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Jan Neruda fue un célebre escritor y periodista checo que publicó innumerables relatos, poemas y otros trabajos literarios. Su obra más famosa es Cuentos de Malá Strana, cuya reseña –escrita por el intelectual y escritor dominicano Fidel Munnigh– pueden leer seguidamente. El escritor checo fue, al parecer, la inspiración para el seudónimo escogido por el Premio Nobel chileno Pablo Neruda, quien en realidad se llamaba Ricardo Neftalí Reyes Basoalto.  Jan Neruda está enterrado en el Cementerio de Vyšehrad, en Praga.
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Jan Neruda y los días tranquilos en Malá Strana

Por FIDEL MUNNIGH

«Cuentos de la Malá Strana» es una colección de once cuentos ambientados en el barrio natal de Neruda. La mayoría de los cuentos son relatos breves, salvo tres de ellos: «La misa de San Wenceslao», «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria? » y «Figuritas»

La literatura, ocupación solitaria y excluyente, conoce historias de pequeños hurtos y de préstamos afortunados. Pablo Neruda, el gran poeta chileno, cuyo verdadero nombre era Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, tomó prestado su apellido literario de un escritor y poeta checo del siglo XIX: Jan Neruda. Curiosamente, el destino le ha deparado mayor celebridad al deudor que al acreedor.

Jan Neruda nació en Praga en 1834 y murió allí en 1891. Fue redactor y director de varios órganos periodísticos. Estuvo ligado a las luchas políticas del llamado “resurgimiento checo”, que fue un gran movimiento intelectual y artístico de reafirmación de la identidad y los valores nacionales del pueblo checo frente a la dominación extranjera (durante siglos, el territorio de Bohemia estuvo sometido a la monarquía austrohúngara).

Como Pablo, Jan Neruda fue también poeta, pero su principal aporte a la literatura está en la narrativa breve. Escribió con lirismo y suave acento local hermosos cuentos sobre la vida praguense en el siglo XIX. Se le considera precursor de su compatriota Franz Kafka. Su obra maestra y más conocida es Cuentos de la Malá Strana (en checo “Malostranské povídky”), de 1878.

Malá Strana es uno de los barrios más antiguos y hermosos de Praga. Junto con Staré Mesto (Ciudad Vieja), forma parte del casco histórico de la ciudad, y su arquitectura resalta por la belleza singular y la quieta armonía. Allí se yergue la barroca iglesia de san Nicolás. La calle donde nació Neruda, que hoy lleva su nombre (Nerudova Ulice), es una hermosa calle empinada, empedrada de adoquines, con faroles y casas típicas de rojizos tejados y chimeneas. Caminando cuesta arriba se llega al Hradčany o Castillo de Praga, sede de los antiguos reyes checos y del presidente de la república.

Jan-neruda-Cuentos-183x300Cuentos de la Malá Strana es una colección de once cuentos ambientados en el barrio natal de Neruda. La mayoría de los cuentos son relatos breves, salvo tres de ellos: «La misa de San Wenceslao», «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria? » y «Figuritas», el cuento más largo, que es el embrión de una novela corta.

Los relatos son episodios de sus recuerdos de infancia y adolescencia en aquella Malá Strana que le vio nacer y en cuyas calles creció y descubrió su vocación de escritor. Están narrados en primera persona, por un personaje omnisciente, niño o adolescente.

Pero el verdadero protagonista del libro es el barrio: la Malá Strana, con su aroma de blancas lilas y de nata sabrosa —como la recuerda Neruda—, con sus personajes pintorescos y extravagantes, con sus tranquillas calles y su atmósfera única. Todo el libro es un homenaje al barrio, celebración y elogio de esa Malá Strana, poética y apacible, parte vital de aquella Praga dorada que fascina al visitante. En todos sus cuentos, Neruda recrea los lugares recurrentes de su infancia: la iglesia de san Nicolás, la calle de Ujezd, la puerta de Strahov, el parque de Waldstein, la colina de Petřin, la plaza de Loreto, el Hradčany, la catedral de san Vito, las fondas y tabernas de su tiempo.

Neruda es el historiador y cronista de la Malá Strana. Pero no es el historiador académico, objetivo y riguroso, sino el “otro” historiador; el escritor de vivencias, de pequeñas historias simples y cotidianas, el cronista del barrio y sus tradiciones, de la vida y suerte de tantos seres inolvidables, entrañables, que poblaron su infancia y se fijaron para siempre en su memoria y su obra.

El cuento que abre el libro, por ejemplo, «El señor Rysanek y el señor Schlegl», es un relato antológico. Es la historia de una vieja enemistad que termina en reconciliación. Dos señores mayores, Rysanek y Schlegl, frecuentan durante años la misma taberna. Sin dirigirse la palabra se sientan en los extremos opuestos de la misma mesa ante una jarra de cerveza. Son metódicos y puntuales, y realizan su visita diaria como si se tratase de un rito. Ambos se odian profundamente. Se puede adivinar el motivo de ese odio: una mujer, que se interpuso entre estos hombres y los enemistó. La mujer, esposa de uno de ellos, hace años que ha muerto, pero el rencor mutuo persiste. Neruda relata esta historia con honda humanidad.

Jan-Neruda-y-los-dias-tranquilos-215x300Otro cuento, «¿Cómo fue que el 20 de agosto de 1849, a las doce y media de la tarde, no se derrumbó Austria?», relata una aventura de infancia. Un pequeño grupo de niños praguenses sueña con derrumbar el viejo imperio austriaco, que por entonces dominaba al país checo. Planean tomar por asalto las fortalezas y matar a sus soldados. Para tal fin necesitan comprar pólvora y confían este encargo a un vendedor. Un sentimiento de candor infantil recorre todo el relato.

En los “Cuentos” desfila una pequeña galería de figuras estrafalarias que son también tipos universales: el honrado mendigo caído en desgracia, la solterona, la plañidera, el misántropo, el viejo excéntrico que guarda un “secreto tesoro”, el vendedor ambulante, los estudiantes bohemios…Neruda no premia ni castiga a sus personajes. Al igual que Chejov, simplemente los retrata como son, o mejor, como los recuerda.

El estilo de Neruda es directo y sencillo. En los “Cuentos” no hay rupturas sintácticas o morfológicas. Los relatos tienen una estructura tradicional y carecen de grandes pretensiones formales. Y, sin embargo, hay en ellos limpieza de lenguaje y pleno conocimiento del oficio de narrador.

Neruda es un escritor romántico que intenta recuperar por obra del lenguaje y la memoria un tiempo feliz: el tiempo de la infancia, su infancia. Así, recrea episodios de una Praga decimonónica de la que apenas queda ya rastro, inmovilizada en la ficción. Al leer los “Cuentos” uno no puede impedirse pensar por momentos en una obra posterior: Dublineses, de James Joyce. Creo que podría hallarse notables semejanzas entre ambos textos, tanto por la temática como por el estilo. En ambos hay un color local, nunca excesivo, y un tono personal, autobiográfico, jovial, jocoso a ratos, siempre grácil. En cierto modo, Neruda viene a ser el Joyce de los praguenses.

Los “Cuentos” están escritos con pulcritud, gracia y elegancia, con mucho amor, con mucho humor, pero sobre todo con romántica ingenuidad. He leído y releído estos Cuentos de la Malá Strana con placer y amor inmensos por Praga y por su escritor Jan Neruda, y no he podido impedirme el grato recuerdo de aquellos rincones de la Malá Strana que durante años frecuenté hasta la fatiga en largas noches de invierno y cálidas tardes de verano.

Fidel Munnigh
En mediaisla

Fue uno de los primeros asesinos en serie y sus crímenes causaron alarma pública en Valparaíso

La historia y mito de uno de los primeros asesinos en serie de Valparaíso, Emile Dubois, será llevada a la pantalla grande, en un guión que está preparando Patricio Manns, en base a su novela recién lanzada.
La singular personalidad de este francés, que llegó a Valparaíso con papeles colombianos, ha dado para una infinidad de libros, reportajes y tesis de prueba en diversas universidades. Una de las obras más importantes que se han escrito sobre su vida pertenece al periodista Abraham Hirmas, “Emile Dubois, un genio del crimen”, editada por Zig Zag en 1967. A ella se suma la novela de Manns, “La vida privada de Emile Dubois”.
“El criminal del siglo”, como fue calificado por Claudio Solar en una serie escrita en 1981, jamás confesó ninguno de los delitos que se le atribuían, especialmente los tres sangrientos homicidios. Se le califica como asesino en serie porque en ellos había varias constantes. Sus víctimas eran extranjeros o descendientes de éstos, comerciantes o profesionales y empleaba un “tonto” de goma y una daga, ensañándose en sus víctimas, destruyendo el lugar y robando especies de valor.
Tres asesinatos se le atribuyeron. Uno en Santiago y dos en Valparaíso, aparte de diversas tentativas de asesinatos y robos.

Los crimenes

El primer asesinato del que se le culpó fue cometido en Santiago el 7 de marzo de 1905, y su víctima fue Ernesto Lafontaine, contador general del molino San Pedro, en sus oficinas ubicadas en calle Huérfanos. Fuera del robo, todos los muebles fueron destrozados.
El 4 de septiembre del mismo año, ya en Valparaíso, es asesinado en la bóveda de su almacén de importaciones de calle Blanco, el comerciante de 65 años de edad, Reinaldo Tillmanns.
El 14 de octubre del mismo año, corre igual suerte un acaudalado y conocido comerciante alemán, de 55 años de edad, Gustavo Titius. Hubo robo, pero esta vez no se dio a la tarea de destrozar muebles.
El 4 de abril de 1906, en la puerta del domicilio del Pasaje Ludford de Valparaíso, agredió a puñaladas al comerciante francés Isidoro Challe, quien se recuperó más tarde de las heridas.
El 2 de junio de 1906, como a las 18.30 horas, se encontraba en su estudio el dentista norteamericano Charles Davies, ubicado en la plaza Aníbal Pinto, donde hasta hace algunos años estuvo la casa Jacob, cuando escuchó ruidos extraños en la puerta de calle, sorprendiendo a un individuo que trataba de ingresar. Increpado por Davies, el hombre negó tener malas intenciones, pero cuando conversaban, Dubois extrajo un garrote de goma y le asestó un golpe en la cabeza. Sin embargo, esto no abatió al corpulento dentista, quien comenzó a dar fuertes gritos de auxilio, lo que motivó la concurencia de varias personas, pero el atacante se dio a la fuga.
Escapó raudamente por la calle Melgarejo, perseguido por transeúntes y un guardián de facción en la plaza Aníbal Pinto, quienes gritaban “¡al pillo, al pillo!”. Frente al pasaje 6, fue tomado por el guardián. Sin embargo, logró zafarse y siguió su carrera hasta Errázuriz, donde finalmente fue capturado.

Alarma y preocupación

En el cuartel de policía dijo llamarse Emile Dubois Morales o Murralley, que era ingeniero de minas, incluso portaba tarjetas de visita como tal. En su huida había dejado caer una daga de acero que se ataba a la muñeca, un manojo de llaves ganzúas, el “tonto” de goma y una linterna.
El detenido tenía 38 años de edad y aseguró que había nacido en Francia, aunque arribó al país con que papeles que señalaban como lugar de nacimiento Bogotá, Colombia.
Los asesinatos, por cierto, causaron alarma y preocupación en la comunidad porteña.
Con grandes caracteres, El Mercurio de Valparaíso tituló el asesinato de Titius: “Nuevo crimen en el centro comercial. El señor Gustavo Titius asesinado en su oficina. Cómo se encontró el cadáver. Las primeras diligencias de la justicia. Quién era la víctima. Indignación pública por el suceso”.
En efecto, los dardos fueron directamente hacia la policía, a tal punto que algunas publicaciones incluían caricaturas ridiculizando a los jefes policiales. En tanto, más de dos mil personas presentaban solicitudes para cargar armas, a fin de defenderse del despiadado asesino.

Declaraciones a la prensa

Una hora antes del fusilamiento, Dubois formuló declaraciones a los periodistas, entre los que se encontraban dos representantes de “La Nación” de Buenos Aires.
Nuestro diario reprodujo, entre otros, el siguiente diálogo, que reflejaba la pasmosa tranquilidad de Dubois:
“Nos dirigimos entonces a hablar con Dubois. Al vernos, éste exclamó:
“Han llegado ustedes muy temprano, la ceremonia será a las 8″.
-Sí, Dubois, hemos venido cumpliendo con nuestro deber.
“Ah, ya lo sé, el deber de contar todo, es muy natural, hoy es lo más interesante”.
- Usted demuestra mucho valor, le dijimos.
“Ah, no; el valor lo demostraré más tarde, aún estoy en mi celda; cuando esté ante la boca de los rifles, entonces estaré valiente, aquí todavía no hay peligro, aquí estoy tranquilo. En mi vida he sentido el silbido de las balas muchas veces, hoy sentiré su efecto”.
- No queremos molestarlo más. Adiós Dubois, valor.
“Antes me decían ustedes, “hasta otro día”, hoy me dicen “adiós”, tienen mucha razón. Adiós, señor”.


Frente al pelotón de fusilamiento

La acuciosa investigación de la policía y del juez Santiago Santa Cruz, y la evidencia reunida, motivaron la pena capital para Dubois, luego de que por algún tiempo, luego del terremoto de agosto de 1906, la opinión pública se olvidara un tanto del caso.
El fusilamiento se llevó a cabo en las primeras horas del 26 de marzo de 1907, en la herrería de la cárcel de Valparaíso, en medio de la expectación del público, de los propios presos y de la prensa.
El Mercurio de Valparaíso dispuso toda su primera plana para un pormenorizado relato de las horas previas y posteriores a la acción del pelotón de fusileros, incluyendo una entrevista al francés.
Cuando enfrentó a los fusilero, se negó, con una presencia de ánimo a toda prueba, que le vendaran los ojos, y luego pronunció un tranquilo discurso a los presentes, terminando con la palabra, en tono de orden: ¡Ejecutad!
El día anterior se había casado en la cárcel con su conviviente Ursula Morales, que no escatimó esfuerzos para lograr el perdón o indulto de Dubois. En el mismo acto reconoció a su pequeño hijo. Sus restos fueron sepultados en algún lugar del cementerio de Playa Ancha. En el sitio en que la tradición dice que están sus restos, se ha iniciado, desde hace muchos años, una veneración por Dubois, y son innumerables la placas y testimonios de los favores concedidos por la “animita”.

El discurso

En los instantes previos a la ejecución, Dubois se mostró altivo, pero cortés y a veces sonriendo, causando sorpresa entre los presentes. De pronto, y como quien recuerda algo, mientras fumaba un puro, dijo:
“Público, tengo que hablaros de algo…”
Dijo que había sido condenado injustamente por el magistrado Santa Cruz y que su solicitud de indulto había sido denegada por el presidente Montt.
“Se necesitaba un hombre que respondiese de los crímenes que se cometieron, y ese hombre he sido yo. Muero pues inocente, no por haber cometido esos crímenes, sino porque esos crimenes se cometieron.
Luego sonó la descarga. Enseguida, el tiro de gracia.
Dubois había muerto y nacía el mito.

ALFREDO LARRETA
http://www.mercuriovalpo.cl/

“La Guerra de la oreja de Jenkins”  o el  “Sitio de Cartagena de Indias”  fue el último episodio, o desenlace, de uno de tantos conflictos armados entre España y Gran Bretaña, ocurrido durante el siglo XVIII.

En la época para los ingleses era muy importante disponer de plazas fuertes en tierra firme del Golfo de México, que querían convertir en inglés y en el que ya disponían de algunas islas. No era la primera vez que intentaban poner pié en la costa, atacando ciudades o puertos poco protegidos, algunas veces con éxito momentáneo pero que siempre fueron reconquistados por los españoles. Como fondo de la cuestión estaba el dominio de los mares, que los españoles ostentaban desde hacía siglos y el Reino Unido quería (y estaba en camino de) obtener.

Dentro de este panorama, los problemas del contrabando y el corso en el Caribe eran corrientes en la época y afectaban por igual a ambas potencias, aunque con ventaja española. Los ingleses reconocen haber capturado 231 buques españoles frente a 331 ingleses capturados por los españoles, hasta septiembre de 1741, mientras que los recuentos españoles hablan de 25 frente a 186, y aunque pueden ser cifras infladas, ambos recuentos reconocen ventaja para los españoles.

La historia inglesa conoce esta guerra por el nombre de Guerra de la Oreja de Jenkins. Y precisamente uno de los muchos problemas de contrabando, ocurrido en 1738, fue el que dio origen a este curioso nombre, cuando un guardacostas español, al mando del capitán Julio León Fandiño,  apresó en el Caribe a un capitán contrabandista inglés, Jenkins, y en castigo le cortó una oreja al tiempo que le decía: “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.

En octubre de 1739, tras conocerse el incidente de la oreja, en el Parlamento británico se consideró la frase de Fandiño una ofensa al rey, merecedora de la declaración de guerra a España; es decir, una ocasión más para conseguir el ansiado predominio de los mares.

La guerra

El almirante Sir Edward Vernon, atacó Portobelo en el itsmo de Panamá- escasamente defendido- con éxito (este suceso da nombre a la calle Portobello Road, en Londres) mientras las fuerzas del Comodoro Anson, con el navio “Septentrión” y dos buques menores acosaba las colonias del Pacífico Sur, como maniobra de distracción, pero sin producir daños apreciables.

Tras ese triunfo inicial, Vernon decidió dar un golpe más importante, para lo que reunió una formidable flota de 186 buques, con 23.600 hombres, armada con 2.000 cañones, que salió desde Port Royal (Jamaica) y llegó a principios de marzo de 1741 a Cartagena de Indias, la ciudad más importante del Caribe, a la que llegaban todas las mercancias del comercio entre España y las Indias. La flota era, probablemente, la más grande jamás reunida (superaba en más de 60 navíos a la Gran Armada de Felipe II).  “La historia no volvería a ver una batalla anfibia de tal magnitud, hasta el desembarco de Normadía dos siglos después”.

La ciudad estaba defendida por Blas de Lezo, marino con experiencia en batallar con los ingleses, que disponía solamente de unos 3.600 hombres y de una flota de 6 buques. La mayor experiencia de Lezo en batalla, que produjo entre los ingleses bajas muy grandes en las batallas y las enfermedades que se produjeron entre los tripulantes de la flota inglesa (porque los españoles no los dejaban desembarcar), acabaron con un completo desastre para los atacantes, que se retiraron el 20 de mayo de 1741. Habían perdido tantos hombres que, al retirarse, tuvieron que incendiar algunos navíos por falta de tripulantes.

Sin embargo, Vernon había enviado ya mensajes a la Gran Bretaña diciendo que había sido un triunfo, y hasta se llegaron a acuñar medallas en las que se representaba a Lezo de rodillas entregando su espada a Vernon (que llegaron a circular por España con gran burla de la gente). Pero los ingleses empezaron a preguntarse cuando volverían los navíos y hombres que faltaban, y se descubrió la verdad, por lo que el rey Jorge II de Inglaterra, avergonzado, prohibió a sus cronistas que hicieran mención alguna de tal suceso. Vernon murió en 1757, repudiado y olvidado por su pueblo.

Tal “olvido oficial” resultó nefasto para el almirante Nelson que, convencido de que los españoles sabían construir buques, pero no pelear, intentó tomar Santa Cruz de Tenerife (56 años después, en julio de 1797), perdió un brazo, 1500 hombres y salió derrotado.

Como resultado de esta batalla quedó afirmado el dominio español sobre los mares durante 60 años más (que perdería definitivamente en la batalla de Trafalgar). Y además,  no acabaron ahí los descalabros ingleses en el golfo, pues en 1781, el gobernador español de la Luisiana, Gálvez, consiguió echarles de la última colonia inglesa en tierra firme del Golfo, la Florida, lo que fue confirmado por el Tratado de Versalles (1783), quedándose nada más que con la isla de Jamaica.

La Guerra de la oreja de Jenkins se continuaría en la Guerra de Sucesión Austriaca.

Fuente: Enciclopedia Militar El Gran Capitán


Durante mi último viaje a la estancia “Patagonia Bay”, lugar en el que un grupo de amigos estamos iniciando la construcción de un refugio a orillas del Lago General Carrera –Patagonia de Aysén–  donde poder escaparnos del mundanal ruido, tuve ocasión de escuchar y vivir una historia que no puedo borrar de mi mente, por lo fantástica e increíble que parece.

 

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Observen el ángulo inferior izquierdo, donde se refleja la sombra.

Me encontraba con mi amigo Fernando en la desembocadura de uno de los tantos ríos que desaguan en el Carrera. Íbamos a comenzar allí una nueva jornada de pesca y –mientras preparabamos las cañas y las artes– disfrutábamos de un paisaje de indescriptible belleza y de un reconfortante mate con el que combatir el frío. A esas tempranas horas de la mañana –y en pleno otoño austral– la temperatura era muy baja, pese a asomar tras las montañas unos  brillantes rayos de sol que prometían un hermoso día despejado. Repentinamente, aparecieron tras la penetrante arboleda que nos rodeaba dos “baqueanos” que fueron reconocidos de inmediato por mi amigo Fernando, que nació y pasó toda su juventud en la zona. Notamos que, tras dirigirnos un rápido pero atento saludo, picaron con sus típicas espuelas chilenas las sudadas cabalgaduras con la intención de alejarse cuanto antes de la rivera del lago, como si los persiguiera el diablo. Al darse cuenta, mi amigo les gritó: “¡Chanten la moto, muchachos! ¿Qué les pasa? ¿Les persigue acaso algún león?”

monstruo 2Nos habían comentado que, un par de días atrás, habían sorprendido muy cerca del lugar a una pareja de pumas acechando a los animales que crían los campesinos de la zona. Debido a los frios y a la falta de alimentos en los cerros donde habitan, estos hermosos felinos están empezando a aproximarse demasiado a las poblaciones y ranchitos de los lugareños.

Los dos hombres detuvieron sus caballos y volvieron hacia nosotros: “No patrón, es que vimos nuevamente al “engendro del lago”… ¡Se lo juro!”, dijo uno de ellos con voz alterada. Parecían sobrios, así que Fernando –con una medio sonrisa en su rostro– le espetó: “Momentito, Lautaro. ¡Cálmese, pues hombre..! usted es un baqueano recio. ¿Qué mierda le está pasando..? Cálmese, tómese un matecito y cuéntenos con detalle.”

Así que, por segunda vez, escuché de boca de un lugareño la fantástica historia de la aparición de un extraño animal marino que empezó a avistarse cerca de las Catedrales de Mármol del Lago General Carrera, tras la erupción del volcán Hudson en agosto de 1991. Yo, sinceramente, nunca he creído demasiado en estas leyendas (incluida la del Monstruo del Lago Ness), pero debo reconocer que existen muchos informes sobre extrañas bestias acuáticas aún por identificar en muchos lagos del mundo. Es, ciertamente, uno de los enigmas más fascinante de hoy día para bastantes zoólogos y –según recuerdo haber leído en alguna revista– existen en nuestro planeta unos treinta lagos que albergan un monstruo en sus aguas: “Nahuelito”, llamado así porque según dicen habita el argentino lago Nahuel Huapi –no demasiado lejos de aquí si tenemos en cuenta las enormes distancias patagónicas–, es el primero que se me viena a la cabeza.

monstruo 3Lautaro, el mayor de los lugareños, logró finalmente relatarnos lo vivido por ellos minutos antes. Según él –y su tono de voz me pareció absolutamente sincero– cuando volvían de Puerto Tranquilo  escucharon un ligero chapoteo no muy lejos de la orilla del lago. Cuando ambos miraron en dirección a ese punto, pudieron observar una misteriosa criatura, de unos seis metros de largo, que emergió lentamente de las aguas para volver a hundirse en ellas pocos instantes después. “Parecía una serpiente, don Fernando… tenía la piel lisa en la parte delantera del cuerpo y medio escamosa en la cola… Es verdad lo que le estoy contando, patrón… Otra gente también lo ha visto en el lago…”

Tranquilizamos al buen hombre –su compañero no habló en ningún momento– y le dijimos con un falso tono de humor que no se preocupara, que él no era pescador y tampoco se iba a meter en el agua con este frío. Pero Lautaro seguía con una expresión seria en su rostro, y se despidió de nosotros con gesto apurado. Mi amigo y yo nos miramos, después giramos al mismo tiempo nuestras cabezas en dirección al lago y nos encogimos de hombros… Estuvimos pescando más de cuatro horas y capturamos un par de enormes salmones, pero en aquella ocasión no vimos al “monstruo” del Lago Carrera.

Mientras volvíamos a Patagonia Bay, sin hablar demasiado y todavía impresionado por la historia que nos había contado Lautaro, yo monstruo 4pensaba para mí: ¿Realmente existe un extraño ser en el Lago Carrera? ¿Es posible que un reptil marino de tales proporciones sobreviva en aguas tan frías y australes? Le hice estas preguntas a Fernando, pero me respondió con evasivas… “Tal vez el tiempo, y con suerte un pescador que capture a la bestia lo dirá…”, dijo finalmente. Dos semanas después de mi viaje a la Patagonia de Aysén — y ya de nuevo en Viña del Mar– recibí un mail de mi amigo en el que me adjuntaba las cuatro fotos que pueden ver en este post. Sólo había escrito: “Querido Luis: ¿Nos acecha el monstruo del Lago Carrera..? Tal vez el tiempo lo dirá.”

Luis Irles

Una vida de novela es la de esta belleza chilena, de origen boliviano, que deslumbró en los salones europeos y se convirtió en mecenas de los artistas más importantes de las vanguardias. Por su parte, fue señera en un concepto decorativo cercano al minimalismo y fue, probablemente, la primera en colgar un cuadro de Picasso sobre una cómoda francesa del siglo XVIII. Encarnó todo el esplendor de la Belle Epoque, siendo musa inspiradora.

eugenia huici 1Eugenia Huici de Errázuriz, por John Singer Seargent

Eugenia Huici Arguedas, hija de un acaudalado matrimonio boliviano afincado en Chile, nació en 1860 en el fundo familiar de La Calera. Desde niña destacó por su extraordinaria belleza que, sumada a sus impecables modales y distinción, la transformaron en una de las grandes exponentes femeninas de la Belle Epoque. De la vida rural chilena, de la zona central, pasó a estudiar a las Monjas Francesas de Valparaíso, casándose, a muy temprana edad, con el millonario pintor José Tomás Errázuriz Urmeneta, heredero de una incalculable fortuna y provisto de grandes relaciones sociales en el mundo.

Su primer año de casada lo pasa en la Hacienda Panquehue, donde tiene un hijo que muere a poco de nacer. Pero el espíritu de Eugenia estaba llamado a ser parte de los grandes procesos intelectuales, artísticos y estéticos que se estaban viviendo en Europa, con Paris como epicentro. Dueña de juventud, fortuna y relaciones convence a su marido, también interesado en desarrollar su arte, de trasladarse a la capital francesa. Su cuñado, el pintor, político y diplomático Ramón Subercaseaux era el cónsul en esta ciudad y estaba casado con otra belleza sudamericana, Amalia Errázuriz. Agreguemos que ellos son los abuelos de nuestro destacado y también refinado esteta, Senador Gabriel Valdés.

Eugenia, por Jacques-Emile Blanche

Eugenia, por Jacques-Emile Blanche

Se integra así a la alta sociedad parisina, conociendo a Sargent, Rodin y muchos artistas de renombre que no tardan en retratarla. El palco del cónsul era llamado “le balcon fleuri”, por las bellezas que se dejaban ver, destacando entre todas Eugenia Huici. En 1900 se traslada a Londres donde vive seis años, ampliando considerablemente sus relaciones con la alta sociedad. Pasa también una temporada en Madrid, donde traba amistad con Diaghilev y Stravinsky. Superada la Primera Guerra Mundial, vuelve a Francia.

Su concepción estética ya se había manifestado en espacios de gran simpleza, y casi minimalistas, que se adelantaron a su época. Su amistad con Cocteau la llevó a conocer a un joven Picasso con el que queda inmediatamente fascinada, convirtiéndose en su mecenas, amiga y confidente. Cuelga sus pinturas en muros blancos, desprovistos de molduras y acompañados de muebles de época de gran factura. El árbitro social y esteta por excelencia, Cecil Beaton, ensalza las atmósferas que Eugenia genera y el diseñador Jean Michel Frank la menciona como una de sus fuentes inspiradoras en la creación de ambientes.

Devota de las vanguardias pierde interés en la pintura tradicional y académica de su marido. Empieza a frecuentar Biarritz, donde adquiere una hermosa villa, que llama “La Mimoserie”, por la cantidad de mimosas que en su jardín florecían. En ella recibe frecuentemente a Picasso, quien pinta deslumbrantes murales en sus paredes. En tanto, ella lo aconseja y lo introduce en la alta sociedad, donde el cubismo aún no se conocía, además de apoyarlo financieramente. Stravinsky y el poeta Blaise Cendrars son otros de sus protegidos, a los que acoge, orienta y financia.

Queda viuda en 1927 con tres hijos, viendo su fortuna bastante menguada. Nunca se preocupó de las finanzas y sólo sabía gastar dinero en cosas bellas, atendiendo a sus amigos artistas. Piensa, entonces, volver a Chile. Casi todas sus amistades de juventud, representantes de la vida esplendorosa chilena y que dejaron en los salones europeos cuantiosas fortunas, ya habían regresado a su tierra natal. Le pide a Le Corbousier los planos para construir una casa en Viña del Mar. El proyecto es ejecutado en 1931 pero, por paradojas de la vida, la “Villa Eugenia” termina construyéndose en Japón.

Madame Errazuriz, por Picasso

Madame Errazuriz, por Picasso

Continúa viviendo en Biarritz, pero sus grandes amigos, dueños ya del aprecio y reconocimiento mundial, la visitan cada vez menos. Acostumbrada a recibir elogios por toda una vida, le cuesta asumir que su belleza va disminuyendo y que se va transformando en una encantadora anciana. La salud, la juventud dorada y el dinero se han ido. Los tiempos de guerra se hacen sentir con la escasez y termina refugiándose en una pieza de su otrora concurrida casa, aunque sin perder el exquisito gusto con que disponía de sus posesiones. Su hijo Max ha muerto y la soledad la embarga.

Finalmente, terminada la Segunda Guerra Mundial, sube por primera vez a un avión para regresar a Chile. Sobrevive a un atropello y, ya con noventa años, se va apagando sin ganas de seguir viviendo. Atrás queda la leyenda y la imagen glamorosa, las pinturas esparcidas por el mundo de Sargent, Picasso, Helleu, Blanche y Boldini. La Mimoserie fue vendida y sus pinturas de Picasso también. Todo se fue y, como la mayoría de los chilenos que se convirtieron en estrellas cosmopolitas de los salones de la alta sociedad europea, terminó volviendo a su tierra natal cuando el oropel se extinguió. Sin embargo, su concepto, su gusto y su intuición dejaron una huella decisiva en las artes decorativas que perdura hasta hoy.

Por Cecilia García-Huidobro
fuente: nuestro.cl

Mucho se ha escrito y mucho se ha hablado de la “aventura equinoccial” de Lope de Aguirre…

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…llamado loco, traidor, peregrino y Libertador, entre otras muchas cosas. Para Unamuno se trataba de “un desesperado consciente de su desesperación”; a Pío Baroja su historia le “producía un poco la impresión que produce a niños Guignol cuando apalea al gendarme y cuelga al juez. A pesar de sus crímenes y atrocidades, Aguirre me era casi simpático” (Las inquietudes de Xanti Andía). Ramón J. Sender, Giovanni Papini, Caro Baroja, Otero de Silva, el primer Fernando Savater, Abel Posse, fueron algunos de los muchos escritores y ensayistas que han tratado este fascinante personaje que después de la película de Werner Herzog tiene para nosotros el rostro delirante de Klaus Kinski; un rostro que no nos haría olvidar el ceñudo de Omero Antonutti (“Padre Padrone”) en la versión televisiva de Carlos Saura (El Dorado), más rica en medios pero muy inferior.

A pesar de que durante mucho tiempo, Aguirre ha figurado entre los “malditos” de la historia, nadie podrá subestimar el relato de alguien que recorrió el temible Amazonas dirigiendo a un grupo de hombres, todos vestidos con cosalete y su loriga, sin apenas dormir, navegando en balsas averiadas. Que llegó hasta el mar, guerreó contra las ciudades del rey Felipe II, al que declaró la guerra por injusto y felón, que creó ciudades y se hizo temer y respetar porque su fiereza y crueldad no conoció límites…

La conquista y la colonización de Latinoamérica fue una aventura llena de grandezas y miserias descomunales., Su objetivo fueron el oro, las posesiones y le conversión de un territorio gigantesco y erizado de dificultades. En su época, finales del siglo XVI, fue como un inmenso polo de atracción para todas aquellas personas que aspiraban a enriquecerse aunque fuera a costa de toda clase de sacrificios. No atrajo a los bien situados, sus protagonistas fueron principalmente los aventureros, soldados, plebeyos, desarraigados misioneros, perseguidos por la justicia… Gente que huía del medio que le circundaba y trataba de hallar algo distinto, la riqueza, el poderío, la influencia, y porque no, otra manera de vivir.

El protagonista inicial de esta aventura es don Pedro de Ursua que había conseguido que el rey le facilitara los medios propicios para emprender la conquista de la ciudad mítica de El Dorado —la encarnación poética de los tesoros indianos-  según Ciro Bayo.

Ursua fue un capitán navarro, agraciado físicamente y con una gran voluntad emprendedora. Su tesón y su gran confianza en si mismo le creó amigos y enemigos. Llegó muy joven a la conquista pero pronto se destacó. Explorará con éxito los territorios de Nueva Granada (Colombia) y fundó las ciudades de Tudela y Pamplona. Después descubrió una mina de oro en el terreno de los indios “chitareros”, redujo a los indios “musos”. Sus éxitos y su seguridad levantaron ampollas y conoció grandes problemas en la región. Tuvo que escapar. Acudió entonces al virrey del Perú, D. Eduardo Hurtado de Mendoza, quien para probarlo le confió una expedición para reducir a los negros cimarrones que mandados por su rey Bayamo amedrentaban a las autoridades españolas. Mostrando su capacidad y su astucia, Ursua logró reducir al rey negro y traerlo encadenado al Perú. Como premio el marqués de Cañete le confió la misión de El Dorado.

Fue él el que la organizó y el que la inició. Tan seguro andaba que no dudo ni en alistar gente de lo más dudoso, ni de transportar a su amante, la hermosa criolla Inés de Atienza, una aventurera. Por ella, Ursua descuidó el mando y creó un clima de animadversión contra él entre los expedicionarios con los que se mostró arrogante e injusto.

lope 2

Lope de Aguirre era de otro calibre. Era mayor (nació entre 1511 y 1515) y sólo había conocido frustraciones. No está clara su participación en la rebelión de Gonzalo Pizarro en Perú contra la corona, pero es indiscutible que esta experiencia fue para él decisoria. Alimentó después la convicción de que de haberse orientado bien podría haber “desnaturado” Perú de España. Castigado por el licenciado Esquivel, no se detuvo hasta que lo asesinó. Escapó pintado de negro cuando lo habían condenado a muerte. Participó en el complot de Sebastián de Castilla en Charcas. En 1559 se enteró que se otorga el perdón a los que querían acompañar a Ursua y aparece, entonces, acompañado de su hija Elvira para alistarse.

La leyenda de El Dorado quitaba el sueño a los conquistadores. Hasta los más satisfechos no dudaban que era cierta. Se creía que estaba en algún lugar al gran río Marañón o Amazonas. Aguirre prefería la primera denominación, por eso llamaba a sus soldados “marañones”.

Allí vivía el príncipe Dorado que, como se suele decir, nadaba en oro. El día del gran ceremonial de este pueblo desconocido, el príncipe era cubierto con láminas de oro. Todos los habitantes, todos los edificios rezumaban este preciado metal. Todo parecía posible y todo se ponía en el asador por este empeño mítico. Se ha dicho que el Dorado —palabra universalizada que designa la búsqueda de un tesoro incalculable e inexistente— existió, que fueron en concreto las Minas Geraes del Brasil que -hasta el siglo pasado- dio una grandiosa producción de oro y piedras preciosas. Pero lo cierto es que nadie encontró nunca el sueño de oro que proseguía a través del Amazonas y la indomable selva que le rodea tragándose a todos los que osaban profanarla.

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poisonPoussin. Paisaje con el entierro de Foción, 1648

Mientras esperamos que nos llegue una buena historia marinera o de espionaje (quedan aplazados momentáneamente los posts en los que aparezcan pintores, sea cual sea el pigmento que utilicen) improvisaremos ésta al estilo de los más eficaces ingenieros de la imaginación: sobre el suelo un espejo y colgando a él una lámpara. El amigo cuyo nombre olvidé, adoptó un aire confidencial y me reveló el primer secreto de un escritor. Sabía que su mente se encrespaba como la mía, capaz la de él de improvisar en los ratos de soledad el entramado a uno de los muchos artículos que hacía tiempo había leído con interés. Estaba angustiado –te basta una libreta, dijo, para atrapar una idea (así, como los coleccionistas de tantas otras cosas, vi de inútil al maestro), la apuntas y luego viene todo el proceso de elaboración. Había esparcido aquellas hojas en las revistas mayores y menores, al uso, y en los periódicos de diversas tendencias. Fue su obra.

Un par de días después de haber desembarcado en Veracruz, me dijeron que había muerto, o simplemente que se había ido, o quizás que no estaba. Desde entonces, como homenaje al maestro, he intentado recopilar su obra, he braceado en hemerotecas, paso las tardes calentando las manos al coñac o viceversa, inútil. La libreta se deshace o se deshizo tiempo atrás, y del hombre, de mi maestro, sólo queda (lo encontré en un anticuario), aquel espejo. Enciendo la luz, miro, intento recomponer su rostro, y lo empapela el olvido de su obra.

Quizás esto me lo sugiere Joseph Conrad, en El negro del Narcissus, a las que hurto, por dictar:

–¿De quién es, muchacho? -señaló el féretro.
–De un poeta, señor.
–¿Un poeta?
–Sí, pero no me acuerdo cómo se llamaba…
–Entonces no importa… Dios tenga piedad de ti, don Foción de mi alma.

¿Porqué relato la historia de la Isla de San Borondón, cuando este post lleva por título “La Isla Podestá o Isla Fantasma”? Resulta que buscando con Google Earth los islotes de “San Félix y San Ambrosio” (pertenecientes a Chile), observé un pequeño punto -al oeste de las mismas- que indicaba la presencia de una minúscula porción de tierra. Al aumentar la potencia del zoom me llevé la sorpresa de leer “Isla Podestá“. Seguí acrecentando la potencia del zoom y, súbitamente, tanto el nombre como el puntito blanco desparecieron… Muy intrigado recurrí (una vez más) a Wikipedia para comprobar si realmente existía, ya que durante los muchos años que navegué e hice acopio de amplios conocimientos de geografía, nunca escuché mención alguna sobre ella. Fue así como encontré la fascinante historia de esta isla que me recordó la misteriosa leyenda de la Isla de San Borondón, y que paso a relatarles seguidamente.

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Ínsula de San Borondón

Las Islas Canarias son siete… y sin embargo, se busca una octava. Se trata de la isla fantasma, la isla misteriosa, la isla de San Borondón. San Borondón es la forma canaria de Saint Brendan o Saint Brandan de Clonfert,  monje irlandés, protagonista de uno de las leyendas más famosas de la cultura celta: el viaje de San Brendan o Brandan a la Tierra Prometida de los Bienaventurados, las islas de la Felicidad y la Fortuna.
     
Según la tradición irlandesa, Brendan era un monje de Tralee -en el condado irlandés de Kerry- ordenado sacerdote en el año 512 d.C. Partió junto a otros 14 monjes en una frágil embarcación que se internó en el Atlántico. Brendan y sus compañeros, llegaron a una isla en la que desembarcaron. Estaba llena de árboles y otros tipos de vegetación. Celebraron misa, y de pronto la isla comenzó a moverse. Se trataba de una gigantesca criatura marina, sobre cuyo lomo se encontraban los monjes. Después de muchas peripecias, Brendan consiguió regresar a Irlanda.
    
Lo cierto es que desde el siglo XV -a lo largo del cual las Islas Canarias son conquistadas- comienzan a oírse los relatos de una octava isla, que a veces se divisaba al oeste de La Palma, El Hierro y La Gomera. Cuando los navegantes intentaban aproximarse a ella, y se encontraban a la vista de sus costas y montañas, la isla era envuelta por la bruma y desaparecía completamente. Evidentemente, la isla fue rápidamente identificada con la mítica isla-ballena de San Brendan, cuyo nombre se convirtió, en Canarias, en “San Borondón”.

En algún tratado internacional firmado por el Reino de Castilla -haciendo referencia a Canarias- se hablaba de la soberanía Castellana sobre “las islas de Canaria descubiertas y por descubrir” (como quien dice “por si acaso”…) La isla fue llamada “Aprositus” y en otras versiones de la leyenda recibe el nombre de “Antilia” o “Isla de las Siete Ciudades”, villas que se suponían fundadas por siete legendarios obispos. En los archivos del siglo XVIII aparecen investigaciones oficiales realizadas por las autoridades de la Isla del Hierro, en la que declaran decenas de testigos que afirman haber visto la isla encantada desde las cumbres herreñas. A raíz de ello partió de Santa Cruz de Tenerife una expedición en busca de la isla.

 fantasma

Isla Podestá o Isla Fantasma

Isla Podestá es el nombre que se ha dado a un supuesto islote que fue reportado como avistado en 1879 en el sureste del Océano Pacífico frente a las costas de Chile y cuya existencia no ha sido probada con nuevos avistamientos. Fue presuntamente descubierta por un marino italiano de apellido Pinocchio, capitán de un navío llamado “Barone Podestà” en 1879, quien la describió con una pequeña isla ovalada con una circunferencia de algo menos de una milla y de 40 pies de altura, a 1.390 km al oeste de la ciudad chilena de Valparaíso. Inicialmente se difundió la noticia de que se hallaba a 870 millas náuticas de las costas continentales de Chile. Algunas fuentes señalan que Pinocchio reportó la isla en Chile y otras, que lo hizo en Italia al regresar de su viaje.

Hasta 1935 figuró en las cartas náuticas de los Estados Unidos pero desde entonces, al no ser encontrado indicio cierto de su existencia se la retiró. Algunas fuentes no confirmadas indican que en 1974 la Armada de Chile comunicó haber encontrado algunos islotes que se sumergían durante la marea alta a coordenadas 32°15′S  – 89°08′W  como una eminencia de la cordillera submarina llamada Cordón Roggeveen.

Ha permanecido incluida en mapas cartográficos chilenos como por ejemplo el Derrotero de la Costa de Chile Vol. N° 1 “De Arica a Canal Chacao”, y se aclara, sin embargo, que su ubicación geográfica es incierta y su registro tiene como objeto advertir a los navegantes de los posibles peligros que su existencia tendría para la navegación. No ha podido ser identificada mediante imágenes satelitales y la inexactidud -en la determinación de su posición en 1879- se considera como causa probable por la cual no ha vuelto a ser hallada. 

Pero como pueden ver, al igual que en el tratado firmado por el Reino de Castilla -sobre la soberanía de la posible octava isla Canaria- también aquí hemos hecho lo mismo por si acaso..”

 

Fuentes: Wikipedia y Mundo Paranormal.

Reconocida como la montaña más bella y, por mucho tiempo, considerada como la más difícil de escalar del mundo, principalmente porque no importa por dónde se la encare habrá que ascender por una  pared granítica en vertical de al menos 1200 metros. Las difíciles condiciones y variabilidad climática de la zona hace que sea imposible planificar un ascenso de muchos días. Cerro Torre, la montaña más alta de una cadena de cuatro picos: Cerro Torre, Torre Egger, Punta Herron, y Cerro Standhart, ubicada en la Patagonia -al oriente de los Campos de Hielo Sur y a unos kilometros del Fitz Roy- en disputa entre Chile y la Argentina.

Ayer me impresionó profundamente el artículo publicado -en en su blog de “El Mercurio”- por nuestro gran andinista Mauricio Purto, el cual me permito divulgar por su gran interés y mi amor profundo a nuestra Patagonia.

La travesía del Cerro Torre

“Hay aventuras que están al filo de lo imposible. En esto confabulan la calidad del terreno y el tiempo que se deben sostener la dificultad y el esfuerzo. Por ejemplo, la Gran Herradura, la travesía desde el Hombro Oeste del Everest, pasando por su cumbre, luego la del Lhotse y la del Nuptse, para descenderlo hasta el Valle del Silencio o por la vertiente opuesta.

Reinhold Messner, el primer hombre en escalar todas las montañas de más de ocho mil metros, la tuvo entre sus sueños de despierto, y dijo que era un problema para el siglo XXI. Entonces, yo pensé en dos polacos, Jerzy Kuckuzca y Krzysztof Wielicki, quienes no fueron, y en un par de eslovenos. Han pasado treinta años y parece que Messner tendrá la razón. Tarea pendiente.

Pero muy cerca, en la Patagonia, otra escalada titánica pone fin al sueño de varios inspirados que no cejaron en el imposible de realizar la travesía del cerro Torre, que de norte a sur recorre la línea de cumbres de la aguja Standhardt, la punta Herron, la torre Egger y el cerro Torre, con una escalada total de 2.200 metros.

Los primeros en echar este sueño a la realidad fueron los italianos Andrea Sarchi, Maurizio Giarolli, Elio Orlandi y Ermanno Salvaterra, con serios intentos durante los años ’80 y principios de los ’90.

En 1991, Salvaterra mostró el camino. Con Adriano Cavallaro y Ferruccio Vidi escalaron la Punta Herron, un primer ascenso, que abrió la ruta por el norte: el bello Spigolo dei Bimbi, traducido “Espolón de los niñitos”. Y a principios de 2005, Thomas Huber y su compañero suizo Andi Schnarf dieron más luces: pudieron con la travesía de la Torre Standhardt a la Torre Egger, escalando la Standhardt vía Festerville, continuando a la Egger y descendiendo por la vía Titanic a través del filo Este de la Egger.

El Arca de los Vientos era el pedazo del puzzle que faltaba para mostrar el recorrido completo de una eventual travesía por estas escarpadas cumbres: una ruta nueva que sostuvieron Salvaterra, Alessandro Beltrami y Rolando Garibotti, en la pared norte del cerro Torre… Por fin una línea completa desde el Col de la Conquista hasta la cumbre del cerro Torre.

Salvaterra volvió dos veces en 2006 y a finales de 2007, primero con Beltrami y Garibotti, y luego con Alessandro Beltrami, Mirko Masse y Fabio Salvodei, cuando escalaron la Torre Standhardt por la vía de Salvaterra. Luego escalaron la Torre Herron y la Egger. Iban muy bien, y continuaron, descendiendo al sur hasta el Corredor de la Conquista, para escalar el cerro Torre y poner fin al formidable envión… Pero sólo escalaron un largo del cerro Torre antes de su retirada.

Poco después, inclaudicable, Ermanno Salvaterra se asoció con Colin Haley. Corre el verano de este año y es 21 de enero. Las condiciones meteorológicas no son propicias. Pero igual parten. Los fuertes hermanos Huber desisten… Quedan dos hombres para el desafío… Un desafío que resulta duro por los tramos de escalada mixta que los consumen en el cansancio. Pero lo logran… Coronan el Torre sin comida y bajan por la ruta Ferrari, con un hito en la historia de la escalada patagónica “in tasca”, “en el bolsillo” del gran Ermanno Salvaterra.”

Mauricio Purto

Cerro Torre y el Fitz Roy

Les recomiendo vean en You Tube:  Cerro Torre -El Arca de los Vientos- 1 y 2

Luis Irles

Amigo Luis: Me he sentado frente al ordenador con la intención de escribir algo para tu blog. Hace ya algún tiempo que me lo pediste y no quisiera quedar mal contigo. Sin embargo, se presenta un pequeño problema: no me siento demasiado inspirado. Ante mí se presenta una pantalla en blanco. No sé cómo puedo empezar y, mucho menos, qué escribir. 

Contemplo el arce del jardín. Todo el mundo en la playa y yo mirando absorto cómo un mirlo corretea sobre la hojarasca y picotea la tierra. Creo que dejaré lo del post para más tarde, así que elijo un libro y me dispongo a leer. Es de Carlos Castaneda, a quien el nagual don Genaro le dedicó un poema: “Carlitos es un chingón: un poco poeta, loco y cabrón”… Un improcedente desasosiego viene corroyéndome esta tarde y me doy cuenta que no podré concentrarme en ninguna lectura. Pruebo con un cómic de Flash Gordon. No aguanto con él ni diez minutos seguidos.

Descubro, de repente, que conservo varios pliegos de excelente papel y material de dibujo. Me dispongo a dibujar algo. Me animo y comienzo esbozando un paisaje onírico. Otra vez noto algo inquietante: que mi dibujo es desganado y desaliñado, no es nada original. Sé que dibujo muy bien, pero parece que hoy no es mi domingo, así que dejo la actividad artística y me pongo a pensar. “Voy a llamar a alguien, a ver si quedo para tomar unas copas y platicar”. Descuelgo el teléfono y llamo a Manolo. Nadie responde. Debe estar por ahí de excursión, por los pueblos de la montaña. Qué se puede hacer, si no, un domingo de tórrido verano. Llamo entonces a Carlos. Se pone al teléfono y me dice que está leyendo y muy a gusto en su casa, que no le apetece salir, que los domingos son para estar en casa tranquilo y descansando para el duro lunes.

Desisto de llamar a nadie más. Me dirijo a mi sala de meditación. Me pongo el kesha negro para darme más ánimo y seriedad y me siento desganado en mi zafu. Comienzo conformando la postura correcta e inspirando y espirando por la nariz con la lengua pegada al paladar. Enderezo mi nuca y la trato de poner en línea recta con la columna vertebral. Voy balanceando suavemente la cadera hasta conseguir una aceptable verticalidad. Retraigo mi mentón, me aseguro de que mis piernas no sufran en medio-loto, dejo caer mis hombros, mis manos están perfectamente dispuestas y los dos pulgares rectos, “ni valle ni montaña”. Me digo que he de observar el pasar de los pensamientos, estar alerta y no caer en la corriente mental. Me concentro en la respiración, adviene lentamente una paz que va disipando, poco a poco, ese improcedente desasosiego. Me encuentro bien. Ya no hay pensamiento alguno que transcurra. No hay diálogo interno. De pronto me doy cuenta de que estoy sumido en un estúpido pensamiento que me atrapó, inconscientemente, segundos atrás. El pensamiento que me piensa trata de una imagen en la playa. No he sabido observar el pensamiento y me he rebelado contra mi inatención. Reduzco el ritmo de mi respiración. Me sumerjo en un lago de tranquilidad y suena el teléfono. Me levanto rápidamente. Hace cinco minutos que emprendí la aventura interior y ya ha sido abortada.

-¿Sí? 
-¿Está Nancy?
-Se ha equivocado. Aquí no hay ninguna Nancy.

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Me esperaba mi querido amigo patagón, Fernando, –en el aeropuerto de Balmaceda, en su viejo y destartalado jeep–  para por fin, después de tanto soñar con ello, poder iniciar un corto viaje de dos días y conocer, al menos, algo de esa región de  indescriptible y sublime belleza que es la Patagonia de Aysén.

Pensé que después de haber estado en Las Torres del Paine, Alaska y los fiordos noruegos –sólo por citar  algunos lugares de características similares–, sería imposible sorprenderme nuevamente pero, tras habernos desplazado unos cuantos kilómetros al sudoeste  de Balmaceda,  no podía dar fe de lo que veían mis ojos. Tras cruzar la “Villa Cerro Castillo”, en dirección a Puerto Murta, el entorno de las montañas nevadas, ríos  y vegetación salvaje iban penetrando en mi alma  haciéndome sentir la pequeñez del ser humano, ante esos inhóspitos y desolados paisajes que me recordaban constantemente que “solo Dios ha podido crear tanta belleza”

Tras dos horas y media de Carretera Austral, bastante bien llevadera, llegamos a Puerto Murta –pueblo natal de mi entrañable amigo Ferrnando–,  al comienzo del lago General Carrera y, que es, el segundo  más grande de América del Sur (la región de Aysén es una de las mas extensas de Chile, con casi once millones de hectáreas y una población de menos de 100.000 personas).

Nuestra ruta estaba pensada en llegar a Chile Chico bordeando todo el lago y , por supuesto, con previa parada en la Catedral de Mármol para -la mañana siguiente- llegar al nacimiento del río Baker, Cocrhane, Caleta Tortél y Puerto Yungay.  En fin, hasta los pies del Campo de Hielo Norte, si nos daba el cuerpo y el viejo jeep.

El tiempo se nos pasó sin darnos cuenta y la noche se acercó por sorpresa. Tuvimos la suerte de llegar a un pequeño y exclusivo lodge a orillas del lago y conseguir una pequeña cabaña , ya que el administrador conocía a Fernando. Una vez acomodados –y dándonos cuenta que no habíamos comido nada en todo el dia– nos dirigimos al Club House para deleitarnos con un buen filete del sur y un mejor caldo (Cavernet Souvignon) de nuestra tierra. Mientras disfrutábamos  la cena, veíamos por el enorme ventanal  las montañas nevadas que se reflejaban en el lago, gracias a la enorme luna llena que coincidió esa noche.

No había más de cuatro mesas y eramos unos cuantos comensales cuando, repentinamente, se abrió la puerta del comedor y, junto con una ráfaga fria de viento, entraron ellos….  ¡No podía creerlo!

Una de las parejas más famosas del mundo cinematográfico y artístico se sentaron a nuestro lado. Estaban absolutamente felices y despreocupados al estar alejados del mundo y tener la certeza de poder pasar desapercibidos de todos los medios. Nos sonrieron con gran simpatía y sencillez y preguntaron qué tal era el vino que estábamos bebiendo… Al instante y de manera natural nos sentamos los cuatro en la misma mesa haciendo brindis por Chile y, sobre todo, por la Patagonia de Aysén.

Tras la cena –y ya en confianza– alrededor de la chimenea, con un buen scotch en la mano, nos contarón el motivo de su presencia en el fin del mundo: Tenían en Nueva York, entre tantas otras cosas, el principal estudio de grabación para las grandes figuras de la música actual y uno de sus grandes amigos, John Dever –que era un enamorado del sur de Chile– siempre les hablaba del proyecto de hacer un “estudio mágico” en la Patagonia chilena, donde traer a sus amigos por el tiempo que quisieran y, en ese entorno mágico de belleza , tranquilidad y aislamiento, –conjugado la última tecnología con la máxima comodidad–, los famosos músicos y artistas invitados pudieran crear y desarrollar sus mejores proyectos de arte.

Tenían ya prácticamente decidido donde lo harían y, también, seríamos de los pocos invitados con el privilegio de poder conocerlo en el momento oportuno. Terminamos de madrugada sintiéndonos verdaderos amigos y, el día siguiente, lo pasamos juntos en la estancia de Fernando.  Así de fascinante es a veces la vida…

Sé que estáis esperando saber quienes son esta famosísima pareja, pero prometimos no dar nombres ni detalles y –hasta ahora–  siempre trato de cumplir con mi palabra.

Luis Irles

PATAGONIA DE AYSÉN

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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