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El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

El escritor noruego Kjartan Fløgstad.

Decir que a las librerías españolas llegan anualmente unos pocos libros de autores noruegos sería una exageración por mi parte. Simplemente, no llegan. Así que a la satisfacción que me produjo hace años la lectura de El cuchillo en la garganta, –la primera novela de Kjartan Fløgstad traducida al español — se une ahora el placer de haber descubierto otra de sus más recientes obras, Paraíso en la tierra.

Este libro –el segundo que se publicó en España de uno de los autores escandinavos más importantes en la actualidad–, innovador en la forma y que deja patente su consabido interés por la literatura en español y por Chile en particular, es una novela en donde reúne parodia, novela social y tendencia a los aforismos con una prosa que hace que se le pueda reconocer sin rodeos como uno de los más notables narradores europeos contemporáneos.

Poeta y traductor, autor de una peculiar historia de la emigración noruega a Iberoamérica, Fløgstad crea en Paraíso en la tierra un protagonista chileno, José Andersen, que emigra de Noruega en busca de las raíces de un padre que no conoció y, a la vez, de un porvenir esquivo. De Chile a Noruega, de una cultura a otra, de un rincón del mundo a otro en un viaje hacia delante y hacia atrás con la única herencia de una biblioteca repleta de autores nórdicos y citas de literatura hispanoamericana.

La intensidad de Kjartan Flogstad en este escrito es a vida o muerte. Un relato a bocajarro, con una cadencia rápida, fragmentada y asfixiante, una verborrea martilleante sobre el viaje de José Andersen en busca de sus raíces, en busca de un inexistente edén.

También es un libro sobre la supervivencia. Sobre cómo superar múltiples adversidades, a una infancia marcada por la figura de un padre extranjero en el norte de Chile. Sobre la búsqueda de la identidad, de la herencia de un progenitor. Es un viaje que empieza en un bar en Oslo, cruza la costa noruega y acaba en el fondo de un pequeño lago en el corazón de Europa. Pero, sobre todo, es una historia sobre la búsqueda de raíces. El autor, profundo conocedor del mundo latinoamericano aprovecha para criticar, con humor y cariño, a sus compatriotas noruegos, a la vez que nos introduce en la reciente historia de Chile.

Kjartan Fløgstad se dio a conocer en la década de los sesenta como poeta lírico; desde entonces, su obra literaria, que ronda los cuarenta títulos, ha tocado géneros y técnicas muy diversas. Ha sido traducido al inglés, al alemán, al francés y al español.

Gran Manila es la última novela de Fløgstad traducida a nuestro idioma, una historia sobre la vida cotidiana en una pequeña localidad noruega que gira en torno a la fábrica que la multinacional norteamericana Union Carbide instaló en la localidad. Así, su pequeña historia correrá pareja a la del resto de los trabajadores de la corporación por todo el mundo: Estados Unidos, la India… transformándose en las páginas de esta absorbente novela coral en la historia social del siglo XX. El autor vuelve a mostrar con esta novela su potente escritura, su afilada crítica social y su magnífico retrato de las transformaciones del mundo y la subjetividad contemporáneos.

 


El Faro del fin del mundo publicó, en febrero de 2008, un artículo sobre este escritor titulado Kjartan Fløgstad, el cosmopolita de los fiordos. Puede leerlo AQUÍ

Dicen que el escritor es un tipo que pone todo su empeño en hacer lo que no sabe hacer. Nadie le ha enseñado. Nunca sabe como terminará lo que escribe. Cuando empieza su segunda obra, ha de olvidar la primera y volver a sortear todas las dificultades de la segunda… Ya decía Michel Butor que escribir una novela es escribir algo que nunca ha existido.

El escritor británico Ian McEwan

El escritor británico Ian McEwan

Un artista plástico, un arquitecto, cualquier profesional creativo, sabe qué es lo que quiere conseguir cuando comienza algo. Pero un escritor casi siempre trabaja más allá de sus límites porque le gusta saber qué hay más allá. A veces, sin embargo, consideramos el trabajo de escribir como algo inútil. Aunque seamos capaces de meternos en la piel de otras gentes que inventamos para poder así dar forma a nuestro discurso, sea este el que sea. Aunque seamos capaces de asumir la desdicha y la condición humana y saber que podemos expresarla en forma de relatos, novelas o poemas. Aunque sepamos describir la alegría, o la paz que da el amor, o la felicidad completa.

Todo este preámbulo viene a cuento porque acabo de releer La playa de Chesil –la novela del consagrado autor inglés Ian McEwan– que, aunque no está considerada como una de sus mejores obras, no se puede leer sin dejar de admirar esta nueva demostración de destreza narrativa, o de la aparente facilidad con la que McEwan es capaz de trenzar un discurso que, independientemente del contenido de la historia, resulta una auténtica y placentera lectura. Un control de los mecanismos más narrativos que se hace patente, por ejemplo, en el tiempo de la historia: en esencia, unas pocas horas de la noche de bodas de una pareja, detalladas con un tempo lento y minucioso, atento a cada una de las inflexiones que se van sucediendo en el ánimo de los dos personajes.

En la práctica, sin embargo, McEwan intercala la historia previa al presente de la narración, unas breves pinceladas que sitúan el origen de los dos y de su amor; así como también una especie de epílogo de los años posteriores a la finalización de la historia estricta. Y lo hace alternando en la narración el punto de vista de ambos personajes, y valiéndose del flashback para dar una información mínima pero suficiente. El resultado es una narración impecable, una historia breve –casi una nouvelle– y deliciosa, sin demasiadas pretensiones aparentes.

«Eran jóvenes, cultos y, ambos, vírgenes aquella noche, su noche de boda, y vivían en una época en que una conversación sobre problemas sexuales era del todo imposible.»

Es la frase que abre la narración, un inicio de aquellos destinados a perdurar, que introduce, con unas pocas palabras, el núcleo central de la historia, el conflicto con que deberán encallar los dos principales personajes. Estamos en la Inglaterra de 1962 –justo antes de los cambios sociales que habrían de venir–, Edward y Florence sacaban de casarse y se disponen a cenar en el hotel, situado al borde de Chesil Beach, donde pasarán la noche de bodas. Una violinista de buena familia y un aspirante a historiador de clase obrera –caracterizado por resolver a golpes los problemas– que pese a las diferencias han optado por compartir la vida. Y el concepto de noche de bodas que recupera aquí todo el sentido que había tenido en otros tiempos: el de una primera vez que, en la novela de McEwan, es sinónimo de movimientos torpes, de fracaso, de platos rotos.

img_art_12842_4860En pocas páginas –y, en consecuencia, con una economía de recursos realmente destacable– McEwan es capaz de trazar las líneas maestras de la psicología de los dos miembros de la pareja, los miedos y las inseguridad que los atenazan, los deseos que los mueven, la ceguera o la ingenuidad con que se encaran a una situación nueva y, en consecuencia, desconocida. Un dibujo en el que lo que no se dice o lo que no se hace tiene tanta o más importancia que lo que es de forma explícita. La brevedad implica contención, y McEwan ha usado las palabras justas, y sólo las justas; nada es superfluo. Por el contrario, cada frase puede leerse en clave simbólica, y desde este punto de vista abrirse a líneas temáticas diversas: la educación de cada sexo, especialmente de la mujer, las diferencias insalvables de clase, la manera como la época marca los personajes, la incomunicación, la relación entre la felicidad y la ambición, etc.

Quizás hubiéramos preferido que el autor hubiera cerrado la novela justo en el momento que termina la historia que se narra; que hubiera evitado, así, esa especie de epílogo que, por momentos, recuerda el esquema previsto de otra novela, tal vez inicialmente más extensa, en la que todo está absolutamente delimitado, y todas las piezas del rompecabezas acaban finalmente por cuadrar. En el caso de la novela de McEwan, resultado de un proceso de aceleración del tiempo narrativo en las últimas páginas, una técnica simplificadora con que se pretende dar algunas pistas de cuáles serán los caminos que seguirán los dos personajes a partir de aquella noche. Y así, si McEwan cuenta unas pocas horas en las primeras cien páginas de la novela,  cuenta un buen puñado de décadas en las últimas diez.

En cualquier caso, una historia sencilla pero emotiva; y, sobre todo, muy bien narrada. Con el trasfondo del paisaje idílico de la playa de Chesil como símbolo del contexto en el que se encuentran los dos personajes y de lo que este marco les exige. Una exigencia que no se corresponde con su preparación y, tal vez, no del todo tampoco con sus deseos. Ir hasta allí para volver de vacío –o, peor aún, para volver con las manos llenas de los pedazos de un objeto que era tan valioso– es el más cruel de los destinos que se puede dar a este hotel al borde de la playa.

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Sono l’Oceano Pacifico e
sono el piú grande di tutti.
Hugo Pratt

La lectura de la novela Corto Maltés: La Balada del Mar Salado, acompañada con las viñetas que el autor dibujó casi treinta años antes, resulta una experiencia literaria inolvidable. En ella, ese genio cosmopolita del comic que fue Hugo Pratt, se sumerge de lleno en la literatura de los Mares del Sur y, además de los lugares comunes, mitos y leyendas, nos deja una extensa referencia literaria.

Los clásicos de este género, Loti, Melville, Stevenson, London, se recrean en los textos de unos y otros, de la misma forma que los grandes exploradores, Cook, Bougainville, La Pérouse, leían los diarios de sus predecesores. Igualmente, Pratt se recrea en la navegación bibliotecaria.

En la introducción Pratt dedica el libro al irlandés Stacpoole, afirmando que fue él quien despertó su interés por los Mares del Sur: “No hizo nada de buen gusto, pero consiguió escribir, el 1909, una buena novela: El Lago Azul […] Fue este escritor, y no Robert Louis Stevenson, ni Conrad o Melville, quien me hizo querer, el primero de todos, los Mares del Sur.”

Sin embargo, tal como señala Umberto Eco, sus personajes leen libros muy distintos demostrando que son mucho más ilustrados que su autor: un ruso lee en francés, un alemán en italiano y un australiano ha leído clásicos griegos. De la misma forma que los exploradores releían los diarios de otros viajes, Rasputín lee a bordo de una canoa nativa Viaje Alrededor del Mundo por la Fragata… de L.A. de Bougainville:

Las exploraciones y los descubrimientos efectuados un siglo antes en los mismos mares, y no en tierras míticas y lejanas, eran un poco los suyos. El entusiasmo de Bougainville por la aventura y el descubrimiento era el mismo que el de Rasputín y en su cabina el capitán se sentía como a bordo del navío del francés –la Boudeuse— haciendo vela hacia los puertos más misteriosos de un mundo desconocido por explorar y conquistar.

dvdbaladaEn cambio Corto recuerda la historia de Pitcairn diciendo que ha leído el Journal de Morrison, el jefe de los amotinados del Bounty: “Siempre encontró divertido que de veinticinco marineros finalmente solo se salvara uno, Alexander Smith, que cambió su nombre por John Adams para convertirse en predicador de la isla. Destino extraño – y ridículo, en el fondo – para unos hombres que habían escogido la libertad en esas islas de ensueño y enseguida se dividieron, se masacraron entre ellos, para dejar como único heredero de este Edén un Adán arrepentido.”

De hecho Morrison se quedó en Tahití y no siguió a los nueve amotinados que, encabezados por Fletcher Christian, se refugiaron en Pitcairn. Tardaron veinte años en encontrarles, y para entonces Morrison ya había sido indultado.

El recurso a la mitología clásica era muy común entre los primeros navegantes, predispuestos a hacer descripciones anacreónticas (Riullop, 2004). Caín ha leído a Eurípides y cita el mito de Jasón y los Argonautas. Pero la biblioteca más impresionante es la del alemán Slütter en un submarino de la primera guerra mundial. Podemos ver libros de los poetas Rilke, Shelley y Coleridge, y una extensa colección de Herman Melville. De Melville, el primer escritor de los Mares del Sur, el alemán Slütter tiene una extensa colección: Typee, Omoo, Mardi, Benito Cereno, aunque solo se trata de uno de los seis relatos incluidos en Los Cuentos de Piazza, y por supuesto, Moby Dick.

El capitán Cook solo aparece fugazmente como un recuerdo de su padre en forma de velero en una botella, bajo la etiqueta “Endeavour, 1791”. En cambio, Bougainville es la lectura preferida de Rasputín, y Slütter demuestra que ha leído la relación del viaje de La Pérouse:

“Esta isla es Vanikoro. Es aquí mismo, en estas aguas, donde naufragaron la Boussole y el Astrolabe de Jean-François de La Pérouse […] Fueron masacrados por los indígenas. Destino ingrato para estos hombres que después de tal viaje llegaron hasta aquí para demostrar que en estos lugares vivía el “noble salvaje”, el indígena hospitalario y feliz. ¿No es absurdo? […] Lo más increíble, Striker, es lo que escribió La Pérouse antes de morir.”

Por último, volviendo al albatros de Coleridge, gracias a este autor ha quedado en inglés la expresión “tener un albatros alrededor del cuello” equivalente a “llevar la cruz a cuestas”. Si en la primera viñeta Corto aparece sobre el mar crucificado sobre unos maderos, en la última se aleja con su barco y con los albatros volando a su alrededor. Se ha liberado de sus penas, y en su aventura ha dejado la referencia a dieciséis libros.

V. Riullop

el productor de sueños

El Grupo Planeta presentó el pasado mes de enero “Click Ediciones”, un nuevo sello editorial dedicado en exclusiva al formato digital. Nacida con la intención de convertirse en un referente en el mercado digital, esta nueva editorial promocionará autores y obras inéditas, tanto de ficción como de no ficción.

Entre los tres primeros primeros títulos lanzados al mercado se encuentra “El productor de sueños”, de Marino José Pérez Meler, un thriller o novela negra que transcurre durante los años 80 en la Costa del Sol española. Una época en la que ya el contrabando y el tráfico de estupefacientes se habían convertido en la peor pesadilla para la policía y los servicios especiales encargados de su represión.

El reconocido y premiado autor Marino José Pérez Meler  –finalista de la LXI edición del Premio Planeta de Novela–  relata en esta obra, con su maestría habitual e inconfundible estilo, como todos los esfuerzos de los agentes especiales, a pesar de su excelente preparación y entrenamiento, se desbordan ante un negocio ilegal que siempre actúa un paso por delante.

Gregorio Rodó y su compañero Aurelio Sanz, llevan años dedicados a esta lucha y conocen bien a su objetivo: Mark Kramer, el traficante que coordina todo el entramado, antiguo agente del Mossad israelí; una figura egocéntrica y sin escrúpulos, capaz de justificar cualquier medio con tal de alcanzar sus oscuros propósitos.

Una lucha sin cuartel, sin fin, entre dos personajes antagonistas: el Jefe de la Sección especial Antidroga Gregorio Rodó, tenaz y límpido funcionario que se dejará la piel en su afán obsesivo por dar con el paradero del narcotraficante Kramer, figura estereotipada que controla los entresijos del submundo de la droga, el dinero ilegal y sus redes de distribución.

Estamos, sin duda, ante una obra novedosa de la última narrativa española. Aquí no valen etiquetas. “El productor de sueños” es, simplemente, una gran novela. Aunque no se puede negar su pertenencia al género negro. Los amantes de la literatura policíaca disfrutarán esta historia de la primera a la última página, ya que la tensión está presente constantemente.

Luis Irles

El talento literario de la escritora británica, ganadora del Premio Nobel de Literatura en 2007, sigue maravillando a infinidad de lectores y críticos de todo el mundo. Su muerte, el 17 de noviembre del pasado año, marcó el final de una de las carreras literarias más exitosas y polifacéticas del siglo 20. La editorial canadiense Coffin Press, acaba de reeditar “A Proper Marriage” (Un casamiento convencional), una de sus más renombradas obras.

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Con bastante frecuencia, resulta difícil para un escritor dar título a sus obras porque el título es una puerta de entrada, un camino para llegar hasta el fondo de la lectura o lecturas del texto. En esta novela el título nos marca a través de su redundancia (un casamiento es algo en si mismo convencional sin necesidad del adjetivo). Un sendero muy claro aunque sólo aparentemente, puesto que esta novela tiene muchas lecturas, tantas como estratos, representados por personajes, encontramos en sus páginas.

La primera lectura posible es la que hacemos sin salirnos del camino trazado por el título. La novela, entonces, nos habla de una joven, Marta, que de la noche a la mañana se encuentra casada con Douglas y formando parte de una sociedad cerrada y rutinaria, la de los blancos rhodesianos, con sus fiestas, sus ritos y su aburrimiento. Un embarazo primero rechazado y después aceptado que acabará con el nacimiento de una niña, la guerra como motivo desestabilizador de la calma colonial y el desmoronamiento del matrimonio es todo cuanto nos ofrece esta primera lectura.

Pero esto es sólo la apariencia, el espejo. Hay que saltar a través del espejo y como Alicia sumergirnos en lo que hay tras él y así llegaremos a aprehender todo lo que Doris Lessing nos quiso hacer ver en las páginas de su novela que no es otra cosa que un análisis de la libertad, de la libertad de una mujer. La libertad de Marta está contrastada con la libertad de los negros de manera que la Rhodesia de los años cuarenta se convierte en un símbolo del mundo.

La colonización del negro encerrado en un gheto es la colonización de la mujer encerrada en su casa. Marta Ouest es “un pulso herido que sonda las cosas del otro lado”: la insatisfacción de la mujer casada que no entiende la vida de aburrimiento y total convención de los seres que la rodean, la terrible monotonía de lo irremediable, la sucesión de rumores, noviazgos, casamientos, que son asi porque así tienen que ser.

Marta Ouest se convierte en un espíritu lúcido cuando descubre, muy al principio de su matrimonio, que su cuerpo ya no le pertenece, que ella que es un ser que piensa, habla y siente como cualquier otro ya no tiene libertad para pensar y ser sentir, que ya no posee la envoltura de sus pensamientos que es el cuerpo. Este descubrimiento se hace más profundo y se convierte en una certeza que duele mucho más cuando descubre su no querido embarazo. Marta Ouest se siente manipulada, herida y dosificada al máximo y nos lo cuenta para que tomemos conciencia de la superestructura que ahoga a miles de mujeres y les impide ser una para ser una más.

Pero esto, con ser mucho, no lo es todo. La novela analiza también, o mejor, esboza los problemas de la militancia izquierdista en un contexto conservador y maniqueo como fue la sociedad colonial rhodesiana. Nos habla de problemas de conciencia y de problemas de actuación personal que afectan a Marta en tres aspectos: como mujer, como casada y como militante.

Doris Lessing profundiza mucho más este aspecto en su novela “El cuaderno dorado” en la que encontramos mucho desaliento ante la posibilidad de cambiar la sociedad y también encontramos mucha lucidez. “Un casamiento convencional” es una novela que tenemos que leer sobre todo si amamos la libertad y nos empeñamos cada día en ser contra y todo lo que se empeña en que no seamos.

El mundo es una realidad que nos envuelve y que nunca es unívoca. El mundo no es un solo mundo sino muchos, es un enorme monstruo de mil caras que nos va mostrando alternativamente en un juego que nunca termina. La realidad es múltiple y avasalladora y eso ya lo sabía Lázaro de Tormes que aprendió muy pronto a fingir para poder comer, a mantener la boca cerrada para medio llenar el estómago.

Anders –el niño berlinés protagonista de la novela “Pavel y yo”– también aprende muy pronto que hay que fingir, callar y mentir para seguir viviendo, para poder descubrir la verdad oculta o tan solo una media verdad que dé sentido a las cosas. Anders, –como el soldado Pavel, con el que mantendrá una hermosa y sólida amistad– mira al mundo pero no lo comprende, no logra descifrar las actitudes cobardes, las inhibiciones, los silencios que hay a su alrededor y por eso se convierte en testigo y transcriptor, casi sin saberlo, de esa parte del mundo que le ha tocado vivir. Pavel y Anders sólo tienen en común la soledad y quizás también el deseo desmedido (como lo es siempre el deseo) pero legítimo de ser gigantes en un mundo de enanos, de ser ellos mismos en medio de la mediocridad y el hambre que les obligan a ser unas simples sombras encerradas en sí mismas y cuya única salida válida es el sueño. Porque ¿qué son sino un sueño la plumilla y el tintero para Anders? Ciertamente son los instrumentos de un sueño, de una salida, de un escape y al mismo tiempo los generadores de una constante angustia, la constante presencia de un imposible porque realidad y deseo son dos cosas distintas siempre.

“Pavel y yo”, del escritor canadiense de orígen checo Dan Vyleta, es el relato de la infancia y adolescencia de una de tantas víctimas vivientes del Berlín en ruinas ocupado por los aliados tras finalizar la II Guerra Mundial. A través de sus vivencias y de sus deseos no cumplidos, Vyleta traza el retrato de un Berlín tan vencido como el mismo adolescente. La ciudad en esta novela se agranda y crece hasta ser tan real y tan viva como el muchacho al que acompaña siempre de la mano. Niño, soldado y ciudad a veces parecen ser la misma cosa.

La cara del mundo que nos enseña Anders es la de la miseria y el ahogo de un mundo estrecho y enigmático en el que se obliga a las personas a vivir de espaldas a sí mismas. Es una cara del mundo que no hay que olvidar nunca, a pesar de que se han escrito muchas novelas cuyo tema central está ligado a la despiadada guerra desatada por Hitler; pero quizá ninguna como la de Dan Vyleta, que sabe transmitirnos no sólo la historia de una vida sino también un clima, un ambiente en el que todo está claro y confuso al mismo tiempo, tal como lo estaban las conciencias y las vidas de todos cuantos vivieron en aquellos oscuros años.

Hace 130 años que perdimos a Flaubert, pero ¡qué importan las fechas al fin y al cabo! Sí, sin duda alguna colocando al escritor en su contexto, buscando la exacta casilla en la que su nombre encuentra lugar, determinando su posición en la historia de la literatura universal, su figura adquiere volumen y sentido (sobre todo sentido): sus obras son entonces el eslabón que nos permite llegar a Zola y al nouveau roman, el precioso objeto de críticos, historiadores y exegetas; sepultureros al fin.

Pero esta noche –una noche cualquiera– con Madame Bovary o L’éducation sentimentale en las manos, se convierte en el lento, monótono resbalar de las palabras yertas, de las palabras frías, de las palabras muertas. Esta noche, leer a Flaubert puede ser –es– la renovada constatación de que hubo una elección previa, ya muy atrás, que condiciona mi aproximación a los frutos del verbo y me empuja por unos caminos de dolor y de gozo que él rechazó, que él no quiso recorrer pese a haberlos conocido, demasiado humano quizás como para atreverse a emprender el sueño.

Porque, pese a los historiadores y a las fechas, la verdad es que Gustave Flaubert fue procesado dos veces a causa de su obra y que, en realidad (en mi subjetiva, rotunda e inapelable realidad) sólo el primero de esos juicios tuvo verdadera importancia: Flaubert fue condenado a muerte por suicidio y aceptó la sentencia, una sentencia que sólo podía ejecutarse con su entera aprobación.

¿Cómo averiguar qué hubiera sido de su obra si aquella tentación de San Antonio no hubiese merecido de sus jueces pena tan grave? Lo cierto es que cuando Madame Bovary ocupó el banquillo de los acusados lo hizo por un evidente error de apreciación –un error rápidamente subsanado– y con la absolución en el bolsillo. No había, claro está, materia punible, los jueces supieron verlo, pues cualquier veleidad criminal había quedado atrás, muy atrás ya, en la velada que decidió el nacimiento de la Bovary, para curar a su autor del escozor sacrílego de la palabra.

Baudelaire fue condenado donde Flaubert fue absuelto y ello es claro testimonio de la lucidez de la república cuando se trata de desenmascarar a sus enemigos.

Baudelaire fue condenado precisamente porque su opción inicial se había producido a favor de la palabra viva, de la sugerencia, del estremecimiento; Flaubert fue absuelto porque sus libros eran –son – un cementerio. Nada.

Leer a Flaubert esta noche –una noche cualquiera– puede ser, en efecto, la constatación de que existe en el pasado una opción previa.

Mc Q

Las modas son la apariencia y también una de las consecuencias de la manera de ser del hombre de cada época. En literatura últimamente parece tenderse a la evasión. A una evasión culta, a una literatura que no deja de escribirse con mayúsculas aunque para ello sea preciso revalorizar géneros que se subvaloraban. A esa tendencia que va ganando terreno pertenece la renovada afición por lo policíaco, por el escándalo real hecho ficción. Pero aún no se había dado de forma tan íntegra y deliciosa la inmersión creativa en ese terreno.

libroHasta hoy, con Jerónimo Tristante y su novela 1969. Y no se trata de defender a ultranza esta manera de contar que tiene el joven escritor murciano –paisano mío por lo tanto–, aún menos oponiéndola a otras formas de hacer literatura, como la novela intimista, la novela de tesis. Sencillamente no puede negarse su personalidad, su razón de ser, su vigencia, su lugar en este mundo de la pasión escrita. Para él no hay maestros en los que se sienta identificado, pero sí pertenece a la tradición de los grandes artesanos de la fantasía, de los descubridores de mundos subterráneos y sórdidos, de los más verdaderos fabuladores.

En este excelente thriller, donde la trama principal es una investigación policíaca, Jerónimo Tristante nos sorprende con una original historia donde nada es lo que parece y lo que resulta más evidente a ojos vista termina por sorprender al lector más avezado. La ciudad de Murcia y sus habitantes en los años tardíos del franquismo: ese es el escenario que aparece en las páginas del libro.

Jerónimo Tristante

Jerónimo Tristante

El personaje principal de la novela es Julio Alsina, un policía alcohólico abandonado por su mujer, que se enfrenta a un supuesto caso de suicidio: una mujer se ha arrojado desde el campanario de la impresionante catedral murciana. Sin embargo, la suicida resulta ser una prostituta de lujo que antes de ser arrojada al vacío ha sido asesinada. Alsina decide tirar de la cuerda y averiguar lo que se esconde detrás de este caso, a pesar de las reticencias de sus superiores. La investigación lo lleva a una localidad, La Tercia, donde Julio conoce a una vecina que, a pesar de la primera impresión, logra reavivar viejos sentimientos en él. Juntos se encontrarán con un pueblo consternado por otras desapariciones. Personajes reales o de pura fantasía que el autor descoloca de su lugar y su espacio para manejarlos a su capricho junto a otros seres originales y con el propio lector, que se ve obligado a participar obligatoriamente del pálpito extraño de Alsina.

Y, como se puede ir viendo mientras avanza la lectura, no se trata sólo de un montón bien ordenado de personajes cuya anécdota va más allá del papel de comparsas de una idea o de una fábula: tienen ellos mismos vida propia y son ellos la historia, convertidos en el pulso de la existencia en ese mundo provinciano anclado en medio de la huerta donde empieza a hacerse notar el llamado milagro económico, la irrupción de la televisión en los hogares, las luchas internas de los distintos sectores del franquismo, las primeras algaradas estudiantiles y la llegada del hombre a la Luna. Decorado de esta obra de intriga en la que Jerónimo Tristante nos plantea un gran misterio relacionado con uno de los eventos clave de la historia del siglo XX.

Puede resultar paradójico e incomprensible para muchos, pero Fernando Alegría –que vivió en los Estados Unidos durante más de treinta años– escribió en California Caballo de Copas, novela de un chileno en San Francisco, que según afirmó el crítico e historiador Carlos Hamilton, “tiene más sabor a Chile que ninguna obra escrita en el propio país y acusa una maestría definitiva en el arte de narrar con arte”.

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Rasgos biográficos

Nacido en 1918. Profesor de Castellano y Filosofía en la Universidad de Chile. Organizó durante los años sesenta encuentros de escritores en la Universidad de Concepción, fundando el primer taller de escritores. Creó la revista Literatura Chilena: Creación y Crítica (1974). Doctor en Literatura en la Universidad de Columbia. Director del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Stanford. Ejerció la docencia en la Universidad de Columbia, Berkeley y Stanford de Estados Unidos. Perteneció a la Academia Norteamericana de la Lengua. Fue Premio Farrah y Rinehart de Nueva York, Premio Municipal y Atenea de Santiago de Chile, y realizó diversas colaboraciones en revistas norteamericanas. Alegría vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos.

El escritor

Novelista, ensayista, cuentista, crítico y profesor. Un escritor talentoso que incursionó en varios géneros de la literatura. Su mayor acierto en la novela fue su libro Caballo de Copas (1957), que concitó el aplauso cerrado de la crítica y el interés del público lector. También en la faz narrativa obtuvo éxito con sus libros Lautaro, joven Libertador de Arauco y Mañana los guerreros.

Fructífera fue su labor en el ensayo, especialmente derivado de su vasta trayectoria como docente en las universidades norteamericanas. Uno de sus mejores libros al respecto es Literatura Chilena del Siglo Veinte (1967) que en su primera edición se denominó Las fronteras del realismo (1962).

Fernando Alegría  fue un investigador “serio, bien documentado, de estilo pulcro y ameno” (Montes y Orlandi). Al decir de Maximino Fernández, “Alegría ha animado el escenario de las letras chilenas durante medio siglo con sus narraciones y estudios; apasionados, comprometidos y de buen nivel estético, las primeras; documentados, distintos y necesarios, los segundos“ ( Historia de la Literatura Chilena).

A Fernando Alegría, al igual que varios escritores chilenos que han tenido que permanecer por largo tiempo fuera de su patria, y, por consiguiente, ha provocado que su trabajo literario no sea advertido con facilidad por lectores y estudiosos de las letras, le costó obtener el reconocimiento que se merece en su país. Incluso, algunas veces fue nominado para el máximo laurel de Chile, El Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, falleció a los 87 años -el 29 de octubre de 2005- en la ciudad de Walnut Creek, al norte de California, sin obtener este reconocimiento.                     caballo-de-copas2
“Me dolerá hasta el final no haber vuelto” decía.                                

Es una lástima, puesto que su obra, maciza, contundente, variada y vasta, le otorgan a Fernando Alegría méritos esenciales para lograr el correspondiente sitial de honor que se da en nuestro país a los grandes escritores.

Su obra es extensa. Publicó aproximadamente cuarenta y seis textos. Se destaca el cuento, la poesía, el ensayo, la novela. Comenzó en la narrativa a los 18 años, con la biografía novelada de Luis Emilio Recabarren. Publicó luego Lautaro, Joven Libertador de Arauco (1943) y “Caballo de Copas” (1957), acaso su mayor obra, por la cual obtuvo los premios Municipal, Atenea y Unión Panamericana. Le siguió Mañana los Guerreros (1964).

“Lo que me interesa rescatar es la historia de los héroes sin monumento, la de los verdaderos héroes, a quienes la historia oficial margina y que, sin embargo, viven en la conciencia social de nuestro pueblo”, diría.

Fuente: Escritores.cl

“Sólo palabras mientras llega el sueño.”, escribió en una de sus novelas. Y así es como un genial autor, fértil y travieso, nos dejó sus palabras e ingresó en el sueño hace un par de años. Su nombre: Stanislaw Lem. Su obra más famosa, entre las casi 40 que escribió a lo largo de su vida: Solaris, que en 1972 fue llevada al cine por Andrei Tarkovski, uno de los directores rusos más famosos y aclamados por la crítica. La estética de la película es un poco sombría pero de gran belleza en los decorados minimalistas… Existe otra versión norteamericana, dirigida en 2002 por Steven Soderbergh e interpretada por George Clooney, aunque no llega a alcanzar la profundidad de la primera.

Stanislaw Lem en la década de los ’70

Recordar a este polaco tan peculiar, que por no saturar con su nombre los anaqueles de las librerías lo ocultaba entre multitud de seudónimos, viene a cuento porque precisamente anoche vi de nuevo el Solaris de Tarkovski y comencé la lectura de una de sus más ingeniosas novelas, alejada bastante del género que más cultivó: la ciencia-ficción entremezclada con la filosofía. Al contrario que con Retorno de las estrellas, en la que trata las implicaciones psicológicas del aislamiento del ser humano y la necesidad de readaptarse a una sociedad totalmente distinta, en Un vacío perfecto –que así se llama esta historia escrita en 1971– Lem se introduce en otro subgénero: el de la pura ficción literaria. Con todo, y a pesar del esfuerzo de diversificación estilística, las obras de este misterioso pensador que fue Stanislaw Lem son fáciles de conocer: en todas ellas, bajo el manto pretextual, subyacen unas mismas y peculiares obsesiones.

No debemos olvidar que en Diarios de las estrellas (1957) comienza su vena de escritor satírico, aunque siempre guardando un profundo sentido filosófico en sus creaciones. Además, en ella se introduce el personaje de Ijon Tichy, ese astronauta embarcado en maravillosas (y absurdas) aventuras por todo el espacio y el tiempo, y que repetiría protagonismo en otras obras posteriores.

En su habitual intento de sacarnos la baldosa de debajo de los pies, X, que firma Un vacío perfecto como Stanislaw Lem, “profesor de literatura polaca en Cracovia, estadístico, ciberneta, astrónomo” (y un sinfín más de intereses vocacionales que harían palidecer de envidia al propio Hércules Poirot), utiliza como coartada narrativa la fingida reseña de quince (¿o dieciséis?) o catorce ficticios libros, lo cual le brinda, además, cumplida ocasión para satisfacer su seudonimomanía.

Reseñar reseñas puede ser excesivo, pues se corre el riesgo de iniciar un proceso inacabable, así que me voy a limitar a recomendar la lectura del libro –si es que tienen ocasión de conseguirlo– a aquellos lectores que sepan aún leer entre líneas. En caso contrario, vuelvan a disfrutar de la versión fílmica de Solaris: siempre descubrirán en ella algo nuevo e inquietante.

Mr. Arriflex

libro.jpgDurante las dos últimas semanas, la crítica europea viene aplaudiendo con entusiasmo Amanecer en Bucarest, la última novela del prestigioso autor francés Jules Trick. “Una de las obras más hermosas e interesantes publicadas en los últimos años”, escribe por ejemplo Fernando Bandera en la prestigiosa revista cultural madrileña Hablar por no callar. “Una gran novela, como cabía esperar de este excepcional escritor”, enfatiza desde París Jean Louis Gardenis, en Les Cahiers du Temps. Por su parte, el exigente Norman Day asegura en ABC Literary Magazine que “Amanecer en Bucarest supera en brillantez estilística y en el descubrimiento de nuevos y sorprendentes recursos narrativos a varias de las anteriores obras de Trick, como por ejemplo Los seductores, Cuatro Semanas y Media, e incluso Miradas, el título que lo lanzó a la fama”.

Yo, modestamente, discrepo en gran medida con estas rotundas aseveraciones. Terminé precisamente anoche su lectura, y estas son mis personales conclusiones: Amanecer en Bucarest intenta ser una novela y no lo logra: esta, quizás, es su mayor virtud. Como es habitual en él, Jules Trick nos propone el capcioso nivel ficcional de la biografía y, una vez más, fracasa. No obstante, me pregunto a continuación:  ¿No es esta –como aseguran muchos estudiosos de su obra narrativa– su más brillante cualidad como escritor..? Podría ser, aunque para mí, el género literario “novela” yace aquí acribillado, extenuado, estéril como el mismo planeta que habitamos. Estos textos ruedan secos y muertos como esa inútil esfera azul. ¿Dar registro a estos nuevos círculos infernales? ¿Retratar la onda banal de esos hedonismos agónicos? ¿Jugar hasta la fatiga con las agotadas máscaras heterónimas? Jules Trick, impregnado de la doble insignificancia de su significante, sabe que nada de todo esto vale la pena. Pero escribe. Araña y rasga, una y otra vez, las oleosas paredes de su prisión nada imaginaria. Lo mueve una certeza: detrás de aquel espesor y del incesante resbalar nos espera la paquidérmica existencia de algún Otro. Y al escribir, Trick se inscribe y nos inscribe en ese pendular movimiento patético propio del ser humano: querer y no poder. Y lo que es más escandaloso aún: poder y no querer. Claro que, según cómo se interprete su lectura, Amanecer en Bucarest podría ser un extraordinario relevamiento escrito de este desmoronante y banal principio de siglo.

Lucas J. Railowsky, “El Discrepante”

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Luis Irles

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Gracias a nuestra amiga Narkia por este bonito premio.

PREMIO OTORGADO POR CAPITANA

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Nuestra muy querida amiga Capitana nos ha honrado con este bonito premio. Le agradecemos muy mucho el detalle que ha tenido con nosotros.

PREMIO OTORGADO POR TIACHEA Y, NUEVAMENTE, POR JON KEPA

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Tiachea, desde su Bitácora de Melusina nos ha honrado con este hermoso premio. Le agradecemos muy sinceramente su hermoso gesto. Así mismo, mil gracias a mi colega y amigo Jon Kepa, que ha tenido la gentileza de volver a compartirlo con nosotros.

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Premio a la Honestidad_thumb[1]

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