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Con motivo del reciente estreno de la película “Caleuche: El llamado del Mar”, del director chileno Jorge Olguín, hemos creído oportuno rescatar este post que fue publicado en “El Faro del Fin del Mundo” el 28 de noviembre de 2008.

Chiloé, archipiélago conquistado en 1567, es uno de los lugares más ricos en lo que a leyendas y mitos se refiere. Es un lugar lleno de encanto y magia que reflejan las costumbres que han marcado a esta zona de Chile. Pero la Isla Grande no es el único lugar del sur donde se originan mitos. Poblados, ciudades, cordillera y mar son fecundos de imaginación. Reflejando una vez más la personalidad de nuestra gente.

No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las acechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar. En la pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos lo hombres del caserío.

El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizá hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a la bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacia el mar. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos. No todos saldrían, porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Uno de los jóvenes le preguntó: “Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca?. Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento y, sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar”. Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.

Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó automáticamente: “Porque yo he visto el Caleuche“. Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante la mirada interrogante de todos exclamó: “Algún día les contestaré”.

Meses después estaban todos reunido en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar, llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa, el viento huracanado parecía arrancar las tejuelas del techo y las paredes y el mar no eran un ruido lejano y armonioso, sino un bramido sordo y amenazador. Don Segundo habló de improviso y dijo: “Ahora les contaré…”.

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Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados. Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades. La tripulaban cinco hombres, además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier. La segunda noche de navegación se desató la tempestad. “Peor que la de ahora”, dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas. Habían perdido la noción del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir. No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y velas oscuras. Si no fuera su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino. Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar. El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiaguarse y mortalmente pálido exclamó: “¡¡No es la salvación, es el Caleuche!!. Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar”. El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió la densa sombra en que se confundían el cielo y el agua. Al mismo tiempo, volvió la tempestad, tal vez con más fuerza, y la fatiga de los hombre les impidió dirigir la lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca la volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en la oscuridad de la noche. Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y la tempestad, menos las circunstancias del naufragio y la visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo más, y esta es la primera vez en que la totalidad de la historia salía de sus labios. “Por eso que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me hará morir”. Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas.

No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez lo hicieron desde la costa y no navegando. En todo caso, los que navegan entre las islas del archipiélago durante la noche lo hacen con un profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua, de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará cerca y el naufragio será inevitable. Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, del Caleuche.

Fuente: Leyendas del sur de Chile (servicioweb.cl)
Adaptación: Carlos Ducci Claro

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Nuestro querido amigo Joan Sol, de muy elegante manera, me recordó  a uno de nuestros más grandes escritores chilenos y que –imperdonablemente–  había olvidado homenajear en éste Blog. Mas aún, el de mayor cercanía a éste Faro,  por situación geográfica, por su potente y descriptiva  narrativa náutica  y, por  su cabal conocimiento de nuestra  gente del extremo  sur.  Me refiero a Francisco Coloane.  Su obra literaria está basada en las vivencias –junto a su padre– en la Tierra del Fuego y Chiloé. Ha sido traducido a varios idiomas, además, tres de sus trabajos han sido llevados  al cine.

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Francisco Coloane nació en Chiloe, en la ciudad de Quemchi el 19 de julio de 1910. Su padre era capitán de barcos balleneros y su madre una pequeña propietaria agrícola. Cursó sus estudios primarios en escuelas locales (Quemchi) y luego en el Seminario de Ancud, donde cursó hasta segundo año de educación media. Coloane vivió su juventud entre escritos, barcos y ovejas. A los 18 años, fue ovejero y capataz en las estancias de la costa oriental de Tierra del Fuego. Más tarde fue escribiente de la Armada de Chile y en la década de los años 30, trabajó como periodista en Santiago.

Mientras estudiaba, trabajó como secretario y comenzó a publicar relatos en revistas y diarios locales. En 1927 hizo el Servicio Militar y dos años después fue contratado como aprendiz de capataz en una estancia de Tierra del Fuego, experiencia que dará tema a gran parte de su obra. Más tarde colaboró en diarios como “El Magallanes” y “Las Ultimas Noticias“, éste último de Santiago. En 1932 contrajo matrimonio y trabajó en el Apostadero Naval de la ciudad de Punta Arenas.

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En 1938 llegó a Santiago y se dedicó al periodismo y a recopilar cuentos y relatos que publicó en diversos diarios y revistas. En 1964, fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura. Le debemos a Coloane, el conocimiento de las regiones más inhóspitas de la geografía austral chilena y -más que eso- la recreación de la vida simple de seres humanos victoriosos o derrotados pero siempre empeñados en una lucha sin tregua en medio de la magia, el misterio, los sueños, la realidad y la leyenda.

Viajó en numerosas ocasiones  al extranjero como jurado de concursos literarios e invitado a diversos congresos de escritores. En nuestro país, ocupó importantes cargos en la Sociedad de Escritores y, también, fue integrante del Colegio de Periodistas.

Algunos de sus cuentos y novelas han sido traducidos en distintos idiomas tales como, el inglés, ruso, sueco y eslovaco. En 1994 fue traducido al francés, y su obra “Tierra del Fuego” -con prólogo del escritor chileno Luis Sepúlveda- ocupó los primeros lugares de venta en el país galo, con excelente crítica. Es conocido como “El Jack London de Sudamérica”

En 1996, el gobierno de Francia le otorgó la condecoración de la “Orden Caballero de las Artes y las Letras“, distinción, que antes recibieron autores como Jorge Luis Borges y Mario Vargas Llosa. En ese país se publicó su novela histórica “Naufragios”.

El escritor falleció el 5 de agosto de 2002 de un paro respiratorio y sus cenizas fueron arrojadas al mar.

Coloane siempre decía escuchar la voz de su padre pidiéndole “Volvamos al mar, volvamos”. Probablemente -incluso ahora desde el cielo- lo siga escuchando.

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Reseña de sus libros más importantes

Tierra del Fuego. Relatos. Este impresionante conjunto de relatos dio a conocer a Coloane al público europeo, tras su traducción al francés en 1994. El cuento fue llevado al cine por Miguel Littin, en 1998. En registro épico, desnuda la codicia y ambición de los hombres, a través de la figura de Julius Popper – aventurero rumano- que, tras descubrir una veta de oro, forma su propio ejército y se auto proclama “Rey del Páramo“, como se conocía a toda la región patagónica. La narración, compendia detalladamente las peculiaridades geográficas de la Patagonia, gracias a los antecedentes que recopiló durante su permanencia -en los años treinta- como trabajador en la zona

Cabo de Hornos. Relatos (1941)  Titulado originalmente “Pelo de lobo“, este relato -que da nombre a la colección- significó el debut de Coloane en narrativa. En la historia de dos ingleses cazadores de lobos y un fugitivo de Ushuaia, ya se aprecia el estilo y los temas que se transformarán en la marca registrada del escritor: la ambición de quienes están dispuestos a llegar al fin del mundo en busca de oro y pieles; la consiguiente mezcla de razas y nacionalidades de estos aventureros y, sobre todo, las fuerzas de la naturaleza. “Nada debe extrañar al hombre de esas tierras, que un barquichuelo se haga a la mar con cuatro marineros y regrese con tres. Que un cutter haya desaparecido con toda su tripulación“, escribe.

El Último Grumete de la Baquedano. Novela. Escrita en 1941 y llevada al cine por Jorge López en 1983.Combinando un conocimiento de la cotidianeidad de los marinos y la vida de Alejandro Silva, un polizón, la novela recrea la atmósfera que envuelve a sus personajes en la última travesía del buque escuela “La Baquedano”, durante su viaje de instrucción, desde Talcahuano hasta el Cabo de Hornos. Por su simpleza estilística y carácter aventurero, esta obra de ha sido integrada entre las lecturas obligatorias de los escolares chilenos.

Cuentos Completos. Antología. La recopilación -editada de Alfaguara en 1999- permite apreciar en perspectiva toda la obra de Coloane.

Fuente: Suplemento/La Tercera


 

“Es ésta una ciudad encantada, no dada a ningún viajero descubrirla (…)
sólo al fin del mundo, la ciudad se hará visible
para convencer a los incrédulos de su existencia”

Tradición oral de Chiloé

 

Las primeras exploraciones del vasto territorio americano constituyeron un estímulo a la fértil imaginación de los conquistadores españoles, que convirtieron a las nuevas tierras descubiertas en un inagotable depósito de utopías. El oro, la gloria y la fe se aunaron con el ansia de aventuras, estimulada por las maravillas que esperaron encontrar en el Nuevo Mundo. De esta manera, la búsqueda del “paraíso terrenal”, el “Dorado”, la “fuente de la eterna juventud” y otros lugares fabulosos se transformó en un poderoso motor para explorar las regiones más remotas del continente.

En los territorios australes del continente, surgió a principios del siglo XVI la creencia en una ciudad perdida, poblada por hombres blancos y poseedora de fantásticas riquezas. En 1526 se tienen las primeras referencias de ella, a través de noticias proporcionadas por soldados españoles que llegaron al río de la Plata con la expedición de Sebastián Caboto, a las que se sumaron los rumores sobre una ciudad inca fundada por fugitivos de la expedición de Diego de Almagro. El naufragio de la expedición del obispo de Plasensia en 1540 a la altura del estrecho de Magallanes terminó por gestar el mito de la misteriosa ciudad. La llegada de algunos de los sobrevivientes a Chile, décadas después, confirmó para muchos españoles la idea de que los náufragos habían fundado una ciudad retirada hacia el interior de la Patagonia. Desde entonces, las expediciones en busca de la Ciudad de los Césares se multiplicaron, y el vano resultado obtenido no hizo más que rodear de leyenda al fabuloso lugar.

A mediados del siglo XVII las expediciones comenzaron a orientarse de preferencia hacia las regiones más australes de la Patagonia. Entre 1669 y 1673, el jesuita Nicolás Mascardi realizó un largo periplo por las tierras patagónicas, llegando hasta el estrecho de Magallanes. Fundador de una misión a orillas del lago Nahuelhuapi, murió en 1673 asesinado por los indígenas. Por otro lado, la preocupación de las autoridades coloniales por la presencia de ingleses y holandeses en las costas de la Patagonia los llevó a organizar en esos mismos años varias expediciones a los canales australes, las que continuaron durante gran parte del siglo XVIII.

Durante la última centuria colonial las expediciones hacia la Ciudad de los Césares siguieron dos cauces. Por un lado, la continuación de la labor apostólica del padre Mascardi, que se concretó en varios intentos por refundar la misión de Nahuelhuapi y habilitar las sendas cordilleranas entre ésta y el océano Pacífico. Por el otro, motivos estratégicos de la corona española, preocupada por el establecimiento de colonias extranjeras en las costas patagónicas, las que se asociaban con la creencia en la ciudad perdida.

La presentación de un informe sobre la ciudad perdida en 1707, la llegada de nuevas noticias acerca de ella en 1774 y la publicación ese mismo año de la obra del jesuita Thomas Falkner, en donde se hacía una descripción del territorio austral, llevaron a las autoridades a organizar una nueva expedición, la que sería dirigida por el comerciante limeño Manuel José de Orejuela. El fracaso de la expedición, que nunca pudo llevarse a cabo, y las posteriores exploraciones de fray Francisco Menéndez y José de Moraleda terminaron por derrumbar las bases geográficas de la creencia en los Césares.

Según la creencia popular, la ciudad permanece aún rodeada de una niebla impenetrable que la oculta a los ojos de los viajeros, y seguirá escondida hasta el final de los tiempos, momento en el que aparecerá revelando a los incrédulos su presencia.

Fuente : Memoria Chilena

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Luis Irles

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