El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo Zygmunt Bauman. Foto de Jordi Belver

El filósofo polaco de origen judío Zygmunt Bauman –autor de una extensa obra entre la que destaca “La modernidad líquida”– falleció el pasado lunes, 9 de enero, a los 91 años en Leeds, Inglaterra. Con su muerte, desaparece uno de los intelectuales europeos más importantes y prolíficos de los últimos tiempos; un pensador que transmite un cierto sosiego en un mundo cada vez más gris.

Leí a Zygmunt Bauman por primera vez en el verano del 2002, cuando aún mantenía yo la esperanza de encontrar una explicación clara e inteligente que me ayudara a moderar la antipatía que siento hacia la sociedad actual, una sociedad en la que el capitalismo salvaje y globalizado está acabando con la solidez de la sociedad industrial. Empecé por “El malestar de la posmodernidad”, que me gustó mucho. En contraste con el clásico de Freud, “El malestar en la cultura”, aquí el filósofo polaco sostiene que la inseguridad y el miedo a los rápidos cambios en la sociedad contemporánea marcan el deseo de libertad que caracteriza a nuestro tiempo, y también la dificultad que tenemos para encontrarla.

Poco después, leí la que para mí es su mejor obra: “Ética Posmoderna”. En ella, Bauman sostiene que para renovar la forma en que vemos nuestra vida juntos, tenemos que rehacer de nuevo el significado de muchos conceptos. Uno de ellos sería el de ‘moral’, sin duda, cada vez más desgastado. Estoy de acuerdo con esto: o abandonamos el sentido que la sociedad le ha dado a esta palabra, o seguiremos siendo testigos de muchos crímenes de odio.

También ‘devoré’, con verdadera fruición, su conocida trilogía: “La modernidad líquida”, “Amor líquido” y “Vida líquida” y, más tarde, “La cultura como praxis”, “La globalización: consecuencias humanas”, “En búsqueda de la política”, “La sociedad individualizada” y “Vidas desperdiciadas”. En cualquier caso, debo confesar que no llegué a encontrar en la extensa obra de Bauman todas las explicaciones que yo buscaba para quitarme ese malestar que no me abandona. Más bien se acrecentó cuando leí su libro “Modernidad y Holocausto”, en el que se diferencia de muchos otros pensadores que veían la barbarie del Holocausto como un fracaso en la modernidad.

Seguramente no voy a encontrar las respuestas que busco en el resto de su obra, pero reconozco que sus libros están repletos de observaciones muy lúcidas, de una gran valentía intelectual para enfrentarse a cuestiones muy sensibles y, sobre todo, porque brindan un poco de consuelo ante un mundo cada vez más deplorable. También es un momento para observar la increíble coherencia de su pensamiento: alguien que vio la fluidez contemporánea y la situó como una de los pilares de su pensamiento sólo podía dejar de escribir cuando la muerte se lo impidiera. Y eso es lo que acaba de ocurrir.

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“Me faltan algunos recuerdos todavía.
Estoy seguro de que existen.”

Albert Camus

 

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“Xanadú”, el barco de los sueños.

Mi viejo siempre me lo decía: “Deberías de llevar un diario personal en el que escribir todas tus aventuras”. Jamás lo hice. Posiblemente porque los papeles y el dinero siempre han sido enemigos naturales míos.

Yo, junto con mis compañeros-amigos-hermanos de la época, entre los que, cómo no, se encuentra mi queridísimo Luis Irles (Lucho 4 friends), tuvimos la suerte de pertenecer a una generación que saboreó la última época romántica de la navegación. Creo que es una generación de marinos, salida de la entrañable “Escuela de Náutica” (ahora se llama algo así como “Facultad Superior de Marina Civil”, nombre rimbombante y cursi donde los haya) de Barcelona, irrepetible.

Podíamos navegar en buques como el “Benito” de casco de remaches y calderas y maquinillas a vapor que, con buena mar hacia sus 9 nudos a toda máquina y si teníamos temporalillo de proa iba hacia atrás. Esto era un problema porque no teniamos congelador, de manera que si nos retrasabamos sobre el ETA (Estimated Time of Arrival, no confundir con la banda terrorista), nos quedábamos cortos de provisiones.

El “Benito” (indicativo de llamada: E A A T) era un viejo carbonero de la “Naviera Astur-Andaluza” y el segundo -después del “Genoveva Fierro”- más antiguo de la flota mercante española. Le habían modernizado la superestructura y tenía un inmenso puente y una amplia estación de radio con material americano de la II Guerra Mundial cuyo transmisor era de onda media solamente.

Yo embarqué en él porque siempre me he sentido hechizado por las antigüedades. Recuerdo que comenté a alguien: “Seguro que el viejo va con pantuflas” y, en efecto, acerté.

Afrodisio, Don Afrodisio, el capitán, ya estaba en edad de jubilarse. Asistía al puente con pantuflas y en su guardia (no llevábamos 1er. oficial) su esposa le hacía compañía tejiendo calceta y escuchando los trinos del canario que, encerrado en su jaula, era un serviola más.

En las maniobras de atraque y desatraque la cubierta se llenaba de vapor, se retiraba el canario del puente para que no se enfermase de una corriente de aire y Don Afrodisio salía al alerón con sus sempiternas pantuflas, boina calada hasta las cejas y una bufanda a cuadros que su esposa previamente le habia suministrado. Y, ¡ay de él que no saliese vestido de esa guisa!, tendria resonando en sus oidos la voz de ella: “Afrodisio ponte la bufanda y la boina que te resfrías..!!!”

Más de una noche, estando yo en estado “traspuesto” (como decia mi abuela) en el catre, he notado las manos de Don Afrodisio y su mujer que, con mucho sigilo habian entrado en mi camarote para arroparme.

Que El Jefe tenga en la gloria a los dos. Se lo merecen por nobles y excelentes personas.

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Hasta finales de los años setenta, la ahora mundialmente famosa Fura dels Baus se dedicaba a realizar espectáculos teatrales callejeros en Barcelona. Fue a finales de octubre de 1983 –al estrenar su inusual montaje Accions, en la localidad costera de Sitges– cuando empezaron a destacar en el panorama europeo, convirtiéndose en el fenómeno cultural del momento.

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“El Holandés Errante”, de Wagner, en versión de “La Fura dels Baus”

Su método de trabajo evolucionó con mucha rapidez y generó la creación de un lenguaje propio, que se vio desarrollado en sus montajes: Suz/O/Suz (1985), Tier Mon (1988), Noun (1990), MTM(1994) o Manes (1996). Fiel a sus principios de creación participativa, La Fura desarrolló proyectos a través de Internet, como Work in progress, espectáculo en el que se conectaban escenas que ocurrían simultáneamente en diversas ciudades, dentro de un ámbito de teatro digital.

Posteriormente, con Atlántida de Manuel de Falla, El martirio de San Sebastián de Claude Debussy y más de una decena de obras posteriores, la compañía se adentró en el mundo de la ópera, e igualmente se atrevió con el mundo cinematográfico a través de su película Fausto 5.0.

Ahora, a punto de finalizar 2016, La Fura dels Baus aterriza en el Teatro Real de Madrid con la monumental ópera de Richard Wagner El Holandés Errante para representar –bajo la dirección escénica de Àlex Ollé– 10 funciones entre el 17 de diciembre y el 3 de enero de 2017.

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Es curioso comprobar como hay algo extraño en la luz de las películas nórdicas que te conecta de forma directa con un clima y una sensación de frío. Mi amigo Dani siempre me dice que viendo estas obras cinematográficas, sin saber muy bien cómo, siempre terminas envuelto con una frazada. Y tiene razón, porque nosotros somos más bien de tonos amarillos y rojizos, más quemados, el blanco nórdico nos deslumbra y encoge. A mí me hipnotiza. Del norte de Europa nos llegan películas que a menudo nos parecen gélidas, extrañas, retorcidas. Cuesta conectar a veces, pero si te dejas llevar por su estética, su ritmo narrativo y su manera de tratar el drama y el humor entras en un nuevo mundo.

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El cantante Sixto Rodriguez

El cantante Sixto Rodriguez

Escuchando de nuevo el álbum “Cold Fact” de Sixto Rodriguez, recordé que en su día me pagué la entrada al cine y no esperé a ser invitado a la presentación oficial de “Searching for Sugar Man”, la película documental dirigida por el fallecido director sueco Malik Benjelloul, ganadora del Oscar en 2013 y que –a estas alturas– se ha convertido ya en una película de culto.

Hay todavía mucha gente que no la ha visto. Y, entre los que lo han hecho, no conozco a nadie que no le haya gustado. Seguramente, por razones muy diversas. Por la música, por la historia, por la realización. A mí me gusta, sobre todo, porque el relato fílmico es un gran ejercicio de investigación periodística realizado sin pretensiones grandilocuentes.

“Searching for Sugar Man” es la historia –ni más ni menos– de un hombre llamado Sixto Rodríguez. Un hombre que cantaba en los bares más sórdidos de Detroit a finales de los años sesenta. Rodriguez llegó a grabar un par de discos —“Cold fact” (1970) y “Coming from reality” (1971)– que pasaron totalmente desapercibidos y que, finalmente, cayeron en el más absoluto de los olvidos. Rodríguez no era anglosajón ni negro, sino hijo de un emigrante mexicano y eso, probablemente. no le ayudó a triunfar en el mundo de la música. Su vida se centró entonces en su anterior trabajo: simple obrero de la construcción, y poco más.

Su anterior y efímera carrera musical habría pasado al olvido si sus poéticas canciones, con una fuerte carga social, no hubieran llegado casualmente a la República Sudafricana en los tiempos más duros y represivos del apartheid. Lo hicieron –según se relata en la película– en forma de LP en la mochila de un joven turista procedente de Estados Unidos. Como un inesperado fenómeno social, mucho antes de la época de internet, la música de Rodríguez fue extendiéndose de boca en boca, de copia en copia y seguramente en voz baja, para que las autoridades sudafricanas no la incluyera en la lista de su terrible censura por subversivas y amorales. La leyenda del cantante que nadie conocía, pero cuyas canciones se convirtieron en un símbolo de la lucha contra el apharteid en Sudáfrica, se hacía más y más grande, y llegó a su culminación cuando se extendió la noticia de que el cantante se había suicidado en el escenario, en plena actuación, disparándose un tiro, decían unos, o prendiéndose fuego, aseguraban otros.

En los años noventa, ya en una Sudáfrica normalizada, Stephen Segerman se planteó investigar la vida de aquel ídolo de su generación, y comenzó a buscar las primeras pistas. La emoción por el descubrimiento de que no había muerto y por los detalles de su peripecia vital llenan de humanidad este extraordinario documental. El espectador, que parecía resignado a seguir la historia de un personaje atrapado en media docena de fotografías en blanco y negro, comparte la emoción en los ojos de los narradores cuando éstas se materializan en un hombre de más de setenta años, con un magnetismo personal indiscutible, que vive en la misma casa de siempre, en un Detroit gris y decadente y en unas condiciones próximas a la pobreza. Las ganancias por sus éxitos en Sudáfrica durante los setenta nunca llegaron a sus manos. Y cuando años más tarde –rescatado ya del olvido– ofreció un memorable y emocionante concierto en Cape Town, Rodriguez donó los ingresos de esta y otras actuaciones a causas benéficas.

Mr Arriflex

Arthur Cravan

Arthur Cravan

Un amigo artista alemán, Hans Winkler, tiene la fundada sospecha de que Arthur Cravan no murió en el Golfo de México, como se dice hasta ahora, sino de que pudo haber terminado sus días en Cuba o, por lo menos, confundido su identidad a su paso por la Isla para seguir viviendo errante por el mundo.

Habrá que comenzar esta historia situando las coordenadas de Arthur Cravan, uno de los personajes más controvertidos en el ambiente intelectual durante las dos primeras décadas del siglo pasado. Casi seguro estoy de que su doble condición de poeta y boxeador es única. En la meteórica, intensa y corta trayectoria conocida de este personaje, se entrecruzan matices sorprendentes y estrafalarios.

De origen inglés, nació en la ciudad suiza de Lausanne. Alardeaba de su árbol genealógico, en cuyas ramas solía encumbrar a Lord Tennyson y otros personajes vinculados con la corona británica. Sí que fue cierto su parentesco con Oscar Wilde: su madre era hermana del autor de La importancia de llamarse Ernesto. Y a no dudarlo, la fama de poeta maldito de Wilde probablemente influyó en los caminos de Cravan hacia el arte. Pero lo que inclinó definitivamente su vocación fue el espíritu que respiró muy joven en París.

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El reconocido director ruso escogió cuatro puntos del planeta y buscó su antípoda geográfica exacta. En este viaje sin precedentes, Kossakovsky capturó imágenes que ponen literalmente del revés nuestra visión del mundo y revela conexiones casi míticas entre cada pareja de antípodas, construyendo plano a plano, un extraordinario documental. ¡Vivan las antípodas! –que abrió el Festival de Cine de Venecia y agotó todas las entradas del DocsBarcelona– es una revolucionaria visión del mundo que habitamos.

“Creo que cada pieza de arte contiene siempre elementos irrepetibles y únicos. Por lo tanto, a cada película intento rodar algunas escenas que ni siquiera los profesionales sepan cómo he hecho. Puedo elegir siete planos irrepetibles de mis filmes. Algunos de ellos son muy especiales porque fueron rodados en momentos absolutamente imprevisibles de la vida. Otros son especiales a nivel técnico, por los cuales he inventado herramientas especificas para hacerlos posibles. Pero lo mejor es cuando un momento irrepetible de la vida viene de la mano de una manera irrepetible de filmarlo”.

Con esta frase, Victor Kossakovsky resume su manera de entender el documental. Un creador único, innovador y arriesgado al que varios centros de arte contemporáneo como el MoMA de Nueva York y el Centro de Arte Pompidou de París le han dedicado amplias retrospectivas. Sin ir más lejos, este año ha sido la personalidad elegida por el Festival Internacional de Documental de Ámsterdam para hacer una selección de sus 10 filmes de referencia con motivo del 25 aniversario del certamen más importante del mundo en el ámbito del documental.

¡Vivan las antípodas! propone al espectador un viaje insólito a través del planeta. Kossakovsky profundiza visualmente en el concepto “antípoda” como elemento que ocupa en la Tierra un punto diametralmente opuesto respecto a otro. Kossakovsky elige cuatro puntos del planeta: Entre Ríos (en Argentina), el lago de Baikal (en Rusia), la isla de Hawai (en EE.UU.) y Miraflores (en Navarra, España), creando con cada plano un fascinante calidoscopio de nuestro planeta.

Aparte de sus obras, entre las que destacan The Belov (1992), Tishe! (2002) y Svyato (2006) ejercicios magistrales y siempre visualmente sorprendentes, la aportación de Kossakovsky en el campo del documental ha sido a nivel conceptual y de lenguaje.

saravialLa noticia del fallecimiento, el pasado viernes 2 de septiembre, de la destacada poeta chilena y entrañable amiga Sara Vial de los Heros, causó en mí una honda tristeza. A pesar de que a lo largo de estos años no tuve ocasión de visitarla como yo hubiera deseado, siempre guardaré de ella –y de la época que nos solíamos reunir en el Bar Inglés de Valparaíso con un grupo de inolvidables amigos– el más vivo de los recuerdos.

El 14 de febrero de 2008, se publicó –en este mismo blog– un artículo titulado “El poema perdido de Sara Vial” que se iniciaba con una cariñosa carta que recibí de ella y que, en esta triste ocasión, vuelvo a rescatar como un homenaje a esta maravillosa mujer y poeta a la que tanto admiré.

 


El poema perdido de Sara Vial

 

Ayer recibí esta nota de mi queridísima amiga y gran poeta chilena Sara Vial.

«Estimado Luis:

Por una casualidad encontré una copia a máquina, hecha de memoria hace tiempo, de la verdadera versión del soneto con tinta verde que salió publicado en tu blog y que improvisé para la bitácora del local. Desgraciadamente el manuscrito estaba muy borroso y tarjado, por lo que el poemita resultó con palabras de menos y otras cambiadas.

Ya no necesitas molestarte en ubicar a quien lo tenga, pues basta con que me hagas el inmenso favor de corregirlo y reemplazar la version llena de erratas por esta que te mando y que es fiel copia de la verdadera.

Desde ya, mil gracias por tu gentileza. Saludos de la autora.»

* * *

En la revista literaria Caimán puede leerse el siguiente artículo sobre Vial de los Heros y su estrecha amistad con Pablo Neruda:

“Sara Vial conoció a Pablo Neruda en Viña del Mar en 1955, en casa de un amigo en común, Vicente Naranjo. Sin embargo, fue gracias al famoso pintor chileno Camilo Mori que Neruda conoció los poemas de la joven Vial. Cuando se encontraron en la casa de Naranjo, Neruda iba saliendo del brazo de Matilde Urrutia y Sara Vial iba entrando. “No me creas pesado, ya habrá mucho tiempo para conversar”, le dijo al oído a la joven. Poco tiempo más tarde, se reencontraron y nació una amistad cómplice que sólo se interrumpió con la muerte del poeta en 1973. Neruda le presentó a Sara al conocido editor argentino Manuel Losada, quien se entusiasmó con el trabajo de Vial y publicó sus libros en Buenos Aires. En 1965, Neruda fue testigo de matrimonio de Sara Vial, un ejemplo de su relación más allá de las letras.Tan estrecha fue la amistad entre Neruda y Vial que fue ella quien le mostró al poeta la casa que luego él compraría para transformarla en su refugio más íntimo, La Sebastiana (en Valparaíso, frente al mar), que hoy es un museo que recuerda al ganador del premio Nobel y su amor por el puerto chileno.”

Soneto en tinta verde al Bar Inglés

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Aquí con este Luis inesperado
y con Alvaro, en fin, siempre seguro
y con Carlos Lastarria, airoso y puro,
estoy Valparaíso a tu cuidado.

A tu cuidado, sí, y Alfonso ausente (*)
pero nos llegará, desenfrenado,
después de tanto diario almacenado
en su fugaz destino hacia la gente.

Valparaíso, te reconocemos
nostalgia y vendaval aquí encerrado
mientras guitarra Luis trae a mi canto.

Y somos los que somos y seremos
y la noche es vivir lo que se ha dado

en amistad, fraternidad y encanto.

Sara Vial

(*) Alfonso Castagneto, ex director del diario La Estrella, (Q.E.P.D.)

(Lunes, 13 de enero de 1992, en el Bar Inglés de Valparaíso.)

En la fotografía puede verse a Sara Vial, junto a Pablo Neruda, en la casa del Premio Nobel en Isla Negra.

Con motivo de cumplirse el centenario del rescate de Sir Ernest Shackleton y sus hombres, tras la fallida expedición del “Endurance” en el Continente Blanco y ser rescatados por un grupo de marinos chilenos a bordo de la escampavía “Yelcho” –comandada por el Piloto Luis Pardo–, queremos recordar hoy día una de las hazañas más épicas de la historia antártica. El siguiente post fue publicado en este blog en marzo del 2009.

 

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

Fotografía tomada por el fotógrafo y tripulante de la expedición a bordo del “Endurance”, Frank Hurley. Los náufragos en el momento del rescate, al fondo la “Yelcho”, comandada por el Piloto Pardo.

En agosto de 1914, recién declarada la Primera Guerra Mundial, zarpó de Inglaterra en su tercera expedición a la Antártica el intrépido explorador británico, Sir Ernest Shackleton, gran figura de la época heroica de las investigaciones antárticas europeas.

Su intención era atravesar la Antártica desde el mar de Weddell al mar de Ross, es decir, cortar la Antártica pasando por el Polo Sur. Contaba para ello con el “Endurance“, un velero mixto de tres palos, de 300 toneladas, con máquina a vapor y acondicionado para la empresa y el “Aurora”, que debía zarpar desde Australia para recibir a los expedicionarios en el estrecho de Mac Murdo, inmediato al mar de Ross.

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Lamentablemente el año 1915 fue extremadamente crudo en la Antártica y el 18 de enero el “Endurance” quedó atrapado en los hielos.
Los expedicionarios, después de luchar durante diez meses contra la glacial e inhóspita naturaleza, tuvieron que soportar las presiones de toneladas de hielo, que en su constante deriva aprisionaba al buque.
El 25 de octubre la nave se montó sobre un témpano quebrándose el timón, la popa y luego la quilla. No quedó otra cosa que abandonarlo, mientras el hielo iba destrozando poco a poco su superestructura, hasta que el 21 de noviembre, el “ Endurance” desapareció de la superficie del mar.

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Recordado don Luis: Soy yo, Zenobio Fernández, el ayudante del Jefe de Máquinas. Navegamos juntos en el Xanadú, ¿se acuerda usted? ¡Qué tiempos aquellos, don Luis! ¡Y qué alegría tan grande he sentido al descubrirlo en este blog después de tantos años! Yo dejé la mar en 1985 y me quedé en tierra, y ahora vivo en el Dulce Hogar del Reposo de los Cerebros Extraviados, que no es un manicomio sino una clínica de descanso, donde hay mucha paz y me voy curando poco a poco de los malos recuerdos que me anidan en la cabeza. Porque yo no estoy perturbado, pero dos fijaciones sí tengo: el mar y las gaviotas. Si de mí dependiera el mar podría secarse del todo, sembrarse de sal y desaparecer para siempre; podría sorberlo entero, desmenuzarlo como polvorón recién horneado, encerrarlo en un burbuja y enviarlo a Venus, o más lejos aún, a Marte o a Plutón.

Y eso que yo, antes de las fijaciones éstas, amaba el mar sobre todas las cosas; y usted sabe que no miento, don Luis. Bien mirado, tampoco me disgustaban las gaviotas. Creo que estaba algo mal de los nervios por entonces, pero no se me notaba. Nadie que ame el mar puede tener el cerebro en su sitio. Y yo lo amaba. Por eso me hice marinero. Marinero de los buenos a decir de usted –siempre tan considerado conmigo– y del resto de los oficiales y hasta de Anselmo, que cojo y todo, era mi mejor amigo en el trabajo aquel de la marinería. Marinero fino y pintor de barcos y gaviotas… Feliz estaba entonces –y aún más después– cuando me enrolé en un pesquero y pasaba horas metido hasta las orejas entre litros y litros de agua con sal, con los pelos mojados y la piel ennegrecida por las olas y el sol. Hasta que pasó la desgracia aquella y vine a dar con mis huesos a esta santa casa que está en tierra firme, bien alejada de todos los océanos y similares, sin más agua que la corriente de beber y la de la ducha.

Reposo y dieta verde que yo, desde lo del barco y la isla, no puedo comer sopa. Ni sopa ni carne con plumas. Así pasa cuando sucede lo de las fijaciones que se le fijan a uno en el encéfalo para volverlo alérgico a los alimentos. Ahora sólo como lechugas, coles, espinacas, berenjenas y algo de cebolla, no mucha por el aliento. Pollo no como, ni pato, ni faisán. Gaviotas tampoco, ni sopa. Días enteros paso sin probar bocado porque el doctor Elías, afirma que las fijaciones mías se curarán en cuanto sea capaz de sentarme ante un buen plato de sopa de gaviota tibia. Pero a mí me da asco el gavioterío, se me enreda el estómago en un nudo de tres lazos hasta volverse más duro que un pedernal.

Fijaciones sí que tengo, don Luís, ya se lo dije. Pero no son mi culpa, culpa del mar son, y de las gaviotas, y de la tormenta aquella que zarandeaba el barco por todo el mar de un lado a otro hasta que, con tanto meneo, se partió en dos mitades iguales y todos, hombres y pescados, terminamos congelados nadando en el agua con mucho entusiasmo. Es lo malo del mar, que tiene tormentas. Tormentas y gaviotas. Muchas gaviotas, demasiadas. Yo no recuerdo bien la noche aquella tan desgraciada. Una noche horrible y mojada por tanta agua como caía, negra como el infierno, y ruidosa. “Santa Bárbara bendita, de la tormenta los rayos quita”, rezábamos a todo rezar, pero la santa ni caso, como que le importaba poco el barco y los pescados ya pescados y los hombres en zafarrancho de proa a popa. Hasta que pasó lo que pasó, que se hundió el barco y arrastró con él al Gordo Santiesteban y al Chato Vázquez, también al Germán Litri y al Juan García y al Hans Hansmüller, que era alemán pero parecía de Albacete. Sólo tres nos salvamos, el cojo Anselmo, el capitán Arias y un servidor. Sólo tres llegamos a la isla aquella, que no es más que un pedrusco en medio del agua. Un pedrusco grande pero pedrusco que, por no tener, ni una mísera gruta que le de sombra a uno tiene.

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¿Quién ha dicho que hay que salir de casa para viajar? A través de los libros de viajes podemos recorrer casi todos los países del mundo sin levantarnos del sofá. A lo largo de la historia, muchos escritores aventureros, tentados por la curiosidad, hicieron su equipaje y escribieron sus memorias o vivencias.

Según el profesor Narcís Garolera, autor del libro Escritura itinerante, la Odisea de Homero puede ser considerado el primer libro de viajes, ya que a pesar de tener elementos fantásticos, no deja de ser un libro que recorre los pueblos del Mediterráneo. En la Edad Media, el viajero más relevante fue Marco Polo: “Hizo la Ruta de la Seda, por la que llegó a China, y luego dictó el Libro de las maravillas del mundo, que aportó los únicos datos conocidos de la geografía del Extremo Oriente en aquella época “.

El profesor también explica en su libro que más adelante, en el siglo XVIII, los que viajaban eran los ilustrados y lo hacían con el objetivo de adquirir conocimientos científicos: “Escribían memorias de manera objetiva. Un ejemplo destacado fue el militar, espía, arabista y aventurero catalán Domingo Francisco Badia y Leblich, conocido también como Alí Bey el-Abbassi, que viajó por Marruecos, Argelia, Libia y diversas regiones del Imperio otomano hasta llegar a La Meca.

Después ya nos encontramos con el Viaje a Italia, de Goethe, uno de los autores más relevantes de finales del siglo XVIII. “Se considera el primer libro de viajes literario. Marcó el punto de inflexión entre los viajeros científicos y los románticos, que vinieron después”. El primero romántico es Chateaubriand, con su viaje a Tierra Santa en el siglo XIX. “Es el primero que escribe a partir de sensaciones e impresiones, de una manera subjetiva. También es muy conocido Stendhal y su viaje a Italia. Los románticos —añade el profesor– son los que más han influido en la literatura de viajes posterior. Han servido de inspiración para muchos escritores de finales del siglo XIX y principios del XX, e incluso han marcado las bases de los libros de viaje actuales”.

De entre estos y otros autores y lecturas de viajes, hemos hecho una selección de varios libros que permiten dar la vuelta al mundo de la mano de escritores y periodistas muy fieles a la realidad o románticos que se han dejado llevar por sus sensaciones.

Norteamérica en caravana, 16.000 kilómetros de ‘Viajes con Charley’ con John Steinbeck

charleyEn 1960 John Steinbeck, acompañado de su perro Charley, recorrió más de 16.000 kilómetros y treinta y cuatro estados a bordo de su autocaravana, que recibía el nombre del caballo del Quijote, Rocinante. Durante el viaje, el escritor conoce personas de diferentes clases sociales, con quien mantiene conversaciones para intentar entender su realidad. Este era básicamente el objetivo del autor cuando decidió emprender el viaje. Consideraba que como escritor estadounidense no podía hablar sólo de lo que sabía a través de los libros, sino que tenía que conocer de primera mano los rincones de su país. Salir de Nueva York. “La identidad norteamericana es un hecho demostrable y preciso”, y es lo que Steinbeck –premio Nobel de literatura del 1962– va a buscar en este viaje.

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El cine polaco vive un momento de esplendor que no conocía desde hace muchos años. El Oscar por la película ‘Ida’, de Pawel Pawlikowski, es sólo la señal más visible del éxito: en la última década han proliferado voces nuevas y se han descubierto muchos talentos y muchas personalidades del cine polonés.

Małgorzata Szumowska, la más brillante directora del cine polaco actual.

Małgorzata Szumowska, la más brillante directora del cine polaco actual.

La actividad del Instituto de Artes Cinematográficas de Polonia, institución creada hace diez años para apoyar la cinematografía del país, augura una época aún mejor y un desarrollo más dinámico. Películas tan diferentes como el conmovedor documental Llámame Marianna –un fiel retrato de las dificultades que padecen los transexuales en aquel país– que ganó el Festival Internacional de Cine de Cracovia, y la mirada sobre los jóvenes llena de delicadeza que representa Pequeños golpes frente a la severa e intransigente Casa de ángel poderoso, de Wojciech Smarzowski, reflejan la diversidad que caracteriza hoy en día el cine del católico país centroeuropeo.

Son, en todos los casos, películas no demasiado vistas en nuestras pantallas, donde el cine de ese país llega con cuentagotas, y la lista incluye, entre otros, el magnífico filme Body, de la  cineasta y guionista Malgoska Szumowska, Oso de Plata a la mejor dirección en el festival de Berlín de 2015. Esta joven directora fue premiada de nuevo con el Teddy Award en la 63a. edición de la Berlinale por su película “En el nombre del…”, que relata la historia de amor entre un sacerdote y un joven estudiante.

Personalmente, la filmografía de Malgoska Szumowska (Małgorzata Szumowska es su nombre original en polaco), es la que más interés ha despertado en mí. Y en especial, “Elles”, el cuarto largometraje de esta realizadora nacida en Cracovia en 1973. “Elles” (Ellas) es un film que ha sido catalogado como esencialmente femenino no sólo por la presencia adicional de una co-guionista y de una productora (que se consideran feministas por sus ideas, no por su militancia concreta) sino porque es un relato con vocación de constituirse en documento social hecho por, para y sobre las mujeres. Tanto el contenido como la mirada que sustentan esta coproducción entre Alemania, Francia y Polonia tienen como protagonistas a personas de sexo femenino y además en la redacción del guión no sólo hubo documentación previa (entrevistas con estudiantes dedicadas a la prostitución) sino que las actrices aportaban cada día nuevas ideas que lo iban modificando.

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Protagoniza “Elles” la actriz Juliette Binoche, como periodista parisina de investigación que prepara un artículo para una revista sobre las universitarias que venden su cuerpo para pagar sus estudios, manutención y residencia, aunque el alcance real del film sea bastante más amplio. La estructura del relato se apoya en el montaje de “fragmentos de realidad” que, por cierto, carece de toda intención moralizante aunque sus puntos de vista podrán tildarse de “políticamente incorrectos” además de sesgados. Lejos de considerar la prostitución como una explotación delictiva, este film la contempla como un trabajo afín a los demás, una profesión libremente ejercida que proporciona dinero, objetos lujosos y, a veces, placer. Por el contrario, el contexto familiar se muestra como un reducto dominado por la rutina, el aburrimiento, las labores hogareñas y los conflictos con los hijos.

No sería por tanto descabellado considerar “Elles” como un film de elevado valor sociológico por el interés de sus conclusiones, sus aportes informativos y sus suficiencias analíticas tras subrayar el contraste entre las felices jóvenes liberadas y la triste mujer casada atrapada por sus obligaciones familiares y sus servidumbres conyugales. No es casual que sean finalmente las primeras las que cambian la mentalidad y, en parte, la conducta de la segunda. El deseo y su realización serán, en definitiva, los elementos que todo lo explican y justifican, incluso poniendo en cuestión lo que se considera una existencia ”normal”.

Se constata aquí la idea de que los cuerpos femeninos son objetos convertidos voluntariamente en una mercancía sexual, una más en ese gran mercado —todo está en venta— que es la sociedad contemporánea. El valor, el precio, dependerá de la calidad del producto: belleza, juventud, simpatía, habilidades, etc. de quienes aspiran a la independencia y al alto nivel de vida que les facilita de forma anónima un simple anuncio en Internet.

Contemplada también como un testimonio sobre la soledad e indefensión de las mujeres en el mundo actual, la película aborda las escenas eróticas con una cámara que no muestra de forma explícita sus intimidades pero que no se muestra pacata a la hora de representar o de insinuar ciertas prácticas sexuales, complaciendo a un espectador convertido en excitado voyeur. Los hombres, clientes en su mayor parte casados, no sólo buscan el placer con jovencitas sino también la compañía, la conversación, ciertas prácticas inusuales en la relación conyugal y, muchas veces, un simulacro de sentimiento amoroso. En el aire la película deja multitud de preguntas. ¿Es la prostitución un negocio que siempre comporta cierto grado de esclavitud sexual? ¿Es una justificable vía de ascensión social? ¿Puede ser una variada fuente de satisfacción erótica? ¿Representa una afirmación del dominio de la mujer sobre su propio cuerpo? Las respuestas debe darlas cada espectador.

Mr. Arriflex

La capital británica aparece como telón de fondo en innumerables novelas. Si hay un escritor que ha convertido a Londres en un personaje más de su obra, ése es sin duda Charles Dickens.

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Poco queda, sin embargo, del Londres victoriano, oscuro y maloliente de Oliver Twist. Tampoco la niebla que envuelve la ciudad de vez en cuando es tan espesa como la descrita en Casa desolada, ya que el origen de aquélla era el humo de las chimeneas y de las fábricas de la revolución industrial que Dickens retrató prolijamente.

Lo que sí se puede visitar es la Casa Museo Dickens, ubicada en el distrito de Holborn, donde el escritor vivió desde 1837 hasta 1839 y pudo escribir Los papeles póstumos del Club Pickwick, Oliver Twist y Nicholas Nickleby. El edificio alberga una exposición permanente sobre Dickens, así como exhibiciones temporales de artistas contemporáneos.

El novelista está enterrado en el Poet’s Corner, en la abadía de Westminster, donde también podemos encontrar las tumbas de Rudyard Kipling y Alfred Tennyson, entre otros, y monumentos conmemorativos a Oscar Wilde y a John Keats.

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En Hampstead se puede visitar la Casa Museo de John Keats, donde el poeta se enamoró de la hija de un vecino, Fanny Brawne, quien le inspiró la mayoría de sus poemas. El museo cuenta con una colección de escritos, dibujos y cartas, además del anillo de compromiso de la pareja, y la máscara mortuoria del poeta, que falleció de tuberculosis a los veinticinco años.

Keats escribió Oda a un ruiseñor, uno de sus poemas más conocidos, a la sombra de un árbol del jardín. A pesar de que su carrera literaria se vió truncada por su temprana muerte, el autor de Lamia, Isabella, La víspera de Santa Inés y otros poemas es en una de las figuras más destacadas del romanticismo.

Durante los siglos XVIII y XIX, Hampstead atrajo a artistas, escritores y a personas acaudaladas. Además de Keats, otros insignes escritores que vivieron en Hampstead fueron Robert Louis Stevenson, D.H.Lawrence, Mary Shelley y George Orwell. Éste último trabajó durante un tiempo en una librería de South End Green en Hampstead, “The Booklover’s Corner”: En 1936 publicaría un ensayo sobre aquella experiencia (Bookshop Memories). La librería ha sido sustituida por una pastelería, pero en el exterior hay una placa conmemorativa al autor de 1984.

En Hampstead también vivió Sigmund Freud. La que era su casa alberga hoy en día el Museo Freud.

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Intentar explicar quién fue Boris Vian significa fracasar siempre. Ni su vida ni su obra se pueden captar mediante ningún tipo de clasificación. No hay corrientes literarias ni generaciones que valgan. Él no construía una carrera ni fraguaba una obra, más bien se divertía. Su talento era hiperactivo, una especie de tic nervioso que propiciaba la dispersión y la variedad.

Trompetista y actor pero, sobre todo, escritor, sus textos tanto podían tomar la forma de poemas patafísicos como de novela negra, operetas alocadas, relatos fantásticos, guiones de ciencia ficción, crónicas de jazz, conferencias sobre temas diversos, obras de teatro, canciones satíricas o versos eróticos.

Basta echar un vistazo en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés de posguerra, del que Boris Vian fue considerado el príncipe por la prensa de la época, para darse cuenta del bullicio que se movía a su alrededor. Sartre, Simon de Beauvoir, Raymond Queneau o Albert Camus frecuentaban el club Tabou, donde la orquesta de los hermanos Vian incitaba al baile alocado. Además de las habituales visitas de Charlie Parker, Miles Davis y otras grandes figuras del Jazz estadounidense. Por si fuera poco, a un par de calles de allí vagabundeaban unos revolucionarios de retórica incomprensible que se hacían llamar Internacional Letrista y tenían como jefe de grupo un joven enfadado conocido como Guy Debord. En ese mundo excéntrico y delirante, Boris Vian era el centro de gravedad, el enlace, el hombre gracias al cual un profesor de la Sorbona y un saxofonista de Nueva Orleans podían emborracharse juntos.

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Un maestro de la Escuela de París en Venecia

 

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Con esa elocuencia acerada que lo caracteriza, el reputado crítico de arte italiano Vittorio Sgarbi inauguró –justo el día antes de iniciarse el Festival de Venecia 2015– la primera exposición en la ciudad de los canales del pintor francés de origen lituano, Michel Kikoine, quien fuera además uno de los más importantes creadores de la Escuela de París junto a Soutine, Krémègne y Chagall. Aunque debo especificar que en esta ocasión las palabras de apertura de Sgarbi no sólo invitaban magistralmente a presenciar la muestra, sino que sirvieron también —improvisando una metáfora certera para este pintor de evidente ascendencia impresionista— para serenar al público asistente, que había comenzado a preocuparse ante la repentina ausencia de fluido eléctrico en la galería ocasionada por la gran tormenta que aquella tarde cayó sobre la Cittá Serenissima. Si mal no recuerdo, entre todo aquel murmullo, que cobraba tonos ya inquietantes, se alzó su voz de barítono para matizar: “Avanti amici, non abbiamo la luce; ma non importa, andiamo, perché la luce è nel lavoro dell’artista..!”

Por fortuna la corriente se restableció a los pocos minutos de haber terminado la muy italiana exhortación y todos pudimos contemplar entonces, bajo los efectos de una iluminación casi esplendente, 27 óleos sobre tela y ocho obras sobre papel realizadas por el creador entre 1915 y 1968, fecha en la que falleció a la edad de 67 años en su estudio parisino de la calle Brezin.

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La iniciativa de esta exposición de Kikoine en Venecia, surgió de la Fundación francesa que lleva su nombre y que fue creada en 1987 por sus hijos Clara Maratier y Jacques Kikoine para preservar la memoria de su padre y de los integrantes de la Escuela de París. Gracias a ellos, pudimos corroborar de cerca los artificios que prevalecían en el artista en sus trabajos con óleo, acuarela, y pastel, e incluso con el procedimiento del collage en las etapas finales de su vida, y sobre todas las cosas, sus concepciones específicas en cuanto al tratamiento del paisaje, las naturalezas muertas y el retrato, concepciones fundamentadas, según su propio testimonio, en la obra de los viejos maestros Rembrandt y Cezanne y enriquecidas desde su manera personal de captar e interpretar la estética del mundo, pasada además por el filtro de su educación judía, de sus impresiones y recuerdos de las estancias en Lituania —región donde nació el 31 de marzo de 1892—, Bielorrusia e Israel. No en balde pudo llegar a ser en un momento dado tan categórico y expresar públicamente, refiriéndose a las impresiones que le causaron algunos de estos lugares, en donde vivió que, por ejemplo, la naturaleza israelita le había enseñado sobre pintura, más que todos los impresionistas juntos.

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Espero -con gran ilusión- recibir vuestras colaboraciones, comentarios, fotos, vivencias y correos, que puedan ayudarme a ir desarrollando este Blog. El Faro del Fin del Mundo pretende seguir una línea entretenida y diversa -aunque debo confesar mi debilidad por los temas náuticos- pero, al mismo tiempo, publicando narraciones, poemas y textos de calidad y, por qué no, también con historias divertidas. El humor, no lo olvidemos, es importante en nuestras vidas. Gracias de nuevo.

Luis Irles

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