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Joseph Pearce (1961) es desde 2005 escritor residente y profesor de Literatura de la Universidad Ave María de Naples, Florida (USA).. Es conocido por sus biografías “best sellers” sobre literatos que pasaron por un proceso racional de conversión  al catolicismo.

Pearce, nos relata el proceso vivido por C.S.Lewis, J.R.R. Tolkien, Evelyn Vaugh, Chesterton, T.S.Eliot, Hilaire Belloc, Graham Greene, Christopher Dawson, Malcolm Muggeridge, Ronald Knox, Robert Benson, Dorothy Sayers, Edith Sitwell, Maurice Baring, Siegfred Sassoon, Alex Guinnes, Ernest Milton, Oscar Wilde, entre tantos otros, y el propio Pearce, quien -en su juventud- tuvo una fuerte historia de rebeldía y de violencia.

Pearce fue un agresivo skinhead y pertenecía a un movimiento racista inglés llamado National Front. Por sus acciones extremistas estuvo dos veces en la cárcel y fue allí que cayó en sus manos un libro de G.K. Chesterton, que le hizo reflexionar profundamente dándole un giro radical a su vida. Poco después se convirtió al catolicismo y busco un nuevo sentido a su existencia.

“Escritores conversos”

Para el autor, esta obra se justifica por la fuerza de las ideologías enfrentadas en el siglo XIX y en gran parte del siglo XX. Se plantea la influencia que ejercieron las ideologías en diferentes escritores y literatos, desde la revisión constante de sus contenidos y desde el espíritu libre y crítico que demostraron.

Pearce analiza la trayectoria de diferentes escritores conversos y desde la profundidad de sus escritos, describe su reacción ante la incredulidad y el laicismo manifiestos del mundo que les ha tocado vivir.
No se trata sólo de escritores sino de las influencias recibidas y del círculo de amistades y conocidos que poco a poco fueron cambiando su manera de ser y de pensar y compartieron sus inquietudes y creencias. Nos referimos a autores como C.S.Lewis, J.R.R.Tolkien, Evelyn Vaugh, Chesterton, T.S.Eliot, Hilaire Belloc, Graham Greene, Christopher Dawson, Malcolm Muggeridge, Ronald Knox, Robert Benson, Dorothy Sayers, Edith Sitwell, Maurice Baring, Siegfred Sassoon, Alex Guinnes, Ernest Milton, Oscar Wilde y tantos otros.
Es una obra que narra las experiencias y vivencias de múltiples personajes que encontraron en la verdad del cristianismo, el soporte y la claridad necesaria para avanzar en su madurez, a pesar de los dramas personales y del padecimiento de dos guerras mundiales que los marcaron profundamente.

No es una obra sobre un autor concreto, analiza la conversión de grandes literatos del siglo XIX y del XX, que tuvieron la necesidad imperiosa de exponer su decisión y explicar todo el proceso. Se cita constantemente a John Henry Newman, converso del anglicanismo y cardenal, porque muchos de los escritores son contemporáneos y le conocían o estuvieron influenciados por él.
El subtítulo parece sugerente y la lectura y el análisis del contenido lo confirman, “la inspiración espiritual en una época de incredulidad”.

El autor -Joseph Pearce- puede añadirse, debe añadirse a estos escritores conversos porque también se trata de su propia experiencia reflejada en estos grandes escritores conversos y de los que se declara deudor y prójimo.
A través de las obras de Chesterton, Pearce llegó al catolicismo en 1989, pero antes había destacado como activista anticatólico, y un firme opositor a la visita de Juan Pablo II a Inglaterra.

“Tolkien, hombre y mito”


Pearce escribió el libro “Tolkien, hombre y mito” al surgir una fuerte controversia -tras una encuesta realizada en Inglaterra- cuando “El Señor de los Anillos” fue escogido el mejor libro del Siglo XX
Pearce expresó entonces que “Tolkien puede ser el más popular de los escritores pero, también, el más incomprendido”. El libro ahonda en la personalidad de Tolkien y en los valores que surgen en “El Señor de los Anillos” que -para Pearce- son valores que manan del Evangelio: “Se da la percepción de que la Divina Providencia está del lado de la Comunidad y que, al final, ésta prevalecerá contra todos los pronósticos”. Como Tolkien dice: “Sobre todas las sombras cabalga el Sol”.

Jean D’Ovigny

España, debido a sus especiales condiciones históricas, se ha convertido en un conjunto de cultura muy interesante de conocer. Durante el siglo XII aparecieron en la Córdoba árabe dos filósofos geniales: Averroes y Maimónides. Estos autores pasaron de vivir en un momento de convivencia cultural ejemplar a ser exiliados por culpa de sus ideas o religión.

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Marco histórico-social

Durante el siglo X Córdoba fue centro económico y cultural durante el reinado árabe y un ejemplo de convivencia entre diferentes culturas –judía, cristiana y musulmana– armonía que quedó truncada sobre el siglo XII.

En el 756 Abd-al-Rahman I, miembro de la familia Omeya, convirtió a la ciudad en la capital de la España musulmana y durante los siguientes 250 años fue uno de los mayores centros comerciales e intelectuales del mundo. En el 929, Abd-al-Rahman III, proclamó el califato y la ciudad alcanzó su máximo esplendor en rivalidad con Damasco y Bagdad, centros de gran prosperidad económica e intelectual. A partir del siglo XI, con la desintegración del poder musulmán en España, parte del logro cultural de Córdoba se perdió, aunque permaneció como centro de literatos y eruditos. En el siglo XII destacó la actividad de los filósofos Averroes y Maimónides. En 1236 Fernando III el Santo tomó la ciudad y la integró en el Reino de Castilla. Fue la ciudad natal del poeta Luis de Góngora y Argote (1561-1627). En 1808, durante la guerra de Independencia española (1808-1814) fue saqueada por los franceses. Actualmente cuenta con 318.000 habitantes.

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Averroes

Averroes o también llamado en árabe Ibn Rushd era además de filósofo, físico, jurista maliki y teólogo ashari, nació en el 1126 en Córdoba. Su padre, un juez de Córdoba, le enseñó jurisprudencia musulmana. En su ciudad natal también estudió teología, filosofía occidental y matemáticas con el filósofo árabe Ibn Tufayl, y medicina con el médico árabe Avenzoar. Averroes fue designado juez en Sevilla en 1169 y en Córdoba en 1171; en 1182 se convirtió en el médico de Abu Yaqub Yusuf, el califa almohade de Marruecos y de la España musulmana. La idea de Averroes de que la razón prima sobre la religión le llevó al exilio y la prohibición de sus libros en 1195 por orden de Abu Yusuf Yaqub al-Mansur; fue restituido poco antes de su muerte en el 1198.

Averroes mantenía que las verdades metafísicas pueden expresarse por dos caminos: a través de la filosofía (según pensaba Aristóteles y los neoplatónicos de la antigüedad tardía) y a través de la religión (como se refleja en la idea simplificada y alegórica de los libros de la revelación). Aunque en realidad Averroes no propuso la existencia de dos tipos de verdades, filosófica y religiosa, sus ideas fueron interpretadas por los pensadores cristianos, que las clasificaron de “teoría de la doble verdad”.

Rechazó el concepto de la creación del mundo en el tiempo: mantenía que el mundo no tiene principio. Dios es el “primer motor”, la fuerza propulsora de todo movimiento, que transforma lo potencial en lo real. El alma individual humana emana del alma universal unificada. Los amplios comentarios de Averroes sobre las obras de Aristóteles fueron traducidos al latín y al hebreo y tuvo gran influencia tanto en la escolástica y la filosofía cristiana (en la Europa medieval) como en los filósofos judíos de la edad media. Su principal obra original fue “La destrucción de la destrucción” (1180) donde rebate una obra del teólogo islámico Algazel sobre la filosofía (“La destrucción de los filósofos”). Es también autor de obras sobre medicina, astronomía, derecho y gramática.

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Maimónides

Maimónides también conocido como Rabí Mosheh ben Maimon o por las iniciales de su nombre Rambam. Fue filósofo, matemático y físico judío nacido en Córdoba en el 1135. Tras la conquista de esta ciudad en 1148 por los almohades, que impusieron las leyes del Islam tanto a cristianos como a judíos, la familia de Maimónides decidió exiliarse. Después de errar durante años, se establecieron en Fostat (Egipto) en 1165. Allí Maimónides llegó a ser rabino principal de El Cairo y médico de Saladino I, sultán de Egipto y Siria. Murió en 1204

La contribución de Maimónides a la evolución del judaísmo le proporcionó el sobrenombre de segundo Moisés. Su gran obra en el campo de la legislación judía es el Mishneh Torah, desarrollada en 14 libros y escrita en hebreo (1170-1180), que siguió modificando hasta su muerte. Además, formuló los Trece artículos de fe, uno de los diversos credos a los que numerosos judíos ortodoxos todavía se adhieren. Está reconocido como el filósofo judío más importante de la edad media. En Guía de perplejos, escrita en árabe (c. 1190), Maimónides intenta armonizar fe y razón conciliando los dogmas del judaísmo rabínico con el racionalismo de la filosofía aristotélica en su versión árabe, que incluye elementos de neoplatonismo. Esta obra, en la que considera la naturaleza de Dios y la creación, el libre albedrío y el problema del bien y del mal, tuvo una gran influencia en filósofos cristianos como Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Su utilización de un método alegórico, aplicable a la interpretación bíblica, que minimizaba el antropomorfismo, fue condenada durante varios siglos por muchos rabinos ortodoxos; pero las cuestiones conflictivas de su pensamiento han perdido relevancia en la época moderna. La fama de Maimónides como médico igualaba a la que gozó como filósofo y autoridad en la ley judía. También escribió sobre astronomía, lógica y matemáticas.

Influencia

Ambos autores profundizaron bastante en la religión y su utilización. Averroes pasó a la historia como el “comentador” de las obras de Aristóteles y Maimónides fue llamado el segundo Moisés por su contribución a la evolución del judaísmo e influyó en las obras de Santo Tomás de Aquino y San Alberto Magno. Además de en filosofía estos autores profundizaron en medicina como “Colliget” (1162) de Averroes y “Tratado sobre los venenos y sus antídotos”.

Fuente: rincondelvago.com

Abel García, “un fiel seguidor de El Faro” como él mismo se define, nos ha enviado desde Bogotá este interesante artículo con el ruego de su publicación. Desde siempre, este blog ha estado abierto a la colaboración de sus lectores, así que lo hacemos encantados agradeciéndole sinceramente al amigo Abel su interesante artículo.

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El hombre, como creador de todas las cosas, oculta a veces su gran poder escondido detrás de sus propios demonios, que son: el miedo, el desconocimiento y su falta de amor a sí mismo. No tenemos que ir a buscar la repuesta a ningún sitio, esa respuesta que nos inquieta y nos preocupa sólo la tenemos nosotros. Tan sólo tenemos que “aprender” que en nuestro cuerpo existe algo más que lo que llamamos cabeza, o dicho de otra manera, mente, la cual creemos que sólo nos sirve para resolver problemas y decir aquello de: “pienso, luego existo”.

Pues no es así. Hay una frase importantísima que todos hemos oído constantemente: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”, y seguimos desde entonces sin ser totalmente conscientes de lo que ello significa.

El hombre es creador y esa es precisamente la semejanza a la que se refiere la frase. La creación del hombre es a través de su pensamiento, creando por lo tanto su propia realidad. Esta realidad es tan importante que incluso creamos nuestra propia mente. El 90% de los inventos no fueron causados porque les llegó la hora; sino por el propio hombre, ya que estamos creados para vivir mucho más tiempo del que vivimos, pero no cuidamos nuestra envoltura (o sea, nuestro cuerpo) y no disponenemos de todo el tiempo que necesitamos en una vida para evolucionar lo máximo posible.

Otra gran realidad, con relación a la mente creadora del hombre, es que cuando el cuerpo enferma no es ni más ni menos que la manifestación física de alarma que nos está indicando nuestro cuerpo, de que algo está mal en nuestro estado emocional. Como respuesta, seguimos tomando medicamentos para intentar resolver el problema. Todavía no somos conscientes de esa creación propia y menos de aceptarla individualmente.

A esto yo le llamo “la sanación del alma”, ya que el alma es el componente de todos nuestros sentimientos, tanto positivos como negativos. Para ello existen unos tipos de terapias tan sutiles como sutil es el alma, como son: la relajación, visualización, etc. que nos pueden ayudar a conocernos a nosotros mismos.

Conocer nuestro cuerpo, aprender a controlar y dominar nuestra mente iluminada y tomar conciencia de todo lo que somos y lo que podemos ser y crear. Sanar nuestra vida y nuestro cuerpo y sentir nuestro espíritu creciendo con un nivel de conciencia cada vez más elevado para saber que todo fluye desde nuestro interior. Cuando el pensamiento se convierte en obra, en materia yo lo puedo hacer. Piensa bien y enriquece tus pensamientos, así yo también podré crecer.

Abel García

En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida en diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

Por la primera, que centraba la atención más que en los mensajes o contenidos en su específica forma de concretarse o vehicularse (los media), daba una importancia capital al carácter sensible (no-conceptual) de la percepción humana, y, consecuentemente, argumentaba que los efectos de la comunicación no dependen tanto de la información explícitamente comunicada cuanto de las estructuras sensoriales que moviliza y de los “medios” generadores de los dispositivos que permiten la formación y la recepción de los conceptos y de las opiniones. Y si, por una parte, intenta romper con la clausura intramedial y microtextual de los planteamientos formalistas, al incidir sobre la peculiaridad concreta de cada medio, no por ello deja de funcionar como un mero taxonomizador descriptivo de sus campos de actuación y de sus características “especiales”, al estilo de Metz en cine, Todorov en narrativa literaria o Levin en poesía. Afirmar que la única forma de controlar los medios de comunicación es mediante la comprensión pública de sus efectos es demasiado abstracto y ambiguo. De hecho, su preocupación fundamental para llevar a la práctica tal aserto se centró en el estudio de la calidad técnica de los mensajes, prescindiendo de las características ideológicas tanto de los enunciados como de los procesos de enunciación. Es en ese sentido en el que su teoría puede ser definida en términos de teoría tecnocrática. No es casual si ese planteamiento discursivo le llevó a ser consultor de la IBM, General Electric, General Motors, etc.

Por lo que atañe a la segunda idea-eje citada arriba, su noción de “aldea global” desdeña tanto la de inconsciente freudiano (para McLuhan todo es real, todo está en acto) como la de lucha de clases (para su sistema teórico todos son iguales ante la inmediatez y tactilidad electrónica de los mensajes); de ahí que su concomitancia con el planteamiento marxiano, señalada por algunos de sus admiradores, fuera pura apariencia. En Marx se propone, como positividad, la vuelta a una sociedad fundamentada en el valor de uso, mientras que en McLuhan la meta es un “nuevo primitivismo” basado en la aceptación común de los valores de cambio. Lo que en Marx busca reconquistar la concreción de lo cotidiano, en el teórico canadiense era la pretensión, no por implícita menos evidente, de construir una especie de brave new world, el mundo feliz huxleyano. El furibundo antimarxismo de McLuhan encuentra ahí su justificación, del mismo modo que lo hace el hecho de que la pretendida neutralidad ideológica o desideologización de sus argumentaciones hayan servido de base para los mecanismos de infiltración massmediática.

Por eso, como afirmábamos al principio de esta crónica, la muerte de McLuhan no tuvo el carácter simbólico de las otras citadas. No se constata, como en ellas, el fracaso individual en una lucha por la consecución de la utopía, sino el término, o mejor, la interrupción momentánea de un discurso abstracto que el mismo sistema al que ha servido se encargará de continuar.
 
J.

El gran escritor Francisco Ayala lleva tanto tiempo oyendo hablar de sí mismo y de la importancia de su obra en los innumerables actos que se organizaron con motivo de su centenario, en marzo de 2006, que el pasado miércoles, al cerrar el homenaje que se le rindió en Granada, su ciudad natal, lo dijo sin rodeos: “estoy harto de Francisco Ayala”.

Estas palabras, seguidas de las carcajadas y fuertes aplausos de los asistentes, demuestran el sentido del humor que el escritor conserva a sus 102 años y que saca a relucir en cuanto tiene ocasión. Así lo hizo en la primera actividad de este festival literario. Ayala suele decir que no es localista, pero cuando está en su ciudad se le ve especialmente satisfecho, y más en un acto como este en el que han participado su esposa, la hispanista estadounidense Carolyn Richmond, y tres periodistas y escritores amigos del homenajeado: Enma Rodríguez, Juan Cruz y Fernando Rodríguez Lafuente.

Absolutamente lúcido a sus 102 años de vida –que cumplió el pasado día 16 de marzo– Francisco Ayala concede entrevistas y habla de su pesimista visión del mundo a la vez que rememora los tiempos de su infancia, de la República, el exilio y su regreso a España. Acepta resignado la celebración de los numerosos homenajes que se le rinden y comenta la nueva edición de Recuerdos y olvidos, su libro de memorias. Además, contestó recientemente por escrito a las preguntas que le formularon un grupo de niños granadinos durante un acto al que el autor de Historia de la libertad no pudo asistir por problemas de salud.

Francisco Ayala es la lucidez incesante. Radical, escueto; su compromiso mayor es con la exactitud, su mirada es la que a veces te da las respuestas, y sus silencios son sosegados pero también exactos, inmediatos. Sus ojos hablan; son penetrantes, a veces te abrazan, y a veces también te preguntan, en silencio. Ayala superó el siglo. Lo hizo el 16 de marzo de 2006. Asume con cierta indiferencia todos los compromisos que tiene por delante, y se defiende de tanto ajetreo sintiéndose “otro” cuando le hablan del cumpleaños.

Esos días le llovían las preguntas, y él pretendía hace creer que se enfadaba; “me siento”, dijo en broma, “como un contestador automático”. Así que a veces repregunta. “Usted siempre ha parecido soliviantado, rabioso con lo que sucede”.
“¿Y qué entiende usted por soliviantado?”
“Dijo hace poco que lo que nos rodea es deleznable”.
“¿Y qué entiende usted por deleznable? Preguntaré en la Academia a ver qué se entiende allí por deleznable”.

Ahí está, Ayala, es así. La edad, cree, es un accidente de la vida, la vive así, con vigor pero también con la convicción de que ya no puede hablar del futuro, “el futuro es algo que a mí ya no me es dado, he sentido cómo se aleja”. “Tuve una enfermedad hace poco, la superé, y desde entonces mi posición consiste en verme un poco como si fuera mi antepasado. Es decir, yo ya no miro al futuro como mi futuro”. Dice Ayala, con esa mirada que a veces cae sobre ti como un interrogante: “Yo no avanzo hacia un futuro, sino que veo cómo pasó”. Pero se enfrentó al centenario con el ánimo “de quien está expectante; yo sé que estamos pendientes de la celebración de un centenario, que todos los amigos lo esperan, y claro, aquí estoy yo, dispuesto a no defraudarles. ¡No depende tan sólo de mí! A esta edad, cualquier cosa puede dar al traste con esta expectativa. Como dice el tango, un tropezón cualquiera lo da en la vida. ¡Imagínese qué pasaría si la expectativa no puede cumplirse!”.

Pero se cumplió con creces: 102 años dedicados a la literatura con mayúsculas: 40 novelas, unos 50 importantes ensayos, decenas de traducciones de autores universales. Como él mismo dijo en una ocasión: “Mi vida es literaria, yo he vivido literariamente y creo que todos vivimos, en cierto modo, literariamente, pero sin saberlo o sabiéndolo; yo lo he sabido.”

¿Qué podría decirte, amiga, en esta hora dolorosa? ¿Qué palabras serían suficientemente poderosas para que volvieras a ser feliz? … Para que en la muralla de tu integridad, pudieras cerrar la enorme grieta que hoy existe y, por donde el frío se cuela impertérrito… Ese frío del abismo oscuro, de los más oscuros actos del humano, en contra del humano.

Sé del quebranto que te parte el alma y del fantasma que vaga perverso, por los distintos rincones de tu mundo interior… Sé de ti, aunque tú no te has dado cuenta de mi conocimiento.

Pero saber, y saber qué hacer, son cosas distintas por desgracia… No conozco medios para ejecutar sobre ti y la vida de tu ahora, la segunda de estas concepciones. Estériles son mis manos a este efecto, estériles también, los fértiles campos de mis ideas.

¿Qué puedo entonces decirte, que valga la pena?

Tal vez que todos somos seres rotos; entes destruidos una y mil veces en el decurso de los años y, vueltos a construir con esfuerzo y paciencia y lágrimas de sangre.

De niños; todos fuimos cántaros de arcilla pura y firme: perfectos en su simpleza y mágicos en la profundidad de nuestra realidad construida con los materiales de la fantasía y los sueños y las esperanzas… había todo un futuro por delante, como un amanecer que anuncia desde lejos, un día colosal que se nos extiende ante los ojos…

Vino entonces la vida: de la mano de uno cualquiera, del constante fluir del tiempo o incluso del infortunio… y como un martillo de hierro fundido y perversa construcción, nos rompió en mil pedazos.

Así aprendimos lo que era vivir y del valor que es necesario para sobrellevar este mundo a cuestas… Así emprendimos este azaroso viaje por los mares desolados y violentos de la existencia… Así mismo, entonces, avanzamos por el mundo: rompiéndonos y volviendo a construirnos; sufriendo y aprendiendo con dolor.

El cántaro que somos, con el paso de los años, fracturado se encuentra en tantas partes que es difícil distinguir los trozos intactos, de aquellos que hemos debido parcharnos cada vez que fuimos lacerados.

El cántaro que ya no es de un material único, uniforme, puro… Inmaculado en su esencia más profunda.

El cántaro que está compuesto de partecitas recogidas de otros cántaros rotos, y que pusimos dentro de nuestra estructura, porque las confundimos con partes nuestras o porque nos gustaron más estas piezas nuevas, que aquellas que nos fueron arrancadas por los martillazos de la vida.

Así que ya ves, comparto tu dolor porque también estoy roto… porque todos lo estamos en realidad y este es el dolor de crecer y ser adulto… o maduro.

A algunos se les notan las cicatrices y costuras… a otros casi ni se les notan. Pero todos estamos, de una u otra forma, con el alma sellada por miríadas de parches distintos: pequeños, grandes, profundos, leves.

Hay quienes esconden las cicatrices, avergonzados por las marcas que éstas dejan sobre la piel, y van por el mundo como si nada les pasara… como si fueran únicos en su especie, como si aún contuvieran las formas de la niñez… Pero mienten.

Se mienten a sí mismos y a los demás… también.

Las costuras que a otros ojos esconden, se les vuelven para adentro y terminan siendo cicatrices en lo profundo del espíritu, donde se enquistan y se vuelven tumores que finalmente, terminan por envenenar el alma… y la persona esa se muere de un shock séptico… de envenenamiento.

Algunos siguen vivos después de eso; pero sólo como sombras de lo que fueron… fantasmas penitentes de un ayer que nunca más podrán recobrar, por causa de sus propias mentiras y temores.

Yo voy por la vida con mis cicatrices al aire y, lo aseguro, puede no ser una visión muy agradable; pero al sol las marcas de los fracasos en mi vida, y las marcas con que el martillo del crecimiento me rompió en pedazos; se blanquean y se van debilitando con los años…

Al final, sólo serán marcas más blancas en la piel de tus años y, aunque siguen existiendo como marcas, se vuelven parte de tu cántaro; se integran y ordenan en el conjunto de tus actos y de la persona que eres.

Y allí descubres, con asombro, que te has convertido en un nuevo cántaro… menos perfecto que aquel de tu infancia, pero de nuevo intacto… uniforme… único… puro… inmaculado.

Abel Garrido Silva

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♦ […] siendo la libertad la cosa más amada, no sólo de la gente de la razón, más aun de los animales que carecen de ella. […] Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.

MIGUEL DE CERVANTES (1547-1616) Don Quijote

♦ La necesidad de buscar la verdadera felicidad es el fundamento de nuestra libertad.

JOHN LOCKE (1632-1704) Ensayo filosófico acerca del entendimiento humano.

♦ Nadie más esclavo que quien se cree libre sin serlo.

JOHANN WOLFGANG VON GOETHE (1749-1832) Sentencias en Prosa

♦ El instante de rapto y de libertad naciente, cuando se cierra detrás de nosotros la puerta de la escuela, cuando se rompe la cáscara, el habitáculo en el que nos hemos cultivado, y cuando el mundo se nos abre libremente, ¿no es acaso ese instante el más feliz de nuestra vida, o al menos el más cargado de emocionante expectativa?

THOMAS MANN (1875-1955) Doctor Fausto

♦ La libertad absoluta se conquista por el amor. Porque sólo el amor libera al hombre de su naturaleza y expulsa de él la bestia y el demonio.

MIRCEA ELIADE (1907-1986) Fragmentarium

♦ Tú, cuya alma vive de amor y de coraje, no, ¡no conocerás el cautiverio! Tú no sabrás cantar en el seno de la esclavitud: ¡tus cantos están hechos para la libertad!

THOMAS MOORE 81779-1852) Melodías irlandesas

libertad-2.jpg♦ La libertad es una planta que crece rápidamente, una vez que echó raíces.

GEORGE WASHINGTON (1732-1799) Discurso

♦ Un hombre con hambre no es hombre libre.

ADLAI STEVENSON (1900-1965) Discurso

♦ Hay, por cierto, dos laberintos en la mente humana: uno tiene que ver con la composición del continuo, el segundo con la naturaleza de la libertad; y ambos nacen en el mismo infinito.

GOTTFRIED WILHELM LEIBNIZ (1646-1716) De Libertate

♦ No creo, en el sentido filosófico del término, en la libertad del hombre. Cada uno actúa no sólo según una coacción externa sino también según una necesidad interna.

ALBERT EINSTEIN (1879-1955) Cómo veo el mundo

♦ Sólo deseo dos cosas: primero, que al morir deje al pueblo romano libre –los dioses inmortales nada más grande pueden darme; en segundo lugar, que la felicidad de cada uno se mida según sus méritos hacia la República.

CICERÓN (106-43 A.C.) Filípicas

♦ Jamás pedí venir aquí; tengo derecho a marcharme cuando quiera.

AUGUST STRINDBERG (1849-1912) Bohemia sueca

♦ Hemos llorado porque no podíamos amar, porque no nos interesábamos por nada, no creíamos en nada, vivíamos para nada, porque somos libres; libres como las barcas perdidas en la mar.

JOHN DOS PASSOS (1896-1971) En todos los países

♦ La libertad no es un derecho, es una obligación.

NIKOLÁI BERDIÁEV (1874-1948)

♦ La libertad no consiste sólo en seguir la propia voluntad, sino también a veces en huir de ella.

ABE KOBO (1924-1993) Cara ajena

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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