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 por César Chesneau, señor Du Marsais o Dumarsais

“El filósofo” fue publicado de manera anónima en 1743 con el frontispicio de impreso en Amsterdam para evitar la censura, dentro de una recopilación titulada “Nouvelles libertés de penser”. La recopilación incluía además el “Traité de la liberté de l’âme de Fontanelle, unes Réflexions sur l’existence de l’âme et sur l’existence de Dieu”, también atribuidas a Du Marsais, así como “Réflexions sur l’argument de M. Pascal et de M. Locke” y unos “Sentiments des philosophes sur la nature de l’âme”, de autor incierto. La publicación terminó con un episodio dramático: fue seguida de investigaciones policiales, que condujeron al arresto y prisión en la Bastilla de varios buhoneros que vendían el libro, el impresor Nicolas Guillaume y el librero René Jossé. En 1745, volvió a ser incluido en otro libro anónimo, esta vez como parte de un “Examen de la religion dont on cherche l’éclaircissement de bonne foy”, que se atribuyó en aquel entonces al fenecido Saint-Evremond. El profesor Gianluca Mori ha señalado que tal vez la recopilación de les “Nouvelles libertés” fue preparada por el mismo Du Marsais en 1735-37, del que se sabe que luego preparó otra con el abate Le Mascrier, “Le monde” (1751), y no ha dudado en calificarla como «el filón más radical del pensamiento clandestino de la primera mitad del siglo»

Fragonard,_Inspiration

Hoy nada cuesta menos que adquirir el nombre de filósofo: una vida oscura y retirada, alguna apariencia de sensatez y unas pocas lecturas bastan para que reciban este nombre personas que se honran con él sin merecerlo. Otras, que tuvieron la fuerza de deshacerse de los prejuicios de la educación en materia religiosa, se ven a sí mismos como verdaderos filósofos. Algunas luces naturales de la razón y unas cuantas observaciones sobre el espíritu y el corazón humanos han hecho que se den cuenta de que ningún ser supremo exige culto de los hombres, de que la diversidad de las religiones, sus contrariedades y los diferentes cambios que se han dado en cada una son la prueba sensible de que lo revelado jamás existió, y que la religión, como el amor, sólo es una pasión humana más, hija de la admiración, el temor y la esperanza; pero se quedaron sólo con esta especulación, y hoy esto basta para ser reconocido como filósofo por un gran número de personas.

Sin embargo, es necesario tener una idea más vasta y más justa del filósofo, y he aquí el carácter que nosotros le atribuimos.

El filósofo es una máquina humana como cualquier otro hombre; pero es una máquina que, por su constitución mecánica, reflexiona sobre sus propios movimientos. Los otros hombres están decididos a obrar sin sentir ni conocer las causas que los hacen mover, sin ni siquiera soñar que las haya. Por el contrario, el filósofo discierne las causas tanto como esté en él hacerlo, e incluso a menudo las previene y se entrega a ellas a sabiendas: es un reloj que a veces se da cuerda a sí mismo, por así decirlo. De este modo, evita los objetos que puedan causarle sentimientos que no convienen a su bienestar o un estado razonable, y busca aquellos que puedan suscitarle afecciones convenientes para el estado en que se encuentra. La razón es al filósofo lo que la gracia es al cristiano en el sistema de San Agustín. La gracia decide al cristiano a obrar; la razón decide al filósofo sin restarle el gusto por lo voluntario.

Los otros hombres se dejan llevar por sus pasiones sin que sus acciones estén precedidas por la reflexión; son hombres que caminan en las tinieblas; mientras que el filósofo, en sus pasiones, sólo obra tras la reflexión: camina en la noche, pero lo precede una antorcha.

El filósofo forma sus principios sobre infinidad de observaciones particulares. El pueblo adopta el principio sin pensar en las observaciones que lo han producido; cree que la máxima existe por sí misma, por así decirlo; pero el filósofo toma la máxima desde la fuente, examina su origen, conoce su valor apropiado y sólo la usa de la manera que le conviene. Es a partir de este conocimiento de que los principios sólo nacen de las observaciones particulares que el filósofo concibe la estima a la ciencia de los hechos; ama instruirse sobre los detalles y sobre todo lo que no se adivina. Así, considera opuesto al progreso de las luces del espíritu limitarse a la meditación y creer que el hombre obtiene la verdad del fondo de sí mismo. Algunos metafísicos dicen: ¡Evitad las impresiones de los sentidos! ¡Dejad el conocimiento de los hechos a los historiadores y el de las lenguas a los gramáticos! Por el contrario, nuestros filósofos, persuadidos de que todos nuestros conocimientos provienen de los sentidos, de que sólo estamos hechos de reglas fundadas en la uniformidad de nuestras impresiones sensibles, de que estamos en el límite de nuestras luces cuando nuestros sentidos no son tan sutiles ni tan fuertes como para proporcionárnoslas; convencidos de que la fuente de nuestros conocimientos está por entero fuera de nosotros; nuestros filósofos, digo, nos exhortan a hacer una amplia provisión de ideas para librarnos así a la impresión exterior de los objetos, pero para librarnos cual discípulo que consulta y escucha, no cual maestro que decide e impone silencio; quieren que estudiemos la impresión precisa que el objeto causa en nosotros y que evitemos confundirla con la que ha causado cualquier otro objeto.

René Descartes

René Descartes

De ahí la certidumbre y los límites de los conocimientos humano: certidumbre, cuando se siente que se ha recibido de afuera la impresión apropiada y precisa que cada juicio supone; pues todo juicio supone una impresión exterior que le es particular; límites, cuando uno no sabe recibir las impresiones debido a la naturaleza del objeto o la debilidad de los órganos; aumentad, si es posible, la potencia de los órganos y aumentareis así los conocimientos. Tantos progresos en astronomía y física sólo fueron posibles a partir del descubrimiento del telescopio y el microscopio.

También es para aumentar el número de nuestros conocimientos y nuestras ideas que nuestros filósofos estudian a los hombres del pasado y los hombres de hoy.

Extenderos como las abejas por el mundo pasado y el mundo presente, nos dicen, que regresaréis enseguida a vuestra colmena a elaborar vuestra miel.

El filósofo se dedica al conocimiento del universo y de sí mismo; pero, de la misma manera que el ojo no sabría verse, el filósofo conoce que no sabría conocerse perfectamente, porque no sabría recibir impresiones exteriores desde dentro de sí mismo, y sólo conocemos por esa clase de impresiones. Este pensamiento no lo aflige porque se toma tal como es y no tal como a la imaginación le parece que podría ser. Por otra parte, para él esta ignorancia no es una razón para resolver que está compuesto por dos sustancias opuestas; así como no se conoce perfectamente, dice que tampoco conoce cómo piensa; pero, dado que siente que piensa de manera dependiente de sí mismo como todo, reconoce que su sustancia es capaz de pensar de la misma manera que es capaz de escuchar y ver. En el hombre, el pensamiento es un sentido como la vista y el oído, y depende igualmente de una constitución orgánica. El aire solo es capaz de sonidos, el fuego solo puede estimular el calor, los ojos solos pueden ver, las orejas solas pueden oír y la sustancia del cerebro sola es susceptible de pensamientos.

A los hombres les cuesta tanto trabajo unir la idea de pensamiento con la idea de materia porque nunca han visto a la materia pensar. Son al respecto como un ciego de nacimiento respecto a los colores o un sordo de nacimiento respecto a los sonidos; ellos no sabrían unir estas ideas con la materia que palpan porque nunca vieron tal unión.

Para el filósofo, la verdad no es una amante que corrompe su imaginación y a la que cree ver por todas partes; se contenta con la posibilidad de discernirla allí donde la percibe. Jamás la confunde con la verosimilitud; toma por verdadero lo que es verdadero, por falso lo que es falso, por dudoso lo que es dudoso, por verosímil lo que no es más que verosímil. Aún hace más, y ésta es una gran perfección del filósofo: porque, cuando no encuentra el motivo apropiado para juzgar, sabe permanecer indeciso.

Denis Diderot

Denis Diderot

Cada juicio, como ya se ha señalado, supone un motivo exterior que lo provoca. El filósofo siente cuál debe ser el motivo apropiado del juicio que debe emitir. Si el motivo falta, no juzga, sino que espera y, cuando ve que espera inútilmente, encuentra consuelo.

El mundo está lleno de personas de espíritu y aún de mucho espíritu que siempre están juzgando: adivinan siempre, porque adivinar es juzgar sin sentir que existe un motivo apropiado para el juicio. Ignoran el alcance del espíritu humano, creen que puede conocerlo todo: de este modo, se avergüenzan de no pronunciar juicio alguno y se imaginan que el espíritu consiste en juzgar. El filósofo cree que el espíritu consiste en juzgar bien: se siente más satisfecho cuando suspende la facultad de decidir que decidiendo antes de sentir el motivo apropiado de la decisión. También juzga y habla menos, pero juzga con más seguridad y habla mejor; no evita los vivos rasgos que se presentan naturalmente al espíritu por un pronto acoplamiento de ideas, de las que uno se asombra a menudo que estén unidas. Es en esta pronta ligazón donde reside por lo común lo que se llama espíritu; pero también es lo que menos busca, prefiriendo a este brillo momentáneo el cuidado de distinguir bien las ideas y conocer el alcance justo y la ligazón precisa, para evitar así llevar demasiado lejos alguna relación que las ideas tengan entre sí. Este discernimiento caracteriza lo que se llama juicio y rectitud de espíritu. A esta rectitud se agregan la flexibilidad y la claridad. El filósofo no se aferra a un sistema tanto como para no sentir la fuerza de las objeciones. La mayoría de los hombres están tan entregados a sus propias opiniones que ni siquiera se avienen a considerar las ajenas. El filósofo comprende el sentimiento que rechaza con la misma profundidad y claridad con que entiende el que adopta.

El espíritu filosófico es, pues, un espíritu de observación y rectitud, que lo remite todo a sus verdaderos principios; pero no cultiva únicamente el espíritu, sino que lleva más lejos su atención y cuidados.

El hombre no es un monstruo que sólo puede vivir en los abismos del mar o la espesura de un bosque: las meras necesidades de la vida lo llevan a que necesite el trato con los demás y, en cualquier estado en que se encuentre, sus necesidades y su bienestar lo comprometen a vivir en sociedad. Por lo tanto, la razón le exige conocer, estudiar y cultivarse para adquirir cualidades sociales. Asombra ver que los hombres presten tan poca atención a las cuestiones prácticas y se acaloren tanto con vanas especulaciones. ¡Ved cuántos desórdenes han causado las diferentes herejías! Éstas han versado siempre sobre asuntos teóricos: ya se trate de la cantidad de personas de la Trinidad como de su manifestación, ya del número de los sacramentos como de su virtud, ya sobre la naturaleza y la fuerza de la gracia. ¡Cuántas guerras, cuántos trastornos por quimeras!

El pueblo filósofo está expuesto a las mismas visiones: ¡cuántas disputas frívolas en las escuelas, cuántos libros sobre cuestiones vanas! Una sola palabra bastaría para que se decidieran o para que vieran que son insolubles.

Una secta hoy famosa* reprocha a las personas eruditas que descuiden el estudio del propio espíritu para fatigar la memoria con hechos e investigaciones sobre la antigüedad y nosotros les reprochamos a unos y otros ser negligentes, volverse condescendientes y no tomar parte en nada de la sociedad.

Nuestro filósofo no cree ser un exiliado en este mundo; no cree estar en país enemigo; quiere disfrutar como un prudente ecónomo de los bienes que la naturaleza le ofrece; quiere encontrar placer con los demás: para encontrarlo, le hace falta darlo. Asimismo, busca servir a aquellos con los que el azar o la voluntad lo haga vivir; y halla al mismo tiempo aquello que le conviene: es un hombre honesto que quiere agradar y ser útil.


*Du Marsais se refiere a los jansenistas.
Nota de Genoveva Arcaute, traductora del presente artículo. En DDOOSS.

 

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"Two figures", de Francis Bacon. 1968

De L’Anus solaire:

Está claro que el mundo es puramente paródico, es decir, que cada cosa que miramos es la parodia de otra, o incluso la misma cosa bajo una forma engañosa … todo estaría visiblemente ligado si se abarcara con una sola mirada el trazado, en su totalidad, que deja un hilo de Ariadna, conduciendo el pensamiento en su propio laberinto … Se esforzarán en buscarse ávidamente unos a otros: nunca encontrarán más que imágenes paródicas y se dormirán tan vacíos como los espejos.
[…]
Los sistemas planetarios que giran en el espacio, como rápidos discos y cuyos centros se desplazan igualmente describiendo un círculo infinitamente más grande, se alejan continuamente de su propia posición para volver a ella acabando su rotación. El movimiento es la figura del amor incapaz de detenerse sobre un ser en particular y pasando rápidamente de uno a otro. Aunque el olvido, que así lo condiciona, no es más es más que un subterfugio de la memoria.

De Le pouce du pied:

Aun cuando dentro del cuerpo la sangre fluye en igual cantidad de arriba hacia abajo y de abajo hacia arriba, se ha tomado el partido de lo que se eleva y la vida humana es considerada erróneamente como una elevación. La división del universo en infierno subterráneo y en cielo completamente puro es una concepción indeleble. El barro y las tinieblas son los principios del mal del mismo modo que la luz y el espacio celeste son los principios del bien: con los pies en el barro pero con la cabeza cerca de la luz, los hombres imaginan obstinadamente un flujo que los eleva sin retorno en el espacio puro. La vida humana implica de hecho la rabia de ver que se trata de un movimiento de ida y vuelta, de la basura al ideal y del ideal a la basura, una rabia que resulta fácil dirigir hacia un órgano tan bajo como un pie.

De La littérature et le mal:

PREFACIO

La generación a la que pertenezco es tumultuosa. Nació a la vida literaria en los tumultos del surrealismo. En los años que siguieron a la primera guerra mundial existió un sentimiento desbordante. La literatura se ahogaba en sus límites. Parecía que contenía en sí una revolución.

George Bataille

Estos estudios, cuya coherencia se me impone, los compuso un hombre de edad madura. Pero su sentido profundo se vincula con el tumulto de su juventud y son en realidad su eco ensordecido. Para mí, resulta significativo que se publicaran en parte (por lo menos en su primera versión) en Critique, esa revista que logró crédito gracias a su seriedad.

Pero debo advertir aquí que si en algunos casos he tenido que volver a escribirlos, se ha debido a que, al persistir los tumultos en mi espíritu, al principio sólo había podido dar a mis ideas una expresión confusa. El tumulto es fundamental; es el sentido de este libro. Pero es tiempo ya de alcanzar la claridad de la consciencia.

Estos estudios responden al esfuerzo que he venido realizando para desentrañar el sentido de la literatura… La literatura es lo esencial o no es nada.

El Mal –una forma aguda del Mal– que la literatura expresa, posee para nosotros, por lo menos así lo pienso yo, un valor soberano. Pero esta concepción no supone la ausencia de moral, sino que en realidad exige una “hipermoral”. La literatura es comunicación. La comunicación supone lealtad: la moral rigurosa se da en esta perspectiva a partir de complicidades en el conocimiento del Mal que fundamentan la comunicación intensa.

La literatura no es inocente y, como culpable, tenía que acabar al final por confesarlo. Solamente la acción tiene los derechos. La literatura, he intentado demostrarlo lentamente, es la infancia por fin recuperada. ¿Pero qué verdad tendría una infancia que gobernara? Ante la necesidad de la acción se impone la honestidad de Kafka que no se atribuía ningún derecho. Sea cual sea la enseñanza que se desprenda de los libros de Genet, la defensa que Sartre hace de él no es admisible. Al final, la literatura tenía que declararse culpable.

De La conjuration sacrée:

La vida humana está excedida por servir de cabeza y de razón al universo. En la medida en que se convierte en esa cabeza y esa razón, en la medida en que se vuelve necesaria para el universo, acepta una servidumbre. Cuando no es libre, la existencia se torna vacía o neutra, y cuando es libre, es un juego.


Extractos tomados de ‘Visiones del exceso’ y ‘La literatura y el mal’, de Georges Bataille.

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Muere lentamente quien se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien no cambia de marca, no arriesga vestir un color nuevo y no le habla a quien no conoce.

Muere lentamente quien hace de la televisión su gurú.

Muere lentamente quien evita una pasión, quien prefiere el negro sobre blanco y los puntos sobre las “íes” a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos.

Muere lentamente quien no voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien no arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien no se permite por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos.

Muere lentamente quien no viaja, quien no lee, quien no oye música, quien no encuentra gracia en sí mismo. Muere lentamente quien destruye su amor propio, quien no se deja ayudar. Muere lentamente, quien pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante.

Muere lentamente, quien abandona un proyecto antes de iniciarlo, no preguntando de un asunto que desconoce o no respondiendo cuando le indagan sobre algo que sabe.

Evitemos la muerte en suaves cuotas, recordando siempre que estar vivo exige un esfuerzo mucho mayor que el simple hecho de respirar.

Solamente la ardiente paciencia hará que conquistemos una espléndida felicidad.

PABLO NERUDA

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