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El 6 de agosto de 1945 la muerte cayó del cielo en Hiroshima. Ese día, Estados Unidos lanzó la primera bomba atómica utilizada con fines bélicos en la historia. Tres días más tarde, una nueva detonación nuclear arrasaría Nagasaki. Se estima que hacia finales de 1945, las bombas habían matado a 166.000 personas en Hiroshima y 80.000 en Nagasaki, totalizando unas 246.000 muertes.

En la impresionante ceremonia conmemorativa, el actual alcalde de la castigada ciudad nipona, Kazumi Matsui, pidió a los líderes mundiales que “trabajen incansablemente para lograr un mundo libre de armas nucleares”. En el mundo aún existen unas 15.000 armas nucleares, recordó también Matsui, quien instó a la comunidad internacional a erradicar para 2020 estos artefactos “inhumanos y de maldad máxima”.

Tras la tragedia de Hiroshima, y hasta el fin de la Guerra Fría, el fantasma del desastre nuclear tuvo la amenazante forma de un hipotético misil atómico precipitándose desde las alturas; pero, a partir de los accidentes nucleares de Three Miles Island en 1979, en Estados Unidos, y muy particularmente —por su dimensión y efectos— de Chernobyl en 1986, en la entonces Unión Soviética, el espectro se encarnó en la aparentemente inofensiva imagen de una central nuclear erigida en el paisaje. Eso, al menos, a ojos del movimiento ecologista y de las corrientes de opinión —sociales, políticas y científicas— afines a una posición de crítica y denuncia antinuclear.

La patética lección que supuso Chernobyl en materia de seguridad no demuestra haber rendido aún sus esperados frutos, y ello queda traducido en una polémica que no cuestiona los beneficios de la energía atómica (por otro lado, menos contaminante que la producida a partir del gas, el carbón, o el petróleo, que contribuyen al efecto invernadero) ni su elevado grado de desarrollo y eficacia, sino que se apoya, justamente, en los escasos progresos obtenidos en la implementación de nuevos sistemas de seguridad y de modelos de capacitación de mayor fiabilidad; situación, esta, perfectamente ejemplificada en el caso de los accidentes nucleares en las centrales japonesas de Tokaimura y –años más tarde– en la de Fukushima I, otro de los más graves ocurridos hasta ahora pese a la sofisticada tecnología nipona.

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Además de las tesis que relacionan la aparición de enfermedades cancerígenas y de malformaciones en recién nacidos con la vecindad de centrales nucleares, y de las inherentes preocupaciones por la seguridad, el tema de los residuos tóxicos es el auténico talón de Aquiles de esta industria energética. Con un periodo de vida que puede alcanzar las decenas de miles de años, y un alto poder radiactivo, hasta ahora no se ha concebido un sistema que ofrezca completas garantías para su aislamiento, y en el debate internacional han concurrido alternativas tan dispares como el hundimiento le los desechos en el fondo submarino, su enterramiento en los hielos antárticos o en el corazón de montañas, el lanzamiento al espacio, e, incluso, la descabellada idea de convertir la Luna en un vertedero.

Por ahora, y habida cuenta de que los proyectados cementerios nucleares sólo son válidos para residuos de baja y media intensidad, y corta vida (aunque hablamos de cientos de años), la basura más contaminante espera depositada en piscinas especiales, de las propias centrales, un destino final que pudiera venir de la ya antigua idea del enterramiento a grandes profundidades en zonas geológicamente estables.

El debate está servido y, sin duda, se agudizará. Las organizaciones y partidos políticos comprometidos con el medio ambiente de Francia, Alemania y otros países europeos, han conseguido introducir la idea del desmantelamiento progresivo pero total de la industria nuclear. Las espadas están en alto, pero de parte de un bando actúa el omnipresente poder del dinero, y la lid se anuncia dura y larga. Lo que queda claro –y esperando que lndia y Pakistán no retornen a iniciar su macabro juego de amenazas y contraamenazas— es que mientras no se desarrollen suficientemente las tecnologías relativas a las energías alternativas —hidráulicas, eólicas y solares– a un nivel tan productivo como rentable, parece utópico pensar que el hombre prescinda de la tecnología nuclear.

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Jean-Luc Godard en Cannes

El eterno provocador del cine francés está de vuelta, y esta vez en 3D. Jean-Luc Godard se presentó el pasado mes de mayo en el Festival de Cannes con su errática película “Adieu au langage”, una estimulante y lúdica meditación sobre el estado del mundo y las posibilidades de la imagen.

A sus 83 años, Godard ha vivido lo suficiente para comprobar –y tal vez aceptar– que sus ideas y teorías sobre el cine han migrado hacia el arte conceptual y el videoarte, dejándole a él un tanto huérfano. Por eso, el autor de obras maestras como “A bout de souffle”, “Vivre sa vie”, “Le mépris”, “Made in U.S.A” o “Pierrot le fou”, parece estar aquí entonando un adiós agónico a ciertos tipos de lenguaje, incluyendo el lenguaje del cine y el del amor, aunque él siempre nos asegurara que el lenguaje y la comunicación, finalmente, no eran nada más que una ilusión.

En este sentido, el crítico Ángel Quintana opina que “Adiós al lenguaje es, por tanto, el principio y el fin de muchas cosas. Es el principio de un nuevo ciclo donde pasa de la memoria histórica al malestar por la historia, de la reflexión sobre el pasado la reflexión sobre la intimidad y sus heridas. En el horizonte está el misterio del más allá y en el presente la melancolía de la vejez. Es el inicio de un ciclo y de una nueva forma de entender las imágenes para que el 3D nunca había brillado con tanta fuerza, replanteando la noción de profundidad de campo y la relación de los peraonajes con el fondo. Las imágenes del cine son un decorado y el amor es el resultado de una tensión. Es el tiempo de decir ‘adiós al lenguaje’, de despedirse de algo, de desconfiar de la humanidad y confiar en la mirada de una perrita –la propia de Godard, llamada Roxy-Miéville– que atraviesa un paisaje íntimo donde la naturaleza y la metáfora tienen problemas para convivir.”

Durante los 70 minutos que dura esta diatriba de Godard contra las superficialidades de la cultura moderna –presentada en un formato que podríamos denominarse de cine-collage– abundan las ideas fragmentadas, las evidencias de la desilusión que impera en la sociedad actual. Hay citas y máximas. Unos personajes se hablan casi a gritos y otros, por el contrario, parecen hablar para sí mismos o para una pared que no existe. Hay además fragmentos de películas clásicas, clips de video en la que las películas clásicas aparecen fugazmente en la televisión del fondo; frases musicales que se silencian de golpe y luego se repiten.

Sin embargo, en medio de este remolino desconcertante, una idea central –una historia– se hace perceptible. Y es un tema ya clásico de Godard que se remonta a los años 60: un hombre y una mujer que viven juntos, que tienen relaciones sexuales satisfactorias y que, sin embargo, están profundamente alienados y no parecen ser capaces de comunicarse.

¿Y qué nos quiere transmitir Godard con todo esto? Tal vez que, en definitiva, todo empeora a medida que se aproxima la muerte. Que dar sentido a las cosas es imposible, que el lenguaje, el arte y el acto del amor ofrecen una unidad que es una mera confección transitoria. A menudo, la lente de la cámara de Godard me parece como la lente de un potente telescopio futurista. Godard lo ve todo desde una gran distancia, con un pesimismo apasionado y una integridad desconcertante, pero aislado ya en su propio planeta.

Mr. Arriflex

¿Se puede escuchar un cuadro..? Compositores y pintores se plantean a menudo esta pregunta y conciben ideas de su mutua aproximación, prestando y tomando prestados procedimientos y conceptos. Recientemente, la dramaturga Victoria Szpunberg llevó a cabo una interesante intervención sonora basándose en la obra de Picasso Ciencia y Caridad (1897).  Una propuesta arriesgada, experimental, punto de partida para una posible investigación sobre el “sonido de la pintura” a través de un juego sutil, donde las voces fluctúan acompañadas de música clásica.

Cuadro del pintor granadino López Mezquita (1883-1954)

Muchos han sido los buenos pintores intérpretes de música y viceversa, así que la influencia recíproca ha sido continua. Un primer ejemplo puede ser la técnica impresionista de las “notas punteadas” de Claude Debussy y su supresión del principio del desarrollo musical en el tiempo a favor de yuxtaponer campos de contrastes tonales que parecen desprendidos del flujo temporal. O, más tarde, Igor Stravinsky, que elimina toda vaguedad y subjetiva evocación de sus composiciones para establecer una especie de “cubismo musical” a través de ásperas y discordantes estructuras de sonido.

Pero fue en el nacimiento de la abstracción pictórica pura, en los años anteriores y posteriores a la I Guerra Mundial, en el que la metáfora o modelo musical jugó un papel decisivo. En busca de un idioma visual adecuado al nuevo mundo, los artistas plásticos se vuelven a la música por diversas razones. Primeramente por su independencia de las trabas físicas y materiales y su máximo grado de abstracción.

"En la orquesta", Edgar Degas

La creación de lenguajes artísticos diferenciados en los procedimientos estéticos es propia de los diversos ismos a los que ha dado pie la dinámica de la vanguardia. En esa aventura plagada de cambios revolucionarios muchos pintores se vuelven a la música como modelo de creación, intrigados por su incorporeidad, su soberana independencia de lo visible y lo tangible y su no “necesidad” de imitación de lo naturaleza exterior para desarrollarse en su plena autonomía.

Parece un verdadero dilema semántico comparar algo visible con algo invisible, un arte que existe en el espacio con un arte que existe en el tiempo, pero lo cierto es que las artes, aun manteniendo sus límites, parecen necesitar contaminarse unas de otras. En el ambiente simbolista de fines del siglo XIX, Baudelaire formulaba precisamente su teoría de las correspondencias. Escribiendo en la Revue Européene en 1861, el poeta manifestaba que “sería verdaderamente sorprendente si un tono musical no generara un color, si los colores no evocaran un motivo melódico y si tonos y notas no se dispusieran para transmitir un pensamiento…”

A través de la música se manifiesta el espíritu sin mediaciones, es también metáfora de la creación pura; pero además la música tiene una organización muy pautado en elementos fácilmente identificables y manejables. Artistas como Kandinski, Mondrian o Malevich tratan de establecer los elementos conceptuales básicos de la acción pictórica: el punto, el plano, la línea, la organización empática de los colores en la superficie del cuadro. La armonía plástica imita la armonía musical.

En los numerosos programas y manifiestos de las vanguardias aparecen conceptos temporales como ritmo, dinamismo, velocidad o simultaneidad, o específicamente musicales como cadencia, disonancia, sinfonía, etc., que prueban la existencia de un estrecho vínculo entre las tendencias temporales en el arte y la recepción del fenómeno musical.

Vanacloche

El 3 de junio de 1924 moría cerca de Klosterneuburg, Austria, Franz Kafka. Hoy, al recordarlo, comprobamos que el mérito de Kafka –a quien el autor catalán Eduardo Mendoza califica de “mal escritor” — va más allá de la mera transmisión de obsesiones. Su obra intenta, anticipando el peligro de las demandas extremas de una época, señalar brechas que vindiquen la autenticidad individual dentro de ese consenso siempre ambiguo de justicia social. El malestar que la obra genera alude a la necesidad de cambio aunque éste por ningún lado se vislumbre. Sus textos no ofrecen soluciones prácticas precisamente por aludir a la urgencia de esta necesidad.

La complejidad del problema es magnificada a través del dilema que El Castillo presenta: revolucionar un sistema en el que impotencia y poder se complementan casi a propósito, constituye de por sí una imposibilidad lógica. Este problema –observa W. G.  Sebald–, que ha tenido desde Kleist y Büchner un sitial de honor en los trabajos más radicales de la literatura alemana, fue repetidamente tratado por Kafka; y quizá de manera más perceptiva, en la parábola de las viejas y oxidadas pistolas de juguete que nadie está dispuesto a tomar.

El escritor austriaco Thomas Bernhard, decía: “Cuando se abre uno de mis libros, ocurre lo siguiente: hay que imaginar que se está en el teatro.” Se podría decir lo mismo en cualquier libro, de cualquier autor. Toda novela pone en escena un tipo de teatro. Kafka, sin embargo, hace de este elemento de la representación literaria  una evidencia convincente para el lector. Se trata siempre de una representación de la representación.

La manera en que Kafka trata de representar el dilema parece implicar que una revolución es sin embargo necesaria y más imperativa mientras más imposible sea traducir su idea en práctica. Punto medio entre realidad social y utopía, la invariable, ahistórica y mística secuela de impotencia y poder requerirá necesariamente una solución dialéctica especial generada a partir y dentro de los parámetros de los enunciados kafkianos, única manera de resolver y superar esta situación sin salida aparente. Kafka postula la existencia de una esperanza aunque sea como posibilidad ajena al individuo. Ello explica en parte sus esfuerzos cabalísticos y mesiánicos, en los que la vida podría desdecirse emergiendo como hermoso deseo extraído del dolor del vacío. Gajes de oficio, especulaciones y búsquedas. Frente a una exposición de Picasso, Kafka le comentó a Gustav Janouch que el arte era un espejo que, al igual que algunos relojes, iba adelantado. Mientras tanto, anticipadora del presente, la obra de Kafka está destinada a perpetuar en cada uno de sus lectores sus lecciones prácticas.

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Melina Mercouri en "Never on Sunday", 1960

Muy pronto se cumplirán quince años de la muerte de Melina Mercouri y cincuenta del estreno de Nunca en Domingo, la inolvidable película del norteamericano Jules Dassin –más tarde convertido en esposo de la actriz griega– que incluye una de las más hermosas canciones de toda la historia del cine. No es un film perfecto. Es irregular en su guión. Jules Dassin no era un buen actor, pero sí un eficaz y a veces deslumbrante director. Y sin embargo, es posible que refleje como nadie los falsos mitos que Occidente ha ido creando en torno a la antigüedad griega.

Esa caricatura de filósofo americano que se pretende Pigmalión ha creído encontrar en Ilia, la más libre de las prostitutas del Pireo, la que elige sus clientes, la que reinventa los argumentos de las tragedias antiguas, la que nunca trabaja en domingo, la esencia de la felicidad primaria, desnuda de conocimiento, bruta, animal, la felicidad que prima el instinto al razonamiento. Y su gran idea, la gran idea de la filosofía desde Aristóteles, es revestir esa felicidad carnal, terrenal, falsamente tangible, de conocimiento y razón. Así la felicidad sería real y, por ende, eterna. Secular deseo de permanencia, búsqueda de eternidad. Mas su ansia de conocimiento apaga su ansia de vivir. La seguridad en sí misma poco a poco la sumergen en la duda constante. ¿No es justo la duda que trajo al americano a Grecia en busca de la esencia de la felicidad? Ya no juega con sus amigos, ya no baila, ya no ejerce. Un halo de melancolía la atrapa cuando encuentra alguno de sus antiguos amigos o alguna de sus compañeras de profesión. ¿Dónde está al fin la felicidad prometida por la razón?

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Melina escribió en el exilio, durante la dictadura de los coroneles, una reflexión sobre su propia vida y sobre todo, sobre la maldición de nacer griega.

“El haber nacido griega significa llevar sobre los hombros una maravillosa maldición. Para un número de personas sorprendentemente grande, significa que construiste personalmente la Acrópolis, que creaste Delfos, el teatro, y pariste la idea de la democracia. La verdad es que eres pobre, muchos de tus compatriotas no saben leer y los esporádicos momentos que has disfrutado la democracia y la independencia, los intervencionistas extranjeros y sus secuaces griegos te la arrebataron”. (Melina Mercuri, Yenizica Ellinida, Athina, 1971)

Las potencias occidentales, sobre todo Francia, Inglaterra y Rusia, buscaron en Grecia fundamentalmente dos cosas: un punto geopolítico de enorme importancia a las puertas de un Oriente musulmán y la preservación de los orígenes de nuestra propia cultura europea, según los cánones del humanismo renacentista y de la ideología burguesa decimonónica. Lo primero ha costado al pueblo griego no pocos sinsabores y alguna que otra gran tragedia. Lo segundo ha costado a la propia cultura europea no pocas mentiras y más de una tragedia.

Mr. Arriflex

“Nunca en domingo” — La canción

Las mujeres y los hombres unidos para eliminar la violencia contra la mujer y la niña

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Todos nosotros – hombres y mujeres, soldados y agentes de mantenimiento de la paz, ciudadanos y líderes – tenemos la responsabilidad de contribuir a eliminar la violencia contra la mujer. Los Estados deben cumplir con sus obligaciones de prevenir la violencia, enjuiciar a los perpetradores y proporcionar reparaciones a las víctimas. Y cada uno de nosotros debe hablar claramente en la familia, en el lugar de trabajo y en la comunidad, de modo que cesen los actos de violencia contra la mujer.

Ban Ki-moon, Secretario General de las Naciones Unidas

Abel García, “un fiel seguidor de El Faro” como él mismo se define, nos ha enviado desde Bogotá este interesante artículo con el ruego de su publicación. Desde siempre, este blog ha estado abierto a la colaboración de sus lectores, así que lo hacemos encantados agradeciéndole sinceramente al amigo Abel su interesante artículo.

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El hombre, como creador de todas las cosas, oculta a veces su gran poder escondido detrás de sus propios demonios, que son: el miedo, el desconocimiento y su falta de amor a sí mismo. No tenemos que ir a buscar la repuesta a ningún sitio, esa respuesta que nos inquieta y nos preocupa sólo la tenemos nosotros. Tan sólo tenemos que “aprender” que en nuestro cuerpo existe algo más que lo que llamamos cabeza, o dicho de otra manera, mente, la cual creemos que sólo nos sirve para resolver problemas y decir aquello de: “pienso, luego existo”.

Pues no es así. Hay una frase importantísima que todos hemos oído constantemente: “Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza”, y seguimos desde entonces sin ser totalmente conscientes de lo que ello significa.

El hombre es creador y esa es precisamente la semejanza a la que se refiere la frase. La creación del hombre es a través de su pensamiento, creando por lo tanto su propia realidad. Esta realidad es tan importante que incluso creamos nuestra propia mente. El 90% de los inventos no fueron causados porque les llegó la hora; sino por el propio hombre, ya que estamos creados para vivir mucho más tiempo del que vivimos, pero no cuidamos nuestra envoltura (o sea, nuestro cuerpo) y no disponenemos de todo el tiempo que necesitamos en una vida para evolucionar lo máximo posible.

Otra gran realidad, con relación a la mente creadora del hombre, es que cuando el cuerpo enferma no es ni más ni menos que la manifestación física de alarma que nos está indicando nuestro cuerpo, de que algo está mal en nuestro estado emocional. Como respuesta, seguimos tomando medicamentos para intentar resolver el problema. Todavía no somos conscientes de esa creación propia y menos de aceptarla individualmente.

A esto yo le llamo “la sanación del alma”, ya que el alma es el componente de todos nuestros sentimientos, tanto positivos como negativos. Para ello existen unos tipos de terapias tan sutiles como sutil es el alma, como son: la relajación, visualización, etc. que nos pueden ayudar a conocernos a nosotros mismos.

Conocer nuestro cuerpo, aprender a controlar y dominar nuestra mente iluminada y tomar conciencia de todo lo que somos y lo que podemos ser y crear. Sanar nuestra vida y nuestro cuerpo y sentir nuestro espíritu creciendo con un nivel de conciencia cada vez más elevado para saber que todo fluye desde nuestro interior. Cuando el pensamiento se convierte en obra, en materia yo lo puedo hacer. Piensa bien y enriquece tus pensamientos, así yo también podré crecer.

Abel García

Cada vez son más las personas que piensan –y yo me encuentro entre ellas– que la red puede ser un foro público muy positivo para todos aquellos que amamos la cultura, la justicia y la paz y en donde, con mayor o menor acierto, podemos ir dejando caer nuestras letras con la esperanza no sólo de que alguien las lea, sino de que las conteste, las cuestione, las aprecie y –en el mejor de los casos– las adopte como propias. Es decir, con la esperanza de generar un proceso comunicativo directo entre el emisor y el receptor, que tome el texto como excusa para elaborar disquisiciones e ideas diversas o, simplemente, para compartir sentimientos y afinidades. Creo firmemente que cada uno de nosotros pretende –a través de su propia bitácora y con la mayor sinceridad posible– neutralizar todo lo negativo que pueda existir en nuestro interior y, sobre todo, la parte más nociva que prolifera en esta sociedad materialista e hipócrita que intenta reprimir todo lo bueno.

En un verdadero acto de heroismo los “blogs” nos sumergen en una realidad no menos real que la cotidiana, aquella dominada por la imaginación que huye de la vida vulgar y monótona en pos de un mundo autónomo no sujeto a leyes naturales a través de un movimiento de escritura que aborda, casi siempre, las preocupaciones existenciales y/o sociopolíticas del momento. Escribir implica ser leído y el acto de la lectura, al igual que el de la conversación, exige el establecimiento de una curiosa complicidad autor-lector, de una relación que ligue lo que la inteligencia del autor convierte en palabras con lo que la imaginación del lector repone leyendo entre líneas, lo que el autor sugiere con lo que el lector interpreta. Tal proceso se supone cuando el texto es lanzado a un canal de distribución tan gigantesco como es Internet. En ese momento, el autor se desprende de sus letras para cederlas a un público que como nuevo dueño de las mismas las interpreta, creándose a veces vínculos muy positivos entre ambos.

Algo semejante es lo que he sentido yo al leer algunos blogs y conocer (virtualmente, claro está) a sus autores y autoras. En casi todos ellos he encontrado un gran talento literario o artístico, mucha sinceridad y sensibilidad a raudales. Es por eso que, a punto de finalizar el año, he querido otorgar un simbólico premio a los que –sin menospreciar las excelencias de los demás– han despertado en mí un mayor interés.

¡Gracias y un Feliz Año a tod@s!

Luis Irles

NOTA ACLARATORIA

Tengo entendido que –según el derecho consuetudinario bloguero– se suele premiar un máximo de 12 bitácoras. Pero las normas están para saltárselas “a la torera”, así que este Faro va a otorgar faritos olvidandose de los números. Ah, y otra cosa: nada de adjetivaciones para los blogs premiados. Únicamente su aparición por estricto orden alfabético. Como en las películas serias.

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Binah (Patricia Gómez)

Capitana

Denise Makedonski

Donde el viento nos lleve…

El Bestiario de Amanita

El mar, qué gran tema para hablar

El mar és el camí

Entre dos ríos

Enseñanzas Náuticas

Jusamawi

Karen Blixen

La chica del faro

Los cuatro elementos

Mario Alvarado

Navegante del mar de papel

Por tierras del norte

Primera lluvia

Sirena varada

Testigo

Trazos de piel

Universos

Viajes con encanto

Carlos Raúl Yagán Yagán murió en Septiembre de 1997. La fecha quedará en algún recodo de la historia, donde se archivan los casos cerrados:  Raúl era el último de su raza.

La tumba es reciente. La tierra aún está suelta, no hay lápida, no hay cruz.
Bajo una leve capa de nieve, hay claveles frescos. Pero con este frío no resistirán mucho. El cementerio de Puerto Williams está frente al canal del Beagle y el mar arroja ráfagas intolerables. En cualquier momento se pondrá a nevar otra vez.

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Bajo esa tierra sin marcas, está Carlos Raúl Yagán Yagán. Murió el 4 de septiembre.
La fecha quedará en algún recodo de la historia, donde se archivan los casos cerrados: Raúl era el último hombre yagán.

A mediados del siglo pasado, el científico Charles Darwin se encontró con los antepasados de Raúl y los describió en su diario de viaje: “Estos desdichados salvajes tienen la talla escasa, el rostro repugnante y cubierto de pintura blanca, la piel sucia y grasienta, los cabellos enmarañados y los gestos violentos. Cuando se ve a tales hombres apenas puede creerse que sean seres humanos habitantes del mismo mundo que nosotros”.

Ciento cincuenta años después de esos juicios, los yaganes dejaron de habitar nuestro mundo.
A pocos pasos de la tumba de Raúl están parte de los que lo precedieron.
Está el “abuelo Felipe”  nacido en 1891 y muerto en 1977. En su lápida se deja constancia de la amplitud de oficios necesarios para sobrevivir en esa zona: “Se desempeñó como esquilador y campero y en la vejez se dedicó a la artesanía construyendo canoas, arcos, arpones, todo a base de recursos naturales”.

Unos nichos más allá, está Rosa Yagán, muerta el 4 de abril de 1983, quien dejó testimonio de su vida en un libro notable de la periodista Patricia Stambuk llamado precisamente “Rosa Yagán”.
“Ahora es peor que el diluvio, cuando todo se inundó y se veían unos pocos montes. Los últimos nos estamos muriendo y no podemos volver a sacar a nuestras familias ni a llenar nuestra tierra con yaganes”, decía Rosa. “Hoy los yaganes puros que van quedando son las hermanas Ursula y Cristina y Raúl Yagán, que anda de marino quien sabe dónde”.

Enseñarles a llorar

A Cristina Calderón le gustan las comodidades de la vida moderna a las que tiene acceso: una mediagua, un mercado y una vida sedentaria y no nómade como la de sus antepasados.

Ella y su hermana Ursula son las dos últimas mujeres de su raza. Dos mujeres morenas, de ojos rasgados y nariz chata que cuando sonríen es como si descubrieran el mundo por primera vez.
Cristina tiene 69 y Ursula 75. Quedaron huérfanas de niñas y su educación la asumió una yagana cercana a su clan. A Cristina nunca le gustó viajar tras las nutrias y los lobos marinos. De joven decidió que no se casaría con un yagán “porque si no iba a tener que andar por todos lados navegando”.
Tuvo suerte, porque su tutora eligió para ella un marido chilote. yaganes-11

Hace casi 20 años que está en Villa Ukika, el último poblado yagán, ubicado a menos de un kilómetro de Puerto Williams.
Si uno se sube a los cerros que rodean la villa, alcanza a ver las islas Picton, Nueva y Lenox, por las que en 1978 argentinos y chilenos estuvimos a punto de ir a la guerra.

Es una zona de extinción. Hace 150 años las aguas del Beagle hacia el sur eran dominio de los yaganes. Y en las riberas heladas de Tierra del Fuego, las tribus onas y tehuelches perseguían guanacos. A esas dos razas los colonos chilenos y europeos literalmente las cazaron. Pagaban una libra esterlina por una cabeza o un par de orejas. Los cráneos hervidos en calderos se vendían en los museos de Europa.

Al pueblo de Cristina no lo mató sólo las armas de los blancos, sino también sus inmundicias. Los yaganes eran una raza desnuda. Por siglos, su atuendo oficial fue sólo una capa de piel de lobo y un taparrabo. Los occidentales pensaron que debían tener frío y hambre y que, bien educados, podían ser buenos sirvientes. Les dieron ropa, comida, Biblias, alcohol; y microbios a destajo.

Una muerte chilena

Ahora Raúl Yagán está bajo tierra. Y de su vida es poco lo que se sabe.
Pertenecía a una raza de las que muy pocos quieren confesarse miembros.
-No hablaba mucho el tío Raúl, dice Blanca Garcés, su sobrina. No sabría qué decirle de él.

Blanca es yagana mestiza. Yagana mezclada con chilote. Al contar lo que sabe de Raúl, Blanca revela también lo poco que conserva de la historia de su pueblo. Hoy lamenta no haber hablado más sobre las tradiciones de “los antiguos” y no tener algo que traspasarle a sus hijos.
Sabe, por ejemplo, la historia de la muchacha que fue raptada por un lobo marino y que terminó enamorada del animal. Pero no conoce el final de la fábula ni tampoco lo que significa. yaganes-32

Raúl era un yagán silencioso. Nació en Puerto Williams, nunca navegó por los canales, ni cazó nutrias. A los 17 años entró a la Marina y durante casi 40 años trabajó en la dirección de obras de la Armada en Punta Arenas. Fue un funcionario ejemplar. Según su jefe Vicente Peña “tenía como virtud que al hablar decía lo justo y necesario”.

Vivió como chileno medio, al tres y al cuatro, alimentándose de colesterol y estrés. A los 57 años, murió como se mueren los chilenos en estos dias: de un ataque al corazón. Y fue enterrado como tal, mientras algunos de sus parientes se preguntaban si había dejado herencia.

Sabía que era el último de su estirpe y no dejó descendientes.

La suya es una historia trunca, como la del lobo y la yagana. No sabremos nunca cómo habría terminado de haber tenido otra oportunidad. Pero sí sabemos lo que significa: genocidio.
De varios miles de indígenas que había a fines del siglo pasado, hoy quedan en la zona cerca de 50 descendientes de yaganes.

Blanca se queda en silencio tratando de recordar algo más. En el living, su hijo hace zapping en el televisor hasta encontrar el Cartoon Network.
En Ukika tienen TV-Cable, como en todo Chile. Tal vez en el Discovery pasen algún documental sobre los yaganes.

Juan Andrés Guzmán
Fuente: La Tercera


Puede resultar paradójico e incomprensible para muchos, pero Fernando Alegría –que vivió en los Estados Unidos durante más de treinta años– escribió en California Caballo de Copas, novela de un chileno en San Francisco, que según afirmó el crítico e historiador Carlos Hamilton, “tiene más sabor a Chile que ninguna obra escrita en el propio país y acusa una maestría definitiva en el arte de narrar con arte”.

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Rasgos biográficos

Nacido en 1918. Profesor de Castellano y Filosofía en la Universidad de Chile. Organizó durante los años sesenta encuentros de escritores en la Universidad de Concepción, fundando el primer taller de escritores. Creó la revista Literatura Chilena: Creación y Crítica (1974). Doctor en Literatura en la Universidad de Columbia. Director del departamento de Español y Portugués de la Universidad de Stanford. Ejerció la docencia en la Universidad de Columbia, Berkeley y Stanford de Estados Unidos. Perteneció a la Academia Norteamericana de la Lengua. Fue Premio Farrah y Rinehart de Nueva York, Premio Municipal y Atenea de Santiago de Chile, y realizó diversas colaboraciones en revistas norteamericanas. Alegría vivió la mayor parte de su vida en Estados Unidos.

El escritor

Novelista, ensayista, cuentista, crítico y profesor. Un escritor talentoso que incursionó en varios géneros de la literatura. Su mayor acierto en la novela fue su libro Caballo de Copas (1957), que concitó el aplauso cerrado de la crítica y el interés del público lector. También en la faz narrativa obtuvo éxito con sus libros Lautaro, joven Libertador de Arauco y Mañana los guerreros.

Fructífera fue su labor en el ensayo, especialmente derivado de su vasta trayectoria como docente en las universidades norteamericanas. Uno de sus mejores libros al respecto es Literatura Chilena del Siglo Veinte (1967) que en su primera edición se denominó Las fronteras del realismo (1962).

Fernando Alegría  fue un investigador “serio, bien documentado, de estilo pulcro y ameno” (Montes y Orlandi). Al decir de Maximino Fernández, “Alegría ha animado el escenario de las letras chilenas durante medio siglo con sus narraciones y estudios; apasionados, comprometidos y de buen nivel estético, las primeras; documentados, distintos y necesarios, los segundos“ ( Historia de la Literatura Chilena).

A Fernando Alegría, al igual que varios escritores chilenos que han tenido que permanecer por largo tiempo fuera de su patria, y, por consiguiente, ha provocado que su trabajo literario no sea advertido con facilidad por lectores y estudiosos de las letras, le costó obtener el reconocimiento que se merece en su país. Incluso, algunas veces fue nominado para el máximo laurel de Chile, El Premio Nacional de Literatura. Sin embargo, falleció a los 87 años -el 29 de octubre de 2005- en la ciudad de Walnut Creek, al norte de California, sin obtener este reconocimiento.                     caballo-de-copas2
“Me dolerá hasta el final no haber vuelto” decía.                                

Es una lástima, puesto que su obra, maciza, contundente, variada y vasta, le otorgan a Fernando Alegría méritos esenciales para lograr el correspondiente sitial de honor que se da en nuestro país a los grandes escritores.

Su obra es extensa. Publicó aproximadamente cuarenta y seis textos. Se destaca el cuento, la poesía, el ensayo, la novela. Comenzó en la narrativa a los 18 años, con la biografía novelada de Luis Emilio Recabarren. Publicó luego Lautaro, Joven Libertador de Arauco (1943) y “Caballo de Copas” (1957), acaso su mayor obra, por la cual obtuvo los premios Municipal, Atenea y Unión Panamericana. Le siguió Mañana los Guerreros (1964).

“Lo que me interesa rescatar es la historia de los héroes sin monumento, la de los verdaderos héroes, a quienes la historia oficial margina y que, sin embargo, viven en la conciencia social de nuestro pueblo”, diría.

Fuente: Escritores.cl

En el principio está el fin. Pocas veces la poética de T. S. Eliot pudo aplicarse coyunturalmente con más propiedad. El año 1980 fue tanto el inicio de una década como la muerte (simbólica) de una generación que, surgida y educada sobre los escombros de la segunda guerra mundial, intentó desarrollarse entre dos polos no tan contradictorios como a primera vista pudiera parecer: el nihilismo existencialista y la utopía de la llamada “década prodigiosa”. Las muertes de Barthes, Sartre, Carpentier, Lennon fueron, en consecuencia, algo más que unos meros accidentes individuales para convertirse en síntoma y testimonio del fin de un mundo que, de una manera u otra, todos ellos teorizaron, cantaron y pretendieron construir, un mundo más habitable que el infierno cotidiano por donde nos es obligado transitar. La muerte de McLuhan, acaecida en diciembre de 1980, no debe, sin embargo, ser situada en el mismo espacio.

Universalmente conocido gracias a títulos como La Galaxia Gutemberg o La novia mecánica, McLuhan fue, indudablemente, uno de los más influyentes teóricos da la comunicación de masas, a través de unas tesis tan atractivas y antiacadémicas como ambiguas en su pretendida “neutralidad científica”. El estilo aforístico que le valió el calificativo de “profeta de los años sesenta”, a caballo entre la brillantez del slogan y el dogmatismo apocalíptico de la parábola cristiana no siempre pudo convertirse en instrumento explicativo o analítico de cierto rigor. Que Enzesbarger lo calificara de ventrílocuo o Umberto Eco de pensador de cogitus interruptus no deja de apuntar a una patente endeblez del carácter aparentemente subversivo de sus propuestas. Dos son, quizá, en obligada esquematización, las ideas básicas que articulaban sus argumentaciones. La primera puede resumirse en su tan citada frase: “El medio es el mensaje” o en su posterior paráfrasis/desarrollo: “El medio es el masaje”. La segunda remite a su hipótesis del retorno del hombre a la existencia audio-táctil y a una sociedad de tipo tribal a escala planetaria, hipótesis que cobra cuerpo en su noción de “aldea global”.

Por la primera, que centraba la atención más que en los mensajes o contenidos en su específica forma de concretarse o vehicularse (los media), daba una importancia capital al carácter sensible (no-conceptual) de la percepción humana, y, consecuentemente, argumentaba que los efectos de la comunicación no dependen tanto de la información explícitamente comunicada cuanto de las estructuras sensoriales que moviliza y de los “medios” generadores de los dispositivos que permiten la formación y la recepción de los conceptos y de las opiniones. Y si, por una parte, intenta romper con la clausura intramedial y microtextual de los planteamientos formalistas, al incidir sobre la peculiaridad concreta de cada medio, no por ello deja de funcionar como un mero taxonomizador descriptivo de sus campos de actuación y de sus características “especiales”, al estilo de Metz en cine, Todorov en narrativa literaria o Levin en poesía. Afirmar que la única forma de controlar los medios de comunicación es mediante la comprensión pública de sus efectos es demasiado abstracto y ambiguo. De hecho, su preocupación fundamental para llevar a la práctica tal aserto se centró en el estudio de la calidad técnica de los mensajes, prescindiendo de las características ideológicas tanto de los enunciados como de los procesos de enunciación. Es en ese sentido en el que su teoría puede ser definida en términos de teoría tecnocrática. No es casual si ese planteamiento discursivo le llevó a ser consultor de la IBM, General Electric, General Motors, etc.

Por lo que atañe a la segunda idea-eje citada arriba, su noción de “aldea global” desdeña tanto la de inconsciente freudiano (para McLuhan todo es real, todo está en acto) como la de lucha de clases (para su sistema teórico todos son iguales ante la inmediatez y tactilidad electrónica de los mensajes); de ahí que su concomitancia con el planteamiento marxiano, señalada por algunos de sus admiradores, fuera pura apariencia. En Marx se propone, como positividad, la vuelta a una sociedad fundamentada en el valor de uso, mientras que en McLuhan la meta es un “nuevo primitivismo” basado en la aceptación común de los valores de cambio. Lo que en Marx busca reconquistar la concreción de lo cotidiano, en el teórico canadiense era la pretensión, no por implícita menos evidente, de construir una especie de brave new world, el mundo feliz huxleyano. El furibundo antimarxismo de McLuhan encuentra ahí su justificación, del mismo modo que lo hace el hecho de que la pretendida neutralidad ideológica o desideologización de sus argumentaciones hayan servido de base para los mecanismos de infiltración massmediática.

Por eso, como afirmábamos al principio de esta crónica, la muerte de McLuhan no tuvo el carácter simbólico de las otras citadas. No se constata, como en ellas, el fracaso individual en una lucha por la consecución de la utopía, sino el término, o mejor, la interrupción momentánea de un discurso abstracto que el mismo sistema al que ha servido se encargará de continuar.
 
J.

“Antes, la poesía era algo para leer tranquilamente en casa por la noche, quizá tenía la función de consuelo. ¿Qué ocurre actualmente? Cuando alguien regresa a su hogar tras una agotadora jornada de trabajo ¿acaso va a ponerse a leer un libro de poemas a la luz de la vela..?” Así se expresaba –en 1974– John Giorno, uno de los poetas más singulares de la Post-Beat Generation norteamericana durante una entrevista que concedió a la revista Newyorker.


Victor Hugo leyendo. (Autor desconocido)

Han transcurrido más de tres décadas desde entonces y la situación no parece haber mejorado mucho. Más bien, todo lo contrario. Porque, si lo analizamos detenidamente, ¿puede acaso la poesía competir con el rock, los video-juegos, el fútbol o la televisión? ¿Imponer la fuerza de la palabra sobre la cacofonía de los mass-media? ¿Reconquistar la comunicación, salir del ghetto? Yo –a pesar de este oscuro panorama– creo que sí, siempre y cuando se sepan aprovechar las modernas tecnologías y se vuelva a seducir por el oido, mediante la voz.

No se trata de volver a los rapsodas, las rimas pomposas y los ripios estridentes. Pero es asombroso que muchos jóvenes poetas actuales sean incapaces de recitar sus poemas y que estos no resistan la prueba de una lectura en voz alta. Abstraída, perpleja, en crisis y encerrada en los cada vez más estrechos confines de ediciones de ínfima tirada y premios de aún menor trascendencia, la poesía parece haber perdido al mismo tiempo, en un círculo vicioso, la musicalidad que hizo antaño su fortuna y pública influencia. Lo que otrora fue ruptura con formas anquilosadas e investigación de nuevas, exigencia expresiva o culminación de una larga experiencia estética y personal, se ha convertido, para las nuevas “generaciones” de poetas, en coartada de la inmadurez y falta de oficio. La poesía queda reducida a poner arbitrariamente una línea bajo otra en un papel, intentando compensar tan endeble armazón con metáforas grandilocuentes, sinsentidos pretendidamente surrealistas, “evocaciones” fantasmales, sentimentalidades prefabricadas y, sobre todo, mucho envoltorio “teórico” y mucha pose de vate daguerrotipado. Así, por mutismo o verborrea, la poesía desaparece de escena, se marchita en “poemarios” para los amigos, se extingue.

Por esto, experiencias como la Dub-Poetry, la Poesía Sonora -valga la redundancia-, el uso de las avanzadas tecnologías actuales son un estímulo, uno de los posibles caminos, para que la poesía reconquiste su espacio, recupere la voz en estos tiempos de performances y logorrea propagandística, y vuelva a “dar un sentido más puro a las palabras de la tribu” asumiendo los desafíos de nuestro tiempo.

Afortunadamente, algo así como una lenta mutación biolingüística se está produciendo en el terreno poético y, como siempre, los “especialistas” de la cosa cultural -críticos literarios, mandarines universitarios, editores, etc-, demasiado ocupados en sus peleas corporativas y en la administración de sus irrisorios territorios, no ven ni oyen lo que pasa, mientras las artes poéticas vivas y diversificadas disfrutan actualmente de un considerable auge. En gran parte debida a la trágica fragilidad de los soportes y circuitos de distribución convencionales (libros, revistas…), la crisis de la edición tiene como positiva contrapartida el haber debilitado, por no decir anulado, el poder de ciertos dispositivos institucionales, de ciertos bastiones burocráticos que tenían y aún tienen la función de cortar el paso a los movimientos creadores. Esta implosión, este hundimiento de las viejas industrias culturales ha dejado relativamente expédito el terreno para nuevas prácticas, nuevos circuitos, nuevas articulaciones entre el trabajo poético, la música, el teatro, la política, el placer. Un doble movimiento empieza a perfilarse y extenderse en Europa, los EE.UU., en la zona del Caribe y en Japón, transformando lo que se acostumbra a llamar poesía. Ojalá termine expandiéndose por todo el planeta como una pandemia benefactora.

Después de casi tres semanas de agotadores recorridos por varias capitales y ciudades europeas (incluidas algunas españolas), de visitar renombrados museos y maravillosos monumentos artísticos, de saborear deliciosos platos de la gastronomía local y de reencontrarme felizmente con familiares y amigos, decidí pisar el freno, no hacer nada durante mis últimos días de vacaciones en España y buscar un lugar tranquilo y apartado en plena naturaleza donde poder relajarme y olvidarme de aviones, palacios y autopistas. Y lo encontré: es un maravilloso remanso de paz, un pueblo andaluz llamado Cazorla, desde donde escribo estas notas mientras contemplo el impresionante paisaje que me rodea.

Llevo tres días aquí –alojado en una acogedora casa rural– muy cerca del Parque Natural, y les confieso que tuve el momentáneo temor de que el aburrimiento se apoderara de mí una vez que hube caminado por los verdes y tranquilos senderos de la Sierra, sentado al borde del embalse de Los Teatinos, contemplado el nacimiento del río Guadalquivir, no muy lejos de Quesada, y conversado –en una tasca y sin medir el tiempo– con algunos ‘sabios’ ancianos del lugar. Y subrayo lo de sabios, porque al preguntarle a uno de ellos cómo combatían sin aburrirse las largas horas de luz y calor del verano, me respondió con un tono muy serio: “Pues mire usted, amigo, lo primero que hay que hacer para no aburrirse es no hacer nada… Yo, por ejemplo, no veo la televisión, ni me voy de compras a Jaén con la familia, ni leo los periódicos… y aunque no se lo crea, estoy entretenío todo el día…”

No supe qué responder en ese momento; pero reflexionando más tarde sobre el asunto llegué a la conclusión de que, aunque la receta del anciano sea muy dura de llevar a la práctica para la mayoría de nosotros, es la más sencilla y radical… Estamos demasiado acostumbrados al «No se quede sentado; haga algo», y tal vez no sea el mejor de los consejos… En realidad, las palabras de este hombre curtido por la vida y el trabajo, entroncan –aunque él seguramente lo ignora– con muchas filosofías orientales y con ciertas escuelas de meditación, que conciben lo que nosotros denominamos aburrimiento como una fuente de renovación y de conocimiento. Como todos sabemos, estas técnicas espirituales consisten en sentarse relajadamente, recapitular sobre los pensamientos que vienen a nuestra mente y ser testigos mudos de lo que acontece alrededor. Sería el primer paso, siguiendo el consejo de Sócrates, para conocerte a ti mismo.

Y eso es, precisamente, lo que comencé a practicar –en la medida de lo posible– desde que llegué a Cazorla y escuché la respuesta de este hombre al que la edad le ha aportado sabiduría. He estado toda la mañana sentado en un banco de una fresca y pequeña placita, observando a la gente, meditando sobre la rutina diaria que prácticamente estamos obligados a llevar, y que nos puede conducir a una especie de neurosis en nuestros comportamientos, en la manera de entender la vida, en nuestro modo de sentir, de actuar.

Creo que esta misma mañana he podido constatar que el aburrimiento puede ser positivo en muchas ocasiones. Que no conviene habituarse a sentir emociones porque la vida no puede ser siempre emocionante. Estoy apreciando, intensamente, estos momentos de paz y tranquilidad. Y hasta recordé que Bertrand Russell dijo en cierta ocasión –escribo de memoria– que «para llevar una vida feliz es esencial una cierta capacidad de tolerancia al aburrimiento. Las vidas de los más grandes hombres sólo han sido emocionantes durante unos pocos momentos trascendentales. Una generación que no soporta el aburrimiento será una generación de hombres de escasa valía.»

Sin yo esperarlo, este pequeño pueblo andaluz me ha convertido –aunque sea por unos días– en un observador tranquilo, un testigo imparcial de mi vida interior y del mundo que me rodea. Desde que llegué aquí he podido recuperar el silencio, que a mi modesto entender es la fuente de toda acción creativa. Como escribió Catón: «Nunca se es más activo que cuando no se hace nada.» 

Lástima que el aburrimiento y la inactividad –en mi caso– no vaya a durar demasiado, pero estoy convencido de que esta tranquila estancia en Cazorla va a ser muy positiva para mí.

Abrazos,

Luis Irles

 

¿Qué es lo que hace al filósofo?
El coraje de no reservarse en el
corazón ninguna pregunta.

Schopenhauer

El grito en el cielo

col233.jpg En un mundo en el que nada hay nuevo bajo el sol o todo está por descubrir sólo pueden sorprenderse los admiradores de las naderías. Parto de la concepción de que la existencia es un misterio que todos investigamos y sobre el que lanzamos hipótesis. Nuestros juicios y opiniones son siempre equivocados en la medida en que el tiempo los rectifica y actualiza hacia el alumbramiento de la oscuridad. De modo que el error es lo común. Sólo algún acierto diacrónicamente trascendente confirma y justifica los errores sincrónicos. ¿Por qué sorprenderse, o escandalizarse, de lo cotidiano si la cotidianidad consiste en dar ladridos incluso bienintencionados por mordeduras cauterizadoras? Que todos sintamos la necesidad de acertar no nos exime de la obligación de aceptar el fracaso de la tentativa y sus consecuentes gritos o gesticulaciones. Cuando se pone el grito en el cielo es porque no se tiene la cabeza en la tierra. La felicidad es imposible sin la oblación de la inteligencia. ¿Cómo creer en algo si cualquier razonamiento “definitivo” será destruido por el de otra inteligencia superior que demuestre “definitivamente” que toda conclusión incuestionable no es más que otra premisa tan indestructible como las anteriores? El escepticismo es la única estrategia contra el dolor definitivo. El escepticismo entrañado cuando la inteligencia descubre que la felicidad sólo es el anquilosamiento de los ideales por el abotargamiento de la sensibilidad.

La mujer ideal

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¿Cuál es la mujer que nunca nos defraudaría, que siempre nos amaría, que no envejecería, que siempre permanecería tan hermosa y angelical como cuando la conocimos o, incluso, cuando la inventamos? La respuesta es muy simple: aquella que vive en nuestra mente y nuestro cuerpo no consigue tocar, no consigue mirar, aquella que el tiempo no logra destruir porque existe sin tiempo, vive fuera del tiempo, ni el tiempo la marchita ni la ofende. Imagínense ustedes a un hombre enamoradamente ebrio de un sentimiento al que damos el nombre del amor; imaginemos que ese hombre busca la amada inmarchitable y la encuentra o no consigue hallarla. Si la amada muriese nada más encontrada o si fuese inventada, tendrían en común su imposible marchitabilidad, su existencia de angélica armonía en la mente del hombre buscador y amoroso. No descarten esta teoría, señores, se perdería un gran hombre equivocado. Yo hubiese querido conocerlo: todos los hombres inteligentes se encuentran muy solos en el mundo. Pero no podrá ser: aunque me parece conocerlo tanto como si yo mismo fuese el hombre a quien busco. Algunas inteligencias se utilizan a sí mismas para ahondarse en una soledad más incomunicable todavía. ¡Ah! Y si ocurre finalmente cuanto les he dicho y les digo, no me pregunten cómo lo sabía. No sé por qué lo sé. Pero lo sé. Si alguno de ustedes llega a una conclusión “inalterable” tenga en cuenta, nada más, que, por ejemplo, también Colón se equivocó acertando.

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Luis Irles

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