Rolando Garibotti, en la pared norte del cerro Torre… Por fin una línea completa desde el Col de la Conquista hasta la cumbre del cerro Torre.

Salvaterra volvió dos veces en 2006 y a finales de 2007, primero con Beltrami y Garibotti, y luego con Alessandro Beltrami, Mirko Masse y Fabio Salvodei, cuando escalaron la Torre Standhardt por la vía de Salvaterra. Luego escalaron la Torre Herron y la Egger. Iban muy bien, y continuaron, descendiendo al sur hasta el Corredor de la Conquista, para escalar el cerro Torre y poner fin al formidable envión… Pero sólo escalaron un largo del cerro Torre antes de su retirada.

Poco después, inclaudicable, Ermanno Salvaterra se asoció con Colin Haley. Corre el verano de este año y es 21 de enero. Las condiciones meteorológicas no son propicias. Pero igual parten. Los fuertes hermanos Huber desisten… Quedan dos hombres para el desafío… Un desafío que resulta duro por los tramos de escalada mixta que los consumen en el cansancio. Pero lo logran… Coronan el Torre sin comida y bajan por la ruta Ferrari, con un hito en la historia de la escalada patagónica “in tasca”, “en el bolsillo” del gran Ermanno Salvaterra.”

Mauricio Purto

Cerro Torre y el Fitz Roy

Les recomiendo vean en You Tube:  Cerro Torre -El Arca de los Vientos- 1 y 2

Luis Irles

Jimmy Angel no tenía el menor interés en que su nombre figurase en los mapas cuando sobrevoló en su pequeño avión “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935. Él no era más que un aviador experimentado –combatiente en la Primera Guerra Mundial– que trataba de descubrir un río lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva que es la región montañosa de la Guayana venezolana.

Años atrás, en Panamá, un viejo y sigiloso buscador de oro, llamado Williamson, había contratado los servicios de Angel para que lo llevara en avión a Venezuela, al interior del estado de Bolívar sobre el Río Orinoco. Williamson le indicó una ruta en zig-zag sobre los llanos del Orinoco, en una vasta cuenca rica en pastos, salpicada de colinas ferruginosas que hacían dislocar la brújula. Un poco más al sur, penetraron en una larga y alocada mesetas que se alzaban a millares de metros de la selva de esmeralda, cortadas por numerosas caídas de agua: terminaron aterrizando en un claro herboso, donde el viejo saltó a tierra y se dirigió a un río cercano. Volvió una hora después… con unos nueve kilos de pepitas de oro.

Regresaron sin novedad a casa, gracias a la pericia de Angel, quien, recibió 5000 dólares en recompensa por ese viaje a la tierra de la fantasía. Poco tiempo después murió Williamson.

Angel regresó a Venezuela. Salió primeramente de Ciudad Bolívar en vuelo de exploración de meseta en meseta; pero como eso le consumiera mucho tiempo y gasolina, edificó un campamento y limpió una franja de terreno que le sirviera de campo de aterrizaje cerca de Auyantepuy (la Montaña del Diablo) a cosa de 240 kilómetros de su objetivo.

Auyantepuy es una mesa gigantesca. Su cima plana abarca unos 650 kilómetros cuadrados y remata en un pico de 3000 metros de altura. Milenios de erosión han cortado una garganta sinuosa, en forma de V, en su cara setentrional y por ahí se precipita un arroyo que despertó la curiosidad del aviador. Jimmy había encontrado algunas pepitas de oro y diamantes, pero nada semejante al tesoro que Williamson había recogido en una hora. Pensó que tal vez no volvería a encontrar el río de oro, pero que debía haber otros iguales, y que esta garganta tenía una apariencia tentadora. Enfiló, por tanto, la proa de su «Flamingo» por entre aquellas murallas de color azul pardusco y penetró inesperadamente sobre una especie de campo de inmortalidad.

De lo alto de la pared que estaba a su derecha fluía un arroyo y se precipitaba hacia el fondo de la selva. Otro más se precipitaba por una grieta más alta y distante. Y luego otra caída de agua; y luego cuatro lado a lado; y otras tantas más allá, a la derecha y a la izquierda. El aviador perdió la cuenta, porque esta galería de cascadas espectaculares se prolongaba a través de unos cuantos kilómetros.

A poco, al dar la vuelta a un picacho, Angel se vio de pronto frente a un espectáculo increíble: más arriba de él, un río vertical se desplomaba de las nubes, y su estruendo ahogaba el ruido del motor del avión. Se estiró para ver la columna blanca que se precipitaba en una masa de espuma, rodando estruendosamente hacia el valle. Descendió, desafiando el peligro, hasta cerca del suelo de la selva e hizo un cálculo aproximado del ancho de la caída. Era quizás de 160 metros. Ascendió nuevo tratando de calcular la altura con su altímetro. La calculó entre los 800 y los 1500 metros. Aun el primer cálculo dé 800 metros daba ya una indicación clara de que ese salto vertical era la más grande de todas las cataratas conocidas.

Angel hizo para sí la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. Tenía razón. En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Angel y descubrió que la gran catarata tenía 980 metros de altura, o sea, 20 veces más que el Niágara. El primer salto directo es de 808 metros; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172 metros.

Muchas personas habían recorrido y explorado durante siglos los contornos de esa región, de geografía tan loca que uno de sus ríos fluye en dos direcciones, como lo comprobó el barón de Humboldt en 1800, remontando el Orinoco, que desemboca en el Mar Caribe, hasta un punto cerca de las cabeceras en que el río se bifurca y uno de sus brazos, el Casiquiare, corre hacia el sur y desemboca en el Amazonas, mientras el otro fluye hacia el norte y luego al este. Robert Schomburg ascendió años después al Monte Roraima, más hacia el este, y encontró una meseta selvática donde había una vegetación diferente de todo lo que la ciencia conocía, y también más antigua. Cuando Conan Doyle relató esos descubrimientos en su novela The Lost World (El mundo perdido) las exageraciones que introdujo con respecto a la realidad de esa región fueron bastante insignificantes.

En Caracas, Gustavo Heny, alpinista veterano, y Félix Cardona, explorador español, fueron los primeros en interesarse de veras en la historia que contó Angel acerca de sus descubrimientos. En 1937 emprendieron sendas expediciones a la garganta y se dieron cuenta de que aquel salto no era como los otros: era la desembocadura de un río subterráneo que se precipitaba estruendosamente por un enorme túnel, 60 metros más abajo del nivel de la meseta. ¿Cómo podía aquella meseta perdida, que medía sólo 24 por 36 kilómetros, producir aquel inmenso caudal diario de la gran catarata y sus satélites que, según vieran, casi sumaban cien en total?

Desde el punto más cercano y accesible a pie, Heny y Cardona, que se habían encontrado en el campamento de Angel iniciaron el ascenso por la falda del risco. Asistidos por Angel, que les lanzaba alimentos desde el avión, alcanzaron una altura de 1200 metros; pero todo ulterior avance en sentido horizontal desde allí resultaba imposible. Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Aquí se encuentra la explicación de los ríos que saltan del flanco de la montaña.

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Me esperaba mi querido amigo patagón, Fernando, –en el aeropuerto de Balmaceda, en su viejo y destartalado jeep–  para por fin, después de tanto soñar con ello, poder iniciar un corto viaje de dos días y conocer, al menos, algo de esa región de  indescriptible y sublime belleza que es la Patagonia de Aysén.

Pensé que después de haber estado en Las Torres del Paine, Alaska y los fiordos noruegos –sólo por citar  algunos lugares de características similares–, sería imposible sorprenderme nuevamente pero, tras habernos desplazado unos cuantos kilómetros al sudoeste  de Balmaceda,  no podía dar fe de lo que veían mis ojos. Tras cruzar la “Villa Cerro Castillo”, en dirección a Puerto Murta, el entorno de las montañas nevadas, ríos  y vegetación salvaje iban penetrando en mi alma  haciéndome sentir la pequeñez del ser humano, ante esos inhóspitos y desolados paisajes que me recordaban constantemente que “solo Dios ha podido crear tanta belleza”

Tras dos horas y media de Carretera Austral, bastante bien llevadera, llegamos a Puerto Murta –pueblo natal de mi entrañable amigo Ferrnando–,  al comienzo del lago General Carrera y, que es, el segundo  más grande de América del Sur (la región de Aysén es una de las mas extensas de Chile, con casi once millones de hectáreas y una población de menos de 100.000 personas).

Nuestra ruta estaba pensada en llegar a Chile Chico bordeando todo el lago y , por supuesto, con previa parada en la Catedral de Mármol para -la mañana siguiente- llegar al nacimiento del río Baker, Cocrhane, Caleta Tortél y Puerto Yungay.  En fin, hasta los pies del Campo de Hielo Norte, si nos daba el cuerpo y el viejo jeep.

El tiempo se nos pasó sin darnos cuenta y la noche se acercó por sorpresa. Tuvimos la suerte de llegar a un pequeño y exclusivo lodge a orillas del lago y conseguir una pequeña cabaña , ya que el administrador conocía a Fernando. Una vez acomodados –y dándonos cuenta que no habíamos comido nada en todo el dia– nos dirigimos al Club House para deleitarnos con un buen filete del sur y un mejor caldo (Cavernet Souvignon) de nuestra tierra. Mientras disfrutábamos  la cena, veíamos por el enorme ventanal  las montañas nevadas que se reflejaban en el lago, gracias a la enorme luna llena que coincidió esa noche.

No había más de cuatro mesas y eramos unos cuantos comensales cuando, repentinamente, se abrió la puerta del comedor y, junto con una ráfaga fria de viento, entraron ellos….  ¡No podía creerlo!

Una de las parejas más famosas del mundo cinematográfico y artístico se sentaron a nuestro lado. Estaban absolutamente felices y despreocupados al estar alejados del mundo y tener la certeza de poder pasar desapercibidos de todos los medios. Nos sonrieron con gran simpatía y sencillez y preguntaron qué tal era el vino que estábamos bebiendo… Al instante y de manera natural nos sentamos los cuatro en la misma mesa haciendo brindis por Chile y, sobre todo, por la Patagonia de Aysén.

Tras la cena –y ya en confianza– alrededor de la chimenea, con un buen scotch en la mano, nos contarón el motivo de su presencia en el fin del mundo: Tenían en Nueva York, entre tantas otras cosas, el principal estudio de grabación para las grandes figuras de la música actual y uno de sus grandes amigos, John Dever –que era un enamorado del sur de Chile– siempre les hablaba del proyecto de hacer un “estudio mágico” en la Patagonia chilena, donde traer a sus amigos por el tiempo que quisieran y, en ese entorno mágico de belleza , tranquilidad y aislamiento, –conjugado la última tecnología con la máxima comodidad–, los famosos músicos y artistas invitados pudieran crear y desarrollar sus mejores proyectos de arte.

Tenían ya prácticamente decidido donde lo harían y, también, seríamos de los pocos invitados con el privilegio de poder conocerlo en el momento oportuno. Terminamos de madrugada sintiéndonos verdaderos amigos y, el día siguiente, lo pasamos juntos en la estancia de Fernando.  Así de fascinante es a veces la vida…

Sé que estáis esperando saber quienes son esta famosísima pareja, pero prometimos no dar nombres ni detalles y –hasta ahora–  siempre trato de cumplir con mi palabra.

Luis Irles

PATAGONIA DE AYSÉN

Después de casi tres semanas de agotadores recorridos por varias capitales y ciudades europeas (incluidas algunas españolas), de visitar renombrados museos y maravillosos monumentos artísticos, de saborear deliciosos platos de la gastronomía local y de reencontrarme felizmente con familiares y amigos, decidí pisar el freno, no hacer nada durante mis últimos días de vacaciones en España y buscar un lugar tranquilo y apartado en plena naturaleza donde poder relajarme y olvidarme de aviones, palacios y autopistas. Y lo encontré: es un maravilloso remanso de paz, un pueblo andaluz llamado Cazorla, desde donde escribo estas notas mientras contemplo el impresionante paisaje que me rodea.

Llevo tres días aquí –alojado en una acogedora casa rural– muy cerca del Parque Natural, y les confieso que tuve el momentáneo temor de que el aburrimiento se apoderara de mí una vez que hube caminado por los verdes y tranquilos senderos de la Sierra, sentado al borde del embalse de Los Teatinos, contemplado el nacimiento del río Guadalquivir, no muy lejos de Quesada, y conversado –en una tasca y sin medir el tiempo– con algunos ‘sabios’ ancianos del lugar. Y subrayo lo de sabios, porque al preguntarle a uno de ellos cómo combatían sin aburrirse las largas horas de luz y calor del verano, me respondió con un tono muy serio: “Pues mire usted, amigo, lo primero que hay que hacer para no aburrirse es no hacer nada… Yo, por ejemplo, no veo la televisión, ni me voy de compras a Jaén con la familia, ni leo los periódicos… y aunque no se lo crea, estoy entretenío todo el día…”

No supe qué responder en ese momento; pero reflexionando más tarde sobre el asunto llegué a la conclusión de que, aunque la receta del anciano sea muy dura de llevar a la práctica para la mayoría de nosotros, es la más sencilla y radical… Estamos demasiado acostumbrados al «No se quede sentado; haga algo», y tal vez no sea el mejor de los consejos… En realidad, las palabras de este hombre curtido por la vida y el trabajo, entroncan –aunque él seguramente lo ignora– con muchas filosofías orientales y con ciertas escuelas de meditación, que conciben lo que nosotros denominamos aburrimiento como una fuente de renovación y de conocimiento. Como todos sabemos, estas técnicas espirituales consisten en sentarse relajadamente, recapitular sobre los pensamientos que vienen a nuestra mente y ser testigos mudos de lo que acontece alrededor. Sería el primer paso, siguiendo el consejo de Sócrates, para conocerte a ti mismo.

Y eso es, precisamente, lo que comencé a practicar –en la medida de lo posible– desde que llegué a Cazorla y escuché la respuesta de este hombre al que la edad le ha aportado sabiduría. He estado toda la mañana sentado en un banco de una fresca y pequeña placita, observando a la gente, meditando sobre la rutina diaria que prácticamente estamos obligados a llevar, y que nos puede conducir a una especie de neurosis en nuestros comportamientos, en la manera de entender la vida, en nuestro modo de sentir, de actuar.

Creo que esta misma mañana he podido constatar que el aburrimiento puede ser positivo en muchas ocasiones. Que no conviene habituarse a sentir emociones porque la vida no puede ser siempre emocionante. Estoy apreciando, intensamente, estos momentos de paz y tranquilidad. Y hasta recordé que Bertrand Russell dijo en cierta ocasión –escribo de memoria– que «para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Las vidas de los más grandes hombres sólo han sido emocionantes durante unos pocos momentos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.»

Sin yo esperarlo, este pequeño pueblo andaluz me ha convertido –aunque sea por unos días– en un observador tranquilo, un testigo imparcial de mi vida interior y del mundo que me rodea. Desde que llegué aquí he podido recuperar el silencio, que a mi modesto entender es la fuente de toda acción creativa. Como escribió Catón: «Nunca se es más activo que cuando no se hace nada.» 

Lástima que el aburrimiento y la inactividad –en mi caso– no vaya a durar demasiado, pero estoy convencido de que esta tranquila estancia en Cazorla va a ser muy positiva para mí.

Abrazos,

Luis Irles

 

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Los Géiseres del Tatio, con más de 100 manantiales en erupción, es el campo de géiseres más grande del hemisferio sur y el tercero del mundo, después de Yellowstone en Estados Unidos y Dolina Giezerov en Rusia. El Tatio contiene aproximadamente el ocho por ciento de los géiseres en el mundo. Los Géiseres del Tatio están localizados en la Cordillera de los Andes al norte de Chile, a una altitud de 4,200 metros sobre el nivel del mar, a 150 kilómetros al estesudeste de Calama.

Del 19 al 21 de marzo del 2002, los autores visitaron el campo geotérmico para inventariar el área de géiseres y su actividad. Con más de 100 manantiales inventariados, 80 resultaron ser géiseres verdaderos y 30 más aparentemente resultaron ser manantiales en erupción perpetua. Un estudio extensivo y más detallado en El Tatio probablemente encontraría más géiseres verdaderos. Aunque los informes dijeron que la actividad de los géiseres ocurrió solamente por la mañana, no había disminución en actividad en cualquier momento dentro de cualquier parte del campo. De los manantiales inventarios, la altura media es 69 centímetros y de los géiseres verdaderos, la altura media es 76 centímetros.

Dentro del campo existen tres zonas separadas de géiseres, cada uno con características diferentes:

1) La Cuenca Superior (o Terraza Principal) se encuentra cerca de la pendiente de un valle y es caracterizado por poca descarga de agua, pero con terrazas de sinter bien desarrolladas. Se encuentran grandes conos activos e inactivos dentro de la Cuenca Superior. La Cuenca Superior es la más grande (abarcando 5 km²) y contiene la mayor cantidad de géiseres en erupción. Una característica de esta zona fue el géiser más alto observado en el campo, más de 5 metros de altura. La Cuenca Superior también contiene los géiseres que aparentemente mantienen intervalos predecibles.

2) La Cuenca Media es un plano de sílice que se encuentra inmediatamente al sur de la Cuenca Superior. Contiene serie de pozas de 3 metros de profundidad con erupciones como una fuente. Los intervalos son cortos—casi continuos—y las erupciones son erráticas en duración y altura.

3) La Cuenca Baja (o Grupo del Río) se encuentra a las orillas del Río Salado, aproximadamente 2 kilómetros río abajo de la Cuenca Media. Al menos diez manantiales hacen erupción en y cerca del río con alturas de 1 a 3 metros. Algunas de las características de la Cuenca Baja es que hacen erupción desde dentro de los canales del río mismo, incluyendo varios géiseres subterráneos cuyas erupciones expulsan sedimentos a las orillas del río. Muy poca acumulación de sílice ha ocurrido en el Grupo del Río.

J.A. Glennon and R.M. Pfaff

 

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Hacía ya tiempo que  Rosana C. –buena amiga y excelente periodista– me había propuesto viajar al Sáhara. Ella, al igual que yo, es una gran admiradora del escritor norteamericano Paul Bowles (que vivió más de cuarenta años en la ciudad de Tánger), así que su sueño era recorrer la misma ruta que llevaron a cabo la pareja protagonista de una de las más famosas novelas de este gran autor:  The sheltering sky (‘Bajo el cielo protector’). La historia, que fue llevada al cine por Bernardo Bertolucci, relata el alucinante viaje de un matrimonio de artistas y un amigo de éstos, con el objetivo de buscar alicientes para la creación. El trío protagonista, los personajes de Port y Kit Moresby, y Tunner, está sumido en una sorda desesperación que se agranda en la medida en que se van adentrando en el desierto más grande e inhóspito del planeta.

Hace cosa de un mes tomamos la decisión -varias veces aplazada- de hacer esa ruta, que además nos alejaría de las bajas temperaturas de las navidades europeas. Viajamos hasta la capital de Marruecos, y desde allí iniciamos -a bordo de un todo terreno alquilado- nuestro particular viaje hacia el sur.

Dos días más tarde, después de breves escalas en El Golea, Adrar y Aoulef, llegamos a la región de Tamanrasset. Esta zona del Sáhara, cercana a la frontera con Argelia, está habitada por los tuaregs, de faz cubierta con un velo azul, y se asemeja a un paisaje lunar. Cerca de allí, las Montañas Ahaggar, cordillera de aspecto macabro conocida también con el nombre de Hóggar, no tienen paralelo con ninguna otra clase de montañas que yo haya visto. Durante el día, el sol devora todo el color. Pero al amanecer y en el ocaso, las montañas se visten de azul pizarra, de púrpura, de amarillo y de rojo carmesí. Y no hay rastro de vida en ellas.

El Sáhara se caracteriza singularmente por ser plano, caluroso y estar lleno de arena, aunque existen zonas rocosas donde ésta no se acumula. En árabe, la palabra «Sáhara» quiere decir «vacío», y el desierto es en verdad un paraje vasto y solitario. La temperatura, en un poblado como In Salah, suele llegar a 55 grados centígrados al sol.

En Tamanrasset, un lugareño nos recibió en su casa convertida en “hotel”. Las paredes de barro ocre dan la impresión de que podrían ser desmoronadas por la lluvia; pero la lluvia no es problema en Tamanrasset; cierta vez dejó de llover durante siete años consecutivos. Sin embargo, suele haber en setiembre tormentas que llegan a ser de una violencia demoledora. El pueblo cuenta con unos 3000 habitantes, de los cuales 75 son miembros del ejército marroquí. El comercio de la población está establecido en tiendas increíblemente primitivas. Hay pocos teléfonos, y la electricidad funciona tan sólo durante siete horas diarias.

 

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Tamanrasset es el principal centro urbano de los tuaregs, pero casi ninguno de ellos vive allí. Los tuaregs son nómadas y habitan tiendas o campamentos en el desierto circundante. Todos los habitantes de la ciudad son gente amable. Casi sin excepción, los que encontrábamos al paso nos saludaban con un afable “Bonjour”… Los tuaregs son un pueblo singularmente pintoresco, porque son los hombres y no las mujeres los que llevan la cara cubierta con un velo. Los velos son de un magnífico tinte azul índigo, pero el color no está bien fijado y destiñe como si fuera papel carbón. Esto hace que la piel de los tuaregs parezca azul. Además usan color azul para pintarse ojeras. Nosotros nunca le vimos la cara a un tuareg; los hombres no se despojan del velo ni para comer ni para beber, pues alimentos y bebida se los llevan a la boca por debajo del velo. Son altos y la combinación del capucho blanco y el velo azul los hace parecer criaturas de ficción. Semejan proyectiles ambulantes con celada, pero a pesar de todo son majestuosamente hermosos.

La costumbre de los tuaregs de cubrirse la cabeza es tan antigua que nadie conoce la razón de ella, aunque lo probable es que el tuareg la inventara simplemente para defenderse la cara del sol. Los tuaregs probablemente descienden de los antiguos bereberes, y fueron excelentes guerreros, jinetes y tratantes de esclavos, hasta la llegada de los franceses. Se rigen por el principio del matriarcado.

A diferencia de casi todos los demás musulmanes, los tuaregs son monógamos. Son gente pobre, frugal, limpia y respetuosa de la ley. La delincuencia es casi desconocida entre los tuaregs, que viven de sus rebaños y viajan constantemente con ellos de pastadero en pastadero. El Sáhara tiene abundancia de pastos en las estribaciones de las montañas, donde se acumula el agua de las lluvias.

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