NUESTRA ETERNA VENECIA

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Entre las ciudades más fascinantes del mundo, desde Nueva York hasta Estambul, desde la montañosa San Francisco hasta la asombrosa Shanghai, existe una que no pertenece propiamente a la tierra. Construida en el agua, Venecia hace pensar en un mago que hubiera trasformado en torres, iglesias y palacios las espumas del mar, y hubiera puesto a flotar toda esa maravilla en las deslumbrantes aguas del Adriático. La ciudad está compuesta por 120 pequeñas islas unidas entre sí por 800 puentes. Se llega a Venecia desde tierra firme por el Puente de la Libertad que accede al Piazzale Roma.

Venecia fue una vez la reina del comercio entre Europa y el Oriente; fue la señora de los mares mucho antes que Inglaterra; fue república más de mil años antes que las repúblicas americanas; y ahora en su vejez, Venecia es aun más adorable que nunca.

El encanto es mayor a lo largo del Gran Canal, en forma de S, que no fue construido por la mano del hombre sino que es el cauce de un río antiguo que se precipita al mar. Allí surgen del agua centelleante los antiguos palacios envueltos en luces y colores deslumbrantes. Desde la estación de ferrocarril hasta el puerto, el canal está todo bordeado de palacios, y la boca del puerto se abre sobre la Plaza de San Marcos. Esta gran plaza es el corazón de Venecia porque allí está enterrado el cuerpo de su patrono, San Marcos, autor del segundo Evangelio.

Desde el amanecer hasta bien entrada la noche la Plaza de San Marcos bulle de animación. Entre torbellinos de palomas, repican las campanas, los niños retozan, y grupos de vecinos y turistas van de un lado a otro como los coros de una ópera que no terminara jamás. Napoleón la llamó ala más esplendorosa sala de Europa.

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Los venecianos poseían un tesoro mucho más inapreciable que todo lo que podían contener los fardos amontonados en sus muelles: desde el principio vivieron en una república, mientras casi todo el resto de Europa gemía bajo el régimen feudal. Sin temor a la censura, la ciudad imprimió, antes de 1500, mayor cantidad de libros que todas las demás ciudades de Italia reunidas. Venecia entregó al mundo las obras impresas de Platón, Aristóteles, Horacio, Cicerón, Dante o Petrarca.

Obra de su fértil inventiva es la góndola, barca de fondo plano y proa finamente curvada, que al impulso del único remo del gondolero se desliza ligera y altiva, como un arrogante cisne oscuro.

Al finalizar el siglo XV, cuando Venecia se hallaba en el pináculo de su poderío y de su prosperidad, el tiempo marcó una hora fatídica. América había sido descubierta en el Oeste y por el Este se abría una nueva ruta marítima hacia la India, doblando el Cabo de Buena Esperanza. Con el tiempo la ciudad abrió sus puertas a otra clase de huéspedes que no iban a comerciar, sino a divertirse y a admirar sus monumentos; y hoy día ofrece lujosos alojamientos, algunas de las fiestas más suntuosas y una de las mejores cocinas del mundo.

mask-venezia.jpgCualquier fecha, nacional o religiosa, es pretexto suficiente para una fiesta: El Festival Internacional del Cine, la temporada musical en el otoño, las dos exposiciones anuales de arte moderno, atraen a Venecia visitantes de todo el mundo; y todavía la ciudad celebra su legendario carnaval, que el próximo año comenzará a finales de enero. El Gran Canal se trasforma en escenario de una gran regata; millares de fuegos artificiales estallan en el cielo de la noche; y en cada canal débilmente alumbrado las góndolas se congregan al compás de los cantos y al rumor de las risas.

Pero detrás de su máscara riente y estrellada, debajo de sus vestiduras fantásticas, Venecia está, no obstante enferma, vacilante y amenazada. Desde su fundación la ciudad ha sufrido los efectos de inundaciones periódicas. El gobierno italiano prepara desde hace tiempo un proyecto, denominado “Moisés”, para levantar unos diques móviles que se cerrarían en caso de aumento del nivel del agua del mar.

El mismo mar que la hizo surgir está tratando de destruirla. Muchos de los antiguos palacios han comenzado a hundirse o a ladearse. El alcalde de Venecia, Massimo Cacciari, explica que se resolverán algunos de los problemas técnicos que presenta la reconstrucción, pero el daño ha llegado muy lejos y el costo será quizás prohibitivo.

Tal vez usted, amigo lector también conozca esa Venecia encantadora. O puede que tal vez no la conozca y vaya a visitarla… En todo caso, Venecia también es suya pues forma parte inalienable de la civilización occidental que hemos recibido como herencia.

Luigi Francesco Gelatti

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OTRA VEZ VUELVO A VERTE, LISBOA

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Pocas son las ciudades del llamado “Primer Mundo” que tienen la sensatez, incluso en la vieja Europa, de mantenerse aún en el discreto pero, al mismo tiempo, útil y hermoso “progreso” de nuestros abuelos: tranvías en las calles, fuentes públicas decoradas de angelotes, mercadillos de flores y plumas, boticas y reboticas, cafés antiguos de verdad, casas bordadas de cerámica y encajes, calles empinadas como nidos de águilas y estaciones de ferrocarril adaptándose flexiblemente a la orografía del terreno. Pocas ciudades portuarias, decimos, se mantienen en esa sabia prudencia de combinar lo útil con lo bello, importándoles muy poco que se les pueda tildar de retrógradas.

Lisboa es sencillamente, como dice el fado, “antigua y señorial”: Y esto es un valor tanto en sí mismo como en la osadía de enfrentarse a modas y mercados obligados en las metrópolis modernas. Esta ciudad es hermosa aún cerrando los ojos. Noble en su forma y en sus materiales, en sus olores cotidianos, en sus casas variopintas, y en ese trajinar constante, hablando o callando, de sus gentes por el río de sus calles.

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La ciudad que amó Pessoa (“Regreso a la ciudad como a la libertad”), y que amaron y aman tantos artistas nos muestra la curiosa mezcla de influencias del lujoso bienestar doméstico inglés y la sobria utilidad extremeña, a más de otros sabios contagios venidos por mar de antiguas civilizaciones.

No se trata de recomendar un viaje a esta ciudad monumental para echar sólo un vistazo, que no sería una cosa vana. Tampoco se trata de dar una gira bohemia tabernícola a barriobajera (en este caso barrioaltera), pues en gran parte Lisboa está formada por barrios humildes pero dignos y altos. Y menos aún seguir sumisamente la ruta de los “tour operadores”. No, es preferible palpar la Lisboa construída de pequeñas cosas que proliferan por doquier. Esa Lisboa impregnada permanentemente de olor a sardinas recién asadas sobre las estufas a las puertas de las tabernas. Ese llevarte de las calles a donde ellas quieren, hasta el nido de las águilas del castillo de San Jorge o perderte camino de los muelles: Pero sobre todo contemplar sus casas. Fíjense en los colores de las fachadas. Colores que con el tiempo sobre el tiempo han ido difuminando sus fondos quedando como viejas fotografías.

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Pero no pequemos acá de alabanzas: en todas partes está “lo malo’; el viejo cinturón de miseria y suciedad sigue acechando la ciudad de Lisboa desde siempre. Otros cinturones “opulentos” (urbanizaciones de lujo para yuppis y tecnócratas) intentan también, pero con aires pretenciosos, sofocar la ciudad, como sucede también en otras capitales del mundo.

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Terminaremos citando a Fernando Pessoa y a uno de sus versos más conocidos, referidos a su ciudad natal:

Otra vez vuelvo a verte, ciudad de mi infancia.

Ciudad triste y alegre, otra vez sueño aquí …

Otra vez vuelvo a verte, Lisboa y Tajo y todo,

transeúnte inútil de ti y de mí…

LIJ
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VALPARAÍSO, VALPARAPUERTO, VALPARAMOR

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Atardece y desde el amplio ventanal de mi casa, en el Cerro de los Placeres, puedo apreciar el movimiento desenfrenado de los estibadores- entre las gigantescas grúas Gantry- para terminar rápidamente sus turnos. Las luces de los camiones con sus pesados contenedores deambulan en fila india haciendo su respectivo turno para depositar la pesada carga en la cubierta- casi repleta- de esos enormes buques que ya perdieron su romanticismo.

Que recuerdos nostálgicos de los viejos marinos -que aún les toca navegar- de esos tiempos no tan lejanos, en los cuales podían disfrutar de largos días de recalada esperando esa carga general que con gran eficiencia debía, el primer oficial, reflejar en su plano de estiba.

Por la Avenida Errázuriz, los autos y microbuses se dirigen a toda velocidad hacia Viña del Mar y entre bocinazos y adelantamientos suicidas se aprecian las calles iluminadas y a lo lejos el sonido de una cueca chora porteña.

Estamos en víspera del 18 y las ramadas y las fondas esperan.

Como cada año, para esta fechas, todo el mundo ruega que no llegue esa maldita e infaltable lluvia que estropea no sólo las tan esperadas Fiestas Patrias, sino que también, las elegantes tenidas que la gente ha comprado para lucirse en esta importante fecha.

“Por dársela de encachao…” cantan con enorme entusiasmo, un conocido grupo folclórico porteño, en la “Yein Fonda”, entremezclándose la música con una furibunda guaracha de la ramada contigua. Los puestos de empanadas y anticuchos están por doquier emanando esos aromas únicos chilenos y no faltan los gallos más elegantes, con sus tradicionales trajes de huaso, luciéndose como pavos reales. Unas cuantas parejas se pegan los últimos pie de cueca mientras un grupo de amigos saborean la deliciosa chicha de Curacaví.

Amanece como amanece en Chile. El sol saliendo por la cordillera y en las playas los compadres durmiendo la “mona”.

Grupos de personas apretujándose maltrechos por los efectos del alcohol tratan de subir, como pueden, a las micros y colectivos que los llevarán a casa.

En el barrio chino, junto con el sol, empiezan a salir de los burdeles los marineros rumbo al puerto. Caminan lentamente -dando fuertes bandazos- agradeciendo esa inesperada y sorprendente fiesta típica chilena que paralizó éste puerto eterno y por una noche les regaló el embrujo de Valparamor.

!!Viva el 18…!!

Luis Irles

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FUNCHAL, LA PERLA DE MADEIRA

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Esta isla portuguesa fue definida por un viajero como “la más hermosa masa volcánica entre todas aquellas que salpican el océano Atlantico”. Ciertamente, su situación geográfica se tradujo siempre en un cúmulo de virtudes climáticas que acertaron a cubrir la isla de impenetrables bosques húmedos, la laurisilva del Terciario. Originalmente se trataba de una isla deshabitada por completo tan selvática, que sus primeros descubridores sólo pudieron bautizarla como la Isla da Madeira.

Este hecho tuvo lugar en el siglo XV y, en cierto modo, constituyó el primero de los grandes, descubrimientos portugueses. Eran los años de 1450, cuando el magnífico Enrique el Navegante enviaba a sus hombres a abrir nuevas rutas hacia la India. Una de estas naves, la de Joan Gonzalves, fue arrastrada por una terrible tempestad a la altura del cabo Bojador. El azar lo llevó así a la boscosa Madeira. Tras tomar posesión de ella, se sabe que para colonizarla le prendió fuego. El inmenso bosque insular ardería, dícen, durante más de diez años. Tras ello se fundó Funchal.

Hoy, la capital de Madeira sigue siendo una auténtica ciudad de cuento, como anclada en los tiempos en que la emperatriz Sissi puso de moda aquello de venirse a invernar por estas latitudes. Funchal es un racimo de casas multicolores asomándose armoniosa a la perfecta bahía. Las colinas verdeantes constituyen su contorno. En su conjunto, el puerto y la ciudad forman un espectáculo único. Cuando el que esto firma navegaba como oficial de la Marina Mercante -haciendo la ruta de Europa al Pacífico- siempre se quedaba maravillado ante el espectáculo de un Funchal nocturno, con sus cerros iluminados, que me recorbadan un poco a Valparaíso… Desde sus colinas, emergen los chalets y hoteles señoriales como el Reids, que parece brotar de una novela de Agatha Christie. También sus pintorescas calles entusiasmarán a los visitantes de esta isla maravillosa que es Madeira: la rua dos Enamorados, la de Alfandega, que alberga multitud de tiendas y antiguas casas señoriales de los ricos del lugar. Muy cerca, el mercado dos Lavradores, con su colorido y su algarabía mañanera.

En fin, toda la isla es un pequeño paraíso primaveral, bellísimo y además al alcance de cualquier economía media. Para llegar allí, se pueden utilizar desde Lisboa varios vuelos directos por muy poco dinero. Una semana en Madeira, con estancia en hotel de primera categoría y viaje incluido, viene a costar poco más de 500 dólares o, hablando en euros, unos 460. A quien le guste el viaje por mar, puede hacerlo desde el mismo Lisboa, desde donde parten algunos cruceros que le llevarán a este extraordinario archipiélago.

Luis Irles

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