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Óleo deCaspar David Friedrich ( 1774 – 1840)

Óleo de Caspar David Friedrich ( 1774 – 1840)

El mar perpetuamente renovado, símbolo paradójico de lo mutable y lo permanente, madre nutricia de la poesía y la novela, punto de partida, medio iniciático, misterio en sus profundidades y grandeza tanto en su cólera como en su apacibilidad… he aquí, aún más que la Tierra o el Fuego, uno de los elementos naturales que, desde Homero o las antiguas sagas nórdicas hasta Melville o Conrad, ha latido con su presencia en las páginas inmortales de la literatura de todos los tiempos.

Todos los poetas, todos los novelistas han sentido su influjo, el oscuro misterio de su inmensidad, el rítmico y poderoso pulso de sus olas y sus mareas. Incluso en nuestros tiempos el mar no sólo es el destino superpoblado del ocio veraniego del hombre urbano, a pesar de tantos adelantos en su conocimiento, en su explotación, el mar sigue siendo esa vasta pradera inexplorada, el país misterioso en el que todo es posible, el reino de lo imponderable: exactamente como en tiempos de Hugo, de Verne o de Conan Doyle.

Sorprendentemente España, país mediterráneo «asomado» a uno de los mares culturalmente más enriquecedores, no ha dado grandes hombres de letras asociados al mar. Algún que otro poeta, uno o dos novelistas, nadie de la talla de un Conrad o un Julio Verne en cuanto a «aliento marino» en sus páginas. La letra impresa, moldeada para crear Literatura en forma de novela, reportaje o simple noticia. Mar y escritura se unen particularmente bien, como ya señaló el filósofo Roger Bacon en el siglo XIII:

“Es un acontecimiento extraño que, durante los viajes por mar, en los que solo se tiene por ver cielo y agua, la mayoría de los hombres escriben un diario, mientras que cuando viajan por tierra, donde a cada paso encontramos algo que observar, pocos lo hacen, como si las inciertas eventualidades nos fueran más próximas para ser consignadas por escrito que las observaciones reales”. Y es que el mar contiene la vida y la muerte, la fuerza de la tormenta y la calma de la bonanza, bases de la literatura, lo que le hace presente en todas las lenguas y en todo tipo de textos, desde los orígenes de la civilización occidental.”

Ya dijo el gran poeta Antonio Machado: “y cuando llegue el día del último viaje y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontrareis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar”.

Para esta ocasión, y mientras contemplo el eterno Mare Nostrum, he querido rescatar algunas citas y fragmentos de la siempre apasionante singladura de algunos escritores que cantaron al mar o utilizaron su superficie o sus profundidades como escenario de la acción que describían. En el mar se dan cita tanto el aliento poético como el épico, su grandiosa ambigüedad permite todas las aplicaciones. Espero que las disfruten.

Manuel Vicent

b1d293580a23e231e5773e49a35aaa44“Recuerdo haberlo leído, tal vez, en alguna novela de Joseph Conrad. Si en medio de un gran temporal el navegante piensa que el mar encrespado forma un todo absoluto, el ánimo sobrecogido por la grandeza de la adversidad entregará muy pronto sus fuerzas al abismo; en cambio, si olvida que el mar es un monstruo insondable y concentra su pensamiento en la ola concreta que se acerca y dedica todo el esfuerzo a esquivar su zarpazo y realiza sobre él una victoria singular, llegará el momento en que el mar se calme y el barco volverá a navegar de modo placentero.”

 

Stark Hoffmann

“Ah, el Mar. Me parece que me sonríe; unas veces sin enseñar sus dientes pero otras… Me acuerdo aquel día. Su inmensa tranquilidad se transformaba, ya en la orilla, como grandes olas. Un deseo que sólo se apacigua estando en él. Al entrar te conviertes en el invitado de honor. Tu presencia le es grata; y tú se lo debes agradecer. Antes de sentarte en el “hall” te hace algunas preguntillas, para formalizar… Una vez presentados, empieza el baile. Y cuando te empuja, síguelo. Pero eso sí, sin miedo. Poco despues, sabrás que es un bromista. Alguna que otra zancadilla. Lo normal. Lo curioso es que siempre es el mismo tipo de zancadilla, pero su dominio son palabras mayores. Y despues de muchas caídas sabes que el nerviosismo no es grato en su casa. Te hará salir de ella. Sin darte cuenta aprendes a controlar tu misma furia, tu miedo, tu inseguridad. El Mar es un amigo. Para lo que quieras él estará ahí. Todas las respuestas están en él. Y aquel día me enteré de algo. Todas las respuestas…, menos dos…No sabe que es el Principio ni tampoco el Fin.”

Joseph Conrad

“El océano tiene el temperamento falto de escrúpulos de un autócrata salvaje malcriado por la mucha adulación. No puede soportar el menor asomo de desafío, y no ha dejado de ser el enemigo irreconciliable de barcos y hombres desde que los barcos y los hombres tuvieron la inaudita osadía de echarse a navegar juntos pese a su ceño. Desde ese día no ha dejado de engullir flotas y hombres sin que su resentimiento se haya visto saciado por el número de víctimas, por tantos barcos naufragados y tantas vidas truncadas”.

Confucio

“El hombre del conocimiento disfruta sobre el mar, y el hombre de la virtud goza sobre las montañas; porque el sabio es inquieto y el virtuoso pacífico”

Daniel Riquelme, de su libro “Bajo la tienda”.

“La vida es… navegar por una serie de escollos, más o menos grandes y ahogados, como dicen los marinos, pero muy eficaces para dificultar la marcha y en más de un caso para echarla a pique o averiarla.”

Saint Exupery, “El Principito”.

“Si quieres construir una barca, no te dediques a reunir hombres para que corten leña, ni dividas entre ellos las tareas por hacer, ni tampoco les impartas órdenes, sino enséñalos simplemente a sentir nostalgia por el mar vasto e infinito”.

Herman Melville

“Jamás ha existido un hombre verdaderamente grande que haya transcurrido toda su vida en tierra”

Gregory Peck en "El hidalgo de los mares" (1951), de R. Walsh.

Nacido por y para la aventura, el cine surcó de inmediato los mares. Por tanto, debía asimilar forzosamente las tradiciones y personajes propuestos por la literatura marítima. Ninguna espectacularidad le estaba vedada, y el mar facilitaría la prosecución de un universo poético, aventurero, majestuoso. El bramido del viento, la negrura de la noche incierta, los temibles monstruos marinos, la línea del horizonte escudriñada con esperanza y la violencia de la tormenta son sensaciones que el cine objetiva sin demasiado esfuerzo. La realidad superpuesta del cine encuentra en el mar un excelente medio donde desarrollarse. Por si fuera poco, el polaco Anton Grot (director artistico de la Warner) ideó un ingenioso dispositivo mecánico para reproducir con todo verismo el efecto de las olas en el estudio, utilizándolo por vez primera en El halcón de los mares (Michael Curtiz, 1940), según la novela de Rafael Sabatini, y un año más tarde en The Sea Wolf, también de Curtiz, adaptación de la obra de Jack London.

El mar tiene una fotogenia indiscutible. Y además sirve para ubicar a unos seres lanzados a la aventura. El mar es emblema de la libertad. También goza de un indudable atractivo romántico. Piratas, filibusteros, bucaneros, contrabandistas, fugitivos de la justicia … La película marítima ofrece un vasto repertorio de personajes y situaciones.

La rehabilitación del cine de aventuras, casi siempre made in USA, corre pareja con la recuperación de autores a quienes los perjuicios culturales sepultaron en la indiferencia. Cualquier aficionado al cine piensa, por ejemplo, que el mejor film sobre la aventura subacuática es Veinte mil leguas de viaje submarino, en la versión que Richard Fleischer realizó para Disney, en 1954. La imaginación de Julio Verne  halló por una vez la adecuada réplica cinematográfica.

Llamadme Ismael

Ballenero, estibador y amotinado, la suerte cinematográfica de Herman Melville (1819-1891) ha sido muy desigual. Hasta llegar al Moby Dick –no siempre valorado con justicia– de John Huston, encontramos las dos versiones que bajo el título de La fiera del mar (M. Webb, 1925 y Lloyd Bacon, 1930) interpretó John Barrymore. La aventura melvilliana que Huston rodó entre 1954 y 1956 tuvo detalles tan curiosos como la presencia de Orson Welles en una suntuosa aparición –cinco minutos en pantalla– como reverendo Mapple (Huston relató que tras sucesivos fracasos, Welles rodó la escena de un tirón mediante la «ayuda» de una botella entera de coñac francés) y el hecho de que Huston escribiera el guión en colaboración con Ray Bradbury, el reputado escritor de ciencia-ficción. La película de Huston defraudó en su día a los apologistas de este gran director, pero vista desde la perspectiva actual revela su inequívoco carácter hustoniano.

En 1934, Victor Fleming se responsabilizó de la segunda y más popular versión cinematográfica de la célebre novela de Robert Louis Stevenson (1850-1894), La isla del tesoro, interpretada por Wallace Beery, Jackie Cooper, Lionel Barrymore y Lewis Stone. En 1950 Byron Haskin dirigió otra adaptación de la misma, con Robert Newton en un antológico Long John. También Orson Welles se haría cargo del personaje en un irrelevante remake rodado en 1972.

La aventura cobra a veces un aspecto menos romántico, aunque conserve su carácter de innata rebeldía. El mar ofrece refugio y es sinónimo de libertad. Alguien escribió que «los hombres aventureros se han lanzado al mar por el simple placer de romper la línea perfecta de su horizonte». Pero otro motivo impulsó a la tripulación de la «Bounty» a sublevarse contra el despótico capitán Bligh y conducir la goleta hasta la isla de Pitcairn. Cinco guionistas intervinieron sucesivamente en el guión y por lo menos tres directores –Carol Reed, Lewis Milestone y George Seaton– fueron necesarios para una película firmada oficialmente por Milestone.

A Frank Lloyd, por otra parte, se le adjudicó con una cierta preciptación la etiqueta de «maestro del mar», olvidando las aportaciones de Michael Curtiz y Raoul Walsh. Curtiz colaboró decisivamente en el lanzamiento de Errol Flynn con El capitán Blood (1935) y El halcón de los mares (1940), según las novelas de Sabatini. Raoul Walsh, por su parte, llevaría a cabo una curiosa adaptación de Les travaillerus de la mer, de Víctor Hugo, en Los gavilanes del estrecho (1953), Yvonne de Carla y Rack Hudson. Sin olvidar El hidalgo de los mares (1951), versión de una novela de C. S. Forester; El mundo en sus manos, (1952), según la obra de Rex Beach, y El pirata Barbanegra (1952), con aquella inolvidable escena final en la que Robert Newton (Barbanegra), enterrado hasta el cuello en la arena de una playa, muere ahogado al subir la marea.

Cómo olvidar, por otra parte, el Robinsón Crusoe de Daniel Defoe, objeto de diversas versiones que culminan, en 1975, con la del inglés Jack Gold, quien, en Yo, Viernes, desarrolla la narración a partir de la óptica de un Viernes incorporado por el actor negro Richard Roundtree. En una coproducción realizada entre México y Estados Unidos en 1952, Luis Buñuel llevó a cabo su primer largometraje en color dejando bien claro que «no me gustaba la novela de Daniel Defoe, pero me gustó el personaje de Robinson».

Este apresurado recorrido a través del cine inspirado en la literatura marítima debe concluir, por obvias razones de espacio, con Joseph Conrad (1857-1924), cuyas obras han sido trasvasadas a diferentes películas. Sería Richard Brooks quien en 1965 se enfrentara a la difícil tarea de producir, escribir y dirigir Lord Jim. Esta película queda como un exponente de las contradicciones a que se encuentra sujeta la obra cinematográfica cuando intenta ser fiel al original literario, aceptando al mismo tiempo las convenciones del espectáculo cinematográfico.

Pero, repitámoslo una vez más, el cine del mar es imposible interpretarlo sin su vinculación aventurera. En realidad, autores como Melville o Conrad reflejaron en su obra literaria una aventura personal llevada hasta sus últimas consecuencias.

Mr. Arriflex

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Joseph Conrad

Como buen marino, suelo releer con cierta frecuencia las extraodinarias novelas de Joseph Conrad. Para mí Conrad es uno de los grandes autores de todos los tiempos, y en los últimos meses he disfrutado de nuevo con Lord Jim, El Corazón de las Tinieblas, El espejo del mar y Crónica personal. Tenía la intención de escribir algo sobre alguna de ellas, pero casualmente cayó en mis manos Damn! A Book of Calumny cuyo autor es H. L. Mencken, otro grande de las letras mundiales y ferviente admirador del escritor anglo-polaco.

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H. L. Mencken

Conrad es caudaloso como el océano, y sus obras son sabrosos frutos de mar pescados por quien llegó a ser capitán de un barco mercante. La prosa de Conrad no es directa, recta, limpia. Está plagada de meandros, contradicciones, subterfugios, descripciones, paradas bruscas, bandazos. La historia, en la mayoría de sus libros, se va formando poco a poco, como un puzzle.

A Henry Louis Mencken –conocido como el “Sabio de Baltimore” y considerado uno de los escritores más influyentes de los Estados Unidos durante la primera mitad del siglo XX– le encantaba Conrad. En su conocido Libro de los Insultos, este polémico y heterodoxo escritor habla sobre Edgar Allan Poe, Mark Twain, Ambrose Bierce y Joseph Conrad. Casi nada. Y fíjense lo que dice de este último: “Tenemos que considerar El Corazón de las Tinieblas como el arquetipo de toda su obra y la piedra fundamental de su sistema metafísico. Aquí tenemos todas las aspiraciones y esperanzas humanas imaginables, reducidas a un denominador común de locura y fracaso, y tenemos una pieza de humor infinitamente perspicaz y mordaz.” (…) The end of the tether, traducido en España como Con la soga al cuello, “es una de las mayores narrativas, largas o cortas, en lengua inglesa, y con Los herederos y El Corazón de las Tinieblas compone la mayor obra literaria e imaginativa del Siglo XX.”

Y continúa Mencken: “Pero ningún otro de sus libros, ningún otro, me parece conservar de modo tan firme el alto nivel, tan satisfactorio y maravilloso, como El Corazón de las Tinieblas. Hay en esta obra una perfección que sólo se encuentra rara y milagrosamente en la prosa de ficción. Casi podríamos decir que pertenece más a la música. No consigo imaginarme la falta de una única frase en la novela sin dejar un fallo visible; es tan esquiva y agotadora, de principio a fin, como una huída. Y tampoco puedo imaginármela añadiéndole una sóla frase sin causarle daño. Es austeramente perfecta, como el lento movimiento de la Sinfonía Inacabada.”

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Lord Jim no es –hablando de otra de sus grandes novelas– una opera prima por casualidad, una montaña aislada. Al contrario, es una unidad en una larga serie de obras extraordinarias y casi incomparables, una serie que brotó, de golpe y con arrebato, desde su Almayer’s Folly (La locura de Almayer), desafío a la nobleza y a las clases cultivadas, magníficamente planeada y construída meticulosamente. A cada lectura, se acrecienta su valía. Si no es una obra de un genio, entonces no existe ninguna otra obra de un genio en nuestro planeta.”

Así habló H. L. Mencken de Conrad, y yo se lo agradezco. Por cierto, si alguien no ha tenido todavía la ocasión de bucear en el mar de las palabras de Conrad puede ver, al menos,  Apocalipsis Now, película inspirada en El Corazón de las Tinieblas. En ella Marlon Brando interpreta el papel de Kurtz, el gran personaje que vivía en el corazón del bosque. O, si se prefiere, en el de las tinieblas.

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