SÓLO PARA FUMADORES

JULIO RAMÓN RIBEYRO

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Sin haber sido un fumador precoz, a partir de cierto momento mi historia se confunde con la historia de mis cigarrillos. De mi período de aprendizaje no guardo un recuerdo muy claro, salvo del primer cigarrillo que fumé, a los catorce o quince años. Era un pitillo rubio, marca Derby, que me invitó un condiscípulo a la salida del colegio. Lo encendí muy asustado, a la sombra de una morera y después de echar unas cuantas pitadas me sentí tan mal que estuve vomitando toda la tarde y me juré no repetir la experiencia.

Juramento inútil, como otros tantos que lo siguieron, pues años más tarde, cuando ingresé a la universidad, me era indispensable entrar al Patio de Letras con un cigarrillo encendido. Metros antes de cruzar el viejo zaguán ya había chasqueado la cerilla y alumbrado el pitillo. Eran entonces los Chesterfield, cuyo aroma dulzón guardo hasta ahora en mi memoria. Un paquete me duraba dos o tres días y para poder comprarlo tenía que privarme de otros caprichos, pues en esa época vivía de propinas. Cuando no tenía cigarrillos ni plata para comprarlos se los robaba a mi hermano. Al menor descuido ya había deslizado la mano en su chaqueta colgada de una silla y sustraído un pitillo. Lo digo sin ninguna vergüenza, pues él hacía lo mismo conmigo. Se trataba de un acuerdo tácito y además de una demostración de que las acciones reprensibles, cuando son recíprocas y equivalentes, crean un statu quo y permiten una convivencia armoniosa.

Al subir de precio, los Chesterfield se volatilizaron de mis manos y fueron remplazados por los Inca, negros y nacionales. Veo aún su paquete amarillo y azul con el perfil de un inca en su envoltura. No debía ser muy bueno este tabaco, pero era el más barato que se encontraba en el mercado. En algunas pulperías los vendían por medios paquetes o por cuartos de paquete, en cucuruchos de papel de seda. Era vergonzoso sacar del bolsillo uno de estos cucuruchos. Yo siempre tenía una cajetilla vacía en la que metía los cigarrillos comprados al menudeo. Aun así los Inca eran un lujo comparados con otros cigarrillos que fumé en esos tiempos, cuando mis necesidades de tabaco aumentaron sin que ocurriera lo mismo con mis recursos: un tío militar me traía del cuartel cigarrillos de tropa, amarrados en sartas como si fuesen cohetes, producto repugnante, donde se encontraban pedazos de corcho, astillas, pajas y unas cuantas hebras de tabaco. Pero no me costaban nada, y se fumaban.

No sé si el tabaco es un vicio hereditario. Papá era un fumador moderado, que dejó el cigarrillo a tiempo cuando se dio cuenta de que le hacía daño. No guardo ningún recuerdo de él fumando, salvo una noche en que no sé por qué capricho, pues hacía años que había renunciado al tabaco, cogió un pitillo de la cigarrera de la sala, lo cortó en dos con unas tijeritas y encendió una de las partes. A la primera pitada lo apagó diciendo que era horrible. Mis tíos en cambio fueron grandes fumadores y es conocida la importancia que tienen los tíos en la transmisión de hábitos familiares y modelos de conducta. Mi tío paterno George llevaba siempre un cigarrillo en los labios y encendía el siguiente con la colilla del anterior. Cuando no tenía un cigarrillo en la boca tenía una pipa. Murió de cáncer al pulmón. Mis cuatro tíos maternos vivieron esclavizados por el tabaco. El mayor murió de cáncer a la lengua, el segundo de cáncer a la boca y el tercero de un infarto. El cuarto estuvo a punto de reventar a causa de una úlcera estomacal perforada, pero se recuperó y sigue de pie y fumando.

De uno de estos tíos maternos, el mayor, guardo el primer y más impresionante recuerdo de la pasión por el tabaco. Estábamos de vacaciones en la hacienda Tulpo, a ocho horas a caballo de Santiago de Chuco, en los Andes septentrionales. A causa del mal tiempo no vino el arriero que traía semanalmente provisiones a la hacienda y los fumadores quedaron sin cigarrillos. Tío Paco pasó dos o tres días paseándose desesperado por las arcadas de la casa, subiendo a cada momento al mirador para otear el camino de Santiago. Al fin no pudo más y a pesar de la oposición de todos (para que no ensillara un caballo escondimos las llaves del cuarto de monturas), se lanzó a pie rumbo a Santiago, en plena noche y bajo un aguacero atroz. Apareció al día siguiente, cuando terminábamos de almorzar. Por fortuna se había encontrado a medio camino con el arriero. Entró al comedor empapado, embarrado, calado de frío hasta los huesos, pero sonriente, con un cigarrillo humeando entre los dedos.

Cuando ingresé a la facultad de Derecho conseguí un trabajo por horas donde un abogado y pude disponer así de los medios necesarios para asegurar mi consumo de tabaco. El pobre Inca se fue al diablo, lo condené a muerte como un vil conquistador y me puse al servicio de una potencia extranjera. Era entonces la boga del Lucky. Su linda cajetilla blanca con un círculo rojo fue mi símbolo de estatus y una promesa de placer. Miles de estos paquetes pasaron por mis manos y en las volutas de sus cigarrillos están envueltos mis últimos años de derecho y mis primeros ejercicios literarios.

Por ese círculo rojo entro forzosamente cuando evoco esas altas noches de estudio en las que me amanecía con amigos la víspera de un examen. Por suerte no faltaba nunca una botella, aparecida no se sabía cómo, y que le daba al fumar su complemento y al estudio su contrapeso. Y esos paréntesis en los que, olvidándonos de códigos y legajos, dábamos libre curso a nuestros sueños de escritores. Todo ello naturalmente en un perfume de Lucky. El fumar se había ido ya enhebrando con casi todas las ocupaciones de mi vida. Fumaba no solo cuando preparaba un examen sino cuando veía una película, cuando jugaba ajedrez, cuando abordaba a una guapa, cuando me paseaba solo por el malecón, cuando tenía un problema, cuando lo resolvía. Mis días estaban así recorridos por un tren de cigarrillos, que iba sucesivamente encendiendo y apagando y que tenían cada cual su propia significación y su propio valor. Todos me eran preciosos, pero algunos de ellos se distinguían de los otros por su carácter sacramental, pues su presencia era indispensable para el perfeccionamiento de un acto: el primero del día después del desayuno, el que encendía al terminar de almorzar y el que sellaba la paz y el descanso luego del combate amoroso.

¡Ay mísero de mí, ay infeliz! Yo pensaba que mi relación con el tabaco estaba definitivamente concertada y que en adelante mi vida transcurriría en la amable, fácil, fidelísima y hasta entonces inocua compañía del Lucky. No sabía que me iba a ir del Perú y que me esperaba una existencia errante en la cual el cigarrillo, su privación o su abundancia, jalonarían mis días de gratificaciones y desastres.

Mi viaje en barco a Europa fue un verdadero sueño para un tabaquista como yo, no solo porque podía comprar en puertos libres o a marineros contrabandistas cigarrillos a precios regalados, sino porque nuevos escenarios dotaron al hecho de fumar de un marco privilegiado. Verdaderos cromos, por decirlo así: fumar apoyado en la borda del trasatlántico mirando los peces voladores del Caribe o hacerlo de noche en el bar de segunda jugando una encarnizada partida de dados con una banda de pasajeros mafiosos. Era lindo, lo reconozco. Pero al llegar a España las cosas cambiaron. La beca que tenía era pobrísima y después de pagar el cuarto, la comida y el trolebús no me quedaba casi una peseta. ¡Adiós Lucky! Tuve que adaptarme al rubio español, algo rudo y demoledor, que por algo llevaba el nombre de Bisonte. Por fortuna estábamos en tierra ibérica y la pobre España franquista se las había arreglado para hacerle la vida menos dura a los fumadores menesterosos. En cada esquina había un viejo o una vieja que vendían en canastillas cigarrillos al detalle. A la vuelta de mi pensión montaba guardia un mutilado de la guerra civil al que le compraba cada día uno o varios cigarrillos, según mis disponibilidades. La primera vez que estas se agotaron me armé de valor y me acerqué a él para pedirle un cigarrillo fiado. “No faltaba más, vamos, los que quiera. Me los pagará cuando pueda”. Estuve a punto de besar al pobre viejo. Fue el único lugar del mundo donde fumé al fiado.

Los escritores, por lo general, han sido y son grandes fumadores. Pero es curioso que no hayan escrito libros sobre el vicio del cigarrillo, como sí han escrito sobre el juego, la droga o el alcohol. ¿Dónde están el Dostoiewsky, el De Quincey o el Malcolm Lowry del cigarrillo? Aristóteles y toda la filosofía, no hay nada comparable al tabaco… Quien vive sin tabaco, no merece vivir”. Ignoro si Moliere era fumador —si bien en esa época el tabaco se aspiraba La primera referencia literaria al tabaco que conozco data del siglo XVII y figura en el Don Juan de Moliere. La obra arranca con esta frase: “Diga lo que diga por la nariz o se mascaba—, pero esa frase me ha parecido siempre precursora y profunda, digna de ser tomada como divisa por los fumadores. Los grandes novelistas del siglo XIX —Balzac, Dickens, Tolstoi— ignoraron por completo el problema del tabaquismo y ninguno de sus cientos de personajes, por lo que recuerdo, tuvieron algo que ver con el cigarrillo. Para encontrar referencias literarias a este vicio hay que llegar al siglo XX. En La montaña mágica, Thomas Mann pone en labios de su héroe, Hans Castorp, estas palabras: “No comprendo cómo se puede vivir sin fumar… Cuando me despierto me alegra saber que podré fumar durante el día y cuando como tengo el mismo presentimiento. Sí, puedo decir que como para fumar… Un día sin tabaco sería el colmo del aburrimiento, sería para mí un día absolutamente vacío e insípido y si por la mañana tuviese que decirme hoy no puedo fumar creo que no tendría el valor para levantarme”. La observación me parece muy penetrante y revela que Thomas Mann debió ser un fumador encarnizado, lo que no le impidió vivir hasta los ochenta años. Pero el único escritor que ha tratado el tema del cigarrillo extensamente, con una agudeza y un humor insuperables, es Italo Svevo, quien le dedica treinta páginas magistrales en su novela La conciencia de Zeno. Después de él no veo nada digno de citarse, salvo una frase en el diario de André Gide, que también murió octogenario y fumando: “Escribir es para mí un acto complementario al placer de fumar”.

El mutilado español que me fiaba cigarrillos fue un santo varón y una figura celestial que no encontraré más en mi vida. Estaba ya entonces en París y allí las cosas se pusieron color de hormiga. No al comienzo, pues cuando llegué disponía de medios para mantener adecuadamente mi vicio y hasta para adornarlo. Las surtidas tabaquerías francesas me permitieron explorar los dominios inglés, alemán, holandés, en su gama rubia más refinada, con la intención de encontrar, gracias a comparaciones y correlaciones, el cigarrillo perfecto. Pero a medida que avanzaba en estas pesquisas mis recursos fueron disminuyendo a tal punto que no me quedó más remedio que contentarme con el ordinario tabaco francés. Mi vida se volvió azul, pues azules eran los paquetes de Gauloises y de Gitanes. Era tabaco negro además, de modo que mi caída fue doblemente infamante. Ya para entonces el fumar se había infiltrado en todos los actos de mi vida, al punto que ninguno —salvo el dormir— podía cumplirse sin la intervención del cigarrillo. En este aspecto llegué a extremos maniacos o demoniacos, como el no poder abrir una carta importantísima y dejarla horas de horas sobre mi mesa hasta conseguir los cigarrillos que me permitieran desgarrar el sobre y leerla. Esa carta podía incluso contener el cheque que necesitaba para resolver el problema de mi falta de tabaco. Pero el orden no podía ser invertido: primero el cigarrillo y después la apertura del sobre y la lectura de la carta. Estaba pues instalado en plena insania y maduro ya para peores concesiones y bajezas.

Ocurrió que un día no pude ya comprar ni cigarrillos franceses —y en consecuencia leer mis cartas—, y tuve que cometer un acto vil: vender mis libros. Eran apenas doscientos o algo así, pero eran los que más quería, aquellos que arrastraba durante años por países, trenes y pensiones y que habían sobrevivido a todos los avatares de mi vida vagabunda. Yo había ido dejando por todo sitio abrigos, paraguas, zapatos y relojes, pero de estos libros nunca había querido desprenderme. Sus páginas anotadas, subrayadas o manchadas conservaban las huellas de mi aprendizaje literario y, en cierta forma, de mi itinerario espiritual. Todo consistió en comenzar. Un día me dije: “Este Valéry vale quizás un cartón de rubios americanos”, en lo que me equivoqué, pues el bouquiniste que lo aceptó me pagó apenas con qué comprar un par de cajetillas. Luego me deshice de mis Balzac, que se convertían automáticamente en sendos paquetes de Lucky. Mis poetas surrealistas me decepcionaron, pues no daban más que para un Players británico. Un Ciro Alegría dedicado, en el que puse muchas esperanzas, fue solo recibido porque le añadí de paso el teatro de Chejov. A Flaubert lo fui soltando a poquitos, lo que me permitió fumar durante una semana los primitivos Gauloises. Pero mi peor humillación fue cuando me animé a vender lo último que me quedaba: diez ejemplares de mi libro Los gallinazos sin plumas, que un buen amigo había tenido el coraje de editar en Lima. Cuando el librero vio la tosca edición en español, y de autor desconocido, estuvo a punto de tirármela por la cabeza. “Aquí no recibimos esto. Vaya a Gilbert, donde compran libros al peso”. Fue lo que hice. Volví al hotel con un paquete de Gitanes. Sentado en mi cama encendí un pitillo y quedé mirando mi estante vacío. Mis libros se habían hecho literalmente humo.

Días más tarde erraba desesperadamente por los cafés del barrio latino en busca de un cigarrillo. Había comenzado el verano, cruel verano. Todos mis amigos o conocidos, por pobres que fuesen, habían abandonado la ciudad en auto—stop, en bicicleta o como sea rumbo a la campiña o a las playas del sur. París me parecía poblado de marcianos. Al llegar la noche, con apenas un café en el estómago y sin fumar, estaba al borde de la paranoia. Una vez más recorrí el boulevard Saint—Germain, empezando por el Museo Cluny, en dirección ala Plazadela Concordia. Peroen lugar de inspeccionar las terrazas atestadas de turistas, mis ojos tendían a barrer el suelo. ¡Quién sabe! A lo mejor podía encontrar un billete caído, una moneda. O una colilla. Vi algunas, pero estaban aplastadas o mojadas, o pasaba en ese momento gente y un resto de dignidad me impedía recogerlas. Cerca de media noche estaba enla Plazadela Concordia, al pie del obelisco, cuya espigada figura no tenía para mí otro simbolismo que el de un gigantesco cigarro. Dudaba entre seguir mi ronda hacia los grandes boulevares o si regresar derrotado a mi hotelito de la rue Dela Harpe. Meaventuré por la rue Royal y del Maxim’s vi salir a un caballero elegante que encendía un cigarrillo en la calzada y despachaba al portero en busca de un taxi. Sin vacilar me acerqué a él y en mi francés más correcto le dije: “¿Sería usted tan amable de invitarme un cigarrillo?”. El caballero dio un paso atrás horrorizado, como si algún execrable monstruo nocturno irrumpiera en el orden de su existencia y pidiendo auxilio al portero me esquivó y desapareció en el taxi que llegaba.

Un flujo de sangre me remontó a la cabeza, al punto que temí caerme desplomado. Como un sonámbulo volví sobre mis pasos, crucé la plaza, el puente, llegué a los malecones del Sena. Apoyado en la baranda miré las aguas oscuras del río y lloré copiosa, silenciosamente, de rabia, de vergüenza, como una mujer cualquiera.

Este incidente me marcó tan profundamente, que a raíz de él tomé una determinación irrevocable: no ponerme nunca más, pero nunca más, en esa situación de indigencia que me forzara a pedirle cigarrillos a un desconocido. Nunca más. En adelante debía ganar mi tabaco con el sudor de mi frente. Sabía que estaba viviendo un período de prueba y que vendrían mejores tiempos, pero por el momento me lancé como un lobo sobre la menor ocasión de trabajo que se me presentó, por duro o desdeñado que fuese y al día siguiente estaba haciendo cola ante la oficina de ramassage de vieux jorneaux y me convertí en un recolector de papel de periódico.

Fue el primer trabajo físico que realicé y uno de los más fatigosos, pero también uno de los más exaltantes, pues me permitió conocer no solo los pliegues más recónditos de París, sino aquellos más secretos de la naturaleza humana. A cada cual nos daban un triciclo y una calle y uno debía partir pedaleando hasta su calle e ir de edificio en edificio, de piso en piso y de puerta en puerta pidiendo periódicos viejos para los “pobres estudiantes”, hasta llenar el triciclo y regresar a la oficina, con sol o con lluvia, por calles planas o calles empinadas. Conocí barrios lujosos y barrios populares, entré a palacetes y buhardillas, me tropecé con porteras hórridas que me expulsaron como a un mendigo, viejitas que a falta de periódicos me regalaron un franco, burgueses que me tiraron las puertas en las narices, solitarios que me retuvieron para que compartiera su triste pitanza, solteronas en celo que esbozaron gestos equívocos e iluminados que me propusieron fórmulas de salvación espiritual.

Sea como fuese, en diez o más horas de trabajo lograba reunir el papel suficiente para pagar cotidianamente hotel, comida y cigarrillos. Fueron los más éticos que fumé, pues los conquisté echando el bofe, y también los más patéticos, ya que no había nada más peligroso que encender y fumar un pitillo cuando descendía una cuesta embalado con trescientos kilos de periódicos en el triciclo.

Por desgracia, este trabajo duró solo unos meses. Quedé nuevamente al garete, pero fiel a mi propósito de no mendigar más un cigarrillo me los gané trabajando como conserje de un hotelucho, cargador de estación ferroviaria, repartidor de volantes, pegador de afiches y finalmente cocinero ocasional en casa de amigos y conocidos.

Fue en esa época que conocí a Panchito y pude disfrutar durante un tiempo de los cigarrillos más largos que había visto en mi vida, gracias al amigo más pequeño que he tenido. Panchito era un enano y fumaba Pall Mall. Que fuera un enano me parece quizás exagerado, pues siempre tuve la impresión de que crecía conforme lo frecuentaba. Lo cierto es que lo conocí desnudo como un gusano y en circunstancias melodramáticas. Un amigo me invitó a cocinar a su estudio y cuando llegué encontré la puerta entreabierta y en la cama un bulto cubierto con las sábanas. Pensé que era mi amigo que se había quedado dormido y para hacerle una broma jalé las sábanas de un tirón gritando “¡Pólice!”. Para mi sorpresa, quien quedó al descubierto fue un cholo calato, lampiño y minúsculo que, dando un salto agilísimo, se puso de pie y quedó mirándome aterrado con su carota de caballo. Cuando lo vi desviar la vista hacia el cortapapel toledano que había en la mesa de noche fui yo el que me asusté, pues un hombre calato, por indefenso que parezca, se vuelve peligroso si se arma de un punzón. “¡Soy amigo de Carlos!”, exclamé. A buena hora. El hombrecito sonrió, se cubrió con una bata y me estiró la mano, justo cuando llegaba Carlos con la bolsa de provisiones. Carlos me lo presentó como a un viejo pata que había alojado por esa noche mientras encontraba un hotel. Panchito entretanto había sacado de bajo la cama dos voluminosas maletas. Una desbordaba de ropa muy fina y la otra de botellas de whisky y de cartones de una marca de cigarrillos desconocida entonces en Francia: Pall Mall. Cuando me estiró el primer paquete de los primeros king size que veía me di cuenta de que Panchito era menos pequeño de lo que suponía.

A partir de ese día Panchito, yo y los Pall Mall formamos un trío inseparable. Panchito me adoptó como su acompañante, lo que equivalía a haberme extendido un contrato de trabajo que asumí con una responsabilidad profesional. Mi función consistía en estar con él. Caminábamos por el barrio Latino, tomábamos copetines en las terrazas de los cafés, comíamos juntos, jugábamos una que otra partida de billar, rara vez entrábamos a un cine, pero sobre todo conversábamos a lo largo del día y parte de la noche. Él corría con todos los gastos y al despedirse me dejaba algunos billetes en la mano e, invariablemente, una cajetilla de Pall Mall.

A pesar de tan estrecho contacto, yo no sabía realmente quién era Panchito y a qué se dedicaba. De mis largas conversaciones con él saqué en limpio muchas cosas pero no las suficientes como para adquirir una certeza. Sabía que su infancia en Lima fue pobrísima; que de joven dejó el Perú para recorrer casi toda América Latina; que le encantaba vestirse bien, con chaleco, sombrero, zapatos Weston de tacos muy altos (por lo cual la primera vez que salimos juntos me pareció que había dado un pequeño estirón); que el oro lo fascinaba, pues eran de oro su reloj, su lapicero, sus gemelos, su encendedor, su anillo con rubí y sus prendedores de corbata; que odiaba a las fuerzas del orden y hacía lo indecible para volverse transparente cada vez que pasaba un policía; que el fajo de billetes que llevaba en el bolsillo de su pantalón era aparentemente inagotable; que a medianoche desaparecía en las sombras con rumbo desconocido, sin que nadie supiese dónde se albergaba.

Con el tiempo algunos de mis amigos lo conocieron y formaron en torno de él un cortejo de artistas mendicantes que habían encontrado amparo en un enigmático cholo peruano. A Panchito le encantaba estar rodeado por estos cinco o seis blanquitos miraflorinos, hijos de esa burguesía peruana que lo había menospreciado, y a los que daba de comer, de beber y de vivir, como si encontrara un placer aberrante en devolver con dádivas lo que había recibido en humillaciones. A Santiago le pagó sus cursos de violín, a Luis le consiguió un taller para que pintara, y a Pedro le financió la edición de una plaqueta de poemas invendible. Panchito era así, entre otras cosas un mecenas, pero que no aceptaba nada de vuelta, ni las gracias.

Uno de los últimos recuerdos que guardo de él, antes de su desaparición definitiva, ocurrió una noche invernal, eléctrica y viciosa. Pasada la medianoche quedábamos Panchito, Santiago y yo tomando el vino del estribo en el mostrador del Relais de l’Odeon. Cerraban el bar, éramos los últimos clientes, los mozos ponían las sillas sobre las mesas y barrían las baldosas. En el espejo del bar vimos tres siluetas inmóviles en la calzada: tres árabes cubiertos con espesos abrigos negros. Santiago nos contó entonces que días atrás, en ese mismo bar, un árabe había intentado manosear a una francesa y que él, movido por un sentimiento incauto de justiciero latino, salió en su defensa y se lió a puñetazos con el musulmán, poniéndolo en fuga luego de romperle una silla en la cabeza, dentro de la mejor tradición de los westerns. Puesto que de films se trata, estábamos viviendo ahora un film policial, ya que, según Santiago, uno de los tres árabes que estaban en la calzada era aquel al que derrotó y que se alejó jurando venganza. Pues ahora estaba allí, en esa noche solitaria e inclemente, acompañado por dos secuaces, esperando que saliéramos del bar para cumplir su vendetta. ¿Qué hacer? Santiago era alto, ágil y buen peleador, pero yo un intelectual esmirriado y Panchito un peruano bajito con sombrero y chaleco. ¿Cómo enfrentarse a esos tres hijos de Alá, armados posiblemente de corvas navajas?

“Salgamos tranquilamente”, dijo Panchito. Fue lo que hicimos y nos encaminamos por el centro de la pista desierta y lóbrega hacia la rue De Buci. A los cincuenta metros volvimos la cabeza y vimos que los tres árabes, con las manos en los bolsillos de sus abrigos peludos, aceleraban el paso y se acercaban. “Sigan no más ustedes”, dijo Panchito, “yo les doy el alcance después”. Santiago y yo continuamos nuestro camino y un trecho más allá nos detuvimos para ver qué pasaba. Vimos entonces que Panchito, de espaldas a nosotros, parlamentaba con los tres musulmanes que, a su lado, parecían tres sombrías montañas. En la mano de uno de ellos refulgió un cuchillo pero, lejos de amedrentarse, Panchito avanzó y sus contrincantes dieron un paso atrás y luego otro y otro, a medida que se iban empequeñeciendo y Panchito agrandando, hasta que al fin se esfumaron en la oscuridad y desaparecieron. Panchito volvió calmadamente hacia nosotros, encendiendo en el trayecto uno de sus larguísimos Pall Mall. “Asunto arreglado”, dijo echándose a reír. “Pero, ¿qué has hecho?”, le preguntó Santiago. “Nada”, dijo Panchito y al poco rato añadió: “Toca”, y se señaló el abrigo, a la altura del tórax. Santiago y yo tocamos su abrigo y sentimos bajo la tela la presencia de un objeto duro, alargado e inquietante.

Días más tarde Panchito desapareció, sin preaviso. Lo esperé durante horas en el café Mabillón, donde diariamente nos dábamos cita antes del almuerzo para tomar el primer aperitivo y emprender una de nuestras largas y erráticas jornadas. Fui a ver a mi amigo Carlos, quien me dijo ignorar dónde estaba. “Ya lo sabrás por los periódicos”, agregó sibilinamente. Y lo supe, pero años después, cuando trabajaba en una agencia de prensa, encargado de seleccionar y traducir las noticias de Francia destinadas a América Latina. De Niza llegó un télex con la mención “Especial Perú. Para transmitir a los periódicos de Lima”. El télex decía que un delincuente peruano, Panchito, fichado desde hacía años porla Interpol, había sido capturado en los pasillos de un gran hotel dela Costa Azulcuando se aprestaba a penetrar en una suite. Recordé que para su mamá y hermanos, a quienes enviaba regularmente dinero a Lima, Panchito era un destacado ingeniero con un importante puesto en Europa. Haciendo una bola con el télex lo arrojé a la papelera.

Los vaivenes de la vida continuaron llevándome de un país a otro, pero sobre todo de una marca a otra de cigarrillos. Amsterdam y los Muratti ovalados con fina boquilla dorada; Amberes y los Belga de paquete rojo con un círculo amarillo; Londres, donde intenté fumar pipa, a lo que renuncié porque me pareció muy complicado y porque me di cuenta de que no era ni Sherlock Holmes, ni lobo de mar, ni inglés… Munich, finalmente, donde a falta de sacar mi doctorado en filología románica, me gradué como experto en cigarrillos teutones que, para decirlo crudamente, me parecieron mediocres y sin estilo. Pero si menciono Munich no es por la bondad de su tabaco sino porque cometí un error de discernimiento que me colocó en una situación de carencia desesperada, comparable a los peores momentos de mi época parisina.

Gozaba entonces de una módica beca, pero que me permitía comprar todos los días mi paquete de Rothaendhel en un kiosko callejero, antes de tomar el tranvía que me llevaba a la universidad. Se trataba de un acto que, a fuerza de repetirse, creó entre la vieja Frau del kiosko yo una relación simpática, que yo juzgaba por encima de todo protocolo comercial. Pero a los dos o tres meses de una vida rutinaria y ecónoma me gasté la totalidad de mi beca en un tocadiscos portátil, pues había empezado una novela y juzgué que me era necesario, para llevarla a buen término, contar con música de fondo o de cortina sonora que me protegiera de todo ruido exterior. La música la obtuve y la cortina también y pude avanzar mi novela, pero a los pocos días me quedé sin cigarrillos y sin plata para comprarlos y como “escribir es un acto complementario al placer de fumar”, me encontré en la situación de no poder escribir, por más música de fondo que tuviese. Lo más natural me pareció entonces pasar por el kiosko cotidiano e invocar mi condición de casero para que me dieran al crédito un paquete de cigarrillos. Fue lo que hice, alegando que había olvidado mi monedero y que pagaría al día siguiente. Tan confiado estaba en la legitimidad de mi pedido que estiré cándidamente la mano esperando la llegada del paquete. Pero al instante tuve que retirarla, puesla Fraucerró de un tirón la ventanilla del kiosko y quedó mirándome tras el vidrio no solo escandalizada sino aterrada. Solo en ese momento me di cuenta del error que había cometido: creer que estaba en España cuando estaba en Alemania. Ese país próspero era en realidad un país atrasado y sin imaginación, incapaz de haber creado esas instituciones de socorro, basadas en la confianza y la convivialidad, como es la institución del fiado. Parala Fraudel kiosko, un tipo que le pedía algo pagadero mañana, no podía ser más que un estafador, un delincuente o un desequilibrado dispuesto a asesinarla llegado el caso.

Me encontré pues en una situación terrible —sin poder fumar y en consecuencia escribir— y sin solución a la vista, pues en Munich no conocía prácticamente a nadie y para colmo se desató un invierno atroz, con un metro de nieve en las calles, que me condenó a un encierro forzoso. No hacía más que mirar por la ventana el paisaje polar, tirarme en la cama como un estropajo o leer los libros más pesados del mundo, como los siete volúmenes del diario íntimo de Charles Du Bos o las novelas pedagógicas de Goethe. Fue entonces cuando vino en mi auxilio herr Trausnecker.

Yo estaba alojado en casa de este obrero metalúrgico, que me alquilaba una pieza con desayuno y una comida en el departamento que ocupaba en un suburbio proletario. Una o dos veces por semana entraba a mi cuarto en las noches para informarse sobre mis necesidades y hacerme un poco de conversación. Hombre rudo, pero perspicaz, se dio cuenta de inmediato de que algo me atormentaba. Cuando le expliqué mi problema lo comprendió en el acto, y excusándose por no poder prestarme dinero me regaló un kilo de tabaco picado, papel de arroz y una maquinita para liar cigarrillos.

Gracias a esta maquinita pude subsistir durante las dos interminables semanas que me faltaban para cobrar mi siguiente mesada. Todas las mañanas, al levantarme, liaba una treintena de cigarrillos que apilaba en mi escritorio en pequeños montoncitos. Fueron los peores y mejores cigarrillos de mi vida, los más nocivos seguramente pero los más oportunos. El tabaco estaba reseco, el papel era áspero y el acabado artesanal, tosco y execrable a la vista, pero qué importaba, ellos me permitieron capear el temporal y reanudar con brío mi novela interrumpida. Si la concluí se debe en gran parte a la maquinita del señor Trausnecker, quien lavó así la afrenta que recibí de la vieja Frau y me reconcilió con el pueblo germánico.

Este servicio se lo pagué con creces, lo que me obliga a hacer una digresión, pues el asunto no tiene nada que ver con el cigarrillo, aunque sí con el fuego. Frau Trausnecker entró una tarde desolada a mi habitación: hacía más de una hora que había puesto en el horno un pastel de manzana, pero la puerta de la cocina se había bloqueado y no podía entrar para sacar el pastel que se estaba quemando. Intenté abrir la puerta primero con una ganzúa improvisada, luego a golpes, pero era imposible y el olor a quemado aumentaba. Me acordé entonces de que el baño estaba al lado de la cocina y de que sus respectivas ventanas eran contiguas. No había más que pasar de una pieza a otra por la ventana. Le expliqué a Frau Trausnecker mi plan y me dirigí al baño, pero ella se lanzó tras de mí chillando, trató de contenerme, dijo que era muy arriesgado, hubo un forcejeo, hasta que logré encerrarme en el baño con llave. Como ella seguía protestando tras la puerta, abrí el caño de la tina y le dije que no se preocupara, que lo que en realidad iba a hacer era bañarme. Lo que hice fue abrir la ventana y quedé espantado: no solo porque el cuarto piso de ese edificio obrero daba a un hondísimo patio de cemento, sino porque la ventana de la cocina estaba más lejos de lo que había supuesto. Pero ya no podía dar marcha atrás, a riesgo de cubrirme de ridículo y quedar como un fanfarrón. Me encaramé en la ventana del baño, me colgué de su borde con ambas manos y luego de un balanceo calculado salté hasta la ventana contigua y entré a la cocina. A tiempo, pues la atmósfera estaba caldeada y el horno echaba humo y fuego por sus ranuras. Abrí la puerta de la pieza y Frau Trausnecker entró, apagó la llave del horno, cortó la corriente eléctrica, sacó el pastel, que era un montículo de carbón ardiente y lo tiró sobre el lavadero bajo un chorro de agua fría. La casa se llenó de vapor y de un insoportable olor a chamuscado, al punto que tuvimos que abrir todas las ventanas para que se aireara. Al poco rato estábamos sentados en la sala aliviados, satisfechos y felices por haber evitado un incendio. Pero un ruidito nos distrajo: del baño llegaba el rumor del grifo abierto de la tina y al instante vimos aparecer una lengua de agua en el pasillo. ¡La tina se estaba desbordando! Pero ¿cómo hacer para entrar al baño? Yo le había echado llave desde el interior. No me quedó más que rehacer el camino en el sentido inverso, a pesar de las nuevas protestas de Frau Trausnecker. De la ventana de la cocina pasé a la ventana del baño en suicida salto sobre el abismo. Mi temeridad salvó a los Trausnecker sucesivamente de un incendio y de una inundación.

En muchas ocasiones —es tiempo de decirlo— traté de luchar contra mi dependencia del tabaco, pues su abuso me hacía cada vez más daño: tosía, sufría de acidez, náuseas, fatiga, pérdida del apetito, palpitaciones, mareos y una úlcera estomacal que me retorcía de dolor y me forzaba a someterme regularmente a un régimen de leche y de abominables gelatinas. Empleé todo tipo de recetas y de argucias para disminuir su consumo y eventualmente suprimirlo. Escondía las cajetillas en los lugares más inverosímiles; llenaba mi escritorio de caramelos, para tener siempre a la mano algo que llevarme a la boca y succionar en vez del cigarrillo; adquirí boquillas sofisticadas con filtros que eliminaban la nicotina; tragué todo tipo de pastillas supuestamente destinadas a volvernos alérgicos al tabaco; me clavé agujas en las orejas bajo la sabia administración de un acupunturista chino.

Nada dio resultado. Llegué así a la conclusión de que la única manera de librarme de este yugo no era el empleo de trucos más o menos falaces sino un acto de voluntad irrevocable, que pusiera a prueba el temple de mi carácter. Conocía gente —poca es cierto y que siempre me inspiró desconfianza— que había resuelto de un día para otro no fumar y lo había conseguido.

Solo una vez tomé una determinación semejante. Me encontraba en Huamanga, como profesor de su universidad, que acababa de reabrirse luego de tres siglos de clausura. Esa vieja, pequeña y olvidada ciudad andina era una delicia. El camarada Gonzalo no había hecho aún su aparición ni su filosofía señalado ningún sendero luminoso. Los estudiantes, casi todos lugareños o de provincias vecinas, eran jóvenes ignorantes, serios y estudiosos, convencidos de que les bastaría obtener un diploma para acceder al mundo de la prosperidad. Pero no se trata de evocar mi experiencia ayacuchana. Volvamos al cigarrillo. Soltero, sin obligaciones y ganando un buen sueldo, podía surtirme de la cantidad de Camel que me diera la gana, pues había adoptado esa marca, quizás por la afinidad que existía entre el camello y las llamas y vicuñas que circulaban por el pueblo. Pero una noche, conversando y fumando con mis colegas en un café de la plaza de Armas, me sentí repentinamente mal. La cabeza me daba vueltas, tenía dificultades para respirar, sentía punzadas en el corazón. Me retiré a mi hotel y me tiré en la cama, confiado en que reposando me iba a recuperar. Pero mi estado se agravó: el techo se me venía encima, vomité bilis, me sentí realmente morir. Me di cuenta entonces de que eso se debía al cigarrillo, de que al fin estaba pagando al contado la deuda acumulada en quince años de fumador desenfrenado.

Era necesario tomar una decisión radical. Pero no solo tomarla —no fumar más— sino consagrarla con un acto simbólico que sellara su carácter sacramental. Me levanté de la cama tambaleante, cogí mi paquete de Camel y lo arrojé al terreno baldío que quedaba al pie de mi ventana. Nunca más, me dije, nunca más. Y desahogado por ese rasgo de heroísmo, caí nuevamente en mi cama y me quedé al instante dormido.

Pasada la medianoche me desperté, recordé mi determinación de la víspera y me sentí no solo moralmente reconfortado sino físicamente bien. Tanto, que me levanté para consignar mi renuncia al tabaco en líneas que imaginé, si no inmortales, dignas al menos de una merecida longevidad. Escribí en realidad varias páginas glorificando mi gesto y prometiéndome una nueva vida, basada en la austeridad y la disciplina. Pero a medida que escribía me iba sintiendo incómodo, mis ideas se ofuscaban, penaba para encontrar las palabras, una angustia creciente me impedía toda concentración y me di cuenta de que lo único que realmente quería en ese momento era encender un cigarrillo.

Durante una hora al menos luché contra este llamado, apagando la luz para tirarme en la cama e intentar dormir, levantándome para poner música en mi tocadiscos portátil, bebiendo vasos y vasos de agua fresca, hasta que no pude más: cogí mi abrigo y decidí salir del hotel en busca de cigarrillos. Pero ni siquiera salí de mi cuarto. A esa hora no había nada abierto en Huamanga. Empecé entonces a revisar los bolsillos de todos mis sacos y pantalones, los cajones de todos los muebles, el contenido de maletas y maletines, en busca del hipotético cigarrillo olvidado, tirando todo por los aires y a medida que más infructuosa era mi búsqueda más tenaz era mi deseo. De pronto mi mente se iluminó: la solución estaba en el paquete que había arrojado por la ventana. Cuando me asomé a ella vi ocho o diez metros más abajo el terreno baldío vagamente iluminado por la luz de mi habitación. Ni siquiera vacilé. Salté al vacío como un suicida y caí sobre un montículo de tierra, doblándome un tobillo. A gatas exploré el desmonte alumbrado por mi encendedor. ¡Allí estaba el paquete! Sentado entre las inmundicias encendí un pitillo, levanté la cabeza y lancé la primera bocanada de humo hacia el cielo espléndido de Huamanga.

Este percance fue un anuncio que no supe escuchar ni aprovechar. Proseguí mi vida errante por diferentes ciudades, albergues y ocupaciones, dejando por todo sitio volutas de humo y colillas aplastadas, hasta que recalé nuevamente en París, en un departamento de tres piezas, donde pude reunir una colección de sesenta ceniceros. No por manía de coleccionista, sino para tener siempre a la mano algo en qué tirar puchos o cenizas. Había adoptado entonces el Marlboro, pues esta marca, que no era mejor ni peor que las tantas que había ya probado, me sugirió un juego gramatical que practicaba asiduamente. ¿Cuántas palabras podían formarse con las ocho letras de Marlboro? Mar, lobo, malo, árbol, bar, loma, olmo, amor, orar, bolo, etc. Me volví invencible en este juego, que impuse entre mis colegas dela Agencia France—Presse, donde entonces trabajaba. Dicha agencia, diré de paso, era no solo una fábrica de noticias sino el emporio del tabaquismo. Por estadísticas sabía que la profesión más adicta al tabaco era la de periodista. Y lo verifiqué, pues las salas de redacción, a cualquier hora del día o de la noche, eran espaciosos antros donde decenas de hombres tecleaban desesperadamente en sus máquinas de escribir, chupando sin descanso puros, pipas y pitillos de todas las marcas, en medio de una espesa bruma nicotínica, al punto que me pregunté si estaban reunidos allí para redactar las noticias o más bien para fumar.

Fue precisamente durante la era del Marlboro y de mi trabajo en la agencia que reventé. No es mi propósito establecer una relación de causa a efecto entre esta marca de cigarrillos y lo que me ocurrió. Lo cierto es que una tarde caí en mi cama y comencé a morir, con gran alarma de mi mujer (pues entretanto, aparte de fumar, me había casado y tenido un hijo). Mi vieja úlcera estomacal estalló y una hemorragia incontenible me iba evacuando del mundo por la vía inferior. Una ambulancia de estridente sirena me llevó al hospital en estado comatoso y gracias a transfusiones de sangre masivas pude volver a mí. Esto es horrible y no abundo en detalles para no caer en el patetismo. El doctor Dupont me cicatrizó la úlcera en dos semanas de tratamiento y me dio de alta con la recomendación expresa —aparte de medicinas y régimen alimenticio— de no fumar más.

¡No fumar más! Inocente doctor Dupont. Ignoraba con qué tipo de paciente se había encontrado. Dos meses más tarde, incorporado nuevamente a mi trabajo en la agencia de prensa, entre cientos de rabiosos fumadores, tiraba al canasto diariamente un par de cajetillas de Marlboro vacías. M—a—r—l—b—o—r—o. Mi juego gramatical se enriqueció: broma, robar, rabo, ola, romo, borla, etc. Esto puede tener gracia, pero así como nuevas palabras encontré, nuevas hemorragias tuve y nuevas ambulancias fueron llevándome al hospital, entre pitos y sirenas, para dejarme exánime ante los ojos horripilados del doctor Dupont. La ambulancia se convirtió en cierta forma en mi medio normal de locomoción. El doctor Dupont me devolvía siempre a casa reencauchado, después de jurarle que dejaría el cigarrillo y amenazándome que a la próxima renunciaría a paliativos y me metería cuchillo sin contemplaciones. Amenaza que me dejaba impávido, y la mejor prueba de ello es que a la cuarta o quinta entrada al hospital, me di cuenta de que para fumar no era necesario que me dieran de alta: bastaba sobornar a una enfermera menor para que me comprara un paquete. De Marlboro, naturalmente: lora, orla, ramo, ropa, paro, proa, etc. Lo tenía escondido en el guardarropa, dentro de un zapato. Dos o tres veces al día sacaba un cigarrillo, me encerraba en el baño, le daba varias pitadas frenéticas y pasaba sus restos por el water—closet.

Diré para mi descargo que lo que contribuyó a echar por tierra mis buenos propósitos y en consecuencia fortaleció mi vicio fue una visión fugaz pero definitiva que tuve en el hospital. El doctor Dupont, por buen especialista que fuese, ocupaba sólo un rango intermedio entre los gastroenterólogos del local. En la cúspide se encontraba el patrón doctor Bismuto, que había llegado a esa situación posiblemente gracias a su apellido profético. El doctor Bismuto solo se ocupaba de casos extremadamente importantes. Pero como el mío estaba a punto de convertirse en uno de ellos, el buen Dupont obtuvo el privilegio de que me hiciera una visita. Me la anunció con gran solemnidad y minutos antes de la hora prevista vino una enfermera mayor para verificar que todo estuviera en orden. Poco después la puerta se entreabrió y en fracciones de segundo distinguí a un señor alto, escuálido y canoso que en un acto furtivo digno de un prestidigitador se quitaba un cigarrillo de los labios, lo apagaba en la suela de su zapato y guardaba la colilla en el bolsillo de su mandil. Creí que estaba soñando. Pero cuando el mandarín se acercó a mi cama, rodeado de su séquito de internos y enfermeras, noté en sus bigotes amarillentos y en sus larguísimos dedos marrones la marca infamante del fumador.

¿Qué tipo de recompensa obtenía del cigarrillo para haber sucumbido a su imperio y haberme convertido en un siervo rampante de sus caprichos? Se trataba sin duda de un vicio, si entendemos por vicio un acto repetitivo, progresivo y pernicioso que nos produce placer. Pero examinando el asunto de más cerca me daba cuenta de que el placer estaba excluido del fumar. Me refiero a un placer sensorial, ligado a un sentido particular, como el placer de la gula o la lujuria. Quizás en mis primeros años de fumador sentí un agradable sabor o aroma en el tabaco, pero con el tiempo esta sensación se había mellado y podría decir incluso que fumar me era desagradable, pues me dejaba amarga la boca, ardiente la garganta y ácido el estómago. Si placer había, me dije, debía ser mental, como el que se obtiene del alcohol o de drogas como el opio, la cocaína o la morfina. Pero tampoco era el caso, pues el fumar no me producía euforia, ni lucidez, ni estados de éxtasis, ni visiones sobrenaturales, ni me suprimía el dolor o la fatiga. ¿Qué me daba el tabaco entonces, a falta de placeres, sensoriales o espirituales? Quizás placeres más difusos y sutiles, difíciles de localizar, definir y mensurar, ligados a los efectos de la nicotina en nuestro organismo: serenidad, concentración, sociabilidad, adaptación a nuestro medio. Podía decir en consecuencia que fumaba porque necesitaba de la nicotina para sentirme anímicamente bien. Pero si lo que necesitaba era la nicotina contenida en el cigarrillo, ¿por qué diablos no recurría a los puros o al tabaco de pipa que tenía a mano cuando carecía de cigarrillos? Y eso nunca lo hice, ni en mis peores momentos, pues lo que necesitaba era ese fino, largo y cilíndrico objeto cuyo envoltorio de papel contenía hebras de tabaco. Era el objeto en sí el que me subyugaba, el cigarrillo, su forma tanto como su contenido, su manipulación, su inserción en la red de mis gestos, ocupaciones y costumbres cotidianas.

Esta reflexión me llevó a considerar que el cigarrillo, aparte de una droga, era para mí un hábito y un rito. Como todo hábito se había agregado a mi naturaleza hasta formar parte de ella, de modo que quitármelo equivalía a una mutilación; y como todo rito estaba sometido a la observación de un protocolo riguroso, sancionado por la ejecución de actos precisos y el empleo de objetos de culto irremplazables. Podía así llegar a la conclusión de que fumar era un vicio que me procuraba, a falta de placer sensorial, un sentimiento de calma y de bienestar difuso, fruto de la nicotina que contenía el tabaco y que se manifestaba en mi comportamiento social mediante actos rituales. Todo esto está muy bien, me dije, era coherente y hasta bonito, pero no me satisfacía, pues no explicaba por qué fumaba cuando estaba solo y no tenía nada que pensar, ni nada que decir, ni nada que escribir, ni nada que ocultar, ni nada que aparentar, ni nada que representar. La tiranía del cigarrillo debía tener en consecuencia causas más profundas, probablemente subconscientes. Lejos de mí, sin embargo, el ampararme en Freud, no tanto por él sino por sus exégetas fanáticos y mediocres que veían falos, anos y Edipos por todo sitio. Según algunos de sus divulgadores, la adicción al cigarrillo se explicaba por una regresión infantil en busca del pezón materno o por una sublimación cultural del deseo de succionar un pene. Leyendo estas idioteces comprendí por qué Nabokov —exagerando, sin duda— se refería a Freud como al “charlatán de Viena”.

No me quedó más remedio que inventar mi propia teoría. Teoría filosófica y absurda, que menciono aquí por simple curiosidad. Me dije que, según Empédocles, los cuatro elementos primordiales de la naturaleza eran el aire, el agua, la tierra y el fuego. Todos ellos están vinculados al origen de la vida y a la supervivencia de nuestra especie. Con el aire estamos permanentemente en contacto, pues lo respiramos, lo expelemos, lo acondicionamos. Con el agua también, pues la bebemos, nos lavamos con ella, la gozamos en ejercicios natatorios o submarinos. Con la tierra igualmente, pues caminamos sobre ella, la cultivamos, la modelamos con nuestras manos. Pero con el fuego no podemos tener relación directa. El fuego es el único de los cuatro elementos empedoclianos que nos arredra, pues su cercanía o su contacto nos hace daño. La sola manera de vincularnos con él es gracias a un mediador. Y este mediador es el cigarrillo. El cigarrillo nos permite comunicarnos con el fuego sin ser consumidos por él. El fuego está en un extremo del cigarrillo y nosotros en el opuesto. Y la prueba de que este contacto es estrecho reside en que el cigarrillo arde, pero es nuestra boca la que expele el humo. Gracias a este invento completamos nuestra necesidad ancestral de religarnos con los cuatro elementos originales de la vida. Esta relación, los pueblos primitivos la sacralizaron mediante cultos religiosos diversos, terráqueos o acuáticos y, en lo que respecta al fuego, mediante cultos solares. Se adoró al sol porque encarnaba al fuego y a sus atributos, la luz y el calor. Secularizados y descreídos, ya no podemos rendir homenaje al fuego, sino gracias al cigarrillo. El cigarrillo sería así un sucedáneo de la antigua divinidad solar y fumar una forma de perpetuar su culto. Una religión, en suma, por banal que parezca. De ahí que renunciar al cigarrillo sea un acto grave y desgarrador, como una abjuración.

El cuchillo del doctor Dupont fue mi espada de Damocles, con la diferencia de que a mí sí me cayó. Eso ocurrió años más tarde, cuando el Marlboro y su estúpido juego de palabras —bar, lar, loma, ralo, rabo, etc.— había sido remplazado por el Dunhill en su lindo estuche burdeos con guardilla dorada. Me encontraba entonces en Cannes siguiendo un nuevo tratamiento para librarme del tabaco, luego de una última estada en el hospital. Dupont había decretado distracción, deportes y reposo, receta que mi mujer, convertida en la más celosa guardiana de mi salud y extirpadora de mi vicio, se encargó de aplicar y controlar escrupulosamente. Ocupaba mis jornadas en jogging matinal, baños de sol y de mar, larga siesta, remo en bote de goma y bicicleta crepuscular. Ello alternado con comidas sanas y actividades espirituales pero de bajo perfil, como hacer solitarios, leer novelas de espionaje y ver folletones de televisión. Este calendario no dejaba ninguna fisura por donde pudiese colar un cigarrillo, tanto más cuanto que mi mujer no me abandonaba ni a sol ni a sombra. Al mes estaba tostado, fornido, saludable y diría hasta hermoso. Pero en el fondo, pero en el fondo, me sentía insatisfecho, desasosegado, por momentos increíblemente triste. De nada me servía percibir mejor la pureza del aire marino, el aroma de las flores y el sabor de las comidas, si era la existencia misma la que se había vuelto para mí insípida.

Un día no pude más. Convencí a mi mujer de que en adelante iría a la playa una hora antes que ella y mi hijo, para aprovechar más los beneficios de esa vida salutífera y recreativa. En el trayecto compré un paquete de Dunhill y como era arriesgado conservarlo conmigo o esconderlo en casa encontré en la playa un rincón apartado, donde hice un hueco, lo guardé, lo cubrí con arena y dejé encima como seña una piedra ovalada. Es así que muy de mañana partía de casa a paso gimnástico, ante la mirada asombrada de mi mujer que me observaba desde el balcón orgullosa de mis disposiciones atléticas, sin sospechar que el objetivo de esa carrera no era mejorar mi forma ni batir ningún récord sino llegar cuanto antes al hueco en la arena. Desenterraba mi paquete y fumaba un par de pitillos, lenta, concentrada y hasta angustiosamente, pues sabía que serían los únicos del día. Esta estratagema, lo reconozco, pudo servir mis gustos y halagar mi ingenio, pero me rebajó ante mi propia consideración, ya que tenía conciencia de estar violando mis promesas y traicionando la confianza de mi mujer. Aparte de que mi plan no estuvo exento de imprevistos, como esa mañana que llegué a mi reducto y no encontré la piedra ovalada. El empleado que se encargaba de rastrillar y limpiar la playa había sido remplazado por otro más diligente, que no dejó un solo pedruzco en la arena. Por más que escarbé por un lado y otro no di con mi cajetilla. Decidí entonces comprar cinco paquetes y hacer cinco huecos y poner cinco señas y dejar cinco probabilidades abiertas a mi pasión.

Si uno quisiera contar prolijamente las cosas no terminaría nunca de hacerlo. Todo debe tener un fin. Es por ello que me propongo concluir esta confesión.

Aquí entramos a la parte más dramática del asunto, con la reaparición del doctor Dupont, sus sondas y sermones y sobre todo su premonitorio cuchillo. Mal que bien, a pesar de mis dolencias y problemas ligados al abuso del tabaco, llegué a convivir con ellos y a tirar para adelante, como se dice, tirando de paso pitada sobre pitada. Hasta que fui víctima de una molestia que nunca había conocido: la comida se me quedaba atracada en la garganta y no podía pasar un bocado. Esto se volvió tan frecuente que fui a ver al doctor Dupont no en ambulancia esta vez, para variar. Dupont se alarmó muchísimo, me guardó en el hospital para someterme a nuevos y complicados exámenes y a los pocos días, sin explicaciones claras, rodaba en una camilla rumbo a la sala de operaciones. Me desperté siete horas más tarde cortado como una res y cosido como una muñeca de trapo. Tubos, sondas y agujas me salían por todos los orificios del cuerpo. Me habían sacado parte del duodeno, casi todo el estómago y buen pedazo del esófago.

Prefiero no recordar las semanas que pasé en el hospital alimentado por la vena y luego por la boca con papillas que me daban en cucharitas. Ni tampoco mi segunda operación, pues Dupont se había olvidado al parecer de cortar algo y me abrió nuevamente por la misma vía, aprovechando que el dibujo en mi piel estaba ya trazado. Pero algo sí debo decir del establecimiento donde me enviaron a convalecer, convertido en un guiñapo humano, luego de tan rudas intervenciones.

Se llamaba “Clínica dietética y de recuperación pos—operatoria” y quedaba en las afueras de París, en medio de un extenso y hermosísimo parque. Sus habitaciones eran muy amplias y disponían de baño propio, terraza, televisión y teléfono. A ella iban a parar los que habían sufrido graves operaciones de las vías digestivas para que reaprendieran a comer, digerir y asimilar, hasta recobrar la musculatura y el peso perdidos. Las dos primeras semanas las pasé sin poder levantarme de la cama. Me seguía alimentando con líquidos y mazamorras y diariamente venía un fornido terapeuta que me masajeaba las piernas, me hacía levantar con los brazos pequeñas barras y con la respiración cojines de arena cada vez más pesados que me colocaban en el tórax. Gracias a ello pude al fin ponerme de pie y dar algunos pasos por el cuarto, hasta que un día la enfermera jefa me anunció que ya estaba en condiciones de someterme al control cotidiano.

De qué control se trataba lo supe al día siguiente, cuando vinieron a buscarme antes del desayuno. Fue la primera salida de mi habitación y mi primer contacto con los demás pensionistas de la clínica. ¡Espantosa visión! Me encontré con una legión de seres extenuados, tristes y macilentos, en pijama y zapatillas como yo, que hacían cola ante una balanza romana. Una enfermera los pesaba y otra anotaba el resultado en un grueso registro. Luego se arrastraban penosamente por los pasillos y desaparecían en sus habitaciones por el resto del día.

Al horror siguió la reflexión: ¿a dónde diablos había ido a parar? ¿Qué disimulaba ese remedo de albergue campestre poblado de espectros? En las próximas sesiones creí vislumbrar la realidad. Ello no podía ser una clínica, sino la antesala de lo irreparable. A ese lugar enviaban a los desechados de la ciencia para que, entre árboles y flores, vivieran sus postrimerías en un decorado de vacaciones. La pesada era solamente el último test que permitía verificar si cabía aún la posibilidad de un milagro. Enfermo que aumentaba de peso era aquel que, entre cien, mil o más tenía la esperanza de salir viviente de allí.

Esta sospecha la comprobé cuando dos vecinos de corredor dejaron de asistir a la pesada y luego me enteré, por una conversación entre enfermeras, de que se habían “dulcemente extinguido”. Ello redobló mi zozobra, lo que me impidió comer y en consecuencia aumentar de peso. Los platos que me traían, insípidos y cremosos, los pasaba por el W.C. o los envolvía en kleenex que echaba a la papelera. Mi mujer y algunos fieles amigos me visitaban en las tardes y hacían lo indecible, con un temple admirable, para no mostrarse alarmados. Pero algunos gestos los traicionaron. Mi mujer me trajo un finísimo pijama de seda, lo que interpreté por un razonamiento tortuoso como “Si te tienes que morir que sea al menos en un pijama Pierre Cardin”. Algunos amigos insistieron en tomarme fotos, dándome cuenta entonces de que se trataba de fotos póstumas, las que no alcanzaría a ver pegadas en ningún álbum de familia.

Me estaba pues muriendo o más bien “dulcemente extinguiendo”, como dirían las enfermeras. Cada día perdía unos gramos más de peso y me fatigaba más someterme a la prueba de la balanza. El jefe de la clínica vino a verme y ordenó, como última medida, que me alimentaran a la fuerza. Me metieron una sonda de caucho por la nariz y a través de la sonda, con un enorme émbolo, me disparaban alimentos molidos al estómago. La sonda tenía que conservarla en forma permanente, su extremo visible pegado en la frente con un esparadrapo. Era algo tan horrible que a los dos días la arranqué y la tiré por los suelos. El jefe de la clínica regresó para sermonearme y como me resistí a que me la volvieran a poner se retiró despechado, diciéndome antes de salir: “Me importa un bledo. Pero de aquí no sale hasta que no aumente de peso. Usted asume toda la responsabilidad”.

A ese imbécil no lo volví a ver más, pero a quienes vi fue a unos seres hirsutos, sucios y descamisados que fueron surgiendo detrás de los arbustos que divisaba desde mi cama, a través de los amplios ventanales. Tras esos arbustos estaban edificando un nuevo pabellón y como ya habían levantado el primer piso, los obreros y sus trabajos eran visibles desde mi cuarto. Por su piel cetrina deduje que venían de lugares cálidos y pobres, Andalucía, sur del Portugal, África del Norte. Lo que primero me sorprendió fue la celeridad y la variedad de sus movimientos. Aparecían y desaparecían subiendo ladrillos, bolsas de cemento, cubos con agua, instrumentos de albañilería, en un ir y venir continuo, que no conocía tropiezos ni improvisaciones. Imaginé el esfuerzo que hacían y por una especie de sustitución mental me sentí terriblemente fatigado, al punto que corrí las persianas de la ventana. Pero a mediodía volví a abrirlas y comprobé que esos hombres, que yo suponía doblegados por el cansancio, estaban sentados en círculo sobre el techo, reían, se interpelaban, se comunicaban con amplios gestos. Era la pausa del almuerzo y de portaviandas y bolsas de plástico habían sacado alimentos que engullían con avidez y botellas de vino que bebían al pico. Esos hombres eran aparentemente felices. Y lo eran al menos por una razón: porque ellos encarnaban el mundo de los sanos, mientras que nosotros el mundo de los enfermos. Sentí entonces algo que rara vez había sentido, envidia, y me dije que de nada me valían quince o veinte años de lecturas y escrituras, recluido como estaba entre los moribundos, mientras que esos hombres simples e iletrados estaban sólidamente implantados en la vida, de la que recibían sus placeres más elementales. Y mi envidia redobló cuando, al término de su yantar, los vi sacar cajetillas, petaqueras, papel de liar y encender sus cigarrillos de sobremesa.

Esa visión me salvó. Fue a partir de ese momento que estalló en mí la chispa que movilizó toda mi inteligencia y mi voluntad para salir de mi postración y en consecuencia de mi encierro. No deseaba otra cosa que reintegrarme a la vida, por ordinaria que fuese, sin otro ruego ni ambición que poder, como los albañiles, comer, beber, fumar y disfrutar de las recompensas de un hombre corriente pero sano. Para ello me era imperioso vencer la prueba de la balanza, pero como me era imposible comer en ese lugar y esa comida, recurrí a una estratagema. Cada mañana, antes de la pesada, metía en los bolsillos de mi pijama algunas monedas de un franco. Progresivamente fui añadiendo monedas de cinco francos, las más grandes y pesadas, que cambiaba al repartidor de periódicos. Logré así aumentar algunos cientos de gramos, lo que no era aún suficiente ni probatorio. Le pedí entonces a mi mujer que me trajera de casa un juego completo de cubiertos, alegando que con ellos podría tal vez alimentarme mejor que con los toscos cubiertos de la clínica. Eran los sólidos y caros cubiertos de plata que mi mujer adquirió en un momento de delirio, a pesar de mi oposición y que ahora, desviándose de su destino, se volvían realmente preciosos. Como no podía disimularlos en mis bolsillos, los fui colocando en mis calcetines, empezando por la cucharita de café hasta llegar a la cuchara de sopa. A la semana había aumentado dos kilos y más todavía cuando cosí a mis calzoncillos los cubiertos de pescado. Las enfermeras estaban asombradas por esa recuperación que no iba con mi apariencia. Un galeno me visitó, revisó mis boletines de peso, me examinó e interrogó y días más tarde la dirección me extendió la autorización de partida. Horas antes de que mi mujer viniera a buscarme en un taxi, estaba ya de pie, vestido, mirando una vez más por la ventana a los albañiles que ágiles, ingrávidos, aéreos y diría angelicales terminaban de levantar el segundo piso de ese nuevo pabellón de los desahuciados.

Demás está decir que a la semana de salir de la clínica podía alimentarme moderadamente pero con apetito; al mes bebía una copa de tinto en las comidas; y poco más tarde, al celebrar mi cuadragésimo aniversario, encendí mi primer cigarrillo, con la aquiescencia de mi mujer y el indulgente aplauso de mis amigos. A ese cigarrillo siguieron otros y otros y otros, hasta el que ahora fumo, quince años después, mientras me esfuerzo por concluir esta historia, instalado en la terraza de una casita de vía Tragara, contemplando a mis pies la ensenada de Marina Picola, protegida por el escarpado monte Solaro. Hace veinte siglos el emperador Augusto estableció aquí su residencia de verano y Tiberio vivió diez años y construyó diez palacios. Es cierto que ambos no fumaban, de modo que no tienen nada que ver con el tema, pero quien sí fumó fue el Vesubio y con tanta pasión que su humo y cenizas cubrieron las viñas y viviendas de la isla y Capri entró en un largo período de decadencia.

Enciendo otro cigarrillo y me digo que ya es hora de poner punto final a este relato, cuya escritura me ha costado tantas horas de trabajo y tantos cigarrillos. No es mi intención sacar de él conclusión ni moraleja. Que se le tome como un elogio o una diatriba contra el tabaco, me da igual. No soy moralista ni tampoco un desmoralizador, como a Flaubert le gustaba llamarse. Y ahora que recuerdo, Flaubert fue un fumador tenaz, al punto que tenía los dientes cariados y el bigote amarillo. Como lo fue Gorki, quien vivió además en esta isla. Y como lo fue Hemingway, que si bien no estuvo aquí residió en una isla del Caribe. Entre escritores y fumadores hay un estrecho vínculo, como lo dije al comienzo, pero ¿no habrá otro entre fumadores e islas? Renuncio a esta nueva digresión, por virgen que sea la isla a la que me lleve. Veo además con aprensión que no me queda sino un cigarrillo, de modo que le digo adiós a mis lectores y me voy al pueblo en busca de un paquete de tabaco.
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LA BAILARINA

Nadie hubiera sospechado que dentro del reloj de la abuela sus doce figuras estaban vivas. Aquel antiguo armazón de madera era su hogar. La claridad entraba por su pequeña puerta justo cuando la aguja grande se detenía en el norte. Entonces se ponía en marcha el mecanismo musical que hacía desfilar a uno o varios soldados, según la hora.

La última era una bailarina y los pequeños de la casa la podían ver solo en las fiestas de Navidad, cuando toda la familia comía turrón y bebía vino con frutas hasta tarde, hasta que el sueño les obligaba a cambiar sus vestidos de fiesta por abrigados pijamas de felpa. Esos días nadie decía: ¡Hale, a la cama, que ya es hora!

Nadie hubiera sospechado nada si aquella noche, justo a las nueve y diez, cuando la cocina estaba llena de actividad, la sala vacía y Miguel jugaba a los coches en el suelo del pasillo, una lastimera exclamación no hubiera salido del reloj.

–Me aburro –Escuchó Miguel.

–¿Te aburres? –le preguntó intrigado a la pared.

–Me paso todo el día aquí metida y cuando salgo casi nunca hay nadie.

Miguel reculó y salió huyendo despavorido por el pasillo. En la cocina tiró con insistencia del delantal de su madre.

–¡Mamá, mamá, la pared está loca!

–¿Qué dices, Miguel?

–La pared se queja porque no la dejamos salir a la calle.

–Miguel, la que está loca porque no sale a la calle es la vecina. Las paredes no hablan. La vecina, sí. Demasiado alto –contestó enfadada, pues se acababa de quemar la mano con la bandeja del horno.

–¡Ah, bueno, claro! –contestó un poco avergonzado y volvió hasta donde había dejado tirado el coche rojo.

–Me quiero marchar de aquí –dijo de nuevo la vocecita.

–Yo, a veces, también. ¿Cómo te llamas, vecina?

–Creo que “Ahoratetocaati”.

–Tienes un nombre muy raro. Yo me llamo Miguel. No Miguelito.

–Me caes bien, mejor que tus primos. ¿Te parezco guapa?

–No sé, no te he visto nunca, creo.

–Que sí, que ya tienes cinco años. Me has visto en Nochebuena y en Nochevieja.

–¿Dónde? –preguntó Miguel intrigado.

–¿Dónde va a ser? ¡En el reloj! ¡Soy la bailarina!

–Entonces, ¿no eres la vecina?

–Bueno, soy la vecina del reloj.

–¿Y los soldados están contigo?

–Sí, durmiendo. Se pasan los minutos tumbados a la bartola hasta que les toca salir. Entonces se levantan, se ponen muy tiesos y se sienten importantes cuando todos les miran. Cuando se meten, otra vez a dormir. Ellos son felices así, pero yo no.

–¿Por qué?

–Porque yo me paso todo un día esperando para salir un momento y es justo cuando uno hay nadie, o casi nadie.

–Pues pide un deseo, hoy es Nochevieja. Seguro que se cumple. Bueno, me tengo que ir, mi madre me dice que me lave las manos. Pero prometo no dormirme para verte.

Al llegar casi las doce, todos estaban pendientes de las campanadas con las uvas de la suerte en pequeños platitos sobre la mesa. A Miguel, como no le gustaban las uvas, le ponían trocitos de aceitunas.

Sonó una, salió un soldado. Dos y salieron dos. Tres y las uvas menguaban en los platos. Ya iban sonando diez, cuando el reloj dio un crujido extraño, como un quejido.

Con la última campanada apareció la bailarina.

El reloj crujió de nuevo. Su mecanismo se había estropeado. La puertecilla no se cerraba, la bailarina no se movía. La última uva desapareció de cada plato con un sentimiento de pesar. ¿Tendrá arreglo el reloj de la abuela? En ciento dos años no había fallado jamás.

Lo llevaron a varios relojeros, todos torcían el gesto. Pero uno consiguió arreglarlo, aunque no lo dejó como antes:

Ahora la bailarina era la primera figura y salía cada hora encabezando el desfile militar.

Cuando Miguel fue ya un hombre se llevó el reloj a su casa y le contó esta historia a sus hijos, que siguen saludando a la bailarina cada vez que la ven girar.

Mª del Carmen Salgado Romera (Mara)

LAS PULSERAS

El detective Pedro Sarmiento guardó en la caja fuerte del despacho la pieza de chorizo envasada al vacío que acababa de comprar en la carnicería del bajo y se hurgó con la lengua entre las muelas para extraer un trocito del magnífico embutido que Alicia, la chacinera, le había ofrecido hacía diez minutos.
“Excelente chorizo”, pensó, mientras encendía el ordenador y activaba el contestador automático.
“Estupendo”, pensó al comprobar que no tenía ningún mensaje. En realidad era lo que quería. Este trabajo solo le interesaba para cotizar los dos años que le faltaban para jubilarse. Por ello había aceptado la propuesta de su amigo Paco de abrir una agencia de investigación privada junto a su hijo Paquito.
–Mira, Pedro -le comentaba Paco hacía tres meses-, desde que mi hijo sufrió el accidente está más raro que nunca. Ya sabes, siempre fue un chico extraño… ¿A cuántos conoces que desde pequeños quieran ser matemáticos, en vez de futbolistas? ¿Que saquen los doctorados en Física y Matemática con matrículas de honor? ¿Que rechacen su sueño de toda la vida, poder dar clases en Harvard, porque, de repente, se empeñen en que quieren ser detectives? A nadie. No conoces a nadie así. ¡Después de tanto sacrificio! Si daba pena verle todo el día delante de los libros. Ni un amigo, ni una novia, ni siquiera una mascota. Solo hablaba con las paredes y hasta escribía en ellas fórmulas…
–¿Paco, quieres un vaso de agua? ¿No? Bueno, ya sabes, la juventud tiene sus manías.
–Preferiríamos verlo borracho que todo el día escondido detrás de los papeles.
–Pero dices que ahora quiere ser detective. Eso es bueno, le servirá para salir de casa y conocer gente…
– Sí, eso piensa Rosa. Por eso estoy aquí, le prometí que lo intentaría. Aunque me da apuro proponértelo, después de lo que te ocurrió.
–Proponerme… ¿el qué?
–Que si quieres abrir de nuevo una agencia con mi hijo como socio.
–No jorobes. ¿Abrir otra vez una agencia? ¿Y con tu hijo como socio?
–No te enfades. Me comentaste hace poco que te faltan dos años de cotización. Te podría venir bien. A nuestra edad, por mucha experiencia que tengas, no contratan a nadie. Y tú, desde que tu socio te dejó aquel pufo, no tienes un duro. Te pido dos años, Pedro, como mucho. Seguro que el chico no te dará guerra. Es, quitando sus manías, un chaval muy llevadero.
–¿Manías?
–Desde el accidente le da por trenzar pulseras.
–Eso lo hace mucha gente…
–Sí, pero es como un impulso. Imagina, está tan normal comiendo o leyendo y, de repente, se pone rígido, saca un manojo de hilos del bolsillo del pantalón y comienza a mezclarlos. Una pulsera tras otra, hasta diez. Todas iguales. Ni siquiera sabe lo que hace. Se queda con sus ojos azules abiertos de par en par mirando fijamente al frente. No oye, no ve, no siente. Sí, le hemos hablado, pasado las manos por delante de los ojos, pellizcado y no se entera de nada.
–¿Qué os ha dicho el médico?
–Que son secuelas del golpe, que ya se le pasará.
–Ya, es que el accidente fue de aupa. Tuvo suerte de salir vivo.
–No me lo recuerdes. Cada vez que paso junto al árbol parece que le estoy viendo. Mira que le dije: “Deja la moto, que te llevamos nosotros, que llueve mucho”. Y él empeñado en ir en la moto. Y nosotros con el coche detrás, viendo cómo derrapaba en la curva y se estrellaba contra el árbol. Y luego allí, tendido en el suelo mientras llegaba la ambulancia. Tenía pulso, pero parecía muerto. Los ojos saliéndosele de las órbitas, inmóvil…
–Tranquilo, hombre, ya pasó. Fue una suerte que con ese golpe en la cabeza no tuviera ni una herida… Si parece un milagro de nuestro santo Patrón que la única secuela sea su obsesión por hacer pulseras…
–No es la única. No te quiero engañar. Cuando termina de hacerlas, siempre hace diez, ¿te lo dije?, habla raro, no es él mismo, pero a los dos o tres minutos se le pasa.
–Le habrán hecho un escáner, ¿no?
–Claro, todo es normal, según dicen.
–¿Habéis hablado con más médicos?
–Sí, ninguno le encuentra nada.
-En fin… seguro que tienen razón y dentro de unos meses vuelve a ser él.
–¿Qué me dices de mi propuesta?
–¿Qué propuesta? ¿Que vuelva a montar una agencia? ¿Con tu hijo? ¿Y así como está?
–A ver, Pedro. No te lo propondría si no me hubiera convencido Rosa de que puede ser interesante para todos. Nosotros corremos con los gastos, en eso no hay problema. Tú cotizas lo que te falta, el chico sale de casa y nosotros respiramos.
–Déjame pensarlo.

Dos meses después, en el portal al lado de la carnicería colgaba una placa:
SARMIENTO Y OCAÑA
–AGENCIA DE INVESTIGACIÓN PRIVADA-

Un mes después de su apertura seguían sin tener ninguna llamada, fax o correo. Sólo cartas con facturas y la visita de la vecina del bajo pidiéndoles que averiguaran quién tiraba los caracoles que se comían las hojas de sus plantas del patio.

“Ya solo faltan veinte meses para cerrar la agencia. Fenomenal.” Pensó Pedro dudando si comprar otro paquete de chorizo envasado al vacío. Se sentía satisfecho de haber ayudado a su amigo. Paquito no era problemático, una vez asumidas sus excentricidades. Tenía su propio despacho repleto de libros con los que ocupaba los ratos que le dejaban libres su voracidad por buscar información en internet y su compulsión a hacer pulseras. Llegaba siempre puntual, a las diez. Marchaba a las dos en punto, regresaba exactamente a las cuatro y Pedro ignoraba cuándo salía, pues él se iba cuando, ya cansado de leer el periódico, de resolver crucigramas y sudokus, de escuchar conciertos para clarinete y flauta y de hacer solitarios, decidía que era el momento de dar una vuelta por el barrio. En realidad, lo que estaba deseando era espiar a la carnicera desde la cafetería de enfrente.

–¿Que ha venido quién? –preguntó Pedro enfadado a Paquito una tarde de marzo, tres meses y medio después de la apertura de la agencia.
–No sé, Pedro. No me quedé con el nombre. Dijo que trabajaba en un despacho de la planta de arriba y que necesitaba una investigación discreta sobre algo que había desaparecido.
–¿Y no fuiste capaz de preguntarle la letra, el teléfono, nada?
–Me pilló por sorpresa. No esperaba que fuera a venir.
–¿Pero de qué vas? Les dices a tus padres que quieres ser investigador, se gastan un dineral en poner esta agencia y me vienes con que no has sido capaz ni de apuntar un nombre “porque no esperabas que fuera a venir”.
–Verás, es que… no sé si contártelo. No me vas a creer.
–Prueba.
–Es que yo no soy Paquito, soy un extraterrestre.
–Eso, encima con chuflas. Mira, me voy a la planta de arriba a buscar la oficina. Y la próxima vez que alguien venga o llame, cógele los datos, pedazo…
-Oye, Pedro, que es verdad. ¿Te acuerdas del accidente? Pues ese día tomé posesión del cuerpo de Paquito a tiempo parcial. Me llamo XP10.
–Sanseacabó. Vete a escardar cebollinos. Le voy a decir tu padre que te queme los libros y ese ordenador. Dimito.
Pedro subió indignado las escaleras hasta el segundo piso. Ya conocía las placas de las dependencias en la labor de investigación que había efectuado antes de abrir la agencia para dar el visto bueno a Paquito, empeñado en poner la agencia en aquel portal. Descartó una delegación de reclamaciones, las oficinas de una empresa de construcción, un despacho de abogados, una compañía de seguros y abrió con decisión la puerta de “ALFONSO RIO Y ASOCIADOS”, preguntando por D. Alfonso al secretario de la entrada.
–De parte de Pedro Sarmiento.
–Un momento, por favor.
Pedro escrutó el lugar. “Elegante”, pensó. Unos minutos después se abría una puerta. Un hombre que rondaba los setenta años, sonreía por encima de su pajarita azul con lunares blancos y extendía su brazo derecho, enfundado en una camisa blanca con gemelo y una chaqueta azul marino, para darle la mano.
Pedro avanzó y se la estrechó, doblando ligeramente la espalda.
–Ven, pasa a mi despacho. Que no nos moleste nadie –dijo dirigiéndose a su secretario-. Siéntate. ¿Quieres tomar algo? -Pedro negó con la cabeza-. Así que tengo el inmenso placer de volver a ver al famoso Pedro Sarmiento… Sí, eres tú.
–¿Nos conocemos? Perdona, no me doy cuenta.
–Sí, hombre. Los dos estudiamos en los Jesuitas, pero tú ibas unos cinco cursos por detrás.
–¿Y aún te acuerdas de mí?
-¿Cómo no? ¡Con la que armaste!
-Ya, lo del director…
–Ja, ja, ja… ¿A quién se le ocurre esconderle la ropa? El pobre D. Benito en bañador buscándola por todos los lados… ¡Menuda excursión!
–Menudo pedazo de imbécil el que me delató. Estuvieron a punto de expulsarme. Mi padre, que en paz descanse, casi me mata.
-¡Qué tiempos aquellos! Bien, Pedro, bien. Te conservas bien. Me enteré de que tuviste que cerrar la anterior agencia. Es una pena. Hoy día no te puedes fiar de nadie. Y has vuelto a abrir otra para enseñar el oficio a tu hijo, ¿no?
–El chico es mi socio. Necesito cotizar un par de años para jubilarme. Y no tengo hijos, que yo sepa. Siempre me ha gustado ser un espíritu libre… Pero dime, ¿qué necesitas de mí?
–Pedro, estoy en un aprieto. Mi gestoría tiene bastante diversificado el negocio y hace dos años empezamos a custodiar objetos valiosos. Tenemos contratos con empresas de nivel cuyos clientes pierden a veces joyas, dejan olvidados maletines u otros objetos cuya salvaguarda es comprometedora. Nosotros nos ocupamos de transportarlos hasta aquí. Los mantenemos seguros. Cuando son reclamados por sus dueños se los devolvemos. Si no aparece el propietario, procedemos según los protocolos establecidos por la ley. Y hoy he echado en falta de nuestra caja fuerte una pulsera de oro con tres brillantes.
–¿Desde cuándo la teníais? –preguntó Pedro evitando establecer comparaciones con el contenido de su caja fuerte.
–Nos la trajo la empresa de seguridad ayer por la tarde y esta mañana cuando miré, sobre las diez, ya no estaba.
–¿No faltó nada más?
–Eso es lo más extraño. La pulsera no era lo más valioso, calculo que su precio estará en unos dos mil trescientos euros, y es lo único que falta. No me preocupa su valor, tenemos, lógicamente, un seguro. Me preocupa perder nuestra credibilidad. Jamás hemos fallado a un cliente.
–¿Dónde está la caja fuerte?
–Aquí, en mi despacho. Nunca he creído posible un robo, esta puerta y la de entrada a las oficinas son de seguridad. La caja está empotrada en la pared.
–Sí, igual que la mía.
–No hay acceso posible por la ventana.
–No se aprecia nada forzado. ¿Tenéis cámaras?
–Sí, se graba durante las veinticuatro horas. Hay dos. He revisado las cintas y no he visto nada fuera de lo común.
–¿Y un hurto? ¿Pudo aprovechar alguien el momento de guardarla?
–No, yo recibo habitualmente los objetos: firmo un acta a la empresa de seguridad cuando me los entregan; los fotografío, los registro y los guardo. Cuando salen de la caja para ser transportados, la empresa de seguridad me firma un acta a mí. Los días en que no puedo estar lo hace mi secretario. Nunca dudaría de él, pero, además, me fue entregada personalmente.
–Dices que tienes una foto. ¿Me la enseñas?
“Pulseras, mi vida se está llenando de pulseras”, pensó, evitando establecer comparaciones con las de Paquito.
Asegurando a D. Alfonso Río que haría todo lo posible para localizarla, se despidió y se encaminó con la foto en la mano hacia su agencia.
“Absolutamente fascinante, nunca he visto nada igual”, pensó mientras abría la puerta de su despacho.
–Paquito, tenemos un caso.
–Déjame ver –dijo Paquito arrebatándosela-. Es perfecta.
–Sí, es una maravilla de pulsera, algo increíble.
–No, si me refiero a la foto. Iba a hacer yo una, pero con ésta ya no me hace falta.
–¿Qué dices?
–¿No te han contado los de arriba que no encuentran una pulsera? La cogí yo cuando llegué esta mañana.
-Tú cada vez estás peor.
-No, mira, que es verdad. Es ésta la de la foto, ¿no? –dijo Paquito sacando una extraña pulsera del bolsillo de su pantalón.
–¿Cómo la has robado?
–No la he robado, solo la he cogido prestada para hacerle unas fotos. No pensé que se fueran a dar cuenta tan pronto.
–¿Cómo te has hecho con ella?
–No me resultó difícil, teniendo en cuenta que soy extraterrestre y que ni yo, ni las paredes, ni la pulsera somos tan sólidos como los humanos estáis empeñados en creer. Hay otras nueve pulseras en todo el mundo y cada una tiene un código. Yo soy XP10 y hay nueve seres más de mi planeta aquí, en la tierra, encargados de descifrar el código de las otras. No somos seres corpóreos en vuestro espectro de vibraciones, por eso tomamos prestados cuerpos de personas al límite de la muerte.
–¿Paquito?
–Paquito tenía vida vegetativa cuando me metí en su cuerpo. No fue una invasión, llegamos a un acuerdo: yo iría restaurando sus sinapsis y sus neuronas dañadas y cuando cumpliera mi misión le devolvería un cuerpo y una mente en perfecto estado. El idiota que hace pulseras y balbucea es él. El resto del tiempo estás hablando conmigo. Es necesario que no pierda del todo el contacto con su cuerpo, para que no se deshabitúe. Su consciencia está, mientras tanto, en eso que los cristianos llamáis “el limbo de los justos”.
Pedro empezaba a tener miedo. Dudaba entre si Paquito estaba ya chiflado del todo, o le estaba gastando una broma junto a Alfonso Río.
–¿Y como sabías que ibas a encontrar la pulsera en esta parte del mundo?
-Cada uno tenemos una zona y la pulsera emite una vibración de ultrafrecuencia. Llevo siempre conmigo un captador. Vi la pulsera en la caja fuerte mucho antes de que estuviera, es la ventaja de no tener una concepción lineal del tiempo, como tenéis los humanos. Por eso quise esta oficina.
–¿Qué vais a hacer cuando tengáis todos los códigos?
–Lo siento, eso no te lo puedo decir, pero es algo que, a la larga, va a ser beneficioso para el planeta y sus habitantes.
-Vale, XP10. Pues ahora vamos a llevarle la pulsera a Alfonso y nos reímos todos un rato. Ha sido muy divertido.
–No, Pedro. Es mejor que me desmaterialice y se la deje en la caja fuerte. Mira…

Cuando Alfonso Río bajó para decirle a Pedro que todo había sido un inexplicable error, que la pulsera estaba en la caja fuerte, se lo encontró caído en el suelo, víctima de un infarto.
Cuando llegó la ambulancia, Pedro estaba muerto y Paquito seguía haciendo pulseras.
Tres meses después, la agencia y la carnicería habían cerrado. Paquito, con gran alegría por parte de sus padres, hizo las maletas para ir a dar clases en Harvard. Le acompañaba Alicia, la de los buenos jamones (por eso había cerrado la carnicería).
Un periodo de tiempo antes o después, según se mire de forma lineal, o no, XP10 y sus nueve amigos -que ya habían completado su misión- se llevaron a Pedro a dar una vuelta por la galaxia. Siempre fiel a su espíritu libre -ahora más libre que nunca- se enamoró de una pleyadiana. De una tras otra.
Alfonso Río, en su lecho de muerte, confesó ser quien delató a Pedro frente al director y quien tiraba caracoles a la vecina del bajo. El santo Patrón de su ciudad intercedió por él, al haber estudiado en los jesuitas, y consiguió que, en vez de ir al infierno por tamaños crímenes, fuera al limbo de los justos. Se aburrió un montón hasta que llegó la consciencia de otro humano al que un extraterrestre le había tomado prestado el cuerpo.
Pero éste era un extraterrestre malo…

Este relato está basado totalmente en hechos reales.
De una u otra realidad…

Carmen Salgado Romera (Mara)

21 de septiembre de 2011, día de S. Mateo, a las tres de la mañana.

NUEVA VISIÓN

Rono el Africano levantó con agilidad el portón que separaba su tienda de la calle. Las ocho en punto eran el primer giro de llave para abrir esa frontera entre sus 200 m2 de silencio y el bullicio que empezaba a colonizar las casas y las aceras; los carriles de suelo y los aéreos.

–Buenos días, Rono. Feliz cumpleaños –R4T, el cerebro domótico que controlaba el local, le recordó que el día 64 del mes de naus, del año 30, había nacido en una pequeña colonia de ingenieros.

–Muchas gracias –respondió Rono, sonriendo ante las entrañables imágenes de su infancia que le mostraba en los monitores que revestían las paredes.

Miró el reloj y calculó si le daría tiempo a probar un nuevo software antes de abrir el local. Se lo habían pasado los traficantes de novedades. “Nueva Visión es genial”, le habían dicho. “Poniendo las manos en las pantallas táctiles, puedes ver tu vida desde el presente hasta novecientos años antes o novecientos después, incluso si has cambiado de cuerpo. Necesita un ordenador muy potente, es una bomba”.

Programó a R4T con agrado: Los lunes vendía ideas de música, literatura y arte en el espacio del fondo y las paredes laterales ofrecían conexiones mentales a los planetas de moda: Átape, Mólena y Xiún.

“Si el nuevo software tiene éxito, remodelaré La Isla y ampliaré la capacidad de RT4”, pensó mientras comprobaba la recaudación de inmateriales para comercializarla de nuevo en el local o para venderla a los distintos canales de datos.

“La Isla”, una gran mesa ovalada situada en el centro rodeada de asientos con conexiones a ordenadores, era lo único que se mantenía sin cambiar a lo largo de la semana. A la gente le encantaba esa zona. En ella se conectaban a los minimaginas para descargar sus inmateriales: conocimientos y experiencias que poseían; sentimientos y sensaciones que habían vivido; sueños y proyecciones imaginados; ideas e intuiciones canalizadas…y, a cambio, podían disponer de la información que se ofrecía en el local.

Volvió a mirar el reloj. Un cuarto de hora para abrir. Probaría unos minutos. Cargó el programa nuevo. Se sentó. Se ató las cintas del reposapiés. Puso las manos sobre la pantalla.

–Puede retirar sus manos.

–Si desea ver el pasado, pulse la tecla roja.

–Si desea ver el futuro, pulse la tecla verde.

Pulsó la roja.

–Elija franja: (0/–300); (–301/–600); (–601/–900).

Apretó la intermedia.

De inmediato comenzó a sentirse como un tubo verde, alargado, hueco por dentro y gomoso. Sus inputs eran totalmente diferentes. Como si no tuviera ojos, oídos, tacto, gusto y olfato. Sin embargo le resultaban familiares y perversos. Había algo en esa época de su existencia primario, salvaje, arrollador. Sentía la necesidad de expandirse, de no detenerse. No había en él ningún sentimiento, ninguna idea. Sólo esa urgencia por hacerse más fuerte, por dominar más espacio…

El timbre de la puerta le devolvió al presente. Desconectó el programa: Amisewa estaba con los labios pegados al cristal. En él quedaron sus huellas rojas cuando entró y enroscó los brazos alrededor de su musculoso cuerpo y le dio un largo, cálido y sensual beso de nada, como todos sus besos. Como todas sus palabras. Como todas sus acciones.

Amisewa era humo. Un humo enfundado en un soberbio cuerpo que se movía con la especial sensualidad de las mujeres del sur. Pero Rono ya no abrigaba esperanzas de que llegar con ella mucho más allá del placer.

–Felicidades –le dijo sonriendo mientras le entregaba un paquete envuelto con plasma de colores–. Volveré esta noche cuando cierres.

Rono dejó el paquete en la isla central, la atrajo hacia sí y la besó. Ella se separó riendo. Excusó su inminente ausencia. Comenzó a caminar hacia la puerta. Girando la cabeza, le deseó que le gustara el regalo. Le lanzó un beso con los dedos de la mano y la calle la cambió por uno, por dos, por quince clientes en menos de diez minutos, que se sentaron alrededor de la isla central, o deambularon por el local buscando novedades.

Al acabar la jornada, extrajo la información de R4T y lo reseteó para volver a programarlo. Había sido un día muy productivo.

“A ver si mañana puedo comercializar el nuevo programa”, pensó mientras abría el regalo de Amisewa. Quedó perplejo. Algo así, tan íntimo, tan insinuante, sólo podía querer decir que deseaba ser su bina, y eso no encajaba con su manera tan frívola de tratarle. Pero había una manera de conocer sus intenciones. Los primitivos utilizaban barajas y péndulos. Él tenía “Nueva Visión”.

Se acercó al ordenador. Cargó el programa. Seleccionó ver el futuro, pulsando la tecla verde.

Cuando Amisewa llegó, del local sólo quedaban en pie las paredes y un trozo de la isla central.

Mara (Carmen Salgado Romera)

LA PROPIEDAD 1972

–¿No será un lugar demasiado apartado?

–Mejor, ya estoy harto de aguantar tráfico, voces, ruido… ¿Tú no?

–Sí, pero tendré que conducir cada vez que quiera venir a la ciudad. ¿No habrá alguna más cercana?

–Pero mira las fotos, chatita… ¿Tú no soñabas con una casa así cuando eras pequeña? Una casita blanca de dos pisos, con el tejado a dos aguas, con buhardilla y un gran balcón en el primer piso formando el porche de la entrada, rodeada por un maravilloso parterre…Y mira ¡qué piscina! Te estoy imaginando con tu biquini subiendo las escaleras del trampolín.

–No sé…

–¿Qué te preocupa, chatita?

–Bueno…ya sabes que me da miedo lo nuevo. Y este sistema construir casas dicen que es tan diferente…

–Todo el mundo habla bien de él.

–Ya.

–Y, además, la casa es una ganga. Venga… ¿qué te parece si llamo?

–¿Cuánto hace que está vacía?

–Tres horas, más o menos.

–O sea, que tienes que darte prisa. Llama, anda. Pero no nos vamos a comprometer sin estar seguros, ¿eh?

–Vale, chatita.

——————————

–Lujogar. ¿Dígame?

–Es por…Llamaba por el anuncio de la propiedad 1972. Quería…queríamos saber si podemos ver la casa.

–Un momento, por favor.

–Buenos días, le atiende Mónica. Creo que está interesado en la propiedad 1972, ¿verdad?

–Sí, quería…bueno, queríamos verla, si es posible.

–Déjeme consultar, ¿Señor…?

–López. Carlos López.

–D. Carlos, siento decirle que está siendo visitada en estos momentos. Si quiere podemos registrar sus datos y nos pondremos en contacto con usted si no la adquirieran.

–Sí, por favor, estoy… estamos muy interesados en verla.

— Mañana domingo es el vigésimo aniversario de nuestra empresa y, entre todas las llamadas recibidas durante esta semana, haremos un sorteo para que el cliente agraciado participe en un concurso radiofónico. El premio será una de nuestras magníficas propiedades. ¿Estaría dispuesto a participar?

–Sería maravilloso…

–Tendrá noticias nuestras si la 1972 queda libre o si ha sido el cliente seleccionado para participar en el concurso. Mucha suerte, D. Carlos.

–Gracias. ¿Mónica, me había dicho que se llama? ¿Verdad?

——————————

–¿El Sr. López, por favor?

–Sí, dígame… ¡Mónica! Buenos días. ¡Dígame!

–Enhorabuena, Carlos: Ha sido nuestro cliente afortunado… ¡por partida doble!

Su llamada ha sido la seleccionada para participar en el concurso y la propiedad 1972 sigue libre. Lujogar ha decidido que, ya que tiene tanto interés por ella, sea su premio si gana. ¿Sigue dispuesto a participar?

–¡Dios mío! ¡Qué nervios! Sí, lo estoy –¿verdad chatita?–.

–En un cuarto de hora entraremos en antena. Le entrevistará D. Eugenio Alonso, el dueño de Lujogar.

Suerte, mucha suerte, Carlos.

——————————

–¡D. Carlos López!: He aquí a nuestro afortunado cliente que hoy puede conseguir hacer sus sueños realidad.

D. Carlos, soy Eugenio Alonso, fundador de Lujogar. Y tengo el placer de anunciar a todos los oyentes que la propiedad 1972, compuesta por una maravillosa casa, totalmente amueblada, de dos plantas y buhardilla, con seis habitaciones; salón; biblioteca; sala de juegos; gimnasio; tres cuartos de baño equipados con tecnorelax y cocina inteligente…rodeada por un magnífico jardín con piscina y pistas deportivas…situada en plena naturaleza, pero a tan sólo dos horas de la ciudad, puede ser suya. D. Carlos, tiene que contestar correctamente a cuatro sencillas preguntas.

¿Está preparado? Vamos con la primera: ¿Cuál es la compañía inmobiliaria líder en el mercado mundial desde hace 20 años?

–¡Lujogar!

–¡Exacto!: LUJOGAR. Con veinte años de experiencia en los sectores de construcción y promoción inmobiliarios, somos y seguiremos siendo la primera firma mundial y esto lo avalan nuestras prestigiosas certificaciones de calidad A. S. G. 3 y 4.

¿Preparado para la segunda pregunta? Es muy sencilla: ¿Sabría decirnos el nombre de nuestro revolucionario sistema de construcción sin grúas, implantado hoy hace un año?

–¿Imagine?

–¡Exacto!: IMAVIVE. Sólo Lujogar podía reunir a los mejores expertos mundiales para conseguir un sistema de construcción revolucionario que permite realizar nuestras casas en un tiempo record. Y esto enlaza con nuestra tercera pregunta. ¿Qué tres ventajas fundamentales tienen las viviendas IMAVIVE que las distinguen de las viviendas convencionales?

–Que son baratas. Que las reformas se realizan en minutos. Y… ¡Que no hay que limpiarlas nunca!

–¡Exacto! Veo que conoce bien las ventajas de las casas IMAVIVE.

Hemos llegado a la cuarta y última pregunta. Si la responde bien, la propiedad 1972 será suya. No se preocupe Carlos, es algo muy sencillo: ¿Podría cantar nuestro slogan?

–Pero…es que canto muy mal. ¿No podría cantarlo mi mujer?

–De acuerdo, Carlos. ¿Cómo se llama su mujer?

–Elvira.

–Buenos días, Elvira. ¿Cómo se siente al saber que están a punto de conseguir hacer realidad sus sueños?

–¡Ay!, buenos días. Estoy muy nerviosa.

–¿Se atreve a cantar nuestro nuevo eslogan?

–Sí, a ver…“Con I-Ma-Gi-Neeee de Lu-Jo-Gaaaar cambiaaaras de casa en un plis-plassss”

–¡Oh! ¡Qué pena! Ese es el antiguo.

–Espere, espere…“Con I–Ma–Gi–Neeee de Lu–Jo–Gaaaar sueña tu casaaaa y teeendras tu hogaaaaaaaar”.

–¡Exacto! ¡Estupendo! ¡Enhorabuena! Elvira, Carlos, la propiedad 1972 ya es suya.

——————————

–Mónica, ¿a cuantos “miserables” tenemos trabajando en la 1972?

–Déjeme ver, D. Eugenio…Por la mañana y por la tarde hay cuatro por pieza y cuatro para el exterior. Por la noche, sólo dos para cada zona.

–¿Funcionan bien las cámaras?

–Hasta ahora no han dado problemas.

–Bien, pues llama a Fernando y dile que reduzca la plantilla a la mitad, en cuanto hagan los periodistas los reportajes del concurso.

–Pero…señor…Eso puede ser muy peligroso para sus habitantes. Tenemos la plantilla mínima para garantizar que la casa no se desmaterializará.

–Me da lo mismo lo que le pase a esa pareja de imbéciles: “¿Sabría decirnos el nombre de nuestro sistema de construcción implantado hoy hace un año?” “¿Imagine?”. No se puede ser más idiota: IMAVIVE, idiota, IMAVIVE. ¿Y luego?: “¿Podría cantar nuestro slogan?” “Pero…es que canto muy mal. ¿No podría cantarlo MI MUJER?” Valiente payaso.

–D. Eugenio, tal vez podríamos hablar con ellos y que asumieran el coste de “Los Miserables” que Ud. quiere quitar… Al menos no dejar a uno solo por zona en la noche. Si le ocurriera algo, la casa empezaría a desaparecer…

–Eso nunca, Mónica. Se lo voy a subrayar: NUNCA. Nadie debe de saber en qué consiste “Nuestro revolucionario sistema de construcción sin grúas”. Si alguien descubriera que en el sótano de nuestros emblemáticos edificios de cada ciudad se hacinan cientos de “miserables” visualizando nuestras propiedades para materializarlas estaríamos perdidos. Todos.

–Pero señor…

–Mónica, Ud. es capaz de hacer todas las trampas necesarias para que nadie se entere de nada, en el caso de que haya algún percance. No sería la primera vez, ¿recuerda? Así que dígale a Fernando que reduzca la plantilla a la mitad en cuanto se marchen los periodistas.

——————————

–¡Qué maravilla, Carlos! Es todavía más bonita que en las fotos. Y la piscina es genial.

–Señora, ya le he dicho cinco veces que cuando diga: “Y la piscina es genial” se ponga al otro lado, para que las cámaras capten el salón al fondo. ¿Será capaz de hacerlo bien esta vez?

——————————

–No me lo puedo creer. ¿Cómo hemos podido tener esta suerte? Es…fabulosa, increíble. La casa más bonita del mundo. ¡Nuestra para siempre! ¡Gratis! ¡Gratis! ¡Gratis!

–Ja, ja, ja…deja ya de dar vueltas, chatita, que me mareas. ¿Qué te parece si estrenamos el colchón?

–Hummm… espera, espera, voy al baño primero…

–Yo ya estoy listo. ¡Mira!…

–¡Carlos! Ven, corre: ¡El lavabo está desapareciendo!

–Chatita, los lavabos no desaparecen…

–Corre, mira…

–Joder, yo lo veo normal.

–Es que acaba de aparecer.

–Mira, chatita, creo que estamos muy cansados, mejor nos vamos a dormir, ¿eh?

——————————-

–Pero…eso es imposible, Mónica. ¿Dejar sólo la mitad de “Los Miserables”? Me niego.

–Ya he dado yo la orden, Fernando. Lo siento. No te localizaba. Eugenio insistió: “En cuanto se marchen los periodistas”. Intenté disuadirle. Nada. Le propuse que los clientes pudieran pagar para que se quedara, por lo menos, el personal de la noche, pero no me hizo caso.

–Maldito desgraciado. Desde hace un año, desde que empezamos con esta locura, se ha muerto un 17% de la plantilla. Sí, son “miserables” y la gente que los despreciaba se siente feliz de que hayan desaparecido de las calles. De no ser por nosotros quizás los habrían matado. Pero me pregunto si es lícito tenerlos hacinados en sótanos, soñando los sueños de grandeza de los demás, mientras su vida sigue siendo tan infame como su nombre. Esos jóvenes a los que les enseñamos visualización creativa, a los que les prometimos un trabajo con el que podrían llegar a ser ciudadanos de primera, están agotados. El jueves, sin ir más lejos, en la propiedad 245 cayó uno desplomado.

–¿Qué pasó?

–Tuvimos suerte, sólo un desmayo. Los otros pudieron visualizar su zona con facilidad, llevaban 8 meses trabajando de forma rotativa. Pero dejar a uno sólo por zona en la noche es una temeridad. Una locura. Me da igual lo que diga Eugenio. No voy a consentirlo. Al fin y al cabo, yo también tengo acciones de la empresa. Y soy técnico, cosa que él no es. Mañana mismo iré a verle.

——————————

–¿Qué tal has dormido, chatita?

–Genial, aunque tuve una pesadilla. Soñé que caminaba por la casa y algunas cosas no muy grandes como jarrones, cuadros, alfombras…desaparecían por momentos. Incluso hubo un instante en que la escalera se esfumó, justo cuando iba a bajar a la cocina.

–Tonterías, chatita. Ya sabes que los sueños no significan nada.

–Sí cariño. Oye…Esas cortinas ¿no eran azules ayer?

Mara- Carmen Salgado Romera-

Octubre del 25.010

LAS PUNTAS

En la calle Uría, a la altura del número 50 hay un taller de puntas de ordanita. Hasta allí llegan de todas las partes seres que mantienen la esperanza de terminar sus casas aunque alguna punta se haya doblado.

Cada muraniano sabe que, cuando cumpla la mayoría de edad, el Estado Federal le hará entrega de tres perfiles de madera, un saco con 18.000 puntas y un martillo.

Al día siguiente, tendrá que empezar a construir su vivienda. El terreno es el asignado, los planos son los que han sido siempre y el tiempo en que estará exento de cualquier otra obligación es de 6.000 horas del segundo sol de Mura.

Y nadie puede ayudarle: desde joven ha recibido clases de construcción: esa es la prueba iniciática que determinará si vivirá plácidamente en su hogar o será condenado (incluso a muerte).

Cuando alguien dobla una punta tiene varias opciones:

Desistir y devolver las puntas a El Estado quien determinará el castigo, desde el azotamiento a la pena de muerte, en función de cómo esté de avanzada la obra. (Hay osados malandrines que antes de devolverlas sustraen una o dos para intentar venderlas, lo que resulta muy arriesgado, pues los contadores de elementos son muy eficaces).

Intentar que nadie se entere de que la punta se ha doblado e ir al mercado negro a comprar otra, para lo que hace falta tener mucho dinero escondido, poder desplazarse con rapidez en la oscuridad y ser muy diestro en el manejo de armas (en el mercado son frecuentes los asaltos).

Hacer cola hasta poder ser atendido en el único taller de puntas del Estado, lo que puede suponer un retraso de semanas, con el riesgo de no terminar la obra a tiempo y sufrir el mismo castigo que los que han devuelto las puntas.

También hay otra opción: Esperar a que un milagro devuelva su forma a la punta. Pero eso sería tan improbable como esperar a que el Estado fuera benevolente y diera alguna punta de más, aunque sólo fueran una o dos.

Por eso todo el mundo teme a la mayoría de edad. De hecho, se producen muchas desapariciones de muranianos justo antes de cumplir los cien años. Los que no se atreven a escapar (realmente tampoco hay ningún lugar al que ir), comienzan la construcción en un aislamiento total: llegan hasta su parcela, instalan la tienda que les servirá de refugio, hoyan el suelo para meter cada uno de los perfiles de madera largos y clavan a estos el perfil más corto para formar un dintel.

A partir de ahí, cada vez que insertan correctamente una punta se va formando a su alrededor la pieza del edificio que corresponde, como traída de la nada (aunque ellos bien saben de donde sale) y, sobre esa pieza recién aparecida, clavan una nueva punta.

Por la dificultad del proceso de materialización, porque tienen las puntas contadas, porque el tiempo apremia, porque se juegan su vida, trabajan con tanta ansiedad que olvidan muchas veces ir a recoger la comida que les dejan en la linde de la parcela.

Esa falta de alimentación y de descanso hace que pierdan la concentración y se incremente el riesgo de que un golpe de martillo descentrado doble la punta de ordanita.

Cuando esto sucede es un momento muy emotivo. El público que sigue en directo la retransmisión enmudece. Ellos nunca vivieron algo así: Son los afortunados que consiguieron terminar sus viviendas sin doblar ninguna punta. Son los que saben que, en realidad, solo hacen falta 17. 955 para construirla. Son a quienes El Estado tiene secuestrados en La Isla.

Mara (Carmen Salgado Romera)

LA BELLA QUARK

La bella quark había vivido siempre adherida indefectiblemente a ese pedacito de porcelana azul de Sèvres desde su existencia anterior al recuerdo. Tal vez fue que había llegado haciendo compañía al átomo de pigmento que estuvo destinado a dar ese color azulino añil del que se sentía tan orgullosa. Reflexionando sobre la continuidad de su existencia fue que sorpresivamente tuvo conciencia de su caída libre, lo que le produjo una gran preocupación junto a la tranquilidad que le proporcionaban todos sus escuderos que giraban a su alrededor, como había sucedido siempre desde que tuvo memoria. Siempre sucedía así: en cuanto se aventuraba por seguir un impulso sin control, siempre la rodeaban esos tan ordenaditos y obedientes protectores que no perdían en lo absoluto la exacta distancia que debían mantener entre sí cada uno de estos guardianes. Uno a uno se sucedieron los recuerdos importantes de su trayectoria desde siempre, o al menos tiempos inmemoriales, y se sorprendió al comprobar lo contenta que se sentía, sobre todo disfrutando de esa sensación que debía ser idéntica a la de sus amigos los volantines, cada vez que los percibía soltándose de sus amarras. Recordó también haber llegado al Café de Marais en épocas muy pretéritas, donde quedó por siempre prisionera de las miradas de embelesos y caramelos de grandes y reconocidos admiradores. Mientras continuaba en su viaje al eterno, se le ocurrió que Totó podría comentar que a los mentecatos también les parecería lo que a ella su transformación para dar forma al ente abstracto proveniente de su ciudad de origen: una vida llena de experiencias, belleza, amores y sensaciones dentro de su inmenso universo, y a penas menos de un suspiro para la humanidad. Casi como volver desde la Luna.

Josefina Vial

LA FOTO

Septiembre se adueñó de mí, y yo me adueñé de su piso.

Casi sin pensar.

Una transacción rápida, necesitaba el dinero.

Deudas de juego, supuse.

Y se marchó sin llevarse las paredes.

Unas paredes extrañas, salpicadas de fragmentos de El Jardín de las Delicias.

Repartidos por el salón, hombres, mujeres, animales y frutas desnudos.

Sí, todos desnudos. En relieve, pintados de vivos colores.

A tamaño real.

Ana, muchas veces me he preguntado ¿qué pudo ocurrirle a Fran?

¿Dónde colocar el punto de inflexión de su vida?

¿Recuerdas cuando subíamos a jugar al caramanchón en aquellas tardes de otoño, después del colegio, después de atravesar la nebreda?

Vaciábamos en el cesto del desván los bolsillos llenos de arcéstidas para las infusiones de la abuela y poníamos a las muñecas la ropa que les hacíamos con trozos de sacos y retales de algodón.

Tú querías ser modista, yo quería ser maestra.

¿Recuerdas?

Fue una de esas tardes cuando le conocimos.

El nuevo, el señorito, el de afuera.

El marica que dibujaba pájaros, en vez de dispararles con la escopeta de perdigones.

Pero tú y yo supimos años después que no era marica.

Lo supimos por separado.

Cada una guardó su secreto hasta que se fue.

Nos lo contamos sentadas en el suelo del caramanchón.

Tú a un lado y yo al otro del tendal, la ropa meciéndose en el colaire que formaban las rajas de la madera.

Ambas temblando a los lados de nuestro improvisado confesionario.

Primero de pena, por su marcha.

Luego de emoción, al recordar cada una sus vivencias.

Después de rabia, al saber que había jugado con nosotras.

Y así supimos que los tres no éramos tres, sino uno y medio por dos.

Dos sesquiálteros.

Se fue a Madrid. Le seguimos la pista.

A París. Supimos poco de sus andanzas.

A Nueva York. Noticias, reportajes, entrevistas, portadas…

Él en la cumbre. Tú en la tienda de modas. Por la noche diseñabas.

Él en lo alto. Yo dando clases en el instituto. Por la noche escribía.

Hubiera hecho falta un gigantesco catetómetro para medir la distancia que nos separaba en vertical.

Te casaste. Creí que le habías olvidado.

Me casé. Yo tampoco me acordé, ni siquiera después de mi divorcio.

Ya no había entrevistas, ni portadas, ni reportajes.

Hasta aquella exposición de provincias.

¡Qué nudo en el estómago cuando le vimos!

Nos lo confesamos a la vuelta en el tren.

¿Recuerdas?

Pusimos la cortinilla de pliegues entre ambas, como aquella vez en el desván.

Y, sí, pese a los años, a las arrugas, a la calvicie, era él.

El mismo hombre de dedos largos y nudosos que acariciaban lienzos de tela y piel. Que dejaba en ellos la impronta de sus deseos pintada al óleo o al recuerdo.

El que con una mirada era capaz de despertar la pasión.

Se fue otra vez.

Y tú. Tus diseños se vendían. Una tienda era poco. Franquicias. Fuiste colonizando poco a poco media Europa.

Es curioso como él acabó volviendo, cuando tú alcanzabas el cenit.

Yo seguía en mi instituto.

Allí fue una tarde de mayo a buscarme para hablar.

Y mientras él hablaba, yo deseaba sus labios. No le escuchaba.

Sé que me dijo que necesitaba dinero. Que vendía un apartamento frente al mar. Que me vendría bien cambiar de aires.

Le dije que sí.

Es mi primera Navidad aquí, Ana, rodeada del silencio y de la gente desnuda que reviste estas paredes.

Ayer encontré una foto vuestra. Besándoos.

No sé si la dejó a posta.

Llevas el traje que estrenaste en mi cumpleaños, justo dos años antes de la exposición a la que fuimos juntas.

Creo que ya puedo colocar el punto de inflexión de su vida.

¿Cómo has podido tenerme tan engañada?

Mª del Carmen Salgado Romera (Mara)

Septiembre de 2010

LA CUARTA PUERTA

Más abajo habían quedado la bruma amarillenta y las máquinas de viento. Sumarju, fatigado por la larga jornada, consiguió llegar hasta la cumbre. Poco después, el ocaso sumió en las tinieblas todo el reino de El Emperador.

Buscó refugio en una de las cuevas del altiplano. Después de realizar sus ritos, meditó sobre la visión que el profeta le transmitió el día de su iniciación, cuando le entregó el cuchillo de poder: “Frente a ti hay un espejo y veinte puertas. Al atravesar la cuarta, tendrás que luchar. Sólo podrás salir victorioso si ofrendas a la muerte una parte de ti. Aún así, no la burlarás: Quiere llevarte pronto a su reino. No bajes la guardia jamás”.

Sumarju no podía imaginar lo que sucedería al día siguiente, el cuarto desde su partida, y tuvo miedo. Hasta entonces había logrado superar los desafíos gracias a su instinto. Nunca había pensado en la muerte. La angustia se apoderó de él.

Recordando su infancia, su gente y la vida sencilla del poblado, lloró por todo lo que había dejado atrás. Poco a poco se fue sobreponiendo.

Vencido por el cansancio, se quedó dormido sabiendo que en el momento decisivo no le fallarían ni su coraje, ni el apoyo de sus antepasados.

Al alba, un fuerte estrépito le hizo despertar sobresaltado. El interior de la gruta se estaba desmoronando. Casi a la vez, oyó un feroz rugido. Salió con el corazón acelerado, temiendo ser alcanzado por las piedras que caían a su espalda.

En la boca de la cueva, una cortina de polvo le impedía ver. Escuchó de nuevo el rugido, esta vez más cerca. Un instante después, un feroz animal le derribó.

Al sentir la muerte tan cerca reaccionó con furia. Ignorando su dolor, se convirtió en otra fiera. Usó su cuchillo. La bestia gimió, perdiendo empuje. Sumarju no paró hasta darle muerte. Después, le fallaron las fuerzas y, perdiendo el sentido, cayó al suelo.

El silencio en que había quedado sumido el paraje se quebró con la llegada de El Emperador, que se acercó a donde yacía y se arrodilló a su lado para examinarle con detenimiento. Retiró con cuidado los restos de ropa que quedaban adheridos a su cuerpo. Limpió y vendó sus heridas.

Cavó una fosa donde sepultó a Sumarju, dejando al descubierto sólo su cabeza y se sentó su lado para vigilarle. Separó los párpados de su ojo derecho y Sumarju vio por un instante el rostro sereno y poderoso de su benefactor.

Después, su consciencia entró en su cuerpo de ensueño: Frente a él, dos ejércitos se preparaban para entrar en combate. Desde la lejanía, las tropas ofrecían el espectáculo de sus uniformes rojos y marrones repartidos de forma escalonada por las laderas de las dos montañas. Escudos, espadas y lanzas refulgían conteniendo en su inmovilidad toda la tensión del ambiente. El viento del oeste, pesado, embotaba los sentidos con su olor plomizo.

A una señal, los soldados de ambos bandos avanzaron gritando. Las armas entrechocaron. Sumarju veía a los soldados herirse y darse muerte, animados por un irracional deseo de destrucción. Unos lograban esquivar las espadas; otros se retorcían en el suelo con sus cuerpos mutilados. En el aire, los gritos de ataque y de dolor y los llantos se mezclaban con plegarias a un dios a quien ambos ejércitos se habían encomendado. Era una patética ofrenda al sin sentido.

Cuando abrió los ojos, tuvo tiempo de ver la figura fuerte y majestuosa de El Emperador alejarse. Se incorporó del lecho de tierra removida. Se levantó, ya recuperado de las heridas.

Buscó el cadáver, lo arrastró hasta la fosa y lo cubrió con tierra.

Allí dejaba enterrada a su cobardía, bajo la apariencia de un feroz animal.

“Ya no te temo”, gritó a la muerte. El eco de las montañas multiplicó su mensaje. Sumarju fue en busca de la quinta puerta.

Mara (Carmen Salgado Romera)

Arcanas

Dos columnas flanqueaban la entrada al templo de La Intuición. Entre ambas, La Guardesa esperaba, siglo tras siglo, sentada con su libro de enigmas abierto en el regazo y las llaves colgadas por su aro a modo de pulsera. Sin poder ir al baño.

Unas cartas más allá, La Emperatriz se aburría de mirar patos, flores, hierbajos…un día y otro. Sin nada que hacer.

Ambas avistaron a lo lejos a El Loco. Le reconocieron, como a todos los locos que pasaban por allí, por su ropa andrajosa y su mirada perdida. Parecía caminar sin rumbo fijo sin enterarse de la expectación que había despertado.

La Guardesa comenzó a mandarle mensajes telepáticos describiendo, para intentar atraerlo hacia los dominios de su carta, las bondades del singular templo que custodiaba: en su interior había un laberinto con varias pruebas; de superarlas, el premio era un corte de cabeza y la incrustación de otra, dotada de una mente superior. Algo fantástico, sin duda.

La Emperatriz le enviaba pájaros cuyos dulces trinos hacían vibrar el aire en cálidas ondas que le envolvían como un abrazo; perfumes embriagadores, para anular su entendimiento y provocarle sensuales deseos de gozo; ordenó a las hadas que le rodearan y le mostraran su belleza; situó entre el follaje imágenes de placer para que al pasar se quedaran adheridas a su piel y ardiera en deseos de llegar hasta donde ella le esperaba sin poder moverse.

Pero El Loco sólo estaba atento a un perro que desde hacía un rato le perseguía intentando morder su hatillo, para comerse los recuerdos con forma de pan y de queso que en él guardaba. Intentaba espantarlo. Sin ningún éxito.

–Una pena –pensó La Guardesa-.

–Sí, otro loco idiota que se escapa –le contestó mentalmente La Emperatriz-. ¿Cuántos tienes por los jardines de tu templo?

La Guardesa abrió el libro de enigmas por donde señalaba un marcapáginas.

–El último entró hace doscientos treinta y un años y debe de estar ya a punto de que le corten la cabeza. Tengo otro que cayó en el pozo y otro en el tablero del ajedrez humano, que no es capaz de resolver la partida… esos dos no creo que salgan nunca.

–¿Y en el último milenio, cuántos han conseguido superar todas las pruebas?

La Guardesa iba tocando con su dedo índice derecho diferentes dedos de su mano izquierda, mientras hacía un esfuerzo de memoria.

–Cuatro

–¿Y qué pasó con el resto?

–Se abrió el abismo a sus pies y volvieron a sus orígenes. ¿Y tú? ¿A cuantos has seducido?

La Emperatriz sonrió satisfecha en la lejanía y decidió acercarse para confiarle sus conquistas. Como no se podía mover, proyectó su vigorosa y fresca imagen frente a La Guardesa.

–A El Emperador, el primero. Aburrido, chica, aburrido. ¡Pero no veas qué regimiento le acompañaba! El Mago –continuó diciendo con una pícara sonrisa-… Es encantador, me regaló este collar de esmeraldas. Mira, precisamente está ahí: también se ha dado cuenta de que ha llegado otro loco. Perdona, tengo que irme, no me lo vaya a quitar –dijo haciendo desaparecer su proyección-.

La Guardesa se encogió de hombros. “Esta chica nunca aprenderá. ¿Para qué corre tanto si El Loco tiene siempre que encontrarse primero con El Mago, luego conmigo y después con ella? ¿Acaso pretende cambiar esa ley?”

El Loco pegó una patada al perro que le seguía. Esa fue la señal. El Mago, majestuoso, apareció delante de él. Su tamaño descomunal, sus manos como palas, su voz de huracán, hicieron que se detuviera y mirara hacia sus ojos, asombrado.

–¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí?

–Soy “Aquel que llegarás a ser” –le dijo El Mago-. Sólo quiero que me recuerdes. Que cuando la tentación y la duda te acosen, no olvides que eres mucho más que lo que crees. Llevo sobre mis hombros tu otra cabeza, la que conseguirás después de superar las pruebas del templo de La Guardesa. Me he alimentado del vigor de La Emperatriz. Conozco todos los secretos de la vida y de la muerte. Soy tú, pero tú aún no eres yo.

Después de hablar, El Mago desapareció. El Loco se quedó paralizado sin saber qué hacer. Nada había, si miraba hacia atrás. Nada a su izquierda o su derecha. Frente a él, un puente que comenzaba a deshacerse. Corrió y consiguió atravesarlo antes de que quedara en ruinas. Llegó frente a La Guardesa.

Las columnas que flanqueaban la entrada del templo tomaron forma de guerrero y le amenazaron. El Loco las ignoró. Pasó por delante de la mujer, quien anotó la fecha. Cuando El Loco cerró la puerta tras de sí, La Guardesa se levantó para ir al baño.

Mara (Carmen Salgado Romera)

EL HIPER

Han pasado seis días y todavía no he podido superarlo. No sé, debería tomármelo de otra manera, pero es que…

¡Creo que lo mejor será empezar por el principio! Pero… ¿qué principio? Se me agolpan tantos… Bien, sin miedo. Dos o tres apuntes sobre mí: 41+ casada + dos hijos. Esto que podría parecer el inicio de un curriculum es, en realidad, un intento de describir mi nevera un viernes cualquiera: vacía. Y la actividad consecuente es: ir a comprar. Y si añado un dato más al curriculum: “trabajo a jornada partida”, la conclusión es evidente: A un hipermercado.

Ya me perdí. A ver, creo que he dicho que soy una mujer casada, con dos hijos, que los viernes por la tarde va a comprar a un hipermercado (también puede ser de sábado). Lógicamente, con el marido. Porque a esos sitios se va con el marido. Y los niños. Para que luego, cuando seamos viejos, podamos recordar tiernamente esas escenas tan entrañables cuya belleza espiritual ahora nos pasa desapercibida…

¡Ay, qué cabeza tengo! ¡Ya me perdí otra vez! ¿He dicho que tengo 41?

Bien, llegas al hiper después de haber jugado a aparcar. Ese juego me gusta, porque conduce mi marido. Entonces le puedo decir: “¿Ves? Te dije que no te metieras por aquí, que no hay sitio”. O… “¡Mira, mira! ¡un sitio! Te lo has pasado ya. Y luego aparcas en el quinto pino y lloviendo como está y la niña acatarrada y …”

¡Ay, entrañable! Realmente entrañable.

Luego se juega a “no quedan carros ” o “no tengo monedas” Bueno, a mí esto me da igual, porque me refugio con los niños dentro, y el carro lo busca él. Pero, pero, pero… estoy a punto de coger mi primer cabreo, inconsciente. Porque el nivel de adrenalina va subiendo, poquito a poquito: El acaba de llegar con su carro y sus dos metros de altura. Y a la entrada de los hiper ¿qué ponen siempre?: EL SEXOMETRO.

O sea una mujer muy guapa, de largas piernas, que promociona- que más da el qué- junto a la que hay que pasar, momento en el que aprovecha para darte inocentemente algo: un papel, por ejemplo. ¿Inocentemente? ¿Por qué las ponen siempre guapas? Si sólo es para dar un papel vale cualquiera ¿no? Pues, no.

Las ponen guapas, con minifalda y además no solo en la entrada, sino sembradas por todo el hiper, para que vayan los hombres a comprar, porque son los que compran las chorradas caras. Porque nosotras tenemos asumido que el sueldo da de sí para poco.

Bueno. Pues… ¡Vamos! ¡A pasar al lado del sexómetro!

Y… ¿qué ocurre? Que ¡claro! Tu marido coge la propaganda y dice: “Gracias”. Y ella sonríe. Y él, esconde la barriga (inconscientemente). Y TU TE MIDES (conscientemente). Piensas: “Esta tía me saca quince centímetros”: PIERDO. “Pero yo le saco quince años”… SIGO PERDIENDO.

“Y mira qué pintadita, y yo … ¡mira qué pintas! ”

SUMO MAS PUNTOS, PERO NEGATIVOS.

Mi adrenalina sube, sube… pero ahora llega un momento importante: La gran decisión. Porque después del sexómetro de la entrada hay dos alternativas: Izquierda (lo de comprar de verdad) o derecha (la zona más lúdica: discos, libros, herramientas, ruedas de coche que huelen que te mareas, pintura, menaje de cocina …). No haciendo caso a nuestra razón que nos indica que deberíamos ir hacia la izquierda, porque tenemos hora y media para vaciar el hiper en nuestro carrito, tiramos hacia la derecha. Y eso que el carro no sé por qué, siempre tiene tendencia por si mismo de ir hacia la izquierda. Me volví a perder. Decía… ¡Ah, sí! Que nos fuimos hacia la derecha. Y de repente…¡Ostrás! ¡Me quedé sin marido! ¿Dónde anda? ¿A quién se encontró? ¿Otra promotora…? ¡Bah, qué tontería! Es hablar por hablar. ¿Dónde va a andar? Vamos a ver… ¿con quién están las niñas?: conmigo ¿no?, dando la paliza. Entonces, él no está en el pasillo de los juguetes. Y no va a estar donde la loza: “Anda, hija, vete a decir a tu padre, que estará donde la herramienta, que le esperamos donde los juguetes.”

¡Buenóooo…! ¡El pasillo de los juguetes! Es una de mis peores pesadillas: “¡Qué no!, ¡qué no!, ¡porque no!, ¿os habéis creído que soy el Banco España? Y tú no llores. ¡No, ni siquiera éste chiquito! Qué- tenéis- la- casa- llena- de- juguetes.” (Por dentro te sientes como una madrastra de cuento y la adrenalina sube, sube, sigue subiendo….)Y… y… y ¡aquí viene él, con la cara sonriente! ¡Mira, anda, si ha encontrado un chollo! ¡Qué sierra más bonita! ¡Qué dientecillos más monos tiene, oye! Y yo a punto de soltar tacos. ¡Pobres!… ¿Qué culpa tiene mi familia de que mi adrenalina suba y suba?

Bueno, ahora viene lo peor: El pasillo de la izquierda, en el que está lo de comprar de verdad. Ese pasillo que se ha pospuesto hasta que ya solo falta media hora para que cierren. Pero, si se nos da mal, siempre queda el recurso de cenar una sierra, que es lo único que después de una hora ocupa el carrito, aparte de un papelín arrugado de no sé qué promoción que nos dieron a la entrada. ¿Lo habré arrugado yo? (lo que hace el subconsciente). También podemos llamar a un chino.

Bien, ahora reconozco que yo no voy a actuar correctamente, pero… antes de la alimentación, está la ropa. Y… si él ha visto la herramienta y los niños los juguetes, ahora yo podré ver la ropa, ¿no? Pues, no. Como solo queda media hora, ahora hay prisa. Pese a todo remoloneo un poco, solo por dignidad. Porque a mí esta ropa no me suele llamar la atención pero…

Y ahora llega lo fantástico. En veinte minutos somos capaces de llenar el carro. Pura rutina. Y compenetración: Tú a la fruta, el niño a la bollería, yo al pescado…

-¡Ay! ¡Ay! ¡Ay! ¡Ay!…

-¿Qué te pasa?”- pregunta mi marido, sin inmutarse (ya me conoce).

-¡Qué tengo que comprar compresas! Oye, id para la caja, que voy ahora.

Y me encamino con la adrenalina, al borde de la destrucción total, al pasillo de las compresas: ¿Con alas? ¿Poco? ¿Regu? ¿Mucho? ¿Cómo que te desangras? ¿Sin alas? ¿Mixtas? ¿Anatómicas? ¿Consoladoras? ¿Caras? ¿Baratas? ¿De las que te hacen sentir segura? ¿Plegadas? ¿Con dibujitos? ¿Finas? ¿Con el aire incluido?- es gratis. ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cuarenta? ¿Diez y te regalan un novio?…

Cuando por fin me decido, cojo seis paquetes, de esos que abultan un montón, para no volver a pasar este trago en unos meses, totalmente inconsciente del efecto visual que provoco.

Y salgo del pasillo de las compresas y se me queda la gente mirando. Y me pregunto el por qué. ¡Me miran los hombres!… Y pienso que a lo mejor me encuentran atractiva. ¡Me sigue mirando la gente! Me empiezo a mosquear. ¡Claro, jolines, es por las compresas! Y busco en la hilera de cajas a mi marido de dos metros que se supone debería de estar en alguna de las colas. No veo su cabeza flotando por encima de las demás. Y me mosqueo más y más. Busco con la mirada algún rincón donde dejar las compresas. ¡Dios mío, qué vergüenza estoy pasando! ¡Allí, allí está! ¡Menos mal!

En mi precipitación por alcanzar el carro, tropiezo y salen los paquetes volando por el aire.

-¿Se ha hecho daño, señora? -me dice atentamente un sexómetro.

Y me ayuda a recoger los paquetes de compresas esparcidos por el suelo. Lo que también ha quedado esparcida por el suelo es mi moral. Y mi adrenalina, que explota en forma de una tremenda carcajada que hace que la gente que ya me miraba con cara de no saber que hacer, todavía me mire más.

Pero ahora se ríen abiertamente.

¿No decía yo que cuando seamos viejos podremos recordar estos momentos tan entrañables cuya belleza ahora nos pasa desapercibida? Me imagino diciéndole a mi marido…” ¿Te acuerdas, cariño, de cuando íbamos a comprar al hiper los viernes… ¡qué tiempos aquellos!…”

Mara (Carmen Salgado Romera)

Alejada

Alba se quitó la chaqueta. El aire acondicionado de la oficina de empleo no funcionaba. Desde un banco una mujer la miraba, quizás conjeturando sus cincuenta años.

Sacó un abanico. Ventiló frenéticamente sus ideas y su pasado se proyectó en la espalda del hombre que la precedía: Su vida había sido feliz hasta que su marido se fue a trabajar al extranjero. “Ganaré el doble. Serán solo un par de meses”. Volvía y marchaba.

Así, desde hacía cinco años. Como las nubes. Como el frío y el calor.

Sofocada, avanzó mecánicamente. Llegó su turno. Un impreso: ¿Estado civil?: Casada/ Divorciada/ Soltera/ Viuda.

No encontraba el suyo. Con un gesto de tristeza añadió uno nuevo a la lista: “Alejada”. Al lado marcó una cruz. Esbozando una sonrisa dejó el impreso. Mientras salía no vio la fila. No vio futuro. Sintió un frío intenso. Guardó el abanico. Se puso la chaqueta.

Mara (Carmen Salgado Romera)

UNIVERSOS PARALELOS

Pegó una patada a una lata. Rodó hasta chocar con la rueda de un coche. Al pasar junto a él vio una pareja dentro. Metió las manos en los bolsillos y apretó las llaves con rabia. Una rata atravesó la calle.

Llegó a su portal. Se imaginó subiendo las escaleras, recibiendo el bofetón del olor de las sobras del mediodía, esquivando el abrazo de su madre, tirándose sobre la cama para contemplar el techo vacío de planes. Se imaginó a su padre jarreando voces. Salpicando comparaciones con su hermano. Arrojándole cadenas perpetuas y amenazas de color gris obrero sin contrato.

Vio, justo al meter la llave en la cerradura del portal, todos sus fracasos reflejados en el cristal, pegados sobre su frente amplia, sobre su mirada azul contenida por las pestañas pajizas. Vio su nariz colorada, húmeda por fuera y por dentro. Vio, con una mueca de disgusto, como sus labios gruesos exhalaban vaho y una mano, venida de ningún lado, escribía en él: Diego, eres gilipollas.

Se vio torpe, gordo, inútil y sintió, al abrir la puerta; al oler el portal podrido; al rozar la intimidad de los apartamentos exudada por las paredes; al pisar la miseria que escapaba bajo las puertas; al ver los desconchones y la mugre, que ya nada de eso iba con él.

Lo llevaba pensando unos días, lo decidió en ese instante.

Él ya no sería más la vergüenza de sus padres, el fracaso de los profesores, el hazmerreír de su hermano. Ya no podrían criticarle los del barrio, ese barrio de mierda apuntalado por cuatro días contados, con sus tiendas tuertas y las palas excavadoras de mandíbulas abiertas comiéndose los sueños de la gente.

No. Él sería grande, más fuerte que los hijos de puta que le amenazaban en la cuesta del instituto, que le pegaban descargando su miseria a puñetazos. Él sería Diego “El Conquistador”, rico y poderoso para siempre, porque sería Inmortal. Haría un pacto. Con el diablo.

“Te vendo mi alma. Pero lo quiero todo. Todo lo que otros te han pedido y tus alas. Quiero tus alas para volar como un vampiro y cargarme a mordiscos a todos los cabrones de este barrio. Las quiero para irme luego lejos de aquí. Y las quiero ahora. Ya”.

Lo pensó con toda la fuerza de la desesperación, con la esperanza de que su grito silencioso fuera escuchado por el maligno y le concediera el poder a cambio de nada, porque él seguro que no tenía ya ni alma.

Se sentó en el descansillo. Se apagó la luz. Esperaba un resplandor de fuego azufrado del que saliera un diablo de brillantes ojos rojos, rabo y cuernos enormes y peludo cuerpo escarlata. Se aburrió de estar sentado: olor a cenas y tabaco; sonido de voces y televisores. ¡Menuda estafa!

Subió, cabizbajo, otro tramo de la escalera hasta el segundo piso.

Metió la llave en la cerradura. Su madre salió de la cocina secándose las manos con el paño. Cuando se acercó para abrazarle, él miró sus ojos azules: dos globos de insulsez. Esquivó su abrazo vacuno y fue a su habitación.

Cogió la bolsa de debajo de la cama. Metió algo de ropa. Se guardó sus ahorros en el bolsillo del pantalón. Cuando su padre le increpó, él se escurrió hábilmente hacia la puerta. Bajó las escaleras corriendo. Al pasar junto a la pareja del coche tiró las llaves en una alcantarilla.

Metió la llave en la cerradura. Su madre salió de la cocina secándose las manos en el paño. Cuando se acercó para abrazarle, él miró sus ojos azules: dos globos de insulsez. Esquivó su abrazo vacuno y fue a su habitación.

No se tumbó en la cama. Abrió la ventana. El frío tiró de él hacia fuera, hasta dejar todos sus sueños y su miseria hechos añicos sobre la acera. Una rata huyó despavorida.

Metió la llave en la cerradura. Su madre salió de la cocina secándose las manos en el paño. Cuando se acercó para abrazarle, él miró sus ojos azules: dos globos de insulsez. Esquivó su abrazo vacuno y fue a su habitación.

No le dio tiempo a tumbarse en la cama. Su padre abrió la puerta con la violencia del brazo y de la voz. No pudo soportarlo más: se abalanzó contra él, le alcanzo el cuello y notó el sabor dulce de la sangre. Se resistió poco. Cayó al suelo como un pelele.

Después fue a buscar a su hermano y le succionó todo lo que él le había ido robando desde que nació.

Cogió a su madre con las garras. Atravesó la ventana de la cocina y la dejó caer desde una altura considerable. Luego concentró todo el odio de su ser en los pulmones y emitió un chillido inhumano.

El barrio quedó sumido en un silencio sepulcral.

Ahora ya podía marcharse lejos de allí.

Carmen Salgado Romera (Mara)

Propiedades emergentes

–Un grano de mostaza, todos sabemos que es perfectamente inocuo. Pues bien –dijo el rechoncho y trajeado profesor, paseando de un lado a otro de la tarima con las manos en la espalda– si juntamos dos granos, una docena, qué digo, cien, incluso mil semillas, tampoco sucede nada especial.

Sin embargo…–apuntó hacia los alumnos moviendo el índice arriba y abajo–, sin embargo…ayer descubrí que al juntarse trescientos cuarenta y un mil granos de mostaza ocurre el milagro. ¿Qué milagro?, os preguntaréis:

Es de todos conocido que la mostaza, como individuo, no puede comer carne, pero a partir de ese umbral de unidades ya no funciona de forma separada, se forma un ente, un organismo del que surgen las propiedades emergentes de comer carne y de desplazarse reptando; de localizar otros granos de mostaza, de incorporárselos; de desarrollar órganos internos y sentidos, de…

La vehemencia y las extrañas palabras del profesor hicieron pensar a los alumnos que estaba loco. En silencio fueron abandonando el aula.

Afuera, junto al tendal del comedor, una rubia impresionante babeaba al verlos llegar.

Mara (Carmen Salgado Romera)

Divina

El microcosmos rebotó contra la pared verde. Al caer en la alfombra se fue hundiendo hasta que su cápsula ovalada de tacto suave, cálido y flexible desapareció entre las blancas fibras. Entró en un estado de sueño profundo.

La mujer dejó de buscarlo. Miró al frasco. Los microcosmos estaban aletargados. Le fascinaban sus ciclos: Todos a la vez, en cualquier parte del mundo, caían en un periodo de inactividad cada cuatro horas. Después despertaban con una vibración creciente y no cesaban de agitarse hasta su fase de descanso.

Sacó otro microcosmos, otra perla de contenido gelatinoso. Se la metió en la boca. La masticó despacio. Miles de civilizaciones, de espacios, de tiempos, se deshacían y penetraban en sus células. Miles de pensamientos, de sentimientos, de sensaciones ajenas eran ahora suyos. Diosa durante tres minutos. Prefería eso a las cápsulas para rejuvenecer.

Mara (Carmen Salgado Romera)

Amnesia

Dos disparos, sillas volcadas, puertas abiertas, coches que huyen.

Sirenas de policía, una ambulancia, quirófano, hospital, amnesia.

–¿Yo un jugador?

El alta. Minusvalía del 70%. Una habitación de alquiler. Todo el tiempo para hacer nada. Depresión. Desesperación. Lucha.

La biblioteca. Cada mañana el periódico. Cada tres días un libro. Una idea.

–Hola Raúl. ¿También la 189? Ya me gustaría preguntarte por qué fotocopias esa página de cada libro que lees…

Sonrió sin contestar. La calle. Las escaleras. Su habitación. La mesita. Guardó la hoja en una carpeta: Un fragmento nuevo de su pasado.

Cada tres días aumentaban su familia y amigos; los lugares visitados y las experiencias vividas. Había hecho trampa a la amnesia. Ahora ya se atrevía a bajar al bar.

La biblioteca. Cada mañana Raúl. Un creciente deseo de extraer de sus labios el secreto de su vida. De sumergirse en su pasado. De ser parte de su futuro. Por eso leía los libros que él sacaba prestados, sabía de memoria sus páginas 189.

–Hola Ana. Me ha gustado esta sátira -comentó mientras dejaba sobre el mostrador un ejemplar de Horacio- ¿Puedo invitarte a un café por la tarde?

Acicalamiento. Nervios.

Se entendieron a la perfección. Ana parecía que le conocía de toda la vida.

Mara (Carmen Salgado Romera)

Esperanzas frustradas

Alba, nada más llegar, iba rompiendo a su paso las pompas de jabón que los compañeros soplaban a las ocho metiendo la pajita en el vaso de plástico y que esparcían, con sumo cuidado, por la enorme oficina; un trabajo laborioso para mejorar el ambiente: el último descubrimiento en terapias.

No dudaron en aplicarlo después de los sucesivos fracasos con los ejercicios grupales de tai- chí y las visualizaciones creativas en la sala de reuniones; del ionizador y la música relajante; del té de hierbabuena y las regresiones hipnóticas.

Pero Alba avanzaba sorda, muda, ciega e insensible con su taconeo por encima de los días del calendario y las esperanzas frustradas de una convivencia pacífica.

Y causaba efectos de ciclón. Las peticiones de traslado y las bajas brotaban como las hojas de los árboles en la primavera que ella aún no conocía: su cuerpo se había formado de estiércol y barro el último día de junio, después de que el zigzagueante punto luminoso desapareciera del horizonte.

Mara (Carmen Salgado Romera)

El pájaro en el manzano

Dedicado a Maribel

Lejos de la ciudad, de los palacios y de los trajes de gala había un pueblecito de campesinos, de personas sencillas que se reunían los domingos por la mañana en la pequeña iglesia con tejado de pizarra, y el resto de la semana trabajaban de sol a sol atendiendo los campos de maíz; cultivando las huertas donde sembraban patatas, berzas, ajos, tomates y cebollas; pastoreando las vacas y llevándolas al mercado; alimentando a los cerdos, conejos y gallinas en las cuadras de sus humildes casas, que estaban rodeadas de pequeños jardines con manzanos y perales donde, en el buen tiempo, las mujeres se sentaban a arreglar la ropa de sus hijos mayores para que pudieran utilizarla sus hermanos.

En una de estas casas, cerca del cruce de caminos, vivía un matrimonio de mediana edad con sus cuatro hijos: Susana, la pequeña, rubia como los ángeles; Alberto, de ocho años, moreno como su padre, de quien había heredado su carácter, su gran sentido del deber y una poderosa imaginación, y las presuntuosas gemelas que ayudaban a su madre e iban a la escuela con sus hermanos, pero no sacaban demasiado provecho de las enseñanzas del maestro y sí de los consejos que les daban sus amigas sobre cómo parecerse a las señoritas de la ciudad.

La vida transcurría apaciblemente en el pueblo y en aquel hogar, donde el amor reinaba por encima de las pequeñas disputas que surgían, de vez en cuando, a causa del carácter, a veces egoísta, de las hermanas mayores.

Una mañana de primavera el padre había marchado temprano al mercado de un pueblo lejano. Como no esperaban su regreso hasta la tarde, a mediodía dispusieron la mesa para comer los cinco. La olla humeante desprendía un delicioso olor y la madre sirvió en los platos de madera un riquísimo cocido, repartió generosas rebanadas de pan y llenó los vasos de espumosa leche. Mientras las mujeres hablaban y reían, Alberto comía en silencio observando fijamente algo situado al otro lado de la ventana. Ni siquiera parpadeó cuando Susana le tiró una bolita de pan.

Extrañada, se acercó para preguntarle qué le pasaba. Él le contó que sobre el manzano había un extraño pájaro, el mismo que había visto en sueños la noche anterior, sueños que olvidó nada más despertar. Pero, al verlo en el jardín, estaba empezando a recordar lo que entre trinos le había presagiado: que algo muy malo les iba a suceder durante ese día, algo que les traería un gran sufrimiento a todos.

-Quizás papá se pierda al volver del mercado y no volvamos a verle más -le dijo tristemente a su hermana, quien hizo un pucherito y empezó a llorar en silencio-. Espera, no te preocupes, Susana -añadió pensativo-, estoy recordando que hay una forma de evitar ese mal: me dijo que al verle, después de decir en voz alta su nombre, se le puede pedir un deseo.

Adus, no, Amus… ¡No!… ¡No consigo acordarme! ¿Cómo se llamaba?- murmuró abatido mientras continuaba mirando con ansiedad hacia fuera.

Susana, temerosa, se sentó a su lado y cubrió la parte de atrás de sus cabezas y sus hombros con su pañoleta para protegerles. Las hermanas, que habían estado pendientes de la conversación, salieron de la cocina riendo ante su ingenuidad y bajaron las escaleras corriendo para ver quién llegaba primero al pozo.

Un carro avanzaba hacia el cruce de caminos. Al cabo de un rato se abrió la puerta de la cocina. Susana se levantó y fue a abrazar a su padre.

-Hija, pareces asustada ¿qué te ocurre? -le dijo dándole un beso-. Alberto… Y tú ¿por qué no me saludas? -preguntó sorprendido.

El niño seguía sin moverse, sin apartar su mirada de la ventana, dudando del presagio al ver que su padre estaba a salvo.

-Es que dice que en el jardín hay un pájaro que nos quiere hacer daño, pero a mí no me parece malo, porque si le llamamos por su nombre… ¡le podemos pedir un deseo! Pero… ¡no sabemos su nombre! -comentó apenada la pequeña.

La madre, intrigada, se sentó al lado de los niños. Se sorprendió cuando percibió un plumaje multicolor entre las blancas florecillas de las ramas: era idéntico al ave de un cuadro que su marido heredó de su padre y que guardó en el desván, al ver la inquietud que a ella le producía.

Disimulando su preocupación, dijo a sus hijos que no tenían que tener miedo, ni hacer caso a los sueños, pero no pudo evitar estremecerse al recordar que cuando era pequeña también vio un pájaro igual sobre un manzano en su aldea, el mismo día en que moría su abuela.

El padre contó que, hacía muchos años, un marinero iba por los pueblos con un ave de colores. Lo había conseguido en un lejano lugar donde el sol brillaba siempre y los árboles daban duros frutos marrones llenos de un agua dulce y deliciosa. Decía que algunos de esos pájaros eran mágicos, pues tenían la facultad de hablar.

– Vuestro abuelo los retrató; guardo arriba esa pintura. Alberto, ve a buscar a tus hermanas, a ver si pueden ver el pájaro antes de que eche a volar.

Yo te traeré el cuadro para que no te preocupes, hija, pues su nombre está escrito por detrás. Le llamaremos y podremos pedir nuestros deseos -dijo sonriente guiñando un ojo a la niña.

Alberto puso cara de disgusto, no quería perderlo de vista. Estaba seguro de que, si seguía mirándolo, podría acordarse de su nombre: tal vez, el cuadro no apareciera o el nombre fuera de otro pájaro distinto.

Cuando ya salía de la cocina se sintió aliviado al oír a su madre decir que iría ella, pues tenía que bajar a por agua.

Susana, al ver que nadie miraba, arrimó una silla a la pared y, poniéndose de puntillas, consiguió colocarse de pie sobre la estrecha meseta de la ventana.

-Pajarito bonito… ¿cómo te llamas? ¡Déjame que te coja! Ven, no te asustes. ¡Ven! ¡No te vayas!…

– ¡Métete!- le chilló Alberto mientras corría a sujetarla.

No llegó a tiempo de evitar que su hermana se cayera por la ventana.

En ese momento recordó el nombre:

-¡Apus, protégela! –gritó angustiado.

Se asomó esperando lo peor, pero no vio a su hermana. Entretanto sus padres bajaron corriendo al jardín, rogando a Dios que no hubiera ocurrido nada grave a su hija. Bajo la ventana, sobre las losas, había un charco plateado que discurría hacia la hierba filtrándose entre ella, pero Susana no estaba.

Buscaron por el jardín, salieron los cinco hasta el cruce de caminos, llamándola a voces. Pidieron ayuda a los vecinos del pueblo. Alertaron a la gente de las aldeas vecinas; incluso algunos soldados se unieron a la búsqueda y, durante semanas, se registraron todos los rincones. El caso llegó a conocerse en la capital. Nadie supo explicarse lo sucedido, ni tan siquiera un curandero a quien tenían por vidente.

Pasaron los meses. Todos habían perdido ya la esperanza de volverla a ver. Alberto buscaba en vano cada día al pájaro por el jardín. Había escrito su nombre para que nunca más se le olvidara.

La casa se había sumido en la tristeza. Sus padres tenían tanto miedo de que las gemelas también desaparecieran que las enviaron a vivir con una tía, lejos de allí.

Una tarde de otoño, Alberto estaba sentado en el brocal del pozo cuando le pareció que una luz azulada brillaba en el fondo. Se asomó y creyó ver a su hermana agitando sus pequeños brazos hacia él.

Rápidamente soltó el caldero y tiró la cuerda, pero cuando el cabo rozó el agua la imagen de Susana desapareció. Abatido, entró en casa y se lo contó a sus padres. Ellos no le creyeron, sin embargo le dijeron que volviera al pozo a hacerla compañía siempre que quisiera, pensando que así, dejándole imaginar que su hermana estaba allí, se mitigaría su dolor.

Cada día se sentaba junto al pozo y, a veces, veía de nuevo a Susana alzando sus manitas hacia él. Se marchaba de allí muy triste, pues no sabía qué hacer para ayudarla.

Pasaron los días y llegó la Nochebuena, la más dolorosa de sus vidas. Las estrellas comenzaban a salir, y la helada pincelaba la hierba y las ramas con su brillo de cristal. Alberto fue hasta el pozo y se sentó en el brocal. Desde el túnel su hermana le saludaba. Lloró desesperanzado viéndola tan pequeña y tan sola en el fondo del agua iluminada por la luna.

En ese momento tuvo una idea y empezó a sacar con el cubo toda el agua vertiéndola en el vacío estanque. No paró durante horas, hasta que el pozo quedó vacío. Creía que si el agua que había conseguido extraer se helaba, el líquido cuerpo de su hermana se volvería sólido y después, calentando su cuerpecillo, conseguirían hacerlo revivir.

Pasó toda la noche en el jardín, aterido de frío; mirando al cielo; rezando y contemplando cómo, poco a poco, en una zona del estanque el agua iba tomando forma humana. Cuando estuvo seguro de que toda se había transformado en hielo avisó a su familia.

Entre sus padres y algunos vecinos consiguieron rescatar el cuerpo de Susana. Ahora todos creían que la niña había muerto ahogada al caer al pozo, aunque seguían sin comprender cómo pudo llegar hasta él en tan sólo un instante.

La llevaron hasta la casa y lloraron alrededor del ángel incorrupto que les sonreía con dulzura a través de su prisión de cristal que se iba deshaciendo en lágrimas de agua con el calor que irradiaban los corazones de las personas y el fuego de la chimenea de la cocina, sobre cuya mesa la habían depositado.

Alberto se quedó en el jardín, dentro no podía hacer nada. Mirando a las estrellas deseó desesperadamente que el pájaro de los deseos apareciera. Un instante después lo vio sobre una rama del manzano, como surgido de la nada. Esperanzado, le llamó por su nombre y le pidió que su hermana reviviera.

Apus, entre trinos, le hizo saber que no estaba muerta, que había cuidado de ella mientras vivió en el pozo, donde la tuvo que llevar- era su destino- para que las xanas, con sus cantos, grabaran en su mente talentos de sanadora. Luego, batiendo sus alas, se fue alejando y se convirtió en siete estrellas que se colgaron del firmamento.

Hasta ese momento, Alberto no se había dado cuenta de que los llantos de la casa se habían convertido en risas y exclamaciones de sorpresa.

Corriendo entró en la cocina y, apartándoles a todos, abrazó a Susana notando cómo bajo su ropa empapada latía su pequeño corazón.

Carmen Salgado Romera (Mara)

LA MAESTRA

–¡Hola! ¿Estás esperando a alguien?

Sorprendida, levanté la vista del libro en el que llevaba escondida del mundo desde hacía unos veinte minutos. Tendrá… ¡yo que sé!… treinta y pocos, rizos morenos sobre la frente. Ojos grandes, marrones con un matiz verdoso. Nariz recta, proporcionada que desemboca en unos labios atractivos. Su correcta ropa de invierno permite adivinar un físico potente, expandido hasta uno setenta y cinco a uno ochenta de estatura, incluidos los rizos.

Pues no, no estaba esperando a nadie. Todo lo contrario: No quería ver a nadie. Estaba marcando un paréntesis de soledad en mi ajetreada a la par que monótona e insípida vida de maestra soltera vocacional.

Me había refugiado en esta cafetería de lujo, con modernos y mullidos sofás normalmente utilizados por traseros femeninos de una media de 65,4 años. Con mesas de maderas nobles y patas de hierro forjado cuyo ritmo de ocupación es de tres/ cuatro cafés descafeinados con sacarina cada dos horas por las tardes, lo que evidente y necesariamente supone que cada café cueste como una parcela de la plantación colombiana. Con luces que hacen brillar el barniz de las maderas que recubren las paredes y las joyas de las señoras. Con música y cuadros de fondo, tan o más descafeinados que el café de las clientas cuyo número hoy era el idóneo como para sentir calor humano y no agobio. ¡Ah! Y con una extraña y realista escultura de una anciana a tamaño natural sentada en un rincón, cerca de la barra donde se situaban estratégicamente los clientes masculinos.

No, no estaba esperando a nadie. No quería hablar con nadie. Pero… ¿Podría hacer una excepción? Creo que desde que me preguntó hasta que me he decidido a decirle que no con la cabeza han trascurrido unos seis segundos. Es curioso lo diferentes que son el tiempo físico y el tiempo mental.

–¿Puedo sentarme?

Su pregunta, perfectamente previsible, no me generó ninguna incomodidad puesto que es evidente que ha sido irresistiblemente hechizado por mis encantos y por eso sigue inclinando su cabeza hacia mí con actitud implorante. Yo comprendo que a los hombres les fascinan mi cara y mi cuerpo redondeados y arrugados concienzudamente a lo largo de los años, digamos cerca de cincuenta y nueve.

Imagino que en algún momento de cada relación hombre-mujer hay un momento así. Un momento cumbre en el que la decisión está totalmente en manos de la mujer. ¡Qué sensación de poder! Efímera pero plena.

–Pues no. No te puedes sentar.

¡Dios, qué idiota soy! ¿Por qué le habré dicho que no? ¿Qué tengo que perder?

Se incorpora alejándome sus rizos y contrayendo los labios en un gesto de fastidio. De orgullo herido. Pero creo que siente que solo ha perdido una batalla y que aún queda mucha guerra por delante: Me ataca de nuevo con una encantadora sonrisa.

–¿Qué estas tomando? Veamos… cerveza sin alcohol. Te cuidas. ¡Camarero! Dos cervezas, una de ellas sin alcohol.

Se sienta con naturalidad, como si fuera lo más normal y me observa con expresión divertida.

Si, debe de ser gracioso mirar la cara que se me ha debido de quedar ante tanta desfachatez. ¿Dónde está mi segundo de gloria en el que le dije que no se podía sentar? ¿Es qué no se da cuenta de que este trozo de mundo lo he reservado para mí sola durante un rato? ¿Por qué ha entrado en mi metro y medio cuadrado? Bien, pues si él entra, yo salgo. Cojo el libro. Abro el bolso. Le miro: no se inquieta. Debería decir: “¿por qué te vas?” o… “¿no te vayas, espera!” o … “perdona, siento haberte molestado” o … pero no dice nada. Me sigue mirando con expresión divertida. Como la de quien va a un zoológico a ver pingüinos. Cuando ya estaba incorporándome del asiento, habló por fin:

–Te voy a seguir– Dijo en un susurro.

Ahora sí que me he enfadado.

“Mira, procura no buscarte problemas conmigo”.

Y lo digo en voz alta, para que mire todo el mundo (que miran), para que se acerque el camarero (que se acerca), para que me ayuden a quitarme del medio a este tío, porque tengo miedo.

Pero ya no hace falta, se ha marchado. Lo que no entiendo es por qué la gente sigue mirándome, ni tampoco como ese hombre pudo sentarse frente a mí, si la mesa por ese lado está arrimada a la pared.

Carmen Salgado Romera (Mara)

ÉL

— ¡Pareces boba! ¿Es que nunca te das cuenta de nada?

Yo le miro y pienso que tiene razón. Tengo que fijarme más y poner el asa del tazón hacia su derecha, para que él no tenga que darle la vuelta al cogerlo para beber.

Casi nunca me doy cuenta. No es disculpa, no puede serlo, el que los niños me hablen a la vez. Por eso yo desayuno de pié, para estar más pendiente de todo. Luego me visto y me peino deprisa, para llevar a los niños a la parada del autobús. No sé cómo me queda el pelo por detrás. No me da tiempo a mirarme.

Cuando salgo con los niños a la calle quieren soltarse de mis manos, pero yo no les dejo. No puedo dejarles, porque hay que cruzar, que la parada del autobús queda enfrente. A la vuelta, lo que queda enfrente es mi casa, vacía y desordenada.

Todos los días subo despacio los cuatro pisos con la compra. Me duele la espalda. Cuando llego, me quito los zapatos y me pongo el delantal, pero todavía le sigo oyendo.

Sí. Parezco boba. Menos mal que le tengo a él.

Me cuesta cada día más hacer la litera, porque me duele la espalda, pero he visto unos edredones que sirven de sábana y de manta. Le voy a decir que si podemos comprar dos, uno para cada niño.

Ya sé que no tenemos dinero. Él siempre dice que no tenemos dinero, pero podríamos irlo juntando poco a poco y comprar los edredones. Yo no quiero que me pegue, como el día que compré la lámpara de nuestra habitación. Había estado ahorrando para darle una sorpresa.

Ya sé que él me quiere, que sólo estaba borracho, pero aquello me dolió. No me dolió sólo porque me daba vergüenza ir por la calle con la cara hinchada.

También me dolió porque era la primera vez que me pegaba. Después ya me acostumbré. Solo tengo que encogerme y taparme la cara con los brazos. Los niños también saben ponerse así. A ellos, además, les da patadas.

Le he dicho que no debe pegar a los niños, pero él dice que no les pega. No debe de darse cuenta. Sé que nos quiere, sólo nos pega cuando bebe. Y tenemos suerte de tenerle. ¡Qué sería de nosotros sin él!

Siempre nos ha dado dinero para comer y recuerdo cuando le dije que yo también podría trabajar, antes de tener a los niños, recuerdo que me dijo que no, que yo era su princesa y que las princesas no trabajan, que para eso están los hombres, para cuidar de sus mujeres.

Por eso me enfadé con mi madre. Me enfadé porque me dijo que él solo me quería para tener la comida hecha y la cama caliente.

No es verdad. Además, desde que tuve al pequeño, él casi no me toca. Yo a veces le acaricio, pero él se aparta de mí. Eso es porque ya no soy joven.

Sé que estoy envejeciendo porque cada día tengo menos memoria. El otro día me senté en la cama porque no sabía qué tenía que hacer. Me dolía mucho la cabeza, pero no era porque él me había gritado y había dicho que un día nos iba a matar. Eso ya lo ha dicho muchas veces. No. Me dolía la cabeza porque desde que me pegó en la cara me duele, a veces mucho.

Yo sé que no nos va a matar porque nos quiere, pero cuando bebe se pone así.

A mí me da un poco de miedo, porque se le pone la cara roja, abre mucho los ojos y es como si no fuera él. Los niños se asustan pero yo les digo que no tengan miedo, que su padre es bueno, pero ellos no lo quieren entender.

El otro día, Andrés me dijo que cuando fuera mayor me iba a defender y que si papá le pegaba otra vez se iba a marchar con su hermano y que cuando tuvieran una casa buena, volvería a por mí.

A él le gustaría no tener que esconderse de su padre y sé que le da vergüenza ir al colegio con moratones. La maestra no le cree cuando dice que se cae de la bicicleta y por eso me mandó una nota para que fuera a hablar con ella, pero no voy a ir, porque no quiero explicarle que mi marido a veces nos pega. Ella no lo entendería. También vino un día el cura a casa a preguntarme.

Al cura se lo conté y me dijo que yo era una buena mujer y que debía querer y obedecer a mi marido, pero que no estaba bien que nos pegara y que nos diera voces. Yo le expliqué que no era él quien lo hacía, sino el demonio que se le mete dentro cuando bebe, y que yo le quiero a él, pero su demonio le hace daño y que tengo que seguir a su lado para protegerle.

El cura me dijo que a mis hijos el vivir así les hace mal, que podría conseguir que cuidaran a los niños en un centro y yo le dije que mi marido sin ellos no podría vivir, porque les quiere.

El cura se marchó y no me ha vuelto a preguntar nada. Los vecinos tampoco, ni los de arriba ni los de abajo, que dan golpes cuando él da voces. Sólo me habla la vecina de enfrente. A veces viene a verme. Yo sólo le abro la puerta cuando no me duele la cabeza. Ella me cuenta cosas.

Un día me preguntó qué me pasaba, porque me veía triste y yo le dije que sí, que estaba triste porque sabía que yo no valía para nada. Ella me dijo: “Cuando estés triste, mírate al espejo y sonríe, verás como luego te sientes mejor”.

Yo no puedo sonreírle a un espejo, pero ya no estoy triste porque también me dijo que sí que valía, que era la mejor mujer que mis hijos y mi marido podían tener y que los malos momentos siempre acaban pasando, si se reza mucho.

Yo rezo todos los días para que no entre el demonio en mi marido y para que los niños se den cuenta de que nos quiere. Y voy a rezar también para que me deje comprar dos edredones, uno para cada niño, porque me duele la espalda cuando hago la litera.

Carmen Salgado Romera (Mara)

Las Palabras

Con las prisas me equivoqué de libro. Café Quijano paseando por la televisión, con la Catedral de León al fondo. Luego sentados. En la tele hace sol y por la ausencia de sombras, debe ser mediodía.

Aquí, media tarde, cielo cubierto y un trozo de tablero de parchís asomando por detrás de la televisión.

No espero a nadie en esta cafetería, tan solo hago tiempo.

Con las prisas, me equivoqué de libro. Y abierto por una página cualquiera, lo he dejado encima de la mesa. Me niego a releerlo. Café Quijano cantando y una chicas de colorines moviéndose.

El ruido, cada vez más intenso. No consiste, tan siquiera, en fragmentos de conversaciones, música de fondo y arrastrar de sillas. Son palabras que surgen de las personas sentadas alrededor de las mesas, que fuera ya de su círculo de influencia, pierden la orientación y se estrellan contra los ventanales, desde los que se ve la biblioteca donde estuve ayer.

Café Quijano sentados y por sus sombras, sé que ha pasado allí un rato. Aquí también.

Las palabras flotan, ahora las siento cálidas, y se posan cuando bajan sobre las mesas y se meten dentro de mi copa de cerveza, ¿cuántas palabras cabrán en una copa de cerveza? Voy vaciándola a sorbos, por si las palabras ocupan lugar y se desborda la cerveza.

Es curioso, hay ruido, pero no estridencias, hasta el arrastrar de sillas está dentro de contexto. Ningún niño grita, y eso que hay varios. A una niña que está sentada frente a mí le acaban de regalar una muñeca.

Me doy cuenta de que el techo también bebe, se bebe las palabras, la música de los Quijano, el arrastrar de sillas y quizás, si no los estuviera pegando con bolígrafo a la cuartilla, quizás también mis pensamientos.

Entonces… si todas las palabras no caen sobre las mesas, quizás no se desborde mi copa y no se derrame la cerveza que queda…

Menos mal que las palabras son transparentes, porque me fastidiaría que taparan las mesas, de madera policromada con dibujos de carteles antiguos. Lo que veo de mi mesa, que es lo que no tapan el libro abierto al azar, (me confundí de libro, con las prisas) ni la copa de cerveza, ni el cenicero verde de cerveza S. Miguel, ni el servilletero, ni mi bolso… lo que veo pone: chocolate blanco, almendrado, de avellana…

Siguen los Quijano. Hay unas chicas vestidas con su piel del Caribe y un poco de tejido brillante que deja sus ombligos al aire y que me mandan un mensaje: “Ven a Brasil”.

No puedo: Estoy haciendo tiempo, con los Quijano, la Catedral de León y la Taberna del Buda, ahora.

Hago tiempo y bebo cerveza. ¿Seguro que no me estoy bebiendo alguna palabra? ¿Seguro que lo que están diciendo a mi alrededor no se mete en mi copa, se pega en el libro abierto al azar (ya lo había leído) y se mezcla con las líneas escritas y da origen a un libro nuevo? No tengo ganas de comprobarlo, porque pienso que no. Pero estaría bien.

También estaría bien dejar una hoja en blanco e ir recogiendo las palabras, unas de aquí, otras de allá: “Si no me hubiera tenido que tocar el viernes, me hubiera tenido que quedar de baja…” “¿Te diste cuenta que…”? “Ahora tú…” “”Hala, a beber, a beber…” “Muy buenas tardes, están frías, para estar buenas…”

Menos mal que el cerebro filtra las palabras. Filtra todo y a tal velocidad, que se ha tragado ya lo que sentía esta mañana. Menos mal, porque me sentía…

Es curioso, como cuesta adjetivar un sentimiento. Se pueden contar sucesos con facilidad, pero es difícil adjetivar sentimientos. ¿Cómo me sentía, hoy que cumplí años? No, no vale poner un rosario de palabras. Es el juego de un adjetivo. Solamente uno. El de más peso, o el que más daño hace confesar… ¿estafada? ¿estafada es un adjetivo? ¿es el que pondría? ¿lo puedo adornar? ¿estafada por la vida? ¿estafada por mí?

Y al repetir la palabra “estafada” empieza a perder sentido y a no decirme nada. Ya solo aprecio su sonoridad: Es- Ta- Fa- Da. ¿Me ha servido de algo encontrar esa palabra para sintetizar mis sentimientos? ¿Es justo resumir todo mi espectro de sentimientos en cuatro sílabas? No, no me parece justo.

El libro, sigue ahí, encima de la mesa, abierto al azar. Otra estafa: los títulos crean, a veces, falsas expectativas, que los contenidos trocean y destruyen. Por eso me he puesto a escribir, porque me niego a releerlo y no tengo otro texto a mano. Y es que no me puedo mover de aquí, porque la falta de ganas y el frío de afuera no me dejan.

Además, estoy haciendo tiempo, sintiendo las palabras flotar y posarse por encima de las mesas con carteles antiguos, filtrando sobre ellas las canciones de Café Quijano.

Ahora baila una negra azul claro con ombligo y ahora una mujer inmensa, sin ombligo.

Y ahora se va la niña de la mesa de enfrente con su muñeca llena de sueños. Y después me iré yo. Ya no tengo más tiempo para seguir haciendo tiempo, y mientras me pongo el abrigo pienso: ¿las palabras también se respirarán?

Mara- Carmen Salgado Romera

EL SACO DE HARINA DE LA LUNA LLENA

La luna llena no tiene manos, y ella lo sabe. Pero musita palabras de colores a las personas, que sí tienen brazos y sí tienen pies.

Escondidos entre sus dedos están los polvos de harina, que se sacuden cada mañana al despertar, despidiéndose de la luna con un guiño, hasta el nuevo atardecer.

ESPEJOS DE AGUA

Dicen los ermitaños, los pastores, los caminantes de los senderos, los solitarios buscadores de setas, los nomos de las cuevas, e incluso algunos viajeros perdidos, que entre las montañas hay lugares húmedos, fríos, silenciosos, con un olor especial, en los que se ve el mundo oculto.

Esos lugares, que en los mapas se llaman lagos, cuando la gente bulliciosa profana su calma, simplemente reflejan el paisaje.

Pero en cuanto las voces humanas se alejan, son un pasaje hacia el interior de la tierra, donde las raíces de los árboles que crecen en la superficie son ramas en ese universo paralelo, pues “como es arriba, es abajo”.

Hay personas, muy pocas personas, que se han atrevido a entrar en los lagos para buscar la otra mitad de sí.

TRÍADA ELEMENTAL

Pensativo, le dijo El Fuego a La Ceniza: “Hija mía, a medida que yo muero, tú creces. Yo soy la pasión purificadora de cuanto a mí se acerca. Tú eres la calma, la semilla que depositará en la tierra el germen evolucionado de todo lo que yo he purificado”.

La Ceniza escuchaba a su padre en silencio, meciéndose acunada por su madre, La Brisa.

Hija –dijo cálidamente La Brisa, mientras besaba al Fuego– está llegando tu hora de volar.

La Brisa hizo un remolino y, cubriéndose con su capa de viento, bailó con El Fuego.

El Fuego crepitó, expandiéndose con bravura, para después morir en un estallido de silencio.

La Ceniza caminó despacio sobre los rescoldos y, llorando humo, se elevó en el aire descendiendo, poco a poco, hasta quedar dormida sobre La Tierra, sabiendo que, ya olvidados sus recuerdos, estaba renaciendo como parte de mil seres, en la eterna Rueda de la Vida.

Mara (Carmen Salgado Romera)

Temporal

El muñeco de nieve se deshacía, era evidente: ya no había ochenta centímetros bajo su gorra roja. Había perdido un ojo y la boca; la nariz de zanahoria, al haberse deslizado, formaba sobre la esfera de su cabeza un rictus que asemejaba una perversa sonrisa. Emma lo miraba mientras fumaba y juraría que por la mañana estaba en el centro de la pérgola desentoldada, no allí, cerca de una de las columnas, la más próxima a la casa.

Entró frotándose las manos. No recordaba una nevada así en los treinta años que llevaba viviendo en aquella ciudad. Para Helena, su hija pequeña,  era la segunda nevada de su vida y había disfrutado por la mañana tirándole bolas a su hermana Clara y echándose en plancha sobre la nieve. Les había venido bien disfrutar después de lo mal que lo habían pasado al principio del mes, cuando murió el viejo Closter. Eran incapaces de olvidar al perro: todos los días iban un rato al fondo del jardín a visitar su tumba.

Abrió el frigorífico para preparar la cena: medio vacío. El temporal que, desde hacía una semana, mantenía cortada la comunicación con la ciudad estaba empezando a agobiarla y se estaba agotando su tabaco. Sólo quedaba esperar que al día siguiente luciera el sol y se restableciera el tráfico, si en la noche no nevaba de nuevo, como predecían los partes meteorológicos.

Antes de acostarse salió al porche. Las preocupaciones le habían quitado el sueño. Las niñas ya estaban dormidas y ella extrañaba su cama, desde hacía días vacía de compañía. Justo el día antes de comenzar el temporal, Pedro, su marido, había marchado a un congreso y ahora no podía regresar.

Encendió un cigarro. Las estrellas brillaban y, bajo la tenue luz de la entrada, el muñeco era un palmo más pequeño. Parecía algo más cercano, aunque no podía precisarlo bien.

De repente oyó un crujido: se había movido. Lo había visto. Su corazón se aceleró. Intentó que ese sobresalto no derivara en miedo. Razonó que sus hijas habrían hecho el muñeco sobre una capa de hielo, o un plástico y por eso se había deslizado. Un muñeco de nieve es sólo eso: nieve. Agua congelada. Nada más. Apagó el cigarro y entró tiritando. Nunca cerraba las puertas con llave: su marido decía que el miedo atrae desgracias y ella estaba de acuerdo, pero en aquel momento estuvo tentada a hacerlo.

Se puso a dar vueltas por el salón ajena al programa de televisión. La casa se estaba quedando fría. ¡Sólo faltaba que se agotara el combustible! Se metió el móvil en el bolsillo del pantalón, atravesó por la cocina hacia el garaje,  se acercó al depósito de pellets y comprobó que había suficientes para una semana. Suspiró aliviada, pero… ¿por qué no llamaba su marido? No era justo que él estuviera en un buen hotel, rodeado de gente y ella allí sola con las niñas, sin poder salir de casa, casi sin comida y con un ocho de nieve que se movía.

Aunque Emma sabía que no eran buenos esos pensamientos, esa obsesión con el muñeco, no pudo evitar salir por el garaje y acercarse con sigilo a la pérgola. Allí no estaba. Encendió la linterna para cerciorarse: iluminó el perímetro que ocupaba la pérgola buscando su nariz de  zanahoria en el suelo, pero no la encontró.

Quiso creer que se había deshecho y que cualquier animal se la había llevado, había algunas huellas pequeñas, pero sabía que hacía demasiado frío como para que cincuenta centímetros de nieve compacta se deshicieran en medio de la noche.

Corrió, asustada,  hacia la casa. Cerró con llave la puerta del garaje. Temblaba. Estuvo un rato apoyada en ella, intentando tranquilizarse. Al fin pudo ir hasta la cocina. Cerró también con llave la puerta tras ella.

Subió a ver a sus hijas y, por un momento, todas sus preocupaciones se desvanecieron, pero en cuanto bajó  al salón de nuevo le asaltó la inquietud.

Cogió las llaves, ropa de abrigo, la linterna y un bate de béisbol. Estaba dispuesta a encontrarle y a acabar con él, aunque fuera una idea absurda. Apagó las luces. Salió al porche con sigilo.

Decidió rodear la casa por el lado contrario al cenador. Avanzó hundiendo despacio sus botas en la nieve. No quería encender la linterna. El muñeco podía verla y él sabía que las niñas estaban solas. Llevaba vigilándolas todo el día.  Llegó al punto de partida sin dar con ningún rastro.

Decidió buscar por todo el jardín.  Sobre la nieve había huellas de pájaros y otros pequeños animales. Llegó hasta el fondo, hasta la tumba de Closter, anhelando su compañía. Volvió a la casa intentando convencerse de que se había derretido.

En el porche, sobre el felpudo empapado, encontró la zanahoria. Abrió, angustiada, la puerta: un rastro de agua ascendía por la escalera. Llamó a  sus hijas mientras subía los escalones. Desde el pasillo vio cómo el agua se adentraba en la habitación de la pequeña. Entró corriendo y  la sacó de la cama, mientras el agua, en el medio de la puerta, se reagrupaba e iba tomando de nuevo la forma del muñeco. Pudo salir, pero las gotas que  quedaban adheridas a sus botas y ropa eran como pequeñas garras de plomo que ralentizaban sus movimientos.

“¡Corre, corre!” le chilló a Clara. La niña la miró aterrada, sin saber qué hacer. La madre, al notar que los pies se le estaban congelando le ordenó: “¡Llévate a tu hermana! ¡Escapad!”

Clara arrancó a su hermana de los brazos de su madre y avanzó por el pasillo hacia las escaleras mientras  Helena chillaba al ver que Emma no podía moverse. El muñeco la iba envolviendo: cuando llegaron al recodo, sus rodillas habían desaparecido bajo una capa blanca.

Emma se retorcía de dolor, las partículas habían traspasado sus pantalones y se adherían a su piel, clavándose como chinchetas. Intentó pensar cómo deshacerse  de ellas: el calor podría acabar con el muñeco.

No había nada a su alcance que le pudiera servir, salvo su mechero. Lo acercó a la nieve que rodeaba a sus botas. El muñeco aflojó la presión y pudo sacar las piernas, pero la masa intentó, de nuevo, trepar sobre ella.

Agarrándose al marco de la puerta más próxima, la del baño, consiguió entrar y cerrar. Abrió el grifo del agua caliente de la bañera. Con la ducha logró quitarse los restos adherentes. Dirigió, con rapidez, el chorro hacia el suelo. La masa viscosa se disolvió con facilidad.

Abrió la puerta. No quedaba ningún rastro del muñeco en el pasillo. Eso era extraño. Intuyó que sus hijas estaban en peligro. Bajó las escaleras llamándolas a voces. No contestaban. Buscó por toda la casa. El muñeco y las niñas habían desaparecido.

Temió que estuvieran afuera y el muñeco se empolvara de nieve y se hiciera más grande. Salió con la linterna llamando a Clara y a Helena. Cuando estaba cerca del garaje oyó ruidos dentro. ¡La puerta estaba cerrada con llave! Angustiada, corrió hacia la cocina para entrar por el interior.

Cuando lo consiguió, vio a Helena a punto de ser alcanzada por el muñeco. Su hija mayor estaba encendiendo un soplete. Emma se lo arrebató y lo dirigió hacia el monstruo. Unos minutos después, ya no quedaban restos del muñeco, cuyas partículas corrían por debajo del portón hacia la rejilla de desagüe.

Se abrazaron en silencio. Emma les pidió que no se lo contaran a nadie, ni siquiera a su padre. Debían intentar olvidarlo.

Mara- Carmen Salgado Romera

Limpieza

Me dejó boquiabierta,  con el estómago vacío, el llavero en la mano y una severa recomendación: “Recuerde: ¡No abra la puerta del fondo!”.

Quise asegurarme de que no volvía y me asomé a  una de las dos ventanas alargadas que flanqueaban la puerta de entrada, de una madera todavía más vieja y carcomida que esa pretenciosa mujer. Tenía que limpiar su casa, empezando por la primera habitación del pasillo y, evitando abrir la pieza  del fondo, regresar justo donde estaba en ese momento, al  pequeño recibidor.

Todas las puertas quedaban a la derecha del pasillo, menos la del baño que estaba de frente, al fondo de  ese angustioso túnel granate cuyas paredes estaban pobladas por grandes figuras geométricas que asemejaban  óvalos alargados por los extremos y que se repetían tantas veces en vertical y en horizontal que causaban mareo.

Antes de irse me había dado instrucciones muy precisas:

Cada vez que entrara en una habitación debía encerrarme y, al salir, volver a cerrarla.

Veinte minutos para cada habitación, exactos: tenía que poner a cero el contador que estaba situado sobre el marco de cada puerta, cuyo timbre sonaría cuando pudiera salir. Por ningún motivo podía salir fuera del plazo marcado.

Prohibido fumar, comer o beber. ¿Lo había entendido todo bien?

Le pregunté cuándo me iba a pagar. Sacó del bolso un pequeño lápiz y papel, multiplicó por cuatro (salón, dormitorio, salita y cocina) lo que me correspondía por limpiar cada habitación; contó tres veces el dinero que sacó de la cartera; lo  dejó en un cajón del mueble del recibidor y lo cerró. Me dijo que el cajón se abriría de forma automática en el momento en que acabara de limpiar; en él debía dejar las cinco llaves.

Si le gustaba mi forma de trabajar, me volvería a llamar. “Al fin y al cabo, usted ha estado trabajando en esta casa para Doña Rosita y quién mejor que usted para atenderla”. Si, pero Doña Rosita, que en paz descanse, no tenía un papel pintado tan agobiante, no cerraba puertas, no daba tiempos, no prohibía nada, me pagaba en mano y me invitaba a desayunar, pensé con gástrico resentimiento.

Supongo que le gustó como lo hice –aunque debo confesar que estuve más pendiente de abrir y cerrar las puertas como me había mandado, que de la limpieza en si–, pues al cabo de un mes me volvió a llamar. “Estas casas se ensucian mucho”. Asentí, pagaba bien. “Le dejo el dinero en el cajón”. Me tendió el manojo de llaves. “Ya sabe, la pieza del fondo…” Asentí de nuevo. No pensaba abrirla.

Miré las llaves: esta vez había seis. Antes de empezar, conté las puertas. Sí, hoy había una habitación más. Ya me había ocurrido alguna vez mientras trabajaba para Doña Rosita. Sucedía que, cuando el invitado estaba por allí, surgía, al final del pasillo, antes del baño, una puerta más que daba acceso a una habitación parecida a las del resto de la casa respecto a tamaño y decoración. Incluso las cortinas que tapaban los ventanales de madera hacían juego, como en el resto de las habitaciones, con la tapicería de los muebles. No me importaba este exceso de trabajo no previsto, siempre que se hubiera acordado de incluir en el cálculo de mi remuneración la habitación extra.

Desde el primer día  cobré por habitación, no por horas. Fue lo que convinimos Doña Rosita y yo al empezar a trabajar en la casa. Entonces yo no sabía limpiar. Quiero decir, que no sabía hacer ese tipo de limpieza. Mi querida Doña Rosita, siempre tan humana, me enseñó con paciencia. Comprendía mis nervios y no me reñía por  mis deslices de aprendiz- aunque podían haber causado graves consecuencias si ella no lo hubiera supervisado todo y enmendado mis errores-.

Miré mi reloj, era la hora de entrar en el salón. Puse en marcha el contador de  la puerta; me sobraría tiempo, no estaba tan sucio como ella decía. Abrí los vacíos cajones y las puertas del mueble de madera en cuyas estanterías tampoco había nada. Pulvericé en su interior y sobre el sofá  el líquido limpiador; también sobre el techo blanco, la lámpara de bronce y sus grandes tulipas redondas pasadas de moda y  sobre las paredes de color granate.

Todo esto lo hacía mientras murmuraba en voz baja las palabras que me había hecho aprender, que no eran las mismas que me mandaba decir Doña Rosita. Pasé un paño por todo. Volví a cerrar las puertas y cajones, limpié la lámpara, el techo y el suelo. Me llevó unos diez minutos. Esperé a que sonara el timbre para volver al pasillo y repetir la operación en las restantes piezas. La última, la del invitado, me produjo rechazo. No creo que fuera el mismo invitado que tenía  Doña Rosita, pues algo había en las paredes granates, en el ambiente denso, pesado, casi palpable, que no se terminaba de disolver con el líquido de limpieza. Hice lo que pude, sabía que no había quedado del todo bien, pero no quería arriesgarme a quedarme dentro de la habitación. Al  sonar el timbre salí y cerré la puerta con llave.

Ya en el vestíbulo, comprobé, con alivio, que me había dejado en el cajón el dinero de la limpieza de las cinco habitaciones.

Cuando nos vimos al mes siguiente, me dijo que no le había gustado cómo había limpiado la vez anterior una de las habitaciones. Intenté explicarle que habría necesitado más tiempo, pero me desoyó. Me llamó torpe e inútil y me advirtió que esta vez no debía suceder.

Me dieron ganas de marchar y no volver más, pero hoy día no hay muchos trabajos de limpieza tan bien pagados como éste, a si que  tuve que aguantarme, pero juré vengarme.

Pensando cómo resarcirme, trabajaba tan distraída que  estuve a punto de salir de la cocina antes de tiempo lo que, quizás, me hubiera costado la vida, pues, una vez, me dijo Doña Rosita que el suelo del pasillo no era tal, que era una especie de portal a otras dimensiones. Yo no me lo creí. Siempre noté el parquet sólido, pero al poner esta mujer tanto empeño en que no saliera de las habitaciones hasta que no sonara el timbre, recordé lo del portal y me imaginé que, cuando yo estaba dentro de ellas,  el suelo del pasillo no existía y si salía antes de tiempo caería… y caería… y caería…, sin llegar a ningún lado, durante toda la eternidad.

Cuando ya había limpiado las cuatro piezas –esta vez no estaba la habitación del invitado–, decidí que abriría la puerta del fondo y tiraría por el inodoro toda la porquería que había recogido en el resto de la casa, así contaminaría aquel  extraño mundo del cual ya me había cansado. Yo me iría lejos y allí se quedarían la señora y su horrible casa granate.

Metí la llave en la puerta del baño; el corazón empezó a palpitarme. No, no es buena idea, pensé. Pero algo me impulsó a girarla. Y mientras lo hacía con lentitud, una sensación morbosa, mezcla de miedo y de placer, me invadía. Pero si ella quería que abriera la puerta, yo no lo haría. No pensaba darle ese gusto. Aunque… igual lo que quería era, precisamente, que no entrara en el baño.  Y como no me aclaraba… ¡Abrí la puerta!

El baño estaba como la última vez que entré en él. Me llevé una sorpresa al ver que en la bañera seguía Doña Rosita cubierta por la espuma del gel tan blanca como su pelo, como su rostro. Miraba hacia arriba con cara de ángel. No parecían haber pasado los meses por ella. Se conservaba maravillosamente bien. Una santa.

Levanté la tapa del inodoro. Estaba a punto de vaciar los sucios ectoplasmas, pero me di cuenta de que era eso, precisamente, lo que aquella mujer perversa quería que hiciera: por eso siempre me daba la llave del baño y, por eso, me decía que no debía abrir esa puerta. Por eso me provocó insultándome. Decidí, al fin,  no tirar los negros efluvios y justo cuando salí de baño pude comprobar que Doña Rosita tenía razón: el pasillo es un portal a otras dimensiones.

Y aquí estoy, no sé donde, recordando todo esto mientras caigo.

Mara (Carmen Salgado Romera)

El viajero sorprendido

¡Feliz Navidad!.  Os  dejo con un pequeño cuento y mis mejores deseos para el 2010,

Mara

Estaban sentados alrededor de la mesa camilla. Eran tres chicos y una anciana.

Yo les veía a través del cristal, un poco empañado, de la vieja ventana de madera. En la calle hacía fío. Sin embargo, dentro de aquella pequeña habitación se  debía  estar muy calentito. Me hubiera gustado ser uno de esos chicos y estar sentado junto a mi abuela y mis  amigos jugando a las cartas, como hacían ellos.

No soy un fisgón, soy simplemente un joven de veintidós  años, que recorre los pueblos y observa a la gente y a los animales,  a los edificios y a los paisajes, quiero pintar todo lo que recuerde,  cuando llegue a mi destino.

Lo malo es que no sé cuando llegaré, ni cual es mi destino, pues no tengo casa, ni familia que me espere en ningún lugar. Lo bueno es que he recorrido medio mundo, haciendo  amigos  aquí y allá.

La tarde en que comienza esta historia  llevaba esperando desde hacía más de media hora  un autobús: comenzaba mi peregrinaje por  el Camino de Santiago. La parada me habían dicho que era delante de aquella casa de piedra y como no había ni un alma por la calle,  me distraía mirando de  cuando en cuando al interior.

El tiempo iba pasando, el autobús no venía y mis pies estaban cada vez más congelados. Cuando me aburría  de mirar a un lado y al otro de la silenciosa rúa, o de recordar a las chicas bonitas que conozco, o de hacer planes o imaginar historias,  volvía a husmear por la ventana. También miraba a las estrellas que estaban empezando a salir a medida que el cielo se oscurecía.

Un rato después, la abuela y los tres chicos habían acabado la partida de cartas y merendaban  un humeante chocolate con bizcochos. Me reí mucho al ver como al pequeño se le cayó el bizcocho dentro del tazón justo cuando iba a morderlo y dio un bocado… ¡al aire!

Cualquiera que me hubiera visto riéndome sólo en medio de la calle, hubiera podido pensar que estaba loco. Sí, un poco loco  siempre he estado, pero mucho más después de lo que me ocurrió  aquella noche, cerca de las diez.

Todo comenzó cuando se fijó en mí el niño más pequeño, Juan, el del    bizcocho.

Al verme al otro lado de la ventana les alertó y  señalándome gritaba: “¡Afuera  hay un monstruo que viene  por nosotros!…”.

Yo no sé que cuentos tan horripilantes contarán en ese pueblo pues, aunque no soy precisamente guapo, tampoco soy tan feo como para confundirme con el “Hombre del Saco”. El caso es que todos se acercaron a la ventana y les sonreí.

Al notar que no era peligroso- sobre todo porque estaba tan congelado que no podía ni separar los brazos que tenía cruzados por delante del cuerpo- decidieron abrir la puerta y la abuela, Toñi, me preguntó si estaba esperando al autobús. Le dije que sí y me miró con pena.

– Hoy no pasa. ¿Quieres entrar?

– Gracias- le contesté, refugiándome  de la helada  al abrigo del vestíbulo – ¿Cómo es que hoy no pasa?

– No le toca. Los lunes descansa el chofer, porque los demás días hay mercados por los pueblos cercanos.

– ¡Claro! ¡Si hoy es lunes! No me di cuenta. Me lo habían dicho en la pensión cuando pregunté hace tres días, pero se me había olvidado. Bueno… ¡muchas gracias!, volveré a la pensión, pues de noche y con este frío no me apetece nada marchar del pueblo.

Me agaché para coger la mochila y marchar, pero ella me preguntó si quería  una taza de chocolate.  ¡Uf! ¡Una taza de chocolate! … Al poco estaban interrogándome los chicos, sentados a mi alrededor. Pablo tenía nueve años, Marcos siete y Juan cinco.

Mientras merendaba les iba contando mis aventuras. Toñi se había sentado en una mecedora y de vez en cuando me hacía preguntas. Así llegó a saber que mi nombre es Carlos, que nací en un pequeño pueblo del Sur, que no tengo familia y que me gusta viajar.

También llegó a saber, pero eso no se lo conté, que esa tarde hubiera querido tener ocho años, que ella fuera mi abuela y Pablo, Marcos y Juan, mis hermanos. Que aquella casa, tan acogedora, fuera mi casa y ese pequeño pueblo, el mío.

Eran ya las nueve de la noche. El reloj de péndulo que había al lado de la chimenea estaba dando sus campanadas.  Me levanté para marcharme, pero los chicos me pidieron que les acompañara hasta su habitación y les contara una historia más.

A Toñi le pareció bien y  los cuatro subimos los peldaños de la escalera  de dos en dos, echamos una carrera hasta llegar a sus literas y… ¡me ganaron! Me ganó incluso Juan, que todavía llevaba berretes de chocolate en las comisuras de los labios.

Pablo, el mayor,  se acostó en la parte de abajo de la litera izquierda.  Ayudé al pequeño a subir a la litera que quedaba sobre la cama de Pablo e hice cosquillas en los pies  a Marcos, mientras subía a  la parte de arriba de la otra litera.

Les pregunté si la cama de abajo que quedaba libre era la de la abuela y riendo me dijeron que esa cama era para mí.   Yo también reí, pero por dentro estaba triste.

-¿De veras no crees que esa cama es para ti?

– No, chicos, yo me voy dentro de un rato, pero mañana nos volvemos a ver, ¿vale?

Me miraron con esos ojitos brillantes que se ponen a los chicos cuando están a punto de dormirse y me sonrieron, con la mente ya puesta en algún trepidante sueño. Casi en un susurro me dijeron: “Hasta luego, te esperamos a las diez”.

Me figuré  que se referían a las diez de la mañana, pero un rato después ya e di cuenta de que no, que me esperaban a las diez de la noche, o sea, al cabo de media hora- más o menos- .

Y… aunque una parte de mi cerebro no se lo quería creer, la otra parte  de mi cerebro ya sabía donde habíamos quedado a esa hora.

De la lucha entre las dos partes de mi cerebro, salió victoriosa la incrédula, la parte esa que es muy racional, que tiene que tenerlo todo controlado y que se alimenta de matemáticas y física y cosas así, o sea, la que a mi me parece más aburrida, y ¡claro! esa parte dictadora me dijo que me tenía que ir a la pensión. A si que bajé a despedirme de Toñi.

-Bueno, Toñi, que me voy. Gracias por todo.

– Si te encuentras a gusto aquí, puedes quedarte.

Pensé que por ganas me quedaría,  no solo esa noche, sino… para siempre. Miré a la anciana a los ojos, le sonreí y acepté su invitación.

– Sube tu mochila a la habitación de los chicos, ya tienes preparada la cama.

– Que pases buena noche, Toñi.

Subí los peldaños de tres en tres y fui bailando por el pasillo. Cuando me acosté, notaba como mis ojillos brillaban de felicidad. Eran casi las diez. Me estaba entrando mucho sueño y me quedé dormido. Poco a poco empecé a oír unas voces familiares: Eran las de Marcos, Pablo y Juan, que me llamaban.

Justo lo que había sospechado mi cerebro derecho, el cerebro creativo: El lugar donde nos íbamos a encontrar a las diez era dentro de un sueño. Y soñamos y soñamos, les llevé hasta las selvas y jugamos con los leones y los monos, les enseñé las pirámides más famosas de África y América y ellos me ayudaron  a meterme dentro de la tierra y a descubrir tesoros.

Se nos pasó volando la noche. Nos despertamos a la vez, cuando oímos la voz de Toñi, que nos llamaba para desayunar. Yo tardé un rato en bajar, pues me costó un poco acostumbrarme a verme tan pequeño. Me hacían mucha gracias mis manos, mis pies, mis piernas… todo mi cuerpo tenía el tamaño del cuerpo de un niño de ochos años.

Bajé la escalera dando brincos. Toñi, Juan, Pablo y Marcos  se rieron mucho al verme arrastrando  el pantalón del pijama. Las manos ni se me veían.

-¿Hasta cuando tendré ocho años?

– Hasta que quieras y siempre que quieras- me contestó Toñi.

Y a mí me gustó mucho su respuesta. Llevo en esta casa una semana, más o menos, no recuerdo haber sido tan feliz nunca antes.

Carmen Salgado Romera (Mara)

Bioarte 37

“De la intersección de dos ideas

surge la chispa de la creación”

La exposición parecía prometedora.

En los carteles que revestían las paredes del vestíbulo se podían leer los anuncios de sus secciones y, sobre una serie de pantallas situadas en el eje central, se proyectaban diversas imágenes holográficas del interior de las salas:

Mutaciones Genéticas: Conviértase en otros seres.

El Andrógino: ¿Cómo es su otro sexo?

Sico- visión: Así le perciben los demás.

El cerebro timador: Conozca lo que su vista le muestra y su cerebro no.

Música Humana: La melodía de los cuerpos.

Sala especial: ¿Quiere saber cuándo va a morir?

Mientras leía los carteles y observaba las imágenes, no escuchaba los anuncios callejeros. Curioso, cuando me decidí a entrar fue cuando me di cuenta de que era el único local que no emitía los condenados anuncios. Es más, en el ancho y oscuro túnel que comunicaba el vestíbulo con la exposición, no se escuchaba nada. Tampoco había nada. Quizás pretendían que los visitantes nos vaciáramos de la saturación de la calle, o más aún, de la saturación de nuestras vidas. O más sencillo: que nos vaciáramos, a secas.

El túnel tenía una extraña cualidad: en su interior no se podía calcular ni la longitud, ni el paso del tiempo, por lo que no puedo decir cuanto estuve dentro. Noté que se terminaba porque una claridad violeta me permitió percibir unos asientos dispuestos en hileras.

Me senté en el primero. Hubiera podido elegir cualquiera porque estaban vacíos. Sin embargo, nada más sentarme, me parecieron todos ocupados. Quizás sólo hay un asiento, pensé, y mediante espejos consiguen este efecto. Pero no. Porque palpé hacia mi derecha y toqué algo sólido: una pierna. Pedí perdón. Creo que me puse colorado. Un hombre se reclinó hacia mí. Su aliento olía a canela. “¿La primera vez que viene?”. Opté por no responder. “Seguro que es su primera vez”. Lo afirmó en un tono que me tranquilizó.

Su voz no era metálica, era humana. O, al menos, me pareció humana. Decidí contestarle con un tímido “sí”.

Me tendió una pequeña pantalla: “¡Seleccione!”. Dudé. “Le recomiendo empezar en el orden del programa”.

Pulsé el uno: “Mutaciones genéticas”. Mi asiento se desplazó hacia abajo, hacia el interior de una trampilla que se cerró sobre mi cabeza. De nuevo oscuridad. Al cabo de un tiempo, unas luces de colores fueron dibujando palabras en el aire: “Piense en el animal que le gustaría ser”. Vale, me dije: un dragón.

Inmediatamente, los dedos de mis manos desaparecieron; mis brazos comenzaron a crecer convirtiéndose en alas; mis piernas se transformaron en patas, rematadas por tres garras; mi cuerpo se alargaba mientras sentía brotar de mi piel duras escamas.

Mi cabeza… me parecía que no cambiaba, pero noté que podía expeler fuego por la nariz y la boca.

Cuando las luces se fueron encendiendo, una a una, pude contemplar mi trasformación en el espejo frontal. Me dio un ataque de risa al ver que tenía los ojos amarillos y cuernos de ciervo. Lo sé, no es normal, pero cuando estoy asustado me río.

Cogí la pantalla como quien se aferra a un salvavidas. Dos. Pulsé el dos compulsivamente. Tal vez marqué el 22222222222222222222222222222222222222222. Pero daba igual: sólo había seis opciones y estaba seguro de que la pantalla había comprendido mi mensaje, pues una parte de mí se estaba transformando en hembra.

Uno de mis sueños: ser andrógino. Pero no me esperaba precisamente esto: ¡Ser- un- dragón- andrógino!

Lo notaba, no porque de mi espectacular cuerpo hubieran brotado senos, o sintiera en mi interior cualquier otro atributo de la anatomía femenina, sino por la urgencia que me estaba entrando de depositar, en algún sitio protegido, el huevo que se estaba formando, a gran velocidad, en mi vientre. ¡Vale! Y ahora… ¿qué hago?

No tuve mucho tiempo para discurrir, se levantaron unos paneles que cubrían todo el perímetro de la sala circular y me sentí observado desde los 360º: La opción tres, “Así le perciben los demás”, había comenzado de forma inexorable, sin necesidad de pulsar el mando. Y yo con el problema de mi huevo.

Lo bueno que tiene la mente es que no puede atender a dos cosas a la vez, así que, en cuanto se encendieron las luces rojizas- situadas detrás de los cristales que separaban el lugar donde se ubicaban los espectadores y la sala redonda donde estaba-, me dediqué a observarles.

Pensé que todo ese batiburrillo de extraños seres eran otros incautos que, atraídos por la exposición, habían probado a convertirse en sus animales preferidos, dada la confusa mezcla de alas; antenas; colas; garras; patas; anillos; trompas; rabos y toda suerte de elementos pertenecientes a seres vertebrados e invertebrados que se mezclaban con los rasgos normales de los seres humanos, exohumanos, intrahumanos o semihumanos- si es que a los intrahumanos se les puede considerar “normales”-. Creí reconocer a un par de ellos.

Si no hubiera estado separado por los cristales, me hubiera sentido en peligro, pues aunque amortiguados, llegaban hasta mí toda clase de chillidos ininteligibles. No sé como podían soportarse entre sí. Seguro que hasta olían mal. Como yo, con este tufo azufrado.

Me sentí desencantado por no entender cómo me percibían. Tal vez si hubiera permanecido más tiempo hubiera conseguido saberlo, aunque solo fuera por sus expresiones, pero me acuciaba el problema de qué hacer con mi huevo. Pensé que la única forma que tenía de salir de allí era pulsando sobre la pantalla.

Me quedaban dos opciones, “Música Humana” o “¿Quiere saber cuándo va a morir?”. No me convencía ninguna. No estaba para conciertos y tampoco tenía ganas de saber algo de lo que ya me enteraría cuando no me quedara más remedio.

Repasé lo que me había sucedido desde que entré y me di cuenta de que no había apretado aún el botón del cuatro: “Conozca lo que su vista le muestra y su cerebro no”.

En efecto: según puse el dedo en la tecla todo cambió. La sala, antes como una miniatura de las antiguas plazas de toros, ahora era la esencia de lo civilizado. La pared circular más exterior era blanca y dorada; las luces rojizas emitían un tono más violeta; los engendros vociferantes, los siniestros mutantes, habían recobrado su aspecto normal.

A través de los cristales que nos separaban era capaz de percibir sus pensamientos; sus palabras mentales me transmitían simultáneamente cómo me veían: ninguno de igual manera.

Tan absorto estaba en contemplar estos cambios que me había olvidado de tres cosas: de buscar una salida, del huevo y de pensar en si yo también me habría transformado. Esto último lo supe nada más mirarme en el espejo frontal: Sí, de nuevo tenía mi aspecto de siempre. Eso debía dejar resuelto el problema del huevo, puesto que ya no era andrógino. Pero algo en mi interior me decía que no era así.

De momento, a lo urgente, a encontrar la manera de salir. Estudié cada detalle de la sala buscando cualquier orificio. Entretanto, los seres que antes me contemplaban desde el otro lado de la cristalera circular se iban marchando. Si yo pudiera atravesar el cristal…

Me senté en la butaca en la que había bajado desde la sala superior. Tal vez había en ella algún mecanismo por el que se pudiera abrir la trampilla y que la hiciera elevarse.

– No busques- me dijo una voz-. Basta con creer que lo vas a conseguir.

Miré hacia los lados. No pude localizar al emisor del mensaje. Cerré los ojos e intenté visualizarme en un momento posterior, sentado en esa silla, justo en el piso de arriba. Así, exactamente, fue como conseguí salir de allí.

Me encontraba, de nuevo, en la sala de las butacas. La luz estaba encendida. Cada una estaba ocupada por uno de los humanos, exohumanos, intrahumanos o semihumanos cuya transformación había presenciado un rato antes. ¿Un rato antes o eso pasaría luego? En ese lugar el tiempo y las dimensiones espaciales estaban tan distorsionadas como la percepción de las formas o de los seres.

-¿Un caramelo? Son de canela.

Agradecí el gesto de mi compañero de exposición y me metí uno en la boca.

– Coja más.

Cogí unos cuantos y los guardé en el bolsillo de la chaqueta. Le di las gracias. No me atrevía a hacer nada. Tampoco a hablar. Todos estaban en silencio. De vez en cuando, alguno seguía con el dedo índice los compases de una música, para mí, inexistente.

-¿Qué le parece el concierto?- me preguntó en voz baja.

Estuve a punto de soltar la pregunta tonta: “¿Qué concierto?”. Me contuve.

– Perdone, no me daba cuenta de que es su primera vez. Apriete sobre el cinco.

Mi autoestima volvió a recomponerse cuando comencé a oír algo que era muy difícil de definir. No era una composición. No tenía ni ritmo, ni armonía, ni nada. Eran notas sueltas. Tampoco sabía de donde provenían. Tan pronto sonaban, como se hacía el silencio, si cerraba los ojos. Me resistía a preguntar. Pensé que lo mejor era observar el entorno.

Hice un barrido con la cabeza hacia mi derecha y las notas brotaron en chorro. Me detuve y cerré los párpados: de nuevo el silencio. Deduje que la música que escuchaba estaba vinculada a mi forma de mirar. Probé a fijarme en cada ser en concreto.

Había dado con la clave: cada uno emitía una nota diferente. Empecé a crear pequeñas composiciones: Exohumano de azul. Exohumano de verde. Ojos cerrados. Uno, dos. Semihumano de la cuarta fila. Humano moreno. Otra vez.

Me empecé a reír- discretamente-, pero luego me asaltó una duda: ¿cómo lo hacían ellos sin mover la cabeza? Porque solo veía de vez en cuando a alguno sacudir el dedo índice.

– Pensando-. Oí la respuesta en mi cabeza.

Pensando… Lo intenté, sin gran éxito al principio. Luego ya era capaz de que sonaran tres o cuatro notas. Después, sin problema.

– ¿Quiere formar parte del concierto?

– ¿Qué tengo que hacer?

– Dejarse llevar. No pensar.

– Lo intentaré.

No puedo describir lo que sentí, pero sí afirmar que es una de las sensaciones más especiales que he tenido en mi vida: Entre todos formábamos una orquesta viviente, nuestra melodía era tan diferente a todo como “la música de las estrellas” que una vez escuché en sueños, una música magnética, fascinante a tal punto que creía que no iba a poder despertar.

– ¿Se siente preparado para pulsar el seis?

La pregunta me pilló por sorpresa. El seis… ¿qué era?

– ¿Quiere saber cuándo va a morir?

En realidad era una pregunta retórica. Porque, de repente, mi silla se elevó hacia el techo de la sala. Se abrió una trampilla. Me puse de pié. Sobre mi cabeza había una cúpula semiesférica transparente. A través de ella se apreciaban miríadas de estrellas. Bajo mis pies podía observar a los concertistas. De tanto en tanto, alguno desaparecía y otro ser ocupaba su asiento. Eso es la muerte, pensé. Pero… ¿cómo voy a saber cuándo me va a tocar a mí?

En vez de recibir una respuesta, se me planteó otra pregunta: “¿Eres capaz de saber quién va a ser el próximo en desaparecer?”.

Estuve un rato observando y escuchando. Tenía la solución: Cada uno emitía su nota peculiar. La melodía se iba trasformando. Las personas o seres cuya nota no era acorde al desarrollo de la música eran reemplazadas. Pude ver que se transformaban en haces de luz y sentí que su destino era alguna de las incontables estrellas o de los planetas que giraban y se expandían por encima de la cúpula. Me había dado cuenta de que no existía la muerte.

Una puerta se abrió. Por ella salí de la exposición. En la calle, de nuevo, los condenados anuncios. Saqué un caramelo de canela del bolso de la chaqueta. Sonreí.

Mara (Carmen Salgado Romera)

El manual de instrucciones

Ciento siete páginas, veintitrés idiomas y el español… ¡en chino! ¡Estos manuales de m… que parecen escritos para abogados!…

Me senté en el suelo con un cable enrollado a cada dedo. Parecía la víctima de un electro y, sin embargo, yo me sentía como la mujer de Tarzán enrollada en lianas, dispuesta a acometer una peligrosa, difícil e importante misión: conectar los seis altavoces al equipo de música y el equipo a la corriente sin quedarme pegada al enchufe, sin que se quemaran los aparatos, sin que ardiera  mi casa y sin provocar un desastre mundial.

Había dejado libres el pulgar y el índice derechos, para pasar las hojas del manual… suponiendo que fuera capaz de entender la primera.

A ver… pitorrillo rojo en agujero rojo, por detrás pitorrillo azul en agujero azul,  luego el amarillo cruzando por encima del rojo y por debajo del azul, seguidamente el verde pasando por debajo, el negro uno por arriba y uno por abajo y el blanco uno por abajo y uno por arriba. ¡Qué bonito!: Me había salido una trenza.

Estaba tan contenta, tan segura de mí misma, que decidí enchufarlo. Pero…¡Nooo!, no seas tan impaciente mujer… Pasa a la página dos, no vaya a ser  que la líes, que a tu hermana no le gustaría que le quemaras el piso.

Y así lo hice: pasé a la página dos. ¿Y qué encontré? Todas las líneas amontonadas unas sobre otras, formando un cauce de tinta negro y perverso, ligeramente curvado hacia arriba, como una malévola sonrisa.  Pero eso no me detuvo. Pensé que podría seguir las instrucciones en alguno de los veintidós idiomas restantes. Miré en ruso, por el puro placer de ver las letras colocadas en su sitio. Y luego en albanés, en griego, en paquistaní… Me pareció entretenido ese viaje a través del mundo y, sin darme cuenta, fui desenrollando los cables de mis dedos y me los fui colocando alrededor del cuello.

Cuando llegué a las páginas en francés me emocioné, como cuando vuelves a tu ciudad después de un largo viaje y empiezas a ver paisajes conocidos. Acaricié con los dedos aquellas palabras… ¡qué tampoco conseguí entender!

Con tanto esfuerzo me entró hambre y fui a la cocina arrastrando tras de mí a los bafles, que daban tumbos sobre el suelo, y al equipo de música, que chirriaba sobre el parquet y tropezaba contra las esquinas. De una, incluso, arrancó un trozo de rodapié. Lo vi cuando me volví a mirar al perro que ladraba desesperado.

El rodapié se había quedado enganchado, por un lado, a uno de los cables y, por el otro, a la alfombra sobre la que  se balanceaba, precariamente, el mueble del salón.

Tengo que reconocer que me asusté un poco pensando en mi hermana. Pero el hambre es un instinto muy primario y ella tiene un gran sentido del humor.

Seguí avanzando hacia la cocina por el estrecho pasillo en el que, para mi desgracia, se quedó atascado el armario. Entonces tiré más fuerte y fue cuando los cables se cerraron sobre mi garganta.

Como nunca antes me había asfixiado, no sabía que hacer. Nos habíamos quedado todos parados, desde los bafles hasta  el perro.

De repente, me acordé de que llevaba el manual de instrucciones en el bolsillo de la bata. Lo saqué y empecé a buscar las instrucciones en castellano. Allí, en la página cuatro estaba la solución:

“En el caso de que por descuido, Ud. se haya enrollado los cables alrededor del cuello y se encuentre en riesgo de asfixia, por favor, corte los cables”. Y eso hice, justo cuando ya lo empezaba a ver todo de color rojo.

Tengo que reconocer que los manuales son muy prácticos. Ya no puedo vivir sin ellos: me he comprado uno para cada actividad, incluso para… y nunca voy al baño si él.

Mara ( Carmen Salgado Romera)

EL HOLOGRAMA DE JADE

ojos

Elsa se detuvo en el vano de la puerta. La sala de consulta estaba, como siempre, con la persiana levantada. Los estores de algodón filtraban la luz del atardecer e impedían ver cómo la lluvia resbalaba por el ventanal. Las luces, todas encendidas salvo los focos situados detrás del biombo, multiplicaban las sombras de los objetos, produciendo una extraña sensación.

—¡Me hiciste caso: mandaste pintar las paredes de color ciruela! —dijo sonriente mientras dejaba de forma descuidada el abrigo, el bolso y el sombrero sobre el sofá, retocándose con los dedos la melena.

—¡Bien, bien! —Aprobaba los cambios moviendo levemente el mentón. Se acercó a una librería situada al fondo de la habitación. —Sí, en este estante quedan bien los libros pero tus instrumentos… ¡mejor los guardabas donde nadie los viera…!

Cogió con delicadeza un aparato cilíndrico negro, con una lente en cada base, y lo giró con lentitud a la altura de sus ojos.

—Marcos—susurró—, si alguien entrara aquí pensaría que eres un extraño oftalmólogo o un relojero caprichoso o un…

Marcos se acercó hacia Elsa, no seguro de sí mismo y con la cabeza erguida como era su costumbre, sino despacio y pensativo.

—O un… —repitió Marcos con un gesto de impotencia sentándose junto a ella.

—¿Qué te ocurre?

—Elsa, esta vez ha sido muy grave: un asesinato. ¿No recuerdas nada?

Elsa, preocupada e inquieta, negó con la cabeza. —Ya sabes que nunca recuerdo nada. Nunca.

—Perdona, en el fondo, tú no tienes la culpa… —observó Marcos intentando que su tono fuera conciliador—. ¿Te preparo algo para que te relajes?

—No, gracias: prefiero empezar cuanto antes—añadió Elsa levantándose de forma brusca—. ¡Sí, soy culpable!… Y esta vez tengo miedo. Miedo por lo que pueda ocurrir y también por mí… No puedo evitarlo, aunque sé que no vas a hacerme daño, que no va a pasarme nada, pero…

Elsa se detuvo. Intentó controlarse. —¿Cuánto tiempo tenemos?

Marcos se acercó al estante para coger unas largas y finas pinzas, una diminuta cámara y el aparato cilíndrico negro. —No lo sé, francamente no lo sé. Depende de lo que tarde en encontrar el cobertizo.

—¿Un cobertizo?—sondeó ella mientras se sentaba en el sillón anatómico, apoyando las piernas, los brazos y la nuca en los lugares adecuados.

—Sí—contestó Marcos secamente sujetando al sillón los brazos, la cintura y las piernas de Elsa con unas correas y su cabeza con una ancha cinta—. Estás temblando…

—Prométeme que, si me duele, pararás…

Él la observó durante unos segundos, con una mezcla de ternura y lástima, sintiendo una punzada de deseo, de tenerla entre sus brazos y protegerla, sobre todo, de si misma.

—De acuerdo.

Se sentó en una silla frente a Elsa. Se fue aproximando, a la vez que se ajustaba el cilindro negro a su ojo derecho. Cogió la cámara con las pinzas y las acercó despacio al centro de su ojo hasta que contactaron con la córnea. Ella gimió y él tuvo que impedir, con los dedos índice y pulgar de su mano izquierda, que cerrara los párpados. Las pinzas se iban introduciendo con lentitud a través de la pupila como una pala en la arena seca. Marcos las retiró y acercó su rostro al de Elsa hasta que la otra base del cilindro contactó con su ojo.

—No veo la choza, solo unos cuantos árboles. Tengo que mover otra vez la cámara—. Cogió de nuevo las pinzas y tanteó a través de la pupila.

—Sí, aquí está.

—¿Qué ves?

—Un cobertizo de madera. Está medio derruido. Ahora percibo a dos hombres. Son morenos, de unos cuarenta años. Están de espaldas. Hablan…¡Discuten! Uno saca un cuchillo. Lo mueve con rapidez. ¡Se lo clava al otro en el pecho!

—¡Dios mío!

Marcos manejó con lentitud las pinzas hasta extraer la cámara. Separó su rostro del rostro de Elsa. Se quitó la lente.

—Conseguiremos evitarlo—aseguró, intentando convencerla—.Tranquilízate. Respira lentamente: Así… Bien, bien, bien… Ahora te iré guiando hasta ese plano. Lograremos llegar a ese escenario que creaste con tu imaginación y observarás atentamente a esos seres para averiguar quienes son en realidad y por qué deseas que se produzca esa muerte.

Secó las lágrimas de Elsa y comenzó a desenganchar sus ataduras. Cuando terminó, cogió su mano acariciándola con dulzura. Ella le sonrió.

—Te explicaré cómo extinguir ese deseo… Creo que estamos aún a tiempo.

Guardó silencio durante unos instantes mientras contemplaba sus ojos de jade: holograma vivo que capturaba y manifestaba el pasado y presente de las realidades visibles y ocultas.

—Nadie morirá.

Carmen Salgado Romera (Mara)

CUATRO PALABRAS PARA UNA VIDA

Tajalápiz

tajalapiz
Nací en una ciudad donde las piedras de los edificios son doradas, a fuerza de bañarse todo el año en la luz del sol. Poco disfruté de ella, pues con seis años tuve que dejar las calles conocidas, los amigos apenas esbozados, los parques y los columpios que me eran familiares y también a mis abuelos y la insólita casa en la que vivían, detrás de la universidad.
Me llevé recuerdos, el acento peculiar de mis paisanos y sus palabras, que yo creía universales, entendiendo que el universo se extendía hasta los confines de la Península Ibérica, incluyendo la cercana Portugal. Pero no era así. Cuando empecé a ir al colegio en la extraña y gris ciudad donde habían destinado a mi padre, me di cuenta de que existían las barreras del idioma, aun dentro del castellano.
Cada palabra que utilizábamos de manera diferente para designar lo mismo, era un clavo que me ataba a mi pasado, a mis raíces y que me separaba de ese nuevo lugar que parecía moverse a golpe de sílabas  para alejarse de mí.
Me sentí triste y desarraigada durante un tiempo y necesité repetirme muchas veces que estaba condenada a vivir en aquel sitio en el que yo no era nadie, ni en casa ni fuera de casa, pues mi hermanajo recién nacido me desplazó tanto como las palabras.
Me volví orgullosa de mi pequeño patrimonio de letras, aun cuando acepté, por no tener otra opción, sus palabras.
Una de ellas fue “sacapuntas”, horrendo sinónimo de mi fino “afilapuntas”, que “tajalápiz” me ha traído al recuerdo.
Y es que las palabras tienen un gran poder de evocación, no menor que su poder de provocación y de otros muchos poderes que contienen las letras.

Encandilar

plaza.mayor.leon
No recuerdo bien si fue poco antes del traslado laboral de mi padre de Salamanca a León, o pasados unos meses, cuando mis padres me dijeron que mi abuelo había muerto. Incrédula esperé verle, como siempre, sentado en  el banco del parque donde me llevaba a jugar. Pero no. No volví a verle más. Mi abuela, que hasta entonces había pasado desapercibida para mí, se transformó en un ser poderoso, inmenso,  como si hubiera asumido dentro de sí el frágil cuerpo de mi abuelo, que no su tímida personalidad.
Esos son los últimos recuerdos de mi infancia en la bella Salamanca. Cada vez que vuelvo allí, miro las piedras doradas de la Casa de las Conchas, de la Universidad, de la calle Libreros, donde vivían mis abuelos, y respiro ese aire limpio que me borra la nostalgia.
Me fui acostumbrando a la nueva ciudad. Empecé a tomarle cariño al ir descubriendo mi barrio e integrarme en el ambiente del colegio, aunque estaba en el grupo de las empollonas, de las pocas que no se sabían la letra de las canciones de moda, de las que se estampaban contra el potro en el gimnasio.
Descubrí la Catedral y sus impresionantes vidrieras, las  maravillosas iglesias que salpicaban de historia la ciudad, las típicas calles y plazas, llenas de vida. Poco a poco,  León me fue encandilando.
Recuerdo que los domingos iba con mi padre y mi hermano al kiosco y a tomar “un butanito” –refresco de naranja–, mientras mi madre quedaba en casa haciendo la comida.
Y no me puedo acordar de mucha más diversión que leer el tebeo semanal, porque solo tenía tiempo para estudiar-dormir-comer.
Por eso, casi ni me enteré de que mi madre estaba embarazada y mi nuevo hermano llegó sin que me diera cuenta. ¡Ahora que mi primer hermano y yo éramos uña y carne!
Mi hermano pequeño trajo varias novedades, por ejemplo, nuestro primer coche, un “seiscientos”.
También coincidió su nacimiento con el comienzo de mi emancipación: los domingos por la tarde ya podía ir con mis amigas y sus hermanas mayores a ver películas en las salas de cine de los colegios de curas y, cuando teníamos dinero para ello, a los cines de verdad.
Al acabar los estudios en el colegio llegaron más novedades: el instituto femenino, nuevas amigas, las discotecas… ¡cuánto me gustaba bailar!
Cuando ingresé en la Universidad empezaron los vinos en el Barrio Húmedo, los primeros suspensos, el agobio de pensar en encontrar trabajo nada más acabar  de estudiar la carrera…
Fueron tres cursos  duros, pero llenos de emociones, en los que me desplazaba en bicicleta desde mi casa hasta la Escuela Universitaria,  pasando por el puente que hay por encima de las vías del tren.
Muchas veces, al mirar las vías, pensaba que el ferrocarril tenía que ser un mundo hecho de sueños, de los sueños de cada viajero. Y sentía  que algún día conocería ese mundo, aunque no se me ocurría la relación entre cultivos y carriles, granjas y estaciones.
Pero algo, dentro de mí- o quizás como una nube alrededor de mi cabeza- me decía que sí, que algún día las vías serían como las venas de mi cuerpo y los trenes, como la sangre que circula por ellas. Acerté.

Espuma

soria
Siempre he sentido que  el tren tiene algo de mágico. Lo descubrí de pequeña, cuando aún no teníamos coche y en vacaciones nos desplazábamos  a ver a mi familia materna. Las máquinas eran de carbón y  los pasajeros, tres cuartos de hora después, también.
Íbamos a mi Soria de tíos y primos, de fiestas y de vaquillas, de  S. Juan de Duero  y S. Saturio. De calles y lugares cargados de historia, que se revive, si se está en silencio,  a cada respiración…
Soria, mi pensamiento constante, que anhelo como nadie sabe, donde encontré el calor de sus gentes, donde nacieron  las mujeres a quien más admiro: mi abuela y mi madre.
Soria, simiente de vida que florece en primavera y se cubre de nívea  paz cada invierno, la tierra que quiero que  sea mi reposo final…
Muchas veces he pensado que me equivoqué al nacer en Salamanca porque también empieza por “S” y soy despistada.
Por Dios que valoro la  bella ciudad en la que nací, pero es que Soria me hechizó sin remedio.
León fue un paréntesis, fue la tierra donde sembré las semillas de mi  futuro, pero la cosecha estaba más allá de sus confines: Asturias.
Asturias es espuma, de olas que rugen desgarrando sus entrañas, de sidra que restalla en los amplios vasos, de saltos de agua que rompen sobre las rocas…
Allí me llevó el destino cuando tenía veintidós años para trabajar  en el ferrocarril, viajando en las máquinas, pues ingresé de ayudante de maquinista.
El ferrocarril… ¡ese mundo que había imaginado hecho con los sueños de los viajeros! Y tal como pensaba, las vías han llegado a ser mis venas  y los trenes,  mi sangre.
A veces, casi hasta el punto de hacerme sufrir un infarto… pero sé que si vivo hasta la edad de jubilarme, iré a ver los trenes, como cuando de niña me llevaba mi padre cogida de la mano a la estación de Salamanca.
Y siempre recordaré la fascinante experiencia de ver desde las cabinas los magníficos paisajes de  mi tierra anfitriona: Asturias, esta tierra verde, azul y gris que me ha dado durante más de la mitad de mi vida amigos, trabajo, hogar y dos hijas que crecen deprisa mientras yo maduro añorando  a mi Soria del alma.

Cierzo

Mi último deseo: que las cenizas de este cuerpo sean esparcidas desde el puente cercano a los Arcos de S. Juan de Duero, para que mi alma pueda volar con el cierzo sobre el manto de la nívea paz soriana,  si es invierno.
Si no es invierno, simplemente será paz.
Mara (María del Carmen Salgado Romera)

Amaterasu

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Frente a mi cama, un pequeño espejo. Sobre la cómoda, un sable. Colgada de mi pecho, una joya en forma de esfera. Son los tres únicos objetos que me unen a un pasado del que no recuerdo absolutamente nada.

Sé que mi hermano murió junto a mis padres, porque me lo contó Jimmu cuando me recogió en su casa. Allí, junto con otros niños sin hogar aprendí muchas cosas. Por el día me gustaba jugar al ajedrez y por la noche lloraba.

Después de muchos amaneceres de luz dorada tintada de azul y de añil, fui a estudiar a Tokio, al centro de la capital. El ruido me escocía en los ojos y la multitud me hacía callar.

Pero por mucho que callara no era capaz de escuchar nada de mi pasado. Ni a fuerza de apretar la joya en forma de esfera que Jimmu me dijo que era de mi madre.

Sobre el pequeño espejo, desde niña, intento imaginar sus facciones.

La quiero ver con el cabello largo y suelto, oliendo a flores. Y sobre su rostro paso los dedos. Su piel suave tiene textura de frío cristal. Y su sonrisa me llega sin sonido. Como la de mi padre.

Lo veo un paso por delante de mi madre, protegiendo su frágil silueta con la sombra cálida de su cuerpo. De su cintura se proyecta la espada que cada noche vela mis sueños como un brazo protector.

Mi hermano no ha muerto, él vive dentro de mí. No me habla, pero me hace escuchar canciones que me hacen reír, que me hacen vibrar.

Cuando las oigo, soy otra persona capaz de romper mi muro de silencio. Pero eso sólo puedo hacerlo de noche.

De día mis palabras surgen de mi mente y no pasan por mi corazón. Hasta la noche, todas las imágenes que veo desde que salgo de casa y llego a mi despacho son planas, estáticas. La gente aquí es también plana, no tiene perfil. Nadie sabe que yo les veo así.

Día tras día, actúo sin implicarme y dejo que vayan pasando las horas hasta que el sol se va y las luces no son capaces de dejar ver mi rostro. Entonces muero, muero cada día para dejar vivir a mi hermano.

Él nace cada vez que me desnudo en el camerino y cubro mis pequeños pechos para que no se noten. Después no recuerdo nada hasta que salgo del local con la ropa de mi hermano Elvis en el bolso, escuchando dentro de mí sus palabras: “El mundo parece más vivo por la noche, parece como si Dios no lo estuviese viendo”.

A veces voy hasta casa tarareando una y otra vez nuestras canciones. Cuando llego a la puerta de mi apartamento me reciben 24 tatamis de silencio. Silencio que sólo yo puedo romper.

En el trabajo no es así. Me gustaría cambiarme al departamento de teian. Cada día me resulta más tedioso ver las caras de la gente, casi siempre nuevos rostros de candidatos entre los que tengo que seleccionar.

Les pregunto sus nombres mirándoles a los ojos, intentando encontrar a alguien especial. Nunca lo he conseguido. Mañana, otra tanda de aspirantes que será tan anodina como todas…

—¿Nombre?

—Peter Saku

—¿Fecha de nacimiento?

—Yo veinticinco ¿y tú? —contesta sonriendo altanero. Le miro severamente. No pierde de vista mi escote.

—Te conozco. Me sobresalto, pues creo reconocer su rostro mestizo, pero no sé donde lo he visto. Me extraña que me tutee.

—¿Perdón?

—Tu eres Elvis.

—No le entiendo. Por favor, sigamos con la entrevista.

—No, tú eres la que hace de Elvis en el Meyasubako. Me imagino que por aquí no lo sabrán… ¿verdad? —me dice con guasa, mostrando una sonrisa intrigante —He visto tu colgante en forma de esfera…

Le miro impasible. Le invito a marcharse. Me hace un guiño. Se va. Dudo un instante. Cojo mi bolso. Invento una excusa. Le sigo hasta la estación. Sube a un cercanías de la línea Este. Le busco dentro.

— ¿Qué quieres?

—Mira, a mí no me la das. Mucho rollo de ejecutiva, pero tu eres tan mierda como yo. Tan mierda como Elvis, tan mierda como todo.

No me pude contener. Le empujé, le grité que Elvis era mi hermano y que el único mierda era él.

—¿No te jode la tía que dice que es hermana de Elvis? Estás pirada…

Se bajó en la parada de Yokohama gritando: “¡Elvis era un mierda que la palmó por ser un mierda! ¡Y tú eres una puta!”.

Un impresentable…con perfil.

De nuevo en la oficina, leí atentamente su currículo. Padre japonés, madre americana… Ingeniero recién licenciado… Vive en Shinjuku. Trabaja en su barrio por las tardes en una tienda de discos.

Desde aquel día, cuando acabo el trabajo, cojo el tren hasta allí. Atravieso el Shinjuku gyoen sin que los árboles y las flores sean capaces de sosegarme.

Espero siempre en la misma cafetería. Escondiendo mi rubor tras el cristal, miro como sube la calle con su andar de chulo. Acaricio con mi mirada sus largas piernas, me detengo en sus fuertes muslos para frotar dulcemente, con mi mano invisible, allí donde acaban. Le despojo de su cazadora y me detengo en su boca. Siempre en su boca, mientras me aprieto más y más contra él.

Hasta que la calle le aleja de mí. Entonces le sigo y cuando llega a su trabajo regreso a mi casa. Espero con ansia la hora de ir al local. Sobre el escenario, antes de coger el micrófono, antes de saludar, le busco. Casi siempre está. Me mira con fijeza. Noto dentro de mí un deseo que me desgarra y que se escapa por mi mirada.

Cuando la música comienza, me desvanezco y cuando salgo a la calle el aire me trae de nuevo.

Esta noche los dueños de la sala se han enfadado conmigo. Me han dicho que me he acercado a su mesa, me he abalanzado sobre él y con una voz muy extraña, una voz de hombre, le he dicho: “Déjala en paz, bastardo”. Después le he dado un empujón. No lo sé, no recuerdo nada.

Ahora está en la calle fumando, apoyado sobre la pared, a unos metros de mí. No sé que hacer.

María del Carmen Salgado Romera – Mara

Pizarra

“Hoy día la gente conoce el precio de todo y el valor de nada” O. Wilde

PIZARRA.CUENTO

“SE REGALAN PALABRAS”

La pancarta de tela blanca se mecía, liviana, al compás de las risas, las voces y la brisa de la soleada mañana de fiesta recién estrenada. Las personas se arracimaban alrededor de los puestos de la feria curioseando, dejándose fascinar por los carteles que prometían sorpresas y diversión.

Aún no había nadie delante del sencillo puesto situado debajo de la pancarta que contaba, tan solo, con una mesa y una silla ocupada por un hombre delgado de unos cuarenta o cincuenta años, con el pelo algo largo y canoso que observaba a la gente con sus ojos penetrantes.

Yo había llegado al pequeño pueblo el día anterior. Me enteré de la fiesta por los coloridos anuncios de papel pegados en fachadas y farolas. Reconocí al feriante por habernos cruzado en el pasillo de la pensión.

Me había producido una extraña impresión, como si a su alrededor hubiera algo. Algo que saliera de él y se pudiera meter en los demás y luego regresara a él. No sé. Pensé que era una tontería y me olvidé del hombre hasta que volví a verle en el comedor a la hora de la cena.

Allí no me dio ninguna sensación rara, pero me enteré de que trabajaba de mago. La dueña de la pensión y la extranjera camarera le trataban con mucho respeto. O con miedo. También algunos de los huéspedes parecían afectados por su seriedad y por ese aire de estar controlando continuamente todo y a todos. Sentía curiosidad por él, pero el cansancio del viaje me hizo indiferente a su mirada y procuré acabar pronto para acostarme.

Por la mañana decidí ir a la feria, más por pasar el rato que porque me atraiga el andar solo entre la gente. Deambulaba por allí sin poderme quitar de la cabeza el puesto del mago. De tanto en tanto miraba. Había crecido el semicírculo de hombres, mujeres y niños que le observaban… Nadie se acercaba. Quizás si hubiera regalado algo de comer se hubieran agolpado ansiosos, pero una palabra… una palabra gratis, cuando las tenemos todas gratis, no parece un gran regalo. O, tal vez, era porque su apariencia les intimidaba .

Mi curiosidad iba en aumento. Me acerqué. Caminé hasta sobrepasar a las últimas personas situadas a unos cinco metros de la mesa. Después, las miradas de todos se concentraron en mí, como si hubiera entrado en una zona prohibida.

No soy tímido, pero me costó seguir avanzando. El mago tenía la vista fija en sus manos entrecruzadas. Solo cuando ya estaba al borde de la mesa alzó los párpados.

—¿Quieres tu palabra?

—Sí

—No podrás compartirla con nadie.

—De acuerdo.

“Pizarra”— Me dijo.

“¡Qué tontería!— pensé— ¡tanto misterio para esto!

—Gracias— contesté.

—Recuerda que no debes decirla a nadie.

Asentí procurando mantenerme serio. ¡Menudo mago! Al darme la vuelta tropecé con un hombre que esperaba para recoger su palabra. Iba a hacerle un comentario sarcástico pero me sorprendió ver que se había formado una cola de unas quince o veinte personas.

Me quedé observando. Todos se ponían muy serios cuando el mago hablaba con ellos. Luego volvían a sus grupos, pero ya no eran los mismos. A medida que los hombres, mujeres y niños recibían su palabra, el silencio se adueñaba de la feria.

Comenzó a llover y las gotas parecieron diluir la tensión. La gente, entre carreras y risas, buscaba refugio bajo la carpa del bar o los árboles.

Yo también me refugié durante los minutos que duró el chaparrón, preguntándome qué palabras les habría dicho para que, al oírla, se quedaran todos tan serios, cuando la mía me había parecido tan simple que casi ni me acordaba de ella.

¡Ah, sí!: ¡Pizarra! ¿Pizarra? Pizarra.

Los recuerdos fueron adueñándose de mí. Aquel hombre flaco, ojeroso y canoso- fuera mago o farsante- me había regalado el recuerdo de chirridos hirientes y borradores que esparcían el polvo de dibujos, palabras y números muertos. Me vi con mandilón azul y calcetines hasta la rodilla. Volví a sentir como una mano, casi siempre la de mi madre, cogía la mía cada vez que salía a la calle.

Regresé al puesto de la feria para agradecer al mago ese billete a mi pasado, pero ya no estaba.

“Pizarra” iba calando más y más en mí a medida que pasaban los días: ya no solo era el encerado de mi primera clase, era el sonido, el olor, el color de todo cuanto viví, de todo lo que sentí, el recuerdo de cada compañero, de cada profesor durante cada día de mis estudios. Era también el pizarrín compartido con mis hermanos en el que los garabatos daban paso a las faltas de ortografía, a las primeras cuentas. Era la pizarra que regalé a mi sobrina y su mano en el hueco de la mía mientras hacíamos la “O”…

De pizarra eran también los tejados de los edificios de aquel pueblo del que marché al día siguiente, decidido a encontrar al mago para que me regalara otra palabra.

Lo busqué, sin conseguir encontrarlo, durante todo el verano en las ferias de los pueblos próximos. En el otoño y el invierno, no: Me eché una novia y me olvidé del mago y de sus palabras. En el verano, justamente un año después, volví al pueblo.

El pueblo estaba casi deshabitado, parecía haber sido comido a bocados por un gigante: los tejados se adentraban en el vacío de los desvanes; los muros, hinchados, combados, amenazaban con caer sobre las aceras desdentadas.

No había ningún cartel anunciando la feria. Casi nadie por la calle. La dueña de la pensión había muerto. A la camarera no la hubiera reconocido, si no hubiera sido por su peculiar acento. Le pregunté por el mago. Le costó recordarlo. Ella no había ido a la feria y él no había vuelto por allí.

Viendo cómo había quedado el pueblo, recordando todo lo que empecé a sentir desde que “Pizarra” se apropió de mí, me di cuenta del poder que encierran las palabras cuando se saben utilizar. Especialmente algunas palabras.

—¿Por eso te hiciste marinero?

—No, compañero. Me hice marinero para olvidar.

Carmen Salgado Romera (Mara)

Sintiendo Asturias

Por María del Carmen Salgado Romera

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Asturias es cremallera de dos colores: verde y azul.

Verde del agua de cielo reconvertida, azul de agua de mar removida.

Si cerrada la cremallera, sus dientes son las montañas, hijas de la tierra.

Si abierta, un abismo insondable de historia y leyenda se abre a nuestros pies.

Es, pues, necesario caminar con los ojos bien abiertos, para no caer en las trampas de sus hechizos, pues no son magia de poca monta, no.

Asturias se te cuela en el corazón y se instala allí silenciosa, prudente…

Si vives en ella, casi no te percatas entre el bullicio de lo cotidiano, de la gente de sonrisa fácil y corazón grandote (y… ¡demonios!, tan relimpios que hasta lavan el carbón). Pero si te vas –yo no lo sé, sólo lo intuyo– tiene que urbayate el alma.

Asturias, además, suena. Suena a gaita, a voces profundas que cantan canciones sencillas. Suena a hojas que se mecen en los árboles, a mugidos en los prados. Suena a arroyos y a ríos rápidos, a lagos calmos, a gotitas tiernas, a rumor de olas.

10Suena, pero muy quedo –tan quedo que casi no se oye– a niebla. A niebla que es escondite de duendes. A niebla que va desde azulada a gris oscura, que si está más alta ya no se llama niebla, se llama “nubes”.

Y las nubes son panzudas, como rellenas. Se mueven lentamente. Están vivas porque se juntan, se separan, algunas son más rápidas –pocas– y cuando se enfadan o están tristes, lloran. Lloran gotas de lluvia. Las nubes están casi siempre ahí.

Por eso el sol en Asturias se vende embotellado. Porque a granel, casi no hay. Al sol embotellado le llaman sidra. Son rayos mejorados, que fueron en su día capturados por las manzanas y que tienen propiedades curativas. En dosis adecuada, según cada cual, limpian el cuerpo y el alma por dentro ( y los bajos de los pantalones y los zapatos por fuera). Y huelen, primero a dulce y después a ácido. Porque la sidra también madura, como la gente. Dulce se toma con castañas y es fiesta de niños y grandes. Madura se toma, generalmente, en compañía frente a mostradores repletos de pinchos y marisco de tacto rugoso y de color rojizo.

Porque Asturias también se toca: en lo escurridizo y resbaloso de las truchas, en lo pegajoso del pulpo. Se toca en las plumas perdidas de los pájaros en el bosque, en el tacto húmedo de las setas, en el rugoso de las rocas o el flexible de la vegetación.

Se toca en la humedad que se mete por poros y oquedades, que se tiende a dormir perezosamente en las sábanas estirándose como los hilos de plata de los dedos de la luna, que acarician a la Asturias que quisiera dormir, pero tiene turno de noche… que huele a bosque, a carbón, acero y mar.

María del Carmen Salgado Romera (Mara)

Nota: “Urbayate” es una palabra que no sé si existe, la derivo de urbayo que es el nombre que le dan a una lluvia muy fina y persistente y lo digo en el sentido de “llorar” (llorar el alma, si te vas).

DOCE Y EL MAR

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Doce, escrito en letra con rotulador permanente sobre la mesa redonda de la terraza del bar hispano. Enfrente la carretera y luego el mar.

Deliciosa soledad, burbuja de silencio, entre el circular de coches de colores y rumor amortiguado de olas.

Doce y me pongo a recitar los meses del año, las horas del reloj, a recordar que son doce los apóstoles, doce los cascabeles que lleva mi caballo por la carretera, doce los signos del zodiaco. Que en mis doce años apilo todos los recuerdos de mi adolescencia y que son doce también, las puntas que tiene la estrella que he prometido volver a buscar al mar de éter.

Doce y el mar.

Doce, el mar y una cerveza. No pasa nada, el mar calmo y rutinario coloca olas pequeñas sobre la playa. Una furgoneta acaba de aparcar. Descarga bebidas para el bar hispano.

Doce y los campos verdes de hierba alta y los rojos de amapolas y los amarillos de trigo. Cuando hay viento también parecen un mar y, a veces, colocan semillas pequeñas sobre la tierra.

Doce y Castilla, las campanas de las iglesias repicando, transmutando el sueño en hechizo.

Doce y la espuma del mar está atrapada en mi jarra de elixir de lúpulo y cebada. Si me la bebo, se irán desdibujando los peces, las algas y las sirenas. Los barcos encallarán en los mares de trigo, cebada y centeno. Las amapolas volarán, rojas, y yo tañeré las campanas llamando a fiesta.

Bebo, pero no ha pasado nada. Quito con mi dedo índice la espuma de la comisura de mis labios y leo de nuevo: doce.

Cuento las gaviotas que ahora mismo están volando: Ocho. Las personas de colores fríos y los coches amarillos. Pago la cerveza al camarero hispano, cruzo la carretera y sobre la arena escribo DOCE con un palo, atropellando huellas de gaviotas.

La brisa me refresca. Ahora ya sé lo que es doce: Doce es un universo, un giro completo, doce es la puerta que sella el renacer. Doce es lo conocido y lo tangible.

Doy la espalda al mar y vuelvo al bar hispano. En la mesa, escrito en letra con rotulador permanente pone “trece”. Me doy la vuelta: ya no tengo ganas de entrar. Y cuento las cigüeñas mientras escucho el rumor lejano de los mares de trigo, de hierba y de amapolas. Las campanas repiquetean tocando a fiesta.

Y doy vueltas y vueltas de alegría, con mis pies descalzos y mi vestido blanco. Tengo doce años y de mi cuello pende mi estrella de cuarzo blanco de doce puntas, la que prometí coger cuando fuera mayor, en el mar de éter.

Doce.

Doce y el mar.

Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)

La primera sirena

“Vi nacer a la primera sirena. Acérquense, se lo voy a contar en voz muy baja… no quiero que me escuche mucha gente, sólo las personas capaces de creer que hay otras dimensiones más allá de las 3D.”

sirena

“Shaxan, la dulce diosa creadora, cuyos ojos iluminan el interior de las cosas, jugaba una tarde a proyectar con sus largos dedos ondas sobre el mar.

Las ondulaciones iban tomando forma de mujer: primero un abanico de cabellos, sobre un delicado rostro; después un maravilloso torso y una estrecha cintura…

Se quedó mirando las líneas que se mantenían inmóviles sobre el mar, ahora embravecido.

Decidió dar vida a aquellos rasgos y transmitir al nuevo ser todas sus cualidades femeninas, menos una: la capacidad de procrear, pues temió que aquella criatura, a la que puso como nombre “Sirena”, cautivara a los hombres con su irresistible belleza, robándoles la voluntad.

Por ello a su cintura, unió una cola de pez de escamas multicolores y, al soplar sobre ella, la sirena abrió los ojos.

Sonriendo con gratitud a la diosa, se deslizó dentro del agua, maravillándose con todo cuanto veía. Se sentía tan feliz que, sin saber cómo, empezó a cantar.

Los tiburones se acercaron y la sirena, al verlos, sintió miedo, convirtiéndose –a sus ojos– en una estatua de coral.”

Mara (Mª del Carmen Salgado Romera)


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ROBERT BLOCH, el famoso autor de Pshyco, que inmortalizó en el cine el genial Alfred Hitchcock, con Janet Leigh y Vera Miles, dos de sus rubias favoritas de las muchas que tuvo, escribió uno de los cuentos más breves y terroríficos de toda la historia de la literatura:

“Era el único hombre vivo sobre la tierra y, de repente, alguien llamó a su puerta…”

A mí me sigue produciendo escalofríos cada vez que lo leo.

El día que me echaron de ‘El Greco’

Bien, le digo a Shynie que piense si quiere conocer alguno de esos antiguos Cafés de Madrid, locales hermosos, bohemios, con toda una insustancial tendencia de evasión sin límite y sin verdaderos personajes para la pantalla grande o las librerías.

El Greco, por ejemplo, Anticco Café con sabor italiano.

Me dice que bien. Claro que si no hubiese habido un cálculo previo de todo esto, no quedaría nada. O sea, como un día sin jarana para la convención; una ponencia sólida para la reunión de artistas y poetas malditos y una atractiva joven mujer californiana medio boba, de otra escuela psicosomática que no tiene más remedio que sentarse conmigo para que le hable del what ever you like.

Pero la nena había apostado por los “sin remedio” y no había voltios suficientes para ese sin remedio, sin dinero, sin su América guardándole la espalda, sin nada, absolutamente nada, ni siquiera fantasía, sólo el poder de su voz y querer quebrantar la paz de aquel lugar antes de que llegara el fin del mundo, el temido fin del mundo que nos siguen anunciando los mormones.

Así que, de repente, se levantó como una pantera y se plantó encima de un taburete para recitar, con su bonito acento americano, un poema psicodélico de Timothy Leary.

Hold in reverence this Great Symbol of Transformation, and the whole world comes to you. Comes to you without harm dwelles in common wealth dweells in the union of Heaven and Earth. Offer music, food, wine, and the passing guest will stay a while, but the molecular message in its passage through the mouth is without flavor. It cannot be seen. It cannot be heard. It cannot be exhausted by use. It remains.

¿Me invitas a una birra?, gracias tío…”, me dice el tipo sentado junto a mí. Total, que la protagonista de la historia podía estar comprometida allá en Sausalito con la propia esencia de la distancia para comer caro y no llegar a volver nunca. Lo supe de inmediato, sabía que no podía caminar hasta el Palacio de Justicia sin vomitar, más por alguna razón u otra nos obligaron, nos apremiaron, a que abandonáramos el hermoso Café Anticco. ¿Por qué?, me he preguntado muchas veces: ¿Es que en Madrid ya no gusta la psicodelia?

Balarassa

Cómo aferrarse al vacío

EXACTAMENTE por el norte aquella ciudad, la de mi padre, limitaba con el mar. Puedo concebirla en estos momentos como un dibujo japonés, de líneas gruesas los edificios y el conjunto de las olas en trazos muy finos. Él no era policía, ¿cómo se le ocurrió entonces participar en aquella aventura? Hago una marca sobre esta mesa, establezco un itinerario entre las dos manchas húmedas que deja la taza de café y reconstruyo, lenta pero implacablemente, su largo viaje.

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Si le contara cuanto ocurrió, es seguro que Miriam enumeraría diversas hipótesis para explicarlo; y cada una de sus historias implicaría una prueba diferente de su humor. Pero no le diré nada, solo iré a acostarme con ella.Crece violentamente la noche. En otro lugar de la ciudad algunas personas deben estar dejando a un hombre en la sala de reclusos. Yo estoy obligado a asistir y, sin embargo, desde aquí, la idea de mi deber es inconsistente, muy débil: Ruedo los dedos sobre la línea húmeda que acabo de trazar, sonrío para mí mismo (¿hay en mi ausencia, en mi alejamiento de aquel sitio donde se me espera, un acto de crueldad?) y acepto que, finalmente, no abandonaré este lugar. Afuera ocurre un impresionante fenómeno que transforma árboles, calles y rostros. Me esfuerzo por crear un pensamiento acerca de la belleza de la noche; sostengo por un momento una serie de palabras, pero en seguida quedo indefenso. Día o noche, con el cielo embadurnado de colores y texturas: nada se altera. Mi compromiso se ha destruido: en el edificio desconocido, el hombre habrá de ser aceptado aunque nadie aparezca para entregarlo y aunque ni siquiera él pueda explicar qué hace allí. Los otros lo habrán dejado esperándome y yo no iré. Así, las últimas relaciones nuestras, en el presente, se borran. Permanece, por el contrario, la atadura que estableció otro tiempo, pero sólo es un recuerdo que únicamente tiene que ver conmigo.

* * *

POR EL EXTREMO de este local, que se llama Amor del Bueno, penetra un animado grupo de adolescentes. Otro acontecimiento en el que sólo puedo participar -dentro de mí mismo- como un tercero. ¿Cómo explicar que estoy detenido en medio de mi propia participación y las acciones de los demás? ¿He creado este límite irreal, soy culpable? ¿Cómo distinguir cuanto ahora ocurre -esas voces, los movimientos de esos cuerpos jóvenes- del hombre que aun puede esperar, en un gran edificio, al otro lado de la ciudad?

Uno de los adolescentes canta. Soy un hombre maduro, cuantas cosas en mí han comenzado a detenerse.

Repaso minuciosamente el esquema establecido para este último día, veo alejarse a Ira en el auto e intento decir que solo podré verla mañana, después del atardecer. Pero cuando hablo ya ella desaparece, se aleja dentro del núcleo cambiante que construyen las luces. La noche ha llegado con rapidez; me sorprenden su fuerza, su frescura. Estoy seguro que viví exhaustivamente cada minuto, que nada, hoy, dejé escapar. ¿Pero qué he hecho? ¿Con quiénes estuve, cuáles palabras quedan de la jornada? Persisten vagas resonancias, colores, débiles sonidos; trato de aprehender sus significados, pero es imposible: mi vida acaba de iniciarse con la ausencia de la mujer que se oculta ahí, en una vía de la ciudad. Ahora emprendo la aventura: recorrer mi propia historia, excluyendo la imaginación y el olvido, hasta que los actos formen parte de mí mismo y mi cuerpo y mi pensamiento obtengan las formas últimas de la lógica.

♦ ♦ ♦

Recepción en la embajada de Mónaco

blackhat.jpgNoté que él me miraba con insistencia desde el fondo del amplio salón. Yo fingí indiferencia.

Volví de nuevo a prestar atención al circulo de señoras que conversaban animadamente cerca de mí, luciendo sus elegantes y exclusivos modelos de alta costura, cargadas con bellísimas y valiosas joyas que destellaban uniformes bajo la suave luz que iluminaba el gran hall.

Me uní a ellas. Yo sonreía y asentía apropiadamente a sus intrascendentes comentarios, sabiendo que él me seguía mirando. Un camarero se aproximó. La mujer gruesa que estaba a mi lado intentó alcanzar un canapé de caviar y tropezó con mi pie. Pude asirla milagrosamente por su antebrazo y evitar así que cayera al suelo. Ella me sonrió agradecida.

Con el rabillo del ojo pude verlo cerca de la barra. Había deslizado su brazo alrededor de la cintura de una joven rubia y delgada. Ya no me miraba.

Un hombre alto y maduro se unió a nuestro círculo y yo me situé lentamente a su lado. Reí sus comentarios, agitando coquetamente hacia atrás mi cabeza. Después puse descuidadamente mi mano sobre la manga de su exquisita chaqueta de tweed.

Eché un nuevo vistazo hacia el fondo del salón. Allí seguía él, tan atractivo y seguro de sí mismo, sosteniendo una copa de champán y flirteando con una pelirroja que vestía un ajustado traje negro.

Continué mirándolo.

Y entonces nuestros ojos se encontraron.

Él salió a la terraza que daba al amplio jardín a través de la puerta cercana a la barra del bar. Yo salí por la de enfrente.

Nos reunimos junto a la hermosa fuente, cuyos chorros de agua brillaban contra el claro de luna. Él buscó mi mano, después me dio un beso suave y fugaz.

Pero no habría más caricias esa noche, no hasta que hubiéramos vaciado nuestros bolsillos, hasta que hubiéramos calculado el valor de la pulsera de diamantes, del broche de rubíes, del reloj de oro de 18 quilates, del anillo con esmeraldas…

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