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La Librería Kitabevi de Estambul.

La Librería Kitabevi de Estambul.

Tuve que viajar a Turquía el pasado noviembre. El motivo principal que me llevó a tomar dos vuelos de la ‘Air France’ fue el tener que asistir a la ‘International Maritime Conference’, que se celebra anualmente en Estambul, pero también mi incontenible deseo de aspirar a pleno pulmón las más formidables y antiguas esencias otomanas. Los turcos tienen un hondo sentido de lo erótico, como sabe muy bien todo aquél que conozca su literatura, y hasta el más sencillo de sus proverbios es susceptible de sensuales interpretaciones y fantasías.

Quise llevar conmigo, como lectura que me suele acompañar siempre que viajo a algún país del mundo islámico, ‘The Book of Sufi Ribaldry’ (no existe traducción a nuestro idioma), que reúne a varios de los más grandes poetas sufíes persas y turcos que escribieron versos ‘obscenos’, pero también una prosa satírica (como es el caso de Rumi y Sadi) que pretende transmitir mensajes de un alto contenido espiritual y/o moral.

Está claro que la lectura de un libro suele conducir, inevitablemente, a otro. Y este último es el principio de una sucesión de títulos similares, de una tela de araña que se expande por nuestro tiempo libre hasta saciar el entusiasmo. Así que, siguiendo el consejo de un naviero griego aficionado a la lectura, fui a parar a la Librería Kitabevi, ubicada en la zona de Istiklal Caddesi. Fue una suerte dar con ella y me maravilló la cálida belleza de este entrañable local.

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“Me faltan algunos recuerdos todavía.
Estoy seguro de que existen.”

Albert Camus

 

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“Xanadú”, el barco de los sueños.

Mi viejo siempre me lo decía: “Deberías de llevar un diario personal en el que escribir todas tus aventuras”. Jamás lo hice. Posiblemente porque los papeles y el dinero siempre han sido enemigos naturales míos.

Yo, junto con mis compañeros-amigos-hermanos de la época, entre los que, cómo no, se encuentra mi queridísimo Luis Irles (Lucho 4 friends), tuvimos la suerte de pertenecer a una generación que saboreó la última época romántica de la navegación. Creo que es una generación de marinos, salida de la entrañable “Escuela de Náutica” (ahora se llama algo así como “Facultad Superior de Marina Civil”, nombre rimbombante y cursi donde los haya) de Barcelona, irrepetible.

Podíamos navegar en buques como el “Benito” de casco de remaches y calderas y maquinillas a vapor que, con buena mar hacia sus 9 nudos a toda máquina y si teníamos temporalillo de proa iba hacia atrás. Esto era un problema porque no teniamos congelador, de manera que si nos retrasabamos sobre el ETA (Estimated Time of Arrival, no confundir con la banda terrorista), nos quedábamos cortos de provisiones.

El “Benito” (indicativo de llamada: E A A T) era un viejo carbonero de la “Naviera Astur-Andaluza” y el segundo -después del “Genoveva Fierro”- más antiguo de la flota mercante española. Le habían modernizado la superestructura y tenía un inmenso puente y una amplia estación de radio con material americano de la II Guerra Mundial cuyo transmisor era de onda media solamente.

Yo embarqué en él porque siempre me he sentido hechizado por las antigüedades. Recuerdo que comenté a alguien: “Seguro que el viejo va con pantuflas” y, en efecto, acerté.

Afrodisio, Don Afrodisio, el capitán, ya estaba en edad de jubilarse. Asistía al puente con pantuflas y en su guardia (no llevábamos 1er. oficial) su esposa le hacía compañía tejiendo calceta y escuchando los trinos del canario que, encerrado en su jaula, era un serviola más.

En las maniobras de atraque y desatraque la cubierta se llenaba de vapor, se retiraba el canario del puente para que no se enfermase de una corriente de aire y Don Afrodisio salía al alerón con sus sempiternas pantuflas, boina calada hasta las cejas y una bufanda a cuadros que su esposa previamente le habia suministrado. Y, ¡ay de él que no saliese vestido de esa guisa!, tendria resonando en sus oidos la voz de ella: “Afrodisio ponte la bufanda y la boina que te resfrías..!!!”

Más de una noche, estando yo en estado “traspuesto” (como decia mi abuela) en el catre, he notado las manos de Don Afrodisio y su mujer que, con mucho sigilo habian entrado en mi camarote para arroparme.

Que El Jefe tenga en la gloria a los dos. Se lo merecen por nobles y excelentes personas.

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¿Quién ha dicho que hay que salir de casa para viajar? A través de los libros de viajes podemos recorrer casi todos los países del mundo sin levantarnos del sofá. A lo largo de la historia, muchos escritores aventureros, tentados por la curiosidad, hicieron su equipaje y escribieron sus memorias o vivencias.

Según el profesor Narcís Garolera, autor del libro Escritura itinerante, la Odisea de Homero puede ser considerado el primer libro de viajes, ya que a pesar de tener elementos fantásticos, no deja de ser un libro que recorre los pueblos del Mediterráneo. En la Edad Media, el viajero más relevante fue Marco Polo: “Hizo la Ruta de la Seda, por la que llegó a China, y luego dictó el Libro de las maravillas del mundo, que aportó los únicos datos conocidos de la geografía del Extremo Oriente en aquella época “.

El profesor también explica en su libro que más adelante, en el siglo XVIII, los que viajaban eran los ilustrados y lo hacían con el objetivo de adquirir conocimientos científicos: “Escribían memorias de manera objetiva. Un ejemplo destacado fue el militar, espía, arabista y aventurero catalán Domingo Francisco Badia y Leblich, conocido también como Alí Bey el-Abbassi, que viajó por Marruecos, Argelia, Libia y diversas regiones del Imperio otomano hasta llegar a La Meca.

Después ya nos encontramos con el Viaje a Italia, de Goethe, uno de los autores más relevantes de finales del siglo XVIII. “Se considera el primer libro de viajes literario. Marcó el punto de inflexión entre los viajeros científicos y los románticos, que vinieron después”. El primero romántico es Chateaubriand, con su viaje a Tierra Santa en el siglo XIX. “Es el primero que escribe a partir de sensaciones e impresiones, de una manera subjetiva. También es muy conocido Stendhal y su viaje a Italia. Los románticos —añade el profesor– son los que más han influido en la literatura de viajes posterior. Han servido de inspiración para muchos escritores de finales del siglo XIX y principios del XX, e incluso han marcado las bases de los libros de viaje actuales”.

De entre estos y otros autores y lecturas de viajes, hemos hecho una selección de varios libros que permiten dar la vuelta al mundo de la mano de escritores y periodistas muy fieles a la realidad o románticos que se han dejado llevar por sus sensaciones.

Norteamérica en caravana, 16.000 kilómetros de ‘Viajes con Charley’ con John Steinbeck

charleyEn 1960 John Steinbeck, acompañado de su perro Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros y treinta y cuatro estados a bordo de su autocaravana, que recibía el nombre del caballo del Quijote, Rocinante. Durante el viaje, el escritor conoce personas de diferentes clases sociales, con quien mantiene conversaciones para intentar entender su realidad. Este era básicamente el objetivo del autor cuando decidió emprender el viaje. Consideraba que como escritor estadounidense no podía hablar sólo de lo que sabía a través de los libros, sino que tenía que conocer de primera mano los rincones de su país. Salir de Nueva York. “La identidad norteamericana es un hecho demostrable y preciso”, y es lo que Steinbeck –premio Nobel de literatura del 1962– va a buscar en este viaje.

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La capital británica aparece como telón de fondo en innumerables novelas. Si hay un escritor que ha convertido a Londres en un personaje más de su obra, ése es sin duda Charles Dickens.

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Poco queda, sin embargo, del Londres victoriano, oscuro y maloliente de Oliver Twist. Tampoco la niebla que envuelve la ciudad de vez en cuando es tan espesa como la descrita en Casa desolada, ya que el origen de aquélla era el humo de las chimeneas y de las fábricas de la revolución industrial que Dickens retrató prolijamente.

Lo que sí se puede visitar es la Casa Museo Dickens, ubicada en el distrito de Holborn, donde el escritor vivió desde 1837 hasta 1839 y pudo escribir Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist y Nicholas Nickleby. El edificio alberga una exposición permanente sobre Dickens, así como exhibiciones temporales de artistas contemporáneos.

El novelista está enterrado en el Poet’s Corner, en la abadía de Westminster, donde también podemos encontrar las tumbas de Rudyard Kipling y Alfred Tennyson, entre otros, y monumentos conmemorativos a Oscar Wilde y a John Keats.

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En Hampstead se puede visitar la Casa Museo de John Keats, donde el poeta se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas. El museo cuenta con una colección de escritos, dibujos y cartas, además del anillo de compromiso de la pareja, y la máscara mortuoria del poeta, que falleció de tuberculosis a los veinticinco años.

Keats escribió Oda a un ruiseñor, uno de sus poemas más conocidos, a la sombra de un árbol del jardín. A pesar de que su carrera literaria se vió truncada por su temprana muerte, el autor de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas es en una de las figuras más destacadas del romanticismo.

Durante los siglos XVIII y XIX, Hampstead atrajo a artistas, escritores y a personas acaudaladas. Además de Keats, otros insignes escritores que vivieron en Hampstead fueron Robert Louis Stevenson, D.H.Lawrence, Mary Shelley y George Orwell. Éste último trabajó durante un tiempo en una librería de South End Green en Hampstead, “The Booklover’s Corner”: En 1936 publicaría un ensayo sobre aquella experiencia (Bookshop Memories). La librería ha sido sustituida por una pastelería, pero en el exterior hay una placa conmemorativa al autor de 1984.

En Hampstead también vivió Sigmund Freud. La que era su casa alberga hoy en día el Museo Freud.

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Durante mi visita a Noruega –país al que viajé por primera vez el pasado verano para asistir al “Den Norske Film Festival” en la idílica ciudad de Haugesund– tuve ocasión de conocer el impresionante Frogner Park de Oslo, el mayor espacio de esculturas del mundo creadas por un mismo artista. Se trata de una colección de 212 estatuas de piedra, bronce y hierro fundido esculpidas por Gustav Vigeland, el más importante y revolucionario escultor de los países escandinavos que, según muchos críticos de arte, representan aspectos ciertamente inquietantes de las teorías evolucionistas de Darwin.

Muchas de las esculturas a tamaño natural incluyen docenas de pequeñas figuras, como el puente con 58 hombres, mujeres y niños desnudos en todas la posturas imaginables. «Sinnataggen» (Niño Enfadado) — que representa a un niño dando una patada airada al suelo y que  es la escultura más querida del parque. A veces recibe el apelativo de «La Mona Lisa de Vigeland». No muy lejos de allí está «Livshjulet» (La Rueda de la Vida), un círculo de personas entrelazadas con un diámetro de tres metros.

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La entrada al parque también resulta impresionante: la amplia puerta se compone de esbeltas figuras masculinas en diferentes fases de la vida que se agarran a las columnas de granito coronadas por lámparas de hierro forjado. La escultura más emblemática del parque, en sentido literal y figurado, es el «Monolitten» (Monolito). Se trata de una columna de 14 metros situada en el punto más elevado del parque; una reproducción gigantesca a la cual 3 picapedreros dedicaron 14 años de trabajo diario bajo la supervisión de Vigeland. Hecha a partir de un único bloque de granito macizo, parece como si las 121 figuras de la escultura treparan las unas encima de las otras para alcanzar el cielo; una metáfora del anhelo de las personas por lo divino y lo espiritual.

La mayoría de esculturas está agrupada en 5 conjuntos que recorren la avenida de 850 metros de largo. En la parte sur del parque está el estudio de Vigeland, conservado en su estado original desde el fallecimiento de este en 1943.

 


 

El escultor más famoso de Noruega

 

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Gustav Vigeland (1869-1943) nació y creció en Mandal, al sur de Noruega. De niño, sintió fascinación por las cuestiones espirituales, por dibujar y esculpir. Esta combinación marcó el resto de su vida. Sus padres le mandaron a Oslo para que aprendiera un oficio (grabado de madera) en la escuela técnica. Consiguió una beca estatal que utilizó para viajar por Europa. Pasando por Copenhague, Berlín y Florencia, consiguió llegar a París, donde trabajó en el estudio de Auguste Rodin. Ya de vuelta en Oslo, siguió trabajando para convertirse en el escultor más conocido y productivo que Noruega jamás haya tenido.

A los 19 años se puso en contacto con el escultor Bergslien que se convirtió en su maestro y medio año después presentó, por vez primera, un grupo de esculturas en la exposición de Ontono. En 1890 decide viajar por Europa visitando Copenhague, París, Berlín, Florencia y Roma, entre 1900 y 1901 viajó a Francia e Inglaterra. Se interesó por el arte egipcio, el clásico griego y por las esculturas de Miguel Ángel y de Rodin.

Vigeland se destacó enseguida como el escultor mas dotado de Noruega entre otras cosas por sus retratos y monumentos llenos de fantasía. La otra peculiaridad de la obra de Vigeland es el tema elegido para su obra: representa a hombres y mujeres que narran el ciclo completo de la vida, desde la infancia hasta la vejez y no solo eso, narra también las penas y las alegrías, el amor y la indiferencia, el entusiasmo y la resignación, el gozo y el dolor, todo reflejado en los hombres y mujeres, padres e hijos, jóvenes y viejos.

¿Qué mayor obra de arte podría desear un escultor? Durante 20 años, Gustav Vigeland trabajó en una exposición al aire libre en el patio de su casa y estudio en Frogner, un barrio de Oslo. Finalmente, se convirtió en el parque de esculturas más famoso del mundo, pero jamás pudo disfrutarlo en todo su esplendor, ya que la mayoría de las obras terminaron de trasladarse aquí en 1950, siete años después de su muerte.

Mr.  Arriflex

 

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Monterrey (México)

El primer tomo de la trilogía de La Frontera de Cormac McCarthy, «Todos los hermosos caballos» -libro que recomiendo a los amantes del western y las lecturas con mucha enjundia-, demostró ser un excelente compañero de viaje en un pequeño recorrido hecho, recientemente, entre el norte de México y el sur de Texas donde transcurre gran parte de esta magnífica novela. ¿Y qué tiene que ver la literatura con la gastronomía, se preguntarán ustedes? Bastante, porque la buena literatura sea cual sea el tema de que trate: el amor, la guerra, el misterio, siempre refleja el espíritu, el paisaje y las costumbres del lugar en el que está ambientada la historia, y presenta también aspectos cotidianos como los hábitos alimenticios de sus personajes. La comida ilustra y nos dice mucho de cómo viven los seres que intervienen en un relato. McCarthy consigue ambientar de tal forma al lector que uno siente incluso deseos de tomar todo lo que toman los protagonistas, el joven John Grady Cole y su amigo Rawlins: tortillas, frijoles, café, carne asada…

Muchas son las cosas que han cambiado desde finales de los años cuarenta, época en la que está ambientada «Todos los hermosos caballos», pero las pautas a la hora de comer parecen mantenerse igual. México es uno de los países de América Latina con una tradición gastronómica importante, es una de las cocinas más ricas y variadas. Del norte al sur del país es muy diferente la elaboración y materias que intervienen en la dieta de los mexicanos. En el norte, lo habitual son las fajitas (tiras de carne de pollo o res cortadas muy finas), la carne deshebrada para los tacos, las piezas de carne como el T bone, el puré de frijoles, los frijoles cocidos, los tamales, el asado de cabrito y las tortillas de maíz o de harina que sirven para acompañar todos los platos incluso las sopas (olla de res, elote -maíz-, verduras), a los que son muy aficionados los mexicanos, y las innumerables salsas elaboradas con chile (ají), principal sazonador de cualquier plato.

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Nuestro buen amigo Shoelane, ha tenido la gentilez de enviarnos esta estupenda crónica de su reciente viaje a España por si estimábamos oportuno publicarla en este blog. No sólo es un honor para nosotros el hacerlo, sino que –además– le quedamos eternamente agradecidos por su elegante detalle. Por cierto, le felicitamos por su magistral dominio de nuestra lengua.

La Alhambra de noche.

Acabo de regresar a Montreal –mi ciudad natal, donde ejerzo como profesor de Literaturas Hispánicas–después de mi vigésimo viaje a España. Pues bien, me reafirmo en lo que le respondí en cierta ocasión a un amigo neoyorquino que me preguntó por ese amado país: “Mira James, le dije, de casi todas las cosas que uno diga de España es posible afirmar lo contrario.” Hay, sin embargo, una sola cosa indiscutible: su pueblo es el más diverso e individualista de Europa. Su formalismo es un disfraz; los españoles son seres humanos hasta el límite máximo.

En realidad, no se puede hablar de una sola España, sino más bien de una amalgama de ocho a diez pueblos intensamente diferentes que viven en ocho o diez regiones (ahora conformadas por 17 Autonomías) y climas también diferentes y que hablan diversas lenguas. Hay tantas Españas como hay españoles… y éstos son 45 millones. “Cada español -escribió el ensayista Ganivet- lleva un pasaporte que reza: “Este español tiene derecho a hacer lo que le da la gana”.

En ninguna otra nación de Europa (España es el cuarto país más extenso del continente, tras Rusia, Ucrania y Francia) es tan pequeña la distinción de clases; no se hace hincapié alguno en la categoría social y, a despecho de las diferencias de riqueza, todos los españoles –su renta per cápita ronda los 32.000 dólares, siendo el octavo del mundo– inspiran sus actos en el principio general de la igualdad humana. He visto a un primer ministro abrazar a su jardinero con el tradicional abrazo masculino, ambos hombres en pie, pecho contra pecho, un brazo de cada uno apoyado en el hombro del otro. He visto a un camarero que regresaba de unas vacaciones abrazar a un cliente del mismo modo. Es una igualdad del corazón que nace de la idea fundamental sobre la cual se basan todas las relaciones entre españoles y consiste en la dignidad de ser hombre. «¡Hombre!” es la exclamación favorita del español. Hasta algunas mujeres la emplean al dirigirse unas a otras.

Los grandes temas de la vida española están representados –fundamentalmente– por tres ciudades: Madrid, Barcelona y Sevilla (aunque yo sienta debilidad por Granada). Madrid, la capital plantada en el centro de España, fue construida por mandato real en el siglo XVI. La parte más placentera, en torno a la antigua Plaza Mayor con sus soportales de arcos, pertenece a aquella época. El Madrid moderno se divide en los sectores del siglo XIX y el siglo XX. Este último es espectacular, abundante en rascacielos y lujoso. En los barrios del siglo XIX están las umbrosas avenidas, los Museos, los cafés bajo los árboles donde las gentes se sientan a conversar desde la mañana hasta la noche cuando hace calor. (El madrileño tiene fama de comentarista picante, ingenioso y aficionado a los chismes escabrosos.)

Barcelona, es un puerto industrial, una de las ciudades recias y activas, como Génova, del Mediterráneo. Los autobuses que recorren sus soberbias avenidas están llenos de anuncios. Vender, vender, vender … la pasión mediterránea por el tráfico al menudeo. La riqueza básica de Barcelona es producto de su industria y los catalanes calculan que trabajan diez veces más que el resto de los españoles. Uno siente que en el fondo de la vida barcelonesa late la cultura. Barcelona es famosa por su dinamismo, y cuenta con una vigorosa clase media.

Dice un adagio que “a quien Dios quiere bien le da casa en Sevilla”. Es una ciudad de delicias y placeres. Las casas –en sus barrios tradicionales– son blancas y están construidas alrededor de patios resguardados contra el sol, donde el agua bulle en las fuentes, las carpas doradas se crían a centenares en las cristalinas cisternas del palacio moro, las naranjas maduran en los árboles callejeros y el aire es como un bálsamo perfumado de jazmines y rosas. Los sevillanos, mayoritariamente, hablan de toros, mujeres, fiestas y diversiones. La gente siente afición por el canto y la poesía y está siempre propicia a la diversión y la risa.

El español trabaja largas horas, echa prolongadas siestas cuando aprieta el calor y se pasa de claro en claro la mitad de la noche. Se almuerza de las dos y media de la tarde en adelante; la cena nunca
toca a su fin antes de las diez de la noche, y a veces mucho más tarde. Las ciudades españolas reviven súbitamente a las ocho de la tarde; pero los jóvenes suelen salir de casa “para ir de marcha” a partir de las 11 o 12 de la noche, cosa que sorprende a todos los que llegan de fuera… incluyéndome a mí, con la diferencia de que no sólo me sorprende, sino que me encanta.

Siempre que llego a España percibo grandes cambios. Hace unos quince años que llegué por primera vez, pero nunca deja de impresionarme a la velocidad que estos cambios se producen. Se podría afirmar que el grado de libertad en cuanto a costumbres y tipo de vida supera a cualquier país de Europa, incluyendo a Holanda, Francia o Inglaterra. Además, el extranjero es acogedoramente recibido como turista en excelentes hoteles, y el turista descubre que España es uno de los países más diversos, interesantes y relativamente baratos (me refiero para el resto de europeos occidentales) que aún quedan, aunque en este viaje he notado un notable aumento en los precios, incluso comparado con los Estados Unidos o Alemania.

Pero sigue siendo –a pesar de los cambios tremendos que se han producido en los últimos años– tierra de singular honradez. Los españoles pueden dejar las cosas para mañana pero merecen la confianza absoluta. Su paciencia es su gran virtud; su dignidad y respeto propio son inolvidables.

-¿Cuánto gana usted? –le pregunté a un maduro empleado de un parking barcelonés.
-Mil trecientos euros –contestó con suave ironía. Un salario que casi no alcanza para vivir bien, pero sí para morir con dignidad.

Este artículo fue publicado previamente en nuestro blog en el mes de abril de 2008. Lo hemos rescatado de nuestro archivo con la única finalidad de felicitar a nuestro amigo Shoelane, que el pasado 27 de Julio contrajo matrimonio con una bella e inteligente andaluza de nombre Ana. La pareja ha fijado su residencia definitiva en Granada. ¡Muchas felicidades y nuestros mejores deseos para vosotros!

Olvidada durante siglos, se publica por primera vez en español su gran «Historia de Etiopía», una obra geográfica y científica germinal

Pedro Páez

Pedro Páez

Entre los cientos de exploradores y aventureros que la historia de España puede mostrar con orgullo, pocos son comparables a Pedro Páez, un misionero jesuita, madrileño por el mundo en el siglo XVII, nacido en 1564 en la pequeña localidad de Olmeda de las Fuentes. Fue el primer europeo en beber café y documentarlo, el primer occidental en llegar a las fuentes del Nilo Azul (ni siquiera hemos defendido este logro suyo frente a lo que dice la historia oficial, que concede el «descubrimiento», cómo no, a un anglosajón, James Bruce, que llegó al mismo lugar 152 años más tarde) y el primero en muchas más cosas.

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Da que pensar que aquel adelantado que llegó a las fuentes del Nilo Azul hallara también allí manantiales para tanto olvido, puesto que hemos oído hablar tan poco de sus logros. Solo recientemente ha sido reivindicado en toda su dimensión, por escritores como Javier Reverte, que lo descubrió casi por casualidad y narró su historia en el libro «Dios, el Diablo y la aventura». Uno de los datos más elocuentes de lo lejos que hemos estado de hacer justicia a su memoria es que la gran obra de Páez estaba inédita en español. La «Historia de Etiopía», libro germinal para la literatura científica e histórica, permanece con una vigencia intacta porque lo escribió un hombre de honda cultura y afán incansable de contrastar la verdad.

«Es todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos»

Así lo recuerda Javier Reverte, en una conversación con ABC: «Los ingleses lo valoran como un antecedente de Darwin porque es un libro de alto contenido científico. Dice el propio Pedro Páez en el prólogo del libro que ningún dato de los que aparecen es invención, sino que, o bien lo ha visto, o bien lo ha preguntado a dos o tres personas al menos. Sus fuentes son absolutamente comprobadas, y hay que pensar lo que era eso en 1620, todo un antecedente del periodismo y la ciencia modernos».

Pero, ¿cómo llegó a Etiopía este jesuita intrépido? Todo en su vida es aventura, algo que le llevaría a un cautiverio cervantino. Nacido, como decíamos en Olmeda de las Fuentes (llamado Olmeda de las Cebollas en el siglo XVI), estudió en Coimbra, cuando Felipe II había aunado las Coronas portuguesa y española. Allí ingresó en la Compañía de Jesús. Pronto destacó por su gran cultura y espíritu, así como por su talento para los idiomas.

Vendido como esclavo

A medida que el imperio crecía con nuevos horizontes, un «ejército» de misioneros era enviado para la evangelización de las nuevas tierras. En ese contexto Páez viajó a Goa, en la India. El destino que ya nunca le permitió regresar a España le tenía preparada una revuelta grave e inesperada. Desde Goa partió hacia Etiopía, acompañado del padre Antonio de Montserrat, pero en el camino ambos fueron capturados por los árabes. Inmediatamente fueron vendidos como esclavos a los turcos y permanecieron cautivos casi siete interminables años.

«Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud»

Primero fueron galeotes de la armada turca, dos espíritus refinados jugándose la vida en cada embate de remos. Luego atravesaron a pie la desolación de lo que hoy es Yemen y Arabia Saudí, por desiertos de los que hasta entonces nadie había oído hablar en Occidente y que tardaría en pisar otro europeo. Arrastraban pesadas cadenas por las arenas ardientes y se escondían en subterráneos que el sol recalentaba como hornos. Las insolaciones les producían delirios y minaban su salud.

Los espías de Felipe II

Felipe II tuvo noticia de este cautiverio -España poseía buenísimos espías además de exploradores- y ordenó que fueran rescatados. Volvieron a Goa, aunque Antonio de Montserrat murió al poco de regresar. Páez jamás se rendiría y decidió volver a Etiopía después de todo. Allí realizó su obra evangélica y científica. Empezó poco a poco, debatiendo con teólogos coptos ortodoxos, y acabó convirtiendo al catolicismo a dos emperadores con oficio prudente y con la política de aprender de los habitantes. Etiopía era el único país de áfrica con lengua escrita, el amárico y con otro idioma antiguo, como nuestro latín, que era el ge’ez. Y por si fuera poco sumar esos dos idiomas a todos los que hablaba, desde el árabe al turco y el latín, se convirtió en constructor de palacios platerescos, prudente consejero…

«De su obra de 1622 quedaron dos copias pero no fue editada hasta 1945 en portugués»

«Páez había visto un libro de un franciscano que hablaba de Etiopía mentando unicornios y fantasías, y contestó con su gran obra de cuatro tomos, que hizo como información fidedigna para los jesuitas», relata Javier Reverte. Se copió la obra y quedó un ejemplar en el Vaticano y otro en la Universidad de Braga, hasta la edición portuguesa de 1945. Hoy, Eduardo Riestra, de Ediciones del Viento, ha puesto fin a este olvido sobre un hombre que, según Reverte, «si fuera inglés sería un mito, como Livinston, y es parte de nuestra historia, un gran hito de la exploración y una figura histórica intocable».

«Las fuentes del Nilo Azul que soñaron Ciro, Alejandro y Julio César»

Páez era un hombre de gran humildad, que conservó incluso mientras caminaba entre reyes. Al ver las fuentes del Nilo Azul escribió: «Y confieso que me alegré de ver lo que tanto desearon ver antiguamente el rey Ciro y su hijo Cambises, el gran Alejandro y el famoso Julio César». En su historia reproduce, por ejemplo, la afectuosa correspondencia entre Felipe II y el emperador etíope, al que pedía el mejor trato para los misioneros que habían convertido un nuevo reino al catolicismo.

Páez está enterrado entre las ruinas de su palacio, que son las de su tiempo. Su obra acaba de cobrar vida para los lectores españoles. Con casos como este en España descubrimos que no es la envidia nuestro pecado nacional, sino el olvido.

Jesús García Calero

Fuente:  http://www.abc.es/cultura

Por culpa de los folletos de viajes y los documentales turísticos, Suiza es un país poco conocido. Casi todo el mundo cree, por ejemplo, que está formado en su mayor parte por los Alpes y que los Alpes son blancos. Pero los Alpes son densamente verdes, y vistos a la distancia son violáceos en casi toda su altura. Los valles son planos. Las llanuras son amenas y delicadas sus praderas, extendidas como una alfombra sobre la grácil ondulación de las colinas. Suiza tiene palmeras tan espléndidas como sus pinos porque se extiende hacia el cálido sur hasta las orillas del lago Maggiore.

Los amantes de la paz se reúnen siempre en Suiza y eso también ha dado lugar a una imagen errónea del país. Los suizos no son pacifistas. Son una nación de guerreros, fortificada y armada hasta los dientes. En 1960, Suiza podía movilizar en 48 horas un ejército de 800.000 hombres, o sea, dos veces las posibilidades de Francia. Así lo hizo en la Segunda Guerra Mundial, adelantándose a Gran Bretaña por varios minutos; y aunque se mantuvo fuera del conflicto, derribó cerca de 20 aviones al hacer clara su política de perfecta neutralidad. No obstante, desde el fin de la Guerra Fría, el tamaño de las fuerzas armadas suizas ha sido progresivamente reducido, y en 1995 el número de soldados quedó en poco menos de 400.000 ciudadanos.

En épocas pasadas los suizos fueron considerados como los mejores, más valientes, más sanguinarios y más confiables guerreros que existían. Eran soldados profesionales y se ajustaban rigurosamente a la ética de su profesión. Esto es, mataban y morían según contrato y no se pasaban nunca a otros bandos, así les hiciesen ofertas. Tenían un defecto, sin embargo: exigían de vez en cuando que se les pagara. Esto y el desarrollo del nacionalismo, cerraron poco a poco los mercados extranjeros a este primer producto notable del genio suizo. Una «Guardia Suiza», integrada por 200 héroes potenciales, hace aún parte de la decoración del Vaticano, pero eso es todo lo que queda de una reputación de valor en la batalla que no había tenido rival desde Esparta.

Soldados suizos en prácticas dominicales

Su inteligencia práctica, no el pacifismo, fue la causa de que los suizos se retiraran de la política internacional, de la rivalidad de las potencias. Su situación geográfica lo hizo posible, sus vecinos lo hallaron mutuamente ventajoso; pero fue su frío sentido de la realidad lo que lo puso por obra.

La inteligencia práctica es también la base de la economía de Suiza, reconocida erróneamente en el mundo por sus relojes, chocolates, cortaplumas, bancos y quesos. No tiene riquezas minerales, ni recursos naturales de ninguna clase, como no sean fuerza hidráulica y gran habilidad para hacer las cosas. Esta última es tan grande y está tan sabiamente empleada, que la estéril Suiza tiene –a pesar de la crisis económica que todavía padecen varios países de Europa– uno de los niveles de vida más altos del mundo. En cuanto a la equitativa y sana distribución de la riqueza, no tiene émulo en toda la historia humana. En Suiza no hay mendigos, ni barrios sórdidos, ni analfabetos, ni personas que vivan en la miseria.

Desde 1291, cuando los Padres de la Patria se reunieron en una pradera a orillas de un lago y juraron permanecer siempre unidos contra cualquiera que amenazara su independencia, los suizos han sido los más grandes amantes de la libertad que hay en el mundo. Y como a esto se agrega que es el único pueblo europeo sin dificultades económicas, Suiza resulta una especie de oasis dentro del continente. Los ‘envidiosos’ dicen que todo se debe al hecho de que en las dos pasadas guerras mantuvo su neutralidad –lo cual, por supuesto, es un factor– pero la prosperidad de Suiza data de antes del primer conflicto mundial. El ejército lo forman todos los hombres hábiles. Cada uno de ellos es un soldado que tiene en su casa un arma bien cuidada, municiones y uniforme. Los domingos pueden oírse en toda Suiza disparos de fusil mezclados con el canto de las alondras y el tintineo de los cencerros. Es el ejército que se adiestra para la defensa de la patria.

Zurich, la mayor y más cosmopolita de las ciudades suizas.

Los suizos conservan su equilibrio en materias políticas de manera admirable. Yo había oído decir que van a la vanguardia del mundo en lo que se relaciona a gobierno popular representativo, pero tuve que ir allá para palpar y sentir cuán cierto es. No hay allí rey, ni dictador, ni siquiera presidente o primer ministro. La república federal parlamentaria, con democracia directa, está gobernada por un “colegio” de siete miembros, cuyo presidente es elegido cada año y no tiene autoridad especial. Eso sí, cada tercer domingo (a lo menos así lo parece) toda la población masculina va a las urnas y vota. Puede ser con el fin de entrar en un Organismo Internacional, o de fundar una universidad, o de comprar unos camiones de último modelo para recoger la basura. El pueblo suizo lo decide todo por medio del voto; hasta sus maestros de escuela los elige. Iniciativa y referéndum forman el corazón de su vida política, y estas medidas son sólo sustituto del viejo Landsgemeinde, cuando los habitantes de un cantón se reunían en una pradera o en una plaza pública y decidían todos los asuntos, con sólo levantar la mano. En los cinco cantones que son lo bastante pequeños, perdura esta forma directa de democracia.

En materia de eficiencia práctica los suizos son insuperables. Escasamente hay una vía pública de mucha circulación, o un sendero de montaña, donde no encuentre usted la cabina de un teléfono automático. En Zurich se puede echar una carta al correo a las 5,45 a.m. y será recibida antes de las 8 a.m. Los suizos manejan su república (y sus cantones) como un instrumento de precisión.

Por supuesto, no es sólo la inteligencia práctica sino también la tolerancia y un permanente sentido de los caracteres y los problemas humanos lo que hace que en Suiza la vida se deslice con tanta suavidad. Cuatro idiomas distintos se hablan en ese pequeño país. Cuatro distintas «nacionalidades» viven allí amistosamente, junto a una numerosa población inmigrante perfectamente integrada. En la Suiza alemana no hay escuelas francesas; en la Suiza italiana no hay escuelas francesas ni alemanas. Pero nadie se preocupa por eso, nadie «agita». Esto confuta todas las teorías respecto a las «razas» y demuestra que el nacionalismo militante es totalmente innecesario. La humanidad puede ser lo bastante generosa y noble para pasar por encima de todo eso.

El famoso Cabaret Voltaire, en Zurich. Allí nació el movimiento Dadá en 1916

Valor moral y físico, inteligencia práctica y tolerancía son los puntos culminantes del panorama espiritual de Suiza que más persisten en nuestro recuerdo después que salimos de esa tierra. Pero para describir cumplidamente el goce de haber estado allá, debe agregarse que los suizos se cuentan entre la gente más educada, limpia y nítida del mundo, y son los mejores hoteleros. Aman la vida al aire libre, aman la nieve; aman las flores silvestres. Las ciudades –muchas de ellas con una gran actividad cultural, artística y de ocio– están situadas a orillas de hermosos lagos o ríos. Son además ricas en parques y jardines, y están siempre tan limpias y bien cuidadas que su propósito parece ser más el de adornar el paisaje rural que el de apartarse de él.

He dicho muy poco sobre la perfecta gloria del paisaje suizo porque es bien conocido. Es como una dulce canción de belleza que el mundo entero canta. Esto, sin embargo, no le resta a uno la sorpresa cuando puede contemplar con sus ojos tierra tan admirable. Yo dudo que exista otra digna de compararse a Suiza en variedad y abundancia de hermosura. Pero para mí su pueblo es lo más maravilloso. Algunos críticos pedantes encuentran obtusos a los suizos y dicen que nunca han producido obras de arte supremas. Han producido, a mi entender, tantos grandes hombres como pueden surgir de entre casi ocho millones de seres humanos, y han producido la mejor de todas las obras de arte: una sociedad sin pobreza, sin rencores crónicos y sin ostentación vanidosa.

Juan Pablo Tissot

Fotografía de Xose / enfocado.com

Tomar dos litros de agua de Vichy. Entrar en la ciudad. Leer a Paul Verlaine en voz alta y a horcajadas en las faldas de la colina del Sacré-Coeur, Montmartre. No orinar durante la lectura.

Sin París los seres humanos no conocerían el pecado, y todos necesitamos ese coitus interruptus de vez en cuando. Pero la ciudad se esconde, evita su presencia ante nosotros. A veces gira en torno a uno que otro pazguato con cara de ángel consternado, tomando la forma de aquel espacio en silencio, en medio de los intervalos de un ritmo musical, o tomando la forma de aquel suspiro ahogado entre cada sorbo que le damos al vaso con agua, o tomando la forma de alguna semilla a medio germinar, o formando el cuerpo abstracto que se obtiene del trozo desprendido de una figura de porcelana de Sèvres que cayó –fatal, bella, sumisa caída– de un anaquel. Es el lapso de tiempo entre la caída de la figura y el impacto en el suelo. El caos parisino es efímero y adorable.

Si llueve, intente cobijarse del diluvio bajo el toldo del Café de Marais y disfrute –durante un tiempo que no pueda considerarse como largo o corto– de la iluminación fascinante que irradia ese rincón único y especial. A tan sólo unos metros de distancia el caudal del Sena podría desbordarse, pero no se preocupe… siga observando las luces intermitentes reflejadas por el suelo mojado. Le aconsejamos, asimismo, que preste atención al eco destemplado de las voces y los ruidos que se escuchan en las calles de la capital francesa: componen una interesante melodía bailable que puede competir con la cálida voz de Juliette Greco, reproducida una y otra vez en el viejo aparato de radio que suena lejano en el interior del Café.

Y ahora, háganos caso: váyase al hotel y procure descansar durante unas horas. Más tarde podrá acompañarnos a recorrer ese París secreto que tenemos preparado para usted.

Totó Reboud

Tánger, conocida como la Puerta de entrada a África, es una de las más vibrantes, misteriosas e interesantes ciudades de Marruecos. Y tal vez del mundo. Ubicada a tan sólo 60 kilómetros de Gibraltar, y a 14 kilómetros de Tarifa (España), no es una ciudad estrictamente marroquí, europea o africana; es una mezcla de las tres culturas que la habitan (la musulmana, la judía y la cristiana)… tiene unas influencias internacionales muy marcadas, y una arraigada leyenda literaria y artística que atrae a numerosos visitantes extranjeros.

Esta ciudad bañada por el mar –que fue Zona Internaciona hasta la total independencia de Marruecos–, era (y en cierta medida sigue siendo) hogar y refugio de artistas, escritores, enigmáticos personajes procedentes de los más variados países y aventureros de todo tipo. Tal vez por eso, Truman Capote la definió como la ciudad “Ragamuffin”.

La mítica Tánger, a la que los árabes llaman “Tanjah”, alcanzó su máximo esplendor durante los años 50. La gente venía de todas partes, especialmente de Europa y de los Estados Unidos, encaprichados por su reclamo exótico, libertino y encantador; todos en busca de una vida más libre, algunos de ellos para no volver a casa… Tal fue el caso del escritor norteamericano Paul Bowles, autor –entre otras muchas– de la novela El cielo protector, llevada al cine en 1991 por Bernardo Bertolucci. Las huellas literarias de los grandes nombres que durante mucho tiempo residieron en ella no se han borrado del todo.

Tánger también atrajo a literatos como Oscar Wilde, Andre Gide, Truman Capote, Jean Genet, Jack Kerouak, William Burroughs, Juan Goytisolo, Samuel Beckett y Tenesee Williams entre otros muchos, así como a pintores de la talla de Henri Matisse, Francis Bacon, Cecil Beaton o el chileno Claudio Bravo; millonarias caprichosas como Barbara Hutton (cuyas sonadas fiestas en su mansión de las colinas nada tenían que envidiarle a las organizadas por Aristóteles Onassis). Con sus bazares y ‘bakalitos’ tradicionales, cafeterías de estilo parisino, serpenteantes y sombrías callejuelas, encantadores de serpiente, locales secretos, músicos y mezquitas, Tánger es un destino irresistible. El Pequeño Zoco (Petit Socco), localizado en el corazón de la ciudad es el primer lugar que se debe visitar. Este es el foco principal de Taánger. También la Kasbah, del siglo XVII, Der el–Makhzen y el museo del Legado Americano. Los Jardines del Sultán es otro de los sitios que deben ser visitado. Sus jardines son asombrosos, una mezcla de hierbas aromáticas, de fragancias, con hileras de limoneros y naranjos, perfectos para un paseo romántico. Igualmente asombrosa es su playa, de 17 kilómetros de longitud y a tan sólo 40 metros de la avenida principal.

Si se dispone de un vehículo se puede realizar un viaje inolvidable alrededor del Atlas, uno de los lugares más impresionantes de Tánger; está rodeado de valles, montes y caminos con espléndidas vistas. La zona del Atlas está muy cerca de Todra Gorge, una increíble estuctura de rocas de 300 metros de altura, rodeado por un río.

La mayoría de los visitantes que viajan a África pasan por Tánger, ya que es el único punto del continente que está en contacto directo con Europa a través de numerosos vuelos y veloces ferrys que apenas tardan una hora en cruzar el Estrecho. Muchas son las excursiones que hasta aquí llegan desde la Costa del Sol, Gibraltar, o la Costa de la Luz.

Esta ciudad mágica y misteriosa –“ciudad de los sentidos” cosmopolita y multicultural, que enamoró y sigue enamorando a tantos artistas y escritores– sigue manteniendo intacta su mítica leyenda.

Con menos tráfico de vehículos en sus calles –a causa de las recientes restricciones aprobadas por las autoridades– Pekín o Beiging, “la capital del norte” con más de tres mil años de historia, aún conserva esa magia secreta y misteriosa de las antiguas civilizaciones; la impronta que dejaron los emperadores de la dinastía Ming se confunde con las enormes construcciones del realismo socialista y ve ahora florecer modernos rascacielos, puentes, autopistas y estaciones de ferrocarril, como consecuencia del lema de la nueva China “un país, dos sistemas”.

La primera visión que tiene el viajero al llegar a Pekín es la de una urbe colosal e inabarcable que necesitaría semanas para conocerla a fondo. Ya Marco Polo, en su libro Notas de Viaje, la describía como “la ciudad más grande, más hermosa y próspera del mundo”, durante la época de Kublai Khan, cuando entonces se llamaba Jambalic. Todavía sigue siendo irresistible, pero en sus calles coexisten hoy los monumentos que ensalzan las glorias del comunismo, con bulliciosas hamburgueserías e imponentes bancos.

La huella del pasado se ve aún reflejada en los estrechos y abigarrados callejones o hutones, el hábitat común de los pekineses hasta hace bien poco. Articulados en torno a un patio, de tejados ondulados y paredes de ladrillo gris, al callejear por estos pasadizos –a los que muy pocos viajeros se acercan– uno tiene la sensación amarga de que una forma de vida está a punto de extinguirse. Cada día una manzana o un barrio entero desaparece bajo la piqueta mientras crece aceleradamente la ocupación de pisos y apartamentos.

Pero Pekín cuenta con suficientes lugares que justificarían por sí solos una visita, como el parque de Tientan, presidido por la arquitectura aérea del Templo del Cielo, una única y original estructura cónica de edificios ceremoniales con sus tejados de azulejos de color azul, que fue el emblema de la Olimpiada de 2008. En el centro nos aguarda una impresionante explanada de 40 hectáreas, la Plaza de Tiananmen o de la Paz Celestial. Considerada como la más grande del mundo, Tiananmen es una tremenda plancha de cemento rodeada de edificios de dudoso gusto, aunque al menos está limitada al norte y al sur por dos joyas, la Ciudad prohibida y la Puerta Frontal, el único resto de la muralla que defendía Pekín en la antigüedad. Y a ambos lados, las muestras de la estética revolucionaria: los Museos de la Revolución y de la Historia de China y la Gran Sala del Pueblo, que junto al monumento a los Héroes de la Patria y el Mausoleo de Mao rinden tributo arquitectónico al realismo socialista.

Tras cruzar bajo una foto gigante de Mao se llega al Palacio imperial, más conocido como la Ciudad Prohibida, desde donde 24 emperadores –el último de ellos fue Pu Yi, que la abandonó en 1911– gobernaron un imperio cuyas proporciones ignoraban. Un muro de 10 metros de altura rodeado de un foso dan cabida a un recinto que cuenta con más de 9.000 salas y habitaciones distribuidas en diferentes edificios. El visitante queda fascinado tanto por sus dimensiones como por la sucesión de edificios –entre los que destaca el Palacio de la Suprema Armonía– con sus tejados de color rojo, en los que se pueden admirar oros, mármoles, maderas nobles, esculturas y piedras preciosas. Para hacemos una idea de su magnitud, el lugar que daba cobijo al Hijo del Cielo, que desde el Trono del Dragón ordenaba en todos los confines de China, necesitaba más de cinco mil cocinas para dar de comer a la emperatriz, las concubinas, los eunucos y los incontables funcionarios imperiales que vivían entre sus murallas.

Si queremos relajamos después de semejante impacto artístico y visual nada mejor que un paseo por el Palacio de Verano. Situado a veinte kilómetros del centro y rodeado de lagos, es un bello recinto en el que abundan templos y pabellones. A este lugar, donde los emperadores pasaban los meses estivales, acuden hoy miles de pekineses con sus hijos a tomar un refresco, dar un paseo en barco y disfrutar de sus jardines.

Una cena a base de pato laqueado, la especialidad culinaria por excelencia de la capital, y la asistencia a un espectáculo de ópera china, son también citas obligadas cuando se visita Pekín, a la que ya algunos califican como “la utopía del caos”, una urbe poderosa, cargada de misterio y de emociones contrapuestas, obligada por su pasado y su futuro a dar el gran salto adelante.

Chus Sáez
Revista MUFACE

Barcelona ejerce su vocación de gran metrópolis del Mediterráneo desde su fundación hace 2.000 años. Con una ubicación privilegiada en la Península Ibérica, entre el mar y la montaña, es la capital de Cataluña y la tradicional puerta de entrada al Estado español.

Su clima templado durante todo el año invita a vivirla intensamente en cada momento del día y de la noche. Paseando por sus calles, repletas de gente y de vida, se siente la hospitalidad y amabilidad de sus habitantes. Su casco antiguo, formado por el Barrio Gótico y los barrios de la Ribera y el Raval, es famoso por sus edificios históricos. Un paseo a través de sus calles antiguas es esencial para comprender los diferentes períodos de la historia de Barcelona, para contemplar sus monumentos, la muralla romana entre edificios góticos perfectamente conservados, restos del Barrio Judío y, sobre todo, para disfrutar del ambiente mediterráneo que la caracteriza.

No hay otro lugar mejor para conocer Barcelona que la Rambla, una avenida bulliciosa y colorista que comienza junto al mar, en el Mirador de Colom, y asciende hasta la Plaça de Catalunya, punto de encuentro y centro de comunicaciones urbanas. Considerada como el corazón de la ciudad, viva y plural, se hace imprescindible recorrerla detenidamente: músicos espontáneos, cantantes de ópera, mimos, pintores, estatuas humanas, quioscos de flores y puestos de pájaros, el mercado de la Boqueria, el Gran Teatre del Liceu –recuperado a finales de 1999–, un sinfín de comercios y acogedores cafés conforman un paseo único e inolvidable.

Continuando hacia la montaña, nos adentramos en el Eixample, que constituye un modelo de ordenación urbana único en Europa. Proyectado en 1860 por Ildefons Cerdà, alberga una de las mayores muestras de arquitectura modernista del continente. En el famoso Passeig de Gràcia, se encuentran las obras más representativas de este movimiento. Antoni Gaudí, Puig i Cadafalch y Domènech i Montaner plasmaron su creatividad en las viviendas de la burguesía catalana de entonces. Las casas Batlló, Amatller y Milà –más conocida como La Pedrera– son, entre otras, edificios que reúnen una multitud de colores y formas exuberantes, casi inauditos.

El Modernismo se palpa en toda la ciudad. Espectaculares construcciones como el templo de la Sagrada Familia, obra inacabada de Gaudí, el Palau de la Música Catalana o el Park Güell configuran, entre otros, un legado modernista que sólo aquí puede contemplarse. La Sagrada Família, la Casa Vicens, la Casa Batlló y la cripta de la Colònia Güell han sido declarados Patrimonio de la Humanidad, junto a la Pedrera, el Palau Güell, el Hospital de la Santa Creu i Sant Pau, el Park Güell y el Palau de la Música Catalana.

Pero no sólo de pasado vive la ciudad. Barcelona, dinámica y activa, está en constante proceso de renovación. En la última década ha experimentado una impresionante transformación. Con motivo de los JJ.OO. de 1992, catalogados en su día como los mejores de la historia, se ha abierto al mar y se ha dotado de una infraestructura viaria con la última tecnología. El gran acontecimiento del 92 dejó una rica herencia arquitectónica (el Palau Sant Jordi de Isozaki, el Estadi Olímpic-Lluís Companys, la Anella Olímpica, en la montaña de Montjuïc) y urbanística, que continúa su transformación tras el gran reto del Fórum Universal de las Culturas en el 2004.

Destino Turístico Urbano

Barcelona se ha consolidado como uno de los principales destinos de turismo urbano de Europa. La capital catalana lo tiene todo para visitas de fines de semana y estancias de tres o más días. Desde hace unos años, alrededor del 50% del turismo que llega a la Ciudad Condal se debe a una motivación vacacional, cifra similar a la de los viajes de negocios, punto fuerte de Barcelona. Y es que la ciudad es el lugar ideal para unas cortas vacaciones.

La capital catalana se ha convertido en los últimos años en el puerto del Mediterráneo preferido por las grandes empresas navieras. Las nuevas terminales portuarias, dotadas de muy buenos servicios e integradas perfectamente a la ciudad, permiten al pasajero de los cruceros pasear por la ciudad mientras disfruta de su ambiente y del mejor shopping, convirtiéndola en una escala sumamente atractiva.

La cultura, uno de sus principales reclamos, hace posible el posicionamiento de Barcelona como destino turístico urbano. El impresionante legado del Modernismo constituye una riqueza arquitectónica de primera magnitud. Las bellas pinturas del Románico catalán, apreciadas en todo el mundo, son otro atractivo evidente, que la ciudad combina con su prestigiosa actividad musical y teatral.

Fuente: BarcelonaTurisme

Sin duda, Estambul es una de las ciudades más bellas del mundo y, además, la única que separa dos continentes. Llegué aquí por motivos de trabajo hace tan sólo cuatro días –tras pasar por Bélgica y Alemania– y nada más pisar sus calles tuve la extraña sensación de haber estado con anterioridad en esta impresionante, inabarcable y antigua capital del Imperio Bizantino, conocida entonces como Constantinopla.

La Mezquita Azul

La Mezquita Azul

Debo reconocer que cuando llegué me sentí un poco perdido, pero enseguida me di cuenta de que es muy fácil orientarse en esta inmensa urbe, ya que existen dos partes perfectamente diferenciadas: la más antigua (a la que precisamente los guías llaman Constantinopla) y la más moderna, la parte asiática. Estambul es probablemente la ciudad más poblada de Europa –entre 15 y 20 millones de habitantes, según la fuente que se consulte– pero, afortunadamente para el visitante, los sitios más importantes se agrupan en torno al Cuerno de Oro, la porción de agua que separa Galata de Sultanahmet.

4

Estambul no es la capital de Turquía –lo es la menos espectacular Ankara–, pero se merece que le dediquemos, al menos,  una semana para conocerla mínimamente. La ciudad tiene centenares de mezquitas, barrios carismáticos, zonas modernas y cosmopolitas, bazares laberínticos y magníficos monumentos. Y también contrastes que llaman poderosamente la atención: desde una juventud que viste a la última moda occidental hasta maduras mujeres con la cabeza cubierta que cruzan, sin sobresaltos, abarrotadas calles que soportan un caótico tráfico.

Esta ciudad ha sido, y sigue siendo, un crisol cultural y étnico. Por consiguiente, hay –como ya he dicho– numerosas mezquitas, iglesias, sinagogas y palacios históricos dignos de ser visitados. La ciudad vieja está principalmente ubicada en el estrecho del Cuerno de Oro. Sin embargo, la ciudad moderna es más amplia y comprende ambos lados (europeo y asiático) del estrecho. Entre sus atractivos turísticos destacan la Iglesia de la Divina Sabiduría (Aya Sofia), Sarıyer, Eyüp y Taksim en el lado europeo, y Beyköz, Üsküdar, Kadiköy, Moda, Bostanci y Adalar en el lado asiático. Como capital que fue de dos de los imperios más poderosos de la Tierra, y ciudad que en el siglo XVI era probablemente la más civilizada y multicultural, Estambul alberga monumentos extraordinarios: palacios, iglesias y el Hipódromo que datan de la época bizantina; las mezquitas de Sultanahmet y Süleymaniye; el Palacio de Topkapi (Topkapi Sarayi), sede del poder imperial otomano, y otros edificios y monumentos.

Por lo que respecta a la gastronomía, podríamos definirla como enormemente heterogénea. No en vano, numerosas civilizaciones han pasado por este territorio, que se ha convertido así en un crisol donde se sintetiza la fusión de pueblos, tradiciones y costumbres que han legado, además de sus formas de entender la vida, su personalidad culinaria, lo que ha convertido la cocina turca en un exponente de la deliciosa variedad mediterránea y oriental. Los platos de la cocina turca se elaboran, principalmente, con alimentos propios de la gastronomía mediterránea como verduras, hortalizas, frutas, pescados y, por supuesto, el aceite de oliva.

El Puente Glata

El Puente Glata

Lo más típico es degustar, como primer plato, una deliciosa ensalada elaborada con un sinfín de ingredientes que nos resultan muy familiares. Además de estas ligeras ensaladas, se puede optar por tomar una típica sopa turca, que se caracteriza por la consistencia de sus ingredientes, como por ejemplo la tavuk suyu, elaborada a base de pollo; la iskembe corbasi o la original yayla corbasi, en la que se utilizan como ingredientes principales el yogur y el tomate. Las verduras también se utilizan para preparar diferentes entrantes o como acompañamiento de cualquier otro plato.

Los platos de carne son, principalmente, guisos y brochetas. Asimismo, se pueden degustar platos de carne asada, a la plancha, frita o como köfte, una tradicional receta en la que la carne se pica y se mezcla con miga de pan, así como también con diferentes hierbas y especias. El famoso kebab es, desde luego, el plato típico de Turquía. Mención aparte merece el delicioso café turco, un producto que encierra una preparación muy especial y que recibe el nombre de kahve.

Qué más puedo decir de Estambul para finalizar esta precipitada crónica, antes de volver a Chile. Tal vez repetir la frase que me dijo ayer un periodista inglés con el que coincidí en el hotel en el que estoy alojado: “¿Sabe?, nunca he conocido a nadie que, tras visitar esta increíble ciudad, no haya vuelto encantado.”

Durante mi último viaje a la estancia “Patagonia Bay”, lugar en el que un grupo de amigos estamos iniciando la construcción de un refugio a orillas del Lago General Carrera –Patagonia de Aysén–  donde poder escaparnos del mundanal ruido, tuve ocasión de escuchar y vivir una historia que no puedo borrar de mi mente, por lo fantástica e increíble que parece.

 

miren ángulo posterior izq. parte sombra oscura

Observen el ángulo inferior izquierdo, donde se refleja la sombra.

Me encontraba con mi amigo Fernando en la desembocadura de uno de los tantos ríos que desaguan en el Carrera. Íbamos a comenzar allí una nueva jornada de pesca y –mientras preparabamos las cañas y las artes– disfrutábamos de un paisaje de indescriptible belleza y de un reconfortante mate con el que combatir el frío. A esas tempranas horas de la mañana –y en pleno otoño austral– la temperatura era muy baja, pese a asomar tras las montañas unos  brillantes rayos de sol que prometían un hermoso día despejado. Repentinamente, aparecieron tras la penetrante arboleda que nos rodeaba dos “baqueanos” que fueron reconocidos de inmediato por mi amigo Fernando, que nació y pasó toda su juventud en la zona. Notamos que, tras dirigirnos un rápido pero atento saludo, picaron con sus típicas espuelas chilenas las sudadas cabalgaduras con la intención de alejarse cuanto antes de la rivera del lago, como si los persiguiera el diablo. Al darse cuenta, mi amigo les gritó: “¡Chanten la moto, muchachos! ¿Qué les pasa? ¿Les persigue acaso algún león?”

monstruo 2Nos habían comentado que, un par de días atrás, habían sorprendido muy cerca del lugar a una pareja de pumas acechando a los animales que crían los campesinos de la zona. Debido a los frios y a la falta de alimentos en los cerros donde habitan, estos hermosos felinos están empezando a aproximarse demasiado a las poblaciones y ranchitos de los lugareños.

Los dos hombres detuvieron sus caballos y volvieron hacia nosotros: “No patrón, es que vimos nuevamente al “engendro del lago”… ¡Se lo juro!”, dijo uno de ellos con voz alterada. Parecían sobrios, así que Fernando –con una medio sonrisa en su rostro– le espetó: “Momentito, Lautaro. ¡Cálmese, pues hombre..! usted es un baqueano recio. ¿Qué mierda le está pasando..? Cálmese, tómese un matecito y cuéntenos con detalle.”

Así que, por segunda vez, escuché de boca de un lugareño la fantástica historia de la aparición de un extraño animal marino que empezó a avistarse cerca de las Catedrales de Mármol del Lago General Carrera, tras la erupción del volcán Hudson en agosto de 1991. Yo, sinceramente, nunca he creído demasiado en estas leyendas (incluida la del Monstruo del Lago Ness), pero debo reconocer que existen muchos informes sobre extrañas bestias acuáticas aún por identificar en muchos lagos del mundo. Es, ciertamente, uno de los enigmas más fascinante de hoy día para bastantes zoólogos y –según recuerdo haber leído en alguna revista– existen en nuestro planeta unos treinta lagos que albergan un monstruo en sus aguas: “Nahuelito”, llamado así porque según dicen habita el argentino lago Nahuel Huapi –no demasiado lejos de aquí si tenemos en cuenta las enormes distancias patagónicas–, es el primero que se me viena a la cabeza.

monstruo 3Lautaro, el mayor de los lugareños, logró finalmente relatarnos lo vivido por ellos minutos antes. Según él –y su tono de voz me pareció absolutamente sincero– cuando volvían de Puerto Tranquilo  escucharon un ligero chapoteo no muy lejos de la orilla del lago. Cuando ambos miraron en dirección a ese punto, pudieron observar una misteriosa criatura, de unos seis metros de largo, que emergió lentamente de las aguas para volver a hundirse en ellas pocos instantes después. “Parecía una serpiente, don Fernando… tenía la piel lisa en la parte delantera del cuerpo y medio escamosa en la cola… Es verdad lo que le estoy contando, patrón… Otra gente también lo ha visto en el lago…”

Tranquilizamos al buen hombre –su compañero no habló en ningún momento– y le dijimos con un falso tono de humor que no se preocupara, que él no era pescador y tampoco se iba a meter en el agua con este frío. Pero Lautaro seguía con una expresión seria en su rostro, y se despidió de nosotros con gesto apurado. Mi amigo y yo nos miramos, después giramos al mismo tiempo nuestras cabezas en dirección al lago y nos encogimos de hombros… Estuvimos pescando más de cuatro horas y capturamos un par de enormes salmones, pero en aquella ocasión no vimos al “monstruo” del Lago Carrera.

Mientras volvíamos a Patagonia Bay, sin hablar demasiado y todavía impresionado por la historia que nos había contado Lautaro, yo monstruo 4pensaba para mí: ¿Realmente existe un extraño ser en el Lago Carrera? ¿Es posible que un reptil marino de tales proporciones sobreviva en aguas tan frías y australes? Le hice estas preguntas a Fernando, pero me respondió con evasivas… “Tal vez el tiempo, y con suerte un pescador que capture a la bestia lo dirá…”, dijo finalmente. Dos semanas después de mi viaje a la Patagonia de Aysén — y ya de nuevo en Viña del Mar– recibí un mail de mi amigo en el que me adjuntaba las cuatro fotos que pueden ver en este post. Sólo había escrito: “Querido Luis: ¿Nos acecha el monstruo del Lago Carrera..? Tal vez el tiempo lo dirá.”

Luis Irles

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Luis Irles

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Premio a la Honestidad_thumb[1]

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